Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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42 P5 Las aventuras de Hassan-Al-Bassri - quinta de cinco partes

42 Las aventuras de Hassan-Al-Bassri (de la noche 576 a la 615)





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Pero cuando llegó la 608ª noche

Ella dijo:
"¡... Escúchame, pues, Hassán! ¡Renuncia a este proyecto temerario, y no te expongas a rendir tu alma!". Al oír estas palabras de la vieja, Hassán quedose tan turbado, que se cayó desvanecido; y cuando volvió en sí, lloró tan amargamente, que se le inundaron de lágrimas las vestiduras, y en el límite de la desesperación, exclamó: "¡Así, pues, ¡oh mi caritativa tía! es preciso que me vuelva desesperado, después de haber venido de tan lejos, y en el momento en que estoy próximo a conseguir mi propósito! ¿Cómo, tras las seguridades que me diste, iba yo a dudar del éxito de mi empresa y del alcance de tu poder? ¿No eres tú quien manda en las tropas de las Siete Islas, y para quien no es imposible ninguna hazaña de este género?"
Ella contestó: "¡Sí, por cierto, hijo mío, tengo mucho ascendiente sobre mis tropas y sobre cada una en particular de las amazonas que las componen! ¡Por eso, para apartarte de tu proyecto insensato, quiero que escojas entre todas estas jóvenes guerreras la que más te guste, y te la daré en vez de tu esposa! ¡Y después regresarás con ella a tu país, y estarás al abrigo de la venganza de nuestro rey! ¡De no hacerlo así, son inevitables mi pérdida y la tuya!"
Pero a este consejo de la vieja, Hassán sólo contestó con nuevas lágrimas y nuevos sollozos. Y conmovida ante el exceso de su dolor, la vieja le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh Hassán! ¿Qué más quieres que haga en favor tuyo? ¡Si llega a descubrirse ya que te he dejado arribar a nuestras islas, no me pertenecerá mi alma!"
Y exclamó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! te aseguro que no he mirado de manera inconveniente a esas jóvenes, ni he prestado mucha atención a su desnudez!" Y dijo la vieja: "¡Pues precisamente has hecho mal, ¡oh Hassán! porque en toda tu vida volverás a disfrutar de un espectáculo semejante! ¡De todos modos, si no te incita ninguna de esas vírgenes a decidirte a regresar a tu país y poner así en salvo tu alma, te cargaré de riquezas y productos preciosos de nuestras islas, y te colmaré de bienes que te harán rico y dichoso para el resto de tus días!" Pero Hassán se precipitó a los pies de la vieja, le abrazó las rodillas, y le dijo llorando: "¡Oh bienhechora mía! ¡oh pupila de mis ojos! ¡Oh soberana mía! ¿Cómo voy a regresar a mi país después de haber sufrido tantas fatigas y afrontado tantos peligros? ¿Cómo podría dejar esta isla sin haber visto a la bienamada cuyo amor me condujo aquí? ¡Ah! ¡Piensa ¡oh mi señora! que quizá sea la voluntad del Destino que yo encuentre a mi esposa tras de todos los sufrimientos que hube de soportar!" Y cuando dijo estas palabras, Hassán no pudo reprimir el impulso de su alma, e improvisó estas estrofas:
¡Oh reina de la belleza! ¡Ten piedad del prisionero de dos pupilas que subyugaron a los reyes de los Khosroes!
¡Ni las rosas, ni los nardos, ni las esencias aromáticas podrían substituir con sus virtudes aromáticas a tu aliento!
¡La brisa de las llanuras del paraíso se detiene en tus cabellos para perfumar a los felices que la respiran!
¡Las pléyades que brillan por la noche toman de tus ojos su claridad, y los astros nocturnos son los únicos dignos de servir de collar a tu garganta!, ¡oh blanca joven!
Cuando la anciana amazona oyó estos versos de Hassán, vió que verdaderamente sería cruel arrebatarle para siempre la esperanza de volver a ver a su esposa, y se compadeció de su dolor, y le dijo: "Hijo mío, aleja de tu pensamiento la aflicción y la desesperación. ¡Porque ya estoy en absoluto decidida a intentarlo todo para devolverte a tu esposa!" Luego añadió: "Al instante voy a empezar a trabajar en favor tuyo con toda mi alma, ¡oh pobre! ¡Porque bien veo que el enamorado carece de oído y de entendimiento! Te dejo, pues, para ir al palacio de la reina de esta isla en que nos encontramos, que es una de las siete islas Wak-Wak. Porque es preciso que sepas que cada una de estas siete islas está habitada y gobernada por una de las siete hijas de nuestro rey, las cuales son hermanas por el mismo padre, pero no de la misma madre. Y la que aquí nos gobierna es la mayor de las hermanas, y se  llama la princesa Nur Al-Huda. Y voy en su busca para hablarle en favor tuyo. ¡Calma, pues, tu alma, refresca tus ojos, y espera mi vuelta con el corazón tranquilo". Y se despidió de él y se dirigió al palacio de la princesa Nur Al-Huda.
Llegada que fué a presencia de la princesa, la vieja amazona, que era respetada y querida por las hijas del rey y por el propio rey a causa de su sabiduría y de la educación y los cuidados que había dado y tenido con las jóvenes princesas, se inclinó y besó la tierra entre las manos de Nur Al-Huda. Y al punto levantose la princesa en honor suyo, y la besó y la hizo sentarse a su lado, y le dijo: "¡Inschalah! Ojalá sean de buen presagio las nuevas que me traes! ¡Y si tienes que hacerme alguna petición o pedirme algún favor habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 609ª noche

