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16 P4 Historia de Kamaralzaman y la princesa Budur - cuarta de cuatro partes





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PERO CUANDO LLEGO LA 212ª NOCHE
Ella dijo:
...se había enterado de la misión encantadora que en adelante había de corresponder a todos sus órganos delicados.
Entonces, como se acercaba la hora en que los padres iban a entrar, Hayat-Alnefus dijo a Budur: "Hermana mía, ¿qué hay que decirle a mi madre, que me pedirá que le enseñe la sangre de mi virginidad?" Budur sonrió, y dijo: "¡La cosa es fácil!" Y fué a hurtadillas a coger un pollo y lo mató, y embadurnó con su sangre los muslos de la joven y las toallas, y le dijo: "¡No tienes más que enseñarles eso! Tal es la costumbre, que no permite investigaciones más hondas". La joven le preguntó: "Pero hermana mía, ¿por qué no quieres quitármelo tú misma, por ejemplo, con el dedo?" Budur contestó: "¡Ojos míos, porque, según te dije ya, te reservo para Kamaralzamán!"
Entonces entraron a ver a su hija el rey y la reina, pronto a estallar de furor contra ella y su esposo si no se hubiera consumado todo. Pero al ver la sangre, y los muslos enrojecidos, se alegraron ambos, y se esponjaron, y abrieron de par en par las puertas del aposento. Entonces entraron todas las mujeres, y resonaron gritos de júbilo, y el "lu- lu-jul" de triunfo, y la madre, en el colmo del orgullo, colocó en un almohadón las toallas rojas, y seguida de toda la comitiva, dió así la vuelta al harem. Y todo el mundo se enteró así del fausto acontecimiento; y el rey dió una gran fiesta, y mandó sacrificar para los pobres un número considerable de carneros y camellos pequeños.
En cuanto a la reina y a las invitadas, volvieron a la habitación de Hayat-Alnefus, a la cual besaron todas entre los ojos, llorando y se estuvieron con ella hasta la noche, después de haberla llevado al hammam, envuelta en sedas, para que no pasara frío.
Y Sett Budur siguió sentándose todos los días en el trono de la isla de Ébano, haciéndose querer por sus súbditos, que la creían hombre, y le deseaban larga vida. Pero al llegar la noche iba a buscar con mucho gusto a su joven amiga Hayat-Alnefus, la cogía en brazos, y se tendía con ella en el colchón. Y ambas, enlazadas hasta por la mañana, como esposo y esposa, se consolaban con toda clase de juegos y retozos delicados, aguardando la vuelta de su amado Kamaralzamán. ¡Eso en cuanto a ellas!
Y vamos ahora con Kamaralzamán. Se había quedado en la casa del buen jardinero musulmán, situada a extramuros de la ciudad habitada por los invasores inhospitalarios y sucios procedentes de los países de Occidente. Y su padre, el rey Schahramán, en las islas de Khadelán, al ver en el bosque los despojos ensangrentados, ya no dudó de la pérdida de su amado Kamaralzamán; y se puso de luto, lo mismo que todo el reino; y mandó edificar un monumento funerario, en el cual se encerró, para llorar en silencio la muerte de su hijo.
Y por su parte, Kamaralzamán, a pesar de la compañía del anciano, jardinero, que hacía cuanto podía por distraerle hasta la llegada de un barco que le llevase a la isla de Ébano, vivía triste, y recordaba con dolor los hermosos tiempos pretéritos.
Pero un día que el jardinero había ido, según costumbre, a dar una vuelta por el puerto con objeto de encontrar un barco que quisiera llevarse a su huésped, Kamaralzamán estaba sentado muy triste en el jardín, y se recitaba versos viendo jugar a las aves, cuando de pronto llamaron su atención los gritos roncos de dos aves grandes. Levantó la cabeza hacia el árbol del cual procedía el ruido, y vió una riña encarnizada a picotazos, arañazos y aletazos. Pero pronto cayó sin vida, precisamente delante de él, una de las aves, mientras la vencedora emprendía el vuelo.
Y he aquí que en el mismo instante dos aves mucho mayores, que habían visto el combate posadas en un árbol vecino, fueron a colocarse a los lados de la muerta; una se puso a la cabeza y otra a los pies, y después ambas abatieron tristemente el cuello, y echáronse a llorar.
Al ver aquello, Kamaralzamán se conmovió en extremo, y pensó en su esposa Sett Budur, y luego, por simpatía hacia las aves, se echó a llorar también.
Pasado un rato, Kamaralzamán vió a las dos aves abrir con las uñas y los picos una huesa, y enterrar a la muerta. Luego echaron a volar, y a los pocos momentos volvieron adonde estaba el hoyo, pero llevando agarrado, una por una pata y otra por una ala, el ave matadora, que hacía grandes esfuerzos para huir y daba gritos espantosos. La colocaron sin soltarla en la tumba de la difunta, y con pocos y rápidos picotazos la despanzurraron para vengar su crimen, le arrancaron las entrañas, y tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Y CUANDO LLEGO LA 216ª NOCHE
Ella dijo:
...y tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica. ¡Eso fué todo! Y Kamaralzamán había permanecido inmóvil de sorpresa ante un espectáculo tan extraordinario. Después, cuando las aves se fueron, impulsado por la curiosidad, acercose al sitio en que yacía el ave criminal sacrificada, y al mirar el cadáver, vió en el estómago desgarrado una cosa colorada que le llamó mucho la atención. Se inclinó, y habiéndola recogido, cayó desmayado de emoción. ¡Acababa de encontrar la cornalina talismánica de Sett Budur!
Cuando volvió de su desmayo, estrechó contra su corazón el precioso talismán, causa de tanto suspiro, zozobra, pena y dolor, y exclamó: "¡Plegue a Alah que sea éste un presagio de dicha y la señal de que también encontraré a mi muy amada Budur!" Después besó el talismán y se lo llevó a la frente, y enseguida lo envolvió con esmero en un pedazo de tela, y se lo ató alrededor del brazo, para evitar que se le perdiera otra vez. Y empezó a brincar de alegría.
Cuando se tranquilizó, recordó que el buen jardinero le había encargado que desarraigase un algarrobo añoso que ya no daba hojas ni fruto. Se ajustó, pues, un cinturón de cáñamo, se levantó las mangas, cogió una azada y un canasto, y puso inmediatamente manos a la obra, dando grandes golpes a las raíces del añoso árbol a ras de tierra. Pero de pronto notó que el hierro del instrumento chocaba con un cuerpo metálico y resistente, y oyó como un ruido sordo que se propagaba por debajo del suelo. Separó entonces velozmente la tierra y los guijarros, dejando al descubierto una gran chapa de bronce, que se apresuró a quitar. Entonces columbró una escalera de diez peldaños bastante altos abierta en la roca; y tras de haber pronunciado las palabras propiciatorias la ilah il'Alah, se dió prisa en bajar, y vió una ancha cueva cuadrada, de construcción muy antigua, de los tiempos remotos de Thammud y Aad; y en aquella cueva abovedada encontró veinte tinajas enormes, colocadas en orden a ambos lados. Levantó la tapa de la primera, y comprobó que estaba completamente llena de barras de oro rojo; levantó entonces la segunda tapa, y advirtió que la segunda tinaja estaba repleta de polvo de oro. Y abrió las otras dieciocho, y las encontró llenas alternativamente de barras y polvo de oro. `
Repuesto de su sorpresa, Kamaralzamán salió entonces de la cueva, volvió a poner la chapa, acabó el trabajo, regó los árboles, según costumbre adquirida de ayudar al jardinero, y no acabó hasta por la noche, cuando volvió su anciano amigo.
Las primeras palabras que el jardinero dijo a Kamaralzamán fueron para darle una buena noticia.
Díjole así: "¡Oh hijo mío! tengo la alegría de anunciarte tu próximo regreso al país de los musulmanes. He encontrado, en efecto, un barco fletado por mercaderes ricos que se dará a la vela dentro de tres días. He hablado con el capitán, que está conforme en darte pasaje hasta la isla de Ébano". Al oír estas palabras, Kamaralzamán se alegró mucho, y besó la mano al jardinero, y le dijo: "¡Oh padre mío! ¡Puesto que acabas de darme una buena nueva, yo te he de dar también, a mi vez, otra noticia que creo ha de contentarte...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y muy discreta, se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 213 hasta 216.

PERO CUANDO LLEGO LA 219° NOCHE
Ella dijo:
"...otra noticia que creo ha de contentarte, aunque ignores la avidez de los hombres del siglo, y tu corazón esté puro de toda ambición. ¡Tómate el trabajo de venir conmigo al jardín, y te enseñaré, ¡oh padre mío! la fortuna que te envía la suerte misericordiosa!"
Llevó entonces al jardinero al sitio en que se erguía el algarrobo desarraigado, levantó la chapa, y sin reparar en la sorpresa y espanto de su amigo, le hizo bajar a la cueva, y destapó delante de él las veinte tinajas llenas de oro en barras y en polvo. Y el buen jardinero, como atontado, levantaba las manos y abría extremadamente los ojos ante cada tinaja, diciendo: "¡Ya Alah!" Después Kamaralzamán le dijo: "¡He aquí ahora tu hospitalidad recompensada por el Dador! ¡La propia mano que el extranjero te alargaba para que le socorrieras en la adversidad, con el mismo ademán hace correr por tu morada el oro! ¡Así lo quieren los destinos propicios a las raras acciones animadas por la belleza pura y por la bondad de los corazones espontáneos!"
Al oír estas frases, el anciano jardinero, que no podía articular palabra, se echó a llorar, y las lágrimas resbalaban silenciosas por su larga barba y hasta por su pecho. Logró, por fin, hablar y dijo: "Hijo mío, ¿qué quieres que haga un viejo como yo con este oro y estas riquezas? ¡Verdad es que soy pobre; pero con mi dicha me basta, y será completa si quieres darme sólo un dracma o dos para comprar un sudario, que al morir en mi soledad dejaré a mi lado, a fin de que el caminante caritativo envuelva en él mis despojos para el día de juicio!"
Y esta vez le tocó llorar a Kamaralzamán. Luego dijo al viejo: "¡Oh padre de la sabiduría! ¡Oh jeique de manos perfumadas! ¡La santa soledad en que pasas tus años pacíficos borra ante tus ojos las leyes que dictó el rebaño adánico acerca de lo justo y de lo injusto, de lo falso y lo verdadero! ¡Pero yo he de volver a vivir entre los humanos feroces, y no puedo olvidar tales leyes, so pena de ser devorado! ¡Así, pues, si quieres, repartámonoslo! Tomaré la mitad y tú la otra mitad. ¡Si no, no tocaré absolutamente nada!"
Entonces el anciano jardinero contestó: "Hijo mío, mi madre me parió aquí mismo hace noventa años, y después murió; mi padre murió también. Y el ojo de Alah ha seguido mis pasos, y he crecido a la sombra de este jardín y escuchado el rumor del arroyuelo natal. Tengo cariño a este jardín y a este arroyo, ¡oh hijo mío! y al murmurador follaje, y a este sol, y a esta tierra materna en que mi sombra se alarga en libertad y se conoce a sí misma, y a la luna, que de noche me sonríe por encima de los árboles hasta la mañana. Todo esto habla conmigo, ¡oh hijo mío! Te lo digo para que sepas la razón que me sujeta aquí y me impide partir en tu compañía hacia los países musulmanes. Soy el único musulmán de este país en que vivieron mis antepasados. ¡Blanqueen, pues, en él mis huesos, y que el último musulmán muera con la cara vuelta hacia el sol que ilumina una tierra inmunda ahora, mancillada por los hijos bárbaros del oscuro Occidente!"
Así habló el anciano de las manos temblorosas. Después añadió: "En cuanto a esas tinajas preciosas que te preocupan, toma, si lo deseas las diez primeras, y deja las otras diez en la cueva. Serán el premio de aquel que entierre el sudario en que yo duerma.
"Pero hay más. Lo difícil no es eso, sino embarcar las vasijas en el navío sin llamar la atención y excitar la codicia de los hombres de alma negra que habitan en la ciudad. Ahora bien; en mi jardín hay olivos cargados de fruto y en el sitio adonde vas, en la isla de Ébano, las aceitunas son cosa rara y muy estimada. De modo que ahora mismo voy a comprar veinte tarros grandes, que llenaremos a medias de barras y polvo de oro, acabándolas de llenar con las aceitunas de mi jardín. Y entonces será cuando podamos llevarlos sin temor al barco que va a salir."
Este consejo fué seguido inmediatamente por Kamaralzamán, que se pasó el día preparando los tarros comprados. Y cuando no le quedaba por llenar más que uno, dijo para sí: "Este talismán milagroso, no está bastante seguro arrollado a mi brazo; pueden robármelo mientras duermo o perderse de otra manera. Lo mejor es, seguramente, colocarlo en el fondo de este tarro; después lo cubriré con las barras y el polvo de oro, y encima colocaré las aceitunas" Y enseguida ejecutó su proyecto; y terminado que fué aquello, tapó el último tarro con su tapa de madera blanca, y para distinguirlo de los otros en caso necesario, le hizo una muesca en la base, y después, enardecido por aquel trabajo, grabó con una navaja todo su nombre, Kamaralzamán, en hermosos caracteres enlazados. Concluida tal tarea, rogó a su anciano amigo que avisase a los hombres de la nave para que al día siguiente fueran a recoger los tarros. Y el viejo desempeñó enseguida el encargo, y regresó a casa un tanto fatigado, y se acostó con un poco de calentura y algunos escalofríos.
A la mañana siguiente, el anciano jardinero, que en su vida había estado enfermo, notó que se acrecentaba el mal de la víspera, pero no quiso decírselo a Kamaralzamán, para no amargarle la salida. Se quedó en el colchón, presa de una gran debilidad, y comprendió que iba a llegar su último momento.
Durante el día, los hombres de la nave fueron al jardín a recoger los tarros, y dijeron a Kamaralzamán, que les había abierto la puerta, que les indicase lo que tenían que recoger.
El joven les llevó junto a la verja y les enseñó los veinte tarros, bien colocados, diciéndoles: "¡Están llenos de aceitunas de primera calidad! ¡Os ruego, pues, que tengáis cuidado para no estropearlas!" Luego, el capitán que había acompañado a sus hombres, dijo a Kamaralzamán: "¡Sobre todo, señor, no dejes de ser puntual; porque mañana el viento soplará de tierra y nos daremos a la vela enseguida!"
Y cogieron los tarros y se fueron...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como discreta, se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 217 hasta 219.

