Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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42 P4 Las aventuras de Hassan-Al-Bassri - cuarta de cinco partes

42 Las aventuras de Hassan-Al-Bassri (de la noche 576 a la 615)





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Pero cuando llegó la 599ª noche

Ella dijo:
"... Ya ves, hijo mío, que a pesar de la inmensidad de nuestra desdicha, no debe la desesperación entrar en tu corazón, puesto que puedes encontrar a tu esposa en las islas Wak-Wak".
Al oír estas palabras de su madre, Hassán sintió que una esperanza repentina refrescaba los abanicos de su alma, y levantándose al instante, dijo a su madre: "¡Parto para las islas Wak-Wak!" Luego pensó:  "¿Dónde podrán estar situadas esas islas cuyo nombre se asemeja al grito de un ave de rapiña? ¿Estarán en los mares de la India, o del Sindh, o de Persia o de China?" Y para esclarecer su espíritu acerca del particular, salió de la casa, y todo se puso negro y sin límites a sus ojos, y fué en busca de los sabios y los letrados de la corte del califa, y les preguntó por turno si conocían los mares en que estaban situadas las islas Wak-Wak. Y contestaron todos: "¡No lo sabemos! ¡Y no hemos oído en nuestra vida hablar de la existencia de esas islas!" Entonces Hassán comenzó otra vez a desesperarse, y regresó a la casa con el pecho oprimido por el viento de la muerte. Y dijo a su madre, dejándose caer en el suelo: "¡Oh madre! ¡no es a las islas Wak-Wak adonde tengo que ir, sino más bien a los lugares donde se ha aposentado la Madre de los Buitres (la Muerte)!"
Y rompió en lágrimas, con la cabeza en la alfombra. Pero de pronto se levantó, y dijo a su madre: "¡Alah me envía el pensamiento de volver al lado de las siete princesas que me llaman hermano suyo, para preguntarles el camino de las islas Wak-Wak!" Y sin más tardanza, se despidió de la pobre madre, mezclando sus lágrimas con las de ella, y montó en el dromedario de que no había prescindido desde su regreso. Y llegó felizmente al palacio de las siete hermanas, en las Montañas de las Nubes.
Cuando sus hermanas le vieron llegar, le recibieron con los transportes de la felicidad más viva. Y le besaron, lanzando gritos de alegría y deseándole la bienvenida. Y cuando le tocó a Botón-de-Rosa el turno de besar a su hermano, vió con los ojos de su corazón amante el cambio operado en las facciones de Hassán y la turbación de su alma. Y sin hacerle la menor pregunta, rompió en lágrimas sobre su hombro. Y Hassán lloró con ella, y le dijo: "¡Ah! ¡Botón-de-Rosa, hermana mía, sufro cruelmente, y vengo a ti para buscar el único remedio que puede aliviar mis males! ¡Oh perfumes de Esplendor! ¡no os traerá ya el viento para refrescar mi alma!"
Tras pronunciar estas palabras, Hassán lanzó un grito desesperado y cayó privado de conocimiento.
Al ver aquello, las princesas, asustadas, se aglomeraron en torno a él, llorando, y Botón-de-Rosa le roció el rostro con agua de rosas y le regó con sus lágrimas. Y por siete veces trató de incorporarse Hassán, y por siete veces cayó en tierra. Por último pudo volver a abrir los ojos después de un desmayo más largo que los otros todavía, y contó a sus hermanas toda la triste historia, desde el principio hasta el fin. Luego añadió: "¡Y ahora ¡oh compasivas hermanas! vengo a preguntaros por el camino que conduce a las islas Wak-Wak! ¡Porque, al partir, mi esposa Esplendor dijo a mi pobre madre: "¡Si algún día quiere encontrarme tu hijo, no tendrá más que buscarme en las islas Wak-Wak!"
Cuando las hermanas de Hassán oyeron estas últimas palabras, bajaron la cabeza, presa de un estupor sin límites y estuvieron mirándose sin hablar durante largo rato. Por último, rompieron el silencio y exclamaron todas a la vez: "Alza tu mano hacia la bóveda del cielo ¡oh Hassán! e intenta cojerla o tocarla. ¡Más fácil aún sería que llegar a esas islas Wak-Wak en que se halla tu esposa con tus hijos!"
Al oír estas palabras, las lágrimas de Hassán corrieron a torrentes e inundaron sus vestiduras. Y cada vez más emocionadas con su dolor, las siete princesas se esforzaron por consolarle. Y Botón-de-Rosa le rodeó tiernamente el cuello con sus brazos, y le dijo besándole: "¡Oh hermano mío! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, soportando con paciencia el destino adverso, porque ha dicho el Maestro de los Proverbios: "¡La paciencia es la llave del consuelo, y el consuelo hace lograr el propósito!" Y ya sabes ¡oh hermano mío! que todo destino debe cumplirse; ¡pero jamás muere en el año noveno el que ha de vivir diez años! anímate, pues, y seca tus lágrimas; y yo haré cuanto pueda por facilitarte los medios de que llegues al lado de tu mujer y de tus hijos, si tal es la voluntad de Alah (¡exaltado sea!). ¡Ah!¡Qué maldito manto de plumas! ¡Cuántas veces tuve la idea de decirte que lo quemaras y me contuve por no contrariarte! En fin, lo que está escrito, está escrito! ¡Vamos a tratar de remediar, entre todos tus males, el más irremediable!" Y se encaró con sus hermanas y se echó a sus pies, y las conjuró a que la auxiliaran para descubrir el medio de que su hermano encontrase el camino de las islas Wak-Wak. Y sus hermanas se lo prometieron de todo corazón amistoso.
