Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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29 El falso califa

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29 El falso califa (de la noche 393 a la 399)





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EL FALSO CALIFA

Cuentan que una noche el califa Harún Al-Raschid, presa del insomnio, hizo llamar a su visir Giafar Al-Barmaki, y le dijo: "¡Tengo oprimido el pecho, y deseo ir a pasearme por las calles de Bagdad y llegar hasta el Tigris, para ver si paso la noche distraído!" Giafar contestó oyendo y obedeciendo, y al punto se disfrazó de mercader, tras de ayudar al califa a que se disfrazara de lo mismo y de llamar al portaalfanje Massrur para que les acompañara disfrazado como ellos. Luego salieron del palacio por la puerta secreta, y empezaron a recorrer lentamente las calles de Bagdad, silenciosas a aquella hora, y de esta guisa llegaron a la orilla del río. En una barca amarrada vieron a un barquero viejo que se disponía a arroparse en su manta para dormir.
Se acercaron a él, y después de las zalemas, le dijeron: "¡Oh jeique! ¡deseamos de tu amabilidad que nos lleves en tu barca para pasearnos un poco por el río, ahora que hace fresco y es deliciosa la brisa! ¡Y he aquí un dinar por tu trabajo!" Y el interpelado contestó con acento de terror en la voz: "¿Sabéis lo que pedís, señores? Por lo visto no conocéis la prohibición. ¿No veis venir hacia nosotros el barco en que se halla el califa con todo su séquito?"
Preguntaron muy asombrados: "¿Estás seguro que ese barco que se acerca lleva al propio califa?" El otro contestó: "¡Por Alah! ¿y quién no conoce en Bagdad la cara de nuestro amo el califa? ¡Sí, mis señores, es el mismo, con su visir Giafar y su portaalfanje Massrur! ¡Y mirad con ellos a los mamalik y a los cantores! Oíd cómo grita el pregonero, de pie en la proa: ".Prohibido a grandes y pequeños a jóvenes y a viejos, a notables y a plebeyos, pasearse por el río! ¡A quien contravenga esta orden se le cortará la cabeza o será colgado del mástil de su barco!"
Al oír tales palabras...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 394ª noche

Ella dijo:
... Al oír tales palabras, Al-Raschid llegó al límite del asombro, porque no había dado nunca semejante orden, y hacía más de un año que no se paseaba por el río. Miró, pues, a Giafar y le interrogó con los ojos acerca de lo que significaba aquello. Pero Giafar, tan asombrado como el califa, se encaró con el barquero viejo, y le dijo: "¡Oh jeique" he aquí dos dinares para ti. Pero date prisa a llevarnos en tu barca y a ocultarnos en una de esas casetas abovedadas que hay a flor de agua, sencillamente para que podamos ver el paso del califa y su séquito sin que nos vean y nos prendan". Tras de dudar mucho, el barquero aceptó la oferta, y después de llevar en su barca a los tres, los guareció en una caseta y extendió sobre ellos una manta negra para que se les divisase menos aún.
Apenas se habían colocado así, vieron acercarse el barco, iluminado por la claridad de teas y antorchas que alimentaban con madera de áloe, esclavos jóvenes vestidos de raso rojo, con los hombros cubiertos con mantos amarillos y la cabeza envuelta en muselina blanca. Unos se hallaban a proa y otros a popa, y levantaban sus teas y sus antorchas, pregonando de cuando en cuando la prohibición consabida. También vieron a doscientos mamalik de pie, alineados a ambos lados del barco, rodeando un estrado situado en el centro, donde aparecía sentado en trono de oro un joven vestido con un traje de paño negro realzado con bordados de oro; y a su derecha se mantenía un hombre que se asemejaba asombrosamente al visir Giafar; y a su izquierda se mantenía con el alfanje desenvainado, otro hombre que se asemejaba exactamente a Massrur, mientras en la parte baja del estrado estaban sentadas por orden veinte cantarinas y tañedoras de instrumentos.
Al ver aquello, exclamó Al-Raschid: "¡Giafar!"
El visir contestó: “!A tus órdenes, oh Emir de los Creyentes!" El califa dijo: "¡Seguramente debe ser uno de nuestros hijos, quizá Al-Mamúm o quizá Al-Amín! Y de los dos que están de pie a su lado, uno  se parece a ti y el otro a mi portaalfanje Massrur. ¡Y las que se sientan al pie del estrado parecen de un modo extraño a mis cantarinas habituales y a mis tañedoras de instrumentos! ¿Qué piensas de todo esto? ¡Yo estoy sumido en una perplejidad grande!" Giafar contestó: "¡Yo también, ¡por Alah! oh Emir de los Creyentes!"
