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33 P1 Historia de Juder el pescador o el saco encantado - primera de tres partes

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33 Historia de Juder el pescador o el saco encantado (de la noche 465 a la 487)





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HISTORIA DE JUDER EL PESCADOR O EL SACO ENCANTADO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había antaño un mercader llamado Omar, que tenía una posteridad de tres hijos: uno se llamaba Salem, el segundo se llamaba Salim y el más pequeño se llamaba Juder. Les educó hasta que llegaron a la edad de hombres; pero como quería a Juder mucho más que a sus hermanos, notaron éstos tal preferencia, se apoderó de ellos la envidia y detestaron a Juder. Así es que, cuando el mercader Omar, que era hombre cargado ya de años, notó a su vez el odio  que sus dos hijos mayores tenían al hermano, temió que a su muerte hiciesen sufrir a Juder. Congregó, pues, a los miembros de su familia y a algunos hombres de ciencia, así como a diversas personas que por orden del kadí se ocupaban de las sucesiones, y les dijo: "¡Que traigan todos mis bienes y todas las telas de mi tienda!" Y cuando se lo llevaron todo, dijo: "¡Dividid estos bienes y estas telas en cuatro partes, como manda la ley!" Y lo dividieron en cuatro partes. Y el anciano dio a cada uno de sus hijos una parte, guardó para sí la cuarta parte, y dijo: "Esa era toda mi fortuna y se la he repartido en vida para que nada tengan que reclamarme ni reclamarse entre ellos y no disputen a mi muerte. ¡En cuanto a la cuarta parte que me reservé, será para mi esposa, la madre de mis hijos, a fin de que con ella pueda atender a sus necesidades!"
Y he aquí que poco tiempo después murió el anciano; pero sus hijos Salem y Salim no quisieron contentarse con el reparto que se había hecho, y reclamaron a Juder parte de lo que le había tocado, diciéndole: "¡La fortuna de nuestro padre fué a parar a tus manos...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.


Y cuando llegó la 466ª noche

Ella dijo:
"¡... La fortuna de nuestro padre fue a parar a tus manos!"
Y Juder se vio obligado a recurrir en contra de ellos a los jueces y a hacer comparecer a los testigos musulmanes que habían asistido al reparto y que dieron fe de lo que sabían; así es que el juez prohibió a los dos hermanos mayores que tocaran el patrimonio de Juder. Pero los costos del proceso hicieron perder a Juder y a sus hermanos parte de lo que poseían. Aquello, sin embargo, no impidió que estos últimos conspiraran contra Juder, el cual se vio obligado a apelar una vez más en contra de ellos a los jueces; y de nuevo el pleito les hizo gastar a los tres una buena parte de su peculio en las costas. Pero no cejaron en sus propósitos, y fueron a un tercer juez, y luego al cuarto, y así sucesivamente, hasta que los jueces se comieron toda la herencia, y los tres quedaron tan pobres que no tenían ni una moneda de cobre para comprarse un panecillo y una cebolla.
Cuando los dos hermanos Salem y Salim se vieron en aquel estado, como ya no podían reclamar nada a Juder, que estaba tan miserable como ellos, conspiraron contra su madre, a la que engañaron y despojaron después de maltratarla. Y la pobre mujer fué llorando en busca de su hijo Juder, y le dijo: "¡Tus hermanos me han hecho tal y cual cosa! ¡Y me han privado de mi parte de herencia!" Y empezó a proferir imprecaciones contra ellos.
Pero Juder le dijo:
"¡Oh madre mía! ¡no lances contra ellos imprecaciones! ¡Porque ya se encargará Alah de tratar a cada cual según sus actos! Por lo que a mí respecta, no quiero denunciarles al kadí y a los demás jueces, porque los procesos exigen dispendios, y en juicios perdí todo mi capital. Vale más, pues, que nos resignemos al silencio ambos. Después de todo, ¡oh madre! no tienes más que venirte a vivir conmigo y te cederé el pan que yo coma. Encárgate tú ¡oh madre mía! de hacer votos por mí, y Alah me concederá lo necesario para mantenerte.
En cuanto a mis hermanos, déjales, que ya recibirán del Juez Soberano la recompensa por su acción, y consuélate con estas palabras del poeta:
¡Si te oprime el insensato, sopórtale con paciencia; y no cuentes para vengarte, más que con el tiempo!
¡Pero evita la tiranía! ¡porque si una montaña oprimiera a otra montaña, sería rota a su vez por otra más sólida que ella y volaría hecha trizas!
Y Juder siguió prodigando a su madre palabras de consuelo, acariciándola y calmándola, y consiguió así aliviarla y decidirla a que se fuera a vivir con él. Y para ganarse el sustento, se procuró una red de pesca, y todos los días se iba a pescar al Nilo, en Bulak, a los estanques grandes o a otros sitios en que hubiese agua; y de aquel modo sacaba una ganancia de diez monedas de cobre unas veces, de veinte, otras, de treinta otras; y se lo gastaba todo en su madre y en sí mismo; así es que comían bien y bebían bien.
En cuanto a sus dos hermanos, no poseían nada; ni oficio, ni venta, ni compra. Abrumábanles la miseria, la ruina y todas las calamidades; y como no tardaron en disipar lo que habían arrebatado a su madre, quedaron reducidos a la más miserable condición, y se convirtieron en dos mendigos desnudos que carecían de todo. Así es que se vieron obligados a recurrir a su madre y a humillarse ante ella hasta el extremo, y a quejársele del hambre que les torturaba. ¡Y el corazón de una madre es compasivo y piadoso! Y conmovida de su miseria, su madre les daba los mendrugos que sobraban y que con frecuencia estaban mohosos; y les servía también las sobras de la comida de la víspera, diciéndoles: "¡Comed pronto y marchaos antes de que vuelva vuestro hermano, pues al veros aquí se disgustará y se le endurecerá el corazón en contra mía, con lo que me comprometeréis ante él!"