Y he aquí que las siete princesas tenían un tío, hermano de su padre, que quería muy particularmente a la mayor de las hermanas; e iba a verla con regularidad una vez al año. Y el tal tío se llamaba Abd Al-Kaddús...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 600ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que las siete princesas tenían un tío, hermano de su padre, que quería muy particularmente a la mayor de las hermanas; e iba a verla con regularidad una vez al año. Y el tal tío se llamaba Abd Al-Kaddús. Y en su última visita había dado a su preferida, la mayor de las princesas, un saquito lleno de sahumerios, diciéndole que no tenía más que quemar un poco de estos sahumerios, si algún día se encontraba en cualquier circunstancia en que creyese tener necesidad de su auxilio. Así es que, cuando Botón-de-Rosa la hubo suplicado de aquel modo que interviniese, la mayor de las princesas pensó que acaso su tío pudiera salvar al pobre Hassán. Y dijo a Botón-de-Rosa: "¡Ve en seguida a buscarme el saco de perfumes y el pebetero de oro!" Y Botón-de-Rosa corrió en busca de ambas cosas, y las entregó a su hermana, que abrió el saco, tomó de él un poco de perfume y lo echó en el pebetero en medio de la brasa, pensando mentalmente en su tío Abd Al-Kaddús, y llamándole.
En cuanto disipóse la humareda del pebetero, he aquí que se alzó un torbellino de polvo que iba acercándose, y tras él apareció, montado en un elefante blanco, el jeique Abd Al-Kaddús. Y se apeó de su elefante, y dijo a la mayor de las hermanas y a las princesas, hijas de su hermano: "¡Heme aquí! ¿A qué se debe que haya llegado a mi olfato el olor del perfume? ¿En qué puedo serte útil, hija mía?" Y la joven se colgó de su cuello y le besó la mano, y contestó: "¡Oh mi tío querido! Ya hace más de un año que no venías a vernos, y tu ausencia nos inquietaba y nos atormentaba. ¡Por eso he quemado el perfume, para verte y quedarme tranquila!"
Dijo él: "Eres la más encantadora de las hijas de mi hermano, ¡oh preferida mía! Sin embargo, no creas que, porque retardé este año mi llegada, te he olvidado. ¡Precisamente quería venir a verte mañana! ¡Pero no me ocultes nada, pues sin duda tienes que pedirme alguna cosa!"
Ella contestó: "Alah te guarde y prolongue tus días, ¡oh tío mío! ¡Ya que me lo permites, quisiera pedirte una cosa, efectivamente!" Dijo él: "¡Habla! ¡Te la concedo de antemano!" Entonces la joven hubo de contarle toda la historia de Hassán y añadió: "¡Y ahora, por todo favor, te pido que digas a nuestro hermano Hassán qué tiene que hacer para llegar a esas islas Wak-Wak!”
Al oír estas palabras, el jeique Abd Al-Kaddús bajó la cabeza y se metió un dedo en la boca, reflexionando profundamente durante una hora de tiempo. Luego se sacó de la boca el dedo, levantó la cabeza, y sin decir una palabra, se puso a trazar sobre la arena varias figuras. Por fin rompió el silencio, y dijo a las princesas, meneando la cabeza: "¡Hijas mías, decid a vuestro hermano que se atormenta inútilmente! ¡Es imposible que pueda ir a las islas Wak-Wak!" Entonces las jóvenes se encararon con Hassán, y le dijeron, con lágrimas en los ojos: "¡Ay oh hermano nuestro!" Pero Botón-de-Rosa le cogió de la mano, le hizo acercarse, y dijo al jeique Abd Al-Kaddús: "¡Mi buen tío, pruébale lo que acabas de decirnos, y dale consejos prudentes, que los escuchará con corazón sumiso!" Y el anciano dió a besar su mano a Hassán, y le dijo: "¡Has de saber, hijo mío, que te atormentas inútilmente! ¡Es imposible que puedas ir a las islas Wak-Wak, aun cuando acudieran en tu ayuda toda la caballería volante de los genn, los cometas errantes y los planetas giratorios! Porque esas islas Wak-Wak, hijo mío, son islas habitadas por amazonas vírgenes, y donde reina precisamente el rey de reyes del Gennistán, padre de tu esposa Esplendor. Y de esas islas, a las que no ha ido nadie nunca y de las que nadie ha vuelto, te separan siete vastos mares, siete valles sin fondo y siete montañas sin cima. ¡Y se hallan situadas en los confines extremos de la tierra, allende los cuales no existe nada que se sepa! Así es que no creo que de ningún modo llegues a salvar los obstáculos diversos que de ellas te separan. ¡Y me parece que el partido más prudente que puedes tomar es volverte a tu casa o permanecer aquí con tus hermanas, que son encantadoras! Pero en cuanto a las islas Wak-Wak, ¡no pienses más en ellas!"
Al oír estas palabras del jeique Abd Al-Kaddús, Hassán se puso amarillo como el azafrán, lanzó un grito desesperado y cayó desmayado. Y las princesas no pudieron reprimir sus sollozos; y la más joven desgarró sus vestiduras y se maltrató el rostro; y empezaron a llorar y a lamentarse todas juntas en torno de Hassán. Y una vez que él recobró el conocimiento, no pudo por menos de llorar, apoyando la cabeza en el regazo de Botón-de-Rosa. Y el anciano acabó por conmoverse ante aquel espectáculo, y compadecido de tanto dolor, encaróse con las princesas, que se quejaban lamentablemente, y les dijo con tono agrio: "¡Callaos!" Y las princesas reprimieron los gritos que pugnaban por salir de sus gargantas, y aguardaron con ansiedad lo que iba a decir su tío. Y el jeique Abd Al-Kaddús apoyó su mano en el hombro de Hassán, y le dijo: "¡Cesa en tus gemidos, hijo mío, y cobra ánimos! Porque, con ayuda de Alah, te proporcionaré un medio mejor de conseguir tu propósito. ¡Levántate, pues, y sígueme...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 601ª noche

Ella dijo:
"... Y el jeique Abd Al-Kaddús apoyó su mano en el hombro de Hassán, y le dijo: "¡Cesa en tus gemidos, hijo mío, y cobra ánimos! Porque, con ayuda de Alah, te proporcionaré un medio mejor de conseguir tu propósito. ¡Levántate, pues, y sígueme!" Y Hassán, a quien estas palabras habían vuelto a la vida de repente, se irguió sobre sus pies, se despidió rápidamente de sus hermanas, besó varias veces a Botón-de-Rosa, y dijo al anciano: "¡Soy tu esclavo!"
Entonces el jeique Abd Al-Kaddús hizo montar a Hassán con él a la grupa del elefante blanco, y habló a la bestia inmensa, que se puso en movimiento. ¡Y rápido cual el granizo que cae, el rayo que hiere y el relámpago que brilla, el gran elefante agitó sus miembros por el viento y echó a volar y se sumergió en las llanuras del espacio, devorando a su paso las distancias!