Pero ya habíase alejado de su vista el barco iluminado, y libre su angustia exclamó el viejo barquero: "¡Por fin estamos seguros! ¡No nos ha visto nadie!"
Y salió de la caseta y condujo a la orilla a sus tres pasajeros. Cuando desembarcaron, se encaró con él el califa, y le preguntó: "¡Oh jeique! ¿dices que el califa viene todas las noches a pasearse como hoy en ese barco iluminado?" El otro contestó: "¡Sí, señor, y ya hace un año de esto!" El califa dijo: "¡Oh jeique! somos extranjeros que estamos de viaje, y nos gusta regocijarnos con todos los espectáculos y pasear por todos los sitios donde hay cosas hermosas que ver! ¿Quieres, pues, admitir estos diez dinares y esperarnos aquí mismo mañana a esta hora?" El barquero contestó: "¡Quiero y me honro!" Entonces se despidieron de él el califa y sus dos acompañantes y regresaron al palacio comentando aquel espectáculo extraño.
Al día siguiente, después de tener reunido el diwán durante toda la jornada y de recibir a sus visires, chambelanes, emires y lugartenientes, y de despachar los asuntos corrientes, y juzgar y condenar, y absolver, el califa se retiró a sus habitaciones, quitándose sus ropas reales para disfrazarse de mercader, y acompañado de Giafar y Massrur tomó el mismo camino que la víspera, y no tardaron en llegar al río, donde les esperaba el viejo barquero. Se metieron en la barca y fueron a ocultarse en la caseta, en la cual esperaron la llegada del barco iluminado.
No tuvieron tiempo de impacientarse, porque algunos instantes después apareció el barco sobre el agua encendida por las antorchas y al son de los instrumentos. Y divisaron a las mismas personas que la víspera, el mismo número de mamalik y los mismos invitados, en medio de los cuales se hallaba sentado en el estrado el falso califa entre el falso Giafar y el falso Massrur.
Al ver aquello, Al-Raschid dijo a Giafar: "¡Oh visir, estoy viendo una cosa que nunca habría creído si fueran a contármela!" Luego dijo al barquero: "¡Oh jeique toma diez dinares más y condúcenos a la zaga de ese barco; y nada temas, pues no nos han de ver porque están en medio de la luz y nosotros en las tinieblas. Nuestro objeto es disfrutar el hermoso espectáculo de esta iluminación sobre el agua!" El barquero aceptó los diez dinares, y aunque muy atemorizado, empezó a remar sin ruido por la estela del barco, cuidando de no entrar en el círculo luminoso...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 395ª noche
Ella dijo:
... cuidando de no entrar en el círculo luminoso, hasta que llegaron todos a un parque que bajaba en cuesta hasta el río, y en aquel sitio amarraron el barco. Desembarcaron el falso califa y todo su séquito, y al son de los instrumentos penetraron en el parque.
Cuando estuvo lejos el barco, el viejo jeique costeó la orilla con su barca en la oscuridad para que a su vez desembarcaran sus pasajeros. Ya en tierra, fueron a mezclarse con la muchedumbre de individuos que rodeaban al falso califa llevando antorchas en la mano.
Y he aquí que, mientras seguían de tal modo al cortejo, fueron advertidos por algunos mamalik y reconocidos como intrusos. Al punto, los prendieron y condujeron a presencia del joven, que les preguntó: ¿Cómo os arreglasteis para entrar aquí y por qué razón vinisteis?
Contestaron: "¡Oh señor nuestro! somos mercaderes extranjeros en este país. Hemos llegado hoy precisamente, y nos hemos aventurado al acceso a este jardín. ¡Íbamos tan tranquilos, cuando nos ha prendido vuestra gente, conduciéndonos entre vuestras manos!"
El joven les dijo: "¡No temáis, ya que sois extranjeros en Bagdad! De no ser así, sin duda haría que os cortaran la cabeza!" Luego se encaró con su visir, y le dijo: "Déjales que vengan con nosotros. ¡Serán nuestros huéspedes por esta noche!" Acompañaron entonces al cortejo, y llegaron de tal suerte a un palacio que no podía compararse en magnificencia más que con el del Emir de los Creyentes.
