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41 P3 Histora de Califa el pesacador y del califa - tercera de tres partes

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41 Histora de Califa el pesacador y del califa




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Y cuando llegó la 571ª noche

Ella dijo:
¡... Me los ha dado mi criado y aprendiz, que tiene el oficio de clarinete y se llama Harún Al-Raschid!"
Al oír estas palabras, los habitantes del khan, vecinos de Califa, sintieron que el espanto les invadía el alma, y se dijeron unos a otros: "¡No conviene que nadie oiga hablar así a este insensato! ¡Pues si se enteran le va a prender la policía y le ahorcarán sin remisión! ¡Y destruirán completamente nuestro khan, y acaso también a nosotros por culpa suya, nos ahorquen a la puerta del khan o nos castiguen con algún castigo terrible!"
Y en extremo aterrados, le obligaron a guardarse la lengua en la boca, y para acabar antes, le ayudaron a llevar el arca a su vivienda y cerraron la puerta detrás de él.
Pero la vivienda de Califa era tan exigua, que el arca la llenaba por entero, exactamente como si estuviese hecha para embutirse allí. Y sin saber ya dónde meterse a pasar la noche, Califa se echó encima del arca cuan largo era, y de aquella manera se puso a reflexionar acerca de lo que le había ocurrido durante la jornada. Y se preguntó de pronto: "Pero, vamos a ver, ¿a qué espero para abrir el arca y enterarme de su contenido?" Y saltó sobre ambos pies y trabajó con las manos cuanto pudo para abrirla, pero en vano. Y se dijo: "¿Cómo se me turbaría la razón hasta el punto de decidirme a comprar esta arca que ni siquiera puedo abrir?" Y de nuevo intentó romper el candado y hacer saltar la cerradura, pero sin conseguirlo. Entonces se dijo: "¡Esperemos a mañana para ver cómo nos arreglamos!" Y otra vez se echó sobre el arca cuán largo era, y no tardó en dormirse, roncando a más y mejor.
Pero al cabo de una hora de hallarse allí, se despertó, sobresaltado de espanto, y dió con la cabeza en el techo de su vivienda. Porque acababa de sentir que se movía algo en el interior del arca. Y de improviso huyó de su cabeza el sueño en compañía de la razón, y exclamó: "¡Sin duda hay algún genni aquí dentro! ¡Loor a Alah, que me inspiró al no dejarme abrir la tapa! ¡Pues si la hubiera abierto, habría salido, abalanzándose a mí en medio de la oscuridad, y quién sabe lo que me hubieran hecho! ¡Y al fin y al cabo, ciertamente que no saldría yo ganando entonces!" Pero en el mismo instante en que formulaba de aquel modo su pensamiento de terror, redobló el ruido en el interior del arca, y llegó a oídos de Califa una especie de gemido. Entonces, en el límite del espanto, Califa buscó por instinto una lámpara para encender luz; pero se olvidaba de que la pobreza le impidió siempre tener lámpara, y  mientras iba tanteando con las manos en las paredes de su vivienda, le rechinaban los dientes, y se decía: "¡Esto ya es terrible, completamente terrible!" Luego, como aumentaba su miedo, abrió la puerta y se precipitó fuera en medio de la noche, gritando con todas sus fuerzas:
"¡Socorro! ¡Oh habitantes del khan! ¡oh vecinos! ¡acudid! ¡socorro!"
Y los vecinos, que en su mayoría dormían tranquilamente, se despertaron muy sobresaltados y fueron a él, en tanto que las mujeres asomaban por las puertas entreabiertas sus cabezas a medio velar. Y le preguntaron todos: "¿Pero qué te ocurre, ¡oh Califa!?" El contestó: "¡Pronto, dadme pronto una lámpara, porque han venido a visitarme los genn!"
Y los vecinos se echaron a reír, y uno de ellos, a pesar de todo, acabó por darle una lámpara. Y Califa cogió la lámpara y volvió a su casa algo más reanimado. Pero cuando se inclinaba sobre el arca, oyó de repente una voz que decía: "¡Ah! ¿dónde estoy?" Y más espantado que nunca, lo abandonó todo y se precipitó fuera como un loco, gritando de nuevo: "¡Oh vecinos! ¡Socorredme!" Y los vecinos le dijeron: "¡Oh maldito Califa! ¿pero qué calamidad te ocurre? ¿Acabarás de molestarnos?" El contestó: "¡Oh buenas gentes, el genni está en el arca! ¡Se mueve y habla!" Ellos le preguntaron: "¡Oh embustero! ¿y qué dice el genni?"
El contestó: "Me ha dicho: «¿dónde estoy?»" Los vecinos le contestaron, riendo: "¡Pues en el infierno, sin duda, oh maldito! ¡Ojalá no disfrutes de sueño nunca hasta tu muerte! ¡Has puesto en movimiento a todo el khan y a todo el barrio! ¡Cómo no te calles, bajaremos a molerte los huesos!" Y aunque estaba medio muerto de terror, Califa se decidió a volver una vez más a su vivienda, y haciendo acopio de todo su valor, cogió un pedrusco y rompió la cerradura del arca, e hizo saltar a golpes la tapa.
Y vió echada dentro, lánguida y con los párpados entreabiertos, a una joven hermosa como una hurí y brillante de pedrerías. ¡Era Fuerza-de-los-Corazones! Y al sentirse libre, y respirando a plenos pulmones el aire fresco, se despertó del todo, y cesaron completamente los efectos adormecedores del bang.
¡Y allí estaba ella pálida y hermosa y verdaderamente deseable!
Al advertir aquello, el pescador, que en su vida había visto al descubierto, no sólo una belleza semejante, sino ni siquiera una mujer vulgar, cayó de hinojos ante ella, y le preguntó: "¡Por Alah, oh mi  señora! ¿quién eres? ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 572ª noche

Ella dijo:
"... cayó de hinojos ante ella, y le preguntó: "¡Por Alah; oh mi señora! ¿quién eres?"
Ella abrió los ojos, unos ojos negros de pestañas curvadas, y dijo: "¿Dónde está jazmín? ¿Dónde está Narciso?"
Aquellos eran los nombres de dos esclavas jóvenes que tenía a su servicio en el palacio. Y creyendo Califa que le preguntaba por el jazmín y por el narciso, contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que en este momento no tengo aquí más que algunas flores secas de henné!
Y al oír aquella respuesta y aquella voz, la joven recobró por completo el sentido, y abriendo sus ojos cuán grandes eran, preguntó: "¿Quién eres? ¿Y dónde estoy?"
Y lo dijo con una voz más dulce que el azúcar, acompañada de un encantador movimiento de la mano. Y Califa, que en el fondo tenía un alma delicadísima, conmovióse mucho con lo que veía y oía, y contestó: "¡Oh mi señora, oh verdaderamente bellísima! ¡soy Califa el pescador, y te encuentras en mi casa precisamente!"
Y preguntó Fuerza-de-los-Corazones: "¿Entonces es que ya no estoy en el palacio del califa Harún Al-Raschid?" El pescador contestó: "¡No, por Alah, estás en mi casa, en esta vivienda que es un palacio desde que te aloja! ¡Y la venta y la compra te ha hecho esclava mía, pues te he comprado hoy mismo, con tu arca, en pública subasta, por cien dinares y un dinar! ¡Y te transporté a mi casa, dormida en esta arca! ¡Y no supe tu presencia hasta que me asustaron tus movimientos de antes! ¡Y ahora me doy cuenta de que mi estrella asciende bajo auspicios felices, por más que anteriormente fuese tan rastrera y nefasta!"
Al oír estas palabras, Fuerza-de-los-Corazones sonrió, y dijo: "¿Así es que me has comprado en el zoco sin verme, ¡oh Califa!?" Y contestó él: "¡Sí, por Alah, sin suponer siquiera tu presencia!" Entonces comprendió Fuerza-de-los-Corazones que cuanto le ocurrió había sido tramado contra ella por Sett Zobeida, e hizo que el pescador le contara cuánto hubo de sucederle, desde el principio hasta el fin.
Y estuvo charlando de aquel modo con él hasta por la mañana. Entonces le dijo ella: "¡Oh Califa! ¿no tienes nada de comer? ¡Porque siento mucha hambre!"
El pescador contestó: "¡No tengo nada de comer ni de beber, nada absolutamente! ¡Y ya hace dos días, por Alah, que no me he llevado nada a la boca!"
Ella preguntó: "¿Tienes encima algún dinero, por lo menos?"
El pescador dijo: "¿Dinero? ¡oh mi señora! ¡Alah me conserve esta arca, en cuya compra invertí mi última moneda, impulsado por mi destino y mi curiosidad! ¡Y heme aquí en la miseria!"
Al oír estas palabras, se echó a reír la joven, y le dijo: "¡A pesar de todo, sal para traerme algo de comer, pidiéndoselo a los vecinos, que no te negarán!
¡Porque los vecinos se deben a sus vecinos!"
Entonces se levantó Califa y salió al patio del khan, y en medio del silencio del amanecer, se puso a gritar: "¡Oh habitantes del khan! ¡oh vecinos! ¡he aquí que el genni del arca me pide de comer ahora! ¡Y no tengo a mano nada para dárselo!"
Y los vecinos, que temían aquella voz y que al mismo tiempo le tenían lástima a causa de su pobreza, bajaron a verle, quién llevándole medio pan que había sobrado de la comida de la víspera, quién un trozo de queso, quién un cohombro, quién un rábano.
Le pusieron todo aquello en el faldón de su traje recortado; y subieron a sus casas. Y contento del acopio hecho, Califa volvió a su vivienda, y colocó todo aquello entre las manos de la joven, diciéndole: "¡Come, come!"
Ella se echó a reír, y dijo: "¿Cómo voy a comer, si no tengo una vasija o un jarro en qué beber? ¡Se me detendrían en el gaznate los bocados, y moriría entonces!"
Y contestó Califa: "¡Lejos de ti el mal, oh perfectamente bella! ¡Ahora mismo voy a traerte, no un jarro, sino una cuba!"
Y saliendo al patio del khan, gritó con sus pulmones: "¡Oh vecinos! ¡oh habitantes del khan!" Y de todas partes salieron voces irritadas que le insultaron, y le dijeron: "¿Pero qué quieres todavía, ¡oh maldito!?"
El contestó: "¡El genni del arca pide de beber ahora!" Y los vecinos bajaron hasta donde él estaba, quién llevándole un jarro, quién un ánfora, quién una vasija, quién una cuba; y lo cogió él, llevando un recipiente en cada mano, otro a la cabeza en equilibrio y otro debajo del brazo, y se apresuró a llevárselo todo a Fuerza-de-los-Corazones, diciéndole: "¡Te traigo lo que anhela tu alma! ¿Deseas alguna cosa más?"
Ella dijo: "¡No, los dones de Alah son numerosos!"
Dijo él: "¡Entonces, ¡oh mi señora! dirígeme a tu vez tu palabra tan dulce, y cuéntame tu historia, pues no la conozco!"
Entonces Fuerza-de-los-Corazones miró a Califa, sonrió, y dijo: "¡Sabe, pues, ¡oh Califa! que mi historia se resume en dos palabras! ¡Los celos de mi rival, El- Sett Zobeida, la propia esposa del califa Harún Al-Raschid, me sumieron en esta situación de que tú me salvaste, felizmente para tu destino! ¡Porque soy Fuerza-de-los-Corazones, la favorita del Emir de los Creyentes! ¡Por lo que a ti respecta, tu dicha está asegurada en adelante!"
Y Califa le preguntó: "¿Pero ese Harún es el mismo a quien enseñé el arte de la pesca? ¿Es ese espantajo que vi en palacio, sentado en una silla muy grande?" Ella contestó: "¡El mismo precisamente!"
Dijo él: "¡Por Alah, que en mi vida encontré un tañedor de clarinete ni un bribón mayor! ¡No sólo me ha robado ese miserable de cara abotargada, sino que me ha dado un dinar después de administrarme cien palos! ¡Como vuelva a encontrarle le destrozo con este palo!"
Pero Fuerza-de-los-Corazones le dijo, imponiéndole silencio: "¡Deja de usar ese lenguaje inconveniente, porque en la nueva situación en que vas a encontrarte necesitas ante todo abrir los ojos de tu espíritu y cultivar la cortesía y los buenos modales! ¡Y entonces, cuando pases por tu piel el cepillo de la galantería, ¡oh Califa! te convertirás en un ciudadano de alto rango y en un personaje dotado de distinción y de delicadeza...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 573ª noche

Ella dijo:
"¡... Y entonces, cuando pases por tu piel el cepillo de la galantería, ¡oh Califa! te convertirás en un ciudadano de alto rango y en un personaje dotado de distinción y de delicadeza!"
Cuando Califa hubo oído estas palabras de Fuerza-de-los-Corazones, sintió que dentro de él se operaba una súbita transformación, y se le abrían los ojos del espíritu, y se le ensanchaba la comprensión de las cosas, y se afinaba su inteligencia. ¡Y fué para bien suyo todo aquello! ¡Qué verdad es que las almas finas ejercen una influencia grande sobre las almas groseras! Así, pues, en las palabras dulces de Fuerza-de-los-Corazones, el pescador Califa, insensato y brutal hasta entonces, se convertía por momentos en un elegante ciudadano, dotado de modales excelentes y de elocuente lengua.
En efecto, cuando Fuerza-de-los-Corazones hubo de indicarle de aquel modo la conducta que tenía que seguir, sobre todo en el caso de que le llamaran otra vez a presencia del Emir de los Creyentes, el pescador Califa contestó: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Tus advertencias ¡oh señora mía! son mi norma de conducta, y tu benevolencia es la sombra en que me complazco! ¡Escucho y obedezco! ¡Alah te colme con sus bendiciones y satisfaga tus menores deseos! ¡He aquí entre tus manos al más abnegado de tus esclavos, a Califa el pescador, obediente y lleno de cortesía para con tus méritos!"
Luego añadió: "¡Habla, oh mi señora! ¿Qué puedo hacer para servirte?" Ella contestó: "¡Oh Califa! solamente necesito un cálamo, un tintero y una hoja de papel". Y Califa apresurose a correr a casa de un vecino, que le procuró aquellos diversos objetos; y se los llevó a Fuerza-de-los-Corazones, que en seguida escribió una larga misiva al hombre de negocios del califa, al mismo joyero Ibn Al-Kirnas, que en otro tiempo la había comprado y ofrecido como regalo al califa. Y en aquella carta le ponía al corriente de cuanto hubo de acaecerle, y le explicaba que se encontraba en la vivienda del pescador Califa, a quien pertenecía en virtud de la venta y la compra. Y dobló la misiva y se la entregó a Califa, diciéndole: "¡Toma esta misiva y vé a entregársela en el zoco de los joyeros a Ibn Al-Kirnas, el hombre de negocios del califa, cuya tienda conoce todo el mundo! ¡Y no olvides mis recomendaciones con respecto a los buenos modales y al lenguaje!" Y Califa contestó con el oído y la obediencia, cogió la misiva, llevándosela a los labios y a la frente luego, y se apresuró a correr al zoco de los joyeros, en donde preguntó por la tienda de Ibn Al-Kirnas, la cual le indicaron. Y se acercó a la tienda, y con muy escogidas maneras se inclinó ante el joyero y le deseó la paz.
Y el joyero correspondió a su deseo, pero a todo esto, sin mirarle apenas, y le preguntó: "¿Qué quieres?" Y por toda respuesta, Califa le entregó la misiva. Y el joyero la cogió con la punta de los dedos y la dejó a su lado en la alfombra, sin leerla ni siquiera abrirla, pues creía que se trataba de una instancia en demanda de limosna, y que Califa era un mendigo. Y dijo a uno de sus servidores: "¡Dale medio dracma!"
Pero Califa rechazó dignamente aquella limosna, y dijo al joyero: "¡No pido limosna! ¡Sólo te ruego que leas la esquela!" Y el joyero recogió la misiva, la desdobló y la leyó; y de improviso la besó y se la llevó a la cabeza respetuosamente, e invitó a sentarse a Califa, y le preguntó: "¡Oh hermano mío! ¿dónde está tu casa?"
El pescador contestó: "En tal barrio y tal calle y tal khan". El joyero dijo: "¡Perfectamente!" Y llamó a sus dos empleados principales y les dijo: "Conducid a este honorable a la tienda de mi cambista Mohsén, a fin de que le dé mil dinares de oro. ¡Después traedle aquí lo más pronto posible!" Y los dos empleados condujeron a Califa a casa del cambista, al cual dijeron: "¡Oh Mohsén, da a este honorable mil dinares de oro!" Y el cambista pesó los mil dinares de oro y se los entregó a Califa, que volvió con ambos empleados a la tienda de Ibn Al-Kirnas; y le halló montado en una mula magníficamente enjaezada, rodeado de cien esclavos vestidos con ricos trajes. Y el joyero le indicó otra mula no menos hermosa, y le dijo que se montara en ella y le siguiera. Pero dijo Califa: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que en mi vida monté en una mula, y no sé ir a caballo ni en asno!" Y el joyero le dijo: "¡No importa! ¡Pues aprenderás hoy!"
Y dijo Califa: "¡Tengo miedo de que me tire al suelo y me rompa las costillas!" El joyero contestó: "¡No tengas miedo y monta!" Y dijo Califa: "¡En el nombre de Alah!" Y de un salto se montó en la mula, pero colocándose al revés, y le cogió la cola en vez de la brida. Y la mula, que era en exceso cosquillosa, se estremeció y empezó a revolcarse, dando con él en tierra sin tardanza. Y Califa se levantó dolorido, y dijo: "¡Bien sabía yo que nunca podré ir de otro modo que sobre mis pies!"
¡Pero ésta fué la última de las tribulaciones de Califa! ¡Y en lo sucesivo su destino había de conducirlo resueltamente por el camino de las prosperidades...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 574ª noche