Y CUANDO LLEGO LA 222ª NOCHE
Ella dijo:
... Y cogieron los tarros y se fueron.
Entonces Kamaralzamán entró en la habitación del jardinero y le encontró la cara palidísima, aunque llena de gran serenidad. Le preguntó cómo estaba, y entonces se enteró de que hallábase enfermo, y a pesar de las palabras que el otro le decía para tranquilizarle, no dejó de alarmarse mucho. Le hizo tomar varios cocimientos de hierbas verdes, pero sin gran resultado. Después le acompañó todo el día, y le veló por la noche, y pudo ver qué el mal se agravaba. Y por la mañana, el buen jardinero, que apenas tenía fuerzas para llamarle hacia su cabecera, le cogió de la mano y le dijo: "¡Kamaralzamán, hijo mío, escucha! ¡No hay más Dios que Alah! ¡Y nuestro señor Mohammed es el enviado de Alah!" Y expiró.
Entonces Kamaralzamán rompió en llanto, y estuvo mucho tiempo llorando a su lado. Se levantó después, le cerró los ojos, le rindió el último tributo, le hizo un sudario blanco, abrió la huesa y enterró al último musulmán de aquel país caído en el descreimiento. Y entonces pensó en embarcarse.
Compró ciertas provisiones, cerró la puerta del jardín, se llevó la llave consigo, y corrió a escape al puerto, cuando el sol estaba ya muy alto; pero fué para ver que el barco, a toda vela, iba ya obedeciendo al viento favorable hacia alta mar.
Extremado fué el dolor de Kamaralzamán al ver aquello pero no lo exteriorizó, para que no se riera a costa suya la gentuza del puerto. Y volvió a emprender tristemente el camino del jardín, del cual era ya único heredero y propietario por fallecimiento del anciano. Y en cuanto llegó a la casita, se desplomó en un colchón, y lloró por sí mismo, y por su amada Budur, y por el talismán que acababa de perder por segunda vez.
La aflicción de Kamaralzamán no tuvo límites cuando se vió obligado por el destino feroz a quedarse hasta fecha desconocida en aquel país inhospitalario; y el pensamiento de haber perdido para siempre el talismán de Sett Budur le desesperaba más, y decía para sí: "¡Mis desdichas empezaron con la pérdida del talismán y volvió la buena suerte cuando lo recobré; y ahora que lo he vuelto a perder, quién sabe las calamidades que me caerán encima!"
Sin embargo, acabó por exclamar: "¡No hay más recurso que Alah el Altísimo!" Después se levantó, y para no exponerse a perder las otras diez tinajas que constituían el tesoro subterráneo, fué a comprar otros veinte tarros; puso en ellos las barras y el polvo, y los acabó de llenar con aceitunas hasta arriba, diciendo para sí: "¡Así estarán preparados el día que Alah quiera que me embarque!" Y volvió a regar las legumbres y los árboles frutales, recitando versos muy tristes relativos a su amor hacia Budur. Eso en cuanto a Kamaralzamán.
En cuanto al buque, tuvo vientos favorables, y no tardó en llegar a la isla de Ébano, y fué a fondear precisamente debajo del malecón en que se elevaba el palacio habitado por la princesa Budur con el nombre de Kamaralzamán.
Al ver aquella nave que entraba a toda vela y ondeando el pabellón, Sett Budur sintió vivos deseos de ir a verla, tanto más cuanto que siempre tenía la esperanza de que había de encontrar algún día a su esposo Kamaralzamán embarcado en alguno de los navíos que venían de lejos. Mandó a algunos de sus chambelanes que la acompañaran, y fué a bordo del buque, del cual le dijeron, por otra parte, que venía cargado de ricas mercaderías.
Al llegar a bordo, mandó llamar al capitán, y le dijo que quería ver la nave. Después, cerciorada de que Kamaralzamán no se encontraba entre los pasajeros, preguntó por curiosidad al capitán: "¿De qué -: viene cargado el barco, capitán?" Este contestó: "¡Oh señor! Además de los mercaderes pasajeros, llevamos en el sollado ricas telas, sederías de todos los países, bordados en terciopelo y brocados, telas pintadas, antiguas y modernas, de muy buen gusto, y otras mercancías de valor; llevamos medicamentos chinos e indios, drogas en polvo y en rama, dictamos, pomadas, colirios, ungüentos y bálsamos preciosos; llevamos pedrería, perlas, ámbar amarillo y coral, tenemos también perfumes de todas clases y especies selectas; almizcle, ámbar gris e incienso, almáciga en lágrimas transparentes, benjuí gurí y esencias de todas las flores; tenemos asimismo alcanfor, cilantro, cardamomo, clavo, canela de Serendib, tamarindo y jengibre: finalmente, hemos embarcado en el último puerto aceitunas superiores, de las llamadas "de pájaro", que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, de color del aceite rubio...
En este momento de su narración. Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente, se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 220, 221 y 222.

Y CUANDO LLEGO LA 225ª NOCHE
Ella dijo:
"...que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio".
Cuando la princesa Budur oyó nombrar las aceitunas, que le gustaban con delirio, interrumpió al capitán, y le preguntó brillándole los ojos de deseo: "¡Ah! ¿Y cuánta cantidad tienes de esas aceitunas "de pájaro?" Contestó: "Tenemos veinte tarros grandes". Ella dijo: "¿Son muy grandes? ¡Dímelo! ¿Y tienen también aceitunas de las que se llaman rellenas, es decir, de las que les han quitado los huesos para sustituirlos con alcaparras ácidas, y que mi alma prefiere con mucho a las que tienen hueso?" El capitán abrió los ojos, y dijo: "Supongo que también las habrá en esos tarros". Al oírle, la princesa Budur notó que se le hacía la boca agua con el deseo no satisfecho, y dijo: "Quiero comprar uno de esos tarros". Y el capitán contestó: "Aunque al propietario se le escapó el barco en el momento de zarpar y no puedo disponer libremente de ellos, nuestro señor el rey tiene derecho a coger lo que quiera".
Y gritó: "¡Hola! ¡Traiga uno de vosotros del sollado uno de los veinte tarros de aceitunas!" Y enseguida los marineros sacaron del sollado y trajeron uno de éstos.
Sett Budur mandó levantar la tapa, y le maravilló tanto el aspecto admirable de aquellas aceitunas "de pájaro", que exclamó: "Quisiera comprar los veinte tarros. ¿Cuánto costarán, según el precio corriente del zoco?" El capitán contestó: "Según el precio del zoco de la isla de Ébano, creo que cada tarro de aceitunas valdrá cien dracmas".
Sett-Budur dijo a sus chambelanes: "¡Pagad al capitán mil dracmas por: cada tarro!" Y añadió: "Cuando vuelvas al país del mercader, le pagaras eso por las aceitunas". Y se fué, seguida de los que cargaron con los tarros de aceitunas.
La primera diligencia de Sett Budur al llegar a palacio fué entrar en el aposento de su amiga Hayat-Alnefus para avisarle de la llegada de las aceitunas. Y cuando los tarros fueron llevados al interior del harem, según las órdenes dadas, Budur y Hayat-Alnefus, en el colmo de la impaciencia, mandaron traer la fuente mayor de las de dulce, y ordenaron a las esclavas que levantaran con cuidado el primer tarro y vaciaran en ella el contenido todo, formando un montón bien acondicionado, en el que se pudieran distinguir las aceitunas con hueso de las deshuesadas.
¡Y cuál no sería el maravillado pasmo de Budur y su amiga al ver mezclados con las aceitunas barras y polvo de oro! Y esta sorpresa tenía algo de decepción, por pensar que tal mezcla podía haber echado a perder las aceitunas; de modo que Budur mandó traer otras fuentes y vaciar los demás tarros, uno tras otro, hasta el vigésimo. Pero cuando las esclavas hubieron volcado el último, y apareció el nombre de Kamaralzamán en la base, y brilló el talismán en medio de las aceitunas, Budur lanzó un grito, se puso palidísima, y cayó desmayada en brazos de Hayat-Alnefus. ¡Acababa de reconocer la cornalina que llevó en otro tiempo sujeta al nudo de seda del calzón!
Al volver en sí, merced a los cuidados de Hayat-Alnefus, Sett Budur cogió la cornalina talismánica y se la llevó a los labios, exhalando un suspiro de felicidad: después, para que las esclavas no se enteraran de su disfraz, las despidió a todas, y dijo a su amiga: "¡He aquí, ¡oh amada mía querida! el talismán causante de que estemos separados mi esposo adorado y yo! ¡Pero así como he dado con él, pienso volver a encontrar a aquel cuya venida nos llenará de felicidad a ambas!"
Inmediatamente mandó llamar al capitán de la nave, que se le presentó, y besó la tierra entre sus manos, y aguardó que le preguntaran. Entonces Budur le dijo: "¿Puedes decirme, ¡oh capitán! lo que hace en su tierra el amo de los tarros de aceitunas?" El capitán respondió: "Es ayudante de jardinero, y había de embarcarse con sus aceitunas para venir a venderlas aquí, pero no llegó a tiempo al barco".
Budur le dijo: "Pues bien; sabe, ¡oh capitán! que al probar las aceitunas, de las cuales las mejores están, efectivamente, rellenas, he descubierto que el que las ha preparado no puede ser más que uno que fué cocinero mío, pues era el único que sabía dar al relleno de alcaparras ese sabor picante y suave a la vez que me gusta infinito. Y ese maldito cocinero se escapó, temiendo que le castigaran por haber perjudicado a un pinche al tratar de acariciarlo de una manera harto dura y poco proporcionada. Por consiguiente, es menester que te des a la vela y me traigas lo antes posible a ese ayudante de jardinero, porque sospecho mucho que sea mi cocinero, autor del desgarrón de su delicado pinche. Y te recompensaré con liberalidad si cumples mis órdenes con gran diligencia; de lo contrario, no te permitiré volver más a mi reino; y como volvieras, te mandaría matar, lo mismo que a los de tu tripulación...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 223, 224 y 225.