En la puerta de aquel palacio aparecía grabada esta inscripción:
En esta morada donde siempre es bien venido el huésped, puso el tiempo la belleza de sus matices y lo decoró el arte, y la acogida generosa de su dueño contenta el espíritu.
Entraron entonces en una sala magnífica, con el piso cubierto por una alfombra de seda amarilla, y sentándose en un trono de oro, el falso califa permitió a los demás sentarse a su alrededor. Se sirvió inmediatamente un festín; y todos comieron y se lavaron las manos; luego, cuando pusieron las bebidas encima del mantel, bebieron prolongadamente en la misma copa, que se pasaban de unos a otros. Pero cuando le llegó la vez, el califa Harún Al-Raschid no quiso beber. Entonces se encaró el falso califa con Giafar y le preguntó: "¿Por qué no quiere beber tu amigo?" Giafar contestó: "¡Hace mucho tiempo, señor, que dejó de beber!" El otro dijo: "¡En tal caso, mandaré que le sirvan otra cosa!"
Al punto dió una orden a uno de sus mamalik, que se apresuró a traer un frasco lleno de sorbete de manzanas, y se lo ofreció a Al-Raschid, que lo aceptó aquella vez y se puso a bebérselo con mucho gusto.
Cuando se hizo sentir en los cerebros la bebida, el falso califa, que tenía en la mano una varita de oro, dió con ella tres golpes en la mesa, y al momento se abrieron las dos hojas de una ancha puerta que estaba al fondo de la sala, para dar paso a dos negros que llevaban a hombros un sillón de marfil, en el cual aparecía sentada una joven esclava blanca, de rostro brillante como el sol. Colocaron el sillón frente a su amo, y se quedaron detrás en pie y sin moverse. Entonces cogió la esclava un laúd indio, lo templó, y preludió de veinticuatro modos distintos con un arte que entusiasmó al auditorio.
Luego volvió al primer tono, y cantó:
¿Cómo puedes consolarte lejos de mí, cuando mi corazón está de duelo por tu ausencia?
¡El Destino ha separado a los amantes y está vacía la morada que resonaba con cánticos de dicha!
Cuando el falso califa oyó cantar estos versos, lanzó un grito agudo, desgarró su hermoso traje constelado de diamantes, su camisa y la demás ropa, y cayó desvanecido. Enseguida apresuráronse los mamalik a echarle encima un manto de raso, pero no con la rapidez suficiente para que el califa, Giafar y Massrur no tuvieran tiempo de notar que el cuerpo del joven ostentaba extensas cicatrices y huellas de bastonazos y latigazos.
Al ver aquello, el califa dijo a Giafar: "¡Por Alah! ¡qué lástima que un joven tan hermoso tenga en el cuerpo señales que nos muestran de manera evidente que nos las tenemos que haber con algún criminal  escapado de la cárcel!" Pero ya los mamalik habían vestido a su amo con otra ropa más hermosa y más rica que la anterior, y el joven volvió a sentarse en el trono como si no hubiese sucedido nada.
Advirtió entonces que los tres invitados se hablaban en voz baja, y les dijo: "¿A qué vienen esa cara de asombro y esas palabras dichas en voz baja?" Giafar contestó: "Este compañero mío me decía que ha recorrido todos los países y tratado muchos personajes y reyes, sin que jamás haya visto ninguno tan generoso como nuestro huésped. Y también se asombraba de ver que desgarrabas un traje que seguramente vale diez mil dinares. Y me citaba en tu honor estos versos...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 396ª noche

Ella dijo:
"... Y me citaba en tu honor estos versos:
¡La generosidad erigió su morada en medio de la palma de tu mano, e hizo de tal morada el asilo deseado!
¡Si un día cerrase sus puertas la generosidad, tu mano sería la llave que abriera sus cerraduras!
Al oír estos versos, se mostró muy satisfecho el joven, y ordenó que obsequiasen a Giafar con mil dinares y con un ropón tan hermoso como el que había desgarrado él, y siguieron bebiendo y divirtiéndose.
Pero Al-Raschid, que no estaba tranquilo desde que advirtió huellas de golpes en el cuerpo del joven, dijo a Giafar: "¡Pídele una explicación a  la cosa!" Giafar contestó: "¡Mejor será tener paciencia todavía y no resultar indiscretos!" El califa dijo: "¡Por mi cabeza y por la tumba Abbas, que como no le interrogues enseguida acerca del particular Giafar ¡dejará de pertenecerte tu alma en cuanto lleguemos a palacio!”