Ella dijo:
"¡... Pero ésta fué la última de las tribulaciones de Califa! Y en lo sucesivo su destino había de conducirle resueltamente por el camino de las prosperidades!
En efecto, el joyero dijo a dos de sus esclavos: "¡Conducid al hammam a este amo vuestro que aquí veis, y decid que le den un baño de primera calidad! ¡Y llevadle después a mi casa, adonde iré a buscarle!" Y se marchó solo a la vivienda de Califa en busca de Fuerza-de-los-Corazones para llevársela a su casa también.
En cuanto a Califa, los dos esclavos le condujeron al hammam, en donde no había puesto los pies él en su vida, y se lo confiaron al mejor masajista y a los mejores bañeros, que al punto se dedicaron a lavarle y a frotarle. ¡Y le sacaron de la piel y de los cabellos una porción de suciedades de todas clases, y piojos y chinches de todas las variedades! Y le arreglaron y le refrescaron, y después de secarle, le vistieron con un suntuoso traje de seda que habían ido a comprar a toda prisa ambos esclavos. Y ataviado de tal modo, le condujeron a la morada de su amo Ibn Al-Kirnas, que ya estaba allí de vuelta con Fuerza-de-los-Corazones.
Y al entrar en la sala principal de la casa, Califa vió a la joven sentada en un hermoso diván y rodeada por una muchedumbre de servidoras y esclavas que se apresuraban a servirla. Y por cierto que a la misma puerta de la casa, al divisarle el portero, se apresuró a levantarse en honor suyo y a besarle la mano respetuosamente. Y todo aquello sumía en el mayor asombro a Califa. Pero no lo demostró por temor de parecer mal educado. E incluso cuando todo el mundo se agrupó a su alrededor para decirle: "¡Sea delicioso tu baño!", supo contestar con urbanidad y elocuencia; y al herirle en los oídos, sus propias palabras le maravillaban y le halagaban agradablemente.
De modo que cuando estuvo en presencia de Fuerza-de-los-Corazones, se inclinó ante ella y esperó a que ella le dirigiese primero la palabra. Y Fuerza-de-los-Corazones levantóse en honor suyo y le cogió de la mano, y le hizo sentarse a su lado en el diván. Luego le presentó un tazón lleno de sorbete de azúcar perfumado con agua de rosas; y lo tomó y lo bebió despacio, sin hacer ruido con la boca, y para mostrar mejor su educación, lo vació sólo a medias, en lugar de tomárselo todo y meter luego el dedo para rebañar, como hubiese hecho antes, sin duda. Y hasta dejó el tazón en la bandeja sin romperlo, y pronunció con palabra muy elocuente la fórmula de cortesía que entre la gente bien educada se pronuncia cuando se ha aceptado algo de comer o de beber: "¡Ojalá dure siempre, la hospitalidad de esta casal" y Fuerza-de-los-Corazones le contestó, encantada: "¡ que tu vida dure otro tanto!" Y después de regalarle con un festín excelente, le dijo: "¡Ahora ¡oh Califa! ha llegado el momento de que muestres toda tu inteligencia y tus méritos! ¡Por tanto, escúchame bien, y no olvides lo que escuches!
Desde aquí vas a ir al palacio del Emir de los Creyentes, y pedirás una audiencia, la cual te será concedida, y después de los homenajes que se deben al califa, le dirás: "¡Oh Emir de los Creyentes, te ruego que me otorgues un favor como recuerdo de la enseñanza que te di!" ¡ Te lo otorgará de antemano! Y le dirás: ¡Deseo que me hagas el honor de ser mi invitado esta noche!" ¡Eso es todo! ¡Y ya veremos si acepta o no!"
Entonces se levantó Califa y salió acompañado por un séquito numeroso de esclavos puestos a su servicio, y vestido con un traje de seda que valdría muy bien mil dinares. Y de tal modo, aparecía en su plenitud la belleza nativa de sus facciones, ¡y estaba asombrado!
Porque dice el proverbio:
"¡Pon magníficos vestidos a una caña, y la caña resultará una recién casada!"
Cuando llegó a palacio fué advertido desde lejos por el jefe eunuco Sándalo, que se quedó estupefacto de aquella transformación, y corrió con toda la fuerza de sus piernas a la sala del trono, y dijo al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes, no sé lo que pasa! ¡pero el caso es que Califa el pescador se ha convertido en rey! ¡Porque he aquí que viene vestido con un traje que valdrá muy bien mil dinares, y acompañado por un cortejo espléndido!"
Y dijo el califa. "¡Hazle entrar!"
Así, pues, Califa fué introducido en la sala del trono, donde se hallaba Harún Al-Raschid en medio de su gloria. Y el pescador se inclinó como sólo saben inclinarse los más grandes de entre los emires, y dijo: "La paz sobre ti, ¡oh Comendador de los Creyentes, oh califa del Dueño de los Tres Mundos, defensor del pueblo de los fieles y de nuestra fe! ¡Alah el Altísimo prolongue tus días y honre tu reino y exalte tu dignidad y la eleve hasta el rango más alto!"
Y al ver y oír todo aquello, el califa llegó al límite de la maravilla. Y no podía comprender por qué camino había llegado tan rápidamente a Califa la fortuna.
Y preguntó a Califa: "¿Me dirás, ante todo, ¡oh Califa! de dónde sacaste esas ropas tan hermosas?"
El pescador contestó: "De mi palacio, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa preguntó: "¿Pero tienes un palacio, ¡oh Califa!?"
El pescador contestó: "Tú lo has dicho, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Y precisamente vengo a invitarte para que esta noche lo ilumines con tu presencia! Eres, pues, mi invitado". Y Al-Raschid, cada vez más estupefacto, acabó por sonreír, y preguntó: "¿Tu invitado? ¡Sea! ¿Pero lo soy yo solo o yo y todos los que están conmigo?" El pescador contestó: "Tú y todos los que quieras llevar contigo ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió que aparecía la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 575ª noche

Ella dijo:
"¡... Tú y todos los que quieras llevar contigo!" Y Harún miró a Giafar, y Giafar se acercó a Califa, y le dijo: "Seremos tus huéspedes esta noche, ¡oh Califa! ¡Así lo desea el Emir de los Creyentes!" Y Califa, sin añadir una palabra más, besó la tierra entre las manos del califa, y después de dar a Giafar las señas de su nueva morada, volvió junto a Fuerza-de-los-Corazones, a la cual dió cuenta del éxito de su empresa.
En cuanto al califa, se había quedado muy perplejo, y dijo a Giafar: "¿Cómo puedes explicarte, ¡oh Giafar! esta transformación tan repentina de Califa, el mísero villano de ayer, en un ciudadano tan fino y tan elocuente, y en rico entre los emires y mercaderes más ricos?" Y contestó Giafar: "¡Sólo Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! conoce los recodos del camino que el Destino sigue!"
Y cuando fué de noche, el califa montó a caballo, y acompañado de Giafar, de Massrur y de algunos íntimos, se presentó en la morada adonde le invitaron. Y al llegar a ella, vió que, desde la entrada hasta la puerta de recepción, estaba el suelo cubierto de hermosos tapices de valor, y los tapices estaban sembrados de flores de todos colores. Y advirtió al pie de la escalera a Califa, que le esperaba sonriendo, y que se apresuró a tenerle el estribo para ayudarle a bajar del caballo. Y le deseó la bienvenida, inclinándose hasta el suelo, y le introdujo, diciendo: "¡Bismilah!"
Y el califa se encontró en una sala grande, alta de techo, suntuosa y rica, en medio de la cual había un trono cuadrado de oro macizo y de marfil, erguido sobre cuatro pies de oro, y en el cual le rogó Califa  que se sentara. Y al punto entraron con inmensas bandejas de porcelana unos coperos jóvenes como lunas, que les presentaron copas preciosas llenas de cocimientos de almizcle puro, helados, refrescantes y deliciosos. Después entraron otros mozos jóvenes, vestidos de blanco y más hermosos que los anteriores, sirviéndoles manjares de colores admirables, patos rellenos, pollos, corderos asados, y toda clase de aves asadas. Luego entraron otros esclavos blancos, jóvenes y encantadores, de cintura ceñida y elegante, que levantaron los manteles y sirvieron las bandejas de bebidas y dulces. ¡Y coloreábanse los vinos en vasos de cristal y en tazones de oro enriquecidos con pedrerías! Y cuando corrieron entre las manos blancas de los coperos, exhalaron un aroma no parecido a ningún otro, de modo que en verdad podían aplicárseles estos versos del poeta:
¡Copero, échame de ese vino añejo, y échaselo también a mi camarada, que es este niño al que amo!
¡Oh precioso vino! ¿Qué nombre digno de tus virtudes te daré? ¡Te llamaré "licor de la recién casada!"
Así es que el califa, más maravillado cada vez, dijo a Giafar: "¡Oh Giafar! ¡Por vida de mi cabeza, que no sé lo que debo admirar más aquí, si la magnificencia de esta recepción o las maneras refinadas, exquisitas y nobles de nuestro huésped! ¡En verdad que no llega a tanto mi entendimiento!"
Pero Giafar contestó: "¡Cuanto estamos viendo nada es en comparación de lo que puede hacer todavía Quien no tiene más que decir a las cosas: «¡Sed, para que sean! ¡De todos modos, ¡oh Emir de los Creyentes! lo que yo admiro especialmente en Califa es la seguridad de su palabra y su sabiduría consumada! ¡Y eso me parece una señal de su buen destino! ¡Porque Alah, cuando distribuye sus dones a los humanos, concede sabiduría a aquellos que su deseo elige entre todos, y les otorga con preferencia los bienes de este mundo!"
Entretanto, volvió Califa, que se había ausentado un momento, y tras nuevos deseos de bienvenida, dijo al Califa: "¿Quiere el Emir de los Creyentes permitir a su esclavo que le presente una cantarina tañedora de laúd para encantar las horas de su noche? ¡Porque en este momento no hay en Bagdad cantarina más experta ni música más hábil!"
Y contestó el califa: "¡Claro que te está permitido!" Y Califa se levantó, y entró a ver a Fuerza-de-los-Corazones, y le dijo que había llegado el momento.
Entonces Fuerza-de-los-Corazones, que ya estaba toda ataviada y perfumada, no tuvo más que envolverse en su gran izar y echarse por la cabeza y por el rostro el ligero velillo de seda para estar dispuesta a presentarse.
Califa la cogió de la mano, y velada de aquel modo la introdujo en la sala, emocionándose los circunstantes a la vista de sus andares reales.
Y cuando ella hubo besado la tierra entre las manos del califa, que no podía adivinar quién fuese, se sentó no lejos de él, templó las cuerdas de su laúd, y preludió con una ejecución que arrebató en un éxtasis a todo el auditorio.
Luego cantó:
¿Devolverá el tiempo a nuestro amo aquellos a quienes amamos?
¡Ah! dulce unión de los amantes, ¿volveré a saborearte?”
¡Oh encanto de las noches en la morada amorosa! ¡oh encanto de mis noches! ¿Viviría yo aún sin esperarte?
Al oír de nuevo aquella voz cuyos acentos le eran tan conocidos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 576ª noche