Ella dijo:
"¡... habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta!". La vieja Madre-de-las-Lanzas contestó: "¡Oh reina del siglo y del tiempo! ¡oh hija mía! vengo a ti para anunciarte un acontecimiento extraordinario que espero te sirva de distracción y de diversión. Has de saber, en efecto, que he encontrado tendido en la playa de nuestra isla a un joven de belleza maravillosa que lloraba con amargura. ¡Y como le interrogara acerca de su estancia allí, me contestó que su destino habíale arrojado a nuestras costas cuando iba en busca de su esposa! ¡Y como yo le rogara que me dijese quién era su esposa, me hizo de ella una descripción que hubo de sumirme en una gran emoción a causa tuya y a causa de tus hermanas las demás princesas! ¡Y para decir toda la verdad, debo revelarte, ¡oh reina mía! que jamás vieron mis ojos entre los genn y los efrits un joven tan hermoso como aquél!"
Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de la vieja, montó en una cólera terrible, y gritó a la anciana amazona: "¡Oh vieja de maldición, oh hija de los mil cornudos de la infamia! ¿cómo te has atrevido a introducir a un varón en medio de nuestras vírgenes, en nuestros dominios? ¡Ah! ¡vástago de impudicia! ¿quién me dará a beber un buche de tu sangre, o comer un bocado de tu carne?".
Y la anciana guerrera se puso a temblar como una caña en medio de la tempestad, y cayó a las plantas de la princesa, que hubo de gritarle: "¿Es que no temes el castigo que atraerán sobre ti mi venganza y mi enojo? ¡Por la cabeza de mi padre, el gran rey de los genn, que no sé qué me retiene en este momento para no hacer que te corten en pedazos, a fin de que en el porvenir sirvas de escarmiento a los guías de infamia que quieran introducir en nuestras islas viajeros!"
Luego añadió: "¡Pero, ante todo, date prisa a ir en busca de ese adamita temerario que ha osado violar nuestras fronteras!" Y levantose la vieja, sin saber ya en su terror distinguir su mano derecha de su mano izquierda, y salió para ir en busca de Hassán. Y pensaba: "¡Esta afrentosa calamidad que Alah me envía por mediación de la reina, me ha sido suscitada sólo por culpa de ese joven Hassán! ¿Por qué no le obligué a abandonar esta isla y a dejarnos ver la anchura de su espalda?" Y llegó de tal suerte al paraje en que se hallaba Hassán, y le dijo en cuanto le divisó: "Levántate, ¡oh tú, cuyo término final está próximo! ¡Y ven a ver a la reina, que tiene que hablarte!". Y Hassán siguió a la vieja, diciendo: "¡Ya salam! ¿En qué abismo voy a ser precipitado?" Y de aquella manera llegó al palacio, entre las manos de la princesa. Y le recibió ella sentada en su trono y con el rostro enteramente cubierto por su velo. Y Hassán no encontró nada mejor que hacer en tan penosa circunstancia que empezar por besar la tierra ante el trono, y después de la zalema dirigir un cumplimiento en verso a la princesa.
Entonces se encaró ella con la anciana y le hizo una seña que significaba: "¡Interrógale!" Y la anciana dijo a Hassán: "¡Nuestra poderosa reina te devuelve la zalema y te pregunta cuál es el nombre de tu esposa y cuál es el nombre de tus hijos!" Y ayudado por el Destino, contestó Hassán, encarándose con la princesa: "Reina del universo, soberana del siglo y del tiempo, ¡oh única de la época y de las edades! por lo que respecta a mi miserable nombre, sabe que me llamo Hassán el atribulado. ¡Pero respecto al nombre de mi esposa, lo ignoro! ¡En cuanto a mis hijos, uno se llama Nasser y otro Manssur!" La reina le preguntó por mediación de la anciana: "¿Y por qué te ha dejado tu esposa?" El dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! ¡Pero debió hacerlo a pesar suyo!" La reina le preguntó: "¿De dónde se marchó ¿Y cómo?" El dijo: "¡Se marchó de Bagdad, del propio palacio del califa Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes! ¡Y le bastó ponerse su manto de plumas y elevarse por los aires!".
La reina preguntó: "¿Y no te dijo nada al marcharse?" El contestó: "Dijo a mi madre: «¡Si tu hijo, torturado por el dolor de mi ausencia, quiere algún día encontrarme, no tendrá más que ir en busca mía a las islas Wak-Wak! Y ahora, adiós, ¡oh madre de Hassán! ¡En verdad que me aflige mucho tener que marcharme así, y me entristezco con toda el alma, pues los días de la separación le desgarrarán el corazón y ennegrecerán vuestra vida; pero ¡ay, que ya no puedo más! ¡Siento que invade mi alma la embriaguez del aire, y es preciso que tienda el vuelo por el espacio!» ¡Así habló mi esposa! ¡Y tendió el vuelo! ¡Y desde entonces es negro el mundo ante mis ojos, y en mi pecho habita la desolación!"
La princesa Nur Al-Huda contestó, meneando la cabeza: "¡Por Alah! ¡sin duda que, si tu esposa no quisiera verte más, no habría revelado a tu madre el paraje en que se hallaba! ¡Pero, por otra parte, si te amase, verdaderamente, no te habría abandonado así!"
Entonces juró Hassán con los más firmes juramentos que su esposa le amaba verdaderamente, que le había dado mil pruebas de su afecto y de su abnegación, pero que no pudo resistir a la tentación del aire y a la de su instinto original, que era el vuelo de las aves. Y añadió: "¡Oh reina, ya te he contado mi triste historia! ¡Y heme aquí ante ti, suplicando de tu clemencia que me perdones este paso audaz, y me ayudes a buscar a mi esposa y a mis hijos! ¡Por Alah sobre ti, ¡oh soberana mía! no me rechaces!"
Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de Hassán, reflexionó durante una hora de tiempo; luego levantó la cabeza, y dijo a Hassán: "¡Por más que reflexiono acerca del género de suplicio que mereces, no encuentro más que uno suficiente para castigar tu temeridad!" Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: "¡Oh gran reina ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 610ª noche

