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27 P1 Historia de la reina Yamlika y del joven Hassib - primera de dos partes

Hace parte de

27 Historia de la reina Yamlika y del joven Hassib (de la noche 355 a la 373)
       27.1 Historia de Belukia (de la noche 363 a
              27.1.1 Historia del joven triste (de la noche 373 a 393)





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HISTORIA DE LA REINA YAMLIKA, PRINCESA SUBTERRÁNEA
Se cuenta que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los siglos, había un sabio entre los sabios de Grecia que se llamaba Danial. Tenía muchos discípulos respetuosos, que escuchaban su enseñanza y se aprovechaban de su ciencia; pero le faltaba el consuelo de un hijo que pudiese heredarle sus libros y sus manuscritos. Como ya no sabía qué hacer para obtener este resultado, concibió la idea de rogar al Dueño del cielo que le concediese semejante favor. Y el Altísimo que no tiene portero en la puerta de su generosidad, escuchó el ruego, y en aquella hora y aquel instante hizo que quedase encinta la esposa del sabio.
Durante los meses que duró el embarazo de su esposa, se dijo el sabio Danial, que ya se veía muy viejo: "¡La muerte está cercana, y no sé si el hijo que voy a tener podrá encontrar un día intactos, mis libros y mis manuscritos!" Y desde entonces consagró todo su tiempo a resumir en algunas hojas cuanta ciencia contenían sus diversos escritos. Llenó así con una letra muy menuda cinco hojas, que encerraban la quintaesencia de todo su saber y de los cinco mil manuscritos que poseía. Luego las releyó, reflexionó, y le pareció que hasta en aquellas cinco hojas había cosas que podían quintaesenciarse aún más. Entonces consagró todavía un año a la reflexión, y acabó por resumir las cinco hojas en una sola, cinco veces más pequeña que las primeras. Y cuando terminó aquel trabajo, sintió que estaba próximo su fin.
Entonces, para que sus libros y sus manuscritos no llegasen a ser propiedad de otro, el viejo sabio los tiró hasta el último al mar, y no conservó más que la consabida hojita de papel. Llamó a su esposa encinta, y le dijo: "Acabó mi tiempo, ¡oh mujer! y no me es dable educar por mí mismo al hijo que nos concede el cielo y a quien no he de ver. Pero le dejo por herencia esta hojita de papel, que solamente le darás el día en que te pida la parte que le corresponde de los bienes de su padre. Y si llega a descifrarla y a comprender su sentido, será el hombre más sabio del siglo. ¡Deseo que se llame Hassib!" Y tras de haber dicho estas palabras, el sabio Danial expiró en la paz de Alah.
Se le hicieron funerales, a los que asistieron todos sus discípulos y todos los habitantes de la ciudad. Y todos le lloraron mucho v tomaron parte en el duelo por su muerte.
He aquí que algunos días después la esposa de Danial echó al mundo un niño varón, muy proporcionado, a quien se le llamó Hassib, cumpliendo la recomendación del difunto. Al mismo tiempo mandó convocar la madre a los astrólogos, quienes, una vez hechos sus cálculos y terminada su observación de los astros, sacaron el horóscopo del niño, y dijeron: "¡Oh mujer! tu hijo vivirá largos años si escapa a un peligro que está suspendido sobre su juventud. Si evita este peligro, alcanzará un grado sumo de ciencia y de riqueza". Y se fueron por su camino.
Cuando tuvo el niño la edad de cinco años, su madre le llevó a la escuela para que aprendiese algo allí; pero no aprendió nada absolutamente. Le sacó ella entonces de la escuela, y quiso que abrazara una profesión; pero pasaron muchos años sin que el muchacho hiciese nada, y llegó a la edad de quince sin aprender nada tampoco, y sin lograr un medio de vida con qué contribuir a los gastos de su madre. Se echó a llorar entonces ella, y las vecinas le dijeron: "Sólo el matrimonio podría darle aptitud para el trabajo; porque entonces verá que cuando se tiene una mujer hay que trabajar para sostenerla".
Estas palabras decidieron a la madre a ponerse en movimiento y a buscar entre sus conocimientos una joven; y habiendo encontrado una que era de su conveniencia, se la dio en matrimonio. Y el joven Hassib fue perfecto para con su esposa, y no la desdeñó, sino todo lo contrario. Pero continuó sin hacer nada y sin aficionarse a trabajo alguno.
Y he aquí que en la vecindad había leñadores, que dijeron a la madre un día: "Compra a tu hijo un asno, cuerdas y un hacha, y déjale ir a cortar leña a la montaña con nosotros. Luego venderemos la leña y repartiremos el provecho con él. De esta manera podrá ayudarte en tus gastos y sostener mejor a su esposa.
Al oír tales palabras, la madre de Hassib, llena de alegría, le compró en seguida un asno, cuerdas y un hacha, y se lo confió a los leñadores, recomendándoselo mucho; y los leñadores, le contestaron: "No te preocupes por eso. ¡Es hijo de nuestro amo Danial, y sabremos protegerle y velar por él!". Y le llevaron consigo a la montaña, donde le enseñaron a cortar leña y a cargarla a lomos del asno para venderla luego en el mercado. Y Hassib se aficionó en extremo a este oficio, que le permitía pasearse a la vez que ayudar a su madre y a su esposa.
Y un día entre los días, cuando cortaban leña en la montaña, les sorprendió una tempestad, acompañada de lluvia y de truenos, que hubo de obligarles a correr para refugiarse en una caverna situada no lejos de allí, y en la cual encendieron lumbre para calentarse. Y al mismo tiempo encargaron al joven Hassib, hijo de Danial, que hiciese leños para alimentar el fuego.
Mientras Hassib, retirado en el fondo de la caverna, se ocupaba en partir madera, oyó de pronto resonar su hacha sobre el suelo con un ruido sonoro, como si en aquel sitio hubiese un espacio hueco bajo tierra. Empezó entonces a escarbar con los pies, y puso a la vista una losa de mármol antiguo con una anilla de cobre...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y CUANDO LLEGO LA 356ª NOCHE

Ella dijo:
... Una losa de mármol antiguo con una anilla de cobre. Al ver aquello, llamó la atención a sus compañeros, que acudieron v consiguieron levantar la losa de mármol. Y dejaron entonces al descubierto una cueva muy ancha y muy profunda, en la que se alineaba una cantidad innumerable de ollas que parecían viejas, y cuyo cuello estaba sellado cuidadosamente. Bajaron entonces por medio de cuerdas a Hassib al fondo de la cueva, para que viese el contenido de las ollas y las atase a las cuerdas con objeto de que las izaran a la caverna.