Ella dijo:
"... Al oír de nuevo aquella voz, cuyos acentos le eran tan conocidos, el califa, emocionado en un grado de intensidad extraordinaria, se puso muy pálido, y cuando se exhalaron las últimas palabras del canto, cayó desvanecido. Y todo el mundo se agrupó a su alrededor, prodigándole grandes cuidados. Pero Fuerza-de-los-Corazones llamó a Califa, y le dijo: "¡Di a todos que se retiren por un momento a la sala contigua, y nos dejen solos!" Y Califa rogó que se retiraran a los invitados, con el fin de que Fuerza-de-los-Corazones tuviese libertad para prodigar al califa los cuidados necesarios. Y cuando abandonaron los demás la sala, Fuerza-de-los-Corazones arrojó lejos de sí, con un movimiento rápido, el izar que la envolvía y el velillo que le tapaba el rostro, y apareció vestida con un traje semejante por completo a los que vestía en el palacio, cuando el califa la acompañaba. Y se acercó a Al-Raschid, que seguía tendido sin movimiento, y se sentó junto a él, y le roció con agua de rosas y le hizo aire con un abanico, y acabó por reanimarle.
Y el califa abrió los ojos, y al ver al lado suyo a Fuerza-de-los-Corazones, estuvo a punto de desmayarse por segunda vez; pero se apresuró ella a besarle las manos, sonriendo y con lágrimas en los ojos; y el califa exclamó en el límite de la emoción: "¿Estamos en el día de la Resurrección, y se despiertan en sus tumbas los muertos, o es que estoy soñando?"
Y contestó Fuerza-de-los-Corazones: "¡Oh Emir de los Creyentes, ni estamos en el día de la Resurrección, ni sueñas! ¡Porque soy Fuerza-de-los-Corazones, y estoy viva! ¡Y mi muerte sólo ha sido un simulacro!" Y en pocas palabras le contó desde el principio hasta el fin cuanto le había ocurrido. Luego añadió: "Y toda la felicidad que nos viene ahora, se la debemos a Califa el pescador!"
Al oír aquello, Al-Raschid tan pronto lloraba y sollozaba como reía de gusto. Y cuando acabó de hablar ella, la estrechó entre sus brazos, y la besó en los labios durante mucho tiempo, apretándola contra su pecho. ¡Y no pudo pronunciar una palabra! Y así permanecieron ambos durante una hora.
Entonces Califa se levantó, y dijo: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! ahora no creo harás que me azoten!" Y el califa, repuesto ya del todo, se echó a reír, y le dijo: "¡Oh Califa! ¡Cuanto yo pudiera hacer por ti en lo sucesivo, no será nada en comparación de lo que te debemos! Sin embargo, ¿quieres ser mi amigo y gobernar una provincia de mi imperio?" Y contestó Califa: "¿Puede el esclavo rehusar las ofertas de su amo magnánimo?" Entonces Al-Raschid le dijo: "Pues bien, Califa, no solamente quedas nombrado gobernador de provincia con emolumentos de diez mil dinares al mes, ¡sino que deseo que la propia Fuerza-de-los-Corazones escoja para ti a su gusto, entre las jóvenes de palacio y las hijas de los emires y de los notables, una joven que será tu esposa! ¡Y yo mismo me encargo de su ropa y de la dote que tú has de aportar a su padre! ¡Y en adelante quiero verte todos los días, y tenerte en los festines a mi lado y en primera fila entre mis íntimos! ¡Y poseerás un tren de casa digno de tus funciones y de tu rango, y todo aquello que pueda desear tu alma!"
Y Califa besó la tierra entre las manos del califa. ¡Y tuvo toda esta dicha y muchas otras felicidades más! Y dejó de ser soltero, y vivió años y años con la joven esposa que hubo de escogerle Fuerza-de-los-Corazones, y que era la más bella y la más modesta de las mujeres de su tiempo.
¡Así fué!
¡Gloria al que otorga sus favores a las criaturas y reparte a su arbitrio alegrías y felicidades!



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41 Histora de Califa el pesacador y del califa




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Y cuando llegó la 563ª noche

Ella dijo:
... Y cuando los transeúntes y los tenderos vieron que el pescador Califa, no obstante llevar a la espalda sus redes, su cesto y su garrote, iba vestido con un traje y tocado con un turbante que entre ambos valdrían muy bien mil dinares, se agruparon en torno suyo y echaron a andar detrás de él para enterarse de la cosa, hasta que el pescador acertó a pasar por delante de la tienda del propio sastre del  califa. Y desde la primera ojeada que echó a Califa, el sastre reconoció en el traje que llevaba aquel hombre el mismo que entregó él hacía poco al Comendador de los Creyentes. Y gritó al pescador: "¡Oh Califa! ¿de dónde te ha venido ese traje que llevas?"
Y Califa, de muy mal humor, le contestó midiéndole con la mirada: "¿Y qué te importa eso a ti, impúdico con cara de excremento? Sabe, sin embargo, para que veas que no oculto nada, que este traje me lo ha dado el aprendiz a quien enseño a pescar y que ahora es mi ayudante. ¡Y me lo ha dado para que no le cortaran la mano como consecuencia del robo de que se ha hecho culpable al quitarme mis efectos!"
Al oír estas palabras, el sastre comprendió que el califa se habría encontrado al pescador durante su paseo y le habría embromado de aquel modo para reírse de él. Y dejó a Califa continuar en paz su camino y llegar a su casa, donde mañana le encontraremos.
Pero tiempo es ya de saber lo que pasó en palacio durante la ausencia del califa Harún Al-Raschid. Pues bien; pasaron allí cosas de extrema gravedad.
En efecto, sabemos que el califa no había salido de su palacio con Giafar más que para tomar un poco de aire por los campos y distraerse por un momento de su pasión extremada hacia Fuerza-de los-Corazones. Pero no era sólo a él a quien torturaba aquella pasión hacia la esclava. Su esposa y prima Sett Zobeida, desde que se presentó en palacio aquella joven que llegó a ser la favorita exclusiva del Emir de los Creyentes, no podía ya comer, ni beber, ni dormir, ni nada, de tan llena como tenía el alma de los celos que sienten de ordinario las mujeres hacia sus rivales. Y para vengarse de aquella afrenta continua que la humillaba a sus propios ojos y a los ojos de quienes la rodeaban, no aguardaba más que una ocasión, bien una ausencia fortuita del califa, bien un viaje, bien una ocupación cualquiera, que le permitiese obrar con libertad. Así es que en cuanto supo que el califa había salido para ir de caza y de pesca, hizo preparar en sus habitaciones un festín suntuoso, en el cual no faltaban bebidas ni bandejas de porcelana llenas de confituras y pasteles. Y mandó a invitar con gran ceremonia a la favorita Fuerza-de-los-Corazones, haciendo que le dijeran las esclavas: "Nuestra ama Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes, te invita hoy a un festín que da en tu honor, ¡oh nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! Porque ha tomado hoy cierto medicamento, y como para que surta mejor sus efectos es preciso que se regocije el alma y dé reposo al espíritu, ella cree que el mejor reposo y la alegría mejor no pueden proporcionárselos más que tu presencia y tus encantos maravillosos, de los que ha oído hablar con admiración al califa. ¡Y tiene muchas ganas de juzgar por sí misma!"
Y Fuerza-de-los-Corazones contestó: "¡El oído y la obediencia son para Alah y para nuestra ama Sett Zobeida!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante; y no sabía lo que le reservaba el Destino en sus designios misteriosos. Y llevó consigo los instrumentos musicales que necesitaba, y acompañó al jefe eunuco a las habitaciones de Sett Zobeida.
Cuando estuvo en presencia de la esposa del califa, besó la tierra entre sus manos varias veces; luego se levantó, y con una voz infinitamente deliciosa, dijo: "¡La paz sobre la cortina levantada y el velo sublime de este harem, sobre la descendiente del Profeta y heredera de la virtud de los Abbasidas! ¡Pluguiera a Alah prolongar la dicha de nuestra ama mientras el día y la noche se sucedan uno a otro!" Y habiendo dicho este cumplimiento, retrocedió hasta colocarse en medio de las demás mujeres y esclavas.
Entonces Sett Zobeida, que estaba echada en un amplio diván de terciopelo, alzó los ojos lentamente hacia la favorita y la miró con fijeza. Y quedó deslumbrada de la belleza que veía ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 564ª noche

Ella dijo:
"... Y quedó deslumbrada de la belleza que veía en aquella joven perfecta que tenía cabellos de noche, mejillas cual corolas de rosas, granadas en vez de senos, ojos brillantes, párpados lánguidos, una frente resplandeciente y un rostro de luna. Y sin duda debía salir el sol tras la franja de su frente, y las tinieblas de la noche se espesarían con su cabellera; el almizcle no debiera sacarse más que de su aliento perfumado, y las flores le eran deudoras de su gracia y sus perfumes; la luna sólo brillaba cuando la arrebataba el resplandor de su frente; la rama sólo se balanceaba imitando el balanceo de su talle, y las estrellas sólo titilaban en sus ojos; el arco de los guerreros no era más que un remedo de sus cejas, y el coral de los mares enrojecía en sus labios nada más.
¡Si se irritaba, caían sin vida en tierra sus amantes! ¡Si ella se apaciguaba, las almas devolvían la vida a los cuerpos inanimados! Si lanzaba una mirada, hechizaba y sometía a su imperio ambos mundos. ¡Porque en verdad que era un milagro de belleza, honor de su tiempo y gloria de Quien la había creado y perfeccionado!
Cuando Sett Zobeida la admiró y detalló, le dijo: "¡Comodidad, amistad y familia! Bienvenida seas entre nosotras, ¡oh Fuerza-de-los-Corazones! ¡Siéntate y diviértenos con tu arte y con los primores de tu ejecución!" Y contestó la joven: "¡Escucho y obedezco!" Luego se sentó, y tendiendo la mano, cogió primero un tamboril, instrumento admirable; y se le podría entonces aplicar estos versos del poeta:
¡Oh tañedora de tamboril, mi corazón vuela al oírte! ¡Y mientras tus dedos baten el ritmo profundo, el amor que me posee sigue al compás y el sonido repercute en mi pecho!
¡No te apoderarás más que de un corazón herido! ¡Lo mismo cuando cantas con un tono ligero, que cuando lanzas el grito del dolor, penetras en nuestra alma!
¡Ah! Levántate,!ah! desnúdate, ¡ah! Tira el velo, y alzando tus leves pies, ¡oh toda hermosa! señala el paso de la delicia ligera y de nuestra locura!
Y cuando hubo hecho resonar el instrumento sonoro, cantó acompañándose, estos versos improvisados:
Sus hermanos los pájaros dijeron a mi corazón, pájaro herido: "!Huye, huye de los hombres y de la sociedad!"
¡Pero yo dije a mi corazón!, pájaro herido: ¡Corazón mío, obedece a los hombres y que tus alas tiemblen como abanicos! ¡Regocíjate para complacerles!”
Y cantó estas dos estrofas con una voz tan maravillosa, que las aves del cielo detuvieron su vuelo y el palacio se puso a bailar de entusiasmo con todos sus muros. Entonces Fuerza-de-los-Corazones dejó el  tamboril y cogió la flauta de caña, en la cual apoyó sus labios y sus dedos. Y se le podrían entonces aplicar estos versos del poeta:
¡Oh tañedora de la flauta ¡el instrumento de insensible caña que tienen en tus labios tus ágiles dedos, adquiere al paso de tu aliento un alma nueva!
¡Sopla en mi corazón! ¡Resonará mejor que la insensible caña de la flauta de agujeros sonoros, porque en él hallarás más de siete heridas que han de avivarse al roce de tus dedos!
Cuando hubo encantado a los circunstantes, con su maestría, dejó la flauta y cogió el laúd, instrumento admirable, y templando las cuerdas, le apoyó contra su seno, inclinándose sobre la caja con la ternura de una madre que se inclinara sobre su hijo, de modo que, sin duda, se refiere a ella y a su laúd el poeta que ha dicho:
¡Oh tañedora de laúd! ¡sobre las cuerdas persas tus dedos excitan o calman la violencia a medida de tu deseo, cual un médico hábil que a su antojo hace brotar la sangre de las venas o la deja circular por ellas tranquilamente, según se necesite!
¡Qué gusto da oír hablar bajo tus dedos delicados a un laúd de cuerdas persas que habla a aquellos cuyo lenguaje no posee, viendo cómo todos los ignorantes comprenden su lenguaje sin palabras!
Y entonces preludió ella de catorce modos diferentes, y acompañándose cantó un canto completo, que confundió de admiración a quienes la veían y llenó de delicias a quienes la escuchaban.
Luego, tras de preludiar así en distintos instrumentos y cantar ante Sett Zobeida canciones variadas, Fuerza-de-los-Corazones se levantó con su gracia y su flexibilidad ondulante, ¡y bailó! Después de lo cual se sentó y ejecutó distintos juegos de destreza, prestidigitaciones y escamoteos, y lo hizo con tan ligera mano y con tanto arte y habilidad, que, a pesar de los celos, el despecho y el deseo de venganza, Sett Zobeida estuvo a punto de caer enamorada de ella y declararle su pasión. Pero pudo reprimir a tiempo aquel impulso, pensando para su ánima: "¡En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar enamorado de ella...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 565ª noche

Ella dijo:
"¡... En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar tan enamorado de ella!" Y dió orden a los esclavos para que sirvieran el festín y dejó a su odio sobreponerse a estos primeros sentimientos. Sin embargo, no dejó que la compasión huyera de su corazón enteramente, y en lugar de realizar el proyecto de envenenar a su rival, como había pensado en un principio, y desembarazarse así de ella para siempre, se limitó a mezclar en los pasteles servidos a Fuerza-de-los-Corazones una dosis muy fuerte de bang narcótico. Y no bien la favorita se llevó a los labios un trozo de aquellos pasteles, echó la cabeza atrás y se sumió en las tinieblas de la inconsciencia. Y Sett Zobeida, fingiendo un dolor grande, ordenó a las esclavas que la transportaran a un aposento secreto. Luego hizo correr la noticia de su muerte, diciendo que se había atragantado por comer demasiado de prisa, y mandó celebrar un simulacro de funerales solemnes y de entierro, y le erigió en seguida una tumba suntuosa en los jardines mismos de palacio.
Todo eso acaeció durante la ausencia del califa. Pero cuando después de su aventura con el pescador Califa entró aquél en el palacio, su primer cuidado consistió en preguntar a los eunucos por su bienamada Fuerza-de-los-Corazones. Y los eunucos, a quienes Sett Zobeida había amenazado con la horca en caso de indiscreción, contestaron al califa con acento fúnebre: "¡Ay! ¡oh señor nuestro! Alah prolongue tus días y vierta sobre tu cabeza las bienandanzas que se merecía nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! ¡Tu ausencia ¡oh Emir de los Creyentes! le ha causado una desesperación y un dolor tan grandes, que no ha podido soportar su emoción, y la ha asaltado una muerte repentina! ¡Y está ahora en la paz del Señor!"
Al oír estas palabras, el califa echó a correr por el palacio como un insensato tapándose las orejas y preguntando a grandes gritos por su bienamada a cuantos encontraba. Y a su paso se arrojaba de bruces todo el mundo o se escondía tras las columnatas. Y llegó de tal suerte al jardín donde se alzaba la falsa tumba de la favorita y dio con la frente en el mármol, y tendiendo los brazos y llorando todas sus lágrimas, exclamó:
¡Oh tumba! ¿Cómo es posible que tus sombras frías y las tinieblas de tu noche encierren a la bien amada?
¡Oh tumba! ¡por Alah, dime si la belleza y los encantos de mi amiga se borraron para siempre! ¿Se desvaneció para siempre el espectáculo regocijante de su hermosura?
¡Oh tumba! ¡sin duda no eres el Jardín de las Delicias ni el alto cielo! ¿Pero porqué veo brillar dentro de ti la luna, y florecer la rama?
Y el califa siguió sollozando y desahogando de aquel modo su dolor durante una hora de tiempo. Tras de lo cual se levantó y corrió a encerrarse en sus habitaciones, sin querer oír consuelos ni recibir a su esposa y a sus íntimos.
En cuanto a Sett Zobeida, apenas vió el éxito de su estratagema, hizo encerrar en secreto a Fuerza-de-los-Corazones en un arca (porque la joven continuaba bajo los efectos adormecedores del bang) y ordenó a dos esclavos de confianza que sacaran del palacio el arca y la vendieran en el zoco al primer comprador que se presentase, con la condición de hacer la compra sin levantar la tapa.
¡Y he aquí lo referente a todos ellos!
Volvamos ahora al pescador Califa. Cuando se despertó al día siguiente al de la pesca, su primer pensamiento fué para el negro castrado que no le había pagado los dos peces, y se dijo: "¡Me parece que lo mejor que puedo hacer es ir a palacio a preguntar por ese eunuco Sándalo, hijo de una negra maldita de narices anchas; pues que él mismo me lo ha recomendado así! Y como no quiera cumplir conmigo, ¡por Alah, que le honrado!"
Y se dirigió al palacio.
Pero al llegar a palacio encontró a todo el mundo en movimiento; y la primera persona con quien se encontró en la misma puerta fué el negro eunuco Sándalo, que estaba sentado en medio de un grupo respetuoso de otros negros y otros eunucos discutiendo y gesticulando. Y se adelantó Califa hacia él, y como un joven mameluco quería impedirle el paso, le empujó y le gritó: "¡Déjame, hijo de perro!"
Al oír este grito, el eunuco Sándalo volvió la cabeza y vió que estaba allí Califa el pescador. Y riendo, el eunuco le dijo que se acercara; y Califa avanzó, y dijo: "¡Por Alah, que te hubiera conocido entre mil, ¡oh rubiales míos! ¡oh tizón mío!"
Y el eunuco se echó a reír al escuchar estas palabras, y le dijo con amabilidad: "Siéntate un momento ¡oh mi amo Califa! ¡Enseguida te pagaré lo que te debo!" Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo; cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 566ª noche