Y se daban prisa ellos a comer y a marcharse. Pero un día entre los días, entraron en casa de su madre, que, como de costumbre, les sacó manjares y pan para que comiesen; y entró de pronto Juder. Y la madre se quedó muy avergonzada y bastante confusa; y temiendo que se enfadase con ella, bajó la cabeza, con miradas muy humildes para su hijo. Pero Juder lejos de mostrarse contrariado sonrió a sus hermanos, y les dijo: '¡Bienvenidos seáis, oh hermanos míos! ¡ Y bendita sea vuestra jornada! ¿Pero qué os ocurrió para que al fin os hayáis decidido a venir a vernos en este día de bendición?" Y se colgó a su cuello, y les abrazó con efusión, diciéndoles: "¡En verdad que hicisteis mal en dejarme languidecer así con la tristeza de no veros! ¡No vinisteis nunca a mi casa para saber de mí y de vuestra madre!" Ellos contestaron: "¡Por Alah! ¡oh hermano nuestro! también nos hizo languidecer el deseo de verte; y no nos ha alejado de ti más que la vergüenza por lo que hubo de pasar entre nosotros y tú. ¡Pero henos aquí ya en extremo arrepentidos! ¡Sin duda aquella fué obra de Satán (¡maldito sea por Alah el Exaltado!), y ahora no tenemos otra bendición que tú y nuestra madre!"
Y Juder, muy conmovido con estas palabras, les dijo: "¡Y yo no tengo otra bendición que vosotros dos, hermanos míos!" Entonces la madre se encaró con Juder, y le dijo: "¡Oh hijo mío, blanquee Alah tu rostro y aumente tu prosperidad, pues eres el más generoso de todos nosotros, ¡oh hijo mío!" Y dijo Juder: "¡Bienvenidos seáis y venid conmigo! ¡Alah es generoso, y en la morada hay abundancia!" Y acabó de reconciliarse con sus hermanos, que cenaron en su compañía y pasaron la noche en su casa.
Al día siguiente almorzaron todos juntos, y Juder, cargado con su red, se marchó confiando en la generosidad del Abridor, mientras sus dos hermanos se iban por otra parte y permanecían ausentes hasta mediodía para volver a comer con su madre. En cuanto a Juder, no volvía hasta la noche llevando consigo carne y verduras compradas con su ganancia del día. Y así vivieron durante el transcurso de un mes, pescando Juder peces para venderlos y gastar el producto con su madre y sus hermanos, que comían y triunfaban.
Pero un día entre los días...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

Y cuando llegó la 467ª noche

Ella dijo:
"... Pero un día entre los días, Juder echó su red al río, y cuando la recogió, la encontró vacía; la echó por segunda vez, y la recogió vacía; entonces dijo para sí: "¡No hay pescado en esta parte!" Y cambió de sitio, y echando su red, la recogió vacía de nuevo. Cambió de sitio por segunda vez, por tercera vez, y así sucesivamente, desde por la mañana hasta por la noche, sin conseguir pescar ni un solo gobio. Entonces exclamó: "¡Oh prodigios! ¿No habrá ya peces en el agua? ¿O será otra cosa la causa de ello?" Y como caía la tarde, se cargó la red a la espalda y regresó muy apenado, muy triste, apesadumbrándose y preocupándose por sus hermanos y su madre, sin saber cómo iba a arreglarse para darles de cenar; y de tal suerte pasó por delante de una panadería, donde tenía costumbre de entrar a comprar el pan para la noche. Y vio a la muchedumbre de clientes que con el dinero en la mano se apretujaban para comprar pan, sin que el panadero se fijase en él. Y Juder se apartó tristemente, mirando a los compradores y suspirando. Entonces le dijo el panadero: "¡La bienvenida sobre ti, oh Juder! ¿Necesitas pan?" Pero Juder guardó silencio. El panadero le dijo: "¡Aunque no traigas dinero encima, llévate lo que necesites, y ya me lo pagarás!"
Y Juder le dijo entonces: "¡Dame pan por valor de diez monedas de cobre, y quédate con mi red en prenda!" Pero contestó el panadero: "No, ¡oh pobre! tu red es la puerta de tu ganancia, y si me quedara yo con ella, te cerraría la puerta de la subsistencia. ¡He aquí, pues, los panes que sueles comprar! Y he aquí la parte mía de diez monedas de cobre, por si acaso las necesitas. ¡Y mañana ¡ya Juder! me traerás pescado por valor de veinte monedas de cobre!"
Y contestó Juder: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y después de dar al panadero muchas gracias, cogió el pan y las diez monedas de cobre, con las cuales fué a comprar carne y verduras, diciéndose: "¡Mañana el Señor me procurará los medios de desquitarme, y disipará mis preocupaciones!" Y volvió a su casa, y su madre hizo la cena como de ordinario. Y Juder cenó y se fue a dormir.