Ella dijo:
"... Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: "¡Oh gran reina! ¡por mis títulos de nodriza que te ha criado, no te apresures a castigarle, máxime sabiendo ya que es un pobre extranjero que afrontó muchos peligros y experimentó muchas tribulaciones! Y sólo merced a la larga vida que le tiene decretado el Destino, pudo resistir los tormentos que saliéronle al paso. ¡Y lo más grande y más digno de tu nobleza ¡oh reina! es que lo perdones y no violes a costa suya los derechos de la hospitalidad! Además, considera que únicamente el amor le impulsó a esta empresa fatal; y que se debe perdonar mucho a los enamorados. Por último, ¡oh reina mía y corona de nuestra cabeza! has de saber que si me atreví a hablarte de este joven tan hermoso, es porque ninguno entre los hijos de los hombres sabe como él construir versos e improvisar odas. ¡Y para comprobar mi aserto, no tendrás más que mostrarle al descubierto tu rostro, y verás cómo sabe celebrar tu belleza!" Al oír estas palabras de la anciana, la reina sonrió, y dijo: "¡En verdad que no faltaba ya más que eso para colmar la medida!" Pero, no obstante la severidad de su actitud, la princesa Nur había quedado conmovida hasta el fondo de sus entrañas por la belleza de Hassán, y nada más de su gusto que experimentar las dotes del joven, lo mismo con versos que con lo que siempre es consecuencia de los versos. Así, pues, fingió dejarse convencer por las palabras de su nodriza, y levantándose el velo, mostró al descubierto su rostro.
Al ver aquello, Hassán lanzó un grito tan estridente, que se estremeció el palacio; y cayó sin conocimiento. Y la vieja le prodigó los cuidados oportunos y le hizo volver en sí; luego le preguntó: "¿Pero qué tienes, hijo mío? ¿Y qué viste para turbarte de ese modo?"
Y Hassán contestó: "¡Ah! ¡lo que he visto, ya Alah! ¡La reina es mi propia esposa, o por lo menos, se parece a mi esposa como la mitad de una haba partida se parece a su hermana!"
Y al oír estas palabras, la reina se echó a reír de tal manera, que se cayó de lado y dijo: "¡Este joven está loco! ¡Pues decir que soy su esposa! ¡Por Alah! ¿y desde cuándo son fecundadas las vírgenes sin auxilio del varón y tienen hijos del aire y del tiempo?"
Luego encaróse con Hassán, y le dijo riendo: "¡Oh querido mío! ¿Quieres decirme, al menos, para que me entere, en qué me parezco a tu esposa y en qué no me parezco a ella? ¡Porque noto que, a pesar de todo, sientes una perplejidad grande con respecto a mí!"
El joven contestó: "¡Oh soberana de reyes, asilo de grandes y pequeños! ¡Fué tu belleza quien me volvió loco! ¡Porque te pareces a mi esposa en los ojos más luminosos que estrellas, en la frescura de tu tez, en el encarnado de tus mejillas, en la forma erecta de tus hermosos senos, en la dulzura de tu voz, en la ligereza y elegancia de tu cintura y en otros muchos atractivos de que no hablaré por respeto a lo que permanece velado! ¡Pero, mirando bien tus encantos, encuentro entre tú y ella una diferencia, visible solamente para mis ojos de enamorado, y que no te podría expresar con la palabra!"
Cuando la princesa Nur Al-Huda oyó estas frases de Hassán comprendió que el corazón del joven jamás se decidiría por ella; y concibió un violento despecho, y se juró descubrir cuál de sus hermanas las princesas era aquella de quien Hassán habíase convertido en esposo sin consentimiento del rey, padre de todas. Y se dijo: "¡Me vengaré así de Hassán y de su esposa, saciando en ambos mi justo rencor!" Pero ocultó sus pensamientos en el fondo de su alma, y encarándose con la vieja, dijo: "¡Oh nodriza! ve pronto a buscar a mis seis hermanas, a cada una en la isla que habita, y diles que me pesa en extremo su ausencia, pues hace ya más de dos años que no me han visitado. ¡E invítales de parte mía a que vengan a verme, y tráetelas contigo! ¡Pero líbrate sobre todo de decirles una palabra de lo que ha sucedido ni de anunciarles la llegada de un extranjero joven que va en busca de su esposa! ¡Ve, y no tardes!"
La anciana, que no podía suponer las intenciones de la princesa, salió del palacio en seguida, y rápida como el relámpago, voló a las islas en que se hallaban las seis princesas, hermanas de Nur Al-Ruda. Y  sin dificultad logró decidir a las cinco primeras a que la siguieran. Pero cuando llegó a la séptima isla, donde habitaba la princesa más joven con su padre, el rey de reyes de los genn, le costó mucho trabajo hacerla acceder al deseo de Nur Al-Huda. Porque, no bien fué la princesa más joven a pedir a su padre el rey permiso para ir con la Madre-de-las-Lanzas a visitar a su hermana mayor, el rey, conmovido hasta el límite de la conmoción por aquella demanda, exclamó: "¡Ah hija mía bienamada, preferida de mi corazón! Algo en mi alma me dice que no te veré ya como te alejes de este palacio. Y además, esta noche he tenido un sueño aterrador que voy a contarte. Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 611ª noche