Ella dijo:
"... Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo, cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa. Así es que los eunucos, los esclavos y los jóvenes mamelucos se levantaron para ponerse en dos filas; y Sándalo, a quien el visir hizo con la mano seña de que tenía que hablarle, dejó al pescador y a toda prisa se puso a las órdenes de Giafar. Y empezaron a hablar ambos largamente, paseándose.
Cuando Califa vió que el eunuco tardaba en volver junto a él, creyó que aquello era una estratagema suya para no pagarle, máxime cuando el eunuco parecía haberle olvidado completamente, sin preocuparse ya de su presencia y como si no existiera el pescador. Entonces éste comenzó a moverse y a hacer al eunuco desde lejos señas que querían decir: "¡Vuélvete ya!" Pero como el otro no le prestaba la menor atención, le gritó Califa con irónico acento: "¡Oh mi señor Tizón, dame lo que me debes para que me vaya!"
Y a causa de la presencia de Giafar, el eunuco se avergonzó mucho de este apóstrofe, y no quiso contestarle. Por el contrario, se puso a hablar con más viveza para no atraer hacia el otro la atención del gran visir; pero fué trabajo perdido. Porque Califa se acercó más y exclamó con una voz formidable, haciendo muchos gestos: "¡Oh tramposo pillastre! ¡confunda Alah a las gentes de mala fe y a cuantos privan de lo suyo a los pobres!"
Después cambió de acento y le gritó con sorna: "Bajo tu protección me pongo, ¡oh mi señor Barriga-Hueca! Y te suplico que me des lo que me debes para que me marche".
Y el eunuco llegó el límite de la confusión, pues Giafar había visto y oído aquella voz; pero como aún no sabía de qué se trataba, preguntó al eunuco: "¿Qué le ocurre a ese hombre? ¿Y quién le ha engañado?"
Y el eunuco contestó: "¡Oh mi señor! ¿no sabes quién es ese hombre?"
Giafar dijo: "¡Por Alah! ¿cómo voy a conocerle si es la primera vez que le veo?"
El eunuco dijo: "¡Oh señor nuestro! ¡si precisamente es el pescador a quien ayer disputamos los peces para llevárselos al califa! ¡Y como yo le prometí dinero por los dos últimos peces que le quedaban, le dije que viniera hoy a buscarme para que le pagase lo que le debía! ¡Y hace un rato iba a pagarle, cuando tuve que acudir entre tus manos! ¡Y por eso me apostrofa ahora de esa manera, impaciente ya el buen hombre!"
Cuando el visir Giafar hubo oído estas palabras, sonrió ligeramente, y dijo al eunuco: "¿Cómo te has atrevido ¡oh jefe de los eunucos! a faltar así al respeto, a la prontitud y a los miramientos que se deben  al propio amo del Emir de los Creyentes?
¡Pobre Sándalo ¿qué dirá el califa si llega a enterarse de que no se ha honrado en extremo a su socio y maestro Califa el pescador?"
Luego Giafar añadió de pronto: "¡Oh Sándalo! ¡sobre todo no le dejes marchar, porque nos puede hacer mucha falta! Precisamente el califa tiene el pecho oprimido, el corazón afligido, el alma condolida, y está sumido en la desesperación con la muerte de la favorita Fuerza-de-los-Corazones, y he tratado inútilmente de consolarle por todos los medios usuales.
Pero quizá consigamos dilatarle el pecho con la ayuda de ese pescador Califa. ¡Reténle, pues, en tanto que voy yo a tantear el ánimo del califa!" Y contestó el eunuco Sándalo: "¡Oh mi señor, haré lo que juzgues oportuno! ¡Y Alah te conserve y te guarde por siempre como sostén, pilar y piedra angular del imperio y de la dinastía del Emir de los Creyentes! ¡Y caiga sobre ti y sobre ella la sombra protectora del Altísimo! ¡Y ojalá la rama, el tronco y la raíz permanezcan intactos durante siglos!"
Y se apresuró a reunirse con Califa, mientras Giafar iba a ver al califa. Y al ver por fin llegar al eunuco, el pescador le dijo: "¡Hete aquí ya!, ¡oh Barriga-Hueca!" Y como el eunuco daba a los mamelucos orden de detener al pescador y de impedirle que se marchara, le gritó éste: "¡Ah! ¡eso es lo que no me esperaba! ¡El acreedor se convierte en deudor, y el demandante resulta demandado! ¡Ah, Tizón de mi zib! ¡Vengo aquí a reclamar mi deuda, y se me coge preso con pretexto de atraso en las contribuciones y de falta de pago de impuestos!"
Y he aquí lo referente a él.
En cuanto al califa, cuando Giafar penetró en su aposento, le encontró doblado por la cintura, con la cabeza entre las manos y el pecho hinchado de sollozos. Y recitaba lentamente estos versos:
¡Sin cesar me reprochan mis censores el dolor inconsolable que me embarga! ¿Pero qué voy a hacer, si el corazón rechaza todo consuelo? ¿Acaso depende de mí este corazón independiente?
¿Y cómo, sin morir, podré soportar la ausencia de una niña cuyo recuerdo llena mi alma, de una niña encantadora y dulce, y tan dulce, ¡oh corazón mío!?
¡Oh no! ¡Jamás la olvidaré! ¡Olvidarla cuando la copa ha circulado entre nosotros, copa en que bebí el vino de sus miradas, vino que me embriaga todavía!
Y cuando Giafar estuvo entre las manos del califa, dijo: "¡La paz sea contigo, oh Emir de los Creyentes! ¡oh defensor del honor de nuestra Fe! ¡oh descendiente del tío del Príncipe de los Apóstoles! ¡Que la plegaria y la paz de Alah sean con Él y con todos los suyos sin excepción!"
Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó:
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 567ª noche

Ella dijo:
"... Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó: "¡Y contigo ¡oh Giafar! la paz de Alah y su misericordia y sus bendiciones!" Y Giafar preguntó: "¿Permite el Comendador de los Creyentes que le hable su esclavo, o se lo prohíbe? Y Al-Raschid contestó: "¿Y desde cuándo ¡oh Giafar! te está prohibido hablarme, a ti, que eres señor y cabeza de todos mis visires? ¡Dime cuanto tengas que decirme!"
Y Giafar dijo entonces: "¡Oh señor nuestro! cuando yo salía de entre tus manos de vuelta para mi casa, he encontrado de pie a la puerta de palacio, en medio de los eunucos, a tu amo y profesor y compañero, Califa el pescador, que tenía muchas quejas que formular contra ti, y se querellaba diciendo: "¡Gloria a Alah! ¡no comprendo nada de lo que me sucede! ¡Le he enseñado el arte de la pesca, y no solamente no me guarda ninguna gratitud, sino que se marchó para comprarme dos cestos y ha tenido buen cuidado de no volver! ¿Se puede llamar a eso una intención formal y un buen aprendizaje? ¿O acaso es así cómo se corresponde con los amos?"
¡De modo que yo, ¡oh Emir de los Creyentes! me he apresurado a venir a avisarte de la cosa para que, si sigues teniendo la intención de ser su asociado, lo seas, y si no, para que le avises el haberse terminado el acuerdo existente entre ambos, a fin de que pueda él encontrar otro socio o compañero! "
Cuando el califa hubo oído estas palabras de su visir, a pesar de los sollozos que le ahogaban, no pudo por menos de sonreír primero, riendo luego a carcajadas, y de pronto sintió que se le dilataba el pecho, y dijo a Giafar: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh Giafar! dices la verdad!
¿Es cierto que el pescador Califa está a la puerta del palacio ahora?" Y Giafar contestó: "¡Por tu vida, ¡oh Emir de los Creyentes! que a la puerta está el propio Califa con sus dos ojos!"
Y dijo Harún: "¡Oh Giafar! ¡por Alah, que necesito hacerle justicia hoy con arreglo a sus méritos, y darle lo que le corresponde! ¡Así, pues, si por mediación mía Alah le envía suplicios o sufrimientos, no se le perdonará ninguno, y si, por el contrario, escribe para suerte suya la prosperidad y la fortuna, las tendrá también!"
Y diciendo estas palabras, el califa cogió una hoja grande de papel, la cortó en trozos pequeños de igual tamaño, y dijo: "¡Oh Giafar!" ¡Escribe con tu propia mano primero en veinte de estas papeletas, sumas de dinero que oscilen entre un dinar y mil dinares, y los nombres de todas las dignidades de mi imperio, desde la dignidad de califa, de emir, de visir y de chambelán hasta los más ínfimos cargos de palacio; luego escribe en las otras veinte papeletas todas las clases de castigos y de torturas, desde los azotes hasta la horca y la muerte!"
Y contestó Giafar: "¡Escucho y obedezco!" Y cogió un cálamo y escribió con su propia mano en las papeletas indicaciones ordenadas por el califa, tales como Un millar de dinares, cargo de chambelán, emirato, dignidad de califa y sentencia de muerte, prisión, azotes, y otras cosas parecidas. Luego dobló de igual manera todas las papeletas las metió en una palangana de oro, y se lo entregó todo al califa, que le dijo: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos sagrados de mis santos antecesores los Puros, y por mi ascendencia real que se remonta a Hamzah y a Akil, juro que cuando Califa el pescador se halle aquí, dentro de poco, voy a ordenar que saque una papeleta de esas papeletas cuyo contenido sólo yo y tú conocemos, y le concederé lo que tenga escrito el papel que él saque, cualquiera que sea la cosa escrita! ¡Y si le tocara mi propia dignidad de califa, yo la abdicaré al instante en favor suyo y se la transmitiré con toda generosidad de alma! ¡Pero, si por el contrario, le corresponde la horca, o la mutilación; o la castración, o cualquier género de muerte, se la haré sufrir sin apelación!
¡Vé, pues, por él, y tráemelo sin tardanza!"
Al oír estas palabras, Giafar dijo para sí: "¡ No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente! ¡Es posible que la papeleta que saque ese pobre sea una papeleta de las malas que ocasione su perdición! ¡Y sin quererlo, seré yo entonces la causa primera de su desdicha! ¡Porque lo ha jurado el califa, y no hay que pensar en hacer que cambie de resolución! ¡Por tanto, tengo que limitarme a buscar a ese pobre hombre! ¡Y no ha de suceder más que lo que estuviera escrito por Alah!"
Luego salió en busca de Califa el pescador y, cogiéndole de la mano, quiso arrastrarle al interior del palacio.
Pero Califa, que hasta entonces no había cesado de gesticular, quejarse de su arresto y arrepentirse por haber ido a la corte, estaba a punto de perder del todo la razón, y exclamó: "¡Qué estúpido fui al hacerme caso a mí mismo y venir aquí en busca de ese eunuco negro, de ese Tizón funesto, de ese hijo maldito de una maldita negra de narices anchas, de ese Barriga-Negra!"
Pero Giafar le dijo: "¡Vamos, sígueme!" Y le arrastró con él, precedido y escoltado por la muchedumbre de esclavos y de mozos, a quienes Califa no cesaba de injuriar. Y le hicieron pasar por siete inmensos vestíbulos, y Giafar le dijo: "¡Atención, ¡oh Califa! porque vas a entrar en presencia del Emir de los Creyentes, el defensor de la Fe!" Y levantando un cortinaje le empujó a la sala de recepción, en cuyo trono aparecía sentado Harún Al-Raschid, a quien rodeaban sus emires y los grandes de su corte. Y Califa, que no tenía la menor idea de lo que estaba viendo, no se desconcertó lo más mínimo, sino que, al mirar con la mayor atención a Harún Al-Raschid en medio de su gloria, se adelantó hacia él riendo a carcajadas, y le dijo: "¡Ah! por fin te encuentro, ¡oh clarinete! ¿Te parece que has obrado legalmente al dejarme ayer solo para que guardara el pescado, después que te enseñé el oficio y te encargué que fueras a comprarme dos cestos? ¡Me dejaste indefenso y a merced de una porción de eunucos que, como una bandada de buitres fueron a robarme y a quitarme mi pescado, que hubiera podido producirme cien dinares lo menos! ¡Y también tú eres el causante de lo que me sucede ahora entre todos estos individuos que me retienen aquí! Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla. ..
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 568ª noche

