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30 P1 Historia de Rosa-en-el-cáliz y Delicia-del-mundo - primera de dos partes

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30 Historia de Rosa-en-el-cáliz y Delicia-del-mundo (de la noche 399 a la 414)





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Historia de Rosa-en-el-caliz y de Delicia-del-mundo
Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:
Cuentan que, en la antigüedad del tiempo y el pasado de las épocas y de las edades, había un rey muy ilustre lleno de poderío y de gloria. Tenía un visir llamado Ibrahim, cuya hija era una maravilla de gracia y de belleza, superando a todas en elegancia y perfección, y estaba dotada de una inteligencia notable y de maneras notoriamente exquisitas. Además, le gustaban en extremo las reuniones animadas y el vino que da alegría, sin que desdeñase los semblantes lindos, los versos en cuanto de más refinado tienen y las historias extraordinarias. Atesoraba en sí tantas delicadas delicias, que atraía enamorados de ella a los corazones y a las cabezas, como le dijo cierta vez uno de los poetas que le cantaron:
¡Estoy prendado de la seductora! ¡Encantadora de turcos y árabes, conoce todas las finuras de la jurisprudencia, de la sintaxis y de las bellas letras!
Así es que cuando discutimos ambos acerca de estas cosas, he aquí lo que me dice a veces la maligna:
"¡Yo soy agente pasivo, y tú te obstinas en ponerme en el caso indirecto! ¿Por qué? ¡En cambio, dejas siempre en el acusativo a tu régimen, cuya misión es ser activo, y jamás le otorgas el signo de la erección!"
Yo le digo: "¡No sólo te pertenece mi régimen, ¡oh mi señora! sino también mi vida y toda mi alma! Pero no te asombres ya de este trueque de papeles. Hoy cambiaron los tiempos y se trastornaron las cosas.
No obstante, si a pesar de lo que te digo no quieres creer en tal cambio, ¡no dudes más y mira mi régimen! ¿No has notado que el nudo de la cabeza lo tiene en la cola?"
Y esta joven era tan exquisita, tan dulce y de una belleza tan viva, que la llamaban Rosa-en-el-Cáliz...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 400ª noche

Ella dijo:
... Y esta joven era tan exquisita, tan dulce y de una belleza tan viva, que la llamaban Rosa-en-el-Cáliz.
El rey, a quien gustaba mucho que estuviera ella a su lado en los festines, por lo bien dotada que se hallaba de finura de ingenio y distinción, tenía por costumbre dar todos los años grandes fiestas, y con esta ocasión aprovecharse de la presencia en palacio de los principales personajes de su reino para jugar con ellos a la pelota.
Cuando llegó el día en que los invitados del rey se reunían con motivo de este juego de pelota, Rosa-en-el-Cáliz se sentó a su ventana para disfrutar del espectáculo. Enseguida empezó a animarse el juego, y la hija del visir, que seguía con la vista a los jugadores y observaba sus movimientos, divisó entre ellos a un joven infinitamente hermoso, de rostro encantador, de dientes sonrientes, de cintura breve y de anchos hombros. Al verle, experimentó tal placer que no pudo hartarse de contemplarle ni dejar de lanzarle ojeadas repetidas. Acabó por llamar a su nodriza, y le preguntó: "¿Sabes el nombre de ese joven exquisito, tan lleno de distinción, que está en medio de los jugadores?" La nodriza contestó: "¡Oh hija mía, todos son hermosos! No sé de cuál quieres hablar". La joven dijo: "¡Espera, que voy a enseñártelo!"
Y cogió al punto una manzana y se la arrojó al joven, que se volvió y levantó la cabeza en dirección a la ventana. Vió entonces a Rosa-en-el-Cáliz, sonriente y bella como la luna llena al iluminar las tinieblas; y de repente, sin tener tiempo de separar de allí ya su mirada, se sintió extremadamente conmovido de amor; y recitó estos versos del poeta:
¿Quién punzó mi corazón enamorado? ¿Fue el arquero o la flecha de tus pupilas?
¿De dónde vienes tan veloz, flecha acerada? ¿De la muchedumbre de guerreros o de una ventana simplemente?
Rosa-en-el-Cáliz preguntó a su nodriza: "Y ahora, ¿puedes ya decirme el nombre de ese joven?"
La nodriza contestó: "Se llama Delicia-del-Mundo". Al oír tales palabras, la joven echó atrás la cabeza con placer y emoción, dejóse caer en el diván, gimió profundamente e improvisó estas estrofas:
No ha tenido por qué arrepentirse quien te llamó Delicia-del-Mundo, ¡oh tú que unes una delicadeza exquisita de modales a todas las cualidades excelentes!
¡Oh naciente luna llena! ¡Oh rostro brillante que alumbras el universo e iluminas el mundo!
¡Entre todas las criaturas, eres el único sultán de la belleza! ¡Y tengo testigos que me den la razón!
¿No es tu ceja la letra nun, perfectamente trazada? ¿No se asemeja la almendra de tu ojo a la letra sad, escrita por los dedos amorosos del Creador?
¡Y tu cintura! ¿No es la joven, la tierna rama flexible que toma todas las formas deseables?
Si ya tu intrepidez ¡oh jinete! sobrepujó al valor de los más fuertes, ¿qué no diré de tu gracia superior y de tu hermosura?