Al día siguiente cogió su red y se preparó para salir; pero le dijo su madre: "¡Qué ¿te vas sin comer el pan que tomas por la mañana?!" El contestó: "Cómetelo tú con mis hermanos, ¡oh madre!" Y se fue al río, donde echó su red por primera, segunda y tercera vez, cambiando de sitio varias veces, y llegó la hora de la plegaria de la siesta sin que pescase nada. Entonces recogió su red y regresó desolado en extremo; y como no había otro camino para dirigirse a su casa, se vio obligado a pasar por delante de la panadería, y al verle el panadero le contó diez nuevos panes y diez monedas de cobre, y le dijo: "¡Toma eso y vete! ¡Y mañana llegará lo que la suerte ha decidido que no llegue hoy!" Y Juder quiso excusarse; pero el panadero le dijo: "No tienes para qué disculparte conmigo, ¡oh pobre! ¡Si hubieras pescado algo, ya me habrías pagado! ¡Y si no pescas nada mañana, ven sin vergüenza aquí, porque tienes crédito a plazo ilimitado!"
Tampoco al día siguiente pescó Juder nada en absoluto, y una vez más se vio obligado a presentarse en casa del panadero; y tuvo la misma mala suerte durante siete días seguidos, al cabo de los cuales se le puso muy angustiado el corazón, y dijo para sí: "Hoy voy a ir a pescar al lago Karún. ¡Acaso encuentre mi destino allí!"
Fue, pues, al lago Karún, situado no lejos de El Cairo, y se disponía a echar su red, cuando vio ir hacia él a un moghrabín montado en una mula. Iba vestido con un traje extraordinariamente hermoso, y tan envuelto estaba en su albornoz y en su pañuelo de la cabeza, que no se le veía más que un ojo. También la mula estaba cubierta y enjaezada con tisú de oro y sedas, y a la grupa llevaba unas alforjas de lana de color.
Cuando el moghrabín estuvo junto a Juder, se apeó de su mula, y dijo: "¡La zalema contigo, ¡oh Juder! ¡Oh hijo de Omar!" Y contestó Juder: "¡Y contigo la zalema, ¡oh mi señor peregrino!" El moghrabín dijo: "¡Oh, Juder, te necesito! ¡Si quieres obedecerme, alcanzarás grandes ventajas y una ganancia inmensa, y serás mi amigo, y arreglarás todos mis asuntos!"
Juder contestó: "¡Oh mi señor peregrino! dime ya lo que estás pensando, y te obedeceré en seguida!" Entonces le dijo el moghrabín: "¡Empieza, pues, por recitar el capítulo liminar del Korán!" Y Juder recitó con él la fatiha del Korán.
Entonces le dijo el moghrabín: "¡Oh, Juder, hijo de Omar! Vas a atarme los brazos con estos cordones de seda lo más sólidamente que puedas! Después de lo cual me arrojarás al lago y esperarás algún tiempo. Si ves aparecer por encima del agua una mano mía antes que mi cuerpo, echa en seguida tu red y sácame con ella a la orilla; pero si ves aparecer un pie mío fuera del agua, sabe que habré muerto. No te inquietes por mí ya entonces, coge la mula con las alforjas y ve al zoco de los mercaderes, donde encontrarás a un judío llamado Schamayaa. ¡Le entregarás la mula, y te dará él cien dinares, con los cuales te irás por tu camino!
¡Pero has de guardar el secreto de todo esto!...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 468ª noche

Ella dijo:
"... ¡Pero has de guardar el secreto de todo esto!" Entonces contestó Juder: "¡Escucho y obedezco!" Y ató los brazos al moghrabín, que le decía: "¡Más fuerte todavía!" Y cuando acabó la cosa, lo levantó y lo tiró al lago. Luego esperó algunos instantes para ver qué pasaba.
Pero al cabo de cierto tiempo vió de pronto surgir del agua los dos pies del moghrabín.
Entonces comprendió que había muerto el hombre, y sin inquietarse más por él cogió la mula y fue al zoco de los mercaderes, donde, efectivamente, vio sentado en una silla, a la puerta de su tienda, al consabido judío, que exclamó al ver la mula: "¡No hay duda! ha perecido el hombre!" Luego prosiguió: "¡Ha sido víctima de la codicia!" Y sin añadir una palabra, tomó de manos de Juder la mula, y le contó cien dinares de oro, recomendándole que guardara el secreto. Juder cogió, pues, el dinero del judío, y se apresuró a ir en busca del panadero, al cual tomó el pan de costumbre, y dándole un dinar, le dijo: "¡Esto es para pagarte lo que te debo, oh mi amo!" Y el panadero echó la cuenta, y le dijo: "¡Todavía con lo que sobra, tienes pagado en mi casa el pan de dos días!"
Juder le dejó y fue en busca del carnicero y del verdulero, y dándoles un dinar a cada uno, les dijo: "¡Dadme lo que necesito y quedaos con el resto del dinero a cuenta de lo que compre más adelante!" Y compró carne y verduras y lo llevó todo a su casa, donde encontró a sus hermanos con mucha hambre y a su madre que les decía que tuviesen paciencia hasta la vuelta del hermano. Entonces dejó ante ellos las provisiones, sobre las cuales se precipitaron como ghuls, y empezaron por devorar todo el pan mientras se hacía la comida.
Al día siguiente, antes de marcharse, Juder entregó a su madre todo el oro que tenía, diciéndole: "¡Guárdalo para ti y para mis hermanos, a fin de que nunca carezcan de nada!"
Y cogió su red de pesca, y volvió al lago Karún; y ya iba a comenzar su trabajo, cuando vio avanzar hacia él a un segundo moghrabín que se parecía al primero e iba vestido con más riqueza y montado en una mula: "¡La zalema contigo, oh Juder, hijo de Omar!"
El pescador contestó: "¡Y contigo la zalema, oh mi señor peregrino!"
El otro dijo: "¿Viste ayer a un moghrabín montado en una mula como ésta?" Pero Juder, que tenía miedo que le acusaran por la muerte del hombre, se dijo que valdría más negar absolutamente, y contestó: "¡No, no vi a nadie!"
