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27 P2 Historia de la reina Yamlika y del joven Hassib - segunda de dos parte





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PERO CUANDO LLEGO LA 364ª NOCHE
Ella dijo:
...nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña. Luego se levantó de un salto, se partió en dos partes al hacer un movimiento, cortándose por la mitad, y corrió a nosotros con el tronco solamente, mientras su parte inferior corría en dirección distinta. Y en el mismo momento surgieron de todos los puntos de la selva otros hombres semejantes a aquél, los cuales corrieron a la fuente, se partieron en dos partes con un movimiento de retroceso y se abalanzaron a nosotros con su tronco solamente. Arrojáronse entonces sobre los tres de mis mamalik más próximos a ellos, y se pusieron al punto a devorarlos vivos, mientras que yo y mis otros mamalik nos lanzamos a nuestra barca, y prefiriendo mil veces ser devorados por el agua que devorados por aquellos monstruos, nos dimos prisa a alejarnos de la orilla, dejándonos de nuevo llevar por la corriente.
Y entonces, mientras los troncos devoraban a mis tres desgraciados mamalik, vimos correr por la ribera todas las piernas y nalgas con un galope furioso y desordenado, que nos aterró en nuestra barca, fuera ya de su alcance. Y también nos asombramos mucho del terrible apetito de aquellos troncos cortados por el vientre, y nos preguntamos cómo era posible semejante cosa, deplorando siempre la suerte de nuestros desgraciados compañeros.
Nos impulsó la corriente hasta el siguiente día, y llegamos entonces a una tierra cubierta de árboles frutales y grandes jardines de flores encantadoras. Pero cuando amarramos nuestra barca, no quise echar pie a tierra, y encargué a mis tres mamalik que fuesen primero a inspeccionar el terreno. Así lo hicieron, y después de estar ausentes medio día, volvieron a contarme que habían recorrido una distancia grande, caminando de un lado a otro, sin encontrar nada sospechoso; más tarde habían visto un palacio de mármol blanco, cuyos pabellones eran de cristal puro, y en medio del cual aparecía un jardín magnífico con un lago soberbio; entraron en el palacio y vieron una sala inmensa, donde se alineaban sillones de marfil alrededor de un trono de oro enriquecido con diamantes y rubíes; pero no encontraron a nadie ni en los jardines ni en el palacio.
En vista de un relato tan tranquilizador, me decidí a salir de la barca, y emprendí con ellos el camino del palacio. Empezamos por satisfacer nuestra hambre comiendo las frutas deliciosas de los árboles del jardín, y luego entramos a descansar en el palacio. Yo me senté en el trono de oro y mis mamalik en los sillones de marfil; y aquel espectáculo hubo de recordarnos a mi padre el rey, a mi madre y al trono que perdí, y me eché a llorar; y mis mamalik también lloraron de emoción.
Cuando nos sumíamos en tan tristes recuerdos, oímos un gran ruido semejante al del mar, y enseguida vimos entrar en la sala donde nos hallábamos un cortejo formado por visires, emires, chambelanes y notables; pero pertenecientes todos a la especie de los monos. Los había entre ellos grandes y pequeños. Y creíamos que había llegado nuestro fin. Pero el gran visir de los monos, que pertenecía a la variedad más corpulenta, fue a inclinarse ante nosotros con las más evidentes muestras de respeto, y en lenguaje humano me dijo que él y todo el pueblo me reconocían como a su rey y nombraban jefes de su ejército a mis tres mamalik. Luego, tras de haber hecho que nos sirvieran de comer gacelas asadas, me invitó a pasar revista al ejército de mis súbditos, los monos, antes del combate que debíamos librar con sus antiguos enemigos los ghuls, que habitaban la comarca vecina.
Entonces, yo, como estaba muy fatigado, despedí al gran visir y a los demás, conservando en mi compañía sólo a mis tres mamalik. Después de discutir durante una hora acerca de nuestra nueva situación, resolvimos huir de aquel palacio y de aquella tierra cuanto antes, y nos dirigimos a nuestra embarcación; pero al llegar al río notamos que había desaparecido la barca, y nos vimos obligados a regresar al palacio, donde estuvimos durmiendo hasta la mañana.
Cuando nos despertamos, fue a saludarnos el gran visir de mis nuevos súbditos, y me dijo que todo estaba dispuesto para el combate contra los ghuls. Y al mismo tiempo los demás visires llevaron a la puerta del palacio cuatro perros enormes que debían servirnos de cabalgadura a mí y a mis mamalik, y estaban embridados con cadenas de acero. Y nos vimos obligados yo y mis mamalik a montar en aquellos perros y tomar la delantera, en tanto que a nuestras espaldas, lanzando aullidos y gritos espantosos, nos seguía todo el ejército innumerable de mis súbditos monos capitaneados por mi gran visir.
Al cabo de un día y una noche de marcha, llegamos frente a una alta montaña negra, en la que se encontraban las guardias de los ghuls, los cuales no tardaron en mostrarse. Los había de diferentes formas, a cual más espantables. Unos ostentaban cabeza de buey sobre un cuerpo de camellos, otros parecían hienas, mientras otros tenían un aspecto indescriptible por lo horroroso, y no se asemejaban a nada conocido que permitiera establecer una comparación.
Cuando los ghuls nos vislumbraron, bajaron de la montaña, y parándose a cierta distancia nos abrumaron con una lluvia de piedras. Mis súbditos respondieron del propio modo, y la refriega se hizo terrible por una y otra parte. Armados con nuestros arcos, yo y mis mamalik disparamos a los ghuls una cantidad de flechas, que mataron a un gran número, para júbilo de mis súbditos, a quienes aquel espectáculo llenó de ardor. Así es que acabamos por lograr la victoria, y nos pusimos a perseguir ghuls.
Entonces, yo y mis mamalik determinamos aprovecharnos del desorden de aquella retirada, y montados en nuestros perros, escapar de mis súbditos los monos, poniéndonos en fuga por el lado opuesto, sin que se diesen ellos cuenta; y a galope tendido desaparecimos de su vista.