Cuando bajó a la cueva el joven Hassib, empezó por romper con su hacha el cuello de una de las ollas de barro, y al punto vio salir de ella una miel amarilla de calidad excelente. Participó su descubrimiento a los leñadores, quienes, aunque un poco desencantados por encontrar miel donde esperaban dar con un tesoro de tiempos antiguos, se alegraron bastante al pensar en la ganancia que había de procurarles la venta de las innumerables ollas con su contenido. Izaron, una tras otra, todas las ollas, conforme las ataba el joven Hassib, cargándolas en sus asnos en vez de la leña, y sin querer sacar del subterráneo a su compañero, marcharon a la ciudad todos, diciéndose: "Si le sacáramos de la cueva, nos veríamos obligados a partir con él el provecho de la venta. ¡Además, es un bribón, cuya muerte será para nosotros preferible a su vida!"
Y se encaminaron, pues, al mercado con sus asnos, y comisionaron a uno de los leñadores para que fuese a decir a la madre de Hassib: "Estando en la montaña, cuando estalló la tempestad sobre nosotros, el asno de tu hijo se dio a la fuga y obligó a tu hijo a correr detrás de él mientras los demás nos refugiábamos en una caverna. Quiso la mala suerte que de repente saliera de la selva un lobo y matara a tu hijo, devorándole con el asno. ¡Y no hemos encontrado otras huellas que un poco de sangre y algunos huesos!"
Al saber semejante noticia, la desgraciada madre y la pobre mujer de Hassib se abofetearon el rostro y cubriéronse con polvo la cabeza, llorando todas las lágrimas de su desesperación. ¡Y esto por lo que a ellas se refiere!
En cuanto a los leñadores, vendieron las ollas de miel a un precio muy ventajoso, y realizaron una ganancia tan considerable, que cada uno de ellos pudo abrir una tienda para vender y comprar. Y no se privaron de ningún placer, comiendo y bebiendo a diario las cosas más excelentes. ¡Y esto por lo que a ellos se refiere!
¡Pero he aquí lo que al joven Hassib le acaeció! Cuando vio que no le sacaban de la cueva, se puso a gritar y a suplicar, pero en vano, porque ya se habían marchado los leñadores, y tenían resuelto dejarle morir sin socorrerle. Trató entonces de abrir en las paredes agujeros donde enganchar manos y pies; pero comprobó que las paredes eran de granito y resistían al acero del hacha. Entonces no tuvo límites su desesperación, e iba a lanzarse al fondo de la cueva para dejarse morir allí, cuando de pronto vio salir de un intersticio de la pared de granito a un escorpión, que avanzó hacia él para picarle. Aplastóle de un hachazo, y examinó el intersticio consabido, por el que vio se escapaba un rayo de luz. Se le ocurrió entonces la idea de meter por aquel intersticio la hoja del hacha, apalancando fuertemente. Y con gran sorpresa por su parte, pudo de tal modo descubrir una puerta, que se alzó poco a poco, mostrando una abertura lo bastante amplia para dar paso a un cuerpo de hombre.
Al ver aquello, no dudó un instante Hassib, penetrando por la abertura, y se encontró en una larga galería subterránea, de cuya extremidad venía la luz. Durante una hora estuvo recorriendo la tal galería, y llegó ante una puerta considerable de acero negro, con cerradura de plata y llave de oro. Abrió aquella puerta, y de repente hallóse al aire libre, en la orilla de un lago, al pie de una colina de esmeralda. En el borde del lago vio un trono de oro resplandeciente de pedrerías, y a su alrededor, reflejándose en el agua, sillones de oro, de plata, de esmeralda, de cristal, de acero, de madera de ébano y de sándalo blanco. Contó estos sillones, y supo que su número era de doce mil, ni más ni menos. Cuando hubo acabado de contarlos, y de admirar su belleza, y el paisaje, y el agua que los reflejaba, fue a sentarse en el trono de en medio para gozar mejor del espectáculo maravilloso que ofrecían el lago y la montaña.
Apenas habíase sentado en el trono de oro el joven Hassib, cuando oyó un son de címbalos y de gongs, y de pronto vio avanzar por la falda de la colina de esmeralda una fila de personas que se desplegaba hacia el lago, deslizándose más que caminando; y no pudo distinguirlas a causa de la distancia. Cuando estuvieron más cerca, vio que eran mujeres de belleza admirable, pero cuya extremidad inferior terminaba como el cuerpo alargado y reptador de las serpientes. Su voz era muy agradable, y cantaban en griego loas a una reina que él no veía. Pero enseguida apareció detrás de la colina un cuadro formado por cuatro mujeres serpentinas, que llevaban en sus brazos, alzados por encima de su cabeza, un gran azafate lleno de oro, en el que se mostraba la reina sonriente y llena de gracia. Avanzaron las cuatro mujeres hasta el trono de oro, del que Hassib se apresuró a alejarse, y colocaron allí a su reina, arreglándola los pliegues de sus velos, y se mantuvieron detrás de ella, en tanto que cada una de las demás mujeres serpentinas habíase deslizado hacia uno de los sillones preciosos dispuestos alrededor del lago. Entonces con una voz de timbre encantador, dijo la reina algunas palabras en griego a las que la rodeaban; y al punto dieron una señal los címbalos, y todas las mujeres serpentinas entonaron un himno griego en honor de la reina y se sentaron en los sillones.
Cuando acabaron su canto, la reina, que había notado la presencia de Hassib, volvió la cabeza gentilmente hacia él y le hizo una seña para animarle a que se aproximara. Y aunque muy emocionado, se aproximó Hassib, y la reina le invitó a sentarse, y le dijo: "¡Bien venido seas a mi reino subterráneo!, ¡oh joven a quien el destino propicio condujo hasta aquí! Ahuyente de ti todo temor, y dime tu nombre, porque soy la reina Yamlika, princesa subterránea. Y todas estas mujeres serpentinas son súbditas mías. Habla, pues, y dime quién eres, y cómo pudiste llegar hasta este lago, que es mi residencia de invierno y el sitio donde vengo a pasar algunos meses cada año, dejando mi residencia veraniega del monte Caucazo".
Al oír estas palabras, el joven Hassib, tras de besar la tierra entre las manos de la reina Yamlika, se sentó a su diestra en un sillón de esmeralda, y dijo: "Me llamo Hassib, y soy hijo del difunto Danial, el sabio. Mi oficio es el de leñador, aunque hubiese podido llegar a ser mercader entre los hijos de los hombres, o hasta un gran sabio. ¡Pero preferí respirar el aire de las selvas y montañas, pensando que habría siempre tiempo para encerrarse, después de la muerte, entre las cuatro paredes de la tumba!"