PERO CUANDO LLEGO LA 228ª NOCHE
Ella dijo:
"...te mandaría matar, lo mismo que a los de tu tripulación".
Al oír estas palabras, el capitán no pudo contestar más que oyendo y obedeciendo, y a pesar del perjuicio que salida tan forzada pudiera ocasionar a sus mercaderías, supuso que a la vuelta le indemnizaría el rey, y se dió a la vela. Y le permitió Alah una navegación tan feliz, que llegó en pocos días a la ciudad descreída, y desembarcó de noche con los marineros más robustos de su tripulación.
En aquel momento, Kamaralzamán, que había acabado su labor del día, estaba sentado muy triste, y con lágrimas en los ojos recitaba versos sobre la ausencia. Pero al oír llamar a la puerta, se levantó y fué a preguntar: "¿Quién va? El capitán, fingiendo voz cascada, dijo: "¡Un pobre de Alah!" Al oír esta súplica, dicha en árabe, Kamaralzamán, cuyo corazón latió de piedad, abrió. Pero inmediatamente fué cogido y agarrotado, y los marineros invadieron el jardín, y al ver los veinte tarros colocados como la primera vez, se apresuraron a cogerlos. Después volvieron todos al barco, y se dieron inmediatamente a la vela.
Entonces el capitán, rodeado por sus hombres, se acercó a Kamaralzamán y le dijo: "¡Ah! ¿Conque eres tú el aficionado a muchachos, que desgarraste al niño en la cocina del rey? ¡Cuando llegue el barco, encontrarás el palo dispuesto a hacerte lo propio, como no prefieras que ahora mismo te ensarten estos mozos continentes!" Y le señaló a los marineros, que se guiñaban el ojo al mirarlo, pues les parecía muy bien disfrutar de aquella ganga.
Al oír tales palabras, Kamaralzamán que aunque libertado de las ataduras desde que llegó a la nave no había dicho palabra, dejándose llevar por el Destino, no pudo soportar tamaña imputación, y exclamó:
"¡Me refugio en Alah! ¿No te da vergüenza hablar de ese modo? ¡Oh capitán! ¡Reza por el profeta!" El capitán contestó: "¡Sean con El y con todos los suyos la bendición de Alah y la plegaria! ¡Pero tú fuiste el que ensartó al chico!"
Al oír estas palabras, Kamaralzamán exclamó otra vez; "¡Me refugio en Alah!" El capitán replicó: "¡Tenga Alah misericordia de nosotros! ¡Nos ponemos bajo su custodia!"
Y Kamaralzamán repuso: "¡Os juro a todos vosotros por la vida del Profeta (¡sean con El la plegaria y la paz!), que no entiendo nada de semejante acusación, y que nunca he puesto los pies en esa isla de Ébano a la cual me lleváis, ni en el palacio de su rey! ¡Rezad por el Profeta, oh buena gente!" Entonces todos replicaron, como se acostumbra: "¡Sea con El la bendición!”
Pero el capitán replicó: "¿De modo que nunca has sido cocinero ni has ensartado a ningún niño en tu vida?" Kamaralzamán, en el límite de la indignación, escupió al suelo, y gritó: "¡Me refugio en Alah! ¡Haced de mí lo que queráis, pues, por Alah, mi lengua no se volverá a mover para contestar a tales cosas!" Y ya no quiso decir palabra. Entonces el capitán dijo: "Yo cumplo mi deber con entregarte al rey. ¡Si eres inocente, ya te arreglarás como puedas!"
A todo esto, el barco llegó a la isla de Ébano con felicidad. Y el capitán llevó enseguida a Kamaralzamán a palacio, y solicitó ver al rey. Y como le aguardaban, se le introdujo en la sala del trono.
Y Sett Budur, para no delatarse, por interés tanto suyo como de Kamaralzamán, había combinado un plan muy acertado, sobre todo para ser discurrido por una mujer.
Y cuando miró al que el capitán traía, a la primera ojeada conoció a su adorado Kamaralzamán, y se quedó muy pálida y amarilla como el azafrán. Y todos atribuyeron su cambio de color a la ira por el recuerdo a la ensartadura del niño. Ella le miró mucho tiempo sin poder hablar, mientras Kamaralzamán, con su traje viejo de jardinero, había llegado al límite de la confusión y el temblor. Y estaba muy distante de figurarse que se encontraba en presencia de aquella por quien había vertido tantas lágrimas y experimentado tantas penas, zozobras y malos tratos.
Por fin pudo dominarse Sett Budur, y se volvió hacia el capitán, y le dijo: "¡Como premio por tu fidelidad, te quedarás con el dinero que te di por las aceitunas!" El capitán besó la tierra, y dijo: "¿Y los otros veinte tarros de esta última vez que están todavía en el Bollado?" Budur dijo: "Si has traído otros veinte tarros, apresúrate a mandármelos. ¡Y te pagaré mil dinares de oro!" Y le despidió.
Después se volvió hacia Kamaralzamán, que estaba con los ojos bajos, y dijo a los chambelanes: "¡Coged a ese joven y llevadle al hammam...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 226, 227 y 228.

Y CUANDO LLEGO LA 230ª NOCHE
Ella dijo:
"¡Coged a ese, joven y llevadle al hammam! ¡Después le vestiréis suntuosamente, y me lo volveréis a presentar mañana por la mañana, a la primera hora del diwán!" Y lo mandado se ejecutó al momento.
Sett Budur fué a buscar a su amiga Hayat-Alnefus, y le dijo: "¡Amiga mía, nuestro adorado está de vuelta! ¡Por Alah! he combinado un plan admirable para que nuestro encuentro no sea un golpe funesto para el que de jardinero se ve convertido en rey sin transición. Y es un plan que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a los aficionados a instruirse. Y Hayat-Alnefus se puso tan contenta, que se echó en brazos de Sett Budur, y ambas aquella noche fueron muy formales, para prepararse a recibir con toda frescura al amado de su corazón.
Y por la mañana llevaron al diwán a Kamaralzamán, suntuosamente vestido. Y el hammam había devuelto a su rostro todo su resplandor, y el traje ligero y bien ceñido realzaba su cintura fina y sus nalgas montañosas. Y todos los emires, personajes y chambelanes no se sorprendieron al oír al rey decir al gran visir: "¡Darás a este joven cien esclavos para que le sirvan, y le proporcionarás por cuenta del Tesoro emolumentos que sean dignos del cargo que le voy a conferir ahora mismo!". Y le nombró visir entre los visires, y le dió tren de casa y caballos, y mulos y camellos, sin contar arcas llenas y armarios. Después se retiró.
Al día siguiente, Sett Budur -siempre bajo la apariencia de rey de la isla de Ébano- mandó comparecer al nuevo visir, y destituyó de su empleo al gran visir, y después nombró a Kamaralzamán gran visir en su lugar; y Kamaralzamán entró enseguida en el Consejo, y la asamblea fué dirigida por su autoridad.
Sin embargo, cuando se levantó la sesión del diwán, Kamaralzamán empezó a reflexionar profundamente, y dijo para sí: "¡Los honores que me otorga este joven monarca y la amistad con que me honra deben tener seguramente algún origen! Pero ¿cuál será? Los marineros me cogieron y trajeron aquí acusado de haber ensartado a un niño cuando suponían que fuese yo un ex cocinero del rey. Y éste, en vez de castigarme, me envía al hammam, y me da un alto cargo y todo lo demás. ¡Oh Kamaralzamán! ¿Cuál puede ser la causa de suceso tan extraño?”
Reflexionó otro rato, y después exclamó: "¡Por Alah! ¡He dado con la causa; pero sea confundido Eblis! Seguramente este rey, que es muy joven y hermoso, debe de creerme aficionado a muchachos, y sólo me demuestra tanta amabilidad por esto. Pero ¡por Alah! no puedo aceptar semejante función. Y es necesario poner en claro sus proyectos; y si efectivamente pretendiera eso de mí, le devolvería en el acto cuanto me ha dado, y abdicaría mi empleo de gran visir, y me volvería a mi jardín".
Y Kamaralzamán fué inmediatamente a ver al rey, y le dijo: "¡Oh rey afortunado! en verdad que colmaste a tu esclavo de honores y consideraciones que no suelen otorgarse más que a venerables ancianos encanecidos en la sabiduría; y yo no soy más que un joven entre los más jóvenes. ¡De modo que si todo esto no tuviera una causa desconocida, sería el prodigio más inmenso entre los prodigios!"
Oídas estas palabras, Sett Budur sonrió y miró a Kamaralzamán con ojos lánguidos, y le dijo: "Efectivamente, mi hermoso visir, todo eso tiene su causa, y es el cariño que tu belleza ha encendido súbitamente en mi hígado. Pues en verdad que me ha cautivado en extremo tu tez tan delicada y tranquila".
Pero Kamaralzamán dijo: "¡Prolongue Alah los días del rey! Pero tu esclavo tiene una esposa a quien ama, y por la cual llora todas las noches desde una aventura extraña que le alejó de ella. ¡Por eso, oh rey, tu esclavo te pide permiso para irse a viajar después de haber dejado en tus manos los cargos con que has tenido a bien honrarle!"
Pero Sett Budur cogió la mano al joven, y le dijo: "¡Oh mi hermoso visir, siéntate! ¿Por qué vienes a hablarme de viaje y partida? Quédate aquí, junto al que arde por tus ojos y está dispuesto, si quieres compartir su pasión, a hacerte reinar con él en este trono. Porque has de saber que yo también fui nombrado rey a consecuencia del afecto que el rey viejo me manifestó, y de lo amable que para él he sido. Ponte ya al corriente, ¡oh joven gentilísimo! de las costumbres de este siglo, en el cual la prioridad corresponde de derecho a los seres bellos, y no olvides las acertadas frases de uno de nuestros más exquisitos poetas...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Aclaración

El traductor une en este capítulo las noches 229 y 230.

Y CUANDO LLEGO LA 232ª NOCHE
Ella dijo:
"...y no olvides las acertadas frases de uno de nuestros más exquisitos poetas:
¡Nuestro siglo recuerda aquellos tiempos delicados en que vivía el venerable Lot, pariente de Abraham, el amigo de Alah!
¡El anciano Lot tenía una barba cual la sal, que servía de marco a un rostro juvenil, en el cual respiraban las rosas!
¡En su ciudad ardiente, visitada por ángeles, hospedaba a los ángeles, y en cambio daba sus hijas a la muchedumbre!
¡El cielo mismo le libró de su antipática mujer, inmovilizándola al cuajarla en sal fría y sin vida!
¡En verdad os digo que este siglo encantador pertenece a los jóvenes!