Y he aquí que el joven, que les estaba mirando, se dió cuenta de que aún hablaban en voz baja, y les preguntó: "¿Tanta importancia tiene eso que os decís en secreto?" Giafar contestó: "¡Nada malo es!" El joven añadió: "¡Por Alah! te suplico que me pongas al corriente de lo que os decís, sin ocultarme nada!" Giafar dijo: "¡Señor, mi compañero ha notado que tienes en los costados cicatrices y huellas de vergajos y latigazos! ¡Y está asombrado hasta el límite del asombro! ¡Y desearía ardientemente saber a consecuencia de qué aventura ha sufrido nuestro dueño el califa semejante trato, tan poco compatible con su dignidad y sus prerrogativas!"
Al oír estas palabras, sonrió el joven, y dijo: "¡Sea! ¡Puesto que sois extranjeros, os revelaré la causa de todo! ¡Y es mi historia tan prodigiosa y tan llena de maravillas, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la escuchase atentamente!"
Luego dijo:
"Sabed, señores míos, que yo no soy el Emir de los Creyentes, sino sencillamente el hijo del síndico de los joyeros de Bagdad. Me llamo Mohammad-Alí. Al morir mi padre, me dejó en herencia mucho oro, plata, perlas, rubíes, esmeraldas, alhajas y objetos de orfebrería; me dejó además propiedades edificadas, terrenos, huertos, jardines, tiendas y almacenes de reserva; y me hizo dueño de este palacio con todo lo que contiene, esclavos de ambos sexos, guardias y criados, mozos y mozas.
Y he aquí que, estando yo sentado un día en mi tienda en medio de los esclavos que ejecutaban mis órdenes, vi que a la puerta se paraba, y bajaba de una mula ricamente enjaezada, una joven, a la que acompañaban otras tres jóvenes, hermosas como lunas las tres. Entró en mi tienda y se sentó, mientras yo, en honor suyo, me ponía de pie; luego me preguntó: "¿Verdad que eres Mohammad-Alí el joyero?" Contesté: "¡Claro que sí, ¡oh mi señora! y soy tu esclavo, dispuesto a servirte!" Ella me dijo: "¿Tendrías alguna alhaja verdaderamente hermosa y que pudiera gustarme?" Yo le dije: "¡Oh mi señora! voy a traerte lo más hermoso de mi tienda y a ponerlo en tus manos. ¡Si llega a convenirte algo, nadie se considerará por ello más dichoso que tu esclavo; y si nada logra detener tus miradas, deploraré mi mala suerte durante toda mi vida!"
Precisamente tenía yo en mi tienda cien collares preciosos, maravillosamente labrados, que en seguida hice que me trajeran y se los enseñaran. Los cogió y los miró despacio uno por uno, demostrando entender más de lo que en su caso hubiera entendido yo mismo; luego me dijo: "¡Lo quiero mejor!"
Entonces me acordé de un collarcito que mi padre compró por cien mil dinares en otro tiempo, y que tenía yo guardado, al abrigo de todas las miradas, en un precioso cofrecillo para él sólo, me levanté entonces y traje el cofrecillo en cuestión con mil precauciones y le abrí ceremoniosamente en presencia de la joven, diciéndole: "¡No creo que lo tengan igual reyes ni sultanes, grandes ni pequeños!"
Cuando la joven hubo echado una rápida ojeada al collar, lanzó un grito de júbilo y exclamó: "¡Esto es lo que en vano anhelé toda mi vida!" Luego me dijo: "¿Cuánto vale?" Contesté: "Su precio exacto de reventa fue para mi difunto padre el de cien mil dinares. ¡Si te gusta, ¡oh mi señora! llegaré al límite de la felicidad ofreciéndotelo por nada!" Me miró ella, sonrió ligeramente, y me dijo: "¡Añade al precio que acabas de decir cinco mil dinares por los intereses del capital muerto, y será de mi propiedad el collar!"