Terminada esta improvisación, Rosa-en-el-Cáliz cogió una hoja de papel y transcribió los versos cuidadosamente. La dobló luego y la metió en una bolsita de seda bordada en oro, la cual escondió debajo del cojín del diván.
Y he aquí que la vieja nodriza, que había observado estos diversos movimientos de su señora, se puso a charlar con ella de unas cosas y de otras hasta que la dejó dormida. Entones sacó cuidadosamente de debajo del cojín la hoja de papel, la leyó, y convencida de la pasión que sentía Rosa-en-el-Cáliz, la colocó en el mismo sitio. Luego, cuando se despertó la joven, le dijo: "¡Oh mi señora, soy para ti la mejor y más tierna de las consejeras! Debo, pues, decirte cuán violenta es la pasión de amor, y prevenirte de que cuando se concentra en un corazón sin poder expansionarse, lo derrite aunque sea de acero, y produce en el cuerpo muchas enfermedades y deformidades. ¡Por el contrario, si la persona que sufre de este mal de amor se lo revela a otra, tal cosa sólo alivio ha de proporcionarle!"
Al oír estas palabras de su nodriza, Rosa-en-el-Cáliz dijo: "¡Oh nodriza! ¿conoces un remedio para el amor?" La nodriza contestó: "Lo conozco. ¡Consiste en poseer a la persona amada!" La joven preguntó: "¿Y qué hacer para conseguir esa posesión?" La nodriza dijo: "¡Oh mi señora! por el pronto basta con cambiar cartas llenas de palabras dulces, de salutaciones y de cumplimientos; porque tal es el medio mejor a que para reunirse recurren dos amigos, y lo primero que hay que hacer para resolver dificultades y prevenir complicaciones. Así, pues ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 401ª noche

Ella dijo:
"... Así, pues, ¡oh mi señora! en caso de que ocultes en tu corazón alguna cosa, no temas confiármela; porque si es un secreto lo guardaré intacto de toda divulgación ¡y nadie como yo sabrá servirte con sus ojos y su cabeza para satisfacer tus menores deseos y llevar discretamente tus misivas!"
Cuando Rosa-en-el-Cáliz hubo oído estas palabras de su nodriza, sintió que la alegría le arrebataba la razón; pero retuvo en su alma cualquier palabra imprudente que revelase la causa de la turbación que la agitaba, diciendo para sí: "Nadie conoce todavía mi secreto; y para mayor seguridad, más vale no informar de nada a esta mujer mientras no posea pruebas ciertas de su fidelidad".
Pero ya añadía la nodriza: "¡Oh hija mía! la noche última vi a un hombre que se me apareció en sueños y me dijo: "¡Has de saber que tu joven señora y Delicia-del-Mundo están enamorados uno de otro, y a ti te incumbe favorecer la aventura y encargarte de sus misivas, haciéndoles toda clase de servicios con gran discreción, si quieres disfrutar tranquilamente una porción de ventajas!" Yo ¡oh mi señora! te cuento lo que he visto. ¡Tú serás ahora quien decida!"
Rosa-en-el-Cáliz contestó: "¡Oh nodriza! ¿te sientes verdaderamente capaz de callar secretos?" La nodriza dijo: "¿Cómo puedes dudarlo ni un instante, cuando soy una esencia entre las esencias de los corazones selectos?"
Entonces ya no dudó la joven, exhibiéndole el papel en que había escrito los versos y se lo entregó, diciéndole: "¡Date prisa a llevar esto a Delicia-del-Mundo y a traerme la respuesta!" La nodriza se levantó al punto y se presentó en casa de Delicia-del-Mundo, empezando por besarle la mano para luego cumplimentarle con las expresiones más amables y corteses. Tras de lo cual le entregó el billete.
Delicia-del-Mundo desdobló el papel y lo leyó. Luego, cuando se enteró bien del contenido, escribió al dorso de la hoja los versos siguientes:
¡Exaltado por el amor, late mi corazón apasionadamente, y en vano trato de contener su ímpetu tumultuoso! ¡El estado en que me hallo descubre mis sentimientos!
Si mis lágrimas se desbordan, le digo a mi censor: "¡Es porque tengo los ojos malos!" Así creo engañarle acerca del verdadero motivo, ocultándole mis intimidades.
¡Libre aún ayer de toda ligadura y con el corazón tranquilo, yo ignoraba el amor! ¡Y he aquí que me despierto con el corazón dominado por el amor!
¡Voy a revelaros mi estado y a contaros mi cuita de amor, a fin de que vuestro corazón se compadezca del desgraciado que arde de pasión y a quien tortura la suerte!
¡Con las lágrimas de mis ojos trazo aquí este lamento, para con ello daros una prueba del amor a que obedece!
¡Preserve Alah de toda asechanza a un rostro que la belleza se encargó de cubrir con su velo, y ante el cual se inclina la luna, honrándole las estrellas cual esclavas!
¡Como hermosura, no he visto nada parecido! ¡Oh, su talle! ¡Las flexibles ramas aprenden a ondular viéndolo balancearse!
¡Ahora, si no os fastidia, me atrevo a suplicaros que vengáis a verme! ¡Oh, eso tiene para mí un valor muy grande!
¡No me resta ya más que haceros don de mi alma, con la esperanza de que acaso la aceptéis! ¡Vuestra llegada será para mí el Paraíso, y la Gehenna vuestra repulsa!