Luego contó con detalles lo que le había ocurrido con los leñadores, y cómo, por efecto del azar, pudo penetrar en aquel reino subterráneo.
El discurso del joven Hassib complació mucho a la reina Yamlika, que le dijo: "¡Dado el tiempo que estuviste abandonado en la fosa, debes tener bastante hambre y bastante sed, Hassib!" E hizo cierta seña a una de sus damas, la cual se deslizó hasta el joven llevando en su cabeza una bandeja de oro llena de uvas, granadas, manzanas, alfónsigos, avellanas, nueces, higos frescos y plátanos. Luego, cuando hubo él comido y aplacado su hambre, bebió un sorbete delicioso contenido en una copa tallada en un rubí. Entonces se alejó con la bandeja la que le había servido, y dirigiéndose a Hassib le dijo la reina Yamlika: "¡Ahora, Hassib, puedes estar seguro de que mientras dure tu estancia en mi reino no te sucederá nada desagradable! Si tienes, pues, intención de quedarte con nosotras a orillas de este lago y a la sombra de estas montañas una semana o dos, para hacerte pasar mejor el tiempo te contaré una historia que servirá para instruirte cuando estés de regreso en el país de los hombres!"
Y entre la atención de las doce mil mujeres serpentinas sentadas en los sillones de esmeralda y de oro, la reina Yamlika, princesa subterránea, contó en lengua griega lo siguiente al joven Hassib, hijo de Danial, el sabio:


HISTORIA DE BELUKIA

"Has de saber ¡oh Hassib! que en el reino de Bani-Israil había un rey muy prudente que en su lecho de muerte llamó a su hijo, heredero de su trono, y le dijo: "¡Oh hijo Belukia, te recomiendo que cuando tomes posesión del poder hagas por ti mismo inventario de cuantas cosas hay en este palacio, sin que dejes de examinar nada con la mayor atención!"
Entonces, el primer cuidado del joven Belukia al convertirse en rey fue pasar revista a los efectos y tesoros de su padre, y recorrer las diferentes salas que servían de almacén a todas las cosas preciosas acumuladas en el palacio. De este modo llegó a una sala retirada, en la que halló una arquilla de madera de ébano colocada encima de una columnata de mármol blanco que se elevaba en medio de la habitación. Belukia apresuróse a abrir la arquilla de ébano, y encontró dentro de ella un cofrecillo de oro. Abrió el cofrecillo de oro, y vio un rollo de pergamino, que desplegó al punto.
Y decía en lengua griega: Quien desee llegar a ser dueño y soberano de los hombres, de los genios, de las aves y de los animales, no tendrá más que encontrar el anillo que el profeta Soleimán lleva al dedo en la Isla de los Siete Mares que le sirve de sepultura. Ese anillo mágico es el que Adán, padre del hombre, llevaba al dedo en el paraíso antes de su pecado, y que se lo quitó el ángel Gobrail, donándoselo al prudente Soleimán más tarde. Pero ningún navío podría intentar surcar los piélagos y llegar a esa isla situada allende los Siete Mares. Sólo llevará a cabo esta empresa quien encuentre el vegetal con cuyo jugo basta frotar la planta de los pies para poder caminar por la superficie del mar. Ese vegetal se encuentra en el reino subterráneo de la reina Yamlika. Y únicamente esta princesa sabe el lugar dónde crece tal planta; porque conoce el lenguaje de las plantas y las flores todas, y no ignora ninguna de sus virtudes. Quien quiera dar con este anillo, vaya primero al reino subterráneo de la reina Yamlika.
¡Y si es tan dichoso que triunfa y se apodera del anillo, no solamente podrá entonces dominar a todos los seres creados, sino que también penetrará en la Comarca de las Tinieblas para beber en la Fuente de Vida, que da belleza, juventud, ciencia, prudencia e inmortalidad!
Cuando hubo leído este pergamino el príncipe Belukia, convocó seguida a los sacerdotes, magos y sabios de Bani-Israil...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 358ª NOCHE

Ella dijo:
...convocó enseguida a los sacerdotes, magos y sabios de Bani-Israil, y les preguntó si entre ellos había alguno capaz de enseñarle el camino que conducía al reino subterráneo de la princesa Yamlika. Todos los circunstantes le indicaron entonces con el dedo al sabio Offán, que se encontraba en medio de ellos. Y el sabio Offán era un venerable anciano que había profundizado en todas las ciencias conocidas, y poseía los misterios de la magia, las llaves de la astronomía y de la geometría, y todos los arcanos de la alquimia y de la hechicería. Avanzó, pues, entre las manos del joven rey Belukia, que le preguntó: "¿Puedes, verdaderamente, ¡oh sabio Offán! conducirme al reino de la princesa subterránea?"
Y contestó el otro: "¡Puedo!"
Entonces el joven rey Belukia nombró a su visir para que le sustituyera en la dirección de los asuntos del reino mientras durase su ausencia, se despojó de sus atributos reales, vistióse con la capa del peregrino, y se puso un calzado de viaje. Tras de lo cual, seguido por el sabio Offán, salió de su palacio y de su ciudad y se adentró en el desierto.
Sólo entonces le dijo el sabio Offán: "¡Aquí es el lugar propicio para hacer los conjuros que deben enseñarnos el camino!" Se detuvieron, pues, y Offán trazó sobre la arena, en torno suyo, el círculo mágico, hizo los conjuros rituales, y no dejó de descubrir por aquel lado el sitio en que se hallaba la entrada a mi reino subterráneo. Hizo entonces todavía algunos otros conjuros, y se entreabrió la tierra, y les dio paso a ambos hasta el lago que tienes delante de los ojos, ¡oh Hassib!
Yo les acogí con todas las consideraciones que guardo para quien viene a visitar mi reino. Entonces me expusieron ellos el objeto de su visita y al punto me hice llevar en mi azafate de oro sobre la cabeza de las que me transportan, y les conduje a la cumbre de esa colina de esmeralda, donde a mi paso plantas y flores rompen a hablar cada cual en su lenguaje, unas por la derecha, otras por la izquierda, pregonando en voz alta o en voz baja sus virtudes particulares. Y en medio de aquel concierto que ascendía así hasta nosotros, musical y perfumado por jugos esenciales, llegamos ante las mazorcas de una planta, que con todas las corolas rojas de sus flores cantaban bajo la brisa que la inclinaba: "¡Yo soy la maravillosa que otorga a quien se frota los pies con mi jugo la facultad de caminar sin mojarse por la superficie de todos los mares que creó Alah el Altísimo!"