Ella dijo:
"... Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos! que esta noche un ensueño pesó sobre mi sueño y oprimió mi pecho. En efecto, durante mi ensueño, paseábame por entre un tesoro oculto a todas las miradas y cuyas riquezas sólo se mostraban a mis ojos. Y admiraba yo cuanto veía; pero no se detenían mis miradas más que sobre siete piedras preciosas que brillaban con resplandor espléndido en medio de todo lo demás. Pero la más pequeña era la más hermosa y la más atrayente. Así es que, para admirarla mejor y ponerla al abrigo de las miradas, la cogí en mi mano, la apreté contra mi corazón y abandoné el tesoro, llevándomela conmigo. Y cuando la tenía ante mis ojos bajo los rayos del sol, un pájaro de especie extraordinaria, y como nunca se ha visto en estas islas, cayó de pronto sobre mí, me arrancó la piedra preciosa y emprendió el vuelo. Y quedé sumido en el estupor y en el dolor más vivo. Y al despertar, tras de toda una noche de tormentos, hice venir a los intérpretes de ensueños y les pedí la explicación de lo que en mi ensueño había visto. Y me contestaron: «¡Oh rey nuestro! ¡Las siete piedras preciosas son tus siete hijas, y la piedra más pequeña, arrebatada de entre tus manos por el pájaro, es tu hija más pequeña, que por fuerza arrancarán a tu afecto! ¡Y he aquí, hija mía, que ahora tengo mucho miedo a dejarte que te alejes con tus hermanas y la Madre-de-las-Lanzas para ir a ver a tu  hermana mayor Nur Al-Huda, pues no sé qué contratiempos pueden surgir en tu viaje, ya al ir, ya al volver!"
Y Esplendor (que ella propia era la esposa de Hassán), contestó: "¡Oh soberano y padre mío! ¡oh gran rey! no ignoras que mi hermana mayor, Nur Al-Huda, ha preparado en honor mío una fiesta, y me espera con la más viva impaciencia. Y hace ya más de dos años que pienso siempre en ir a verla; y debe tener ahora toda clase de motivos para no estar muy satisfecha de mi conducta. Pero no temas nada, ¡Oh padre mío! Y no olvides que hace algún tiempo, cuando hice con mis compañeras un viaje lejano, también me creíste perdida para siempre; y me guardaste luto. ¡Y sin embargo, volví sin contratiempos y con buena salud!
¡De la misma manera me ausentaré esta vez todo lo más un mes, al cabo del cual regresaré, si Alah quiere! Además, si se tratase de alejarme de nuestro reino, comprendo tu emoción; pero aquí, en nuestras islas, ¿a qué enemigo puedo temer? ¿Quién podrá llegar a las islas Wak-Wak, después de haber cruzado la Montaña-de-las-Nubes, las Montañas Azules, las Montañas Negras, los Siete Valles, los Siete Mares y la Tierra de Alcanfor Blanco, sin perder mil veces su alma en el camino? ¡Ahuyenta,  pues, de tu espíritu toda inquietud, ¡oh padre mío! refresca tus ojos y tranquiliza tu corazón!"
Cuando el rey de los genn oyó estas palabras de su hija, consintió en dejarla marchar, aunque de muy mala gana, y haciéndole prometer que no estaría con su hermana más que unos días. Y le dió una escolta de mil amazonas, y la besó con ternura. Y Esplendor se despidió de él, y después de ir a besar a sus dos hijos al sitio en donde estaban ocultos, sin que nadie sospechara su existencia, pues desde su llegada se los confió a dos esclavas abnegadas, siguió a la vieja y a sus hermanas, encaminándose a la isla en que reinaba Nur Al-Huda. Y he aquí que, para recibir a sus hermanas, Nur Al-Huda se había puesto un traje de seda roja, adornado con pájaros de oro cuyos ojos, picos y uñas eran de rubíes y esmeraldas; y cargada de atavíos y pedrerías, hallábase sentada sobre el trono en la sala de audiencias. Y ante ella manteníase de pie Hassán; y a su derecha estaban formadas en filas unas jóvenes con espadas desnudas; y a su izquierda había otras jóvenes con largas lanzas puntiagudas.
En aquel momento llegó la Madre-de-las-Lanzas con las seis princesas. Y pidió audiencia, y por orden de la reina introdujo primero a la mayor de las seis, que se llamaba Nobleza-de-la-Raza. Iba vestida con un traje de seda azul y era aún más bella que Nur Al-Huda. Y se adelantó hasta el trono, y besó la mano de su hermana, que hubo de levantarse en honor suyo y la besó y la hizo sentarse a su lado.
Luego se encaró con Hassán, y le dijo: "Dime, ¡oh adamita! ¿es ésta tu esposa?" Y contestó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que es maravillosa y bella como la luna al salir; tiene cabellera de carbón, mejillas delicadas, boca sonriente, senos erguidos, coyunturas finas y extremidades exquisitas! y diré, para celebrarla, en verso:
¡Avanza vestida de azul, y se la creería un pedazo arrancado del azul de los cielos!
¡En sus labios trae una colmena de miel, en sus mejillas un pénsil de rosas, y en su cuerpo, corolas de jazmín!
¡Al ver su talle recto y fino y su grupa monumental, se la tomaría por una caña hundida en un montículo de movible arena!
"Así la veo, ¡oh mi señora! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que se niega a expresar mi lengua!"
Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la vieja nodriza para que introdujera a su segunda hermana. Y entró la joven, vestida con un traje de seda color de albaricoque. Y era aún más bella que la primera; y se llamaba Fortuna-de-la-Casa. Y tras de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 612ª noche