Ella dijo:
"... Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla?"
Al oír estas palabras de Califa, el califa sonrió, y cogiendo con las dos manos la jofaina de oro en que estaban las papeletas escritas por Giafar, le dijo: "¡Acércate, ¡oh Califa! y ven a sacar una papeleta entre estas papeletas!"
Pero exclamó Califa, echándose a reír: "¡Cómo! ¡oh clarinete! ¿cambiaste ya de oficio y abandonaste la música? ¡Y hete aquí ahora convertido en astrólogo! ¡Y ayer eras aprendiz de pescador! ¡Créeme, clarinete, que ese proceder no te llevará lejos! ¡Porque cuantos más oficios se tienen, menos provecho se saca de ellos! ¡Da, pues, de lado a la astrología, y torna a ser clarinete o vuelve conmigo para continuar tu aprendizaje de pescador!"
Y aún iba a proseguir hablando, cuando Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Basta ya de semejante palabrería! ¡Y ven a sacar de esas papeletas, como te ha ordenado el Emir de los Creyentes!" Y le empujó hacia el trono.
Entonces Califa, aunque resistiéndose al empujón de Giafar, se adelantó renegando hacia la jofaina de oro, y metiendo en ella con torpeza toda su mano, sacó un puñado de papeletas a la vez. Pero Giafar, que le vigilaba, le hizo soltarlas, y le dijo que cogiera una sola. Y Califa, rechazándole de un codazo, volvió a meter la mano y no sacó aquella vez más que una sola papeleta, diciendo: "¡Lejos de mí toda idea de volver a tomar a mi servicio en adelante a este tañedor de clarinete de mejillas abultadas, a este astrólogo sacador de horóscopos!"
Y así diciendo, desdobló la papeleta, y con ella al revés, pues no sabía leer, se la dió al califa, preguntándole: "¿Quieres decirme, ¡oh clarinete! el horóscopo escrito en esta papeleta? ¡Y ten cuidado con no ocultarme nada!"
El califa cogió la papeleta, y sin leerla, se la dió a su vez a Giafar, diciéndole "¡Dinos en alta voz lo que está escrito ahí!" Y Giafar cogió la papeleta y habiéndola leído, alzó los brazos y exclamó: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente!"
Y el califa preguntó a Giafar, sonriendo: "¡Supongo que serán buenas noticias, oh Giafar! ¿De qué se trata? ¡Habla! ¿Es preciso que baje yo del trono? ¿Hay que sentar aquí a Califa? ¿o hay que apoderarse de él?"
Y Giafar contestó con mohíno acento: "¡Oh Emir de los Creyentes! en esta papeleta han escrito: "Cien palos al pescador Califa".
Entonces, a pesar de los gritos y protestas de Califa, el califa dijo: "¡Que se ejecute la sentencia!" Y el portaalfanje Massrur hizo que se apoderaran del pescador, que aullaba como un loco, y cuando le echaron de bruces, mandó que le aplicaran cien palos justos, ¡ni uno más ni uno menos! Y aunque Califa no sentía dolor alguno, a causa del encallecimiento que había adquirido, daba gritos espantosos v lanzaba mil imprecaciones contra el tañedor de clarinete.
¡Y el califa se reía extremadamente!
Y cuando hubieron acabado de administrarle los cien golpes, Califa se levantó como si no hubiese pasado nada, y exclamó: "¡Maldiga Alah tu música, oh hinchado! ¿Desde cuándo forman los palos parte de las bromas entre las gentes distinguidas?"
Y Giafar, que tenía un alma misericordiosa y un corazón compasivo, se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡permite al pescador que saque otra papeleta! ¡Quizá la suerte le sea esta vez más propicia! ¡Y después de todo, no querrás que tu antiguo amo se aleje del río de tu liberalidad sin haber apagado su sed!"
Y el califa contestó: "¡Por Alah, ¡oh Giafar! que eres muy imprudente! ¡Ya sabes que los reyes no tienen costumbre de desdecirse de sus juramentos y promesas! ¡De modo que puedes estar seguro de antemano de que, si al sacar la segunda papeleta el pescador, le toca la horca, se le ahorcará sin remisión! ¡Y así serás tú el causante de su muerte!" Y Giafar contestó: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! que la muerte del desdichado es preferible a su vida!"
Y el califa dijo: "¡Sea! ¡Que saque, entonces, otra papeleta!"
Pero Califa exclamó, encarándose con el califa: "¡Oh clarinete funesto, que Alah te recompense por tu liberalidad! pero dime, ¿es que no podrías encontrar en Bagdad otra persona más que yo para hacerle experimentar tan agradable prueba? ¿O acaso yo sólo estoy disponible en todo Bagdad?"
Pero Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Coge otra papeleta, y Alah te la elegirá!"
Entonces Califa metió la mano en la jofaina de oro, y al cabo de un momento, sacó una papeleta en blanco. Y el califa dijo: "¡Ya lo estás viendo! ¡La fortuna de este pescador no le espera entre nosotros! ¡Dile, pues, ahora que se quite de mi vista cuanto antes! ¡Ya estoy harto de verle!"
Pero Giafar dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te conjuro, por méritos sagrados de tus santos antecesores los Puros, a que permitas al pescador que saque la tercera papeleta! ¿Quién sabe si encontrará así con qué no morir de hambre?" Y contestó Al-Raschid: "¡Bueno! ¡Que coja, pues, la tercera papeleta, pero nada más!"
Y Giafar dijo a Califa: "¡Anda, oh pobre! coge la tercera y última ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 569ª noche

Ella dijo:
¡... Anda, ¡oh pobre! coge la tercera y última!" Y una vez más sacó un papel Califa, y cogiendo la papeleta, Giafar leyó en voz alta: "¡Un dinar al pescador!"
Al oír estas palabras, exclamó Califa el pescador: "¡Maldición sobre ti, oh clarinete funesto! ¡Un dinar por cien palos! ¡Vaya una generosidad!
¡Así te recompense Alah el día del Juicio!"
Y el califa se echó a reír con toda su alma, y Giafar, que al fin y al cabo había conseguido distraerle, cogió de la mano al pescador Califa y le hizo salir de la sala del trono.
Cuando Califa llegó a la puerta del palacio, se encontró con el eunuco Sándalo, que le llamó y le dijo: "¡Ven, Califa! ¡Ven a hacernos participar de la gratificación que te haya dado la generosidad del Emir de los Creyentes!"
Y le contestó Califa: "¡Ah! ¿quieres participar de ella, negro de brea?
¡Ven, pues, a recibir la mitad de cien palos sobre tu piel negra, antes de que Eblis te los administre en el infierno! ¡Toma ahora el dinar que me ha dado tu amo el tañedor de clarinete!"
Y le tiró a la cara el dinar que Giafar le puso en la mano, y quiso trasponer la puerta para marcharse por su camino. Pero el eunuco echó a correr detrás de él, y sacando del bolsillo una bolsa con cien dinares, se la ofreció a Califa, diciéndole: "¡Oh pescador, toma estos cien dinares para pago del pescado que te compré ayer! ¡Y vete en paz!"
Y al ver aquello, Califa se alegró mucho y tomó la bolsa con los cien dinares y también el dinar que le dió Giafar, y olvidando su mala suerte y el trato que acababa de sufrir, se despidió del eunuco y se volvió a su casa, lleno de gloria y en el límite de la satisfacción.
Y ahora. ..
Como cuando Alah decreta una cosa la ejecuta siempre, y aquella vez su decreto se refería precisamente a Califa el pescador, hubo de cumplirse su voluntad. En efecto, al atravesar los zocos de regreso para su casa, Califa se vió detenido, ante el mercado de los esclavos, por un corro considerable de personas que miraban todas al mismo punto
Y se preguntó Califa: "¿Qué mira así este tropel de gente?" E impulsado por la curiosidad, apartó la multitud empujando a mercaderes y corredores, a ricos y a pobres, quienes se echaban a reír cuando le  reconocían, diciéndose unos a otros: "¡Paso! ¡dejad paso al opulento valiente que va a comprar todo el mercado! ¡Paso al sublime Califa, maestro de taladradores!"
Y Califa, sin desconcertarse y animado al sentirse provisto de los dinares de oro que llevaba en su cinturón, llegó en medio de la primera fila y miró para ver de qué se trataba. Y vió a un anciano que tenía delante de sí un arca en el cual estaba sentado un esclavo. Y aquel anciano recitaba a voces un pregón que decía: "¡Oh mercaderes! ¡oh gente rica! ¡oh nobles habitantes de nuestra ciudad! ¿quién de vosotros quiere colocar su dinero en un negocio que le rentará un ciento por ciento, si compra con su contenido, que ignoramos, esta arca de buen origen, procedente del palacio de Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes? ¡Ofreced por él! ¡Y que Alah bendiga al que más ofrezca!" Pero un silencio general respondió a su llamamiento, porque los mercaderes no se atrevían a aventurar una suma de dinero en aquella arca cuyo contenido ignoraban, ¡y mucho se temían que hubiese dentro alguna superchería!
Pero uno de ellos alzó por fin la voz, y dijo: "¡Por Alah, que es muy aventurado el trato! ¡Y se corre mucho riesgo! ¡ Sin embargo, voy a hacer una oferta, a condición de que no se me reproche por ella! ¡Voy a decir una palabra, y nada de censuras para conmigo!
¡Hela aquí! ¡veinte dinares, y ni uno más!"
Pero inmediatamente pujó otro mercader, y dijo: "¡Es mío por cincuenta!" Y pujaron otros mercaderes; y las ofertas llegaron a cien dinares.
Entonces gritó el subastador: "¿Hay quien puje más entre vosotros, ¡.oh mercaderes!? ¿Quién da más? ¡Cien dinares! ¿Quién da más?" Entonces alzó la voz Califa, y dijo: "¡Es mío por cien dinares y un dinar!"
Al oír estas palabras de Califa, los mercaderes, que sabían estaba tan limpio de dinero como una alfombra, sacudida y golpeada, creyeron que bromeaba, y se echaron a reír. Pero Califa se quitó el cinturón, y repitió con voz más fuerte y furiosa: "¡Cien dinares y un dinar!" Entonces, a pesar de las risas de los mercaderes, el subastador dijo: "¡Por Alah, que te pertenece el arca! ¡Y sólo a él se la vendo!"
Luego añadió: "Toma. ¡oh pescador! ¡paga los ciento y uno, y llévate el arca con su contenido! ¡Alah bendiga la venta! ¡Y sea contigo la prosperidad merced a esta compra!"
Y Califa vació entre las manos del subastador su cinturón, que contenía los cien dinares y un dinar juntos; y la venta se hizo con pleno consentimiento mutuo de ambas partes. Y el arca quedó desde entonces como propiedad de Califa el pescador.
Entonces, viendo ultimada la venta, todos los cargadores del zoco se precipitaron sobre, el cofre, regañando por quien conseguiría llevárselo para ganar su salario. Pero aquello no entraba en los cálculos del desventurado Califa, que con aquella compra se había privado de cuanto dinero poseía, ¡y no llevaba encima ni conque comprar una cebolla! Y los cargadores continuaban pegándose a más y mejor y quitándose el arca unos a otros hasta que los mercaderes intervinieron para separarlos, y dijeron: "¡Ha llegado primero el cargador Zoraik! ¡A él, pues, le corresponde el arca!" Y ahuyentaron a todos los cargadores, excepción hecha de Zoraik, y a pesar de las protestas de Califa, que quería llevar él mismo el arca, se la cargaron a la espalda del cargador, y le dijeron que siguiera con su carga a su amo Califa.
Y el cargador echó a andar detrás de Califa con el arca a la espalda ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 570ª noche

Ella dijo:
"... Y el cargador echó a andar detrás de Califa con el arca a la espalda. Y mientras caminaba, se decía para su ánima Califa: "¡Ya no llevo encima ni oro, ni plata, ni cobre, ni siquiera el olor de semejante cosa! ¿Y cómo voy a arreglarme para pagar a este maldito cargador al llegar a casa? ¿Y qué necesidad tenía yo de cargador? ¿Y qué necesidad tenía yo tampoco de esta arca funesta? ¿Y quién pudo meterme  en la cabeza la idea de comprarla? ¡Pero ha de ocurrir lo que está escrito! Por lo pronto, para salir de mi compromiso con este cargador, voy a hacerle correr y andar y perderse por las calles hasta que esté  extenuado de fatiga. Entonces se parará por su voluntad y se negará a seguir. ¡Y me aprovecharé de su negativa para negarme a pagarle a mi vez y me echaré a la espalda el arca yo mismo!"
Y tras de imaginar de aquel modo su proyecto, lo puso en práctica inmediatamente. Empezó, pues, por ir de calle en calle y de plaza en plaza, y por hacer que el cargador diera vueltas con él por toda la ciudad, y así estuvo desde mediodía hasta la puesta del sol, de modo que el cargador estaba ya completamente extenuado y acabó por refunfuñar y murmurar, y se decidió a decir a Califa: "¡Oh amo mío! ¿dónde está tu casa?"
Y contestó Califa: "¡Por Alah, que ayer sabía yo aún dónde estaba, pero hoy lo he olvidado completamente! ¡Y heme aquí dedicado a buscar contigo donde se halle!"
Y dijo el cargador: "¡Pues dame mi salario y toma tu arca!"
Y dijo Califa: "¡Espera un poco todavía y anda despacio mientras yo ordeno mis recuerdos y reflexiono acerca del sitio en que está mi casa!" Luego, al cabo de cierto tiempo, como el cargador se pusiera a protestar entre dientes, le dijo: "¡Oh Zoraik! no llevo encima dinero para darte tu salario aquí mismo! ¡Porque me he dejado el dinero en casa, y se me ha olvidado cuál es mi casa!"
Y cuando el cargador se paraba, sin poder andar ya, e iba a dejar su carga, acertó a pasar un conocido de Califa, que le dió en el hombro, y le dijo: "¡Por Alah! ¿eres tú, Califa? ¿Y qué te trae por este barrio tan alejado de tu barrio? ¿Y qué lleva para ti este hombre?" Pero antes de que el consternado Califa tuviese tiempo de contestarle, el cargador Zoraik se encaró con el transeúnte consabido, y le preguntó: "¡Oh tío! ¿dónde está la casa de Califa?" El hombre contestó: "¡Por Alah! ¡Vaya una pregunta! ¡La casa de Califa está precisamente al otro extremo de Bagdad, en el khan ruinoso que hay junto al mercado del pescado en el barrio de los Rawssin!"
Y se marchó riendo.
Entonces Zoraik el cargador dijo a Califa el pescador: "¡Vamos, anda, oh miserable! ¡Ojalá no pudieras vivir ni andar!" Y le obligó a ir delante de él y a conducirle a su vivienda del khan ruinoso cercano al mercado del pescado. Y hasta que llegaron no cesó de injuriarle y de reprocharle su conducta, diciéndole: "¡Oh tú, rostro nefasto, así te cortara Alah el pan cotidiano en este mundo! ¡Cuántas veces no habremos pasado por delante de tu casa de desastre sin que hicieras el menor ademán para que me parase! ¡Anda, ayúdame ahora a descargarme de la espalda tu arca! ¡Y ojalá estuvieras pronto encerrado para siempre en ella !"
Y sin decir una palabra, Califa le ayudó a descargar el arca, y limpiándose con el dorso de la mano las gotas gordas de sudor que le caían de la frente, dijo Zoraik: "¡Ahora vamos a ver la capacidad de tu alma y la generosidad de tu mano en el salario que me corresponde por todas las fatigas que me has hecho soportar sin necesidad! ¡Y date prisa para que me vaya por mi camino!" Y le dijo Califa: "¡Claro que serás retribuido espléndidamente, compañero! ¿Quieres, pues, que te traiga oro o plata? ¡Escoge!"
Y contestó el cargador: "¡Tú sabrás mejor lo que conviene!"
Entonces Califa, dejando a la puerta al cargador con el arca, entró en su vivienda, y salió de ella enseguida llevando en la mano un formidable látigo con correas claveteadas cada una con cuarenta clavos agudos, capaces de derribar a un camello al primer golpe. Y se precipitó sobre el cargador con el brazo en alto y enarbolando el látigo, lo dejó caer sobre la espalda del otro, y comenzó de nuevo, de modo que el cargador empezó a aullar, y volviendo la espalda, pasó por delante de él, tapándose la cara con las manos, y desapareció por una esquina.
Libre así del cargador, que al fin y al cabo había cargado con el arca por propia iniciativa, Califa se creyó en el deber de arrastrar el arca aquella hasta su vivienda. Pero al oír aquel ruido, afluyeron los vecinos, y al ver el extraño atavío de Califa con el traje de raso cortado por las rodillas y el turbante, le dijeron: "¡Oh Califa! ¿de dónde sacaste ese traje y esa arca tan pesada?"
El contestó: "¡Me los ha dado mi criado y aprendiz que tiene el oficio de clarinete y se llama Harún Al-Raschid! ..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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41 P1 Histora de Califa el pescador y del califa - primera de tres partes