Después de escribir lo anterior, dobló la hoja, la besó y se la entregó a la nodriza, diciéndole: "¡Madre mía, cuento con tu bondad para predisponer en mi favor la voluntad de tu señora!" Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!" Cogió el billete y volvió a toda prisa al lado de su señora, a quien se lo entregó.
Al tomar el billete, Rosa-en-el-Cáliz se lo llevó a los labios y luego a la frente, lo desdobló y lo leyó.
Y cuando se hubo enterado bien de su contenido, escribió debajo los siguientes versos:
¡Oh tú cuyo corazón se prendó de nuestra belleza, no te arrepientas de unir la paciencia al amor! ¡Tal vez sea un medio de llegar a poseernos!
¡Cuando hemos advertido que tu amor era sincero y que tu corazón sufrió los mismos tormentos que nuestro corazón, Ssntimos un deseo igual a tu deseo de vernos por fin unidos; pero nos retuvo el temor a nuestros guardianes!
¡Sabe que, al descender sobre nos la noche llena de tinieblas, se exalta tanto nuestro ardor, que se encienden hogueras en nuestras entrañas!
¡Las tiránicas torturas del deseo que nos llama a ti ahuyentan de nuestra cama el sueño entonces, y de nuestro cuerpo se apodera el dolor!
¡Pero no olvides que el primer deber de los enamorados es ocultar a los demás su amor! ¡Guárdate, pues, de descorrer ante extrañas miradas el velo que nos protege!
¡Y ahora quiero gritar que mis entrañas se hallan rebosando amor a cierto jovenzuelo! ¡Oh! ¿por qué no se quedó para siempre en nuestra morada?
Cuando acabó de escribir estos versos...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 402ª noche

Ella dijo:
... Cuando acabó de escribir estos versos, dobló el papel y se lo entregó a la nodriza, que lo cogió y salió del palacio. Pero quiso el Destino que se encontrase precisamente con el chambelán del visir, padre de Rosa-en-el-Cáliz, que le preguntó: "¿Adónde vas así a esta hora?" A estas palabras se sintió ella presa de una turbación extremada, y contestó: "¡Al hammam!" Y continuó su camino, pero tan turbada, que dejó caer, sin advertirlo, el billete mal guardado en un pliegue de su cinturón. ¡Y esto en cuanto a ella!
Pero por lo que respecta al billete caído a tierra cerca de la puerta del palacio, lo recogió uno de los eunucos, que apresuróse a llevárselo al visir.
Y he aquí que precisamente el visir acababa de salir de su harén y había entrado en la sala de recepción para sentarse en su diván. Y mientras permaneció sentado de tal guisa tan tranquilo, el eunuco se adelantó con el billete consabido en la mano y le dijo: "Mi señor, acabo de encontrar por el suelo en la casa este billete, que me he apresurado a recoger". El visir se lo arrebató de las manos, lo desdobló, y vio escritos allí los versos en cuestión. Los leyó, y cuando se penetró de su sentido, examinó la letra, que le pareció ser, sin género de duda, la de su hija Rosa-en-el-Cáliz.
Al ver aquello, se levantó y fue en busca de su esposa, madre de la joven, llorando tan abundantemente, que se mojó con lágrimas toda la barba.
Y le preguntó su esposa: "¿Qué te impulsa a llorar de esa manera, ¡oh mi dueño!?" El contestó: "¡Toma este papel y mira lo que dice!" Cogió ella el papel, lo leyó, y se dio cuenta que había correspondencia entre su hija Rosa-en-el-Cáliz y Delicia-del-Mundo. Al averiguarlo, acudieron a sus ojos las lágrimas; pero torturó su alma sin llorar, y dijo al visir: "Oh mi señor, de ninguna utilidad serán las lágrimas, y la única idea excelente consiste en imaginar la manera de poner a salvo tu honor y ocultar el enredo en que se ha metido tu hija!" Y siguió consolándole y mitigándole las penas. El contestó: "¡Mucho me aflige por mi hija esa pasión! ¿No sabes que el sultán experimenta por Rosa-en el-Cáliz una afección muy grande? Así es que mi temor en este asunto obedece a dos causas: primero por lo que me concierne, pues que se trata de mi hija; después por lo que afecta al sultán, ya que Rosa-en-el-Cáliz es la favorita del sultán, y pueden originarse de ahí graves complicaciones. ¿Y qué opinas tú de todo esto?"
Ella contestó: "¡Espera un poco, para darme tiempo a que pronuncie la plegaria que me ha de iluminar en cuanto al partido que debe tomarse!" Y al punto colocose en actitud de orar, según el rito y la Sunna, ejecutando las prácticas piadosas prescritas para tal caso".
Terminada la plegaria, dijo a su esposo: "Has de saber que en medio del mar llamado Bahr Al-Konuz hay una montaña que se llama la Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-su-hijo. Nadie puede arribar a ese paraje más que con dificultades infinitas. Te aconsejo, pues, que instales allí una vivienda para tu hija".
Conforme en este punto con su esposa, el visir resolvió hacer que se construyera en aquella Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-su-hijo un palacio inaccesible, en el cual confinaría a Rosa-en-el-Cáliz, cuidando de surtirla de provisiones para un año, que se renovaría a principios del año siguiente, y dándole un séquito que la hiciere compañía y la sirviese.
Una vez que hubo tomado semejante resolución, el visir congregó a carpinteros, albañiles y arquitectos y los mandó a aquella montaña, donde no dejaron de edificar un palacio inaccesible y tal como no se había visto otro en el mundo.