Contesté: "¡Oh mi señora! el collar y su propietario actual son ya de tu propiedad y se hallan entre tus manos! ¡Nada más tengo que añadir!" Volvió ella a sonreír, y contestó: "¡Ya he dicho las condiciones de compra, y añado que te soy deudora de gratitud!" Y tras de pronunciar estas palabras, se levantó vivamente, saltó a la mula con una ligereza extrema, sin recurrir a la ayuda de sus servidores, y me dijo al partir: "¡Oh mi señor! ¿quieres acompañarme ahora mismo para llevarme el collar y cobrar el dinero en mi casa? ¡Créeme que gracias a ti el día de hoy ha sido para mí como la leche!" No quise insistir más para no contrariarla, ordené a mis criados que cerraran la tienda, y seguí a pie a la joven hasta su casa...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 397ª noche

Ella dijo:
... y seguí a pie a la joven hasta su casa. Allí le entregué el collar, y ella penetró en sus habitaciones después de rogarme que me sentara en el banco del vestíbulo para esperar la llegada del cambista que debía pagarme los cien mil dinares con sus intereses.
Estando sentado en aquel banco del vestíbulo, vi llegar a una sirviente joven, que me dijo: "¡Oh mi señor, tómate la molestia de entrar a la antecámara de la casa, pues la espera a la puerta no se hizo para personas de tu calidad!" Me levanté entonces y penetré en la antecámara, donde me senté en un escabel tapizado de terciopelo verde y así, permanecí esperando algún tiempo. Entonces vi entrar a una segunda sirviente, que me dijo: "¡Oh señor mío, mi señora te ruega que entres en la sala de recepción, donde desea que descanses hasta que llegue el cambista!" No dejé de obedecer, y seguí a la joven a la sala de recepción. Apenas llegué allá, se descorrió un gran cortinaje al fondo, y se adelantaron hacia mí cuatro esclavas que llevaban un trono de oro en el que aparecía sentada la joven, con un rostro hermoso como una luna llena y con el collar al cuello.
Al ver su rostro sin velo y completamente descubierto, sentí turbárseme la razón y acelerarse los latidos de mi corazón. Y he aquí que ella hizo seña de que se retiraran a sus esclavas, avanzó hacia mí, y me dijo: "¡Oh luz de mis ojos! ¿crees que todo ser bello debe conducirse con la que le ama tan duramente como tú lo haces?" Contesté: "¡En ti está la belleza entera, y lo que de ella sobra, si sobra algo, se distribuyó entre los demás seres humanos!"
Ella me dijo: "¡Oh joyero Mohammad-Alí, has de saber que te amo, y que si me he valido de este medio ha sido sólo para decidirte a que vengas a mi casa!" Y tras de pronunciar estas palabras se inclinó sobre mí perezosamente, y me atrajo hacia ella mirándome con ojos lánguidos. Extremadamente emocionado, cogí entonces su cabeza con mis manos y la besé varias veces, en tanto que ella me devolvía largamente mis besos y me oprimía contra sus senos duros, que sentía yo incrustarse en mí pecho. Comprendí a la sazón que no debía retroceder y quise poner en ejecución lo que en mí estaba ejecutar. Pero en el preciso momento en que el niño, completamente despierto, reclamaba con ardor a su madre, me dijo ésta: "¿Qué pretendes hacer con eso, ¡oh mi señor!?" Contesté: "¡Ocultarlo para que me deje tranquilo!" Dijo ella: "El caso es que no vas a poder ocultarlo en mí, porque no está abierta la casa. ¡Sería preciso para ello abrir una brecha antes! ¡Pues has de saber que soy una virgen intacta de toda perforación! ¡Y si crees que hablas con una mujer cualquiera o con alguna meretriz entre las meretrices de Bagdad, debes desengañarte en seguida! Porque sabrás que tal como me ves, ¡oh Mohammad-Alí! soy la hermana del gran visir Giafar, la hija de Yahía ben-Khaled Al-Barmaki".
Al oír estas palabras ¡oh señores míos! sentí que el niño caía en un profundo sueño, y comprendí cuán impropio estuvo por mi parte el escuchar sus gritos y querer acallarlos pidiendo ayuda a la joven. Sin embargo, le dije: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que no es mía la culpa si quise que el hijo se aprovechara de la hospitalidad que al padre se le ha dado! ¡Tú misma eres quien se mostró generosa conmigo, haciéndome ver el paraíso por las puertas abiertas de tu hospitalidad!" Ella me contestó: "¡No tienes por qué hacerme reproches, sino al contrario! Y si quieres lograrás tus fines; pero por los únicos caminos legales. ¡Todo puede ser con la voluntad de Alah! ¡Soy, en efecto, dueña de mis actos, y nadie tiene el derecho de intervenir en ellos! ¿Me quieres, pues, por esposa legítima?" Contesté "¡Claro que sí!" Al punto hizo ella ir al kadí y a los testigos, y les dijo: "He aquí a Mohammad-Alí, hijo del difunto síndico Alí. Me pide en matrimonio y me reconoce como dote este collar que me ha dado. ¡Yo acepto y consiento!" Se redactó enseguida nuestro contrato de matrimonio, y después de extenderlo nos dejaron  solos. Trajeron los esclavos bebidas, copas y laúdes, y empezamos ambos a beber hasta que resplandeció nuestro ingenio. Tomó ella entonces el laúd, y cantó acompañándose con él:
¡Por la finura de tu talle, por tu andar orgulloso, te juro que sufro con tu alejamiento!