Dije a mis dos visitantes entonces: "¡He aquí delante de vosotros la planta que buscáis!" Y al punto cortó Offán cuantas plantas de esas quiso, maceró los brotes y recogió el jugo en un frasco grande que le di.
Pensé entonces en interrogar a Offán, y le dije: "¡Oh, sabio Offán!, ¿puedes decirme el motivo que a ambos os impulsa a surcar los mares?"
Me contestó: "¡Oh reina, es para ir a la Isla de los Siete Mares a buscar el anillo mágico de Soleimán, señor de los genn, de los hombres, de los animales y de las aves!"
Yo le dije: "¿Cómo no sabes ¡oh sabio! que nadie que no sea Soleimán, haga lo que haga, podrá apropiarse de ese anillo? ¡Créeme Offán, y tú también, oh joven rey Belukia! ¡Escúchame! Abandonad ese proyecto temerario, ese proyecto insensato de recorrer los mares de la creación para ir en busca de ese anillo que no poseerá nadie. ¡Mejor es que cojáis aquí la planta que otorga una juventud eterna a quienes comen de ella!" Pero no quisieron escucharme, y despidiéndose de mí, desaparecieron por donde habían venido".
Aquí dejó de hablar la reina Yamlika, mandó un plátano, que ofreció al joven Hassib, comiose un higo ella, y dijo: "Antes de continuar ¡oh Hassib! con la historia de Belukia y de contarte su viaje por los Siete Mares y las demás aventuras que le acontecieron, ¿no querrías saber con exactitud la situación de mi reino al pie del monte Cáucaso, que rodea la tierra como un cinturón y conocer su extensión, sus alrededores, sus plantas animadas y parlantes, sus genn y sus mujeres serpentinas, súbditas nuestras, cuyo número sólo conoce Alah? ¿Quieres que te diga cómo reposa todo el monte Cáucaso sobre una roca maravillosa de esmeralda? El Sakhart, cuyo reflejo da a los cielos su color azulado. Podría hablarte también del paraje exacto del Cáucaso en que se halla el Gennistán, capital de los genn sometidos al rey Jan ben-Jan, y revelarte el sitio donde mora en el Valle de los Diamantes el pájaro rokh; de paso te enseñaría los campos de batalla que se estremecen con las hazañas de los héroes famosos".
Pero contestó el joven Hassib: "¡Prefiero mucho más, oh reina Yamlika! conocer la continuación de las aventuras del rey Belukia!"
Entonces prosiguió así la reina subterránea:
"Cuando el joven Belukia y el sabio Offán me dejaron para ir a la isla situada allende los Siete Mares, donde se encuentra el cuerpo de Soleimán, llegaron a la orilla del Primer Mar, y se sentaron allí en tierra, y empezaron por frotarse enérgicamente la planta de los pies y los tobillos con el jugo que habían recogido en el frasco. Luego se levantaron, y con mucha precaución al principio, se aventuraron por mar. Pero cuando comprobaron que podían marchar por el agua sin temor a ahogarse, y aún mejor que en tierra firme, se animaron, y se pusieron en camino muy de prisa para no perder tiempo.
De ese modo anduvieron por aquel mar durante tres días y tres noches, y a la mañana del cuarto día arribaron a una isla que les pareció el paraíso de tanto como hubo de maravillarles su hermosura...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y CUANDO LLEGO LA 359ª NOCHE

Ella dijo:
... una isla que les pareció el paraíso, de tanto como hubo de maravillarles su hermosura. La tierra que hollaban era de azafrán dorado; las piedras eran de jade y de rubíes; extendíanse las praderas en cuadros de flores exquisitas con corolas ondulantes bajo la brisa que embalsamaban, casándose las sonrisas de las rosas con las tiernas miradas de los narcisos, conviviendo los lirios con los claveles, las violetas, la manzanilla y las anémonas, y triscando ligeras entre las líneas blancas de jazmines las gacelas saltarinas; las frondas de los áloes y de otros árboles de grandes flores refulgentes susurraban con todas sus ramas, desde las que arrullaban las tórtolas en respuesta al murmullo de los arroyos, y con voz conmovida cantaban los ruiseñores a las rosas su martirio amoroso, mientras las rosas escuchábanles atentamente; aquí los manantiales melodiosos se ocultaban bajo cañaverales de azúcar, únicas cañas que en el paraje había; allá, la tierra natural mostraba sin esfuerzo sus riquezas jóvenes y respiraba en medio de su primavera.
Así es que el rey Belukia y Offán se pasearon hasta la noche muy satisfechos en la sombra de los bosquecillos, contemplando aquellas maravillas que les llenaban de delicias el alma. Luego, cuando cayó la noche, se subieron a un árbol para dormir en él; y ya iban a cerrar los ojos, cuando de pronto retembló la isla con un formidable bramido que la conmovió hasta sus cimientos, y vieron salir de las olas del mar a un animal monstruoso que tenía en sus fauces una piedra brillante como una antorcha, e inmediatamente detrás de él, una multitud de monstruos marinos, cada cual con una piedra luminosa en sus fauces. Así es que la isla quedó enseguida tan clara como en pleno día con todas aquellas piedras.
En el mismo momento, y de todos lados a la vez, llegaron leones, tigres y leopardos en tal cantidad, que sólo Alah habría podido contarlos. Y los animales de la tierra encontráronse en la playa con los animales marinos, y se pusieron a charlar y a conversar entre sí hasta la mañana. Entonces volvieron al mar los monstruos marinos, y las fieras se dispersaron por la selva. Y Belukia y Offán, que no habían podido cerrar los ojos en toda la noche a causa del miedo, se dieron prisa a bajar del árbol y correr a la playa, donde se frotaron los pies con el jugo de la planta para proseguir al punto su viaje marítimo.
De tal suerte viajaron por el Segundo Mar durante días y noches, hasta que arribaron al pie de una cadena de montañas, en medio de las cuales se abría un valle maravilloso, en el que todos los guijarros y todos los peñascos eran de piedra imán y no había allá huellas de fieras ni de otros animales feroces. Así es que se pasearon a la ventura durante todo el día, alimentándose con pescado seco, y al caer la tarde se sentaron a la orilla del mar para ver la puesta del sol, cuando de repente oyeron un maullido espantoso, y a algunos pasos detrás de sí vieron a un tigre que se disponía a saltar sobre ellos. Tuvieron el tiempo preciso para frotarse los pies con el jugo de la planta y ponerse fuera del alcance de la fiera huyendo por el mar.