Entonces el visir hizo preparar las provisiones para el viaje, organizó la caravana, y penetró de noche en las habitaciones de su hija, ordenándola que se pusiera en marcha. Ante una orden así, Rosa-en-el-Cáliz sintió con violencia las angustias de la separación, y cuando salió del palacio y se dio cuenta de los preparativos del viaje, no pudo menos de llorar con un llanto abundante. Con objeto de informar a Delicia-del-Mundo del ardor amoroso que pasaba por ella, capaz por lo violento de estremecer la piel, fundir las rocas más duras y hacer desbordarse las lágrimas, se le ocurrió entonces escribir sobre la puerta los versos siguientes:
¡Oh casa! ¡Si a la mañana pasase el ser amado, saludando con señas amorosas,
Devuélvele de parte nuestra un saludo delicioso y perfumado, porque no sabemos adónde nos llevará la suerte esta noche!
¡Ni yo misma sé hacia qué lugares me transporta el viaje, pues me conducen de prisa, y con equipaje reducido!
¡Vendrá la noche, y un pájaro oculto en los ramajes anunciará con sus endechas moduladas la noticia de nuestro triste destino!
Dirá con su lenguaje: "¡Qué dolor! ¡Cuán cruel es separarse de quien se ama!"
¡Y cuando vi ya llenas las copas de la separación y a la suerte dispuesta a ofrecérnoslas a pesar nuestro, he gustado con resignación el amargo brebaje! ¡Pero la resignación ¡ay! no podrá nunca procurarme el olvido!
Cuando trazó sobre la puerta estos versos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 403ª noche

Ella dijo:
... Cuando trazó sobre la puerta estos versos, se colocó en su palanquín, y la caravana se puso en marcha. Franquearon llanuras y desiertos, terrenos uniformes y montes accidentados, y llegaron de tal suerte al mar de Al-Konuz, a la orilla del cual armaron sus tiendas; y construyeron un gran navío, en el que hicieron embarcarse con su séquito a la joven.
Y como el visir había dado orden a los conductores de la caravana de que cuando dejasen a la joven confinada en el palacio enclavado en la cima de la montaña volviesen a la playa y destruyesen el navío, se guardaron muy mucho de desobedecer, y ejecutaron puntualmente la misión que se les encargó, para regresar luego a presencia del visir, llorando por todo aquello. ¡Y he aquí cuanto a ellos se refiere!
Pero respecto a Delicia-del-Mundo, cuando se despertó al día siguiente no dejó de hacer su oración matinal y de montar a caballo para ponerse al servicio del sultán, como de costumbre. Al pasar por la puerta del visir, advirtió los versos escritos en ella, y al leerlos creyó perder el sentido, y se encendió el fuego en sus entrañas trastornadas. Volvióse entonces a su casa, donde no pudo estarse quieto ni un momento, presa de la impaciencia, de la inquietud y de la agitación.
Luego, al caer la noche, temeroso de revelar su estado a la servidumbre, se apresuró a salir, vagando a la ventura por los caminos, perplejo y hosco.
Anduvo de tal modo toda la noche y parte de la mañana siguiente, hasta que el calor intenso y la sed torturadora le obligaron a descansar algo. Y he aquí que precisamente había llegado al borde de un arroyo sombreado por un árbol, y se sentó allí y cogió agua en el hueco de las manos. Pero al llevar a sus labios esta agua no le encontró sabor ninguno; al mismo tiempo sintió que se le demudaba el semblante y se le ponía amarillo el color; y vió que tenía los pies hinchados por la marcha y el cansancio.
Entonces se echó a llorar copiosamente, y con las mejillas empapadas de lágrimas recitó estos versos:
¡Se embriaga el enamorado con el amor de su amigo, y aumenta su embriaguez la intensidad de sus deseos!
¡La locura de su amor le hace vagar exaltado y frenético; no halla en ninguna parte asilo; no tiene gusto ninguno en alimentarse!
¿Cómo puede encontrar alegría el enamorado, viviendo lejos de su amiga? ¡Ah! ¡sería prodigioso!
¡Derretido estoy desde que el amor habita en mí; y torrentes de llanto me lavan las mejillas!
¡Oh! ¿cuándo veré al amigo o a alguien de su tribu que traiga un poco de calma a este torturado corazón?
Cuando hubo recitado estos versos, Delicia-del-Mundo lloró hasta mojar la tierra; luego se levantó y alejóse de aquellos parajes. Caminando de tal manera, desolado por llanuras y desiertos, vio de pronto ante sí un león de hirsuta crin, formidable cuello, cabeza enorme como una cúpula, fauces más anchas que una puerta y dientes parecidos a colmillos de elefante. Al verlo no dudó ni por un momento de su perdición; se volvió en dirección a la Meca, pronunció su acto de fe y se preparó a morir.
Pero en aquel preciso instante acordóse de pronto de haber leído antaño en los libros antiguos que el león era sensible a la dulzura de las palabras, se complacía con las adulaciones, y de este modo se dejaba amansar fácilmente. Entonces empezó a decirle: "¡Oh león de las selvas! ¡oh león de las llanuras! ¡oh león intrépido! ¡oh jefe temido de los bravos! ¡oh sultán de los animales! ¡delante de tu grandeza tienes a un pobre enamorado aniquilado por la separación y con la mente enloquecida, a quien la pasión redujo hasta este extremo! ¡Escucha mis palabras y apiádate de mi perplejidad y mi dolor!"