Ella dijo:
"... y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó: "¡Oh soberana mía! arrebata la razón de quienes la miran, y encadena los corazones de quienes se acercan a ella; y he aquí los versos que me inspira:
¡La lucha del verano en medio de una noche de invierno, no es más hermosa que tu llegada, ¡oh joven!
Las trenzas negras de tus cabellos, prolongadas hasta tus tobillos, y las bandas tenebrosas que te ciñen la frente, me impulsan a decirte:
"¡Ensombreces la aurora con el ala de la noche!" Pero tú me contestas: "¡No, no! ¡sólo es una nube que ha ocultado la luna!"
"¡Así la veo, oh soberana mía! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que mi lengua es impotente para describir!"

Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la Madre-de-las-Lanzas, que apresurose a introducir a la tercera hermana. Y entró la joven vestida con un traje de seda granate; y era aún más bella que las dos primeras, y se llamaba Claridad-Nocturna. Y después de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa.
Y Hassán contestó: "¡Oh reina mía y corona de mi cabeza! en verdad que hace huir la razón de los más prudentes, y mi asombro ante ella me induce a improvisar estos versos:
¡Te balanceas ligera cual la gacela, ¡oh llena de gracia! y tus párpados, a cada movimiento, lanzan flechas mortales!
¡Oh sol de belleza! ¡Tu aparición llena de gloria los cielos y las tierras, y tu desaparición tiende tinieblas sobre la faz del universo!


"Así la veo, ¡oh reina del tiempo! ¡Pero, a pesar de todo, mi alma se niega a reconocer en ella a mi esposa, no obstante la semejanza extremada de las facciones y el ademán!" Entonces, a una seña de Nur Al-Huda, la vieja amazona introdujo a la cuarta hermana, que se llamaba Pureza-del-Cielo. Y la joven iba vestida con un traje de seda amarilla con dibujos a lo ancho y a lo largo. Y besó a su hermana, que la hizo sentarse al lado de las otras. Y al verla Hassán, improvisó estos versos:


¡Aparece como la luna llena en una noche feliz, y sus miradas mágicas alumbran nuestro camino!
¡Si me acerco a ella para calentarme con el fuego de sus ojos, al punto veome rechazado por los centinelas que la defienden: sus dos senos firmes y duros cual la piedra del granito!


"Y no la describo toda entera, porque para ello tendría que improvisar una oda larga. ¡Sin embargo, ¡oh mi señora! debo decirte que no es mi esposa, aunque su semejanza con ella asombre! Entonces Nur Al-Huda hizo entrar a su quinta hermana, que se llamaba Blanca-Aurora, y que se adelantó moviendo las caderas; y era tan flexible como una rama de ban y tan ligera como un tierno pavo real. Y tras de haber besado a su hermana mayor, sentose en el sitio que le asignaron, al lado de las demás, y se arregló los pliegues de su traje de seda verde labrado de oro. Y Hassán, al verla, improvisó estos versos:
¡La flor roja de la granada no está mejor velada con sus hojas verdes que vestida estás tú ¡oh joven! con esa camisa encantadora!
Y si te pregunto: "¿Qué vestidura es esa que tan bien sienta a tus mejillas solares?" Me respondes: "¡No tiene nombre, porque es mi camisa!"
Y exclamo yo: "¡Oh maravillosa camisa tuya, causa de tantas heridas mortales! ¡te llamaré la camisa que parte corazones!

¿Y no eras tú aún más maravillosa, ¡oh joven!? Si te yergues con tu belleza para deslumbrar ojos humanos, tus caderas te dicen: "¡No te muevas! ¡no te muevas! ¡Lo que va detrás de nosotras es demasiado abrumador para nuestras fuerzas!"

Y si entonces avanzo implorándote ardientemente, tu belleza me dice: "¡Anda! ¡anda!" Pero cuando me dispongo a obrar, me dice tu pudor: "¡No! ¡no!"

Cuando Hassán hubo recitado estos versos, toda la concurrencia quedó maravillada de su talento; y la propia reina, a pesar de su rencor, no pudo por menos de mostrarle su admiración. Así es que la vieja amazona, protectora de Hassán, se aprovechó del buen cariz que tomaba el asunto para tratar de volver a Hassán a la gracia de la vengativa princesa, y le dijo: "¡Oh soberana mía! ¿te había engañado al hablarte del arte admirable de este joven para la construcción de versos? ¿Y acaso no es delicado y discreto en sus improvisaciones? ¡Te ruego, pues, que olvides por completo la audacia de su empresa, y le agregues a tu persona en adelante como poeta, utilizando su talento, para las fiestas y ocasiones solemnes!"
Pero la reina contestó: "¡Sí!" ¡mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 613ª noche