¡Ten piedad de un corazón abrasado en el fuego de tu amor!
¡Me exalta la copa de oro, donde al beber de su licor, encuentro vivo tu recuerdo!
¡Así en medio de las rosas brillantes, la flor de mirto me hace apreciar mejor los colores vivos!
Cuando hubo ella acabado de cantar, tomé a mi vez el laúd, y después de demostrar que sabía sacar de él el mejor partido, dije estos versos del poeta, acompañándome en sordina:
¡Oh prodigio! ¡En tus mejillas veo unirse cosas contrarias: la frescura del agua y el rojo de la llama!
¡Eres para mi corazón fuego y frescura! ¡Oh, cuán amarga y dulce eres en mi corazón!
Cuando acabamos de cantar, notamos que ya era hora de ir pensando en acostarse. La cogí en mis brazos y la tendí en la cama suntuosa que nos habían preparado las esclavas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 398ª noche

Ella dijo:
... en la cama suntuosa que nos habían preparado las esclavas. Entonces, cuando la desnudé, pude comprobar que era una perla sin perforar y una yegua que no habían cabalgado. Mucho me regocijé con  ello, ¡y puedo, por cierto, asegurar que en mi vida pasé una noche tan agradable como aquella noche en que, hasta que llegó la mañana tuve apretada contra mí a mi esposa como podría tenerse en la mano a un pichón con las alas plegadas!
Y no fue solamente una noche la que pasé de esta manera, sino un mes entero, sin interrupción. Y olvidé mis intereses, mi tienda, los bienes que manejaba y mi casa con todo lo que contenía, hasta que un día, el primero del segundo mes, fué a buscarme ella, y me dijo: "Tengo precisión de ausentarme algunas horas, el tiempo preciso para ir al hammam y regresar. Te suplico que no abandones el lecho, y no te levantes hasta que esté yo de vuelta. ¡Y volveré del hammam completamente fresca, y ligera, y perfumada!" Luego, para estar más segura de que ejecutaría yo su orden, me hizo prestar juramento de que no me movería del lecho. Tras de lo cual, se llevó a dos de sus esclavas, que cogieron las toallas y los líos de ropa blanca y vestidos, y se fué con ellas al hammam.
Y he aquí ¡oh señores míos! que no bien salió ella de la casa ¡por Alah! vi abrirse la puerta y entrar en mi cámara a una vieja, que me dijo, después de las zalemas: "¡Oh mi señor Mohammad! Sett Zobeida, la esposa del Emir de los Creyentes, me envía a ti para rogarte que te presentes en palacio, donde desea verte y oírte porque la han hablado en términos tan admirativos de tus maneras distinguidas, de tu cortesía y de tu hermosa voz, que tiene muchas ganas de conocerte." Contesté: "¡Por Alah! mi buena tía, Sett Zobeida me hace un honor extremado al invitarme a ir a verla; pero no puedo dejar la casa antes de que vuelva mi esposa, que ha ido al hamman."
La vieja me dijo: "Hijo mío, en interés tuyo te aconsejo que no difieras un instante la visita que se te pide, si no quieres que Sett Zobeida sea tu enemiga! ¡Porque te advierto, por si lo ignoras, que la enemistad de Sett Zobeida es muy peligrosa! ¡Luego regresarás a tu casa enseguida!"
Estas palabras me decidieron a salir, a despecho del juramento que presté a mi esposa, y seguí a la vieja, que echó a andar delante de mí y me condujo al palacio, en el cual me introdujo sin dificultad.
Cuando Sett Zobeida me vió entrar, me sonrió, hízome acercarme a ella, y me dijo: "¡Oh luz de los ojos! ¿eres tú el bienamado de la hermana del gran visir?" Contesté: "¡Soy tu esclavo y tu servidor!"