Cuando Kamaralzamán oyó estos versos y comprendió su significado, quedose turbadísimo y se sonrojaron como una ascua sus mejillas; después dijo: "¡Oh rey! tu esclavo te confiesa su falta de afición a esas cosas a las cuales no pudo acostumbrarse. ¡Además, soy harto joven para soportar pesos y medidas que no podría tolerar la espalda de un ganapán viejo!”.
Al oír estas palabras, Sett Budur se echó a reír a carcajadas, y luego dijo a Kamaralzamán: "¡Verdaderamente, oh joven delicioso, no sé por qué te asustas! Oye lo que tengo que decirte respecto al particular: o eres un adolescente o una persona mayor. Si eres lo primero, o no has llegado a la edad de la responsabilidad, nada te podrán echar en cara; pues no deben censurarse ni considerarse con mirada dura y violenta los actos sin importancia de los menores; si tienes una edad responsable, y así me lo parece al oírte discutir con tanto raciocinio, ¿por qué has de vacilar o asustarte ya que eres dueño de tu cuerpo y puedes dedicarlo al uso que prefieras, y lo que está escrito sucede?
Sobre todo, piensa que yo soy el que debería asustarse, puesto que soy más pequeño que tú; pero yo me aplico estos versos tan perfectos del poeta:
Estando mirándome el niño, mi zib se movió. Entonces exclamó él: "¡Es enorme!" Y yo le dije: "¡Así es fama!"
El replicó: "¡Apresúrate a demostrarme su heroísmo y resistencia!" Pero yo le dije: "¡Eso no es lícito!" El me replicó: "¡Para mi es muy lícito! ¡Apresúrate a manejarlo!" ¡Entonces lo hice pero sólo por obediencia y cortesía!
Cuando Kamaralzamán oyó tales palabras y versos, vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y bajó la cabeza, y dijo a Sett Budur: "¡Oh rey lleno de gloria! ¡Tienes en tu palacio muchas jóvenes y esclavas, y vírgenes muy bellas y tales como ningún rey de este tiempo las posee! ¿Por qué has de abandonar todo eso sólo por mí? ¿No sabes que te es lícito hacer con las mujeres cuanto pueda atraer tus deseos o alentar tu curiosidad y provocar tus ensayos?”
Pero Sett Budur sonrió, cerrando a medias los párpados y mirándole de reojo, y después contestó: "¡Nada más cierto que lo que dices, oh mi prudente visir tan hermoso! Pero ¿qué hacer, cuando nuestra afición varía de deseo, cuando nuestros sentidos se afinan o transforman, y cuando cambia la naturaleza de nuestro humor? Pero dejémonos de una discusión que no conduce a nada, y oigamos lo que dicen respecto a eso nuestros poetas más estimados. Escucha algunos de sus versos:
"Uno ha dicho:
¡He aquí los puestos apetitosos en el zoco de los fruteros! ¡Encuentras a un lado, en la bandeja de palma, los higos gordos, de trasero oscuro y simpático! ¡Oh! ¡Pero mira la bandeja grande en el sitio de preferencia! ¡He aquí los frutos del sicomoro, los frutos pequeños, de trasero sonrosado, del sicomoro!
"El segundo ha dicho:
¡Pregunta a la joven por qué, cuando los pechos se le endurecen y el fruto le madura, prefiere el sabor ácido de los limones a las sandías dulces y a las granadas!
"Otro ha dicho:
¡Oh mi única beldad! ¡Oh muchachito! ¡Tu amor es mi fe! ¡Es para mí la religión preferida entre todas las creencias!
¡Por ti he dejado a las mujeres, hasta el punto de que mis amigos han observado esta abstinencia, y han supuesto ¡ignorantes! que me había hecho monje y religioso!
"Otro ha dicho:
¡Oh Zeinab, de pechos morenos, y tú, Hind, de trenzas teñidas con arte! ¿No sabéis por qué hace tanto tiempo que desaparecí?
He encontrado las rosas -las que suelen verse en las mejillas de las jóvenes-, he encontrado esas rosas, no en las mejillas de una joven, ¡oh Zeinab! sino en las posaderas fundamentales y aterciopeladas de mi amigo. ¡He aquí por qué, ¡oh Hind! ya no podrá atraerme nunca tu cabellera teñida, ni tampoco, oh Zeinab, tu jardín arrasado, al cual le falta el vello, ni siquiera tus posaderas, demasiado lisas, que carecen de granulación!
"Otro ha dicho:
Cuida de no hablar mal de ese gamo joven, comparándole sencillamente, porque es imberbe, con una mujer. Es preciso ser un malvado para decir o pensar semejante cosa. ¡Hay diferencia!
En efecto, cuando te acercas a una mujer, es por delante; y por eso te besa en la cara. Pero el gamo joven, cuando te acercas a él, tiene que encorvarse, y de esa manera ¡figúrate! besa la tierra: ¡Hay diferencia!
"Otro ha dicho:
¡Oh hermoso niño, eras mi esclavo, y te liberté para utilizarte en ataques infecundos! Porque tú, siquiera, no puedes criar huevos en tu seno.
En efecto, ¡qué espantoso sería para mí aproximarme a una mujer virtuosa de anchas caderas! ¡En cuanto la cabalgase, me daría tantos hijos, que no podría contenerlos toda la comarca!
"Otro ha dicho:
Mi esposa me dirigió tantas miradas picarescas y se puso a mover las caderas con tanta elasticidad, que me dejé arrastrar a nuestro lecho; largo tiempo evitado. ¡Pero no pudo lograr que se despertase el querido niño a quien solicitaba!
Entonces me gritó, furiosa: "¡Si no le obligas inmediatamente a endurecerse para cumplir sus deberes y penetrar, no te asombres si mañana, al despertarte, eres cornudo!"
"Otro ha dicho
Generalmente se piden a Alah, mercedes y beneficios levantando los brazos. ¡Pero las mujeres son de otro molde! ¡Para solicitar los favores de su amante levantan las piernas y los muslos! El ademán es seguramente más meritorio, pues se dirige a sus profundidades.
Por último, otro ha dicho:
¡Que ingenuas son a veces las mujeres! ¡Como tienen trasero se figuran que nos lo pueden ofrecer en caso necesario, por analogía! ¡He demostrado a una de ellas, cuánto se equivocaba!
Esta joven había venido a buscarme con una vulva en verdad lo más excelente posible. Pero yo le dije: “¡No hago esas cosas de tal manera!”
Ella me contestó: “¡Si, ya lo sé, este siglo abandona la moda antigua! ¡Pero no importa! ¡Estoy al corriente!” ¡Y se volvió y presentó a mis miradas un orificio tan vasto como el abismo del mar!
Pero yo dije: “¡Te doy las gracias de veras señora mía, te doy mil gracias! ¡Veo que tu hospitalidad es muy amplia! ¡Y temo perderme en un camino cuya brecha resulta mayor que la de una ciudad tomada por asalto!”
Cuando Kamaralzamán oyó todos aquellos versos, comprendió que no había medio de equivocarse acerca de las intenciones de Sett Budur, a quien seguía tomando por el rey, y vió que no le serviría de nada resistirse más; y por otra parte, también sentía curiosidad de saber a qué atenerse sobre la moda nueva de que hablaba el poeta...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 231 y 232.

PERO CUANDO LLEGO LA 235ª NOCHE
Ella dijo:
... a Sett Budur le dió tal acceso de risa, que le faltó poco para desmayarse. Después se puso seria de repente, y recobró su antigua voz, dulce y tan cantora, y dijo a Kamaralzamán: "¡Oh esposo amadísimo qué pronto has olvidado nuestras hermosas noches pasadas!" Y se levantó rápidamente, y tirando a lo lejos el traje y el turbante con que estaba disfrazada, apareció completamente desnuda, suelta la cabellera lo largo de la espalda.
Al ver aquello, Kamaralzamán conoció a su esposa Budur, hija rey Ghayur, señor de El-Budur y de El-Kussur. Y la besó, y ella le besó, y la estrechó, y ella le estrechó, y después, ambos llorando de alegría, se confundieron en besos encima del diván.
Y ella, entre otros mil, le recitó estos versos:
¡He aquí a mi amado! ¡Es el bailarín de cuerpo armonioso! ¡Miradle cuando avanza con pie flexible y ligero!
¡Hele aquí! ¡No creáis que sus piernas se quejen del peso enorme que las precede, y que constituiría una buena carga para un camello!
¡He aquí a mi amado! ¡Como alfombra tendí por su camino las flores de mis mejillas!, ¡oh dicha mía! ¡Y el polvo de sus suelas fue un bálsamo bienhechor para mis ojos!
¡En el rostro de mi amado, ¡oh hijas de Arabia! vi bailar a la aurora! ¿Cómo olvidar sus encantos y su dulzura...?
Después de lo cual, la reina Budur contó a Kamaralzamán cuanto le había ocurrido desde el principio hasta el fin. Lo mismo hizo él, y después la reconvino, y le dijo: "¡Es realmente una enormidad lo que has hecho conmigo esta noche!" Ella contestó: "¡Por Alah! ¡No era más que una broma!" Enseguida siguieron sus retozos entre muslos y brazos hasta que amaneció.
Entonces la reina Budur se juntó con el rey Armanos, padre de Hayat-Alnefus, le contó la verdad de su historia, y le reveló que su hija, la joven Hayat-Alnefus, era todavía tan completamente virgen como antes.
Cuando el rey Armanos, dueño de la isla de Ébano, oyó estas palabras de Sett Budur, hija del rey Ghayur, se maravilló hasta el límite del asombro, y mandó que historia tan prodigiosa se escribiera con letras de oro sobre pergaminos ilustres. Después se volvió hacia Kamaralzamán y le preguntó: "¡Oh hijo del rey Scrahramán! ¿Quieres entrar en mi parentela aceptando como segunda esposa a mi hija Hayat-Alnefus, que está aún intacta de toda sacudida?"
Kamaralzamán contestó: "Antes tengo que consultar con mi esposa Sett Budur, a quien debo respeto y amor". Y se volvió hacia la reina Budur, y le preguntó: "¿Puedo contar con tu consentimiento para tomar a Hayat-Alnefus como segunda esposa?" Budur contestó: "¡Sí, por cierto; pues yo misma te la he reservado para festejar tu regreso! ¡Y me contentaré con ocupar el segundo puesto, pues debo mucha gratitud a Hayat-Alnefus por sus amabilidades y su hospitalidad!"
Entonces Kamaralzamán se volvió hacia el rey Armanos, y le dijo: "Mi esposa Sett Budur me ha contestado aceptando lo propuesto, y diciéndome que en caso necesario se daría por muy contenta con ser esclava de Hayat-Alnefus!"
Al oír estas palabras, el rey Armanos se regocijó hasta el límite del regocijo, y fué a sentarse para aquel caso en el trono de justicia, y mandó reunir a todos los emires, visires, chambelanes y notables del reino, y les contó la historia de Kamaralzamán y de su esposa Sett Budur, desde el principio hasta el fin.
Luego les comunicó su proyecto de dar a Hayat-Alnefus por segunda esposa a Kamaralzamán, y nombrarle al mismo tiempo rey de la isla de Ébano en lugar de su esposa la reina Budur. Y todos besaron la tierra entre sus manos, y respondieron: "¡Desde el momento en que Kamaralzamán es el esposo de Sett Budur, que ha reinado antes en este trono le aceptamos con júbilo por nuestro rey, y nos consideramos dichosos con ser sus esclavos fieles!"
Después de estas palabras, el rey Armanos se entusiasmó hasta el límite más extremo del entusiasmo, e inmediatamente mandó llamar a los kadíes, testigos y jefes principales, y extender el contrato de boda de Kamaralzamán con Hayat-Alnefus. Y se sacrificaron millares de reses para los pobres y desgraciados, hubo liberalidad para todo el pueblo y todo el ejército. Y no quedó nadie en el reino que no deseara larga vida y felicidad para el rey Kamaralzamán y sus dos esposas Sett Budur y Hayat-Alnefus.
Y Kamaralzamán, a su vez, alardeó de tanta justicia al gobernar su reino como al contentar a sus dos esposas, pues pasaba una noche con cada una, alternativamente.
En cuanto a Sett Budur y a Hayat-Alnefus, vivieron siempre en perfecta armonía, dando las noches a su esposo, pero disfrutando juntas durante las horas del día.
Tras de lo cual, Kamaralzamán despachó correos a su padre, el rey Schahramán, para comunicarle todos aquellos felices sucesos y decirle que pensaba ir a verle en cuanto hubiera reconquistado una ciudad a orillas del mar que los infieles habían arrebatado a los musulmanes. Mientras tanto, la reina Budur y la reina Hayat-Alnefus, fecundadas por Kamaralzamán, dieron cada una a su esposo un hijo varón, hermoso como la luna. ¡Y todos vivieron con perfecta felicidad hasta el fin de sus días! Y tal es la historia maravillosa de Kamaralzamán y la princesa Budur.