Cuando el león hubo oído este discurso, retrocedió unos pasos, se sentó, levantó la cabeza mirando a Delicia-del-Mundo, y púsose a jugar con su cola y sus patas delanteras.
Al ver aquellos movimientos del león, Delicia-del-Mundo recitó estos versos:
¡Oh león del desierto! ¿vas a matarme antes de que encuentre a quien me ató el corazón?
¡Oh, no soy caza preciada, ni siquiera gorda, porque consumido está mi cuerpo por la pérdida del amigo, y tengo el corazón devastado!
¿Qué harás con un muerto a quien sólo el sudario falta?
¡Oh león tumultuoso en la refriega!
¡Si me maltratas, alegrarás con ello a los que me envidian!
¡No soy más que un pobre enamorado anegado en lágrimas, con el corazón oprimido por la ausencia del amigo!
¿Qué ha sido del amigo? ¡Oh tristes pensamientos de mis noches inquietas!
¡He aquí que no sé si mi vida se debate en la nada!
Cuando el león hubo oído estos versos, se levantó ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 404ª noche

Ella dijo:
... Cuando el león hubo oído estos versos, se levantó, y con los ojos llenos de lágrimas, avanzó con mucha dulzura hacia Delicia-del-Mundo, poniéndose a lamerle pies y manos con la lengua. Tras de lo cual hízole señas de que le siguiera y echó a andar delante de él.
Delicia-del-Mundo siguió al león, y caminaron ambos de tal suerte durante cierto tiempo. Después de escalar una montaña alta y descender por la vertiente, vieron en la llanura huellas de la caravana. Entonces Delicia-del-Mundo empezó a seguir con atención aquellas huellas, y al verle ya sobre la pista, el león le dejó que continuase solo sus pesquisas y volvió pies atrás para emprender de nuevo su camino.
En cuanto a Delicia-del-Mundo, continuó siguiendo día y noche las huellas de la caravana, y de tal suerte llegó a orillas del mar rugiente, de olas tumultuosas, donde los pasos se perdían en el agua. Comprendió entonces que la caravana habíase embarcado y había proseguido por el mar su ruta, y perdió toda esperanza de encontrar a su bienamada.
A la sazón dejó correr sus lágrimas y recitó estos versos:
¡Muy lejos está la amiga ahora, y mi paciencia llega al límite!
¿Cómo ir en pos de ella por los abismos del mar?
¿Cómo resignarme cuando están consumidas mis entrañas, y el insomnio sustituyó al sueño de mis ojos?
¡Desde que abandonó las moradas y nuestra tierra, mi corazón está inflamado!
¡Y qué llama le inflama!
¡Oh grandes ríos Seyhún, Jeyhún y tú, Eufrates! ¡Cual vosotros corren ya mis lágrimas!
¡Corren y se desbordan con más intensidad que los diluvios y las lluvias!
¡De tanto como los golpean esos torrentes de lágrimas, se me han ulcerado los párpados, y se incendió mi corazón al contacto de tantas chispas!
¡Las hordas de mi pasión y de mis deseos han salido al asalto de mi corazón!
¡Y el ejército de mi paciencia quedó vencido y derrotado!...
¡Sin cálculo arriesgué mi vida por su amor, pero el riesgo de mi vida es el menor de los peligros que corrí!
¡Ojalá no sean castigados mis ojos por haber visto en el recinto prohibido a esa maravillosa belleza, más resplandeciente que la luna!
¡Caí en tierra herido, con el corazón traspasado por las flechas que sin arco disparan sus anchos ojos maravillosamente rasgados!
¡Me ha seducido con la armonía de sus movimientos y su ligereza; Su ligereza que no igualaría la flexibilidad de la rama joven sobre el tronco del sauce!
¡Con toda mi alma le imploro socorro para mis penas y quebrantos!
¡Pero ella me redujo al triste estado en que me veis, y sólo su mirada seductora causó mi perdición!
Cuando acabó de recitar estos versos, se echó a llorar de tal manera, que cayó sin conocimiento, y permaneció mucho tiempo así. Pero vuelto ya de su desmayo, giró la cabeza a la derecha y a la izquierda, y como se veía en un desierto sin habitantes, tuvo miedo a ser presa de los animales salvajes, y se puso a trepar por una alta montaña, en la cima de la cual oyó que salían de una caverna sonidos de voz humana. Escuchó la voz atentamente, y observó que era la de un ermitaño que había dejado el mundo para consagrarse a la devoción. Se acercó a aquella caverna y golpeó tres veces la puerta, sin obtener respuesta del ermitaño y sin verle salir.
Entonces suspiró profundamente y recitó estos versos:
¡Oh deseos míos! ¿cómo alcanzaréis vuestro fin?
¡Oh alma mía! ¿cómo olvidarás tus quebrantos, tus penas y tus fatigas?
¡Una a una, vinieron todas las calamidades a envejecer mi corazón Y a blanquear mi cabeza en mi primera juventud!
¡Ningún socorro dulcifica la pasión que me consume, ningún amigo aligera la carga que pesa sobre mi alma!
¡Ah! ¿quién sabrá decir los tormentos de mis deseos, ahora que se volvió en contra mía el Destino?
¡Gracia, piedad para el pobre enamorado desolado, el que bebió en el cáliz de la separación y el abandono!