Ella me dijo: "¡En verdad que no exageraron tus méritos quienes me describieron tus modales encantadores y tu manera de hablar distinguida! Deseo verte y conocerte, para juzgar con mis ojos la elección y los gustos de la hermana de Giafar. Por ahora estoy satisfecha. ¡Pero harás que mi placer llegue a sus límites extremos, si quieres dejarme oír tu voz cantando cualquier cosa!"
Contesté: "¡Quiero y me honro!" Y cogí un laúd que llevó una esclava y canté dos o tres estrofas sobre el amor correspondido. Cuando cesé de cantar, me dijo Sett Zobeida: "Remate Alah su obra haciéndote más perfecto todavía de lo que eres, ¡oh joven encantador! Te agradezco que hayas venido a verme. ¡Ahora date prisa a entrar en tu casa antes del regreso de tu esposa, para que no se imagine que quiero sustraerte a su afecto!" Besé entonces la tierra entre sus manos, y salí del palacio por la misma puerta que entré.
Cuando llegué a la casa, encontré en el lecho a mi esposa, que me había precedido. Dormía ya, y no hizo ningún movimiento indicador de que fuera a despertarse. Me eché entonces a sus pies y empecé a acariciarle las piernas con mucha suavidad. Pero de pronto abrió los ojos y me asestó fríamente en el costado un puntapié, que me hizo rodar por tierra debajo del lecho, y exclamó: "¡Oh traidor! ¡oh perjuro! ¡Faltaste a tu juramento, y has ido a ver a Sett Zobeida! ¡Por Alah, que si no tuviese horror al oprobio y a revelar en público mis intimidades, ahora mismo iría a hacer saber a Sett Zobeida las consecuencias que trae el seducir a los maridos ajenos! ¡Pero hasta entonces vas a pagar por ella y por  ti!" Y dió una palmada y exclamó "¡Ya Sauab!" Al punto apareció el jefe de sus eunucos, un negro que siempre me miró atravesado, y le dijo ella: "¡Corta en seguida el cuello a este traidor, a este embustero, a este perjuro!" Inmediatamente blandió el negro su espada, se desgarró un pedazo del borde del ropón y me vendó los ojos con el jirón de tela que se había arrancado. Luego me dijo: "¡Haz tu acto de fe!" y se dispuso a cortarme la cabeza. Pero en aquel momento entraron todas las esclavas, grandes y pequeñas, jóvenes y viejas, con las cuales había yo sido siempre generoso ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 399ª noche

Ella dijo:
... grandes y pequeñas, jóvenes y viejas con las cuales había yo sido siempre generoso, y le dijeron: "¡Oh señora nuestra! te suplicamos que le perdones, en gracia a que ignoraba la gravedad de su falta. ¡No sabía él que nada podía contrariarte más que su visita a tu enemiga Sett Zobeida! ¡Desconocía absolutamente la rivalidad que pudiera existir entre vosotras dos! ¡Perdónale, oh señora nuestra!"
"¡Está bien! le dejaré salvar la vida; pero deseo que le quede un recuerdo imborrable de su falta". E hizo seña a Sauab de que cambiase la espada por el palo. Y al punto cogió el negro una vara de flexibilidad terrible, y empezó a golpearme con ella en los sitios más sensibles de mi cuerpo. Tras de lo cual cogió un látigo y me asestó con él quinientos latigazos, enroscándolo cruelmente a mis partes más delicadas y a mis costillas. Esto os explicará, señores míos, las huellas y cicatrices que hace un rato pudisteis observar en mi cuerpo.