16 P3 Historia de Kamaralzaman y la princesa Budur - tercera de cuatro partes





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Y CUANDO LLEGO LA 199ª NOCHE
Ella dijo:
"...y tú solo curarás a Sett-Budur!".
A todo esto, el rey, impulsado por la curiosidad, volvió a la sala y vió el rostro radiante de su hijo.
Entonces, con la alegría, se le atascó en la garganta el aliento; y la alegría llegó al delirio cuando oyó que su hijo le decía: "¡Voy a vestirme al momento para ir al hammam!"
Enseguida el rey se echó al cuello de Marzauán y le besó, sin pensar siquiera en preguntarle de qué receta o remedio se había servido para obtener en tan poco tiempo tan buen resultado. Y luego de colmar a Marzauán de regalos y honores, mandó iluminar toda la ciudad en señal de alegría, distribuyó prodigiosa cantidad de ropones de honor y obsequios a sus dignatarios y a toda la servidumbre de palacio, y mandó abrir todas las cárceles y poner en libertad a los presos. Y de aquella manera toda la ciudad y todo el reino se llenaron de contento y dicha.
Cuando a Marzauán le pareció que la salud del príncipe estaba completamente restablecida, le llamó aparte y le dijo: "¡Llegó el momento de partir, ya que no puedes aguantar más! ¡Haz, pues, tus preparativos, y vámonos!"
El príncipe respondió: "¡Pero mi padre no me dejará marchar, porque me quiere tanto, que nunca se decidirá a separarse de mí! ¡Y Alah! ¡Cuál será entonces mi desolación! Seguramente tendré una grave recaída" Pero Marzauán contestó: "Ya he previsto esa dificultad, y me las arreglaré de modo que no haya retraso; verás qué ardid he discurrido para lograrlo. Dirás al rey que tienes ganas de respirar el aire libre en una cacería de algunos días conmigo, porque te notas oprimido el pecho desde que no sales de casa. ¡Y seguramente el rey no te negará el permiso!"
Al oír estas palabras, Kamaralzamán se alegró en extremo, y fué en el acto a pedir la venia a su padre, quien, efectivamente para no afligirle no se atrevió a negarse. Pero le dijo: "¡Sólo por una noche! ¡Pues una ausencia muy prolongada me mataría de pena!" Después el rey mandó preparar para su hijo y Marzauán dos magníficos caballos y otros seis de repuesto, y un dromedario para los bagajes; y un camello cargado de víveres, y odres con agua.
Tras de lo cual, el rey abrazó a su hijo Kamaralzamán y a Marzauán; llorando les encargó recíproco cuidado, y después de la despedida más conmovedora, les dejó alejarse de la ciudad con todo su séquito.
Fuera ya de las murallas, los dos camaradas fingieron cazar todo el día para engañar a los palafreneros y conductores, y al oscurecer armaron las tiendas y comieron, bebieron y durmieron hasta medianoche, Entonces Marzauán despertó sigilosamente a Kamaralzamán, y le dijo: "¡Tenemos que aprovechar el sueño de esta gente para marcharnos!" Cada cual montó en uno de los caballos de refresco, y se pusieron en camino sin llamar la atención.
Así anduvieron a buen paso hasta el nacimiento del alba. En aquel momento Marzauán paró el caballo y dijo al príncipe: "¡Párate también, y apéate!" Y cuando se apeó, dijo: "¡Quítate pronto la camisa y los calzones!" Y Kamaralzamán, sin replicar, se despojó de los calzones y la camisa. Y Marzauán le dijo: "¡Ahora dámelos y aguarda un poco!" Y cogió las dos prendas y se fué hasta un sitio en que el camino formaba una encrucijada. Entonces cogió un caballo que había tenido la precaución de llevarse detrás, y lo metió en el centro de un bosque que se extendía hasta allí, y lo degolló, y tiñó con sangre la camisa y los calzones. Después de lo cual volvió al sitio en que el camino se dividía y tiró las prendas entre el polvo del camino. Luego volvió hacia Kamaralzamán, que lo aguardaba sin moverse, y que le preguntó: "Quisiera saber tus proyectos". El otro contestó: "Empecemos por tomar un bocado".
Comieron y bebieron, y Marzauán dijo entonces al príncipe: "¡Verás! Cuando el rey advierta que transcurren dos días y no regresas, y cuando los conductores le digan que hemos partido a medianoche, mandará enseguida en nuestra busca a gente que no dejará de ver en la encrucijada tu camisa y tus calzones ensangrentados, y dentro de los cuales he tenido, además, la precaución de meter algunos pedazos de carne de caballo y los huesos rotos. Y así nadie dudará que una fiera te ha devorado y que yo he huido lleno de terror". Luego añadió: "Indudablemente esa noticia será un golpe terrible para tu padre; pero en cambio, ¡cuál no será después su júbilo cuando sepa que vives y estás casado con Sett-Budur!" Kamaralzamán nada tuvo que replicar a esto, y dijo: "¡Oh Marzauán, tu ocurrencia es excelente y tu estratagema ingeniosa! Pero ¿cómo nos arreglaremos para los gastos?" Marzauán respondió: "¡No te preocupe eso! He traído conmigo las más hermosas pedrerías, de las cuales la peor vale más de 200.000 dinares".
Y así siguieron viajando durante bastante tiempo, hasta que por fin avistaron la ciudad del rey Ghayur. Echaron entonces a todo galope los caballos, y franquearon los muros, y entraron por la puerta principal de las caravanas.
Kamaralzamán quiso ir en seguida a palacio; pero Marzauán le dijo que tuviera otro poco de paciencia, y le llevó al khan, en donde paraban los ricos extranjeros, y allí estuvieron tres días completos para descansar bien de las fatigas del viaje. Y Marzauán aprovechó el tiempo en mandar fabricar para uso del príncipe un artilugio completo de astrólogo, todo de oro y materias preciosas; y luego le llevó al hammam, y después del baño le vistió con un traje de astrólogo, y habiendo comunicado las instrucciones necesarias, le guió hasta el pie del palacio del rey, y le dejó para ir a avisar a su madre, la nodriza, a fin de que ésta advirtiera a la princesa Budur.
En cuanto a Kamaralzamán, llegó hasta el pórtico del palacio...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 197, 198 y 199.


PERO CUANDO LLEGO LA 200ª NOCHE
Ella dijo:
"... Llegó hasta el pórtico del palacio, y ante la muchedumbre hacinada en la plaza y los guardias y porteros, clamó en alta voz:
¡Soy el astrólogo ilustre, el mágico digno de memoria!
¡Soy la cuerda que levanta los velos más espesos y la llave que abre armarios y cajones!
¡Soy la pluma que traza caracteres en los amuletos y en los libros de hechicería!
¡Soy la mano que extiende la arena adivinatoria y extrae la curación del fondo de los tinteros!
¡Soy el que da sus virtudes a los talismanes y por medio de la palabra alcanza todas las victorias!
¡Desvío hacia los emuntorios todas las enfermedades; no utilizo inflamatorios, ni vomitivos, ni estornutatorios, ni infusorios, ni vejigatorios!
¡No uso oraciones, jaculatorias, ni palabras evocadoras, ni fórmulas propiciatorias, y así obtengo curas rápidas y meritísimas!
¡Soy el mágico notorio, digno de recordación; acudid a mí todos! ¡No pido propina, ni óbolo remunerador, pues todo lo hago por la gloria!
Cuando los habitantes de la ciudad, los guardias y los porteros oyeron la proclama, se quedaron estupefactos; pues desde la ejecución sumarísima de los cuarenta médicos, creían que tal raza se había extinguido, tanto más cuanto que no habían vuelto a ver médicos ni magos.
Así es que todos rodearon al joven astrólogo, y al ver su hermosura, y su tez fresquísima, y sus demás perfecciones, quedaron encantados y desconsolados al mismo tiempo, porque temieron que sufriera igual suerte que sus antecesores. Y los que estaban más cerca del carro cubierto de terciopelo, en el cual se le veía de pie, le suplicaron que se alejase del palacio, y dijeron: "Señor mago, ¡por Alah! ¿No sabes lo que te espera si recorres mucho estos lugares? El rey te mandará para que pruebes tu ciencia con su hija. ¡Desdichado! ¡Sufrirás entonces la suerte de todos esos cuyas cabezas cortadas cuelgan precisamente encima de ti!"
Pero a tales conjuros, respondía Kamaralzamán gritando más alto:
¡Soy el mago ilustre, digno de recordación! ¡No uso jeringas ni fumigaciones! ¡Oh, vosotros todos, venid a verme!
Entonces todos los circunstantes, aunque convencidos de la ciencia del astrólogo, seguían temiendo que fracasara contra aquella enfermedad sin remedio.
De modo que se pusieron muy tristes, diciéndose unos a otros: "¡Qué lástima de juventud!"
A todo esto, el rey, al oír el tumulto en la plaza y al ver el gentío que rodeaba al astrólogo, dijo al visir: "¡Ve pronto a buscar a ese hombre!"
Y el visir ejecutó inmediatamente la orden.
Cuando Kamaralzamán llegó a la sala del trono, besó la tierra entre las manos del rey, y empezó por dirigirle este ditirambo:
En ti están reunidas las ocho cualidades que obligan a inclinar la cabeza al más sabio.
La ciencia, la fuerza, el poderío, la generosidad, la elocuencia, la sagacidad, la fortuna y la victoria.
Encantado quedó el rey Ghayur cuando hubo oído tales alabanzas y miró atentamente al astrólogo. Y era tal la hermosura de éste, que el rey cerró los ojos un momento, luego los volvió a abrir, y le dijo: "¡Siéntate a mi lado!"
Después le dijo: "¡Mira, hijo mío, mejor estarías sin ese traje de médico! ¡Y mucho me alegraría de casarte con mi hija si consiguieras curarla! ¡Pero dudo que lo logres! ¡Y como he jurado que nadie conservaría la vida después de haber visto la cara de la princesa, a no ser que la alcanzara por esposa, me vería obligado, muy contra mi gusto, a hacerte sufrir la misma suerte que a los cuarenta que te han precedido! ¡Contesta, pues! ¿Te allanas a las condiciones impuestas?"
Oídas estas palabras, Kamaralzamán dijo:
"¡Oh rey afortunado! ¡Vengo desde muy lejos a este país próspero para ejercer mi arte y no para callar! ¡Sé lo que arriesgo, pero no retrocederé!" Entonces el rey dijo al jefe de los eunucos: "¡Ya que insiste, guíale a la habitación de la prisionera!"
Entonces ambos fueron al aposento de la princesa, y el eunuco, al ver que el joven apresuraba el paso, dijo: "¡Infeliz! ¿Crees de veras que llegarás a ser yerno del rey?" Kamaralzamán dijo: "¡Así lo espero! Y además, estoy tan seguro de ganar, que sin moverme de aquí puedo curar a la princesa, demostrando a toda la tierra mi habilidad y mi sabiduría". "¡Cómo! ¿Puedes curarla sin verla? ¡Gran mérito el tuyo si así es!"
Kamaralzamán dijo: "Aunque el deseo de ver a la princesa, que ha de ser mi esposa, me mueva a penetrar inmediatamente en su aposento, prefiero obtener su curación quedándome detrás del cortinaje de su cuarto". El eunuco dijo: "¡Más sorprendente será la cosa!"
Entonces Kamaralzamán se sentó en el suelo, detrás del cortinaje del cuarto del Sett-Budur, sacó del cinturón un pedazo de papel y recado de escribir, y redactó la siguiente carta...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 204ª NOCHE
Ella dijo:
... sacó del cinturón un pedazo de papel y recado de escribir, y redactó la siguiente carta:
"Estos renglones son de mano de Kamaralzamán, hijo del sultán Schahramán, rey de las tierras y de los océanos en los países musulmanes de las islas de Khaledán.
"A Sett Budur, hija del rey Ghayur, señor de El-Budur y El-Kussur, para expresarle sus penas de amor".
"Si hubiera de decirte, ¡oh princesa! todo lo abrasado que está este corazón que heriste, no habría en la tierra cañas bastante duras para trazar sobre el papel afirmación tan osada. ¡Pero sabe ¡oh adorable! que si se agotara la tinta, mi sangre no se agotaría, y con su color hubiera de expresarte mi interna llama, esta llama que me consume desde la noche mágica en que me apareciste en sueños y me cautivaste para siempre!
"Dentro de este pliego va la sortija que te pertenecía. Te la mando como prueba cierta de que soy el quemado por tus ojos; el amarillo como azafrán, el hirviente como volcán, el sacudido por las desventuras y el huracán, que grita hacia ti Amán, firmando con su nombre, Kamaralzamán.
"Habito en la ciudad en el gran khan".

Escrita ya la carta, Kamaralzamán la dobló, metiendo en ella diestramente la sortija; la cerró, y luego entregósela al eunuco, que fué inmediatamente a dársela a Sett Budur, diciéndole: "¡Ahí detrás de la cortina, ¡oh mi señora! hay un joven astrólogo tan temerario, que pretende curar a la gente sin verla! ¡He aquí, por cierto, lo que para ti me entregó!"
Pero apenas abrió la carta la princesa Budur, cuando conoció la sortija, y dió un grito agudo; y después, enloquecida, atropelló al eunuco y corrió a levantar la cortina, y a la primera ojeada reconoció también en el joven astrólogo al hermoso adolescente a quien se había entregado toda durante su sueño. Y tal fué su alegría, que entonces sí que le faltó poco para volverse loca de veras. Echose al cuello de su amante, y ambos se besaron como dos palomas separados durante mucho tiempo.
Al ver aquello, el eunuco fué a escape a avisar al rey lo que acababa de ocurrir, diciéndole: "Ese astrólogo joven es el más sabio de todos los astrólogos. ¡Acaba de curar a tu hija sin verla siquiera, quedándose detrás del cortinaje!" Y el rey exclamó: "¿Es verdad eso que cuentas?" El eunuco dijo: "¡Oh señor mío, puedes ir a comprobarlo con tus propios ojos!"
Entonces el rey se dirigió inmediatamente al cuarto de su hija, y vió que, en efecto, era una realidad lo dicho. Y se regocijó tanto, que besó a su hija entre los dos ojos, porque la quería mucho, y besó también a Kamaralzamán, y después le preguntó de qué tierra era. Kamaralzamán le contestó: "¡De las islas de Khaledán, y soy el propio hijo del rey Schahramán!" Y refirió al rey Ghayur toda su historia con Sett Budur.
Cuando la oyó, exclamó el rey: "¡Por Alah! ¡Esta historia es tan pasmosa y maravillosa, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, sería motivo de asombro para quienes la leyeran con atención!" E inmediatamente la mandó escribir en los anales por los escribas más hábiles del palacio, para que se transmitiera de siglo en siglo a todas las generaciones futuras.
En el acto mandó llamar al kadí y a los testigos, para que se extendiera sin demora el contrato de matrimonio de Sett Budur con Kamaralzamán. Y mandó adornar e iluminar la ciudad siete noches y siete días; y se comió, y se bebió y se disfrutó; y Kamaralzamán y Sett- Budur llegaron al colmo de sus anhelos, y se amaron recíprocamente durante mucho tiempo entre fiestas, bendiciendo a Alah el Bienhechor.
Pero una noche, después de cierto festín al cual habían sido invitados los principales personajes de las islas exteriores e interiores, y cuando Kamaralzamán había disfrutado de manera todavía más grata que la acostumbrada de las suntuosidades de su esposa, tuvo, dormido ya, un sueño en el cual vió a su padre, el rey Schahramán, que se le aparecía con la cara bañada en llanto, y le decía tristemente:
"¿Cómo me abandonas así ya, Kamaralzamán? ¡Mira! ¡Voy a morirme de dolor!"
Entonces Kamaralzamán se despertó sobresaltado, y despertó también a su esposa, y empezó a exhalar hondos suspiros.
Y Sett Budur, ansiosa, le preguntó: "¿Qué te pasa, ojos míos? Si te duele el vientre, te haré enseguida un cocimiento de anís e hinojo. Y si te duele la cabeza, te pondré en la frente paños de vinagre. Y si has comido demasiado por la noche, te colocaré encima del estómago un panecillo caliente envuelto en una servilleta, y te daré a beber un poco de agua de rosas mezclada con jugo de otras flores...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente. 