Y he aquí que en tres días y tres noches de semejante velocidad recorrieron un camino de siete años. Y llegaron a una montaña azul cuyos alrededores todos eran azules, y en medio de la cual había una caverna con la entrada obstruida por una puerta de acero azul. Y el jeique Abd Al-Kaddús llamó a aquella puerta, y salió a abrirle un negro azulado que llevaba en una mano un sable azul y en la otra un escudo de metal azul. Y con una prontitud increíble, el jeique arrebató aquellas armas de las manos del negro, que retiróse al punto para dejarle pasar, y seguido por Hassán, entró en la caverna, cuya puerta cerró detrás de ellos el negro.
Entonces caminaron aproximadamente una milla por una ancha galería en que la luz era azul y las rocas transparentes y azules, y al extremo de la cual se encontraron frente a dos enormes puertas de oro. Y el jeique Abd Al-Kaddús abrió una de aquellas puertas, y dijo a Hassán que le esperara hasta que estuviese de vuelta. Y desapareció en el interior. Pero al cabo de una hora, regresó llevando de la brida a un caballo azul, todo teñido y enjaezado de colores azules, en el cual hizo que montase Hassán. Y abrió entonces la segunda puerta de oro, y ante ellos se desplegó de pronto el espacio azul, y a sus pies una inmensa pradera sin horizonte. Y el jeique dijo a Hassán: "Hijo mío, ¿sigues siempre decidido a partir y a afrontar los peligros sin número que te esperan? ¿O acaso quieres mejor, como yo te aconsejaría, volver sobre tus pasos y regresar al lado de mis sobrinas las siete princesas, que sabrán  consolarte de la pérdida de tu esposa Esplendor?"
Hassán contestó: "¡Mil veces prefiero afrontar los peligros de la muerte a sufrir por más tiempo los tormentos de la ausencia!" El jeique repuso: "Hijo mío Hassán, ¿no tienes una madre para la cual será tu ausencia una fuente inagotable de lágrimas? ¿Y no querrás mejor volver junto a ella para consolarla?" El joven contestó: "¡No volveré al lado de mi madre sin mi esposa y mis hijos!" Entonces le dijo el jeique Abd Al-Kaddús: "¡Pues bien, Hassán; parte bajo la protección de Alah!" Y le entregó una carta en que estaba escrita con tinta azul la dirección siguiente: "Al muy ilustre y muy glorioso jeique de los jeiques, nuestro señor el venerable Padre-de-las-Plumas".
Luego le dijo: "Toma esta carta, hijo mío, y ve adonde te conduzca tu caballo. Llegará a la montaña negra, cuyos alrededores son negros, y se parará delante de una caverna negra. Entonces echarás pie a tierra, y después de haber atado la brida a la silla, dejarás entrar al caballo solo en la caverna. Y esperarás a la puerta, y verás salir a un anciano negro, vestido de negro, y negro por todas partes, excepción hecha de una luenga barba blanca que le baja hasta las rodillas. Entonces le besarás la mano, te pondrás en tu cabeza la orla de su traje, y le entregarás esta carta que te doy para que te sirva de presentación cerca de él. ¡Porque es el jeique Padre-de-las-Plumas! ¡es mi señor y la corona de mi cabeza! ¡Y sólo él puede ayudarte sobre la tierra en tu temeraria empresa! Tratarás, pues, de que te sea propicio, y harás cuanto él te diga que hagas. ¡Uassalam!"
Entonces Hassán se despidió del jeique Abd Al-Kaddús, y espoleó los flancos de su caballo azul, que relinchó y partió como una flecha. Y el jeique Abd Al-Kaddús volvió a la gruta azul. Y durante diez días dejó Hassán que el caballo caminase a su antojo, con tanta velocidad, que no le adelantarían el vuelo de los pájaros ni los remolinos de las tempestades. ¡Y anduvo de tal suerte un trayecto de diez años en línea recta! Y llegó, por último, al pie de una cadena de montañas negras, de cima invisible, que se extendían de Oriente a Occidente. Y conforme se iba acercando a estas montañas, el caballo se puso a relinchar, aflojando su marcha...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 602ª noche

Ella dijo:
"... Y conforme se iba acercando a estas montañas, el caballo se puso a relinchar, aflojando su marcha. Y al instante, de todas partes a la vez, más numerosos que las gotas de lluvia, acudieron unos caballos negros que fueron a olfatear al caballo azul de Hassán y a restregarse contra él. Y Hassán quedó asombrado de su número, y temió que quisiesen estorbarle el camino; pero prosiguió su marcha y llegó a la entrada de la caverna negra que había en medio de rocas más negras que el ala de la noche. Y aquella era precisamente la caverna de que le había hablado el jeique Abd Al-Kaddús. Y se apeó, y tras de haber atado la brida al arzón de la silla, dejó entrar solo a su caballo en la caverna; y se sentó a la puerta, como hubo de ordenarle el jeique.
Pero no habría transcurrido una hora, cuando vió salir de la gruta a un venerable anciano, vestido de negro, y negro él mismo de pies a cabeza, excepción hecha de la luenga barba blanca que le llegaba a la cintura. Era el jeique de los jeiques, el muy glorioso Alí Padre-de-las-Plumas, hijo de la reina Balbis, esposa de Soleimán (¡con todos ellos la paz de Alah y sus bendiciones!). Y Hassán, al verle, se echó a sus pies, poniendo sobre su cabeza la orla del traje del anciano, colocándose así bajo su protección. Luego le presentó la carta de Abd Al-Kaddús. Y el jeique Padre-de-las-Plumas tomó la carta, y sin decir una sola palabra, entró otra vez en la gruta. Y ya comenzaba Hassán a desesperar, como no le veía volver, cuando he aquí que apareció, pero vestido entonces de blanco. E hizo a Hassán señas de que le siguiera, y echó a andar delante de él por la gruta. Y Hassán le siguió, y llegó tras del otro a una inmensa sala cuadrada, pavimentada de pedrerías y cada uno de cuyos cuatro rincones lo ocupaba un anciano vestido de negro y sentado sobre una alfombra, en medio de una cantidad infinita de manuscritos, con un pebetero de oro en que ardían perfumes ante él; y cada uno de aquellos cuatro sabios estaba rodeado por otros siete sabios, discípulos suyos, que copiaban los manuscritos y leían o reflexionaban. Pero cuando entró el jeique Alí Padre-de-las-Plumas, todos aquellos venerables personajes se levantaron en su honor; y los cuatro sabios principales abandonaron sus rincones y fueron a sentarse junto a él en medio de la sala. Y cuando todo el mundo hubo ocupado su sitio, el jeique Alí se encaró con Hassán y le dijo que contara su historia ante aquella asamblea de sabios.