Hace parte de

41 Histora de Califa el pesacador y del califa




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Historia de Califa y del califa

Y dijo Schehrazada:
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de la edad y del momento, había en la ciudad de Bagdad un hombre que era pescador de oficio y se llamaba Califa. Y era un hombre tan pobre, tan desgraciado y tan sin recursos, que no había podido reunir las escasas monedas de cobre necesarias para casarse; y así es que seguía soltero, mientras que los más pobres de los pobres tenían mujer e hijos.
Un día se echó sus redes a la espalda, como tenía por costumbre, y se fué a la orilla del agua para arrojarlas muy de mañana, antes de que llegasen los demás pescadores. Pero las arrojó por diez veces  consecutivas sin sacar nada en absoluto.
Y su despecho fué extremado en un principio; y se le oprimió el pecho, y su espíritu se hallaba perplejo y se sentó en la ribera presa de la desesperación. Pero acabó por calmar sus malos pensamientos y dijo: "¡Alah me perdone mi impulso! ¡Sólo hay recurso en El! ¡El se cuida de la subsistencia de sus criaturas, y lo que El da no puede quitárnoslo nadie, y lo que rehúsa Él, nadie nos lo puede dar! Tomemos, pues, los días buenos y los malos como vengan, y aprestemos un pecho henchido de paciencia contra las desgracias. ¡Porque la mala fortuna es como el grano que no se revienta y sólo se resuelve a fuerza de cuidados pacienzudos!"
Cuando el pescador Califa se hubo reconfortado el alma con estas palabras, se levantó animosamente, y remangándose la ropa, lanzó al agua sus redes tan lejos como alcanzaba su brazo, y esperó un buen rato; tras de lo cual atrajo a sí la cuerda y tiró de ella con todas sus fuerzas; pero pesaban tanto las redes, que hubo de tomar precauciones infinitas para arrastrarlas sin romperlas. Por fin lo consiguió, acarreándolas delicadamente; y cuando las tuvo delante de él, las abrió, con el corazón palpitante; pero no encontró dentro más que un mono muy grande, tuerto y lisiado...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 555ª noche

Ella dijo:
"... pero no encontró dentro más que un mono muy grande, tuerto y lisiado.
Al ver aquello, exclamó el desgraciado Califa: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡En verdad que pertenecemos a Alah y a El volveremos!
¡Pero qué fatalidad me persigue hoy!
¿Y qué significa esta suerte desastrosa y este sino calamitoso? ¿Qué va a sucederme, pues, en este día bendito? Pero todo esto está escrito por Alah (¡exaltado sea!)" Y así diciendo, cogió al mono y le ató con una cuerda a un árbol que había en la ribera; luego tomó un látigo que llevaba consigo, y enarbolándolo en el aire, quiso emprenderla a golpes con el mono para desahogar su contrariedad. Pero de pronto el mono movió la lengua con ayuda de Alah, y de una manera elocuente dijo a Califa:
"¡Oh, Califa, detén tu mano y no me pegues! ¡Déjame por el momento atado a este árbol, y ve a arrojar tu red al agua una vez más, fijándote en Alah, que te dará tu pan del día!"
Cuando Califa oyó este discurso del mono tuerto y lisiado, contuvo su gesto amenazador y fue hacia el agua, donde arrojó su red, dejando flotar la cuerda. Y cuando quiso atraerla a sí, encontró la red más pesada todavía que la vez primera; pero tirando de ella con lentitud y precaución, consiguió llevarla a la orilla, y he aquí que halló dentro otro mono que no era tuerto ni ciego, sino muy hermoso, con los ojos prolongados con kohl, las uñas teñidas con henné, los dientes blancos y separados por lindos intervalos, y un trasero sonrosado y no de color crudo, como el trasero de los demás monos; y llevaba ceñido al talle un traje rojo y azul muy agradable a la vista, y pulseras de oro en las muñecas y en los tobillos, y pendientes de oro en las orejas; y se reía mirando al pescador, y guiñaba los ojos y chascaba la lengua.
Al ver aquello, exclamó Califa: "¡Por lo visto, hoy es día de monos! ¡Loores a Alah, que ha convertido en monos los pescados del agua!
¡Oh día de pez, cómo empiezas!
¡Eres cual el libro cuyo contenido se sabe al leer la primera página! ¡Pero todo esto sólo me sucede por culpa del consejo que me dió el primer mono!"
Y diciendo estas palabras, corrió hacia el mono tuerto atado al árbol, y enarboló sobre él su látigo, haciéndolo primero voltear tres veces en el aire, y gritando: "¡Mira ¡oh rostro de mal agüero! el resultado del consejo que me diste!
¡Por haberte escuchado y haber abierto mi día con el espectáculo de tu ojo tuerto y tu deformidad, heme aquí condenado a morir de fatiga y de hambre!"
Y le azotó en el lomo con el látigo, e iba a comenzar de nuevo, cuando le gritó el mono: "¡Oh Califa! ¡antes de pegarme, empieza por hablar a mi compañero el mono que acabas de sacar del agua! ¡Porque el trato que quieres darme ¡oh Califa! no te servirá de nada, sino al contrario! ¡Escúchame, pues, lo que te digo por tu bien!"
Y muy perplejo, Califa se alejó del mono tuerto y se acercó al segundo, que le miraba llegar riendo de muy buena gana.
Y le gritó el pescador: "Y tú, ¡oh rostro de pez! ¿quién eres?"
Y el mono de los ojos hermosos contestó: "¡Cómo, oh Califa! ¿Es que no me conoces?"
Y él dijo: "¡No, no te conozco! ¡Habla pronto, o caerá sobre tu trasero este látigo!"
Y el mono contestó: "No me parece oportuno ese lenguaje ¡oh Califa! ¡Y mejor será que hables de otro modo, y retengas mis respuestas, que han de enriquecerte!"
Entonces Califa arrojó lejos de sí el látigo, y dijo al mono: "Heme aquí dispuesto a escucharte, ¡oh señor mono, rey de todos los monos!"
Y el otro dijo: "¡Has de saber, entonces, ¡oh Califa! que pertenezco a mi amo el cambista judío Abu-Saada, y que a mí me debe su fortuna y su éxito en los negocios!"
Califa preguntó: "¿Y cómo es eso?"
El mono contestó: "¡Sencillamente, porque yo soy la primera persona cuyo rostro mira él por la mañana, y la última de quien se despide antes de marcharse a dormir!"
Al oír estas palabras, exclamó Califa: "¿Pues no es cierto el proverbio que dice: "Calamitoso como el rostro del mono. . ."
Luego se encaró con el mono tuerto, y le gritó: "Lo oyes, ¿verdad? ¡Esta mañana tu rostro no me ha traído más que la fatiga y la contrariedad! ¡No te ocurre lo que a este hermano tuyo!"
Pero el mono de los ojos hermosos dijo: "¡Deja tranquilo a mi hermano, ¡oh Califa! y escúchame por fin! Para experimentar la verdad de mis palabras, empieza, pues, por atarme al extremo de la cuerda que sujeta tus redes, y ¡arrójalas al agua una vez más! ¡Y verás entonces si te traigo la buena suerte...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 556ª noche

Ella dijo:
"¡... Y verás entonces si te traigo la buena suerte!"
Entonces Califa hizo lo que el mono acababa de aconsejarle, y habiendo arrojado sus redes, sacó un magnífico pez tan grande como un carnero, con ojos como dos dinares de oro y escamas como diamantes. Y radiante cual si fuese el amo de la tierra y de sus dependencias, fue el pescador a llevárselo en triunfo al mono de los ojos hermosos, que le dijo: "¡Ya lo ves! Ahora ve a coger hierbas buenas y frescas, ponlas en el fondo de tu cesto, coloca el pez encima, cúbrelo todo con una nueva capa de hierbas, échate el cesto al hombro y llévalo a la ciudad de Bagdad, dejándonos a los dos monos atados a este árbol. Y si los transeúntes te preguntan qué llevas, no les contestes una palabra. Y  entrarás en el zoco de los cambistas, y en medio del zoco encontrarás la tienda de mi amo Abu-Saada el judío, jeique de los cambistas.
Le hallarás sentado en un diván con un cojín detrás de sí y dos cajas delante, una para el oro y otra para la plata. Y verás en su casa mozos jóvenes, esclavos, servidores y empleados. Entonces te adelantarás hacia él, le pondrás delante el cesto de pescado, y le dirás: "Aquí tienes, ¡oh Abu-Saada! ¡Hoy fui de pesca, y he arrojado las redes en tu nombre, y Alah me ha enviado este pez que hay en el cesto!" Y descubrirás delicadamente el pez.
Entonces te preguntará él: "¿Se lo has brindado a otro que no sea yo?" Dile: "¡No, por Alah!"
Él cogerá el pez y te ofrecerá como precio un dinar; pero se lo devolverás. Y te ofrecerá dos dinares; pero se los devolverás. Y te dirá: "¡Dime, entonces, qué deseas!" Y le contestarás: "¡Por Alah! ¡Sólo vendo el pez por dos palabras!"
Y si te pregunta: "¿Cuáles son esas palabras?", le contestarás: "¡Alzate sobre tus pies!, y di: "¡Sed testigos ¡oh vosotros todos los que estáis presentes en el zoco! de que consiento en cambiar el mono de  Califa el pescador por mi mono; que trueco mi suerte por su suerte y mi parte de dicha por su parte de dicha!"
Y añadirás, dirigiéndote a Abu-Saada: "Tal es el precio de mi pez. ¡Porque no me importa el oro! ¡No conozco su color, ni su sabor, ni su utilidad!"
Hablarás así, ¡oh Califa! Y si el judío accede a ese trato, como seré yo propiedad tuya, todos los días muy de mañana te daré los buenos días y por la noche te daré las buenas noches; y así te traeré la buena suerte, y ganarás cien dinares al día. En cuanto a Abu-Saada el judío, inaugurará mañana su jornada con el espectáculo de este mono tuerto y lisiado, y tendrá la misma visión todas las noches; y cada día le afligirá Alah con un nuevo impuesto o una carga o una vejación; y de ese modo, al poco tiempo se arruinará, ¡y cuando no tenga ya nada entre las manos, se verá reducido a la mendicidad! ¡Así, pues, ¡oh Califa! retén bien en la memoria lo que acabo de decirte, y prosperarás y seguirás el camino recto de la dicha!"
Cuando Califa el pescador hubo oído este discurso del mono, contestó: "Acepto tu consejo, ¡oh rey de todos los monos! ¿Pero qué tengo que hacer, entonces, con ese tuerto de mal agüero? ¿Hay que dejarle atado al árbol? ¡Porque estoy muy perplejo con respecto a él! ¡Pluguiera a Alah no bendecirle nunca!"
El mono contestó: "Déjale que vuelva al agua. Y déjame también a mí. ¡Es lo mejor!" Califa contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y se acercó al mono tuerto y lisiado, y le desató del árbol; y también dió libertad al mono consejero. Y al punto se echaron de dos zancadas al agua, donde se sumergieron y desaparecieron.
Entonces Califa cogió el pez, lo lavó, lo puso en el cesto encima de la hierba verde y fresca, lo cubrió con hierba asimismo, se lo echó todo al hombro y se fué a la ciudad cantando a gritos.
Y he aquí que, cuando entró en los zocos, la gente y los transeúntes le reconocieron, y como de ordinario bromeaban con él, empezaron a preguntarle: "¿Qué llevas ahí, ¡oh Califa!?"
Pero él no les contestaba y ni siquiera les miraba, y así durante todo el camino. Y llegó de tal suerte al zoco de los cambistas, y pasó las tiendas una a una hasta que llegó a la del judío. Y le vió en medio de su tienda sentado majestuosamente en un diván, teniendo dedicados a su servicio servidores numerosos de todas edades y de todos colores; ¡y parecía así un rey del Khorassán!
Tras de asegurarse de que aquél era el propio judío, Califa adelantóse entre sus manos y se detuvo. Y el judío levantó la cabeza hacia él, y dijo al reconocerle: "Comodidad y familia, ¡oh Califa! ¡Bienvenido seas! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 557ª noche

Ella dijo:
"... Comodidad y familia, ¡oh Califa! ¡Bienvenido seas! Y dime qué te trae y qué deseas. ¡Y si por casualidad te ha dicho malas palabras alguien o te ha empujado o te ha atropellado, dímelo en seguida para que vaya yo contigo a buscar al walí y a pedirle completa reparación del daño que se te haya causado!"
El aludido contestó: "¡No, por vida de tu cabeza, ¡oh jefe de los judíos y su corona! nadie me ha dicho malas palabras ni me ha empujado ni me ha atropellado, sino al contrario! Pero esta mañana salí de mi  casa y me fuí a la ribera y eché mis redes al agua a tu salud y en tu nombre. ¡Y las retiré y encontré dentro este pez!" Y así diciendo, abrió el cesto, sacó delicadamente de su lecho de hierbas al pez, y se lo presentó con ostentación al cambista judío. Y cuando éste vió aquel pez, lo encontró admirable, y exclamó: "¡Por el Pentateuco y los Diez Mandamientos! Sabe, ¡oh pescador! que ayer, estando yo dormido, vi en sueños a la Virgen María, que se me apareció para decirme: «¡Oh Abu-Saada, mañana tendrás un regalo mío!»
¡Y he aquí que sin duda es éste el regalo consabido!"
Luego añadió: "Dime, por tu religión, ¡oh Califa! ¿le has enseñado o brindado este pez a otro que no sea yo?" Y Califa le contestó: "¡No, por Alah! ¡Te juro por la vida de Abu-Bekr el Sincero, ¡oh jefe de los judíos y su corona! que no lo ha visto todavía nadie más que tú!" Entonces el judío se encaró con uno de sus esclavos jóvenes, y le dijo: "¡Ven aquí! ¡Toma este pez y vé a llevarlo a casa, y dile a mi hija Saada que lo limpie, fría la mitad y ase la otra mitad, y me lo tenga todo caliente para cuando acabe yo de despachar los asuntos y pueda volver a casa!"
Y para dar más fuerza a la orden, Califa dijo al mozo: "¡Sí, ¡oh mozo! recomienda bien a tu ama que no lo deje quemar, y hazle ver el hermoso color de sus agallas!" Y el mozo contestó: "Escucho y obedezco, ¡oh mi amo!" Y se fué.
¡Volvamos al judío!
Ofreció con la punta de los dedos un dinar a Califa el pescador, diciéndole: "¡Toma esto para ti, ¡oh Califa! y gástalo con tu familia!"
Cuando Califa tomó instintivamente el dinar y lo vió brillar en la palma de su mano, él, que todavía no hubo visto en su vida el oro y ni siquiera sospechaba su valor, exclamó: "¡Gloria al Señor, Dueño de los tesoros y Soberano de las riquezas de los dominios!"
Luego dió algunos pasos para marcharse, pero de pronto se acordó de la recomendación del mono de los ojos hermosos, y volviendo sobre sus pasos, tiró el dinar al judío y le dijo: "¡Coge tu oro y devuelve el pez al pobre! ¿Acaso crees que vas a burlarte impunemente de los pobres como yo?"
Cuando el judío hubo oído estas palabras, creyó que Califa quería bromear con él, y riendo mucho de la ocurrencia ¡le ofreció tres dinares en vez de uno!
Pero Califa le dijo: "¡No, por Alah, basta de bromas desagradables! ¿Crees verdaderamente que voy a decidirme a vender mi pez por un precio tan irrisorio?"
Entonces el judío le ofreció cinco dinares en vez de tres, y le dijo: "¡Toma estos cinco dinares como pago por tu pez, y no seas avaricioso!"
Y Califa los cogió en la mano y se marchó muy contento; y miraba aquellos dinares de oro, y se maravillaba y se decía: "¡Gloria a Alah! ¡Sin duda que el califa de Bagdad no tiene en su casa tanto como tengo yo en mi mano hoy!" Y prosiguió su camino hasta que llegó al extremo del zoco. Entonces se acordó de las palabras del mono y de la recomendación que le había hecho; y volvió a casa del judío y le tiró el oro con desprecio.
El judío le preguntó: "¿Qué quieres, pues ¡oh Califa! y qué vienes a pedir? ¿Deseas cambiar tus dinares de oro por dracmas de plata?"
El pescador contestó: "¡No quiero ni tus dracmas, ni tus dinares, sino que devuelvas el pez al pobre!"
Al oír estas palabras se enfadó el judío, y gritó, y dijo: "¿Cómo se entiende, ¡oh pescador!? ¡Me traes un pez que no vale un dinar, y te doy por él cinco dinares, y no te quedas satisfecho! ¿Estás loco? ¿Quieres, si no, decirme al fin el precio a que deseas cedérmelo?"
Califa contestó: "¡No quiero cederlo por plata ni por oro, sino que quiero venderlo por dos palabras solamente!" Cuando el judío oyó que era cuestión de dos palabras, creyó que se trataba de las dos palabras que sirven de fórmula para la profesión de fe del Islam, y que el pescador le pedía que abjurase de su religión por un pez.
Así es que la cólera y la indignación hicieron que se le abrieran los ojos hasta lo más alto de su cabeza, y se le paró la respiración, y se le agrietó el pecho, y le rechinaron los dientes, y exclamó: "¡Oh recortadura de uña de los musulmanes! ¿Acaso quieres con tu pez separarme de mi religión y hacerme abjurar mi fe y mi ley, las que profesaron mis padres antes que yo?"
Y llamó a sus servidores, que acudieron entre sus manos, y les gritó: "¡Maldición! ¡Sus, y a ese rostro de pez, y cogédmele por la nuca y azotadle concienzudamente hasta sacarle tiras de la piel! Y no le perdonéis...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 558ª noche