¡Hay fuego en este corazón; se consumieron las entrañas, y de tanto como la pasión la ha torturado, la razón ha huido!
¡Ningún día fue más terrible que el de mi llegada a su morada, cuando vi los versos escritos en la puerta!
¡Oh, cuánto lloré! ¡A la tierra hice beber mis lágrimas ardientes, pero callé mi secreto ante allegados y extraños!
¡Oh ermitaño que buscaste el refugio de esta gruta para no ver nada de este mundo! ¡Acaso gustaras por ti mismo el amor, y se te huyera la razón también!
¡Yo, no obstante, a pesar de esto y aquello, a pesar de todo, olvidaría sin duda mis penas y fatigas si lograra mi propósito.
Cuando acabó de recitar estos versos, vió abrirse de pronto la puerta de la gruta y oyó que alguien gritaba: "¡La misericordia sobre ti!"
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 405ª noche

Ella dijo:
... y oyó que alguien gritaba: "¡La misericordia sobre ti!" Entonces franqueó la puerta y deseó la paz al ermitaño, que le devolvió su saludo y le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?" El joven dijo: "¡Me llamo Delicia-del-Mundo!" El ermitaño le preguntó: "¿A qué obedece tu llegada?" El joven le contó entonces su historia desde el principio hasta el fin, y también cuanto le había acaecido. Y el ermitaño se echó a llorar, y le dijo: "¡Oh Delicia-del-Mundo! Veinte años hace que yo habito estos lugares y jamás vi a nadie durante mi estancia aquí, si exceptuamos al día de ayer. Porque oí llantos y tumultos, y al mirar por el lado de donde venían aquellas voces, vi una muchedumbre de gente y tiendas de campaña armadas en la playa. Luego vi que aquellas gentes construían un navío, en el que se embarcaron para desaparecer por alta mar. Volvieron poco tiempo después, aunque eran menos en número que a la ida; desarmaron el navío y de nuevo emprendieron el camino por donde habían venido. ¡Y me parece que los que partieron sin volver son precisamente los que tú buscas, ¡oh Delicia-del-Mundo! ¡Comprendo, pues, la intensidad de tu dolor, y te compadezco! Pero sabe que es imposible dar con un enamorado que no haya sufrido penas de amor!" Y el ermitaño recitó estos versos:
¡Oh Delicia-del-Mundo! Me crees despreocupado y con el corazón lleno de quietud,
¡Y no sabes que el ardor de la pasión me dobla y me desdobla como a un lienzo!
¡Desde mi primera infancia conocí el amor; cuando mamaba aún, conocí los transportes de amor! ¡Y si le preguntaras por mí, él te diría que me conoce!
¡Practiqué el amor durante tanto tiempo, que hube de hacerme célebre; ¡Y si le preguntaras por mí, él te diría que me conoce!
¡Bebí en la copa del amor y gusté su languidez amarga!
¡Tanto se estropeó mi cuerpo, que no soy ya más que una apariencia de mí mismo!
¡Lleno de fuerza estuve antaño; ahora ha desaparecido mi vigor. Y el ejército de mi paciencia quedó maltrecho bajo los alfanjes de las miradas!
¡No creas que llegarás al amor sin sufrir sinsabores, porque desde tiempos antiguos los extremos se tocan!
¡Para todos los enamorados decretó el amor que el olvido es lo mismo de ilícito que la impiedad!
Y cuando el ermitaño hubo acabado de recitar estos versos, se acercó a Delicia-del-Mundo, y le estrechó en sus brazos; y juntos lloraron ambos de tal modo, que las montañas retemblaron con sus gemidos, y acabaron ellos por caer desmayados.
Cuando recobraron el conocimiento, se juraron mutuamente que en adelante se considerarían como hermanos en Alah (¡exaltado sea!); y dijo el ermitaño a Delicia-del-Mundo: "Esta noche voy a orar y a  consultar a Alah acerca de lo que debes hacer". Delicia-del-Mundo contestó: "¡Escucho y obedezco!" ¡Y he aquí lo que a ellos atañe!
Pero he aquí lo que afecta a Rosa-en-el-Cáliz:
Cuando las gentes que la acompañaban la condujeron a la Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-su-hijo, y entró ella en el palacio que habíanla preparado, lo examinó con atención y miró todo su mobiliario; luego se echó a llorar, y exclamó: "¡Oh morada, deliciosa eres, ¡por Alah! pero falta entre tus muros la presencia del amigo!" Después, al notar que la isla estaba habitada por pájaros; ordenó a su séquito que tendieran redes para capturar estos pájaros y que los enjaularan conforme los fueran capturando, para más tarde llevarlos al interior del palacio. E inmediatamente se ejecutó su orden. Entonces Rosa-en-el-Cáliz se acodó en la ventana y dejó a su pensamiento ir en pos de los recuerdos. Y aquello despertaba en ella ardores pasados, deseos abrasadores y transportes, y le hacía verter lágrimas de sentimiento, trayéndole a la memoria estos versos, que recitó:
¿A quién dirigiré la cuita de amor que hay en mi alma, hablándome de las angustias que la alejan del amigo y del fuego que arde en mis costillas? ¡Pero me callaré por temor a mi guardián!
¡Más flaco que un mondadientes tengo el cuerpo, pues estoy consumida por los ardores, las tristezas de la ausencia y las lamentaciones!
¿En dónde están los ojos del amigo, para que vean el triste estado de extravíos a que me ha reducido su recuerdo?