Entonces Hassán, muy emocionado, empezó primero por derramar lágrimas a torrentes; luego, no bien pudo secarlas, con la voz entrecortada por sollozos, se puso a contar toda su historia, desde su rapto, llevado a cabo por Bahram el Gauro, hasta su encuentro con el jeique Abd Al-Kaddús, discípulo del jeique Padre-de-las-Plumas y tío de las siete princesas. Y en tanto que duró el relato, no le interrumpieron los sabios; pero, cuándo hubo concluido, exclamaron todos a una, encarándose con su maestro: "¡Oh venerable maestro! ¡Oh hijo de la reina Balkis! digna de piedad es la suerte de este joven, pues sufre como esposo y como padre. Y quizá podamos contribuir a devolverle esa joven tan bella y esos dos hijos tan hermosos!" Y contestó el jeique Alí: "Venerables hermanos míos, se trata de un asunto de importancia. Y tan bien como yo sabéis vosotros cuán difícil es llegar a las islas Wak-Wak, y cuánto más difícil todavía es volver de ellas. Y ya sabéis toda la dificultad que hay, una vez que se llega a esas islas después de todos los obstáculos salvados, en acercarse a las amazonas vírgenes, guardias del rey de los genn y de sus hijas. En esas condiciones, ¿cómo queréis que Hassán encuentre a la princesa Esplendor, hija de su poderoso rey?" Los jeiques contestaron: ¿"Quién podrá negar que tienes razón venerable padre? ¡Pero ese joven te ha sido recomendado particularmente por nuestro hermano el honorable e ilustre jeique Abd Al-Kaddús, y no puedes por menos de acoger sus intenciones de un modo favorable!"
Y Hassán, por su parte, al oír estas palabras, se arrojó a los pies del jeique, se cubrió la cabeza con la orla del manto del anciano, y abrazándole las rodillas le conjuró a que le devolviera a su esposa y a sus hijos. Y asimismo besó las manos de todos los jeiques, que unieron sus ruegos a los de él, suplicando al maestro de todos, al jeique Padre-de-las-Plumas, que tuviese piedad del infortunado joven. Y el jeique Alí contestó: "¡Por Alah!, que en mi vida vi a ninguno despreciar la existencia tan resueltamente como este joven Hassán! ¡No sabe lo que desea ni lo que le espera este temerario! ¡Pero, en fin, quiero hacer por él cuanto de mí dependa!"
Habiendo hablado así, el jeique Alí Padre-de-las Plumas reflexionó durante una hora de tiempo en medio de sus viejos discípulos respetuosos; luego levantó la cabeza, y dijo a Hassán: "¡Ante todo, voy a darte una cosa que te resguardará en caso de peligro!" Y se arrancó de la barba un mechón de pelos del sitio donde eran más largos, y se los entregó a Hassán, diciéndole...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 603ª noche

Ella dijo:
"... Y se arrancó de la barba un mechón de pelos del sitio donde eran más largos, y se los entregó a Hassán, diciéndole: "¡Esto hago por ti! ¡Si alguna vez te hallaras en medio de un gran peligro, no tienes más que quemar un pelo de este mechón, y al instante iré en socorro tuyo!" Luego alzó la cabeza hacia la bóveda de la sala, y dió una palmada, como para llamar a alguien. Y al punto descendió de la bóveda, presentándose entre sus manos, un efrit entre los efrits alados. Y le preguntó el jeique: "¿Cómo te llamas, ¡oh efrit!?" El efrit dijo: "Tu esclavo Dahnasch ben-Forktasch, oh jeique Alí Padre-de las-Plumas!" Y le dijo el jeique: "¡Aproxímate!" Y el efrit Dahnasch se aproximó al jeique Alí, que acercó su boca al oído del otro y le dijo algo en voz baja. Y el efrit contestó con un movimiento de cabeza que significaba: "¡Está bien!" Y el jeique se encaró con Hassán, y le dijo: "Mira, hijo mío, súbete a la espalda de ese efrit. El te transportará a las regiones de las nubes, y desde allí te bajará a una tierra que es de alcanfor blanco. Y allí ¡oh Hassán! te dejará el efrit, porque no puede llegar más lejos. Y entonces habrás de caminar completamente solo por esa tierra de alcanfor blanco. Y una vez que hayas salido de ella, te encontrarás frente a las islas Wak-Wak. ¡Y allí, Alah proveerá!"
Entonces Hassán besó de nuevo las manos del jeique Padre-de las-Plumas, se despidió de los demás sabios, dándoles las gracias por sus bondades, y se puso a horcajadas sobre los hombros de Dahnasch, que elevose con él por los aires. Y el efrit le llevó a la región de las nubes, y desde allí bajó con él a la tierra de alcanfor blanco, donde hubo de dejarle para desaparecer luego.
Así, ¡oh Hassán, oriundo de Bassra! tú, a quien antaño admiraban en los zocos de tu ciudad natal y hacías volar todos los corazones y pasmarse de tu hermosura a los que te miraban; tú, que viviste dichoso tanto tiempo entre las princesas y suscitaste en sus almas tanta ternura y tanto dolor! he aquí que, impulsado por tu amor a Esplendor, llegas, en alas del efrit, a esta tierra de alcanfor blanco, donde vas a experimentar lo que ninguno antes que tú y ninguno después que tú ha experimentado ni experimentará jamás.
