Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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28.15 El maestro de escuela

Hace parte de

28 El parterre florido del ingenio y el jardín de la galantería (de la noche 373 a la 393)
       28.1 Al-Raschid y el cuesco (noche 373)
       28.2 El jovenzuelo y su maestro (de la noche 373 a la 375)
       28.3 El saco prodigioso (de la noche 375 a la 376)
       28.4 Al-Raschid-justiciero de amor (noche 376)
       28.5 ¿Para quién la preferencia? ¿Para el joven o para el hombre maduro? (de la noche 376 a la 377)
       28.6 El precio de los cohombros (noche 377)
       28.7 Cabellos blancos (de la noche 377 a la 378)
       28.8 La cuestión zanjada (noche 378)
       28.9 Abu-Nowas y el baño de Sett-Zobeida (de la noche 378 a la 379)
       28.10 Abu-Nowas improvisa (noche 379)
       28.11 El asno (de la noche 379 a la 380)
       28.12 El flagrante delito de Sett-Zobeida (de la noche 380 a la 381)
       28.13 ¿Macho o hembra? (de la noche 381 a la 382)
       28.14 El reparto (noche 382)
       28.15 El maestro de escuela (de la noche 382 a la 383)
       28.16 La inscripción de una camisa (noche 383)
       28.17 La inscripción de una copa (de la noche 383 a la 384)
       28.18 El califa en el cesto (de la noche 384 a la 386)
       28.19 El mondonguero (de la noche 386 a la 389)
       28.20 La joven Frescura de los Ojos (de la noche 389 a la 390)
       28.21 ¿Mujeres o jovenzuelos? (de la noche 390 a la 393)Reproductor





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EL MAESTRO DE ESCUELA

Una vez, un hombre cuyo oficio consistía en vagabundear y vivir a costa de los demás, tuvo la idea de hacerse maestro de escuela aunque no sabía leer ni escribir, porque aquel era el único oficio capaz de  permitirle ganar dinero sin tener que hacer nada porque es notorio que se puede ser maestro de escuela, e ignorar completamente las reglas y rudimentos de la lengua; basta con ser un taimado que haga creer a los demás que es un gran gramático; y ya se sabe que el gramático sabio es, por lo general, un pobre hombre de ingenio corto, mezquino, humillante, incompleto e impotente. Así, pues, nuestro vagabundo se erigió en maestro de escuela sin necesitar más que aumentar el número de vueltas y el volumen de su turbante, y de esta guisa abrió al final de una callejuela una sala que decoró con muestras de escritura y otras cosas semejantes, y esperó allá a que llegasen los clientes.
Y he aquí que al ver un turbante tan imponente, los vecinos del barrio no dudaron por un instante de la ciencia de su convecino, y se apresuraron a enviarle sus hijos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discreta.


Pero cuando llegó la 383ª noche

Ella dijo:
...y se apresuraron a enviarle sus hijos.
Pero como no sabía leer ni escribir, se valió él de un medio muy ingenioso para salir del compromiso; consistía este medio en hacer que los chicos que sabían leer y escribir un poco dieran la lección a los que no sabían nada absolutamente, en tanto que él hacía como que vigilaba, aprobando y desaprobando. De este modo prosperó la escuela, y los negocios del maestro iban viento en popa.
Un día que estaba con su varita en la mano y lanzaba miradas terribles a los pobres niños, cohibidos por el espanto, entró en la sala una mujer llevando en la mano una carta, y se dirigió al maestro para rogarle que se la leyese, lo cual es muy corriente en las mujeres que no saben leer. Al verla, el maestro de escuela no supo qué hacer para evitar semejante prueba, y de pronto se levantó muy presuroso para  salir. Pero la mujer le detuvo, suplicándole que antes de salir le leyera la carta.
El contestó: "¡No puedo esperar más, porque el muecín acaba de anunciar la plegaria del mediodía y tengo que ir a la mezquita!" Pero la mujer no le dejó, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti! ¡Acaba de llegarme  esta carta de mi esposo, que está ausente hace cinco años, y sólo tú en el barrio puedes leérmela!" Y le obligó a coger la carta.
El maestro de escuela se vió obligado entonces a coger la carta; pero la había puesto invertida, y en vista del apuro en que se encontraba, empezó a fruncir las cejas, mirando la escritura, y a golpearse la  frente y a quitarse el turbante, sudando de angustia.
Al ver aquello, pensó la pobre mujer: "¡No cabe duda! ¡Cuando el maestro de escuela se pone tan agitado, debe estar leyendo malas noticias! ¡Qué calamidad! ¡Tal vez haya muerto mi esposo!" Luego, llena de ansiedad, preguntó al maestro de escuela: "¡Por favor, no me ocultes nada! ¿Ha muerto?" Por toda respuesta, levantó la cabeza con un gesto vago y guardó silencio. Ella exclamó entonces: "¡Qué calamidad ha caído sobre mi cabeza! ¿Debo desgarrarme los vestidos?"
El contestó: "¡Desgárratelos!" Ella preguntó, en el límite de la ansiedad: "¿Debo abofetearme y arañarme las mejillas?" El contestó: "¡Abofetéate y aráñate!"
Al oír estas palabras, la pobre mujer, enloquecida salió de la escuela y corrió a su casa, llenándola con sus gritos de dolor. Entonces acudieron a ella todos los vecinos, y se pusieron a consolarla; mas en  vano. En aquel momento entró uno de los parientes de la desdichada, vió la carta, y cuando la leyó, dijo a la mujer: "¿Pero quién ha podido anunciarte la muerte de tu esposo? En la carta no se habla de semejante cosa. Mira lo que dice: "Después de las zalemas y los votos, ¡oh hija de mi tío! continúo gozando de una salud excelente, y espero estar de vuelta a tu lado dentro de quince días. Pero antes, para probarte mi solicitud, te enviaré una tela de lino envuelta en una manta. ¡Uassalam!"
La mujer cogió entonces la carta y volvió a la escuela para reprochar al maestro que la hubiese engañado de aquel modo. Le encontró sentado a la puerta, y le dijo: "¿No es para ti una vergüenza engañar de esta manera a una pobre mujer anunciándola la muerte de su esposo, cuando en la carta se dice que mi esposo ha de volver muy pronto y que me envía de antemano una tela y una manta?"
Al oír estas palabras, contestó el maestro de escuela: "Ciertamente ¡oh pobre mujer!, que tienes razón para reprocharme. Pero perdóname, pues en el momento en que yo tenía tu carta entre las manos estaba muy preocupado, y al leer un poco de prisa y de cualquier modo, creí que la tela y la manta eran un recuerdo que te enviaban por haber pertenecido a tu esposo muerto."

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