El segundo moghrabín sonrió y dijo: "¡Oh pobre Juder! ¿Acaso no sabes que no ignoro nada de lo que ha pasado? ¡El hombre a quien tiraste al lago y cuya mula vendiste al judío Schamayaa por cien dinares es mi hermano! ¿Por qué intentas negar?"
El pescador contestó: "Si sabías todo eso, ¿para qué me lo preguntas?"
El otro dijo: "Porque necesito ¡oh Juder! que me hagas el mismo servicio que a mi hermano". Y sacó de sus alforjas preciosas unos cordones gordos de seda, que entregó a Juder, diciéndole:
"¡Atame todo lo sólidamente que puedas y arrójame al agua! ¡Si ves salir mi pie antes que nada, es que habré muerto! Entonces cogerás la mula y se la venderás al judío por cien dinares!" Juder contestó: "¡Acércate, entonces!"
Y se acercó el moghrabín y Juder le ató los brazos, y levantándolo en alto lo tiró al fondo del lago.
Y he aquí que al cabo de algunos instantes vio salir del agua dos pies. Y comprendió que había muerto el moghrabín y se dijo:
"¡Ha muerto! ¡Que no vuelva y quédese con su calamidad! ¡Inschalah! ¿Vendrá a mí cada día un moghrabín para que le tire al agua, haciéndome ganar cien dinares?
Y cogió la mula y se fue en busca del judío, que exclamó al verle: "¡Ha muerto el segundo!"
Juder contestó: ¡Ojalá viva tu cabeza!" Y añadió el judío: "¡Esa es la recompensa de los ambiciosos!" Y se quedó con la mula y dio cien dinares a Juder, que volvió con su madre y se los entregó. Y le preguntó su madre: "¿Pero de dónde sacas tanto dinero, ¡oh hijo mío!?" Entonces le contó él lo que le había pasado; y su madre le dijo muy asustada: "¡No debes volver al lago Karún! ¡Tengo miedo que los moghrabines te acarreen alguna desgracia!"
El contestó: "¡Pero si los tiro al agua con su consentimiento! ¡oh madre! Además, ¿por qué no hacerlo, si el oficio de ahogador me reporta cien dinares diarios? ¡Por Alah! ¡que ahora quiero ir todos los días al lago Karún hasta que con mis manos ahogue al último de los moghrabines y no quede la menor señal de moghrabines!"
Al tercer día, pues, volvió Juder al lago Karún, y en el mismo instante vio llegar a un tercer moghrabín, que se parecía asombrosamente a los dos primeros, pero que les superaba aún en la riqueza de sus vestidos y en la hermosura de los jaeces con que estaba adornada la mula en que montaba; y detrás de él, en cada lado de las alforjas, había un bote de cristal con su tapadera. Se acercó aquel hombre a Juder, y le dijo: "¡La zalema contigo, oh, Juder, hijo de Omar!"
El pescador le devolvió la zalema, pensando: "¿Cómo me conocerán y sabrán mi nombre todos?"
El moghrabín le preguntó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente


Cuando llegó la 469ª noche

Ella dijo:
"... El moghrabín le preguntó: "¿Has visto pasar moghrabines por aquí?" El pescador contestó: "¡Dos!" El otro preguntó: "¿Por dónde han ido?" El pescador dijo: "¡Les até los brazos y les tiré a este lago, en  donde se ahogaron! ¡Y si te conviene seguir su suerte, puedo hacer contigo lo mismo!"
Al oír estas palabras, el moghrabín se echó a reír y contestó: "¡Oh, pobre! ¿No sabes que toda vida tiene fijado de antemano su término?"
Y se apeó de su mula, y añadió tranquilamente: "¡Oh Juder, deseo que hagas conmigo igual que hiciste con ellos!" Y sacó de sus alforjas unos cordones gordos de seda y se los entregó; y le dijo Juder: "¡Entonces deja que te coja las manos para atártelas a la espalda; y date prisa, porque estoy muy atareado y el tiempo apremia! ¡Por lo demás, estoy muy al corriente del oficio, y puedes tener confianza en mi habilidad de ahogador!"
Entonces el moghrabín le presentó los brazos. Juder se los ató a la espalda; luego lo levantó en alto y lo arrojó al lago, en donde le vió hundirse y desaparecer. Y antes de marcharse con la mula, esperó a que saliesen del agua los pies del moghrabín; pero con gran sorpresa por su parte, vió que surgían del agua las dos manos precediendo a la cabeza y al moghrabín entero, que le gritó: "¡No sé nadar! ¡Cógeme en seguida con tu red, oh pobre!" Y Juder le echó la red y consiguió sacarle a la orilla. A la sazón vió en las manos de aquel hombre, sin que lo hubiese notado antes, dos peces de color rojo como el coral, un pez en cada mano. Y el moghrabín se apresuró a coger de su mulo los dos botes de cristal, metió un pez en cada bote, los tapó, y colocó de nuevo los botes en las alforjas. Tras de lo cual volvió hacia Juder, y cogiéndole en brazos, se puso a besarle con mucha efusión en la mejilla derecha y en la mejilla izquierda; y le dijo: "¡Por Alah! ¡Sin ti no estaría vivo yo ahora, y no hubiera podido atrapar estos dos peces!" ¡Eso fué todo!
Y he aquí que Juder, que estaba inmóvil de sorpresa, acabó por decirle: "¡Por Alah, oh mi señor peregrino! ¡Si verdaderamente crees que intervine algo en tu liberación y en la captura de esos peces, cuéntame pronto, como única prueba de gratitud, lo que sepas con respecto de los dos moghrabines ahogados, y la verdad acerca de los dos peces consabidos y acerca del judío Schamayaa el del zoco!"