Después de infligirme este tratamiento, hizo que me sacaran de allí y me arrojaran a la calle, como una espuerta de basura. Entonces, arreglándome como pude, me arrastré hasta mi casa todo ensangrentado,  para caer desvanecido cuan largo era apenas entré en mi habitación, abandonada desde hacía tanto tiempo. Cuando, al cabo de un largo espacio de tiempo volví de mi desmayo, acudí a un sabio cirujano, de mano muy suave, que me cuidó delicadamente las heridas, y a fuerza de bálsamos y de ungüentos logró obtener mi curación. Permanecí dos meses, empero, acostado y sin moverme; y cuando pude salir, lo primero que hice fué ir al hammam, y después de bañarme, me personé en mi tienda. En ella me apresuré a subastar cuantas cosas preciosas contenía, realicé todo lo que pude realizar, y con la suma que su importe me produjo compré cuatrocientos jóvenes mamalik, a los cuales vestí ricamente, y ese barco donde me habéis visto esta noche en su compañía. Escogí para que se mantuviese a mi derecha a uno de ellos que se parecía a Giafar, y a otro para darle las prerrogativas de portaalfanje, a ejemplo de lo que hace el Emir de los Creyentes. Y con el objeto de olvidar mis tribulaciones, me disfracé yo mismo de califa, y adquirí la costumbre de pasearme por el río todas las noches en medio de la iluminación de mi barco y de los cánticos y sones de instrumentos. ¡Y así transcurre mi vida desde hace un año, conservando la ilusión suprema de que soy el califa, por ver si con ello consigo ahuyentar de mi espíritu la pena que lo invade a partir del día en que mi esposa hizo que me castigaran tan cruelmente por culpa de la mutua rivalidad que alimentaban Sett Zobeida y ella!
¡Y sólo yo, que ignoraba todo aquello, sufrí las consecuencias de semejante disputa de mujeres! ¡He aquí mi triste historia, oh mis señores! ¡Y ya no me resta más que daros las gracias por haber querido reuniros con nosotros para pasar la noche amistosamente!"
Cuando el califa Harún Al-Raschid oyó esta historia, exclamó: "¡Loor a Alah, que hace que cada efecto tenga su causa!" Luego se levantó y pidió permiso al joven para retirarse con sus compañeros. Se lo permitió el joven, y el califa salió de allí para regresar al palacio, pensando en el modo de reparar la injusticia cometida con el joven por las dos mujeres. Y por su parte, estaba Giafar muy desolado de que su hermana fuese la causante de tal aventura, destinada entonces a que todo el palacio se enterase de ella.
Al día siguiente, revestido con las insignias de su autoridad, en medio de sus emires y chambelanes, el califa dijo a Giafar: "¡Haz que se presente a mí el joven que nos dió hospitalidad ayer por la noche!" Y  Giafar salió inmediatamente, para volver muy pronto con el joven, que besó la tierra entre las manos del califa, y después de las zalemas, le cumplimentó en versos.
Encantado Al-Raschid, le mandó acercarse y sentarse al lado suyo, y le dijo: "¡Oh Mohammad-Alí!, te he llamado para oír de tus labios la historia que ayer contaste a los tres mercaderes. ¡Es prodigiosa y está llena de enseñanzas útiles!"
El joven dijo, muy emocionado: "¡No podré hablar ¡oh Emir de los Creyentes! mientras no me des el pañuelo de seguridad!" El califa le tiró al punto su pañuelo en prueba de que estaba seguro, y el joven repitió su relato sin omitir detalle. Cuando acabó, Al-Raschid le dijo: "¿Y quisieras que tu esposa volviese ahora a tu lado, a pesar de sus yerros para contigo?"
El joven contestó: "¡Bien venido sea todo lo que me venga de mano del califa, porque los dedos de nuestro amo son las llaves de los beneficios, y sus acciones no son acciones, sino collares preciosos. adorno de los cuellos!"
Entonces el califa dijo a Giafar: "Venga a mí ¡oh Giafar! tu hermana, la hija del emir Yahía".
Y Giafar hizo que se presentara su hermana en seguida; y el califa le preguntó: "Dime, ¡oh hija de nuestro fiel Yahía! ¿conoces a este joven?" Ella contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¿desde cuándo saben las mujeres conocer a los hombres?" El califa sonrió y dijo: "Pues bien; voy a decirte su nombre. Se llama Mohammad-Alí, y es hijo del difunto síndico de los joyeros. ¡Lo pasado, pasado, y al presente deseo darte a él por esposo!" Ella contestó: "¡La dádiva de nuestro amo está por encima de nuestras cabezas y de nuestros ojos!"
Al momento llamó el califa al kadí y a los testigos, e hizo extender legalmente el contrato de matrimonio, uniendo aquella vez a los dos jóvenes de un modo duradero para su dicha, que fué perfecta. Y quiso retener junto a él a Mohammad-Alí para contarle entre sus íntimos hasta el fin de sus días. ¡Y he aquí cómo Al-Raschid sabía consagrar sus ocios a unir lo que estaba desunido y a hacer felices a aquellos a quienes traicionó el Destino!







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