Ella dijo:
"¡... Y no le perdonéis!" Y al punto los servidores le derribaron a palos, y no cesaron de golpearle hasta que rodó por los escalones de la tienda. Y el judío les dijo: "¡Dejadle levantarse ahora!" Y Califa se irguió sobre sus pies, a pesar de los golpes recibidos, ¡como si no hubiese sentido nada!
Y el judío le preguntó: "¿Quieres decirme ahora el precio que pretendes recibir por tu pez? ¡Estoy dispuesto a dártelo para acabar ya! ¡Y medita acerca del trato nada envidiable que acabas de sufrir!"
Pero Califa se echó a reír, y contestó: "¡No tengas ningún temor por mí ¡oh amo mío! en cuanto a los palos, porque puedo soportar tantos golpes como granos de cebada podrían comerse diez asnos a la vez! No me han impresionado lo más mínimo!" Y el judío también se echó a reír de estas palabras, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, dime lo que deseas, y te juro por la verdad de mi fe que te lo concederé!"
Entonces contestó Califa: "¡Ya te lo he dicho! ¡Por este pez pido dos palabras solamente! ¡Y no vayas a creerte de nuevo que se trata de pronunciar nuestro acto de fe musulmán! Porque, por Alah, ¡oh judío, si te haces musulmán, tu islamismo no tendrá nunca ventaja para los musulmanes y ninguna desventaja para los judíos; y si, por el contrario, te obstinas en permanecer en tu fe impía y en tu error de descreído, tu descreimiento no tendrá ninguna desventaja para los judíos.
¡Las dos palabras que te pido no tienen nada que ver con eso! Deseo que te levantes sobre ambos pies y digas: "Sed testigos de mis palabras, ¡oh habitantes del zoco, oh mercaderes de buena fe! ¡Por voluntad propia consiento en cambiar mi mono por el mono de Califa, y en trocar mi suerte y mi sino de este mundo por su suerte y su sino, y mi dicha por su dicha!"
Al oír este discurso del pescador, le dijo el judío: "¡Si se reduce a eso tu demanda, la cosa es fácil para mí!" Y en aquella hora y en aquel instante, se irguió sobre ambos pies y dijo las palabras que le había pedido Califa el pescador. Tras de lo cual se encaró con él y le preguntó: "¿Tienes que hacer algo más en mi casa?" Califa contestó: "¡No!"
El judío le dijo: "¡Entonces, vete tranquilo!" Y sin más tardanza, se levantó Califa, cogió su cesto vacío y sus redes y volvió a la ribera.
Entonces, confiando en la promesa del mono de los ojos hermosos, arrojó sus redes al agua, las sacó luego, aunque con grandes dificultades, pues pesaban mucho, y las encontró llenas de peces de todas las especies. Y al punto pasó por junto a él una mujer que llevaba en equilibrio sobre su cabeza una bandeja, y que le pidió un dinar de pescado; y se lo vendió él. Y también acertó a pasar por allí un esclavo, que le tomó otro dinar de pescado. ¡Y así sucesivamente, hasta que hubo vendido aquel día por valor de cien dinares! Triunfante entonces en el límite del triunfo, cogió sus cien dinares, y entró en el miserable albergue donde vivía, cerca del mercado de pescado.
Y cuando llegó la noche, se sintió él muy inquieto por todo aquel dinero que poseía, y dijo para sí antes de echarse a dormir en su estera: "¡Oh Califa! todo el mundo en el barrio sabe que eres un pobre  hombre, un desgraciado pescador que no tiene nada entre las manos! ¡Pero hete aquí ahora convertido en poseedor de cien dinares de oro! Y va a saberlo la gente, y también acabará por saberlo el califa Harún Al-Raschid, y un día que ande escaso de dinero, enviará a tu casa los guardias, para decirte: "Tengo necesidad de tanto dinero, y he sabido que tenías en tu casa cien dinares. ¡Y vengo a que me los prestes!" Entonces yo tomaré una actitud muy lamentable, y me quejaré golpeándome el rostro, y contestaré: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡soy un pobre que no tiene nada! ¿Cómo iba yo a tener suma tan fabulosa? ¡Por Alah! ¡que quien te lo contó es un insigne embustero! ¡Jamás tuve, ni tendré, semejante suma!" Entonces, para sacarme mi dinero y hacerme declarar el sitio en que lo he ocultado, me entregará al jefe de policía Ahmad-la-Tiña, que mandará que me desnuden y me den una paliza hasta que declare y le entregue los cien dinares. ¡Pero ahora pienso que lo mejor que puedo hacer para salir de este atolladero es no declarar! ¡Y para no declarar, es preciso que acostumbre mi piel a los golpes, aunque ¡loado sea Alah! está ya bastante curtida! ¡Pero es necesario que lo esté del todo, no vaya a ser que mi delicadeza nativa no resista a los golpes y me obligue a hacer lo que no desea mi alma!"
Tras de pensar así, Califa no dudó ya más, y puso en ejecución el proyecto que le sugería su alma de tragador de haschich. Se levantó, pues, al instante, se quedó completamente desnudo ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 559ª noche

Ella dijo:
"... Tras de pensar así, Califa no dudó ya más, y puso en ejecución el proyecto que le sugería su alma de tragador de haschich. Se levantó, pues, al instante, se quedó completamente desnudo, y cogió una almohada de piel que tenía, y la colgó de un clavo frente a él en la muralla; luego, asiendo un látigo de ciento ochenta nudos, empezó a dar alternativamente un latigazo en su piel y otro latigazo en la piel de la almohada, y a lanzar al propio tiempo grandes gritos, como si ya estuviese en presencia del jefe de policía y se viese obligado a defenderse de la acusación. Y gritaba: "¡Ay! ¡Ay! ¡Por Alah! que es mentira, mi señor! ¡Una mentira manifiesta! ¡Ay! ¡Uy! ¡Palabras de perdición contra mí! ¡Oh! ¡Oh! ¡Con lo delicado que soy! ¡Todos embusteros! ¡Yo soy un pobre! ¡Alah! ¡Alah! ¡Un pobre pescador! ¡No poseo nada! ¡Uy! ¡Ninguno de los bienes despreciables de este mundo! ¡Sí! ¡Poseo! ¡No! ¡No poseo! ¡Sí! ¡Poseo! ¡No, no poseo!" Y continuó administrándose de aquella manera aquel remedio, dando sobre su piel un latigazo y otro en la almohada; y cuando se hacía demasiado daño, olvidaba su turno y daba en la almohada dos golpes seguidos; y acabó por no darse ya más que un latigazo de cada tres, luego de cada cuatro, luego de cada cinco.
¡Eso fué todo!
Y los vecinos y los mercaderes del barrio, que oían resonar en la noche los gritos y los golpes, acabaron por conmoverse, y se dijeron: "¿Qué le habrá ocurrido a ese pobre mozo para que grite de esa manera? ¿Y qué golpes serán esos que llueven sobre él? ¡Acaso le hayan sorprendido unos ladrones y le peguen hasta hacerle morir!" Y entonces, como los gritos y los aullidos aumentaban, y los golpes se hacían más numerosos cada vez, salieron de sus casas todos y corrieron a casa de Califa. Pero encontraron cerrada la puerta, y se dijeron: "¡Los ladrones han debido entrar en su casa por el otro lado, bajando por la terraza!" Y subieron a la terraza contigua y desde allí saltaron a la terraza de  Califa, y bajaron a la casa por el tragaluz del techo. ¡Y le hallaron solo y todo desnudo, dedicado a darse latigazos alternados y a lanzar al mismo tiempo aullidos y protestas de inocencia!
¡Y se revolvía como un efrit, saltando sobre sus piernas!
Al ver aquello, los vecinos le preguntaron, estupefactos: "¿Qué te pasa, Califa? ¿Y por qué haces eso? ¡Los golpes y los aullidos que oímos han puesto en conmoción a todo el barrio, y no nos han dejado dormir! ¡Y henos aquí con los corazones agitados tumultuosamente!" Pero Califa les gritó: "¿Qué queréis de mí? ¿Es que no soy dueño de mi piel y no puedo en paz acostumbrarla a los golpes? ¿Acaso sé lo que puede reservarme el porvenir? ¡Idos, buena gente! ¡Mejor será que hagáis como yo y os deis el mismo trato! ¡No estáis más al abrigo que yo de las exacciones y de las vejaciones!"
Y sin reparar más en su presencia, Califa continuó aullando bajo los golpes que resonaban en su almohada, haciéndose la ilusión de que iban a parar a su propia piel.
Entonces los vecinos, al ver aquello, se echaron a reír de tal manera, que se cayeron de trasero, y acabaron por marcharse como habían ido.
En cuanto a Califa, se cansó al cabo de cierto tempo; pero no quiso cerrar los ojos por temor a los ladrones, pues estaba muy preocupado con su reciente fortuna. Y por la mañana, antes de ir a su trabajo, todavía pensaba en sus cien dinares, y se decía: "Si los dejo en mi albergue, sin duda me los robarán; si los guardo en mi cinturón, se dará cuenta de ello algún ladrón, que se pondrá al acecho en algún paraje solitario para esperar a que yo pase, y saltará sobre mi, me matará y me robará. ¡Voy a hacer algo mejor que todo eso!"
Entonces se levantó, partió en dos su capote, confeccionó un saco con una de las mitades, y guardó el oro en el saco, que se colgó al cuello con un cordel. Tras de lo cual cogió sus redes, su cesto y su cayado, y se encaminó a la ribera. Y llegado que fué a ella, cogió sus redes y las arrojó al agua con toda la fuerza de su brazo. Pero el movimiento que hizo fué tan brusco y tan violento, que saltó de su cuello el saco de oro y siguió a las redes en el agua; y la fuerza de la corriente lo arrastró lejos por las profundidades.
Al ver aquello, Califa abandonó sus redes, se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, tirando sus vestidos en la ribera, saltó al agua y se sumergió en busca de su saco; pero no consiguió dar con él. Entonces se metió en el agua por segunda vez y por tercera vez y así sucesivamente hasta cien veces, pero en vano. Entonces, desesperado y en el límite de sus fuerzas, ganó la ribera y quiso vestirse; pero observó que sus ropas habían desaparecido, y no encontró más que su red, su cesto y su cayado. Entonces se golpeó las manos una contra otra, y exclamó: "¡Ah! ¡Viles forajidos, que me han robado mi ropa!
Pero todo esto me sucede sólo por hacer cierto el proverbio que dice: "¡No acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 560ª noche