Entonces dijo el moghrabín:
"¡Oh Juder! Sabe que los dos moghrabines que se ahogaron eran hermanos míos. Uno se llamaba Abd Al-Salam y el otro se llamaba Abd Al-Abad. En cuanto a mí me llamo Abd Al-Samad. Y el que tú crees judío no tiene nada de judío, pues es un verdadero musulmán del rito malekita; su nombre es Abd Al-Rahim, y también es hermano nuestro. Y he aquí ¡ya Juder! que nuestro padre, que se llamaba Abd Al-Wadud, era un gran mago que poseía a fondo todas las ciencias misteriosas, y nos enseñó a sus cuatro hijos la magia, la hechicería y el arte de descubrir y abrir los tesoros más ocultos. Así es que hubimos de dedicarnos incesantemente al estudio de esas ciencias en las que logramos alcanzar tal grado de sabiduría, que acabamos por someter a nuestras órdenes a los genn, a los mareds y a los efrits.
"Cuando murió nuestro padre, nos dejó muchos bienes y riquezas inmensas. Entonces nos repartimos equitativamente los tesoros que nos dejó, los talismanes y los libros de ciencia; pero no nos pusimos de acuerdo sobre la posesión de ciertos manuscritos. El más importante de aquellos manuscritos era un libro titulado Anales de los Antiguos, verdaderamente inestimable de precio y de valor, que ni siquiera podría pagarse con su peso en pedrerías. Porque en él se encontraban indicaciones precisas acerca de la solución de los enigmas y los signos misteriosos. Y en aquel manuscrito precisamente había agotado nuestro padre toda la ciencia que poseía.
"Cuando comenzaba a acentuarse entre nosotros la discordia, vimos entrar en nuestra casa a un venerable jeique, el mismo que había educado a nuestro padre y le había enseñado la magia y la adivinación. Y aquel jeique, que se llamaba El Profundísimo Cohén, nos dijo: "¡Traedme ese libro!" Y le llevamos los Anales de los Antiguos, que cogió él y nos dijo: "¡Oh hijos míos, sois hijos de mi hijo, y no puedo favorecer a uno de vosotros en detrimento de los demás! ¡Es necesario, pues, que aquel de vosotros que desee poseer este libro vaya a abrir el tesoro llamado Al-Schamardal, y me traiga la esfera celeste, la redomita de kohl, el alfanje y el anillo, que todos estos objetos contiene el tesoro! ¡Y son extraordinarias sus virtudes! En efecto, el sello está guardado por un genni, cuyo sólo nombre da miedo pronunciarlo: se llama el Efrit Trueno-Penetrante. Y el hombre que se haga dueño de este anillo, puede afrontar sin temor el poderío de los reyes y sultanes; y cuando quiera podrá ser el dominador de la tierra en todo lo que tiene de ancha y larga. Quien posea el alfanje, podrá destruir a su albedrío ejércitos sin más que blandirlo, pues al punto saldrán de él llamas y relámpagos, que reducirán a la nada a todos los guerreros. Quien posea la esfera celeste, podrá viajar a su antojo por todos los puntos del universo sin molestarse ni cambiar de sitio, y visitar todas las comarcas de Oriente a Occidente. Para ello, le bastará tocar con el dedo el punto adonde quiere ir y las regiones que desea recorrer, y la esfera empezará a dar vueltas, haciendo desfilar ante sus ojos todas las cosas interesantes del país en cuestión, así como sus pobladores, todo cual si lo tuviese entre las manos. Y si a veces está quejoso de la hospitalidad de los indígenas de cualquier país o el recibimiento que le dispensó una ciudad entre las ciudades, le bastará dirigir el sol hacia el punto en que se encuentra la región enemiga, e inmediatamente será la tal presa de las llamas y arderá con todos sus habitantes. En cuanto a la redomita de kohl, quien se frota los párpados con el kohl que contiene, ve al instante todos los tesoros ocultos en la tierra. ¡Ya lo sabéis! Así, pues, el libro no le pertenecerá de derecho más que a quien realice la empresa; y quienes fracasen, no podrán hacer reclamación ninguna. ¿Aceptáis estas condiciones?" Contestamos: "Las aceptamos, ¡oh jeique de nuestro padre! ¡Pero no sabemos nada relativo a ese tesoro de Schamardal!" Entonces nos dijo: "Sabed, hijos míos, que el tal tesoro de Schamardal se encuentra...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 470ª noche

Ella dijo:
"... Sabed, hijos míos, que el tal tesoro de Schamardal se encuentra bajo la dominación de los dos hijos del rey Rojo. En otro tiempo vuestro padre trató de apoderarse de ese tesoro; pero para abrirlo era necesario apoderarse antes de los hijos del rey Rojo. Y he aquí que en el momento en que vuestro padre iba a ponerles la mano encima, se escaparon y fueron a arrojarse, transformados en peces rojos, al fondo del lago Karún, en las proximidades de El Cairo. Y como aquel lago estaba también encantado, por mucho que hizo vuestro padre no pudo atrapar a los dos peces. Entonces fué a buscarme y se me quejó de la ineficacia de sus tentativas. Y enseguida hice yo mis cálculos astrológicos y saqué el horóscopo; y descubrí que aquel tesoro de Schamardal no podía abrirse más que con ayuda y en presencia de un joven de El Cairo llamado Juder ben-Omar, pescador de oficio. Se encontrará el tal Juder a orillas del lago Karún. Y el encanto de ese lago no puede romperse más que por el propio Juder, que deberá atar los brazos a aquel cuyo destino sea bajar al lago; y le tirará al agua. Y el que se  arroje allí tendrá que luchar contra los dos hijos encantados del rey Rojo; y si tiene la suerte de vencerlos y apoderarse de ellos, no se ahogará, y sobrenadará por encima del agua su mano antes que nada. ¡Y le recogerá Juder con su red! ¡Pero el que perezca, sacará del agua antes que nada los pies, y deberá ser abandonado!"
