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15 P2 Historia de Alí-bem-Bekar y la bella Schamsennahar - Segunda de dos partes

De la noche 152 a la 169 
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Pero cuando llegó la 160ª noche

Ella dijo:
... se despidió de Abalhassan, y se fue por su camino.
Y he aquí que a los tres días se dispuso a visitarle, pero encontró, la casa completamente vacía.
Entonces preguntó a los vecinos, y le contestaron: "Se ha ido a Bassra, pero nos ha dicho que su ausencia será corta, pues apenas cobre el dinero que le deben unos parroquianos volverá a Bagdad". Comprendió entonces que Abalhassan había acabado por ceder a sus terrores, y había creído más prudente desaparecer por si la aventura amorosa llegaba a oídos del califa. Y he aquí que al principio no supo Amín qué era lo más conveniente, hasta que al fin se dirigió hacia la casa de Ben-Bekar. Allí rogó a uno de los esclavos que le llevase a presencia de su señor, y el esclavo le hizo entrar en el salón en donde estaba Ben-Bekar tendido en unos almohadones y muy pálido.

Le deseó la paz, y Ben-Bekar le devolvió el saludo. Entonces le dijo: "¡Oh mi señor! aunque mis ojos no hayan tenido el gusto de conocerte hasta ahora, vengo en primer lugar a pedirte perdón por no haber venido antes a saber de tu salud. ¡Y después he de enterarte de una cosa que te será desagradable, pero también traigo el remedio que te lo hará olvidar todo!"
Y Ben-Bekar, trémulo de emoción, le preguntó: "¡Por Alah! ¿Qué cosas más desagradables pueden sorprenderme ahora?" Y el joven joyero dijo: "¡Sabe, oh mi señor! que he sido el confidente de tu amigo Abalhassan, y que nunca me ocultaba cuanto le ocurría. Y he aquí que hace tres días, Abalhassan, quien generalmente venía a verme todas las noches, ha desaparecido. ¡Y como sé que eres amigo suyo, vengo a preguntarte si sabes dónde está y por qué se ha marchado sin decir nada a sus amigos!"
Al oír estas palabras, el pobre Ben-Bekar llegó al límite más extremo de la palidez, de tal modo, que por poco pierde el conocimiento.
Al fin pudo decir: "¡Pues también para mí es nueva la noticia! ¡Ignoraba que se hubiera marchado Ben-Taher! ¡Pero si enviase a uno de mis esclavos a preguntar por él, acaso supiéramos la verdad!" Entonces ordenó a un esclavo: "Ve a casa de Abalhassan ben-Taher, y pregunta si está de viaje. Y en este caso que te digan adónde se marchó".
El esclavo salió en busca de noticias, y volvió al cabo de un rato, y dijo a su amo: "Los vecinos me han contado que Abalhassan se ha marchado a Bassra. En aquella calle he encontrado a una joven que también preguntaba por Abalhassan, y que me ha dicho: "¿Eres de la servidumbre del príncipe Ben-Bekar?" y al contestarle afirmativamente, me ha dicho que tenía que comunicarte una cosa, y me ha acompañado hasta aquí". Entonces Ben-Bekar exclamó: "¡Que entre en seguida!"
Y a los pocos momentos entró la joven, y Ben-Bekar conoció a la confidente de Schamsennahar. La esclava se acercó, y después de las acostumbradas zalemas, le dijo al oído algunas palabras que le iluminaron y le ensombrecieron el semblante sucesivamente.
Entonces el joven joyero creyó oportuno pronunciar algunas palabras, y dijo: "¡Oh mi señor, y tú, joven esclava! sabed que Abalhassan, antes de partir, me ha revelado cuanto sabía, y me ha expresado todo su terror al pensar que el asunto pudiese llegar a descubrirlo el califa. Pero yo, que no tengo mujer, ni hijos, ni familia, estoy dispuesto con toda el alma a reemplazarle junto a vosotros, pues me han conmovido profundamente los pormenores que me ha referido acerca de vuestros amores desgraciados.