En efecto, cuando el efrit le hubo dejado en aquella tierra, Hassán echó a andar en línea recta por un suelo brillante y perfumado. Y anduvo así mucho tiempo, y acabó por vislumbrar a lo lejos, en medio de una pradera, una especie de tienda. Y se dirigió por aquel lado y acabó por llegar muy cerca de tal tienda. Pero como en aquel momento caminaba por un césped muy espeso, dió con el pie sobre algo que se ocultaba entre la hierba; y lo miró y vió que era un cuerpo blanco como una masa de plata y del tamaño de una de las columnas de la ciudad de Iram. Y he aquí que era un gigante, y la tienda que Hassán veía no era otra cosa que su oreja, la cual le servía de pantalla para el sol. Y al verse despertado así de su sueño, el gigante se levantó rugiendo, y sintió tanta cólera, que se le llenó de aliento el vientre, mientras los esfuerzos tan considerables que para ello realizaba hacían gemir a su trasero; lo que produjo, a manera de trueno, una serie de cuescos extraordinarios que tiraron a Hassán de bruces en tierra, lanzándole por el aire después con los ojos desorbitados de terror. Y antes de que volviese a caer al suelo, el gigante le atrapó al vuelo por el cuello, en el sitio en que la piel es más blanda, y con la fuerza de su brazo le tuvo suspendido en el aire, cual el gorrión en la garra del halcón. Y volteándole con el brazo, se dispuso a aplastarle contra la tierra, pulverizándole los huesos y convirtiendo su longitud en anchura.
Cuando Hassán comprendió lo que le iba a suceder, agitóse con todas sus fuerzas, y exclamó: "¡Ah! ¿quién me salvará? ¡Ah! ¿quién me libertará? ¡Oh gigante, ten piedad de mí!"
Al oír aquellos gritos de Hassán, se dijo el gigante: "¡Alah, que no canta mal este pájaro! Y me gustan sus trinos. ¡Así es que se lo voy a llevar a nuestro rey!" Y le cogió delicadamente por un pie para no hacerle daño, y penetró en una espesa floresta, dentro de la cual, en medio de un claro, aparecía sentado sobre una roca que le servía de trono el rey de los gigantes de la tierra de alcanfor blanco. Y estaba rodeado de sus guardias, que eran cincuenta gigantes de una estatura de cien codos cada uno. Y el que llevaba a Hassán se acercó al rey, y le dijo: "¡Oh rey nuestro! ¡he aquí un pajarillo que he cogido y que te traigo a causa de su hermosa voz! ¡Porque trina de un modo agradable!" Y dió dos golpes en la nariz de Hassán, que no entendía el lenguaje del gigante, creyó que había llegado su última hora, y empezó a temblar, exclamando: "¡Ah! ¿quién me salvará? ¡Ah! ¿quién me libertará?" Al oír aquella voz, el rey se convulsionó y se bamboleó de alegría, y dijo al gigante: "¡Por Alah, que es encantador! ¡Hay que llevárselo en seguida a mi hija para que la divierta!" Y añadió, encarándose con el gigante: "¡Sí! date prisa a meterlo en una jaula y a colgarlo en la habitación de mi hija, junto a su lecho, a fin de que la distraiga con sus cantos y sus trinos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 604ª noche

Ella dijo:
"¡... Sí! ¡Date prisa a meterlo en una jaula y a colgarlo en la habitación de mi hija, junto a su lecho, a fin de que la distraiga con sus cantos y sus trinos!"
Entonces el gigante apresurose a meter a Hassán en una jaula con dos grandes recipientes, uno para la comida y otro para el agua. Y también le puso dos cañas para que pudiera saltar y cantar a su antojo; y le llevó a la habitación de la hija del rey, y le colgó a su cabecera.
Cuando la hija del rey vió a Hassán, quedó encantada de su figura y de sus lindas formas, y se puso a hacerle mil caricias y a mimarle de mil modos. Y le hablaba con una voz muy dulce para domesticarle, aunque Hassán no entendía su lenguaje para nada. Pero, como veía que ella no le quería mal, trató de enternecerla con su destino, llorando y gimiendo. Y la princesa tomaba siempre sus gemidos y suspiros por cánticos armoniosos; y con ello experimentaba un placer extremado. Y acabó por sentir una inclinación extraordinaria hacia él; y no podía pasarse sin él a ninguna hora del día ni de la noche. Y al acercársele, sentía que todo su ser se impresionaba; y no comprendía qué manifestaciones pudieran hacerse con un pájaro tan pequeño. Y con frecuencia le hacía señas y le hablaba por gestos; pero tampoco la entendía él, y estaba muy lejos de adivinar todo el provecho que podría sacarse de una joven tan agraciada, aunque fuese giganta.
Pero un día la hija del rey sacó a Hassán de la jaula para limpiarla y cambiarle de ropa. Y cuando le hubo desnudado, vió ¡oh prodigioso descubrimiento! que no estaba del todo desprovisto de lo que tenían los gigantes de su padre, por más que, en proporción, fuese aquello extremadamente diminuto. Y pensó: "¡Por Alah, que es la primera vez que veo un pájaro con estas cosas!" Y empezó a manosear a Hassán, y a darle vueltas y más vueltas en todos sentidos, maravillándose de lo que por instantes iba descubriendo en él. Y en sus manos Hassán parecía exactamente un gorrión entre las manos del cazador. Y al ver que entre sus manos el cohombro se convertía en calabacino, la joven giganta se echó a reír de tal manera, que se cayó de lado. Y exclamó: "¡Qué pájaro más asombroso! ¡Canta como los pájaros, y se porta con las mujeres tan cumplidamente como los hombres gigantes!"
Y como quería devolverle cumplimiento por cumplimiento, lo oprimió contra ella, y se puso a acariciarle por todas partes, cual si fuese un hombre de veras, haciéndole mil proposiciones, aunque no con palabras, pues un pájaro no podría entenderlas, sino con gestos y hechos, de modo que el pájaro hubo de portarse con ella absolutamente como un gorrión con su gorriona. ¡Y desde aquel momento Hassán se convirtió en el gorrión de la hija del rey!