"Al oír estas palabras del jeique Profundísimo Cohén, contestamos: «¡Ciertamente, intentaremos la empresa, aun a riesgo de perecer!' Sólo nuestro hermano Abd Al-Rahim no quiso intentar la aventura, y nos dijo: "¡Yo no quiero!" Entonces le decidimos a que se disfrazara de mercader judío; y juntos convinimos en enviarle la mula y las alforjas para que se las comprase al pescador, dado caso de que pereciéramos en nuestra tentativa.
"Por lo demás, ya sabes ¡oh Juder! lo ocurrido. ¡Mis dos hermanos perecieron en el lago, víctimas de los hijos del rey Rojo! Y también yo creí sucumbir a mi vez luchando contra ellos cuando me tiraste al lago, pero gracias a un conjuro mental, logré desembarazarme de mis ligaduras, romper el encanto invencible del lago y apoderarme de los dos hijos del rey Rojo, que son estos dos peces color de coral que me has visto encerrar en los botes de mis alforjas. Y he aquí que esos dos peces encantados, hijos del rey Rojo son nada menos que dos efrits poderosos; y merced a su captura, por fin voy a poder abrir el tesoro de Schamardal.
"¡Pero para abrir el tal tesoro, es absolutamente necesario que estés presente, porque el horóscopo sacado por El Profundísimo Cohén predecía que la cosa no podría hacerse más que a tu vista!
"¿Quieres, pues, ¡oh Juder! consentir en ir conmigo al Maghreb, a un paraje situado cerca de Fas y Miknas, para ayudarme a abrir el tesoro de Schamardal? ¡Y te daré todo lo que pidas! ¡Y serás por siempre mi hermano en Alah! ¡Y después de ese viaje, regresarás entre tu familia con el corazón jubiloso!"
Cuando Juder hubo oído estas palabras, contestó: "¡Oh mi señor peregrino, tengo pendientes de mi cuello a mi madre y a mis hermanos! ¡Y soy yo el encargado de mantenerles! Así, pues, si consiento en  marcharme contigo, ¿quién les dará el pan para alimentarse?" El moghrabín contestó: "¡Te abstienes sólo por pereza! ¡Si verdaderamente no te impide partir más que la falta de dinero y el cuidado de tu madre, estoy dispuesto a darte ya, mil dinares de oro para que subsista tu madre mientras tú vuelves, que será al cabo de una ausencia de cuatro meses apenas!" Al oír lo de los mil dinares, Juder exclamó: "¡Dame ¡oh peregrino! los mil dinares para que vaya a llevárselos a mi madre y parta luego contigo!" Y el moghrabín le entregó al punto los mil dinares, y el pescador fué a dárselos a su madre, diciéndole: "¡Toma estos mil dinares para tus gastos y los de mis hermanos, porque me marcho con un moghrabín a hacer un viaje de cuatro meses al Maghreb! Y haz votos por mí durante mi ausencia, ¡oh madre! y tu bendición me colmará de beneficios". Ella contestó: "¡Oh hijo mío, cómo me va a hacer languidecer de tristeza tu ausencia! ¡Y qué miedo tengo por ti!"
El joven dijo: "¡Oh madre mía! ¡nada hay que temer por quien está bajo la guarda de Alah! ¡Además, el moghrabín es un buen hombre!" Y le elogió mucho el moghrabín. Y su madre, le dijo: "¡Incline Alah hacia ti el corazón de ese moghrabín de bien! ¡Vete con él, hijo mío! ¡Acaso sea generoso contigo!"
Entonces Juder dijo adiós a su madre y se fué en busca del moghrabín.
Y al verle llegar el moghrabín le preguntó: "¿Consultaste a tu madre?" Juder contestó: "¡Sí, por cierto, e hizo votos por mí y me bendijo!" Díjole el otro: "¡Sube detrás de mí a la grupa!" Y Juder montó a lomos de la mula detrás del moghrabín, y de aquel modo viajó desde mediodía hasta media tarde.
Y he aquí que el viaje despertó un gran apetito en Juder, que tenía mucha hambre...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 471ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que el viaje despertó un gran apetito en Juder, que tenía mucha hambre. Pero como no veía provisiones en el saco de viaje, dijo al moghrabín: "¡Oh mi señor peregrino, me parece que se te olvidó de coger víveres para comer durante el viaje!" El otro contestó: "¿Acaso tienes hambre?" Juder dijo: "¡Ya lo creo! ¡Ualah!" Entonces el moghrabín paró la mula, echó pie a tierra seguido de Juder, y dijo a éste: "¡Dame el saco!"
Y cuando le dio el saco Juder, le preguntó: "¿Qué anhela tu alma, oh hermano mío?" Juder contestó: "¡Cualquier cosa!" El moghrabín dijo: "¡Por Alah sobre ti, dime qué quieres comer!" Juder contestó: "¡Pan y queso!" El otro sonrió, y dijo: "¿Nada más que pan y queso, ¡oh pobre!? ¡Verdaderamente, es poco digno de tu categoría! ¡Pídeme, pues, algo excelente!"