Si aceptáis mis servicios, os juro por nuestro Santo Padre (¡sean con él la plegaria y la paz!) que os seré tan fiel como mi amigo Ben-Taher, pero más firme y constante. Y aunque no aceptarais mi ofrecimiento, no temáis que no sepa callar el secreto que se me ha confiado.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 161ª noche

Ella dijo:
"... el secreto que se me ha confiado. Al contrario, si mis palabras han podido convenceros, no hay sacrificio al cual no esté dispuesto para seros grato, pues emplearé todos los medios que pueda para proporcionaros la satisfacción que deseáis, y hasta os ofrezco mi casa para que recibáis en ella, ¡oh mi señor! a la hermosa Schamsennahar".
Cuando el joven joyero hubo dicho estas palabras, el príncipe Alí sintió tal alegría que notó que las fuerzas le reanimaban el alma, e incorporándose besó al joyero, y le dijo: "¡Alah te ha enviado!, ¡oh Amín! ¡Por eso me confío a ti enteramente y sólo espero mi salvación de tus manos!" Volvió a repetirle las gracias, y se despidió de él llorando de alegría.
Entonces el joyero se retiró con la joven. La condujo a su casa, y le dijo que en lo sucesivo allí tendrían sus entrevistas los dos, lo mismo que la que proyectaba entre el príncipe Alí y Schamsennahar. Y la joven, después de haber aprendido el camino de la casa, no quiso diferir por más tiempo el enterar a su ama de lo ocurrido. Prometió, pues, al joyero volver al día siguiente con la contestación de Schamsennahar.
Y efectivamente, al otro día llegó a casa de Amín, y le dijo: "¡Oh Amín! mi señora ha llegado al límite de la alegría al saber lo bien dispuesto que estás en nuestro favor. ¡Y me encarga que venga en tu busca para llevarte a sus aposentos de palacio, donde quiere darte personalmente las gracias por tu espontánea generosidad, y por tu interés hacia unas personas cuyos designios nada te obligaba a proteger!"
El joyero, al oír estas palabras, en vez de demostrar prisa por satisfacer el deseo de la favorita se sintió sobrecogido de un gran temblor, se puso muy pálido, y acabó por decir a la joven: "¡Oh hermana mía! ya veo que ni Schamsennahar ni tú habéis pensado bien el paso que me pedís. Olvidáis que soy un hombre del vulgo, y que carezco de la amistad que poseía Abalhassan con los eunucos de palacio.
Yo no conozco para nada las costumbres de esas gentes. ¿Cómo he de atreverme a marchar a palacio, cuando me asombraba el oír los relatos de las visitas de Abalhassan? ¡Me falta valor para desafiar ese peligro! ¡Pero puedes decirle a tu ama que mi casa es el sitio más a propósito para las entrevistas; y que si se digna venir, podremos conversar a gusto, sin riesgo alguno!"
Pero como la joven instase para que la siguiera, y hasta le había decidido a levantarse, le sobrecogió de pronto tal temblor que se le doblaban las piernas. Y entonces la esclava tuvo que ayudarle para que se sentase de nuevo, y le dió a beber un vaso de agua fresca a fin de que se tranquilizase.
Y cuando vió que era imprudente insistir, la esclava dijo: "¡Tienes razón! Mucho mejor es, en interés de todos, decidir a Schamsennahar a que venga aquí. Voy a intentarlo, y seguramente la traeré. ¡Aguárdanos sin moverte para nada!"
Y como lo había previsto, en cuanto la confidente manifestó a la favorita la imposibilidad en que se encontraba el joyero de ir a palacio, Schamsennahar se levantó, y envolviéndose en su gran velo de seda, siguió a su esclava, olvidando la debilidad que hasta entonces la había paralizado en los almohadones. La confidente fué la primera que entró en la casa para enterarse de si su señora se expondría a que la viesen los esclavos o gente extraña, y preguntó a Amín: "¿Habrás echado fuera a los criados?"
Y él contestó: "Vivo solo aquí, con una negra vieja que me arregla la casa". Ella dijo: "¡De todos modos, hay que evitar que entre aquí ahora!" Y ella misma fué cerrando todas las puertas, y corrió después a buscar a la favorita.