¡Pero, a pesar de verse agasajado y mimado y acariciado cual un pájaro, y a despecho de lo que experimentaba entre las suntuosidades de la gigantesca hija del rey, y de lo que él le hacía sentir a su vez a ella, y no obstante todo el bienestar con que vivía en su jaula, donde la princesa le encerraba cada vez que había concluido su cosa con él, estaba lejos de olvidar a su esposa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán, y a las islas Wak-Wak, término de su viaje de las cuales sabía que no se encontraba muy distanciado! Y para salir de su apuro, de buena gana hubiera hecho uso del tambor mágico y del mechón de pelos; pero, al cambiarle de ropa, la hija del rey de los gigantes le había dejado sin los objetos preciosos; y por más que los reclamaba por señas y con todos los gestos que se hacen en árabe, no comprendía ella lo que él le pedía, y siempre creía que deseaba la copulación. Con lo cual, cada vez que pedía el tambor, se le respondía con una copulación, y cada vez que reclamaba el mechón de pelos, tenía que efectuar una copulación; sucedió aquello tantas y tantas veces, en verdad, que al cabo de algunos días se quedó el joven en un estado a ningún otro parecido, y ya no se atrevía a hacer un gesto ni la menor seña por temor a la respuesta en acción de la terrible giganta.
¡Eso fué todo!
Y la situación de Hassán no cambiaba; y él se desmejoraba y palidecía en su jaula, sin saber qué partido tomar, cuando un día la giganta, después de caricias más multiplicadas que de ordinario, se adormeció teniéndole oprimido contra ella, y le dejó escaparse. Y al punto precipitóse Hassán al cofre donde estaban sus antiguos efectos, y cogió el mechón de barba, del que hubo de quemar algunos pelos, llamando con el pensamiento al jeique Alí Padre-de-las-Plumas. Y he aquí que...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 605ª noche

Ella dijo:

"... Y al punto precipitóse Hassán al cofre donde estaban sus antiguos efectos, y cogió el mechón de barba, del que hubo de quemar algunos pelos, llamando con el pensamiento al jeique Alí Padre-de-las-Plumas. Y he aquí que retembló el palacio, y de debajo, de tierra surgió el jeique vestido de negro ante Hassán, que se arrojó a sus plantas. Y le preguntó el jeique: "¿Qué quieres, Hassán?" Y el joven le dijo: "¡Por favor, no hagas ruido, que va a despertarse! ¡Y entonces me veré entre sus manos obligado sin remedio a hacer de pájaro!" Y le mostró con el dedo a la giganta dormida. Entonces el jeique le cogió de la mano, y en virtud de su poder oculto, le condujo fuera del palacio. Luego le dijo: "Cuéntame qué te ha sucedido". Y Hassán le contó cuanto había hecho desde su llegada a la tierra de alcanfor blanco, y añadió: "¡Y por Alah, que si hubiese estado un día más junto a esa giganta, se me habría salido el alma por la nariz!"
Y le dijo el jeique: "¡Ya te previne, sin embargo, de lo que tendrías que sufrir! ¡Pero todo eso sólo es el principio! ¡Y además, tengo que decirte, ¡oh hijo mío! por si te decides a volver sobre tus pasos, que  en las islas Wak-Wak no surtirá ya efecto la virtud de mis pelos, y te verás abandonado a tus propios recursos!" Y dijo Hassán: "¡A pesar de todo, es preciso que vaya en busca de mi esposa! ¡Y todavía me queda este tambor mágico, que en caso de peligro podrá servirme para sacarme de apuros!" Y el jeique Alí miró el tambor, y dijo: "¡Oh! ¡lo reconozco! ¡Es el que pertenecía a Bahram el Gauro, uno de mis antiguos discípulos, el único que ha dejado de seguir la vía de Alah! ¡Pero ¡oh Hassán! has de saber que tampoco ese tambor podrá servirte en las islas Wak-Wak, donde se deshacen todos los encantamientos, y donde los genios que habitan la isla no obedecen más que a su rey!" Y dijo Hassán: "¡El que ha de vivir diez años no morirá en el año noveno! ¡Si mi destino es morir en esas islas, no tengo en ello inconveniente! ¡Te suplico, pues, ¡oh venerable jeique de los jeiques! que me digas el camino que debo seguir para ir allá!" Y entonces el jeique Alí, por toda respuesta, le cogió de la mano, y le dijo: "¡Cierra los ojos y ábrelos!" Y Hassán cerró los ojos para abrirlos un instante después. Y había desaparecido todo, lo mismo el jeique Padre-de-las-Plumas que el palacio de la hija del rey y que la tierra de alcanfor blanco. Y se vió en la playa de una isla cuyos guijarros eran piedras preciosas de distintos colores. Y no sabía él si por fin había llegado a las islas tan deseadas.
Pero apenas había tenido tiempo de echar una ojeada a la derecha y otra ojeada a la izquierda, cuando de pronto cayeron sobre él bandadas de pájaros blancos muy grandes, salidos de los guijarros marinos y de la espuma de las olas y que cubrieron el cielo con una nube densa y baja. Y el vuelo enemigo avanzó contra él en remolinos, con un estrépito de picos amenazadores y de alas agitadas; y al mismo tiempo lanzaron todos los gaznates aéreos un grito ronco, mil veces repetido, en el cual Hassán reconoció por fin las sílabas Wak-Wak que daban nombre a las islas. Entonces comprendió que había llegado a aquellas tierras prohibidas, y que las aves de allí le consideraban como un intruso y trataban de rechazarle hacia el mar. Y Hassán corrió a refugiarse en una cabaña que se erguía no lejos de allí, y se puso a reflexionar acerca de las circunstancias.
De improviso oyó gemir la tierra y la sintió temblar bajo sus pies; y escuchó, reteniendo la respiración, y en lontananza vió espesarse otra nube, de la que poco a poco surgieron al sol puntas de lanzas y de cascos, y brillaron armaduras. ¡Las amazonas! ¿Adónde huir? Y el galope furioso se aproximó en un abrir y cerrar de ojos, rápido cual el granizo que cae, cual el relámpago que brilla. Y ante él aparecieron, formadas en cuadro movible y formidable, guerreras montadas en yeguas leonadas como el oro puro, de cola larga, de jarretes vigorosos, con las riendas altas y libres, más veloces que el viento del Norte cuando sopla con violencia por el lado del mar tempestuoso. Y cada una de aquellas guerreras, armadas para el combate, llevaba al costado un sable pesado, una larga lanza en una mano y en la otra una porción de armas que asustaban al verlas; y con sus muslos oprimían cuatro javelinas que mostraban sus cabezas espantables.
