Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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43.2 Los dos chistosos

43 El diván de las gentes alegres y despreocupadas (de la noche 616 a la 622)
       43.1 El cuesco histórico
       43.2 Los dos chistosos
       43.3 Ardid de mujer





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LOS DOS CHISTOSOS

He llegado a saber también, ¡oh rey afortunado! que en la ciudad de Damasco, en Siria, había antaño un hombre reputado por sus buenas jugarretas, sus chistes y sus atrevimientos, y en El Cairo, otro hombre no menos famoso por las mismas cualidades. Y he aquí que el bromista de Damasco, que a menudo oía hablar de su compañero de El Cairo, anhelaba mucho conocerle, tanto más cuanto que sus clientes habituales le decían de continuo: "¡No cabe duda! ¡el egipcio es incuestionablemente mucho más intencionado, más inteligente, más listo y más chistoso que tú! ¡Y su trato es mucho más divertido que el tuyo! ¡Si acaso no nos creyeras, no tienes más que ir a El Cairo a verle actuar, y comprobarás su  superioridad!" Y arregláronse de manera que se dijo el hombre: "¡Por Alah ¡ya veo que no me queda más remedio que ir a El Cairo a observar por mis propios ojos si es cierto lo que de él se dice!"
Y lió sus bártulos y abandonó Damasco, que era su ciudad, y partió para El Cairo, adonde llegó, con asentimiento de Alah, en buena salud. Y sin tardanza preguntó por la morada de su rival, y estuvo a visitarle. Y fué recibido con todas las consideraciones de una hospitalidad amplia, y fué honrado y albergado tras los deseos de bienvenida más cordiales.
Luego pusiéronse ambos a contarse mutuamente las cosas más importantes del mundo, y pasaron la noche charlando alegremente.
Pero al día siguiente, el hombre de Damasco dijo al hombre de El Cairo: "¡Por Alah, ¡oh compañero! que no he venido desde Damasco a El Cairo más que para juzgar por mis propios ojos acerca de las buenas jugarretas y de las bromas que sin cesar gastas por la ciudad! ¡Y desearía regresar a mi país enriquecido con tu instrucción! ¿Quieres, pues, que atestigüe lo que tan ardientemente deseo ver?" El otro dijo: "¡Por Alah, ¡oh compañero! sin duda te engañaron los que te han hablado de mí! ¡Apenas si sé diferenciar mi mano izquierda de mi mano derecha! ¿Cómo voy, pues, a instruir en la delicadeza y en el ingenio a un noble damasquino como tú? ¡Pero salgamos a pasear, ya que mi deber de huésped consiste en hacer que veas las cosas buenas que hay en nuestra ciudad!"
Salió, pues, con él, y ante todo, le llevó a la mezquita de Al-Azhar, a fin de que pudiese contar a los habitantes de Damasco las maravillas de la instrucción y de la ciencia. Y de camino, al pasar por junto a los mercaderes de flores, se hizo un ramo de flores, con hierbas aromáticas, con clavelinas, con rosas, con albahaca, con jazmines, con ramas de menta y mejorana. Y así llegaron ambos a la mezquita, y pasaron al patio. Pero al entrar divisaron ante la fuente de las abluciones, acurrucadas en los retretes, personas que estaban evacuando imperiosas necesidades. Y el hombre de El Cairo dijo al de Damasco: "Vamos a ver, compañero. Si tuvieras que gastar una broma a esas personas acurrucadas en fila, ¿cómo te arreglarías...?
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 618ª noche

Ella dijo:
"... Vamos a ver, compañero. Si tuvieras que gastar una broma a esas personas acurrucadas en fila, ¿cómo te arreglarías?" El otro contestó: "¡Lo más indicado sería pasar por detrás de ellas con una escoba de esparto, y como por inadvertencia, haciendo que barría, pincharlas en el trasero con las espinas de la escoba!" El hombre de El Cairo dijo: "Ese procedimiento, compañero, sería algo torpe y grosero. ¡Y verdaderamente resultan soeces semejantes bromas! ¡He aquí lo que haría yo!" Y después de hablar así, se acercó con aire amable y simpático a las personas puestas en cuclillas, diciendo: "Con tu permiso, ¡oh mi señor!" Y cada cual hubo de contestarle, en el límite de la confusión y del furor: "Alah arruine tu casa, ¡oh hijo de alcahuete! ¿Acaso celebramos un festín aquí?" Y al ver la cara indignada de las personas aludidas, reían en extremo todos los circunstantes reunidos en el patio de la mezquita.
De modo que, cuando el hombre de Damasco hubo visto aquello con sus propios ojos, encarose con el hombre de El Cairo, y le dijo: "¡Por Alah, que me venciste. ¡oh jeique de los bromistas! Y razón tiene el proverbio que dice: "¡Sutil como el egipcio, que pasa por el ojo de una aguja!"


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