Después de correr mucho, nos detuvimos para dar un respiro a nuestras cabalgaduras, y vimos enfrente de nosotros una roca grande, tallada en forma de tabla, y en la que aparecía grabada en lengua hebraica una inscripción que decía así:
¡Oh tú, cautivo, a quien arrojó el Destino a esta región para hacer de ti el rey de los monos! Si quieres renunciar a tu realeza por medio de la fuga, dos caminos se abren a tu liberación: uno de estos caminos se halla a tu derecha, y es el que antes te conducirá a orillas del Océano que rodea al mundo; pero cruza por desiertos terribles llenos de monstruos y de genios malhechores. El otro, el de la izquierda, se tarda cuatro meses en recorrerle, y atraviesa un gran valle, que es el Valle de las Hormigas. Si tomas ese camino, resguardándote de las hormigas, irás a parar a una montaña de fuego, al pie de la cual se encuentra la Ciudad de los Judíos. ¡Yo, Soleimán ben-Daúd, escribí esto para tu salvación!
Cuando leímos tal inscripción, llegamos al límite del asombro, y nos apresuramos a emprender el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 365ª NOCHE

Ella dijo:
... el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas. Pero aún no llevábamos una jornada de marcha, cuando sentimos temblar el suelo bajo nuestros pies, y al punto vimos aparecer detrás de nosotros a mis súbditos los monos, que llegaban a toda velocidad con el gran visir a la cabeza. Cuando nos dieron alcance, nos rodearon por todos lados, lanzando aullidos de alegría por habernos encontrado, y el gran visir se hizo intérprete de todos pronunciando una arenga para cumplimentarnos por haber salido con bien.
Aquel encuentro nos contrarió mucho, aunque tuvimos cuidado de ocultarlo e íbamos a emprender de nuevo con mis súbditos el camino de palacio, cuando del valle que en aquel momento atravesábamos vimos salir un ejército de hormigas, cada una de las cuales tenía la corpulencia de un perro. Y en un abrir y cerrar de ojos comenzó una pelea espantable entre mis súbditos y, las hormigas monstruosas, cogiendo con sus patas a los monos y partiéndolos en dos de un golpe, y abalanzándose de diez en diez los monos contra cada hormiga para poder matarla.
En cuanto a nosotros, quisimos aprovecharnos del combate para huir a lomos de nuestros perros; pero desgraciadamente fui yo el único que pude escaparme, porque las hormigas advirtieron a mis tres mamalik y se apoderaron de ellos, partiéndolos en dos con sus garras formidables. Y me salvé, deplorando la pérdida de mis últimos compañeros, y llegué a un río, que atravesé a nado, abandonando mi cabalgadura, y llegué sano y salvo a la otra orilla, donde lo primero que hice fue secar mi ropa; y luego me quedé dormido hasta la mañana, seguro ya de que no me perseguían, pues el río me separaba de las hormigas y de mis súbditos los monos.
Cuando me desperté, eché a andar durante días y días, comiendo plantas y raíces, hasta llegar a la montaña consabida, al pie de la cual vi, efectivamente, una gran ciudad, que era la Ciudad de los Judíos, tal como me lo había indicado la inscripción. Pero me asombró mucho en esta ciudad un detalle del que no hablaba la inscripción, y que noté más tarde; en efecto, hube de comprobar que el río que atravesé a pie enjuto aquel día para llegar a la ciudad estaba lleno de agua todo el resto de la semana; y también supe que aquel río, caudaloso los demás días no llevaba agua el sábado, que es el día de fiesta de los judíos.
Y he aquí que entré en la ciudad aquel día y no vi por las calles a nadie. Me encaminé entonces a la primera casa que encontré en mi camino, abrí la puerta y penetré en ella. Me hallé entonces en una sala donde estaban sentados en corro muchos personajes de aspecto venerable. Entonces, animado por la bondad de sus rostros, me acerqué a elles respetuosamente, y después del saludo, les dije: "Soy Janschah, hijo del rey Tigmos, señor de Kabul y jefe de los Bani-Schalán. Os ruego ¡oh mis señores! que me digáis a qué distancia estoy de mi país y qué camino debo tomar para llegar a él. ¡Además, tengo hambre!" Entonces me miraron sin contestarme cuantos estaban sentados allí, y el que parecía ser su jeique me dijo por señas solamente y sin pronunciar una palabra: "¡Come y bebe, pero no hables!" Y me mostró una bandeja de manjares asombrosos, que por cierto jamás había yo visto, y que estaban guisados con aceite, a juzgar por el olor. Entonces comí, bebí y guardé silencio.
Cuando hube acabado, se acercó a mí el jeique de los judíos, y me preguntó igualmente por señas: "¿Quién? ¿De dónde? ¿Adónde?" Entonces le pregunté por señas si podía contestar, y tras una señal afirmativa suya seguida de otra que quería decir: ¡No pronuncies más de tres palabras! pregunté: "¿Caravana Kabul, cuándo?"
Me contestó: "¡No lo sé!", siempre sin pronunciar una palabra, y me hizo seña de que me marchara, porque ya había terminado mi comida. Entonces le saludé, como también a todos los circunstantes, y salí, asombrándome en extremo de sus maneras extrañas. Ya en la calle intentaba orientarme, cuando por fin oí a un pregonero público que decía a voces: "¡Quién quiera ganarse mil monedas de oro y poseer una esclava joven de belleza sin igual, que venga conmigo, para efectuar un trabajo de una hora!"
Como yo estaba en la penuria, me acerqué al pregonero, y le dije: "¡Acepto el trabajo, y al mismo tiempo los mil dinares y la esclava joven!" Entonces me cogió de la mano y me llevó a una casa amueblada muy ricamente, en la que estaba sentado en un sillón de ébano un judío viejo, ante el cual se inclinó el pregonero, presentándome, y dijo: "¡He aquí, al fin, a un joven extranjero, que ha sido el único que respondió a mi llamamiento en los tres meses que hace que pregono la cosa!"
Al oír estas palabras, el viejo judío, dueño de la casa, me hizo sentar a su lado, estuvo conmigo muy amable, ordenando que me sirvieran de comer y de beber sin parsimonia, y terminada la comida me dio una bolsa con mil monedas de oro que no eran falsas, a la vez que mandaba a sus esclavas que me pusieran un ropón de seda y me llevaran junto a la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 366ª NOCHE

Ella dijo:
... la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía.
Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.
Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: "¿Estás ahora dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?”
Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.
Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera. Íbamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me tendió un cuchillo, diciéndome: "¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de empezar a trabajar!" Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me dijo: "Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si estuvieras en un saco". Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: "¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo".
Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.
Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de pájaros.
Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: "¡Siéntate junto a mí, hijo mío!" Y cuando me senté, me preguntó: "¿De dónde vienes a esta tierra que nunca halló la planta de un adamita?" ¿Y adónde te propones ir?"
Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me dijo el anciano: "Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza por reanimarte comiendo y bebiendo". Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me contestó: "Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te doy".
Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.
Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y CUANDO LLEGO LA 367ª NOCHE

Ella dijo:
... de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro, y permanecí largo tiempo mirándola, sin osar ni siquiera tocarla con la mano en vista de la prohibición que me hizo el anciano; pero al cabo no pude resistir a la tentación que colmaba mi alma, metí la llave de oro en la cerradura, abrí la puerta y presa del temor penetré en el lugar prohibido.
Pero, lejos de tener ante los ojos un espectáculo asombroso, vi, primeramente, en medio de un pabellón con el piso incrustado de pedrerías de todos colores, un estanque de plata rodeado de pájaros de oro que echaban agua por el pico, con un ruido tan maravilloso, que creí oír los trinos de cada uno de ellos resonar melodiosamente contra las paredes de plata. Había en torno al estanque, divididos por clases, cuadros de flores de suaves perfumes que casaban sus colores con los de las frutas de que estaban cargados los árboles que esparcían sobre el agua su frescura asombrosa. La arena que yo hallaba era polvo de esmeralda y diamante, y se extendía hasta las gradas de un trono que se alzaba enfrente del estanque maravilloso. Estaba hecho aquel trono con un solo rubí, cuyas facetas reflejaban en el jardín el rojo de sus rayos fríos, que iluminaban el agua con un brillo de pedrerías.
Me detuve extático ante cosas tan sencillas nacidas de la unión pura de los elementos; luego fui a sentarme en el trono de rubí, que aparecía coronado por un dosel de seda roja, y cerré los ojos un instante para que penetrara mejor aquella fresca visión en mi alma entusiasmada.
Cuando abrí los ojos vi que se adelantaban hacia el estanque, sacudiendo sus plumas blancas, tres elegantes palomas que iban a darse un baño. Saltaron con gracia el ancho borde del estanque de plata, y después de abrazarse y hacerse mil caricias encantadoras, ¡oh mis ojos maravillados! las vi arrojar lejos de sí su virginal manto de plumas y aparecer en una desnudez de jazmín, con el aspecto de tres jóvenes bellas como lunas. Y al punto se sumergieron en el estanque para entregarse a mil juegos y mil locuras, ora desapareciendo, ora reapareciendo entre remolinos brillantes, para volver a desaparecer riendo a carcajadas, mientras sólo sus cabelleras flotaban sobre el agua, sueltas en un vuelo de llama.
Ante tal espectáculo, ¡oh hermano Belukia! sentí que mi corazón nadaba en mi cerebro y trataba de abandonarlo. Y como no podía contener mi emoción, corrí enloquecido hacia el estanque y grité: "¡Oh, jóvenes; oh, lunas, oh, soberanas!"
Cuando me vislumbraron las jóvenes lanzaron un grito de terror, y saliendo del agua con ligereza, corrieron a coger sus mantos de plumas, que echaron sobre su desnudez, y volaron al árbol más alto entre los que daban sombra a la pila, y se echaron a reír mirándome.
Entonces me acerqué al árbol, levanté hacia ellas los ojos, y les dije: "¡Oh, soberanas, os ruego que me digáis quiénes sois! ¡Yo soy Janschah, hijo del rey Tigmos, soberano de Kabul y jefe de los Bani-Schalán!" Entonces la más joven de las tres, precisamente aquella cuyos encantos habíanme impresionado más, me dijo: "Somos las hijas del rey Nassr, que habita en el palacio de los diamantes. Venimos aquí para dar un paseo y con el sólo fin de distraernos".
Dije: "En ese caso, ¡oh mi señora! ten compasión de mí y baja a completar el juego conmigo". Ella me dijo: "¿Y desde cuándo pueden las jóvenes jugar con los jóvenes, ¡oh Janschah!? ¡Pero si deseas absolutamente conocerme mejor, no tienes más que seguirme al palacio de mi padre!" Y habiendo dicho estas palabras, me lanzó una mirada que me penetró el hígado, y emprendió el vuelo en compañía de sus dos hermanas hasta que la perdí de vista.
Al ver aquello, en el límite ya de la desesperación, di un grito agudo y caí desmayado bajo el árbol.
No sé cuánto tiempo permanecí echado de aquel modo; pero cuando volví en mí, el anciano gobernador de las aves estaba a mi lado y me rociaba el rostro con agua de flores. Cuando me vio abrir los ojos, me dijo: "¡Ya ves, hijo mío, lo que te ha costado desobedecerme! ¿No te prohibí que abrieras la puerta de este pabellón?"
Yo, por toda respuesta, me limité a prorrumpir en sollozos, y luego improvisé estos versos:
¡Ha arrebatado mi corazón una esbelta joven de cuerpo armonioso!
¡Arrebatador es su talle entre todos los talles! ¡Cuando sonríe, sus labios excitan los celos de las rosas y los rubíes!
¡Su cabellera oscila por encima de su hermosa grupa redonda!
¡Las flechas que disparan los arcos de sus pestañas dan en el blanco, aun desde lejos, y hacen heridas incurables!
¡Oh belleza suya! ¡No tienes rival y borras las bellezas todas de la India!
Cuando acabé de recitar estos versos, me dijo el anciano: "Comprendo lo que te ha sucedido. Viste a las jóvenes vestidas de palomas, que algunas veces vienen a darse un baño aquí". Yo exclamé: "Las vi, padre mío, y te ruego que me digas dónde se halla el palacio de los diamantes, en que habitan con su padre el rey Nassr".
Contestó: "No hay para qué pensar en ir allí, hijo mío, pues el rey Nassr es uno de los jefes más poderosos de la genn, y dudo mucho que te diera en matrimonio a una de sus hijas. Ocúpate, pues, de preparar tú regreso a tu país. Yo mismo te facilitaré la tarea recomendándote a las aves que enseguida van a venir a presentarme sus respetos, y que te servirán de guías". Contesté: "¡Te doy las gracias, padre mío; pero renuncio a regresar al lado de mis padre, si no debo volver ya a ver a la joven que me habló!" Y al decir estas palabras me arrojé a los pies del anciano llorando, y le supliqué que me indicara el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 368ª NOCHE

Ella dijo:
... el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas. Entonces el anciano me tendió la mano, me levantó y me dijo: "Veo que tu corazón está consumido de pasión por la joven, y voy a indicarte el medio de volver a verla. Vas a ocultarte detrás de los árboles y a esperar pacientemente la vuelta de las palomas. Las dejarás desnudarse y meterse en el estanque, y entonces te precipitarás de repente sobre sus mantas de plumas y te apoderarás de ellas. Entonces verás cómo dulcifican contigo su lenguaje; se acercarán a ti, te harán mil caricias y te suplicarán, con palabras extremadamente gentiles, que les devuelvas sus plumas. Pero guárdate bien de dejarte conmover, porque entonces acabarían por siempre para ti las jóvenes. Por el contrario, rehúsa enérgicamente devolvérselas, y diles: "¡Os daré de buen grado vuestros mantos, pero no sin que venga el jeique!" Y efectivamente, esperarás mi regreso entreteniéndolas con galanterías; ¡y yo encontraré el medio de que las cosas se tornen favorables para ti!"