Pero, no bien aquellas guerreras divisaron al audaz Hassán de pie en el umbral de la cabaña, pararon en seco sus yeguas encabritadas. Y al dar en el suelo toda la masa de cascos hizo volar por el cielo los  guijarros de la playa y se hundió profundamente en la arena. Y los nasales dilatados de los animales palpitantes se estremecían al mismo tiempo que las aletas de la nariz de las jóvenes guerreras; y las caras descubiertas bajo los yelmos de viseras altas eran hermosas como lunas; y las grupas redondas y pesadas se juntaban y confundían con las grupas leonadas de las yeguas. Y las luengas cabelleras, morenas, rubias, leonadas y negras, se mezclaban ondulantes con las colas y las crines. Y las cabezas de metal y las corazas de esmeralda refulgían al sol cual inmensas joyas y llameaban sin consumirse.
Pero entonces, de en medio de aquel cuadro de luz, se adelantó una amazona más alta que todas las demás...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 606ª noche

Ella dijo:
"... Pero entonces, de en medio de aquel cuadro de luz, se adelantó una amazona más alta que todas las demás, cuyo rostro no estaba descubierto bajo el yelmo, sino completamente oculto con la visera calada, y cuyo pecho de senos firmes relucía bajo la protección de una cota de mallas de oro más apretadas que las alas de las langostas. Y detuvo bruscamente su yegua a algunos pasos de Hassán. Y Hassán, sin saber si sería para él hostil u hospitalaria, comenzó por hundir ante ella la frente en el polvo, levantando luego la cabeza y diciéndole: "¡Oh soberana mía! ¡Soy un extranjero a quien el Destino ha conducido a esta tierra, y me pongo bajo la protección de Alah y bajo tu salvaguardia! ¡No me rechaces! ¡Oh soberana mía! ¡Ten piedad del desdichado que va en busca de su esposa y de sus hijos!"
Al oír estas palabras de Hassán, la jinete se apeó de su caballo, y volviéndose hacia sus guerreras, las despidió con un gesto. Y acercóse a Hassán, que al punto hubo de besarle pies y manos y se llevó a la frente el borde de su manto. Y ella le examinó con atención; luego, levantóse la visera, se mostró a él al descubierto. Y al verla, Hassán lanzó un grito y retrocedió espantado; porque, en lugar de una joven tan bella, por lo menos como las guerreras adolescentes que acababa de ver, tenía ante sí una vieja de feo aspecto, que poseía una nariz tan gorda cual una berenjena, cejas atravesadas, mejillas arrugadas y flácidas, ojos que se injuriaban !oh calamidad! ¡Con lo cual se asemejaba del todo a un cerdo! Así es que Hassán, para no verse obligado a mirar por más tiempo aquel rostro, se tapó los ojos con la orla de su vestido. Y la vieja tomó este gesto por una gran prueba de respeto, persuadiéndose de que Hassán sólo lo hacía para no parecer insolente si la miraba cara a cara; y quedó en extremo conmovida por aquella muestra de respeto, y le dijo: "¡Oh extranjero! calma tu inquietud. ¡Desde este momento estás bajo mi protección! ¡Y te prometo mi auxilio en cuanto necesites! Luego añadió: "¡Pero, ante todo, es preciso que nadie te vea en esta isla! ¡Y a ese fin, aunque estoy impaciente por conocer tu historia, voy a correr a traerte los efectos indispensables para disfrazarte de amazona, con objeto de que en lo sucesivo no se te pueda distinguir entre las jóvenes guerreras vírgenes, guardias del rey y de las hijas del rey!" Y se marchó para volver al cabo de algunos instantes con una coraza, un sable, una lanza, un casco y otras armas en un todo semejantes a las que llevaban las amazonas. Y se las dió a Hassán, que cubriose con ellas. Entonces le cogió de la mano y le condujo a una roca que se alzaba a orillas del mar, y sentándose allá con él, le dijo: "¡Ahora ¡oh extranjero! date prisa a contarme la causa que te ha impulsado hasta estas islas que ningún adamita se atrevió a abordar antes que tú!" Y después de haberle dado las gracias por sus bondades, Hassán contestó: "¡Oh mi señora! ¡mi historia es la de un desdichado que ha perdido el único bien que poseía, y recorre la tierra con la esperanza de encontrarlo!" Y le contó sus aventuras sin omitir un detalle.
Y la vieja amazona le preguntó: "¿Y cómo se llama la joven esposa tuya, y cómo se llaman tus hijos?" El dijo: "¡En mi país mis hijos se llamaban Nasser y Manssur, y mi esposa se llamaba Esplendor! ¡Pero ignoro el nombre que llevan en el país de los genn!" Y acabando de hablar, Hassán se echó a llorar abundantes lágrimas.
Cuando la vieja hubo oído la historia de Hassán y hubo visto su dolor, quedó completamente conquistada por la compasión, y le dijo: "Te juro, ¡oh Hassán! que no se interesaría por su hijo una madre más de lo que yo quiero interesarme por tu suerte. Y puesto que dices que acaso se encuentre tu esposa en medio de mis amazonas, mañana te las haré ver desnudas a todas en el mar. ¡Y después haré que desfilen una por una delante de ti para que me digas si entre ellas reconoces a tu esposa!"
Así habló la vieja Madre-de-las-Lanzas a Hassán Al-Bassri. Y le tranquilizó, afirmándole que, por medio de aquella estratagema, no dejarían de descubrir a la joven Esplendor. Y pasó con él aquel día, y le paseó por la isla, haciéndole admirar todas sus maravillas. Y acabó por quererle con un cariño grande, y le decía: "Cálmate, hijo mío! ¡Te he puesto en mis ojos! ¡Y aunque para tu placer me pidieras a todas mis guerreras, que son jóvenes vírgenes, te las daría de todo corazón amistoso!" Y le contestaba Hassán: "¡Oh mi señora! ¡Por Alah que no te abandonaré hasta que mi alma me abandone!"