Ella dijo:
"¡... Sí! ¡mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña!" Y salió la vieja, y un instante después volvió llevando de la mano a la joven menor, la cual se llamaba Ornamento-del-Mundo, ¡y no era otra que Esplendor!
¡Así entraste, ¡oh Esplendor! e ibas vestida sólo con tu belleza, desdeñando atavíos y velos engañosos! ¡Pero qué Destino tan lleno de calamidades te seguía los pasos! ¡Tú lo ignorabas, sin saber todavía cuanto estaba escrito con respecto a ti en el libro de la suerte!
Cuando Hassán, que se hallaba de pie en medio de la sala, vió llegar a Esplendor, lanzó un grito estridente y cayó en tierra, privado de sentido. Y al oír aquel grito. Esplendor se volvió y reconoció a Hassán. Y conmovida de ver a su esposo, a quien creía tan lejos, se desplomó cuán larga era, contestando con otro grito, y perdió el conocimiento.
Al ver aquello, la reina Nur Al-Huda no dudó ni por un instante de que su última hermana fuese la esposa de Hassán, y no pudo disimular más tiempo sus celos y su furor. Y gritó a sus amazonas: "¡Coged a ese adamita y arrojadle de la ciudad!" Y las guardias ejecutaron la orden, y se llevaron a Hassán y fueron a arrojarle de la ciudad a la playa. Luego la reina encaróse con su hermana, a la cual habían hecho volver de su desmayo, y le gritó: "¡Oh libertina! ¿Cómo te arreglaste para conocer a ese adamita? ¡Y cuán criminal fué en todos sentidos tu conducta! ¡No solamente te casaste sin el consentimiento de tu padre y de tu familia, sino que abandonaste a tu esposo y dejaste tu casa! ¡Y así has envilecido tu raza y la nobleza de tu raza! ¡Esa ignominia no puede lavarse más que con tu sangre!" Y gritó a sus mujeres: "¡Traed una escala, y atad a ella por los cabellos a esa criminal, y azotadla hasta  que brote sangre!" Luego salió de la sala de audiencias con sus hermanas, y fué a su aposento para escribir a su padre el rey una carta en la cual le enteraba con todos sus detalles de la historia de Hassán y su hermana, y al mismo tiempo que el oprobio salpicado sobre toda la raza de los genn, le participaba el castigo que creyó oportuno imponer a la culpable. Y terminaba la carta pidiendo a su padre que le respondiera lo más pronto posible para decirle su opinión acerca del castigo definitivo que pensaba infligir a la hija criminal. Y confió la carta a una mensajera rápida, que apresuróse a llevársela al rey.
Cuando el rey leyó la carta de Nur Al-Ruda, vió ennegrecerse el mundo ante sus ojos, e indignado hasta el límite de la indignación por la conducta de su hija menor, contestó a su hija mayor que todo castigo sería leve en comparación con el delito, y que había de condenar a muerte a la culpable; pero que, a pesar de todo, dejaba el cuidado de ejecutar esta orden a la prudencia y justicia de la joven.
Y he aquí que, mientras Esplendor, abandonada en manos de su hermana, gemía atada por los cabellos a la escala, y esperaba el suplicio, Hassán, a quien habían arrojado a la playa, acabó por volver de su desmayo, y hubo de pensar en la gravedad de su desgracia, cuyo alcance, por cierto, no suponía aún. ¿Qué iba a esperar ya? Ahora que ningún poder lograría socorrerle, ¿qué iba a intentar y cómo iba a arreglarse para salir de aquella isla maldita? Y se incorporó, presa de la desesperación, y echó a andar sin rumbo a lo largo del mar, confiando todavía en hallar algún remedio para sus males. Y entonces acudieron a su memoria estos versos del poeta:
¡Cuando no eras más que un germen en el seno de tu madre, formé tu destino con arreglo a Mi justicia, y lo orienté en el sentido de Mi Visión!
¡Deja, pues, ¡oh criatura! que sigan su curso los acontecimientos: no puedes oponerte a ello!
¡Y si la adversidad se cierne sobre tu cabeza, deja a tu destino el cuidado de desviarla!
Este precepto de prudencia reanimó un tanto el valor de Hassán, que continuó caminando a la ventura por la playa y tratando de adivinar lo sucedido durante su desmayo, y por qué le habían abandonado de aquel modo sobre la arena. Y mientras reflexionaba de tal suerte, encontróse con dos pequeñas amazonas de unos diez años que estaban pegándose puñetazos. Y no lejos de ellas, vió tirado en tierra un gorro de cuero sobre el cual aparecían trazados dibujos y escrituras. Y se acercó a las niñas, procuró separarlas, y les preguntó por el motivo de su querella. Y le dijeron que se disputaban la posesión de aquel gorro. Entonces Hassán les preguntó si querían que actuara de juez y si se entregaban a él para que las pusiera de acuerdo acerca de la posesión del gorro. Y en cuanto las niñas aceptaron la proposición, Hassán cogió el gorro, y les dijo: "¡Pues bien; voy a tirar al aire una piedra, y el gorro será para aquella de vosotras dos que antes me la traiga ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 614ª noche