Al oír estas palabras, dí muchas gracias al venerable gobernador de las aves, y enseguida corrí a ocultarme detrás de los árboles, en tanto que se retiraba él a su pabellón para recibir a sus súbditos.
Permanecí bastante tiempo esperando la llegada de las tres palomas. Al fin oí un batir de alas y risas aéreas, y vi que las tres palomas se posaban en el borde del estanque y miraban a derecha y a izquierda para enterarse de si no las observaba nadie. Luego, la que me había hablado se encaró con las otras dos, y les dijo: "¿No creéis, hermanas mías, que puede estar escondido alguien en el jardín? ¿Qué habrá sido del joven a quien vimos?"
Pero le dijeron sus hermanas: "¡Oh Schamsa, no te preocupes por eso y date prisa a hacer como nosotras!" Y las tres se despojaron de sus plumas entonces, y se sumergieron en el agua para entregarse enseguida a mil locos juegos, blancas y desnudas cual la plata virgen. Y creí ver tres lunas reflejadas en el agua.
Esperé a que hubiesen nadado hasta la mitad del estanque, y me erguí sobre ambos pies para ponerme de pronto en movimiento con la rapidez del rayo y apoderarme del manto de la joven a quien amaba. Y respondieron a mi ademán raptor tres gritos de espanto, y vi que las jóvenes, avergonzadas por haber sido sorprendidas en sus retozos, se sumergían enteramente, sin dejar fuera del agua más que la cabeza, y corrían hacia mí lanzándome miradas llorosas. Pero seguro entonces de tenerlas a mi arbitrio, me eché a reír, retrocediendo del borde del estanque y ostentando el manto de plumas con aire victorioso.
Al ver aquello, la joven que me había hablado la primera vez, y cuyo nombre era Schamsa, me dijo: "¿Cómo te atreves ¡oh joven! a apoderarte de lo que no te pertenece?" Yo contesté: "¡Oh paloma mía, sal del baño y ven a conversar conmigo!" Ella dijo: "Bien quisiera conversar contigo, ¡oh hermoso joven! pero estoy completamente desnuda y no puedo salir así del baño. ¡Devuélveme mi manto y te prometo salir del agua para distraerme contigo, y hasta te dejaré que me acaricies y me beses cuanto quieras!" Yo dije: "¡Oh, luz de mis ojos, eh dueña mía, oh soberana de belleza, oh fruto de mi hígado! ¡Si te devolviera tu manto, sería como darme la muerte con mi propia mano! ¡No puedo, pues, hacerlo, por lo menos mientras no llegue mi amigo el jeique, gobernador de las aves!" Ella me dijo: "Entonces, puesto que no cogiste más que mi manto, aléjate un poco y vuelve la cabeza a otro lado para dejarme salir del baño y dar tiempo a que se cubran mis hermanas; ¡y para ocultar lo más esencial, me prestarán ellas entonces algunas de sus plumas!" Yo dije: "¡Eso sí, puedo hacerlo!" Y me alejé y me puse detrás del trono de rubí.
Entonces salieron primeramente las dos hermanas mayores v se pusieron con presteza sus mantos; luego arrancaron algunas de las plumas finas e hicieron con ellas una especie de mandilillo; después ayudaron a salir a su vez del agua a su hermana pequeña, la taparon con aquel mandil lo más esencial y me dijeron: "¡Ya puedes venir!" Y yo corrí a presentarme ante aquellas gacelas, y me eché a los pies de la amable Schamsa y le besé los pies, siempre sujetando con fuerza su manto para que no lo cogiese y emprendiese el vuelo. Entonces me hizo ella levantarme, y empezó a decirme mil palabras gentiles y a hacerme mil caricias para decidirme a que le devolviese su manto; pero me guardé mucho de ceder a sus deseos, y logré arrastrarla hacia el trono de rubí, donde me senté colocándola sobre mis rodillas.
Entonces, al ver ella que no podía escaparse, se decidió por fin a corresponder a mis deseos, y me rodeó el cuello con sus brazos, y me devolvió beso por beso y caricia por caricia, en tanto que nos sonreían sus hermanas, mirando a todos lados para ver si llegaba alguien.
Mientras estábamos de aquella manera, mi protector el jeique abrió la puerta y entró. Entonces, nos levantamos en honor suyo, nos adelantamos a recibirle, y le besamos las manos respetuosamente. Nos rogó él entonces que nos sentáramos, y encarándose con la amable Schamsa, le dijo: "Estoy encantado, hija mía, de la elección que has hecho correspondiendo a este joven que te ama con locura. ¡Porque has de saber que pertenece a un linaje ilustre! Su padre es el rey Tigmos, señor del Afghanistán. ¡Harás bien, pues, al aceptar esa alianza y al decidir igualmente a tu padre el rey Nassr para que otorgue su consentimiento!"
Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!"
Entonces le dijo el jeique: "Si verdaderamente aceptas esa alianza, ¡júrame y prométeme ser fiel a tu esposo y no abandonarle nunca!" Y la bella Schamsa se levantó al punto y prestó el consabido juramento entre las manos del venerable jeique. Entonces nos dijo él: "Demos gracias al Altísimo por vuestra unión, hijos míos. ¡Y ya podéis ser dichosos! ¡He aquí que invoco la bendición para vosotros! Ahora podéis amaros libremente. ¡Y tú, Janschah, devuélvele su manto pues no ha de dejarte!"
Y dichas estas palabras, el jeique nos introdujo en una sala, donde había colchones cubiertos con tapices, y también fuentes llenas de hermosas frutas y otras cosas exquisitas. Y tras de rogar a sus hermanas que la precedieran en su vuelta al palacio de su padre para anunciarle su matrimonio y prevenirle de su regreso en mi compañía, Schamsa estuvo extremadamente amable, y quiso mondarme ella misma las frutas y repartirlas conmigo. Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 369ª NOCHE

Ella dijo:
... Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo.