Schamsennahar entró, y a su paso las salas y corredores se llenaban milagrosamente con el perfume de sus vestidos. Y sin decir palabra ni mirar en derredor, fué a sentarse en el diván, y se apoyó en los cojines que el joven joyero se apresuraba a colocar detrás de ella. Y así permaneció inmóvil, durante un buen rato, muy débil y sin poder apenas respirar. Por fin, cuando hubo descansado de aquella larga caminata, pudo levantarse el velillo y despojarse del manto. Y el joven joyero, deslumbrado, creyó que el mismo sol había entrado en su casa. Schamsennahar le miró un instante y le preguntó al oído a la esclava: "¿Este es el joven de quién me has hablado?" Y cuando la esclava le contestó afirmativamente, la favorita dirigió un expresivo saludo al joyero.
Y éste contestó: "¡Loado sea Alah! ¡Plegue a Alah guardarte y conservarte como el perfume en el oro!"
Ella le preguntó: "¿Eres casado o soltero?" El contestó: "¡Por Alah! ¡Soltero, o mi señora! Y no tengo padre, ni madre, ni pariente alguno. De modo que no tendré más ocupación que consagrarme a servirte; y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 162ª noche

Ella dijo:
...y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Sabe, además, que pongo por completo a tu disposición, para tus entrevistas con Ben-Bekar, una casa que me pertenece, en donde nadie habita, y que está situada enfrente de esta en que vivo. ¡Voy a amueblarla enseguida, para que os reciba dignamente y no os falte nada!"
Entonces Schamsennahar le dió expresivas gracias, y le dijo:
"¡Por Alah! mi destino es muy dichoso por haber tenido la suerte de encontrar un amigo tan adicto como tú. ¡Ahora me explico lo que vale la ayuda de un amigo desinteresado, y cuán delicioso es encontrar el oasis del reposo después del desierto de la tristeza! Cree que sabré demostrarte un día que conozco el precio de la amistad. ¡Mira a mi confidente, oh Amín! ¡Es joven, dulce y expresiva; pues te aseguro que a pesar de cuanto he de sentir separarme de ella, te la regalaré para que te haga pasar noches de luz y días de frescura!"
Y Amin miró a la joven, y le pareció que era muy agradable, en efecto, y que, además de ojos perfectamente hermosos, tenia unas nalgas absolutamente maravillosas.
Schamsennahar prosiguió: "¡Tengo en ella una seguridad ilimitada! ¡No temas confiarle cuanto te diga el príncipe Alí! ¡Y quiérela, porque tiene cualidades que refrescan el corazón!"
Y Schamsennahar, dichas estas cosas al joyero, se retiró seguida de su confidente, que se despidió de su nuevo amigo con una sonrisa.
Cuando se hubieron alejado, el joyero Amín corrió a su tienda y sacó todos los jarrones, todas las copas cinceladas y todas las tazas de plata, y las llevó a la casa donde habían de verse los amantes. Después visitó a sus conocidos, y a unos les pidió prestadas alfombras, a otros almohadones de seda y a otros vajillas y bandejas. Y de esta suerte acabó por amueblar magníficamente la casa.
Después de ordenarlo todo, y cuando se hubo sentado un momento para contemplarlo, vió entrar a su amiga la joven confidente de Schamsennahar. Esta se le acercó meneando gentilmente las caderas, y le dijo después de las zalemas: "¡Oh Amín! mi ama te envía su saludo de paz, y te repite las gracias, y te dice que ya está consolada del todo. Me encarga además que avises a su amante de que el califa ha marchado del palacio y que ella podrá venir aquí esta noche. Avisa, pues, al príncipe Alí, y estoy segura de que esta noticia acabará de restablecerle y le devolverá las fuerzas y la salud".
Dichas estas palabras, la joven se sacó del seno una bolsa llena de dinares y se la alargó a Amín, diciéndole: "Mi ama te ruega que gastes todo lo que sea, sin escatimar nada". Pero Amín rechazó la bolsa, diciendo: "¿Valgo tan poco a los ojos de tu dueña, ¡oh joven esclava! que quiera recompensarme con ese oro? Dile que Amín está pagado de sobra con el oro de sus palabras y la mirada de sus ojos".