Ella dijo:
"¡... Pues bien; voy a tirar al aire una piedra, y el gorro será para aquella de vosotras dos que antes me la traiga". Y dijeron las pequeñas amazonas: "¡Excelente idea!" Entonces Hassán cogió un guijarro de la playa y lo lanzó a lo lejos con todas sus fuerzas. Y en tanto que las muchachas corrían en pos del guijarro, Hassán se puso el gorro en la cabeza, para probárselo, y se lo dejó puesto. Pero, al cabo de unos instantes, volvieron las niñas, y gritaba la que había cogido el guijarro: "¿Donde estás, ¡oh hombre!? ¡He ganado yo!"
Y llegó hasta el sitio en que estaba Hassán, y se puso a mirar por todos lados, sin ver a Hassán. Y su hermana también miraba en torno suyo por todas direcciones, pero no veía a Hassán. Y Hassán se preguntaba: "¡El caso es que estas pequeñas amazonas no son ciegas! ¿Por qué no me ven, entonces?" Y les gritó: "¡Estoy aquí! ¡Venid!" Y las chiquillas miraron en la dirección de donde partía la voz, pero no vieron a Hassán; y tuvieron miedo, y se echaron a llorar. Y Hassán se acercó a ellas y las tocó en el hombro, y les dijo: "¡Heme aquí! ¿Por qué lloráis, niñas?" Y las muchachas levantaron la cabeza, pero no vieron a Hassán. Y se aterraron tanto entonces, que echaron a correr con todas sus fuerzas, lanzando gritos estridentes, como si las persiguiese un genni de mala especie. Y a la sazón se dijo Hassán: "¡No cabe duda! ¡Este gorro está encantado! ¡Y su encanto consiste en hacer invisible a quien lo lleva en la cabeza!" Y se puso a bailar de alegría, diciéndose: "¡Alah me lo envía! ¡Porque, con este gorro en la cabeza, puedo correr a ver a mi esposa sin que a mí me vea nadie!"
Y al punto retornó a la ciudad, y para comprobar mejor las virtudes de aquel gorro, quiso experimentar su efecto ante la amazona vieja. Y la buscó por todas partes, y acabó por encontrarla en su aposento del palacio, sujeta con una cadena a una anilla empotrada en la pared, por orden de la princesa. Entonces, para asegurarse de si era invisible realmente, se acercó a un estante en el que habían colocado vasos de porcelana, y tiró al suelo el vaso más grande, que fué a romperse a los pies de la vieja. Y lanzó entonces ella un grito de espanto, creyéndolo una fechoría de los malos efrits que estaban a las órdenes de Nur Al-Huda. Y le pareció oportuno pronunciar las fórmulas conjuratorias, y dijo: "¡Oh efrit! ¡Por el nombre grabado en el sello de Soleimán, te ordeno que me digas tu nombre!"
Y contestó Hassán: "¡No soy un efrit, sino tu protegido Hassán Al-Bassri! ¡Y vengo a libertarte!" Y diciendo estas palabras, se quitó su gorro mágico y dejóse ver y reconocer. Y exclamó la vieja: "¡Ah! ¡Desgraciado de ti, infortunado Hassán! ¿Acaso no sabes que la reina se ha arrepentido ya de no haber hecho que te dieran la muerte a su vista, y que por todas partes ha enviado esclavos en tu persecución, prometiendo un quintal de oro como recompensa a quien te entregue a ella, muerto o vivo? ¡No pierdas un instante, pues, y salva tu cabeza apelando a la fuga!" Luego puso a Hassán al corriente de los suplicios terribles que para hacer morir a su hermana preparaba la reina con el asentimiento del rey de los genn.
Pero Hassán contestó: "¡Alah la salvará y nos salvará a todos de las manos de esa princesa cruel! ¡Mira este gorro! ¡Está encantado! ¡Y merced a él puedo andar por todas partes siendo invisible!" Y exclamó la anciana: "¡Loores a Alah, que reanima las osamentas de los muertos, ¡oh Hassán! y te ha enviado para salvación nuestra ese gorro! ¡Date prisa a libertarme, a fin de que te enseñe el calabozo en que está encerrada tu esposa!" Y Hassán cortó las ligaduras de la vieja, y la cogió de la mano, y se cubrió la cabeza con el gorro encantado. Y al punto se hicieron invisibles ambos. Y la vieja le condujo al calabozo en que yacía su esposa Esplendor atada por los cabellos a una escala y esperando a cada instante la muerte en medio de suplicios. Y la oyó él recitar a media voz estos versos:
¡La noche es oscura, y triste es mi soledad! ¡oh ojos míos, dejad que corra el manantial de mis lágrimas! ¡Mi bienamado está lejos de mí! ¿De dónde ha de llegarme la esperanza, si mi corazón y la esperanza han partido con él?
¡Brotad, oh lágrimas mías ¡brotad de mis ojos! pero ay! ¿conseguiréis apagar alguna vez el fuego que me devora las entrañas? ... ¡Oh fugitivo amante! ¡sepultada en mi corazón está tu imagen, y ni los mismos gusanos de la tumba conseguirán borrarla!
Y aunque hubiera preferido no obrar precipitadamente, a fin de evitar a su esposa una emoción demasiado grande, Hassán, al oír y ver a su bienamada Esplendor, no pudo resistir por más tiempo los tormentos que le agitaban, y se quitó el gorro y se abalanzó a ella, rodeándola con sus brazos. Y ella le reconoció, y se desmayó contra su pecho. Y ayudado por la vieja, Hassán cortó las ligaduras, y con mucho cuidado, la hizo volver en sí, y se la sentó en las rodillas, haciéndole aire con la mano. Y abrió los ojos ella, y con lágrimas en las mejillas, le preguntó: "¿Has bajado del cielo, o has salido del seno de la tierra? ¡Oh esposo mío! ¡ay! ¡Ay! ¿Qué podemos contra el Destino? ¡Lo que está escrito debe suceder! ¡Date prisa, pues, a dejar que mi destino siga su curso, y vuélvete por donde viniste para no causarme el dolor de verte a ti también víctima de la crueldad de mi hermana!"
Pero Hassán contestó: "¡Oh bienamada! ¡oh luz de mis ojos! ¡he venido para libertarte y llevarte conmigo a Bagdad, lejos de este país cruel!" Pero exclamó ella: "¡Ah Hassán! ¿qué nueva imprudencia vas a cometer todavía? ¡Por favor, retírate, y no aumentes mis sufrimientos con los tuyos!" Pero Hassán contestó: "¡Oh Esplendor, alma mía! has de saber que no saldré de este palacio sin ti y sin nuestra protectora, que es esta buena tía que aquí ves. ¡Y si me preguntas de qué medio voy a valerme, te enseñaré este gorro ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 615ª noche