Por la mañana fue Schamsa quien se puso primero en pie. Vistióse con su manto de plumas, me despertó, me besó entre los dos ojos, y me dijo: "Ya es hora de que vayamos al palacio de los diamantes a ver a mi padre el rey Nassr. ¡Vístete, pues, cuanto antes!" Obedecí en seguida, y cuando estuve dispuesto, fuimos a besar las manos del jeique gobernador de las aves y le dimos muchas gracias. Entonces me dijo Schamsa: "¡Ahora súbete en mis hombros y sostente bien, porque el viaje será un poco largo, aunque me propongo hacerlo a toda velocidad!" Y me tomó en sus hombros, y después de tributar a nuestro protector las últimas despedidas, me transportó por los aires con la rapidez del rayo, y al poco tiempo me dejó en tierra a alguna distancia de la entrada al palacio de los diamantes. Y desde allí nos encaminamos tranquilamente hacia el palacio, mientras corrían a anunciar nuestra llegada los genn servidores que había instalado el rey por aquellos sitios.
El rey Nassr, padre de Schamsa y, señor de los genn, experimentó una inmensa alegría al verme; me cogió en brazos y me oprimió contra su pecho. Luego ordenó que me vistieran con un magnífico ropón de honor, me puso en la cabeza una corona tallada en un solo diamante, me condujo después a la presencia de la reina, madre de mi esposa, la cual reina me manifestó su júbilo y felicitó a su hija por la elección que de mi persona hizo. Y regaló más tarde a su hija una cantidad enorme de pedrerías, pues el palacio estaba lleno de ellas; y ordenó que a ambos nos llevaran al hammam, en donde nos lavaron y perfumaron con agua de rosas, almizcle, ámbar y aceites aromáticos, que nos refrescaron maravillosamente. Tras de lo cual se dieron en honor nuestro festines que duraron treinta días y treinta noches consecutivas.
Entonces manifesté mis deseos de presentar a mi vez mi esposa a mis padres en mi país. Y aunque muy apenados por tener que separarse de su hija, el rey y la reina aprobaron mi proyecto, pero me hicieron prometer que todos los años iríamos a pasar con ellos una temporada. Después hizo el rey construir un trono de tal magnificencia y tal tamaño, que en sus peldaños podía contener doscientos genios varones y doscientos genios hembras. Subimos al trono los dos, y los cuatrocientos genios de ambos sexos, que se hallaban allí para servirnos, se pusieron de pie en las gradas, mientras actuaban de portadores todo un ejército compuesto por otros genios. Cuando nos despedimos por última vez los portadores se elevaron por los aires con el trono, y empezaron a recorrer el espacio con tanta rapidez, que en dos días hicieron un trayecto de dos años de marcha. Y llegamos sin incidentes al palacio de mi padre en Kabul.
Cuando mi padre y mi madre me vieron llegar después de una ausencia que les había hecho perder toda esperanza de encontrarme, y cuando contemplaron a mi esposa y supieron quién era y en qué circunstancias me case con ella, llegaron al límite de la alegría y lloraron mucho besándome y besando a mi muy amada Schamsa. Y tanto se conmovió mi pobre madre, que cayó desvanecida y no volvió en sí más que gracias al agua de rosas que llevaba en un frasco grande mi esposa Schamsa.
Después de todos los festines y todos los regocijos que se organizaron con motivo de nuestra llegada y del nuestros esponsales, mi padre preguntó a Schamsa: "¿Qué quieres que haga para agradarte, hija mía?"
Y Schamsa, que tenía gustos muy modestos, contestó: "¡Oh rey afortunado! Solamente anhelo tener para nosotros dos un pabellón en medio de un jardín regado por arroyos". Y al punto dió mi padre el rey las órdenes necesarias, y al cabo de un corto espacio de tiempo tuvimos nuestro pabellón y nuestro jardín, donde vivimos en el límite de la felicidad.
Pasado de tal suerte un año en un mar de delicias, mi esposa Schamsa quiso volver al palacio de los diamantes para ver de nuevo a su padre y a su madre, y me recordó la promesa que les hice de ir todos los años a pasar con ellos una temporada. No quise contrariarla, porque la amaba mucho; pero ¡ay! la desgracia debía abatirse sobre nosotros por causa de aquel maldito viaje.
Nos colocamos, pues, en el trono llevado por nuestros genios servidores, y viajamos a gran velocidad, recorriendo cada día una distancia de un mes de camino, y deteniéndonos por las tardes para descansar cerca de algún manantial o a la sombra de los árboles. Y he aquí que un día hicimos alto precisamente en este sitio para pasar la noche, y mi esposa Schamsa quiso ir a bañarse en el agua de ese río que corre ante nosotros. Me esforcé cuanto pude por disuadirla, hablándole del fresco excesivo de la tarde y de los perjuicios que la podría ocasionar; no quiso escucharme, y se llevó en su compañía a algunas de sus esclavas para que se bañaran con ella. Se desnudaron en la ribera y se metieron en el agua, donde Schamsa parecía la luna al salir en medio de un cortejo de estrellas. Estaban retozando y jugando entre sí, cuando de repente Schamsa lanzó un grito de dolor y cayó en brazos de sus esclavas, que se apresuraron a sacarla del agua y llevarla a la orilla. Pero cuando quise hablarle y cuidarla, ya estaba muerta. Y las esclavas me enseñaron en el talón de mi esposa una mordedura de serpiente acuática.
Ante aquel espectáculo, caí desmayado, y permanecí en tal estado tanto tiempo que me creyeron muerto también. Pero ¡ay! hube de sobrevivir a Schamsa para llorar por ella y erigirle esta tumba que ves. En cuanto a la otra tumba, es la mía propia, que hice construir junto a la de mi pobre bienamada. ¡Y dejo transcurrir mi vida ahora entre lágrimas y recuerdos crueles, esperando el momento de dormir al lado dé mi esposa Schamsa, lejos de mi reino, al que renuncié, lejos del mundo, que es para mí un desierto horrible, en este asilo solitario de la muerte!"