Y he aquí que al día siguiente, conforme con su promesa, la vieja Madre-de-las-Lanzas se puso a la cabeza de sus guerreras al son de los tambores. Y disfrazado de amazona, hallábase sentado Hassán en la roca que dominaba el mar. ¡Y de tal modo asemejábase a alguna hija entre las hijas de los reyes! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 607ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que al día siguiente, conforme con su promesa, la vieja Madre-de-las-Lanzas se puso a la cabeza de sus guerreras al son de los tambores. Y disfrazado de amazona, hallábase sentado Hassán en la roca que dominaba el mar. ¡Y de tal modo asemejábase a alguna hija entre las hijas de los reyes!
Entretanto, las jóvenes guerreras se apeaban de sus caballos a una señal de la vieja Madre-de-las-Lanzas que mandaba en ellas, desembarazándose de sus armas y de sus corazas. Y surgieron derechas como husos y brillantes ¡oh delirio de lises y de rosas! cual las lises surgen de sus hojas y las rosas de sus espinas. Y blancas y ligeras, se metieron en el mar. Y la espuma mezclóse con sus cabelleras libres y retorcidas o peinadas y enhiestas como torres. Y las protuberancias de las olas se confundían con las protuberancias de sus grupas vírgenes. Y se creerían corolas deshojadas sobre el agua.
Pero entre tantos rostros de luna y talles flexibles, entre tantos ojos negros y dientes blancos, entre tantas cabelleras de colores distintos y grupas de bendición, por más que miró Hassán no reconoció la  incomparable belleza de su bienamada Esplendor. Y dijo a la vieja: "¡Oh mi buena madre, no está Esplendor entre ellas!"
Y contestó la anciana jinete: "¿Quién sabe, hijo mío? ¡Quizá la distancia no te permita enterarte bien!" Y dió una palmada, y salieron del agua todas las jóvenes y fueron a ponerse en fila sobre la arena, húmedas de pedrerías aún. Y una tras otra, flexibles y ondulantes, pasaron por delante de la roca en que estaba Hassán con la Madre-de-las-Lanzas, sin llevar encima de sí, por toda armadura, más que sus cabellos esparcidos por la espalda, y ataviadas solamente con las joyas de su carne desnuda.
¡A la sazón, ¡oh Hassán! fué cuando viste lo que viste! ¡Oh conejos de todos los colores y de todas las variedades entre los muslos de aquellas jóvenes hijas de reyes! Estabais gordos, érais redondos, estabais rollizos, érais blancos, érais cual cúpula, érais grandes, érais abovedados, érais altos, érais estrechos, érais abombados, estabais cerrados, estabais intactos, érais estrechos, érais cual sargos, érais pesados, érais morrudos, érais mudos, érais cual nidos, estabais sin orejas, érais cálidos, érais cual tiendas, estabais pelados teníais hocicos, érais sordos, estabais escondidos, érais pequeños, estabais hendidos, érais sensibles, érais cual golfos marinos, estabais secos, érais excelentes; pero de ningún modo podríais compararos con la historia de Esplendor.
Así es que Hassán dejó pasar a todas las jóvenes, y dijo a la anciana Madre-de-las-Lanzas: "¡Oh mi señora! ¡Por tu vida sobre mí, que no hay entre todas esas jóvenes ni una sola que de cerca o de lejos se parezca a Esplendor!" Y la vieja guerrera le dijo, asombrada: "¡Entonces, ¡oh Hassán! después de todas las que viste, no quedan más que las siete hijas de nuestro rey! ¡Te ruego, pues, que me des algunas señas por las cuales pueda yo reconocer a tu esposa cuando llegue la ocasión, y descríbemela con sus particularidades! ¡Y retendré tu descripción en la memoria, e informada de ese modo, no dejaré de encontrar a la que deseas!"
Y Hassán contestó: "Describírtela, ¡oh señora! es morir de impotencia; porque ninguna lengua sabría expresar todas sus perfecciones. Pero quiero darte una idea aproximada. Tiene ¡ oh mi señora! un rostro tan blanco cual un día de bendición; una cintura tan fina, que el sol no lograría alargar su sombra en el suelo; una cabellera negra y larga, que cae sobre su espalda como la noche sobre el día; unos senos que agujerean las telas más duras; una lengua cual la de las abejas; una saliva como el agua de la fuente Salsabil; unos ojos como el manantial de Kausar; una fragilidad de rama de jazmín; unos dientes cual granizos; un grano de belleza en la mejilla derecha y un antojo en el ombligo; una boca cual una cornalina, que bebe en copa y jarro; mejillas cual anémonas de Nemán; un vientre elástico y deslumbrador, tan espacioso y tan blanco como una tina de mármol; una grupa más sólida y mejor construida que la cúpula del templo de Iram; muslos vaciados en el molde de la perfección, tan dulces como los días de la reunión tras de la ausencia amarga, entre los cuales se asienta el trono del califa, santuario del reposo y de la embriaguez, y cuyo logogrifo lo describió el poeta así:
¡Mi nombre, objeto de tantos desvelos; se compone de dos letras ramosas! ¡Multiplicad cuatro por cinco y seis por diez y lo obtendréis! (La palabra árabe Koss, el "Kussos" de los griegos, se compone de dos letras, la primera de las cuales, la Kaf, se representa por 20, y la segunda, la Sin, por 60.)
Y cuando hubo dicho estas palabras, Hassán no pudo reprimir por más tiempo sus lágrimas, y se echó a llorar. Luego exclamó: "¡Mi tormento ¡oh Esplendor! es tan amargo como el tormento del derviche que ha perdido su escudilla, o el sufrimiento del peregrino que tiene una herida en el talón, o el dolor del amputado que se ve sin piernas y sin brazos!"
Cuando la anciana amazona hubo oído todo, aquello, bajó la cabeza durante un momento, sumida en profunda reflexión, y luego dijo a Hassán: "¡Qué calamidad! ¡Oh Hassán! ¡Te perderás sin remedio y me perderás contigo! ¡Porque la joven que acabas de describirme es sin duda una de las siete hijas de nuestro poderoso rey! ¡Qué propósitos abrigas y cuán loca es tu audacia! ¡Entre tú y ella hay la distancia que entre la tierra y el cielo, y si persistes en tu deseo, correrás a tu perdición! ¡Escúchame, pues, Hassán! ¡Renuncia a ese proyecto temerario, y no te expongas a rendir tu alma...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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