Juder contestó: "¡En este momento todo lo encontraría excelente!" El moghrabín le preguntó: "¿Te gustan los pollo asados?" Juder dijo: "¡Ya Alah! ¡Sí!" El otro le preguntó: "Te gusta el arroz con miel?" Juder dijo: "¡Mucho!" El otro le preguntó: "¿Te gustan las berenjenas rellenas? ¿Y las cabezas de pájaros con tomate? ¿Y las cotufas con perejil y las colocasias? ¿Y las cabezas de carnero al horno? ¿Y los buñuelos de harina de cebada rebozados? ¿Y las hojas de vid rellenas? ¿Y los pasteles? ¿Y ésta y aquella cosa y la de más allá?" Y enumeró así hasta veinticuatro platos distintos, en tanto que Juder pensaba: "¿Estará loco? Porque, ¿de dónde va a sacar los platos que acaba de enumerarme, si no hay aquí cocina ni cocinero? ¡Voy a decirle que ya basta en verdad!" Y dijo al moghrabín: "¡Basta! ¿Hasta cuándo vas a estar haciéndome desear esos diferentes manjares sin mostrarme ninguno?"
Pero contestó el moghrabín: "¡La bienvenida sobre ti, ¡oh Juder!" Y metió la mano en el saco, y extrajo de él un plato de oro con dos pollos asados y calientes; luego metió la mano por segunda vez, y sacó un  plato de oro con chuletas de cordero, y uno tras otro, sacó exactamente los veinticuatro platos que había enumerado.
Estupefacto quedó Juder al ver aquello. Y le dijo el moghrabín: Come, pobre amigo mío!" Pero exclamó Juder: "¡Ualah! ¡oh mi señor peregrino! sin duda has colocado en ese saco una cocina con sus utensilios y cocineros!" El moghrabín se echó a reír, y contestó: Oh Juder, este saco está encantado! ¡Lo sirve un efrit que, si quisiéramos nos traería al instante mil manjares indios y mil manjares chinos!"
Y exclamó Juder: "¡Oh, qué hermoso saco, y qué prodigios contiene y qué opulencia!" Luego comieron ambos hasta saciarse, y tiraron lo que les sobró de la comida. Y el moghrabín guardó otra vez en el saco los platos de oro; luego metió la mano en el otro bolso de las alforjas, y sacó una jarra de oro llena de agua fresca y dulce.
Y bebieron e hicieron sus abluciones y recitaron la plegaria de la tarde, metiendo después la jarra en el saco junto a uno de los botes, poniendo el saco a lomos de la mula y montando en la mula ellos para  continuar su viaje.
Al cabo de cierto tiempo, el moghrabín preguntó a Juder: "¿Sabes ¡oh Juder! el camino que hemos recorrido desde El Cairo hasta aquí?" Juder contestó: "¡Por Alah, que no lo sé!" El otro dijo: "En dos horas hemos recorrido exactamente un trayecto que exige un mes de camino, por lo menos!" Juder preguntó: "¿Y cómo es eso?"
El otro dijo: "¡Sabe oh Juder que esta mula que montamos es nada menos que una gennia entre los genn. En un día suele recorrer el trayecto de un año de camino; pero hoy va despacio, al paso, para que no te fatigues".
Y así prosiguieron su camino hacia el Maghreb; y todos los días, por la mañana y por la tarde, el saco atendía a todas las necesidades; y Juder no tenía más que desear un manjar, aunque fuera el más complicado y el más extraordinario, para encontrarlo al punto en el fondo del saco, completamente guisado y servido en un plato de oro.
Y de tal suerte, al cabo de cinco días llegaron al Maghreb y entraron en la ciudad de Mas y Miknas.
Y he aquí que todos los transeúntes que se encontraban a lo largo de las calles conocían al moghrabín, y le deseaban la zalema o iban besarle la mano, hasta que llegaron a la puerta de una casa, donde se apeó el moghrabín para llamar. Y enseguida se abrió la puerta y en el umbral apareció una joven absolutamente como la luna, y bella esbelta cual una gacela sedienta, que les sonrió con una sonrisa de bienvenida.
Y el moghrabín le dijo, paternal: "¡Oh Rahma, hija mía! Date prisa a abrirnos la sala principal del palacio!" Y contestó la joven Rahma: "¡Sobre la cabeza y sobre los ojos!" Y los precedió al interior del palacio, balanceando sus caderas. Y Juder perdió la razón; y dijo para sí: "¡No cabe duda! ¡Esta joven es, indiscutiblemente, la hija de un rey!"
En cuanto al moghrabín, comenzó primero por coger del lomo de la mula el saco, y dijo: "¡Oh, mula, vuélvete al sitio de donde viniste! ¡Y Alah te bendiga!"
Y he aquí que de pronto se abrió la tierra y recibió en su seno a la mula para cerrarse sobre ella inmediatamente.
Y exclamó Juder: "¡Oh, Protector! ¡Loores a Alah, que nos libró de tal cosa y veló por nosotros mientras estuvimos a lomos de esta mula!" Pero el moghrabín dijo: "¿Por qué te asombras, ¡oh Juder!? ¿No te previne que era una gennia entre los efrits? ¡Pero démonos prisa a entrar en el palacio y a subir a la sala principal!"
Y siguieron a la joven.
Cuando Juder hubo penetrado en el palacio, quedó deslumbrado...