Entonces la joven se guardó la bolsa, muy satisfecha por el desinterés demostrado por Amín, y corrió a contárselo a Schamsennahar, y a avisarle que todo estaba preparado. Después la ayudó a bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse con sus mejores ropas.
Por su parte, el joyero Amín fué a avisar al príncipe Alí Ben Bekar, después de haber colocado flores frescas en los jarrones y llenado las bandejas con manjares de todas clases, pasteles, dulces y bebidas, y colocado ordenadamente junto a la pared los laúdes, guitarras y demás instrumentos.
Entró en casa del príncipe Alí, a quien encontró más animado con la esperanza que había infundido en su corazón. Y la alegría del joven fué muy grande al saber que dentro de poco iba a ver a la amada, causante de sus lágrimas y de su dicha. Y desaparecieron todas sus penas y pesares, y su rostro se iluminó en seguida, adquiriendo mayor gentileza y más simpática dulzura.
Y por su parte, Amín le ayudó a vestirse el traje más magnífico, y después, sintiéndose tan fuerte como si nunca hubiera estado a las puertas de la tumba, emprendió con el joyero el camino de la casa.
Cuando entraron en ella, Amín se apresuró a invitar al príncipe a sentarse, y le colocó detrás de la espalda unos almohadones muy blandos, y a su lado, a derecha e izquierda, unas hermosas vasijas de cristal llenas de flores, y le puso entre los dedos una rosa. Y ambos, departiendo tranquilamente, aguardaron la llegada de la favorita.
Apenas habían transcurrido unos instantes, llamaron a la puerta y Amín corrió a abrir, y volvió en el acto seguido de dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 163ª noche

Ella dijo: m
...dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra. Y era la hora del llamamiento a la oración, en los alminares, al ponerse el sol. Y cuando afuera la voz extática de los muecines invocaba las bendiciones de Alah sobre la tierra, Schamsennahar se levantó el velo ante los ojos de Ben-Bekar.
Y al verse ambos amantes, cayeron desvanecidos, y tardaron como una hora en reponerse. Cuando por fin abrieron los ojos, se miraron silenciosa y largamente, sin llegar a poder expresar de otro modo su pasión. Y cuando tuvieron bastante dominio de sí mismos para poder hablar, se dijeron palabras tan dulces, que la esclava y el joven Amín no pudieron menos de llorar en su rincón.
Pero no tardó el joyero en suponer que era hora de servir a sus huéspedes, y ayudado por la esclava se apresuró a llevarles en primer lugar los perfumes agradables, que los prepararon para probar las viandas, las frutas y las bebidas, que eran abundantes y de primera calidad. Después Amín les echó agua en las manos, y les alargó las toallas de flecos de seda. Y entonces, completamente repuestos de su emoción, pudieron empezar a disfrutar realmente de la dicha de verse reunidos. Y Schamsennahar dijo a la esclava: "¡Dame ese laúd, para que cante la pasión inmensa que grita dentro de mi alma!" Y la confidente le presentó el laúd, que Schamsennahar se puso en las rodillas, y después de haberle templado rápidamente, preludió una melodía. Y el instrumento, manejado por sus dedos, sollozaba y reía, como si hablase su alma, extasiando a todos. Y con la mirada perdida en los ojos de su amigo, Schamsennahar cantó:
¡Oh cuerpo mío de enamorada, te has hecho diáfano al esperar al muy amado! ¡Pero ya está aquí! ¡El ardor de mis mejillas, bajo las lágrimas se endulza con la brisa de su llegada!
¡Oh noche bendita al lado de mi amigo, das a mi corazón más dulzura que todas las noches de mi destino!
¡Oh noche que aguardaba! ¡Mi muy amado me enlaza con su brazo derecho y yo con el izquierdo le envuelvo alegre!
¡Le envuelvo, y con mis labios aspiro el vino de su boca, mientras sus labios me vacían por completo! ¡Así me apodero de la colmena y de toda la miel!
Cuando oyeron este canto, sintieron los tres un goce tan grande, que gritaron desde el fondo de su pecho: "¡Ya leil! ¡Ya salam! ¡Estas son las palabras deliciosas!"