Cuando el hermoso joven triste acabó de contar su historia a Belukia, escondió el rostro entre sus manos y se echó a llorar. Entonces le dijo Belukia: "¡Por Alah, oh hermano mío! ¡Tu historia es tan asombrosa y tan extraordinaria, que olvidé mis propias aventuras, aunque las creía prodigiosas entre todas las aventuras! ¡Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló.


PERO CUANDO LLEGO LA 370ª NOCHE

Ella dijo:
"¡...Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!"
Estuvo con él una hora todavía, tratando de decidirle a que le acompañara a su reino para cambiar de aires y horizontes; pero fue en vano. Entonces vióse obligado a abandonarle para no importunarle, y después que le abrazó y le dijo aún algunas palabras de consuelo, emprendió de nuevo el camino de su ciudad, a la que llegó sin incidentes tras una ausencia de cinco años. ¡Y desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas!
Y como ahora te hallas aquí tú, ¡oh Hassib! olvidaré completamente a aquel joven rey Belukia, a quien esperaba volver a ver por acá un día u otro. ¡Tú, al menos, no me abandonarás tan pronto, porque pienso retenerte en mi compañía largos años, sin dejarte carecer de nada para persuadirte a que accedas! ¡Por cierto que todavía he de contarte tantas historias asombrosas, que la del rey Belukia y del hermoso joven triste parecerán simples aventuras corrientes! ¡Y para darte desde ahora una prueba de que te quiero bien por haberme escuchado todo este tiempo con tanta atención, he aquí que mis mujeres van a servirnos de comer y beber, y van a cantar para deleitarnos, y nos van a aligerar el espíritu hasta que llegue la mañana!"
Cuando la reina Yamlika, princesa subterránea, hubo acabado de contar al joven Hassib, hijo del sabio Danial, la historia de Belukia y la del hermoso joven triste, y cuando el festín, y los cantos, y las danzas de las mujeres serpientes llegaron a su término, se levantó la sesión y se formó el cortejo para volver a la otra residencia. Pero el joven Hassib, que amaba en extremo a su madre y a su esposa, dijo: "¡Oh reina Yamlika! ¡No soy más que un pobre leñador, y me ofreces aquí una vida llena de delicias; pero en mi casa me esperan una madre y una esposa! Y no puedo ¡por Alah! dejar que me esperen más tiempo sumidas en la desesperación que las producirá mi ausencia. Permíteme, pues, que regrese junto a ellas, porque si no morirían de dolor. ¡Y créeme que en verdad sentiré toda mi vida no haber podido escuchar las demás historias con que tenías la intención de deleitarme durante mi estancia en tu reino!"
Al oír estas palabras, la reina Yamlika comprendió que estaba justificado el motivo de la partida de Hassib, y le dijo: "Consiento ¡oh Hassib! en dejarte regresar junto a tu madre y esposa, aunque me cuesta mucho trabajo separarme de un auditor tan atento como tú. Solamente exijo de ti un juramento, sin el cual me será imposible dejarte partir. Vas a prometerme no ir nunca en lo sucesivo a tomar un baño en el hammam durante toda tu vida. De lo contrario, llegará tu perdición. ¡Por el momento no puedo ser más explícita!"
El joven Hassib, a quien tal petición asombraba en extremo, no quiso contrariar a la reina Yamlika, y prestó el juramento consabido, en el cual prometía no ir en toda su vida a tomar un baño en el hammam. Entonces, después de las despedidas, la reina Yamlika hizo que una de sus mujeres serpientes le acompañara hasta los confines del reino, del que se salía por una abertura escondida en una casa ruinosa que estaba enclavada en el lado opuesto al paraje donde se hallaba el agujero por el cual pudo penetrar Hassib en la residencia subterránea.
Amarilleaba el sol cuando Hassib llegó a su calle y llamó a la puerta de su casa, fue a abrir su madre, y al conocerle lanzó un grito agudo y se arrojó en sus brazos llorando de alegría. Y su esposa, por su parte, al oír el grito y los sollozos de la madre, corrió a la puerta, le reconoció también y le saludó respetuosamente besándole las manos. Después de lo cual entraron en la casa y se entregaron con libertad a los más vivos transportes de júbilo.
Cuando estuvieron un poco calmados, Hassib les pidió noticias de sus antiguos camaradas los leñadores que le habían abandonado en la cueva de la miel. Su madre le contó que fueron a darle la mala nueva de su muerte entre los dientes de un lobo, y que se habían hecho ricos mercaderes y propietarios de muchos bienes y de hermosas tiendas, viendo a diario dilatarse cada vez más el mundo ante sus ojos.
Entonces Hassib reflexionó un instante, y dijo a su madre: "¡Mañana irás a buscarles al zoco, y cuando estén reunidos, les anunciarás mi regreso, diciéndoles que tendré mucho gusto en verles!" Así es que al día siguiente la madre de Hassib no dejó de hacer el encargo, y al saber la noticia, los leñadores cambiaron de color y contestaron escuchando y obedeciendo en lo concerniente a la visita de bienvenida. Luego se concertaron entre sí y resolvieron arreglar el asunto lo mejor posible. Empezaron por regalar a la madre de Hassib sedas hermosas y hermosas telas, y la acompañaron a la casa, aviniéndose a entregar a Hassib cada uno la mitad de las riquezas, esclavas y propiedades que tenían en su poder.
Al llegar a la presencia de Hassib, le saludaron y le besaron las manos, ofreciéndole todo aquello y rogándole que lo, aceptara y olvidara sus yerros para con él. Y Hassib no quiso guardarles rencor, aceptó sus ofrecimientos, y les dijo: "¡Lo pasado, pasado, y ninguna preocupación puede impedir que suceda lo que ha de suceder!" Entonces se despidieron de él, asegurándole su gratitud, y Hassib se convirtió desde aquel día en un hombre rico, y se estableció como mercader en el zoco, abriendo una tienda que llegó a ser la más honrosa entre todas las tiendas.