Y se encontraron en el Tercer Mar.
Y fue aquella una noche muy negra, y a impulsos de un viento que soplaba con violencia, el mar se agitó mucho, lo cual hizo la marcha en extremo fatigosa, máxime para viajeros extenuados ya por la falta de sueño. Felizmente, al rayar el alba llegaron a una isla, donde lo primero que hicieron fue echarse para descansar. Tras de lo cual se levantaron con propósito de recorrer la isla, y la hallaron cubierta de árboles frutales. Pero aquellos árboles tenían la facultad maravillosa de que sus frutos crecían confitados en las ramas. Así es que disfrutaron extraordinariamente en aquella isla ambos viajeros, en especial Belukia, a quien gustaban muchísimo las frutas confitadas y todas las cosas almibaradas en general, y se pasó todo el día dedicado a su regalo. Incluso obligó al sabio Offán a detenerse allí diez días enteros, para tener tiempo de saciarse con aquellas frutas deliciosas.
Pero he aquí que al terminar el décimo día había abusado de su dulzor de tal manera, que se le puso malo el vientre, y disgustado, se apresuró a frotarse las plantas de los pies y los tobillos con el jugo del vegetal, haciendo Offán lo propio, y se pusieron en camino por el Cuarto Mar.
Viajaron cuatro días y cuatro noches por este Cuarto Mar, y tomaron tierra en una isla que no era más que un banco de arena muy fina, de color blanco, donde anidaban reptiles de todas formas, cuyos huevos se incubaban al sol. Como no advirtieron en aquella isla ningún árbol ni una sola brizna de hierba, no quisieron pararse allá más que el tiempo preciso para descansar y frotarse los pies con el jugo que contenía el frasco.
Por el Quinto Mar sólo viajaron un día y una noche, porque al amanecer vieron una islita cuyas montañas eran de cristal con anchas venas de oro, y estaban cubiertas de árboles asombrosos que tenían flores de un amarillo brillante. Al caer la noche estas flores refulgían como astros, y su resplandor, reflejado por las rocas de cristal, iluminó la isla y la dejó más brillante que en pleno día. Y dijo Offán a Belukia: "Delante de los ojos tienes la Isla de las Flores de Oro. Se trata de unas flores que, después de caer de los árboles y cuando se secan, se reducen a polvo, y su fusión acaba por formar las venas de donde se saca el oro. Esta Isla de las Flores de Oro no es más que una partícula del sol separado del astro, y caída antaño aquí mismo".
Pasaron, pues, en aquella isla una noche magnífica, y al día siguiente se frotaron los pies con el líquido precioso y penetraron en la sexta región marítima.
Viajaron por el Sexto Mar...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 360ª NOCHE

Ella dijo:
...Viajaron por el Sexto Mar el tiempo suficiente para experimentar un placer grande al llegar a una isla cubierta de hermosísima vegetación, en la cual pudieron disfrutar de algún reposo sentados en la playa. Se levantaron luego y comenzaron a pasearse por la isla. ¡Pero cuál no sería su espanto al ver que los árboles ostentaban, a manera de frutos, cabezas humanas sostenidas por los cabellos! No tenían la misma expresión todas aquellas frutas en forma de cabeza humana: sonreían unas, lloraban o reían otras, mientras que las que habían caído de los árboles rodaban por el polvo y acababan por transformarse en globos de fuego que alumbraban la selva y hacían palidecer la luz del sol.
Y no pudieron por menos de pensar ambos viajeros: "¡Qué selva más singular!" Pero no se atrevieron a acercarse a aquellas frutas extrañas, y prefirieron volver a la playa. Y he aquí que a la caída de la tarde se sentaron detrás de una roca, y vieron de repente salir del mar y avanzar por la playa doce hijas del mar, de una belleza sin par, y con el cuello ceñido por un collar de perlas, quienes se pusieron a bailar en corro, saltando y dedicándose a jugar entre ellas con mil juegos locos durante una hora. Tras de lo cual se pusieron a cantar a la luz de la luna, y se alejaron a nado por el agua. Y por más que les encantaran mucho la belleza, los bailes y los cánticos de las hijas del mar, Belukia y Offán no quisieron prolongar más su estancia en la isla a causa de las espantosas frutas en forma de cabeza humana. Se frotaron, pues, la planta de los pies y los tobillos con el jugo encerrado en el frasco, y entraron en el Séptimo Mar.
Su viaje por este Séptimo Mar fue de muy larga duración, porque estuvieron andando dos meses de día y de noche, sin encontrar en su camino tierra alguna. Y para no morirse de hambre se vieron obligados a coger rápidamente los peces que de cuando en cuando salían a la superficie del agua, comiéndoselos crudos, tal y como estaban. Y empezaron a comprender a la sazón cuán prudentes eran los consejos que les di y a lamentarse por no haberlos seguido. Acabaron, empero, por llegar a una isla que supusieron era la Isla de los Siete Mares, donde debía encontrarse el cuerpo de Soleimán con el anillo mágico en uno de sus dedos.
Halláronse con que la Isla de los Siete Mares estaba cubierta de hermosísimos árboles frutales y regada por numerosos caudales de agua. Y como tenían bastante gana y la garganta seca a causa del tiempo que se vieron reducidos a no tomar por todo alimento más que peces crudos, se acercaron con extremado gusto a un gran manzano de ramas llenas de racimos de manzanas maduras. Y Belukia tendió la mano, y quiso coger de aquellos frutos; pero en seguida se hizo oír dentro del árbol una voz terrible que les gritó a ambos: "¡Como toquéis a estas frutas seréis partidos en dos!" Y en el mismo instante apareció enfrente de ellos un enorme gigante de una altura de cuarenta brazos, según medida de aquel tiempo. Y le dijo Belukia en el límite del terror: "¡Oh jefe de los gigantes! vamos a morir de hambre y no sabemos por qué nos prohíbes tocar estas manzanas." El gigante contestó: "¿Cómo pretendes ignorar el motivo de esta prohibición? ¿Olvidasteis ¡oh hijo de los hombres! que Adán, padre de vuestra raza, desobedeció las órdenes de Alah comiendo de estas frutas prohibidas? ¡Y desde aquel mismo tiempo estoy encargado de custodiar este árbol y de matar a cuantos echen mano a sus frutas! ¡Alejaos, pues, y buscad otras cosas con qué alimentaros!"