Ella dijo:
¡... Y si me preguntas de qué modo voy a valerme, te enseñaré este gorro!" Y Hassán le hizo ver el gorro encantado, lo probó ante ella, desapareciendo de repente en cuanto se lo puso en la cabeza, y le contó luego cómo lo había arrojado en su camino Alah para que fuese causa de su liberación. Y con las mejillas cubiertas de lágrimas de alegría y de arrepentimiento, Esplendor dijo a Hassán: "¡Alah! de todos los sinsabores que hemos sufrido tengo yo la culpa por haber abandonado sin permiso tuyo nuestra morada de Bagdad. ¡Oh mi señor bienamado! ¡por favor, no me hagas ya los reproches que merezco, pues bien veo ahora que una mujer debe saber todo lo que su esposo vale! ¡Y perdóname mi falta, para la cual imploro indulgencia ante Alah y ante ti! ¡Y discúlpame un poco teniendo en cuenta que mi alma no supo resistirse a la emoción que la embargó al ver el manto de plumas!"

¡Y contestó Hassán: "¡Por Alah, ¡oh Esplendor! que sólo yo soy culpable por haberte dejado sola en Bagdad! ¡Debí llevarte conmigo siempre! ¡Pero puedes estar tranquila de que en el porvenir así lo haré!" Y habiendo dicho estas palabras, se la echó a la espalda, cogió también de la mano a la vieja, y se cubrió la cabeza con el gorro. Y los tres se tornaron invisibles. Y salieron del palacio, y a toda prisa se encaminaron a la séptima isla, en que estaban ocultos sus dos hijitos, Nasser y Manssur.
Entonces Hassán, aunque se hallaba en el límite de la emoción por haber vuelto a ver a sus dos hijos sanos y salvos, no quiso perder tiempo en efusiones de ternura; y confió ambos niños a la vieja, la cual  se los colocó a horcajadas uno en cada hombro. Después, sin que la viese nadie, Esplendor consiguió atrapar tres mantos de plumas completamente nuevos; y se los pusieron. Luego cogiéronse de la mano los tres, y abandonando sin pena las islas Wak-Wak, volaron hacia Bagdad.
Y he aquí que Alah les escribió la seguridad, y tras de un viaje hecho por pequeñas etapas, llegaron a la Ciudad de Paz una mañana. Y aterrizaron en la terraza de su morada; y bajaron por la escalera y penetraron en la sala donde estaba la pobre madre de Hassán, a quien los pesares y las inquietudes habían puesto enferma y casi ciega. Y Hassán escuchó un instante a la puerta, y oyó gemir y desesperarse dentro a la pobre mujer. Entonces llamó, y la voz de la vieja hubo de preguntar: "¿Quién hay a la puerta?" Hassán contestó: "¡Oh madre mía! ¡el Destino, que quiere reparar sus rigores!"
Al oír estas palabras, sin saber aún si aquello era una ilusión o la realidad, la madre de Hassán corrió con sus débiles piernas a abrir la puerta. Y vió a su hijo Hassán con su esposa y sus hijos, y a la vieja amazona, que se mantenía discretamente detrás de ellos. Y como la emoción era demasiado fuerte para ella, la anciana cayó desvanecida en brazos de los recién llegados. Y Hassán la hizo volver en sí bañándola con sus lágrimas. Y Esplendor avanzó hacia ella y la colmó de mil caricias, pidiéndole perdón por haberse dejado vencer por su instinto original. Después hicieron adelantarse a la Madre-de-las-Lanzas y se la presentaron como su salvadora y la causante de su liberación. Y entonces Hassán contó a su madre todas las aventuras maravillosas que le habían sucedido, y que es inútil repetir. Y a la vez glorificaron al Altísimo, que permitió se reunieran.
Y desde entonces vivieron todos juntos la vida más deliciosa y más llena de dicha. Y merced al tambor mágico, no dejaron de ir cada año todos en caravana a visitar a las siete princesas, hermanas de Hassán, que vivían sobre la Montaña de las Nubes, en el palacio de cúpula verde. ¡Y después de numerosos años, fué a visitarle la Destructora inexorable de alegrías y placeres! ¡Loores y gloria a Quien domina en el imperio de lo visible y de lo indivisible, al Viviente, al Eterno, que no conoce la muerte!
Cuando Schehrazada hubo contado de tal modo aquella historia, la pequeña Doniazada se colgó a su cuello, y la besó en la boca, y le dijo: "¡Oh hermana mía! ¡cuán maravillosa y gustosa es esa historia, y cuán encantadora y deleitosa es! ¡Ah! ¡cuánto quiero a Botón-de-Rosa, y cómo siento que Hassán no la tomara por esposa al mismo tiempo que a Esplendor!"
Y el rey Schahriar dijo: "¡Asombrosa es esa historia, Schehrazada! ¡Y me hizo olvidarme de muchas cosas que desde mañana quiero poner en ejecución!"
Y dijo Schehrazada: "¡Sí, ¡oh rey! pero nada es, comparada con la que todavía tengo que contarte, relativa al CUESCO HISTÓRICO!" Y exclamó el rey Schahriar: "¿Cómo dices Schehrazada? ¿Y qué cuesco histórico es ese que no conozco?"
Schehrazada dijo: "¡Es el que voy a someter mañana al rey, si estoy con vida aún!" Y el rey Schahriar se dijo: "¡En verdad que no la mataré mientras no me haya instruido acerca de lo que dice!"
Y en aquel momento Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.







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