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 201 hasta 204.

Y CUANDO LLEGO LA 206ª NOCHE
Ella dijo:
"...y te daré de beber un poco de agua de rosas mezclada con jugo de otras flores".
Kamaralzamán contestó: "Tenemos que marcharnos mañana, ¡oh Budur!, a mi país, cuyo rey, mi padre está enfermo. ¡Acaba de aparecérseme en sueños, y me aguarda allá llorando!"
Budur contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y aunque todavía era de noche, se levantó enseguida y fué en busca de su padre, el rey Ghayur, que estaba en el harem, y a quien con el eunuco mandó recado de que tenía que hablarle.
El rey Ghayur, al ver aparecer la cabeza del eunuco a aquellas horas, se quedó estupefacto, y le dijo: "¿Qué desastre vienes a anunciarme, ¡oh cara de alquitrán!?"
El eunuco contestó: "¡La princesa Budur desea hablar contigo!" El contestó: "Aguarda que me ponga el turbante". Después de lo cual salió, y dijo a Budur: "Hija mía, ¿qué clase de pimienta has tragado para estar en movimiento a estas horas?"
Ella contestó: "¡Oh padre mío! ¡Vengo a pedirte permiso para salir al amanecer hacia el país de Khaledán, reino del padre de mi esposo Kamaralzamán!" El rey dijo: "¡No me opongo, con tal de que vuelvas pasado un año!" Ella dijo: "¡Sí, por cierto!" Y dió las gracias a su padre por el permiso besándole la mano, y llamó a Kamaralzamán, que también le dió las gracias.
Y al amanecer del día siguiente estaban hechos los preparativos, enjaezados los caballos y cargados los dromedarios y camellos. Entonces el rey Ghayur se despidió de su hija Budur y la recomendó mucho a su esposo, y les regaló numerosos presentes de oro y diamantes y los acompañó durante algún tiempo. Tras de lo cual regresó a la ciudad, no sin haberles encargado, llorando, que se cuidaran mucho, y les dejó seguir su camino.
Entonces Kamaralzamán y Sett Budur, después del llanto de la despedida, no pensaron más que en la alegría de ver al rey Schahramán. Y viajaron el primer día, y el segundo y el tercero, y así sucesivamente hasta el día trigésimo. Llegaron entonces a un prado muy agradable, que les gustó hasta el punto de que mandaron armar el campamento allí para descansar un día o dos. Y no bien estuvo dispuesta y armada junto a una palmera la tienda de Sett Budur, cansada ésta entró en seguida en ella, tomó un bocado y no tardó en dormirse.
Cuando Kamaralzamán acabó de dar órdenes y de mandar armar las otras tiendas mucho más lejos, para que él y Budur pudieran disfrutar del silencio y la soledad, penetró a su vez en la tienda, y vió dormida a su joven esposa. Y al verla se acordó de la primera noche milagrosa pasada con ella en la torre.
Porque en aquel momento Sett Budur aparecía tendida en la alfombra de la tienda, colocada la cabeza en un almohadón de seda escarlata. No tenía encima más que una camisa de color claro, de gasa fina, y el ancho calzón de tela de Mosul. Y de cuando en cuando la brisa entreabría hasta el ombligo la ligera camisa; y todo el hermoso vientre surgía blanco como la nieve, ostentando en los sitios delicados hoyuelos y lo bastante anchos para contener cada uno una onza de nuez moscada.
Y Kamaralzamán, encantado, no pudo dejar de recordar estos versos deliciosos del poeta:
¡Cuando duermes en la púrpura, tu rostro claro es como la aurora, y tus ojos como los cielos marinos!
¡Cuando tu cuerpo vestido de narcisos y rosas se yergue o se alarga flexible, no lo igualaría la palmera que crece en Arabia!
¡Cuando tu fina cabellera, en la cual arden las pedrerías, cae maciza o se despliega leve, no hay seda que valga lo que su tejido natural!

Después recordó asimismo este poema admirable, que acabó de llevarlo al límite del éxtasis:
¡Durmiente! ¡Magnífica es la hora en que las palmas abiertas beben la claridad! ¡Mediodía sin aliento! ¡Un zángano de oro aspira una rosa desfallecida! ¡Sueñas! ¡Sonríes! ¡No te muevas!
¡No te muevas! ¡Tu delicada piel dorada colorea con sus reflejos la gasa diáfana; y los rayos del sol, vencedores de las palmas, te penetran, ¡oh diamante! al atravesarte te ilumina! ¡Ah! ¡No te muevas!
¡No te muevas! ¡Deja respirar así a tus senos, que se alzan y descienden como las olas del mar! ¡Oh! ¡Tus senos nevados! ¡Quiero aspirarlos como la espuma marina y la sal blanca! ¡Ah! ¡Deja respirar a tus senos!
¡Deja respirar a tus senos! ¡El arroyo risueño reprime sus risas; el zángano interrumpe su zumbido en la flor; y mi mirada quema las dos uvas color granate de tus pechos! ¡Oh! ¡Deja que mis ojos ardan!
¡Deja que mis ojos ardan! ¡Pero que mi corazón se ensanche bajo las palmas afortunadas, con tu cuerpo macerado en las rosas y el sándalo, con todo el beneficio de la soledad y la frescura del silencio!
Después de haber recitado estos versos, Kamaralzamán sintió ardiente deseo de su esposa dormida, de la cual no podía cansarse, así como el sabor fresco del agua pura es siempre delicioso para el paladar del sediento. Inclinose, pues, hacia ella, y le desató el cordón de seda que le sujetaba el calzón; y alargaba ya la mano hacia la sombra cálida de los muslos, cuando notó que un cuerpecillo duro le rodaba por entre los dedos. Lo cogió y vió que era una cornalina atada a una hebra de seda precisamente encima del valle de las rosas. Y Kamaralzamán quedó muy asombrado, y dijo para sí: "¡Si esta cornalina no tuviera virtudes extraordinarias, y no fuera un objeto muy querido para Budur, no lo habría conservado con tanto esmero, ni lo habría ocultado precisamente en el sitio más precioso de su cuerpo! ¡Será para no separarse de él! ¡Sin duda le ha debido dar esta piedra su hermano Marzauán para preservarla del mal de ojo y los abortos!"
Luego Kamaralzamán, sin proseguir las caricias empezadas, sintió tal tentación de examinar mejor la piedra, que desató la seda que la sujetaba, la sacó, y salió de la tienda para mirarla a la luz. Y vió que la cornalina, tallada en cuatro facetas, estaba grabada con caracteres talismánicos y figuras desconocidas. Y al colocársela a la altura de los ojos, para examinar mejor sus pormenores, un ave grande se precipitó de pronto desde lo alto de los aires, y en un giro rápido como el relámpago, se la arrancó de la mano…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Aclaración
El traductor une en este capítulo las noches 205 y 206.