Un día que iba a su tienda, como de costumbre, pasó por delante del hammam, situado a la entrada del zoco. Y he aquí que el propietario del hammam estaba precisamente tomando el aire a la puerta, y al reconocer a Hassib, le saludó y le dijo: "Hazme el honor de entrar a mi establecimiento. Nunca te he tenido ni una sola vez como cliente. ¡Pero hoy quiero que vengas solamente para complacerme, y los masajistas te frotarán con un guante nuevo de crin y te enjabonarán con filamentos de lifa, que no ha usado nadie!" Pero contestó Hassib, que se acordaba de su juramento: "No, ¡por Alah! no puedo aceptar tu ofrecimiento ¡oh jeique! ¡Porque hice voto de no entrar nunca en el hammam! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 371ª NOCHE

Ella dijo:
"... Porque hice voto de no entrar nunca en el hammam". Al oír tales palabras, el dueño del hammam, que no podía creer en semejante juramento, ya que ningún hombre puede, a trueque de morir, dejar de tomar baños cuantas veces se acerca sexualmente a su esposa, exclamó: "¿Por qué rehúsas, ¡oh mi señor!?" ¡Pues, ¡por Alah! te juro a mi vez que si persistes en tu resolución iré inmediatamente a divorciarme de mis tres esposas! ¡Lo juro tres veces por el divorcio!" Pero como a pesar del juramento tan grave que acababa de oír, Hassib se obstinaba en no aceptar, el propietario del hammam se echó a sus pies; suplicándole que no le obligara a cumplir su juramento; y le besó los pies llorando, y le dijo: "¡Pongo sobre mi cabeza la responsabilidad de tu acto y todas sus consecuencias!"
Y al enterarse de qué se trataba al oír el juramento del divorcio, los transeúntes que habíanse agrupado en torno suyo se pusieron asimismo a suplicar a Hassib que no ocasionara sin más ni más la desdicha de un hombre que le ofrecía un baño gratuito. Luego como vieran la inutilidad de sus palabras, se decidieron todos a emplear la fuerza, apoderándose de Hassib y llevándole, a pesar de sus gritos terribles, al interior del hammam, donde le despojaron de su ropa, le echaron todos a la vez sobre el cuerpo el agua de veinte o treinta jofainas, le friccionaron, le dieron masaje, le enjabonaron, le secaron y le envolvieron el cuerpo en toallas calientes y le pusieron en la cabeza un pañuelo grande festoneado y bordado. Luego el dueño del hammam, en el límite de la alegría por verse desligado de su juramento, llevó a Hassib una taza de sorbete perfumado con ámbar, y le dijo: "¡Séate leve y bendito el baño! ¡Que te refresque esta bebida como me has refrescado tú!" Pero Hassib, a quien todo aquello aterraba cada vez más, no sabía si rehusar o aceptar esta última invitación, e iba a responder, cuando de pronto invadieron el hammam los guardias del rey, que se precipitaron sobre el joven, apoderándose de él tal y como estaba con su atavío de baño, y a pesar de sus protestas y su resistencia lo llevaron al palacio del rey, y lo pusieron entre las manos del gran visir, que los esperaba a la puerta con la mayor impaciencia.
Al ver a Hassib, el gran visir tuvo una alegría extremada, le recibió con las señales más notorias de respeto, y le rogó que le acompañase a la presencia del rey. Y resuelto ya a dejar correr su destino, Hassib siguió al gran visir, que le introdujo, para presentarle al rey, en una sala donde se alineaban por orden jerárquico dos mil gobernadores de provincia, dos mil jefes militares y dos mil portaalfanjes, que no esperaban más que un signo para hacer volar las cabezas. En cuanto al rey, estaba acostado en amplio lecho de oro y parecía dormir, con la cabeza y el rostro cubiertos por un pañuelo de seda.
Al ver todo aquello, el aterrado Hassib se sintió morir y cayó al pie del lecho, protestando públicamente de su inocencia. Pero el gran visir se apresuró a levantarle con toda clase de respetos, y le dijo: "¡Oh hijo de Danial, esperamos de ti que salves a nuestro rey Karazdan! ¡Una lepra, que hasta ahora no tuvo remedio, le cubre el rostro y el cuerpo! ¡Y hemos pensado en ti para que le cures, ya que eres hijo del sabio Danial!" Y todos los circunstantes, gobernadores, chambelanes y portaalfanjes, gritaron a la vez: "¡Sólo de ti esperamos la curación del rey Karazdán!"
Al oír estas palabras, se dijo el asustado Hassib: "¡Por Alah! ¡Me toman por un sabio!" Luego dijo al gran visir: "En verdad que soy el hijo de Danial! ¡Pero no soy más que un ignorante! Me llevaron a la escuela y no aprendí en ella nada; quisieron enseñarme la medicina, pero al cabo de un mes renunciaron a ello al ver la mala calidad de mi entendimiento. Y como último recurso, mi madre me compró un asno y cuerdas, e hizo de mí un leñador: ¡Y eso es todo lo que sé!"
Pero el visir le dijo: "Es inútil, ¡oh hijo de Danial! que sigas ocultando tus conocimientos. ¡Demasiado sabemos que aunque recorriéramos el Oriente y el Occidente, no encontraríamos quien te igualase como médico!" Aterrado, dijo Hassib: "Pero ¡oh visir lleno de sabiduría! ¿Cómo podré curarle si no conozco las enfermedades ni los remedios?" El visir añadió: "Vamos, joven, es inútil negar más. ¡Todos sabemos que la curación del rey está en tus manos!" Hassib alzó al cielo las manos y preguntó: "¿Cómo es eso?" El visir dijo: "¡Muy sencillo! ¡Puedes obtener esa curación porque conoces a la princesa subterránea, la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables...!
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y CUANDO LLEGO LA 372ª NOCHE

Ella dijo:
"...la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables!"
Al oír tales palabras, comprendió Hassib que aquellos informes provenían de su entrada en el hammam, y trató de negar. Exclamó, pues: ¡Jamás he visto esa leche, ¡oh señor! y no se quién es la princesa Yamlika! ¡Es la primera vez que oigo semejante nombre!" El visir sonrió y dijo: "¡Puesto que te niegas aún, voy a demostrarte que no te servirá de nada! ¡Te digo que has estado en los dominios de la reina Yamlika! Además, cuantos fueron allá en los tiempos antiguos, volvieron con la piel del vientre negra. Así lo dice este libro que tengo a la vista. Pero la piel del vientre no se le pone negra al visitante de la reina Yamlika más que después de su entrada en el hammam, ¡oh hijo de Danial! Y he aquí que los espías que yo tenía apostados en el hammam para que examinaran el vientre a todos los bañistas, han venido hace un rato a decirme que se te había puesto de pronto negro el vientre mientras te bañaban. ¡Es inútil, pues, que continúes negando!"
Al oír estas palabras; exclamó Hassib: "¡No, por Alah! ¡Nunca estuve en los dominios de la princesa subterránea!" Entonces se acercó a él el gran visir, le quitó las toallas que le envolvían y le dejó el vientre al descubierto. Estaba negro como el vientre de un búfalo.