A estas palabras. Belukia y Offán se apresuraron a abandonar aquel paraje, y avanzaron hacia el interior de la isla. Buscaron otras frutas y se las comieron; luego se pusieron en busca del lugar donde pudiera encontrarse el cuerpo de Soleimán.
Después de caminar sin rumbo por la isla durante un día y una noche, llegaron a una colina cuyas rocas eran de ámbar amarillo y de almizcle, y en cuyas laderas se abría una gruta magnífica con bóveda y paredes de diamantes. Como estaba tan bien alumbrada, cual a pleno sol, se aventuraron bastante en sus profundidades, y a medida que avanzaban, veían aumentar la claridad y ensancharse la bóveda. Así anduvieron maravillándose de aquello, y empezaban a preguntarse si tendría fin la gruta, cuando de repente llegaron a una sala inmensa, tallada de diamante, y que ostentaba en medio un gran lecho de oro macizo, en el cual aparecía tendido Soleimán ben-Daúd, a quien podía reconocerse por su manto verde adornado de perlas y pedrerías, y por el anillo mágico que ceñía un dedo de su mano derecha, lanzando resplandores ante los que palidecía el brillo de la sala de diamantes. La mano que tenía el anillo en el dedo meñique, descansaba sobre su pecho, y la otra mano, extendida, sostenía el cetro áureo de ojos de esmeralda.
Al ver aquello, Belukia y Offán se sintieron poseídos por un gran respeto y no osaron avanzar. Pero enseguida dijo Offán a Belukia: "Ya que afrontamos tantos peligros y experimentamos tantas fatigas, no vamos a retroceder ahora que hemos alcanzado lo que perseguíamos. Yo me adelantaré solo hacia ese trono donde duerme el Profeta, y por tu parte pronunciarás tú las fórmulas conjuratorias que te enseñé, y que son necesarias para hacer escurrir el anillo por el dedo rígido".
Entonces comenzó Belukia a pronunciar las fórmulas conjuratorias, y Offán se acercó al trono y tendió la mano para llevarse el anillo. Pero, en su emoción, Belukia había pronunciado al revés las palabras mágicas, y tal error resultó fatal para Offán, porque enseguida le cayó desde el techo una gota de diamante líquido, que le inflamó por entero y en unos instantes le dejó reducido a un montoncillo de cenizas al pie del trono de Soleimán.
Cuando Belukia vio el castigo infligido a Offán por su tentativa sacrílega, se dio prisa a ponerse en salvo, cruzando la gruta y llegando a la salida para correr directamente al mar. Allí quiso frotarse los pies y marcharse de la isla; pero vio que ya no podía Hacerlo porque...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 361ª NOCHE

Ella dijo:
... pero vio que ya no podía hacerlo porque se había abrasado Offán, y con él se consumió el frasco milagroso.
Muy entristecido entonces, comprendió por fin toda la exactitud y realidad de las palabras que les dije anunciándoles las desgracias que en tal empresa les esperaban, y echó a andar sin rumbo por la isla, ignorando lo que sería de él entonces, que se hallaba completamente solo, sin que pudiese servirle nadie de guía.
Mientras andaba de este modo vio una gran polvareda de la que salía un estrépito que se hizo ensordecedor como el trueno, y oyó chocar lanzas y espadas detrás de ella, y un tumulto producido por galopes y gritos que nada tenían de humano; y de repente vislumbró que de entre el polvo disipado salía un ejército entero de efrits, de genn, de mareds, de ghuls, de khotrobs, de saals, de baharis, en una palabra, de todas las especies de espíritus del aire, del mar, de la tierra, de los bosques, de las aguas y del desierto.
Tanto terror hubo de producirle este espectáculo, que ni siquiera pretendió moverse, y esperó allí hasta que el jefe de aquel ejército se adelantó hacia él, y le preguntó: "¿Quién eres? ¿Y cómo te ingeniaste para poder llegar a esta isla, donde venimos todos los años a fin de vigilar la gruta en que duerme el dueño de todos nosotros, Soleimán ben-Daúd?"
Belukia contestó: "¡Oh jefe de los bravos! Yo soy Belukia, rey de los Bani-Israil. Me he perdido en el mar, y tal es la razón de que me encuentre aquí. Pero permíteme que a mi vez te pregunte quién eres y quiénes son todos esos guerreros". El otro contestó: "Somos los genn, de la descendencia de Jan ben-Jan. ¡Ahora mismo veníamos del país donde reside nuestro rey, el poderoso Sakhr, señor de la Tierra-Blanca en que antaño reinó Scheddad, hijo de Aad!"
Belukia preguntó: "¿Pero dónde está enclavada esa Tierra-Blanca en que reina el poderoso Sakhr?" El otro contestó: "Detrás del monte Cáucaso, que se halla a una distancia de setenta y cinco meses de aquí, según medida humana. Pero nosotros podemos ir allá en un abrir y cerrar de ojos. ¡Si quieres, podemos llevarte con nosotros y presentarte a nuestro señor, ya que eres hijo de rey!"
No dejó de aceptar Belukia, y al punto fue transportado por los genn a la residencia de su rey, el rey Sakhr.
Vio una llanura magnífica surcada por canales con lecho de oro y plata; esta llanura, cuyo suelo aparecía cubierto de almizcle y de azafrán, estaba sombreada por árboles artificiales con ramas de esmeralda y frutos de rubíes, y llena de tiendas soberbias de seda verde sostenidas por columnas de oro incrustadas de pedrerías. En medio de esta llanura se alzaba un pabellón más alto que los demás de seda roja y azul, soportado por columnas de esmeraldas y rubíes, y en el cual se encontraba el rey Sakhr, sentado en un trono de oro macizo, teniendo a su diestra a otros reyes con sus vasallos, y a su izquierda a sus visires y a sus lugartenientes, a sus notables y a sus chambelanes.
Cuando estuvo en presencia del rey, Belukia comenzó por besar la tierra entre sus manos, y le cumplimentó. Entonces, el rey Sakhr, con mucha benevolencia, le invitó a sentarse al lado suyo en un sillón de oro. Luego le pidió que le dijese su nombre y le contara su historia Y Belukia le dijo quién era, y le contó toda su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir ningún detalle.
Al oír tal relato, el rey Sakhr y cuantos le rodeaban llegaron al límite del asombro. Luego, a una seña del rey, se extendió el mantel para el festín, y los genn de la servidumbre llevaron las bandejas y porcelanas. Las bandejas de oro contenían cincuenta camellos tiernos cocidos y otros cincuenta asados, mientras que las bandejas de plata contenían cincuenta cabezas de carnero, y las frutas, maravillosas de tamaño y calidad, aparecían dispuestas en fila y bien alineadas en las porcelanas. Y cuando estuvo todo listo, comieron y bebieron en abundancia; y terminada la comida, no quedaba en las bandejas ni en las porcelanas la menor señal de los manjares ni de las cosas exquisitas con que se llenaron.