Ella dijo:
"¡... no acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello!"
Y se decidió entonces a envolverse en su red, a falta de otra ropa; luego empuñó su cayado, y con el cesto a la espalda, empezó a recorrer la ribera a grandes zancadas, yendo de un lado a otro, de derecha a izquierda, de delante atrás, jadeante y desordenado y rabioso como un camello en celo, ¡y de todo punto semejante a un efrit rebelde que se hubiese escapado de la estrecha prisión de bronce en que le tenía encerrado Soleimán.
¡Y tal es lo referente a Califa el Pescador!
¡Pero he aquí ahora lo que atañe al califa Harún Al-Raschid, que también toma parte en esta historia!
En aquel tiempo había en Bagdad, en calidad de hombre de negocios y joyero del califa, un individuo muy notable que se llamaba Ibn Al-Kirnas. Y era un personaje tan importante en el zoco, que cuanto se  vendía en Bagdad de telas hermosas, joyas, objetos preciosos, mozos y jóvenes, no se vendía más que por mediación suya o después de haber pasado por sus manos o haberlo sometido a su informe. Y un día entre los días que Ibn Al-Kirnas estaba sentado en su tienda, vió ir hacia él al jefe de los corredores, que llevaba de la mano a una joven como jamás la había admirado nadie, pues llegaba al límite de la belleza, de la elegancia, de la finura y de la perfección. Y además de los encantos que atesoraba en sí, aquella joven conocía todas las ciencias, las artes, la poesía, el manejo de instrumentos armónicos, el canto y la danza. Así es que Ibn Al-Kirnas no vaciló en comprarla acto seguido por cinco mil dinares de oro; y después de vestirla con ropas que valían mil dinares, se la presentó al Emir de los Creyentes. Y pasó ella la noche con el califa. Y pudo éste poner a prueba por sí mismo entonces sus aptitudes y sus conocimientos variados. Y la encontró experta en todo y sin igual  en la época.
Se llamaba la joven Fuerza-de-los-Corazones y era morena y de lozana piel.
De modo que, encantado de su nueva esclava, el Emir de los Creyentes envió al día siguiente a Ibn Al-Kirnas diez mil dinares como pago de la compra. Y sintió por la joven una pasión tan violenta, y de tal modo quedó subyugado su corazón, que desdeñó a su prima Sett Zobeida, hija de Al-Kassim; y abandonó a todas sus favoritas; y permaneció encerrado con la esclava un mes entero, sin salir más que para la plegaria del viernes y regresando inmediatamente a toda prisa. Así es que a los señores del reino les pareció cosa demasiado grave para que se prolongase por más tiempo, y fueron a exponer sus quejas al gran visir Giafar Al-Barmaki. Y Giafar les prometió poner pronto remedio a aquel estado de cosas, y esperó a la plegaria del viernes siguiente para ver al califa. Y entró entonces en la mezquita y tuvo una entrevista con él, y durante largo rato pudo hablarle de las aventuras de amor y de sus consecuencias.
Después de escucharle sin interrumpirle, le contestó el califa: "¡Por Alah, ¡oh Giafar! para nada intervine en esta historia y en esta elección, y la culpa es de mi corazón, que dejose prender en los lazos del amor, sin que yo sepa cómo libertarle de ellos!" Y contestó el visir Giafar: "Piensa ¡oh Emir de los Creyentes! en que tu favorita Fuerza-de-los-Corazones estará siempre entre tus manos sometida a tus órdenes como una esclava entre tus esclavas, y ya sabes que cuando la mano posee, el alma deja de codiciar.
Además, quiero indicarte un medio para que tu corazón no se canse de la favorita: consiste en alejarte de ella de cuando en cuando, marchándote, por ejemplo, de caza o de pesca, ¡porque es posible que las  redes de pescar libren a tu corazón de las otras redes en que el amor hubo de apresarte! ¡Mejor será esto que empezar enseguida a ocuparte de los asuntos de gobierno, pues en la situación en que te encuentras te aburriría demasiado ese trabajo!"
Y contestó el califa: "Excelente es tu idea, oh Giafar! ¡Vámonos de paseo sin tardanza ni dilación!"
Y en cuanto terminaron las plegarias, abandonaron la mezquita, montó en su mula cada cual, y se pusieron a la cabeza de su escolta, saliendo de la ciudad y caminando por los campos.
Después de haber errado mucho tiempo de un lado para otro en las horas de calor, acabaron por dejar a distancia tras ellos a su escolta, distraídos con la conversación; y Al-Raschid sintió una sed atroz, y dijo: "¡Oh Giafar, me tortura una sed muy grande!" Y miró en todos sentidos a su alrededor, buscando alguna vivienda, y divisó a lo lejos una cosa que se movía en la alto de una colina, y preguntó a Giafar:  "¿Ves algo que veo yo allá lejos?"
El otro contestó: "¡Sí, ¡oh Comendador de los Creyentes! veo en lo alto de una colina una cosa vaga! ¡Debe ser algún jardinero o un sembrador de cohombros! ¡De todos modos, como sin duda hay agua por allá, echaré a correr para traértela!"
Al-Raschid contestó: "¡Mi mula es más veloz que tu mula! ¡Quédate aquí esperando a nuestra escolta, mientras yo mismo voy a que me dé de beber ese jardinero, y vuelvo enseguida!" Y así diciendo, Al-Raschid guió su mula en aquella dirección, y se alejó con la rapidez de un viento tempestuoso o de un torrente que cayera desde lo alto de una roca, y en un abrir y cerrar de ojos, alcanzó a la persona consabida, que no era otra que Califa el pescador. Y le vió desnudo y trabado en sus redes, y con los ojos enrojecidos, desorbitados y asustados, y con un aspecto horrible a la vista. Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y  cuando llegó la 561ª noche

Ella dijo:
"... Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos. Y Harún le deseó la paz, y Califa correspondió al deseo, renegando y lanzándole una mirada llameante. Y Harún le dijo: "¡Oh hombre! ¿puedes darme un sorbo de agua?" Y Califa le contestó: "¡Oh tú! ¿eres ciego o estás loco! ¿No ves correr el agua detrás de esta colina?" Entonces Harún dió la vuelta a la colina y fué a parar al Tigris, donde apagó su sed tendiéndose de bruces, y también hizo beber a su mula.
Luego volvió junto a Califa, y le dijo: "¿Qué haces aquí, ¡oh hombre! y cuál es tu oficio?" Califa contestó: "En verdad que esa pregunta es todavía más extraña y más extraordinaria que la concerniente al agua. ¿Acaso no ves en mis hombros el aparejo de mi oficio?" Y al ver la red; le dijo Harún: "¡Sin duda eres pescador!" El otro dijo: "¡Tú lo has dicho!"
Y Harún le preguntó: "¿Pero qué hiciste de tu ropón, de tu camisa y de tu saco?" Al oír estas palabras, Califa, que había perdido los diversos objetos que acababa de nombrar Al-Raschid, no dudó un instante de que tenía en su presencia al propio ladrón que se los había quitado en la playa, y precipitándose como un relámpago sobre Al-Raschid desde lo alto de la colina, asió por la brida a la mula, exclamando: "¡Devuélveme mis efectos y pon fin a esta broma de mal género!" Harún contestó: "¡Por Alah, que no he visto tus ropas ni sé de qué quieres hablar!" Y he aquí que, como es sabido, Al-Raschid tenía las mejillas gordas y abultadas y la boca muy pequeña. De modo que, al mirarle con más atención, Califa creyó que era un tañedor de clarinete, y le gritó: "¿Quieres o no, ¡oh tañedor de clarinete! devolverme mis efectos, o prefieres que te haga bailar a palos y orinarte en tus vestidos?"
Cuando el Califa vió suspendido sobre su cabeza el enorme garrote del pescador, se dijo: "¡Por Alah, que no podré soportar la mitad de un garrotazo de ese palo!" Y sin vacilar más; se quitó su hermoso traje de raso, y ofreciéndoselo a Califa, le dijo: "¡Oh hombre! toma este traje para reemplazar con él los efectos que perdiste!" Y Califa tomó el traje, le dió vueltas en todos sentidos, y dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! mis efectos valen diez veces más que este traje tan mal adornado".
Al-Raschid dijo: "¡Bueno! ¡pero póntelo a pesar de todo, mientras busco tus efectos!" Y Califa lo cogió y se lo puso; pero, pareciéndole demasiado largo, empuñó su cuchillo, que estaba enganchado en el asa del cesto de pesca, y de un tajo cortó todo el tercio inferior del vestido, sirviéndose de aquel retazo para confeccionarse al punto un turbante, mientras el traje apenas le llegaba a las rodillas; sin embargo, él lo prefería así para poder moverse con facilidad. Luego se encaró con el califa, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh tañedor de clarinete! dime cuántos ingresos te produce al mes tu oficio!" El califa contestó, sin atreverse a contrariar a su interpelante: "¡Mi oficio de tañedor de clarinete me produce unos diez dinares al mes!" Y dijo Califa, con un gesto de conmiseración profunda: "¡Por Alah ¡oh pobre! que me entristece tu suerte! Porque esos diez dinares los gano yo en una hora, sin más que echar mi red y sacarla; pues tengo en el agua un mono que se ocupa de mis intereses, y se encarga de empujar los peces hacia mis redes cada vez que las echo. ¿Quieres, pues, ¡oh mejillas abultadas! entrar a mi servicio para que yo te enseñe el oficio de pescador y llegar a ser un día mi socio en la ganancia, empezando primero por ganar cinco dinares diarios como ayudante mío? ¡Y además, te aprovecharás de la protección de este garrote contra las exigencias de tu antiguo maestro de clarinete, al cual me encargo yo de derrengar con un solo garrotazo, si lo necesitas!" Y Al-Raschid contestó: "¡Acepto la proposición!" Califa dijo: "¡Entonces apéate de la mula y sujétala a cualquier parte, a fin de que pueda servirnos para llevar el pescado al mercado cuando sea preciso! ¡Y ven pronto para empezar tu aprendizaje de pescador!"
Entonces el califa, suspirando con toda el alma y lanzando en torno suyo miradas inquietas, se apeó de su mula, la ató cerca de allí, se arremangó lo que le quedaba de ropa y sujetó a su cinturón la orla de su camisa, yendo a situarse junto al pescador, que le dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! toma esta red, échala al brazo de tal manera, y lánzala al agua de tal otra manera!" Y Al-Raschid hizo con su corazón un llamamiento a todo el valor de que se sentía capaz, y ejecutando lo que le ordenaba Califa, arrojó la red al agua, y al cabo de algunos instantes quiso retirarla; pero la encontró tan pesada, que no pudo conseguirlo solo, y Califa se vió obligado a ayudarle; y entre los dos la atrajeron a la orilla, en tanto que Califa gritaba a su ayudante:
"¡Oh clarinete de mi zib!, ¡si, por desgracia, noto que se ha roto o estropeado mi red con las piedras del fondo, te horadaré! ¡Y lo mismo que tú me cogiste mi ropa, te cogeré tu mula!"
Pero felizmente para Harún, la red estaba intacta y llena de peces hermosísimos! De no ser así, Harún sin duda se habría visto ensartado por el zib del pescador, ¡ y sólo Alah sabe como hubiera podido soportar semejante carga! ¡Sin embargo, no pasó nada! Por el contrario, el pescador dijo a Harún: "¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! que si te fijas en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 562ª noche

Ella dijo:
"¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! ¡que si te fijas bien en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario! Por ahora, lo mejor que puedes hacer es montar otra vez en tu mula e ir al zoco a comprarme dos cestos grandes para que ponga yo en ellos lo que no cabe aquí de esta pesca prodigiosa; y me quedaré guardando el pescado hasta que regreses. Y no te preocupes por más, pues aquí tengo el peso de la pesca, las pesas y todo lo necesario para la venta al por menor. Y cuando lleguemos al zoco del pescado, toda tu obligación se reducirá a sostenerme el peso y a cobrar el dinero a los parroquianos. Pero date prisa a comprarme corriendo los dos cestos. ¡Y cuidado con holgazanear, si no quieres que el garrote te mida las costillas!"
Y el califa contestó: "¡Escucho y obedezco!" Luego se apresuró a desatar su mula y a montar en ella para ponerla a galope tendido; y muriéndose de risa, fué al encuentro de Giafar, quien al verle ataviado de tan extraña manera, alzó los brazos al cielo, y exclamó: "¡Oh Comendador de los Creyentes! ¡sin duda encontraste en tu camino algún jardín ameno en donde te acostaste y te revolcaste por la hierba!"
Y el califa se echó a reír al oír estas palabras de Giafar.
Luego los demás Barmecidas de la escolta, que eran parientes de Giafar; besaron la tierra entre las manos del califa, y dijeron: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡ojalá Alah prolongue sobre ti las alegrías y aleje de ti las preocupaciones! ¿Pero cuál es la causa que te retuvo alejado tanto tiempo de nosotros, si sólo nos dejaste para beber un sorbo de agua?"
Y el califa les contestó: "¡Acaba de ocurrirme una aventura prodigiosa, de las más dilatadoras y de las más extraordinarias!" Y les contó lo que le había ocurrido con Califa el pescador, y cómo para reemplazar los vestidos de cuyo robo se le acusaba, le había dado en cambio su traje de raso labrado. Entonces exclamó Giafar: "¡Por Alah! ¡oh Emir de los Creyentes! que cuando te vi alejarte completamente solo tuve como un presentimiento de lo que iba a ocurrirte! ¡Pero no es grande el daño, pues ahora mismo voy a rescatar del pescador ese traje que le diste!"
El califa se echó a reír más fuerte todavía, y dijo: "¡Debiste pensarlo antes, ¡oh Giafar! porque el bueno del hombre ha cortado ya un tercio del vestido para ajustárselo a la cintura, y se ha hecho un turbante con el retazo! Pero ¡oh Giafar! bastante ha sido ya esta pesca, y no tengo gana de emprender otra vez semejante tarea. ¡Y por cierto que he pescado de una vez tanto, que me dispensa de tener mejor éxito en lo futuro, pues la pesca que salió de mi red es de una abundancia milagrosa, y allá en la orilla queda guardada por mi amo Califa, que no espera más que mi regreso con los cestos para ir al zoco a vender el producto de mi redada!"
Y dijo Giafar: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡voy, entonces, a hacer que fluyan a vosotros dos los compradores!" Harún exclamó: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos de mis antepasados los Puros, prometo un dinar por cada vez a los que compren de mi pesca a mi amo Califa!"
A la sazón Giafar llamó a los guardias de la escolta: "¡Eh! ¡guardias e individuos de la escolta, corred a la ribera y procurad traer pescado al Emir de los Creyentes!" Y al punto todos los de la escolta echaron a correr hacia el paraje indicado, y se encontraron con Califa guardando su pesca; y le rodearon cual gavilanes que cercaran una presa, y arrebataron los peces amontonados delante de él, disputándoselos, aunque el garrote de Califa se agitaba amenazador. Y a pesar de todo, quedó Califa vencido por la mayoría, y exclamó: "¡Sin duda no es del Paraíso este pescado!" Y a fuerza de garrotazos consiguió salvar del saqueo los dos peces más hermosos de la pesca; y los cogió, cada uno con una mano, y se refugió en el agua para escapar de los que creía bandoleros salteadores de caminos. Y ya en el agua, alzó sus manos con un pez en cada una y exclamó: "¡Oh Alah! ¡por los méritos de estos peces de tu Paraíso, haz que no tarde en llegar mi socio el tañedor de clarinete!"
Y he aquí que, pronunciada esta invocación, un negro de la escolta, que se había retrasado a los demás porque su caballo se paró en el camino para orinar, llegó a la ribera el último, y no viendo ya huella de pescado, miró a derecha y a izquierda y divisó en el agua a Califa con un pez en cada mano. Y le gritó: "¡Oh pescador, ven aquí!"
Pero Califa contestó: "Vuelve la espalda, ¡oh tragador de zib!"
Al oír estas palabras, el negro levantó su lanza en el límite del furor, y apuntando con ella a Califa, le gritó "¿Quieres venir aquí y venderme esos dos peces al precio que te parezca, o prefieres recibir esta lanza en el costado?" Y Califa le contestó: "No tires, ¡oh bribón! ¡Mejor será darte el pescado que perder la vida!"
Y salió del agua y arrojó con desdén los dos peces al negro, que los recogió y los puso en su pañuelo de seda ricamente bordado; luego se llevó la mano al bolsillo para sacar dinero, pero lo encontró vacío; y dijo al pescador: "¡Por Alah, que no tienes suerte, ¡oh pescador! pues al presente no llevo en el bolsillo ni un solo dracma. Pero ve mañana al palacio y pregunta por el negro eunuco Sándalo. Y los servidores te llevarán a mi presencia, y en mí hallarás una acogida generosa y lo que la suerte te haya deparado, ¡y luego te irás por tu camino!"
Sin atreverse a protestar, Califa lanzó al eunuco una mirada que decía más que mil insultos o mil amenazas de horadación o de fornicación con la madre o la hermana del interesado, y se alejó en dirección a Bagdad, golpeándose una contra otra las manos, y diciendo, con un tono de amargura y de ironía: "¡He aquí, en verdad, un día que desde sus albores está siendo bendito entre todos los días benditos de mi vida! ¡No cabe duda!" Y de tal modo franqueó los muros de la ciudad, y llegó a la entrada de los zocos.
Y cuando los transeúntes y los tenderos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

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