Después el joyero Amín, suponiendo que su presencia ya no era necesaria, y en el colmo del placer al ver a los dos amantes uno en brazos del otro, se decidió a dejarlos solos en la casa para no exponerse a molestarlos, y se retiró discretamente. Emprendió el camino de su casa, y con el ánimo completamente tranquilo se acostó pensando en la felicidad de sus amigos y durmió hasta por la mañana.
Pero al despertarse vió delante de él a su esclava negra, con la cara trastornada por el espanto. Y cuando abría la boca para preguntarle lo que le había pasado, la negra le señaló con silencioso ademán a un vecino que estaba a la puerta aguardando que despertase.
El vecino se acercó a una señal de Amín, y después de saludarle le dijo: "¡Oh mi vecino, vengo a consolarte por la espantosa desgracia que ha caído esta noche sobre tu casa!" El joyero exclamó: "¡Por Alah! ¿De qué desgracia hablas?" Y el hombre dijo: "Puesto que no te has enterado todavía, sabe que esta noche, apenas habías vuelto a tu casa, unos ladrones cuya primera hazaña no debe de ser ésta, y que probablemente te habrían visto la víspera trasladar a tu segunda casa cosas preciosas, han aguardado que salieras para precipitarse dentro de la casa, donde no pensaban encontrar a nadie; pero vieron a unos huéspedes que había alojado allí esta noche, y probablemente los habrán matado y hecho desaparecer, pues no se ha podido dar con sus huellas. En cuanto a la casa, los ladrones la han saqueado por completo, sin dejar ni una estera ni un almohadón. ¡Y está ahora más limpia y vacía que nunca!"
Al oír esto, el joven Amín levantó los brazos lleno de amargura: "¡Qué desgracia tan grande! ¡Mis bienes y todos los objetos que me habían prestado los amigos se han perdido sin remisión, pero esto no vale nada comparado con la pérdida de mis huéspedes!"
Y enloquecido, descalzo y en camisa, corrió a su segunda casa, seguido de cerca por el vecino, que trataba de consolarle. ¡Y vió, efectivamente, que las habitaciones resonaban como cosa vacía! Entonces se desplomó llorando, prorrumpiendo en suspiros, y luego exclamó: "¿Y qué haré ahora, vecino?"
El vecino contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta como siempre.

Pero cuando llegó la 164ª noche

Ella dijo:
El vecino contestó: "Creo, Amín, que el mejor partido es tomar la desgracia con paciencia y aguardar la captura de los ladrones, que tarde o temprano serán habidos, pues los guardias del gobernador andan buscándolos, no sólo por este robo, sino por otras fechorías que han perpetrado hace poco tiempo. Y el pobre joyero exclamó: "¡Oh, Abalhassan Ben-Taher, prudente varón! ¡Qué buena idea tuviste al retirarte tranquilamente a Bassra! ¡Pero lo que está escrito ha de ocurrir!" Y Amín volvió a emprender tristemente el camino de su casa, en medio del gentío que había averiguado toda la historia, y se compadecía de él al verle pasar.
Y al llegar a la puerta de su casa, el joyero Amín vió en el vestíbulo a un hombre que no conocía, y le aguardaba. Y el hombre, al verle, se levantó y le deseó la paz, y Amín le devolvió el saludo.
Entonces el hombre dijo: "¡Tengo que decirte algunas palabras secretas, que sólo debemos oír los dos!" Y Amín quiso llevarle a su aposento pero el hombre le dijo: "¡Vale más que estemos completamente solos, conque vámonos a tu segunda casa!"
Y Amín, pasmado, le preguntó: "Pero ¿cómo es que no te conozco, y tú me conoces a mí, y sabes que tengo dos casas?" El desconocido se sonrió y dijo: "Ya te lo explicaré todo. ¡Y si Alah quiere, contribuiré a consolarte!" Entonces Amín salió con el desconocido, y llegó a la segunda casa, pero allí su acompañante hizo observar a Amín que los ladrones habían echado la puerta abajo, y por consiguiente, no se podía estar allí libre de indiscretos.
Después dijo: "¡Sígueme y te llevaré a un sitio que conozco!"