Sólo entonces dijo el rey Sakhr a Belukia: "Sin duda, ¡oh Belukia! ignoras nuestra historia y nuestro origen. Pues, voy a decirte sobre ello algunas palabras, para que a tu regreso entre los hijos de los hombres puedas transmitir a las edades la verdad sobre tales cuestiones, todavía para ellos muy oscuras.
"Has de saber, pues, ¡oh Belukia! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 362ª NOCHE

Ella dijo:
". .. Has de saber, pues, ¡oh Belukia! que en el principio de tiempos, Alah el Altísimo creó el fuego, y lo guardó en el Globo en siete regiones diferentes, situadas una debajo de otra, cada cual a una distancia de mil años, según medida humana.
"A la primera región del fuego la llamó Gehannam, y su espíritu la destinó a las criaturas rebeldes que no se arrepienten. A la segunda región la llamó Lazy, porque la construyó en forma de sima, y la destinó a todos aquellos que después de la venida futura del profeta Mohamed (¡con él la plegaria y la paz!) persistiesen en sus errores y sus tinieblas y rehusaran hacerse creyentes. Construyó luego la tercera región, y tras de darle la forma de una caldera hirviente, la llamó El-Jahim, y encerró en ella a los demonios Goy Y Magoy. Después de lo cual formó la cuarta región, la llamó Sair, e hizo de ella la vivienda de Eblis, jefe de los ángeles rebeldes, que se había negado a reconocer a Adán y saludarle, desobedeciendo así órdenes formales del Altísimo. Luego limitó la quinta región, le dio el nombre de Sakhar, y la reservó, para los impíos, para los embusteros y para los orgullosos. Hecho lo cual, abrió una caverna inmensa, la llenó de aire abrasado y pestilente, la llamó Hitmat, y la destinó para las torturas de judíos y cristianos.
En cuanto a la séptima, llamada Hawya, la reservó para meter allí a los judíos y cristianos que no cupiesen en la anterior, y a los que fueran creyentes más que en apariencia. Estas dos últimas regiones son las más espantosas, mientras que la primera resulta muy soportable. Su estructura es bastante parecida. En Gehannam, la primera, por ejemplo, no se cuentan menos de setenta mil montañas de fuego, cada una de las cuales encierra setenta mil valles; cada valle comprende setenta mil ciudades; cada ciudad, setenta mil torres, cada torre, setenta mil casas, y cada casa, setenta mil bancos. Además, cada uno de bancos, cuyo número puede sacarse multiplicando todas estas cifras contiene setenta mil torturas y suplicios diversos, de los que sólo Alah conoce la variedad, la intensidad y la duración. Y como esta región es la menos ardiente de las siete, puedes formarte una idea ¡oh Belukia! de los tormentos guardados en las otras seis regiones.
"Si te facilito este dato y estas explicaciones acerca del fuego, ¡oh Belukia! se debe a que los genn somos hijos del fuego.
"Porque los dos primeros seres que del fuego creó Alah eran dos genn, de los cuales hizo El su guardia particular, y a quienes llamó Khallet y Mallit; y a uno le dio la forma de un león, y a otro la forma de un lobo. Y al león le dio órganos masculinos y al lobo órganos femeninos.
El miembro del león Khallit tenía una longitud igual a una distancia en cuyo recorrido se tardasen veinte años, y la vulva de Mallit, la loba, tenía la forma de una tortuga, y su tamaño guarda proporción con la longitud del miembro de Khallit. Uno era de color jaspeado con blanco y negro; y la otra era rosada y blanca. Y Alah unió sexualmente a Khallit y a Mallit, y de su cópula hizo nacer dragones, serpientes, escorpiones y animales inmundos, con los que pobló las Siete Regiones para suplicio de los condenados. Luego ordenó Alah a Khallit y a Mallit que copularan por segunda vez, e hizo nacer de este segundo enlazamiento siete machos y siete hembras, que crecieron en la obediencia. Cuando fueron mayores, uno de elles que hacía concebir las mejores esperanzas en vista de su conducta ejemplar, fue especialmente distinguido por el Altísimo, quien hizo de él el jefe de sus cohortes constituidas por la reproducción incesante del león y la loba.
Su nombre era precisamente Eblis Pero emancipado más tarde de su obediencia a las órdenes de Alah, que le mandaba prosternarse ante Adán, hubo de precipitársele en la cuarta región con todos los que se unieron a él. Y Eblis y su descendencia poblaron de demonios machos y hembras el infierno. En cuanto a los otros seis varones y las otras mujeres, siguieron sumisos, uniéndose entre sí, y tuvieron por hijos a los genn, entre los cuales nos contamos, ¡oh Belukia! Y tal es, en pocas palabras, nuestra genealogía.
No te asombres, pues, al vernos, comer de esta manera, porque nuestro origen está en un león, y en una loba. Para darte una idea de la capacidad de nuestro vientre, te diré que cada uno de nosotros devora en el día diez camellos, veinte carneros, y se bebe cuarenta cucharadas de caldo, advirtiéndote que cada cucharada contiene tanto como un caldero.
"¡Ahora, oh Belukia! para que sea perfecta tu instrucción a tu regreso entre los hijos de los hombres, has de saber que a la tierra que habitamos la están refrescando siempre las nieves del monte Cáucaso, que la rodea cual un cinturón. De no ser así, no podría habitarse nuestra tierra por causa del fuego subterráneo. También está la tal constituida por siete pisos que gravitan sobre los hombros de un genni dotado de una fuerza maravillosa. Este genni está de pie encima de una roca que descansa a lomos de un toro; al toro lo sostiene un pez enorme, y el pez nada en la superficie del Mar de la Eternidad.
"El Mar de la Eternidad tiene por lecho el piso superior del infierno, el cual, con sus siete regiones, está cogido entre las fauces de una serpiente monstruosa que permanecerá quieta hasta el día del Juicio.
"Entonces vomitarán sus fauces el infierno y su contenido en presencia del Altísimo, que dictará sentencia de un modo definitivo. "He aquí ¡oh Belukia!...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y CUANDO LLEGO LA 363ª NOCHE

Ella dijo:
"... He aquí ¡oh Belukia! nuestra historia, nuestro origen y la formación del globo, rápidamente resumidos.