PERO CUANDO LLEGO LA 207ª NOCHE
Ella dijo:
...y en un giro rápido como el relámpago, se la arrancó de la mano. Después fué a posarse, algo más lejos, en la copa de un árbol alto, y lo miró, inmóvil y burlona, sujetando con el pico el talismán.
Ante aquel desastroso accidente, la estupefacción de Kamaralzamán fué tan honda, que abrió la boca y estuvo algún rato sin poder moverse, pues a su vista pasó todo el dolor con que presentía afligida a Budur al saber la pérdida de una cosa que indudablemente debía estimar mucho. Así es que Kamaralzamán, repuesto de su sorpresa, no vaciló un instante. Cogió una piedra y corrió hacia el árbol en que se había posado el ave. Llegó a la distancia necesaria para tirarle la piedra al ladrón, y ya levantaba la mano apuntándole, cuando el ave saltó del árbol y fué a posarse en otro algo más lejano.
Entonces Kamaralzamán la persiguió, y el ave voló y fué al tercer árbol.
Y Kamaralzamán dijo para sí: "¡Ha debido ver que llevo una piedra en la mano! Voy a tirarla para que comprenda que no quiero hacerle daño" Y tiró la piedra a lo lejos.
Cuando el ave vió que Kamaralzamán tiraba la piedra, saltó al suelo, pero manteniéndose de todos modos a cierta distancia. Y Kamaralzamán pensó: "¡Ahí me está esperando!" Y se acercó a ella con rapidez, pero al ir a tocarla con la mano, el ave saltó algo más lejos. Y Kamaralzamán saltó detrás de ella. Y el ave saltó y Kamaralzamán saltó y el ave saltó. Y Kamaralzamán salto, y así sucesivamente, horas y horas, de valle en valle y de collado en collado, hasta que anocheció. Entonces Kamaralzamán exclamó: "¡No hay más recurso que Alah Todopoderoso!" Y se paró, sin aliento. Y el ave también se paró, pero algo más lejos, en la cima de un montecillo.
En aquel momento, Kamaralzamán notó humedad en la frente, más de desesperación que de cansancio, y pensó que tal vez haría mejor en regresar al campamento. Pero dijo para sí: "Mi amada Budur sería capaz de morirse de pena si le anunciase la pérdida irremediable de este talismán, de virtudes desconocidas para mí, pero que para ella deben ser esenciales. Y además, si me volviera ahora que la tiniebla es tan espesa, me expondría a extraviarme, o a que me atacasen las alimañas nocturnas". Sumido entonces en pensamientos tan desconsoladores, no sabía qué resolución tomar, y se tendió en el suelo, llegando al límite del aniquilamiento.
Sin embargo, no dejó de observar al ave, cuyos ojos brillaban de una manera extraña entre la sombra; y cada vez que hacía un ademán o se levantaba pensando sorprenderla, el ave sacudía las alas y daba un chillido como para avisarle que le veía. De modo que Kamaralzamán, vencido por la fatiga y la emoción, se dejó dominar del sueño hasta por la mañana.
En cuanto despertó, decidió pillar a todo trance al ave ladrona, y empezó a perseguirla: y se repitió la misma carrera, con igual resultado que en la víspera. Y Kamaralzamán, cuando anocheció, empezó a golpearse, exclamando: "¡La perseguiré mientras me quede un hálito de vida!" Y recogió algunas plantas y hierbas, conformándose con alimentarse de ellas. Y se durmió, acechando al ave, y acechado también por los ojos que brillaban entre la sombra.
Y al día siguiente se reprodujo la misma persecución, y así continuaron hasta el décimo día, desde por la mañana hasta por la noche; pero al amanecer el undécimo día, atraído sin cesar por el vuelo del ave, Kamaralzamán llegó a las puertas de una ciudad situada junto al mar.
Al ver aquello, Kamaralzamán se sintió presa de una ira tal, que se tiró al suelo de bruces, y lloró durante largo tiempo, sacudido por los sollozos.
Pasadas algunas horas en tal estado de angustia, se decidió a levantarse, y fué hasta el arroyo que corría cerca de allí para lavarse las manos y la cara y hacer sus abluciones; después se encaminó a la ciudad, pensando en el dolor de su amada Budur y en todas las suposiciones que estaría haciendo sobre su desaparición y la del talismán. Y se recitaba poemas acerca de la separación y las penas de amor, como el siguiente, entre otros mil:
Para no escuchar a los envidiosos que me censuraban y me decían: ¡Sufres porque amas a un ser demasiado hermoso! ¡Quien es tan hermoso como ese ser, se antepone a todo amor!
Para no escucharlos, me he tapado todas las aberturas de los oídos, y les he dicho: ¡La he escogido entre mil, es verdad! ¡Cuando el Destino nos tiene en su poder, perdemos la vista y hacemos la elección entre tinieblas!
Después Kamaralzamán traspuso las puertas y entró en la ciudad. Empezó a andar por las calles sin que ninguno de los numerosos habitantes con quienes se cruzaba le mirara con afabilidad, como acostumbran a hacer los musulmanes con los extranjeros. Siguió, pues, su camino, y llegó de tal modo a la puerta opuesta de la ciudad, por la cual se salía para ir a los jardines.
Como encontró abierta la puerta de un jardín más grande que los demás, entró en él, y vió que se le acercaba el jardinero, que fué el primero que le saludó, según la fórmula de los musulmanes. Y Kamaralzamán correspondió a sus deseos de paz, y respiró a gusto oyendo hablar en árabe. Y después del cambio de zalemas, Kamaralzamán preguntó al viejo: "Pero ¿por qué tienen unas caras tan hurañas y unas maneras tan frías, tan heladas y tan poco hospitalarias todos esos habitantes?"
El buen anciano contestó: "¡Bendito sea Alah, hijo mío, por haberte sacado sin detrimento de sus manos! Los que habitan en esta ciudad son invasores procedentes de los países negros de Occidente; llegaron un día por mar desembarcando de improviso, y mataron a todos los musulmanes, que vivían en nuestra ciudad. Adoran cosas extraordinarias e incomprensibles; hablan en un lenguaje oscuro y bárbaro, y comen cosas podridas que huelen mal, como el queso corrompido y la caza pasada; y no se lavan nunca, porque al nacer, unos hombres muy feos y vestidos de negro les riegan el cráneo con agua, y esta ablución, acompañada por ademanes extraños, les dispensa de cualquiera otra ablución durante el resto de sus días. De modo que esta gente, para no sentir nunca la tentación de lavarse, empezaron por destruir todo harnmam y toda fuente pública, y en el lugar que ocupaban edificaron tiendas servidas por zorras, que venden como bebida un líquido amarillo con espuma, que debe ser orines fermentados, o cosa peor todavía. ¡En cuanto a sus mujeres, ¡oh hijo mío! son la calamidad más abominable! Tampoco se lavan, lo mismo que los hombres; pero en cambio se blanquean las caras con cal apagada, y cascarones de huevo pulverizados; además, tampoco llevan paño ni pantalón que las libre por abajo del polvo del camino; así es que resulta pestilente acercarse a ellas, y todo el fuego del infierno no bastaría a limpiarlas. He aquí, hijo mío entre qué gente acabo una existencia que me costó gran trabajo salvar del desastre: ¡Pues aquí donde me ves, soy el único musulmán que queda vivo!
¡Pero demos gracias al Altísimo, que nos hizo nacer con creencias tan puras como el cielo del cual proceden!"
Dichas estas palabras, el jardinero se figuró, por el aspecto cansado del joven, que debía tener hambre; le llevó a su modesta casa, al fondo del jardín, y con sus propias manos le dió de comer y beber. Después de lo cual le interrogó discretamente por la causa de su llegada...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Y CUANDO LLEGO LA 208ª NOCHE
Ella dijo:
... por la causa de su llegada.
Kamaralzamán, lleno de agradecimiento a la bondad del jardinero, no le ocultó nada de su historia, y acabó su relato prorrumpiendo en llanto.
El viejo hizo cuanto pudo por consolarle, y le dijo:
"Hijo mío, la princesa Budur te habrá precedido seguramente en el reino de tu padre, el país de Khaledán. Aquí en mi casa encontrarás buena acogida, asilo y reposo, hasta que algún día Alah envíe una nave que pueda transportarte a la isla más cercana de aquí, que se llama la isla de Ébano. Y entonces, como de la isla de Ébano hasta el país de Khaledán la distancia no es muy grande, encontrarás muchos barcos para llegar a él. De modo que desde hoy iré diariamente al puerto hasta que encuentre un mercader que consienta en hacer contigo el viaje a la isla de Ébano, pues para encontrar uno que quisiera ir al país de Khaledán, habría que aguardar años y años.
Y el jardinero no dejó de hacerlo como había dicho; pero pasaron días y meses sin que pudiese encontrar un barco que saliera para la isla de Ébano.
¡Esto en cuanto a Kamaralzamán!
Pero respecto a Sett Budur, le ocurrieron cosas tan maravillosas y sorprendentes, ¡oh rey afortunado! que me apresuro a hablarte de ella. ¡Verás!
Efectivamente, en cuanto Sett Budur se despertó, su primer movimiento fué abrir los brazos para estrechar entre ellos a Kamaralzamán. Y su asombro fué muy grande al no encontrarle a su lado, y extraordinaria su sorpresa al enterarse de que el calzón se le había desatado y el cordón de seda había desaparecido con la cornalina talismánica. Pero creyó que Kamaralzamán, que todavía no la había visto, la habría sacado afuera para mirarla mejor. Y aguardó pacientemente.
Cuando, pasado buen rato, vio que Kamaralzamán no volvía, empezó a alarmarse mucho, y pronto apoderose de ella una aflicción inconcebible. Y cuando llegó la noche sin que hubiera regresado Kamaralzamán, ya no supo qué pensar de aquella desaparición, pero dijo para sí: "¡Ya Alah! ¿Qué cosa tan extraordinaria habrá podido obligar a Kamaralzamán a alejarse, cuando no puede pasar una hora apartado de mí? ¿Pero por qué se habrá llevado el talismán? ¡Maldito talismán! ¡Tú eres la causa de nuestra desdicha! ¡Y a ti, maldito Marzauán, confúndale Alah por haberme regalado cosa tan funesta!"
Pero cuando Sett Budur vió que pasados dos días no regresaba su esposo, en vez de aturdirse, como lo habría hecho cualquier mujer en tales circunstancias, encontró dentro de la desgracia una firmeza de la cual no suelen estar provistas las personas de su sexo.
Nada quiso decir a nadie respecto a tal desaparición, por temor de que sus esclavas le traicionasen o la sirvieran mal; ocultó su dolor dentro del alma, y prohibió a la doncella que la acompañaba que dijera palabra de ello. Después, como sabía que se parecía a Kamaralzamán, abandonó su traje de mujer, cogió de un cajón la ropa de Kamaralzamán, y empezó a vestírsela.
Lo primero que se puso fué un hermoso ropón rayado, bien ajustado a la cintura, y que dejaba el cuello al aire; se ciñó un cinturón de filigrana de oro, en el cual colocó un puñal con mango de jade„ incrustado de rubíes; envolviose la cabeza con un pañuelo de seda del muchos colores, que se apretó a la frente con una triple cuerda de pelo sedoso de camello joven, y hechos tales preparativos cogió un látigo, cimbreó la cintura, y mandó a su esclava que se vistiera con la ropa que Budur acababa de quitarse, y que anduviera detrás de ella. De tal modo, todo el mundo, al ver a la doncella, podía decir: "¡Es Sett- Budur!"
Salió entonces de la tienda, y dió la señal de marcha.
Sett Budur, disfrazada de Kamaralzamán, se puso a viajar, seguida por su escolta, durante días y noches, hasta que llegó a una ciudad situada a orillas del mar. Entonces mandó armar las tiendas a las puertas de la plaza y preguntó: "¿Cuál es esta ciudad?" Y le contestaron: "Es la capital de la isla de Ébano".
Preguntó otra vez: "¿Cuál es su rey?" Y le contestaron: "Se llama el rey Armanos". Volvió a preguntar: "¿Tiene hijos?" Y le contestaron: "Tiene sólo una hija, la virgen más hermosa del reino, y su nombre es Hayat-Alnefus... (Vida de las Almas)
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Y CUANDO LLEGO LA 209ª NOCHE
Ella dijo:
"Tiene sólo una hija, la virgen más hermosa del reino, y su nombre es Hayat-Alnefus".
Entonces Sett Budur envió un correo con una carta al rey Armanos, para anunciarle su llegada; y esta carta la firmaba como príncipe Kamaralzamán, hijo del rey Schahramán, señor del país de Khaledán.
Cuando el rey Armanos supo esta noticia, como siempre había mantenido excelentes relaciones con el poderoso rey Schahramán, se alegró mucho de poder hacer los honores de su ciudad al príncipe Kamarazalmán. Inmediatamente, seguido de una comitiva compuesta de los principales de su corte, fué hacia las tiendas al encuentro de Sett Budur, y la recibió con todos los miramientos y honores que creía ofrecer al hijo de un rey amigo. Y a pesar de las vacilaciones de Budur, que trató de no aceptar el alojamiento que graciosamente le ofrecían en palacio, el rey Armanos la decidió a acompañarle. E hicieron juntos su entrada solemne en la población. Y durante tres días obsequiaron a la corte toda con magníficos festines de suntuosidad extraordinaria.
Y después el rey Armanos se reunió con Sett Budur para hablarle de su viaje y preguntarle qué pensaba hacer. Y aquel día, Sett Budur, siempre disfrazada de Kamaralzamán, había ido al hammam del palacio, en el cual no quiso aceptar los servicios de ningún masajista. Y había salido de él tan milagrosamente bella y brillante, y sus encantos tenían bajo aquel aspecto de hombre un atractivo tan sobrenatural, que todo el mundo se detenía a su paso sin respirar y bendecía al Creador.
El rey Armanos, pues, se sentó al lado de Sett Budur, y habló con ella largo rato. Y tanto le subyugaron sus encantos y elocuencia, que le dijo: "¡Oh hijo mío, verdaderamente fué Alah quien te envió a mi reino para que seas el consuelo de mi ancianidad y ocupes el lugar de un hijo a quien pueda dejar mi trono! ¿Quieres, hijo mío, darme esa satisfacción, aceptando un casamiento con mi única hija Hayat-Alnefus? No hay en el mundo nadie tan digno como tú de sus destinos y belleza. Acaba de llegar a la nubilidad, pues durante el mes pasado entró en los quince años. ¡Es una flor exquisita, y yo quisiera que la aspiraras! ¡Acéptala, hijo mío, y en el acto abdicaré en ti el trono, cuya pesada carga es ya insoportable para mi mucha edad!"
Semejante proposición, tan generosa y espontánea, puso en molesto apuro a la princesa Budur. Al principio no supo qué hacer para no delatar la turbación que la agitaba: bajó los ojos y reflexionó un buen rato, mientras un sudor frío le helaba la frente. Y pensó: "Si contesto que como Kamaralzamán, estoy ya casado con la princesa Sett Budur, responderá que el Libro permite hasta cuatro mujeres legítimas; si le digo la verdad acerca de mi sexo, es capaz de obligarme a casarme con él; y todo el mundo se enteraría de ello, y me daría mucha vergüenza; si rechazo esa oferta paternal, su afecto hacia mí se convertiría en odio feroz, y en cuando haya abandonado yo su palacio, es capaz de prepararme una emboscada para quitarme la vida. ¡De modo que vale más aceptar la proposición y dejar que se cumpla el Destino! ¿Y quién sabe lo que me oculta lo insondable? Verdaderamente, al ocupar el trono, habré adquirido un reino muy hermoso para cedérselo a Kamaralzamán cuando regrese. Y en cuanto a consumar el matrimonio con mi esposa la joven Hayat-Alnefus, quizá se encuentre remedio. Ya lo pensaré".
Levantó, pues, la cabeza, y con el rostro coloreado por un sonrojo que el rey atribuyó a modestia y cortedad, naturales en un adolescente tan candoroso, contestó: "¡Soy el hijo sumiso que responde oyendo y obedeciendo a los menores deseos de su rey!"
Estas palabras transportaron al rey Armanos al límite de la satisfacción, y quiso que la ceremonia del casamiento se verificase el mismo día. Empezó por abdicar el trono en favor de Kamaralzamán delante de todos sus emires, personajes, oficiales y chambelanes; mandó que se anunciara este suceso a toda la ciudad por medio de los pregoneros, y despachó correos a todo su Imperio para que se enteraran de ello las poblaciones.
Entonces organizó en un momento una fiesta sin precedentes en la ciudad y en palacio, y entre gritos de júbilo y al son de pífanos y címbalos, se extendió el contrato de casamiento del nuevo rey con Hayat-Alnefus.
Cuando llegó la noche, la reina madre, rodeada de sus doncellas, que lanzaban "lu-lu-lúes" de alegría, llevó a la recién casada Hayat-Alnefus a la habitación de Sett Budur, a quien seguían tomando por Kamaralzamán. Sett Budur, en su aspecto de rey adolescente, avanzó con gentileza hacia su esposa, y por primera vez le levantó el velillo del rostro.
Entonces, todos los circunstantes, al ver pareja tan hermosa, quedaron tan cautivados, que palidecieron de placer y emoción. Terminada la ceremonia, la madre de Hayat-Alnefus y todas las doncellas, después de haber expresado millares de deseos de felicidad y haber encendido todos los candelabros, se retiraron prudentemente, y dejaron solos en la cámara nupcial a los recién casados...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como discreta, se calló.