Al ver aquello, Hassib estuvo a punto de caerse desmayado de espanto; luego tuvo una idea, y dijo al visir: "Debo declararte ¡oh mi señor! que nací con el vientre completamente negro". El visir sonrió v dijo: "Pues no lo estaba cuando entraste en el hammam. ¡Así me lo dijeron los espías!" Pero Hassib, que de ninguna manera quería hacer traición a la princesa subterránea revelando su residencia, siguió negando haber tenido relaciones con ella ni haberla visto nunca. Entonces el visir hizo una seña a dos verdugos, que se acercaron al joven, le echaron en el suelo, desnudo como estaba, y empezaron a administrarle en las plantas de los pies palos tan crueles y tan repetidos, que habría muerto si no se decidiera a pedir gracia confesando la verdad.
En seguida hizo el visir que levantaran al joven, y ordenó que le pusiesen un magnífico ropón de honor en lugar de las toallas con que a su llegada se envolvía. Tras de lo cual lo condujo por sí mismo al patio del palacio, donde le hizo montar en el caballo más hermoso de las caballerizas reales, montando él a caballo también, y acompañados ambos por un séquito numeroso, tomaron el camino de la casa ruinosa por donde salió Hassib de los dominios de la reina Yamlika.
El visir, que había aprendido en los libros la ciencia de los conjuros, se puso a quemar allá perfumes y a pronunciar las fórmulas mágicas que abren las puertas, mientras Hassib, por su parte, siguiendo órdenes del visir, emplazaba a la reina para que se mostrase a él. Y de pronto se produjo un temblor de tierra que tiró al suelo a la mayoría de los circunstantes, y se abrió un agujero por el que surgió, sentada en un azafate de oro transportado por cuatro serpientes con cabeza humana que vomitaban llamas, la reina Yamlika, cuyo rostro tenía áureos resplandores. Y miró a Hassib con ojos preñados de reproches, y le dijo: "¿Es así, ¡oh Hassib! como cumples el juramento que me hiciste?" Y exclamó Hassib: "¡Por Alah! ¡Oh reina! La culpa es del visir, que por poco me mata a golpes." Ella dijo: "¡Ya lo sé! Y por eso no quiero castigarte; te han hecho venir aquí, y hasta a mí misma me obligan a salir de mi morada para curar al rey. Y vienes a pedirme leche para realizar esa curación. ¡De buen grado te la concedo como recuerdo de la hospitalidad que te di y de la atención con que me escuchaste! He aquí dos frascos con leche mía. Para operar la curación del rey, conviene que te enseñe el modo de emplearla. ¡Acércate más a mí!" Hassib se acercó a la reina, la cual le dijo en voz baja para que no la oyese nadie más que él: "Uno de los frascos, el que está marcado con una raya roja, debe servir para curar al rey. Pero el otro lo destino al visir que mandó que te apalearan. En efecto, cuando el visir vea la curación del rey, querrá beber de mi leche para preservarse de las enfermedades, y tú le darás a beber del otro frasco.
Luego, la reina Yamlika entregó a Hassib los dos frascos de leche, y desapareció enseguida, mientras la tierra volvía a cerrarse sobre ella y las que la transportaban.
Cuando llegó Hassib al palacio, hizo exactamente lo que le había indicado la reina. Se acercó, pues, al rey, y le dio a beber del primer frasco. Y no bien el rey hubo bebido aquella leche, se puso a sudar por todo su cuerpo, y al cabo de algunos instantes comenzó a caérsele a pedazos la piel atacada de lepra, a la vez que le nacía otra piel dulce y blanca como la plata. Y quedó curado en el momento. En cuanto al visir, quiso beber también de aquella leche, cogió el segundo frasco y lo vació de un trago. Y al punto empezó a hincharse poco a poco, y después de ponerse gordo como un elefante, estalló de pronto y murió inmediatamente. Y le retiraron de allí enseguida para enterrarle.
Cuando el rey se vio curado de aquel modo, hizo sentarse a Hassib al lado suyo, le dio muchas gracias y le nombró gran visir en lugar del que había muerto en su presencia. Y luego hizo que le pusieran un ropón de honor avalorado con pedrerías, y mandó que proclamaran por todo el palacio su nombramiento, después de regalarle trescientos mamalik y trescientas jóvenes para concubinas, además de tres princesas de sangre real que, con la mujer de Hassib, hicieron cuatro esposas legítimas; y le dio también trescientos mil dinares de oro, trescientas mulas, trescientos camellos y muchos rebaños de búfalos, bueyes y carneros.
Tras de lo cual, todos los oficiales, chambelanes y notables, por orden del rey, que les dijo: "¡Quien me honre que le honre!" se acercaron a Hassib y le besaron la mano por orden de categorías, demostrándole su sumisión y patentizándole su respeto. Luego tomó Hassib posesión del palacio del antiguo visir, y habitó en él con su madre, sus esposas y sus favoritas. Y vivió así rodeado de honores y de riquezas durante largos años, en los cuales tuvo tiempo de aprender a leer y a escribir.
Cuando aprendió Hassib a leer y a escribir, se acordó de que su padre Danial había sido un gran sabio, y tuvo la curiosidad de preguntar a su madre si no le había dejado como herencia sus libros y sus manuscritos. Y la madre de Hassib contestó: "Hijo mío, tu padre destruyó antes de morir todos sus papeles y todos sus manuscritos, y no te dejó como herencia más que una hojita de papel, que me encargó te entregase cuando me expresaras tal deseo". Y dijo Hassib: "¡Anhelo mucho poseerla, porque ahora deseo instruirme para dirigir mejor los asuntos del reino!”
Entonces la madre de Hassib...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGÓ LA 373ª NOCHE

Ella dijo:
.. Entonces la madre de Hassib corrió a sacar de la maleta, donde la había guardado con sus alhajas, la hojita de papel, único legado del sabio Danial, y fue a entregársela a Hassib, que la cogió y la desenrolló.
Y leyó en ella estas sencillas palabras: "Toda ciencia es vana, porque llegaron los tiempos en que el Elegido de Alah indicará a los hombres las fuentes de la sabiduría. ¡Se llamará Mohammed! ¡Con él y con sus compañeros y con sus creyentes sean la paz y la bendición hasta la extinción de las edades!"
Y tal es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia de Hassib, hijo de Danial, y de la reina Yamlika, princesa subterránea. ¡Pero Alah es más sabio!









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