¡Se han excedido en sus derechos al transportarme a un paraje donde no puede venir mi bienamado!
¡Al sol le encargo que por tarde y mañana transmita a millares mis saludos al amante cuya hermosura cubre de vergüenza a la luna llena naciente, y cuya finura de talle supera a la de la rama tierna!
Si las rosas quisieran imitar a su mejilla, diría yo a las rosas: "¡No conseguiréis pareceros a una mejilla suya ¡oh rosas! mientras no seáis las rosas de su otra mejilla!"
¡Destila su boca una saliva que refrescaría la lumbre de un brasero encendido!
¿Cómo olvidarle, cuando es mi corazón, mi alma, mi sufrimiento, mi mal, mi médico y mi bienamado?
Pero cuando avanzó la noche con sus tinieblas, Rosa-en-el-Cáliz sintió aumentar la intensidad de sus deseos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 406ª noche

Ella dijo:
... Rosa-en-el-Cáliz sintió aumentar la intensidad de sus deseos y avivarse el recuerdo abrasador de sus desventuras. Entonces recitó estos versos:
¡He aquí la noche, que con sus tinieblas me trae ardores intensos y molestias; y mis deseos avivan en mí dolores abrasadores!
¡En mis entrañas habita ahora el tormento de la separación; mis pensamientos me aniquilan, mis ardores me agitan, mis transportes me queman y mis lágrimas traicionan un querido secreto!
¡Enamorada como estoy, no sé el modo de hacer cesar mi delgadez, mi debilidad y mi dolor!
¡Cada vez se enciende más el incendio de mi corazón, y la intensidad de su llama me devora el hígado!
¡En el día de la separación, no pude despedirme de mi bienamado. ¡Qué pena! ¡Que dolor!
¡Pero tú caminante que has de informar de todos mis tormentos al amigo, dile que he soportado sufrimientos que no sabría describir ninguna pluma!
¡Por Alah! ¡Juro que mi amor será fiel siempre al bienamado! Porque en el código del amor es lícito el juramento!
¡Oh noche! ¡Ve a llevar mi saludo al bienamado, y dile que eres testigo de mis insomnios!
Y así era como se lamentaba Rosa-en-el-Cáliz.
¡He aquí lo relativo a Delicia-del-Mundo! El ermitaño le dijo: "Baja al valle y tráeme una cantidad grande de fibras de palmera". Bajó el joven, para regresar luego con las fibras que se le habían pedido; y el ermitaño las cogió y confeccionó con ellas una especie de red semejante a las redes donde se transporta la paja, después dijo a Delicia-del-Mundo: "Has de saber que en el fondo del valle crece una clase de calabaza que cuando está madura se seca y se separa de sus raíces. Baja a coger una porción de esas calabazas secas, sujétalas a esta red y tíralo todo al mar. No dejes de subirte encima, y la corriente te llevará entonces a alta mar y te hará alcanzar el fin que persigues. ¡Y no olvides que sin riesgos no se consigue nunca lo que uno se propone!" El joven contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y después que el ermitaño le deseó buena suerte, se despidió de él y bajó al valle, donde no dejó de hacer lo que se le había aconsejado.
Cuando, llevado por la red de calabazas, llegó en medio del mar, levantóse con violencia un viento que le impulsó rápidamente y le hizo desaparecer a la vista del ermitaño. Zarandeándole las olas, alzándole unas veces sobre montes de espumas, hundiéndolas otras en su seno anchuroso, y de este modo fué juguete de los terrores del mar durante tres días y tres noches, hasta que los destinos le arrojaron al pie de la Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-su-hijo. Llegó a la playa en un estado análogo al de un pollo mareado, con hambre y sed; pero no tardó en encontrar cerca de allí arroyos de agua corriente, aves canoras y árboles cargados de racimos de fruta, y así pudo satisfacer su hambre comiendo de aquellas frutas y aplacar su sed bebiendo de aquella agua pura. Tras de lo cual se dirigió hacia el interior de la isla, y vio a lo lejos una cosa blanca, a la que fué aproximándose y observó que era un palacio imponente, de muros escarpados, y se dirigió a la puerta, encontrándola cerrada. Entonces se sentó y no se movió ya durante tres días; al cabo de los cuales vió abrirse por fin la puerta y salir un eunuco, que le preguntó: "¿De dónde vienes?" ¿Y cómo te arreglaste para llegar hasta aquí?
El joven contestó: "¡Vengo de Ispahán! ¡Viajaba por mar con mis mercancías, cuando se estrelló el navío en que yo iba, y las olas me arrojaron a esta isla!" Al oír tales palabras, el esclavo se puso a llorar; luego se echó al cuello de Delicia-del-Mundo, y le dijo: "¡Consérvele con vida Alah, ¡oh rostro amigo! Ispahán es mi tierra, y también vivía allá la hija de mi tío, la que amé en mi primera infancia y a la que estuve ligado estrechamente. Pero un día nos atacó una tribu más numerosa que la nuestra, capturando a una gran parte de nosotros; y yo estaba comprendido en el botín. Como en aquella época era yo un niño todavía, me cortaron los compañones para que aumentara mi precio y me vendieron como eunuco. ¡Y en este estado es como me ves! Luego, tras de desear la paz una vez más a Delicia-del-Mundo, el eunuco le hizo entrar al patio principal del palacio.