"También debo decirte, para acabar tu instrucción a este respecto, que nuestra edad siempre es la misma; mientras sobre la tierra, a nuestro alrededor, la Naturaleza y los hombres, y los seres creados, todos se encaminan invariablemente hacia la decrepitud, nosotros no envejecemos nunca. Esta virtud se la debemos a la fuente de vida donde bebemos, y de la que es guardián Khizr en la región de las tinieblas. Ese venerable Khizr es quien normaliza las estaciones, engalana con sus coronas verdes a los árboles, hace correr las aguas fugitivas, extiende el tapiz verdeante de las praderas, y revestido por las tardes con su manto verde, funde los tintes ligeros con que se coloran los cielos en el crepúsculo.
"Y ahora, ¡oh Belukia! por haberme escuchado con tanta atención, te recompensaré haciendo que te saquen de aquí y te dejen a la entrada de tu país, siempre que lo desees".
Al oír tales palabras, Belukia dio las gracias con efusión al rey Sakhr, jefe de los genn, por su hospitalidad, por sus lecciones y por su ofrecimiento, que aceptó en seguida. Se despidió, pues, del rey, de sus visires y de los demás genn, y se montó en los hombros de un efrit muy robusto, que en un abrir y cerrar de ojos le hizo atravesar el espacio, y le depositó dulcemente en tierra conocida, cerca de las fronteras del país del joven.
Cuando Belukia se disponía a emprender el camino de su ciudad, una vez conocida la dirección que tenía que seguir, vio sentado entre dos tumbas y llorando con amargura a un joven de belleza perfecta, pero de tez pálida y aspecto muy triste. Se acercó a él, le saludó amistosamente, y le dijo: "¡Oh hermoso joven! ¿Por qué te veo llorando sentado entre estas dos tumbas? ¡Dime a qué obedece ese aire afligido, para que trate de consolarte!"
El joven alzó hacia Belukia su mirada triste, y le dijo con lágrimas en los ojos: "¿Para qué te detienes en tu camino, ¡oh viajero!? ¡Deja correr mis lágrimas en la soledad sobre estas piedras de mi dolor!"
Pero Belukia le dijo: "¡Oh hermano de infortunio, sabe que poseo un corazón compasivo dispuesto a escucharte! ¡Puedes, pues, revelarme sin temor la causa de tu tristeza!" Y se sentó junto a él en el mármol, le cogió las manos con las suyas, y para animarle a hablar le contó su propia historia desde el principio hasta el fin.
Luego, le dijo: "¿Y cuál es tu historia, ¡oh, hermano mío!? ¡Te ruego que me la cuentes cuanto antes, porque presiento que debe ser infinitamente atractiva!"


HISTORIA DEL HERMOSO JOVEN TRISTE

El joven de semblante dulce y triste que lloraba entre las dos tumbas dijo entonces al joven rey Belukia:
"Has de saber ¡oh hermano mío! que también soy yo un hijo de rey, y es mi historia tan extraña y tan extraordinaria, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección saludable a quien la leyera con simpatía. ¡No quiero, pues, dejar pasar más tiempo sin contártela!"
Calló por algunos instantes, secó sus lágrimas, y con la frente apoyada en la mano, comenzó así esta maravillosa historia:
"Nací, ¡oh hermano mío! en el país de Kabul, donde reina mi padre, el rey Tigmos, jefe de los Bani-Schalán y del Afghanistán. Mi padre, que es un rey muy grande y muy justiciero, tiene bajo su soberanía a siete reyes tributarios, de los cuales cada uno es señor de cien ciudades y de cien fortalezas. Manda, además, mi padre, en cien mil jinetes valerosos y en cien mil bravos guerreros. En cuanto a mi madre, es la hija del rey Bahrawán, soberano del Khorassán. Mi nombre es Janschah.
Desde mi infancia hizo mi padre que se me instruyera en las ciencias, en las artes y en los ejercicios corporales, de modo que a la edad de quince años me contaba yo entre los mejores jinetes del reino, y dirigía las cacerías y las carreras montado en mi caballo, más veloz que el antílope.
Un día entre los días, durante una cacería en la que se encontraban mi padre el rey y todos sus oficiales, después de estar tres días en las selvas y de matar muchas liebres, a la caída de la tarde vi aparecer, a algunos pasos del lugar en que me hallaba con siete de mis mamalik, una gacela de elegancia extremada. Al advertirnos, ella se asustó, y huyó saltando con toda su ligereza. Entonces yo, seguido por mis mamalik, la perseguí durante varias horas; de tal suerte llegamos a un río muy ancho y muy profundo, donde creímos que podríamos cercarla y apoderarnos de ella. Pero tras una corta vacilación, se tiró al agua v empezó a nadar para alcanzar la otra orilla. Y nosotros nos apeamos vivamente de nuestros caballos, los confiamos a uno de los nuestros, nos abalanzamos a una barca de pesca que estaba amarrada allí, y maniobramos con rapidez para dar alcance a la gacela. Pero cuando llegamos a la mitad del río, no pudimos dominar ya nuestra embarcación, que arrastraron a la deriva el viento y la poderosa corriente, en medio de la oscuridad que aumentaba, sin que nuestros esfuerzos pudiesen llevarnos por buen camino. Y de aquel modo fuimos arrastrados durante toda la noche con una rapidez asombrosa, creyendo estrellarnos a cada instante contra alguna roca a flor de agua o cualquier otro obstáculo que se alzase en nuestra ruta forzosa. Y aquella carrera aún duró todo el día y toda la noche siguientes. Y sólo al otro día por la mañana pudimos desembarcar al fin en una tierra a la que nos arrojó la corriente.
Mientras tanto, mi padre, el rey Tigmos, se enteró de nuestra desaparición al preguntar al mameluco que guardaba nuestros caballos. Y cuando recibió semejante noticia, llegó a tal estado de desesperación, rompió en sollozos, tiró al suelo su corona, se mordió de dolor las manos, y envió en seguida por todas partes en busca nuestra, emisarios conocedores de aquellas comarcas inexploradas. En cuanto a mi madre, al saber mi desaparición, se abofeteó el rostro, desgarró sus vestidos, se mezo los cabellos y se puso trajes de luto.
Volviendo a nosotros, cuando arribamos a aquella tierra dimos con un hermoso manantial que corría bajo los árboles, y nos encontramos con un hombre que se refrescaba los pies en el agua, sentado tranquilamente. Le saludamos con cortesía y le preguntamos dónde estábamos. Pero sin devolvernos el saludo, nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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