Y CUANDO LLEGO LA 210ª NOCHE
Ella dijo:
... solos en la cámara nupcial a los recién casados.
Sett Budur quedó encantada del aspecto lleno de frescura da la joven Hayat-Alnefus, y con rápida ojeada la juzgó verdaderamente deseable, por sus grandes ojos negros asustados, su tez límpida, sus senos que se dibujaban infantiles debajo de la gasa. Y Hayat-Alnefus sonrió tímidamente por haber agradado a su esposo, aunque temblaba de emoción reprimida y bajaba los ojos, sin atreverse apenas a moverse bajo sus velos y pedrerías. Y también había podido notar la hermosura soberana de aquel joven de mejillas vírgenes de pelo, que le parecía más perfecto que todas las jóvenes más hermosas de palacio. De modo que se conmovió todo su ser cuando le vió acercarse muy despacio y sentarse a su lado en el gran colchón tendido encima de la alfombra. Sett Budur cogió con las suyas las manos de la joven, y se inclinó lentamente, y la besó en la boca. Y Hayat-Alnefus no se atrevió a devolverle aquel beso tan delicioso; pero cerró los ojos por completo y exhaló un suspiro de honda felicidad. Y Sett Budur le puso la cabeza en la curva de sus brazos, se la apoyó contra el pecho, y a media voz le cantó versos de un ritmo tan propio para mecer, que la joven durmiose a poco con una sonrisa de dicha en los labios.
En cuanto despertó Sett Budur, que se había acostado casi completamente vestida, y hasta con el turbante puesto, se apresuró a hacer rápidamente abluciones someras, puesto que además tomaba numerosos baños en secreto para no descubrirse; se adornó con sus atributos regios, y fué a la sala del trono a recibir los homenajes de toda la corte, despachar los negocios, suprimir abusos, nombrar y destituir.
Entre otras supresiones que le parecieron urgentes, abolió los consumos, las aduanas y las cárceles, y repartió grandes liberalidades a los soldados, al pueblo y a las mezquitas. Por eso le quisieron mucho sus nuevos súbditos, e hicieron votos por su prosperidad y larga vida.
En cuanto al rey Armanos y a su esposa, se apresuraron a ir a saber de su hija Hayat-Alnefus, y le preguntaron si su esposo había estado cariñoso, y si ella estaba muy cansada, pues no querían empezar por interrogarla acerca del asunto más importante. Hayat-Alnefus contestó: "¡Mi esposo estuvo delicioso! ¡Me ha besado en la boca y me he dormido en sus brazos al ritmo de sus canciones! ¡Ah, qué amable es!" Entonces Armanos dijo: "¿Y no ha pasado nada más hija mía?" Ella contestó: "¡Nada más!" Y la madre preguntó: "Entonces, ¿ni siquiera te has desnudado del todo?" Ella respondió: "¡Claro que no!" Entonces el padre y la madre se miraron; pero no dijeron nada y se fueron. Eso en cuanto a ellos.
En cuanto a Sett Budur, ya despachados los asuntos, volvió a su habitación a buscar a Hayat-Alnefus, y le preguntó: "¿Qué te han dicho, ¡oh mi muy querida! tu padre y tu madre?" Ella contestó: "¡Me han preguntado por qué no me había desnudado!" Budur contestó: "¡No hay que apurarse por eso! ¡Ya te ayudaré!" Y prenda por prenda le quitó la ropa, hasta la última camisa, y la cogió desnuda en brazos, y se tendió con ella en el colchón.
Entonces Budur depositó un beso suavísimo en los hermosos ojos de la joven, y le preguntó: "Hayat-Alnefus, cordera mía, ¿te gustan mucho los hombres?" La otra respondió: "No los he visto nunca, como no sean los eunucos de palacio, como es natural. ¡Pero me han dicho, que sólo son hombres a medias! ¿Qué les falta para estar completos?" Budur contestó: "Precisamente lo mismo que te falta a ti, ojos míos". Hayat-Alnefus, sorprendida, contestó: "¿A mí? ¿Y qué me falta a mí, ¡por Alah!?" Budur contestó: "¡Un dedo!"
Al oír tales palabras, Hayat-Alnefus, asustada, lanzó un grito ahogado, y sacó las manos de debajo de la colcha y extendió los diez dedos, mirándolos con ojos dilatados por el terror. Pero Budur la estrechó contra su pecho, y la besó en el pelo, y le dijo: "¡Por Alah! ¡Ya Hayat-Alnefus, todo era broma!" Y siguió cubriéndola de besos, hasta que la calmó completamente. Entonces le dijo: "¡Oh mi muy querida, bésame!" Y Hayat-Alnefus acercó sus frescos labios a los labios de Budur, y ambas, así enlazadas, se durmieron hasta por la mañana...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Y CUANDO LLEGO LA 211ª NOCHE
Ella dijo:
... Y ambas, así enlazadas, se durmieron hasta por la mañana. Entonces Budur salió a despachar los asuntos del reino; y el padre y la madre de Hayat-Alnefus entraron a saber noticias de su hija.
El rey Armanos fué el primero en preguntar: "Bueno, hija mía, ¡bendito sea Alah! ¡Todavía estás en la cama! ¿No estás muy rendida?" Ella contestó: "¡Nada de eso! ¡He descansado muy bien en brazos de mi hermoso esposo, que esta vez me dejó completamente desnuda, y me besó todo el cuerpo con besos muy delicados! ¡Ya Alah! ¡Qué delicioso era aquello! ¡Por todas partes sentí hormigueos numerosos y estremecimientos! ¡Sin embargo una vez me asustó diciéndome que me faltaba un dedo! ¡Pero fué en broma! ¡Y sus caricias me dieron luego tanto gusto, y sus manos se me antojaban tan suaves a mi piel, y tan cálidos se unían sus labios a mis labios, que me ha parecido soñar hasta por la mañana, creyéndome en el paraíso!"
Entonces la madre preguntó: "¿Pero en dónde están las toallas? ¿Has perdido mucha sangre, hija mía?" Y la joven, asombrada, contestó: "¡No he perdido ninguna!"
Al oír estas palabras, el padre y la madre, en el colmo de la desesperación, se abofetearon, gritando: "¡Oh vergüenza y desgracia para nosotros! ¿Por qué nos desprecia tanto tu esposo y te desdeña hasta tal punto?"
Después el rey enfureciose paulatinamente, y se retiró gritando a su esposa con voz bastante fuerte para que le oyera la joven: "¡Si esta noche no cumple Kamaralzamán su deber quitando la virginidad a nuestra hija y salvando así el honor de todos nosotros, sabré castigar su indignidad! ¡Le expulsaré de palacio, después de hacerle bajar del trono que le he dado, y no sé si le someteré a castigo más terrible todavía!" Y dichas estas palabras, el rey Armanos salió del aposento de su consternada hija, seguido de su esposa, cuya nariz se le había alargado hasta los pies.
Y cuando llegó la noche y Sett- Budur entró en la habitación de Hayat-Alnefus, la encontró muy triste, con la cabeza metida entre las almohadas, y sacudida por los sollozos. Se acercó a ella, besándole en la frente, secándole las lágrimas, y al preguntarle el motivo de su pesar, Hayat-Alnefus le dijo con voz conmovida: "¡Oh mi amado señor! ¡Mi padre quiere desposeerte del reino que te ha dado, y despedirte de palacio, y no sé qué más pretenden hacer contigo! ¡Y todo porque no quieres quitarme la virginidad, salvando así el honor de su nombre y de su raza! ¡Se ha empeñado en que eso se haga esta noche misma! ¡Y yo, ¡oh dueño amado! te lo digo, no para impulsarte a tomar lo que debes tomar, sino para librarte del peligro que te amenaza! ¡Pues todo el día mi padre premedita contra ti! ¡Ah! ¡Por favor, date prisa a quitarme la virginidad, y haz de modo que, como dice mi madre, las toallas blancas se pongan todas rojas! ¡Yo me confío por completo a tu saber, y pongo todo mi cuerpo y mi alma en tus manos! ¡Pero tú has de decidir lo que tengo que hacer para eso!"
Al oír estas palabras, Sett Budur dijo para sí: "¡Llegó el momento! ¡Ya veo que no hay medio de aplazar las cosas! ¡Pondré mi fe en Alah!" Y dijo a la joven: "Ojos míos, ¿me quieres mucho?" La otra contestó: "¡Tanto como el cielo!" Budur la besó en la boca, y preguntó: "¿Y como a qué más?" La joven respondió, estremecida ya por el beso: "¡No lo sé, pero mucho!" Budur le preguntó otra vez: "Ya que me quieres tanto, ¿habrías sido feliz si en vez de ser tu esposo hubiese sido sólo tu hermano?" La joven palmoteó, y contestó: "¡Me habría muerto de dicha!" Budur dijo: "Y si yo, mi muy querida, no hubiera sido tu hermano, sino tu hermana; si hubiera sido una muchacha como tú, en lugar de ser hombre, ¿me habrías querido lo mismo?" Hayat Alnefus dijo: "¡Todavía más, porque habría estado siempre contigo, habría jugado siempre contigo, y dormido en la misma cama, sin separarnos nunca!" Entonces Budur atrajo hacia sí a la joven, le cubrió de besos los ojos, y le dijo: "Vamos, Hayat-Alnefus, ¿serías capaz de guardar para ti sola un secreto, dándome así una prueba de tu amor?" La joven exclamó: "¡Queriéndote tanto, todo me es fácil!"
Entonces Budur la cogió en brazos y aplicó los labios a los suyos, hasta perder las dos el aliento, y después se levantó del todo, y dijo: "¡Mírame, Hayat-Alnefus, y sé, pues, mi hermana!" Y al mismo tiempo, con ademán rápido, se entreabrió la ropa desde el cuello hasta la cintura e hizo salir dos pechos deslumbradores coronados por sus rosas; después dijo: "¡Ya ves que soy una mujer como tú, mi muy querida! ¡Y si me he disfrazado de hombre, ha sido a consecuencia de una aventura extrañísima que te voy a contar sin demora!"
Entonces se sentó de nuevo, se puso a la joven en las rodillas, y le refirió toda su historia, desde el principio hasta el fin. Pero sería inútil repetirla.
Cuando Hayat-Alnefus oyó la historia, llegó al límite del asombro, y como seguía sentada en el regazo de Sett Budur, le cogió la barbilla con la mano, y le dijo: "¡Oh hermana mía, que vida tan deliciosa vamos a pasar juntas aguardando el regreso de tu amado Kamaralzamán! ¡Alah apresure su llegada, para que nuestra dicha sea completa!" Y Budur le dijo: "¡Atienda Alah tus deseos, mi muy querida, y te entregaré a él como segunda esposa! ¡Y así disfrutaremos los tres la felicidad más perfecta!"
Después se dieron largos besos, y jugaron a mil juegos, y Hayat-Alnefus se maravillaba de todos los pormenores de belleza que encontraba en Sett Budur. Y le cogía los pechos, y decía: "¡Oh hermana mía, qué hermosos son tus pechos! ¡Mira! ¡Son mucho mayores que los míos! ¡Mira los míos cuán pequeños son! ¿Te parece que crecerán?" Y la registraba por todas partes, y la interrogaba acerca de los descubrimientos que hacía. Y Budur, entre mil besos, le contestaba, instruyéndola con perfecta claridad, y Hayat-Alnefus exclamaba: ¡Ya Alah! ¡Ahora lo entiendo! Figúrate que cuando preguntaba yo a las esclavas: "¿Para qué sirve esto? ¿Para qué sirve aquello? guiñaban el ojo, pero no respondían. Otras veces, con mucha ira por mi parte, chasqueaban la lengua pero no contestaban. Y yo, llena de cólera, me arañaba las mejillas, y gritaba cada vez más fuerte: "¿Para qué sirve eso?" Entonces acudía mi madre a los gritos, y preguntaba, y todas las esclavas le decían: "¡Grita porque quiere obligarnos a explicarle para qué sirve eso!" Entonces la reina, mi madre, en el límite de la indignación, a pesar de mis protestas de arrepentimiento, me ponía el trasero al aire y me daba una azotaina furiosa, gritando: "¡Para esto sirve eso!" Y yo acabé por convencerme de que eso no servía más que para proporcionar una azotaina; y así con todo lo demás".
Después siguieron ambas diciendo y haciendo mil locuras, de tal modo, que por la mañana a Hayat-Alnefus no le quedaba nada que aprender, y se había enterado de la misión encantadora que en adelante había de corresponder a todos sus órganos delicados ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

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