Vio entonces el joven un maravilloso estanque rodeado de árboles de hermosas ramas frondosas, donde piaban agradablemente, bendiciendo al creador, pájaros encerrados en jaula de plata con puertas de oro. Se aproximó a la primera jaula, la examinó con atención y vio que contenía una tórtola, que al punto lanzó un grito que significaba: "¡Oh generoso!" Y al oír aquel grito, Delicia-del-Mundo, cayó desmayado; luego, cuando volvió en sí dejó escapar profundos suspiros, y recitó estos versos . . .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 407ª noche

Ella dijo:
... dejó escapar profundos suspiros, y recitó estos versos:
¡Si estás prendada de amor como yo, oh tórtola! invoca al Señor y arrulla: "¡Oh generoso!" ¡Quién sabe si es tu canto un grito de alegría o la queja de amor de un corazón turbado!
¿Gimes a causa de la partida de tú amigo, o porque te dejó débil y lánguida, o acaso porque perdiste al objeto de tu amor? ¡Si es así, no temas, exhalar tus quejas y proclamar a gritos el amor antiguo que te rebosa del corazón!
¡En cuanto a mí, conserve Alah a mi bienamada, y prometo no olvidarle nunca, hasta cuando mis huesos sean ya polvo!
Después de recitar estos versos se echó a llorar de tal manera, que cayó desvanecido. Y cuando recobró el conocimiento anduvo hasta llegar a la segunda jaula, en la que halló una paloma zorita, que al verle se puso a cantar, diciendo: "¡Oh Eterno, yo te glorifico!" Entonces Delicia-del-Mundo suspiró prolongadamente, y recitó estos versos:
¡La paloma zorita ha dicho quejosa!: ¡Oh Eterno, yo te glorifico a pesar de mis calamidades!
¡Oh Eterno, espero que tu bondad me permita reunirme con la bienamada en este destierro!
¡Cuántas veces se me apareció con sus labios de miel aromática, y me dejó más abrasado que nunca!
Mientras el fuego consume mi corazón y lo reduce a cenizas, lloro lágrimas de sangre, que se desbordan inundando mis mejillas, y me digo: "¡La criatura no se fortalece más que con sinsabores!"
¡Por eso es que quiero tomar mis males con paciencia!
¡Y si quiere Alah que me reúna con la dueña de mi corazón, gastaré mis riquezas en albergar a la tribu de mis semejantes los enamorados!
¡Libertaré de su prisión a las aves, y en mi felicidad, me despojaré de mi duelo!
Cuando hubo acabado de recitar estos versos, se acercó a la tercera jaula, y vió que contenía un ruiseñor, que, tan pronto como se dió cuenta que le observaban, se puso a cantar. Y al oírle, recitó estos versos Delicia-del-Mundo:
¡Oh! ¡cómo me encanta el ruiseñor cuando deja oír su voz gentil, que se asemeja a una enamorada voz desfalleciente de amor!
¡Piedad para los enamorados! ¡Cuántas noches no pasan víctimas de las zozobras, los deseos y la inquietud!¡Tan crueles son sus angustias, que parece que nunca conocieron ellos más que noches sin sueño y sin mañana!
¡En cuanto a mí, desde que vi a mi amiga me encadenó su amor, y encadenado de tal suerte, dejo que de mis ojos se deslicen cadenas de lágrimas! Y me digo: "¡He aquí las cadenas que al deslizarse de mis ojos encadenan toda mi persona!" ¡Y en esta forma se desborda mi ardor!
¡Al mismo tiempo estoy herido por el alejamiento de la amiga! ¡Se agotaron los tesoros de mi paciencia, y mis fuerzas se rindieron!
¡Si, de ser equitativa la suerte, me reuniría con mi amiga!
¡Y ahora, cúbrame con su velo Alah, para que pueda yo desnudar mi cuerpo ante la amiga y hacerle ver así el grado de agotamiento a que me redujeron las alarmas, la inquietud y el abandono!
Cuando acabó de recitar estos versos, se adelantó hasta la cuarta jaula y vió en ella un bulbul que al punto se puso a modular notas melancólicas. Y al oír aquel canto, Delicia-del-Mundo dejó escapar profundos suspiros, y recitó estos versos:
¡En las albas y las auroras, el bulbul consuela el corazón del enamorado con el sonido melodioso de las cuerdas de su voz!
¡Oh Delicia-del-Mundo, quejumbroso y languideciente! ¡Aniquilado por el amor está tu ser!
¡Hasta mí llegan no sé cuántos cánticos maravillosos, que enternecerían la dureza del hierro y de la piedra!
¡Y he aquí que el aire ligero de la mañana viene a nosotros pasando por los edenes de las praderas y las flores exquisitas!
¡Oh, los cantos de pájaros en las albas y las mañanas, y tú, embalsamada brisa de las primeras claridades del día, cómo transportáis mi alma!
¡Pienso entonces en la amiga lejana, y mis lágrimas se precipitan en lluvia torrencial, mientras en mis entrañas arde un fuego terrible entre chispas y llamas!
¡Haga por fin Alah que el enamorado apasionado vuelva a ver a su amiga y a disfrutar de sus encantos! Porque, ¿acaso el enamorado no tiene una excusa manifiesta?¡Digo esto porque sé que no hay como el hombre avisado para ver claro y disculpar!
Luego, cuando acabó de recitar estos versos, Delicia-del-Mundo anduvo un poco...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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