En este momento de su narración, Schherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 472ª noche

Ella dijo:
"... Cuando Juder hubo penetrado en el palacio, quedó deslumbrado por el esplendor y la multitud de riquezas que encerraba y por la hermosura de las arañas de plata y las lámparas de oro, así como la profusión de pedrerías y metales. Y una vez sentados en la alfombra, el moghrabín dijo a su hija: "¡Ya Rahma, ve a traernos el paquete de seda que sabes!" Y al punto echó a correr la joven, volviendo con el paquete consabido, y se lo dio a su padre, que lo abrió y sacó de él un traje que valía mil dinares por lo menos, y dándoselo a Juder, le dijo: "¡Póntelo, ¡oh Juder! y bienvenido seas como huésped aquí!" Y Juder se vistió con aquella ropa, y quedó tan espléndido que parecía un rey entre los reyes de los árabes occidentales.
Tras de lo cual, el moghrabín, que tenía ante sí el saco, metió la mano en él y sacó multitud de platos, que colocó en el mantel puesto por la joven, y no se detuvo en su tarea mientras no hubo alineado de aquel modo cuarenta platos de color diferente y con manjares diferentes. Luego dijo a Juder: "Extiende la mano y come, ¡oh mi señor! y dispénsanos por lo poco que te servimos; porque verdaderamente aún no sabemos tus gustos y preferencias sobre manjares. ¡No tienes más que decir lo que quieres mejor y lo que anhela tu alma, y te lo presentaremos sin tardanza!" Juder contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señor peregrino! que me gustan todos los manjares, sin excepción, y ninguno me repugna! ¡No me interrogues, pues, acerca de mis preferencias y ponme todo lo que te parezca! ¡Porque lo único que sé es comer, y eso es lo que más me gusta en el mundo! ¡Ya sabes que tengo buen diente!"
Y comió mucho aquella noche, y también los demás días, sin que nunca viese salir humo de la cocina. Porque no tenía el moghrabín más que meter su mano en el saco, pensando en un manjar, y al punto lo sacaba en un plato de oro. Y lo mismo ocurría con las frutas y las cosas de repostería. Y de tal suerte vivió Juder en el palacio del moghrabín durante veinte días, cambiando de traje todas las mañanas; y cada traje era más maravilloso que el anterior.
Por la mañana del vigésimo primer día, fue a buscarle el moghrabín, y le dijo: "¡Levántate, oh Juder! ¡Hoy es el día fijado para la apertura del tesoro de Schamardal!" Y Juder se levantó y salió con el moghrabín. Y cuando llegaron extramuros de la ciudad, aparecieron de pronto dos mulas, en las que se montaron ellos, y dos esclavos negros que echaron a andar detrás de las mulas. Y caminaron de aquel modo hasta mediodía, en que llegaron a orillas de un río; y el moghrabín echó pie a tierra, y dijo a Juder: "¡Apéate!" Y cuando se hubo apeado Juder, el otro hizo una seña con la mano a los dos negros, diciéndoles: "¡Vamos! Los dos negros se llevaron las mulas, que desaparecieron, volviendo luego los esclavos cargados con una tienda de campaña y una alfombra y pusieron dentro alrededor los cojines y las almohadas. Tras de lo cual aportaron el saco y los dos botes en que estaban encerrados los dos peces de color de coral. Después extendieron el mantel y sirvieron una comida de veinticuatro platos que sacaron del saco. Tras de lo cual desaparecieron.
Entonces levantose el moghrabín, colocó ante él encima de un taburete los dos botes, y se puso a murmurar sobre ellos fórmulas mágicas y conjuros, hasta que empezaron a gritar ambos peces dentro: "¡Henos aquí! ¡Oh, soberano mago, ten misericordia de nosotros!" Y continuaron suplicándole en tanto que formulaba él los conjuros.
De pronto estallaron a la vez y volaron en pedazos ambos botes, mientras aparecían frente al moghrabín dos personajes que decían, con los brazos cruzados humildemente: "¡La salvaguardia y el perdón, oh poderoso adivino! ¿Qué intención abrigas para con nosotros?"
El moghrabín contestó: "¡Mi intención es estrangularos y quemaros a menos que me prometáis abrir el tesoro de Schamardal!" Los otros dijeron: "¡Te lo prometemos y abriremos para ti el tesoro! Pero es absolutamente preciso que hagas venir aquí a Juder, el pescador de El Cairo. ¡Porque está escrito en el libro del Destino que el tesoro no puede abrirse más que en presencia de Juder! ¡Y nadie puede entrar en el lugar en que se encuentra el tal tesoro, no siendo Juder, hijo de Omar!" El moghrabín contestó: "¡Ya he traído al individuo de quien habláis!
¡Aquí mismo está presente! ¡Este es! ¡Os está viendo y oyendo!" Y los dos personajes miraron a Juder con atención, y dijeron: "¡Ya están salvados todos los obstáculos y puedes contar con nosotros! ¡Te lo juramos por el Nombre!" Así es que el moghrabín les permitió marcharse adonde tenían que ir. Y desaparecieron en el agua del río.
Entonces el moghrabín cogió una gruesa caña hueca, encima de la cual colocó dos láminas de cornalina roja, y encima de estas dos láminas puso un braserillo de oro lleno de carbón, soplándolo una sola vez. Y al punto encendió el carbón y hubo de tornarse brasa ardiente. A la sazón el moghrabín esparció incienso sobre las brasas, y dijo: "¡Oh Juder, ya se eleva el humo del incienso, y en seguida voy a recitar los conjuros mágicos de la apertura! ¡Pero como una vez comenzados los conjuros no podré interrumpirlos sin riesgo de anular los poderes talismánicos, voy antes a instruirte acerca de lo que tienes que hacer para lograr el fin que nos hemos propuesto al venir al Maghreb!" Y contestó Juder: "¡Instrúyeme, oh mi señor soberano!"
Y el moghrabín dijo: "¡Sabe, oh Juder! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

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