Entonces el hombre echó a andar, y Amín fué detrás de él, siguiéndole de una calle a otra calle, de un zoco a otro zoco, de una puerta a otra puerta, hasta el anochecer. Entonces, como hubieran llegado hasta el Tigris, el hombre desconocido dijo: "¡Indudablemente estaremos más seguros en la otra orilla!"
Y en seguida se les acercó un barquero, salido no se sabe de dónde, y antes de que Amín pudiera enterarse, estaba ya con el otro en la barca, y en unos vigorosos golpes de remo se vieron en la orilla opuesta. El desconocido ayudó a Amín a saltar a tierra, cogiéndole de la mano, lo guió a través de unas calles angostas, y el joyero, muy intranquilo, pensaba: "¡En mi vida he puesto aquí los pies! ¿Qué aventura será esta aventura?"
Llegaron ante una puerta toda de hierro, y el desconocido, sacando del cinturón una enorme llave enmohecida, la metió en la cerradura, que rechinó terriblemente, y la puerta se abrió. El desconocido entró con el joyero, y después cerró la puerta. Y se hundieron por un corredor, que había que recorrer andando a gatas; y al final del corredor encontraron una sala que estaba alumbrada por una sola lámpara colgada en el centro. Y alrededor de aquella lámpara vió Amín sentados e inmóviles a diez hombres vestidos de igual manera, y de caras tan parecidas e idénticas, que creíase ver un solo rostro repetido diez veces en espejos.
Al verlos, Amín, que estaba ya rendido por lo que había andado desde por la mañana, se sintió completamente desvanecido, y cayó al suelo. Entonces el hombre que lo había traído le roció con un poco de agua, y de tal modo lo reanimó. Después, como ya estaba puesta la mesa, los diez hombres iguales se dispusieron a comer, no sin haber invitado a Amín a compartir su cena, todos con la misma voz. Y Amín, viendo que los diez comían de los mismos platos, dijo para sí: "¡Si esto estuviera envenenado no lo comerían!"
Y a pesar de su terror, se acercó y comió hasta saciarse, como hambriento que estaba desde por la mañana.
Terminada la comida, la misma voz una y décuple le preguntó: "¿Nos conoces?"
El contestó: "¡No, por Alah!" Los diez dijeron: "Somos los ladrones que esta noche pasada hemos saqueado tu casa y raptado a tus huéspedes, al joven y a la muchacha que cantaba. ¡Pero desgraciadamente, la criada logró salvarse huyendo por la azotea!"
Entonces Amín exclamó: "¡Por Alah sobre todos vosotros! ¡Señores míos, por favor, indicadme el lugar en que se encuentran mis dos huéspedes! ¡Y confortad mi alma atormentada, hombres generosos que habéis saciado mi hambre! ¡Y Alah os deje gozar en paz de cuanto me habéis quitado! ¡Dejadme ver a mis amigos!"
Entonces los ladrones alargaron el brazo, todos al mismo tiempo hacia una puerta cerrada y dijeron: "¡No temas ya por su suerte! ¡Más seguros están con nosotros que en casa del gobernador, y tú, por supuesto, lo mismo! ¡Sabe, efectivamente, que no te hemos traído aquí más que para que nos digas la verdad acerca de estos dos jóvenes, cuyo hermoso aspecto y noble actitud nos han pasmado tanto que no nos hemos atrevido a interrogarlos apenas hemos adivinado con quién teníamos que habérnoslas!"
Entonces el joyero Amín se tranquilizó mucho, y no pensó más que en granjearse todas las simpatías de los ladrones, y les dijo: "¡Oh señores míos!, bien claro veo ahora que si la compasión y la urbanidad llegaran a desaparecer de la tierra, se encontrarían intactas en vuestra casa. ¡Y no menos claro veo asimismo que cuando se trata con personas tan de fiar y tan generosas como vosotros, el mejor medio y el más seguro para captarse su confianza es no ocultarles nada de la verdad! ¡Escuchad, pues, mi historia y la suya, pues es asombrosa hasta el último límite de todos los asombros!"
Y el joyero Amín contó a los ladrones toda la historia de Shamsennahar y Alí ben-Bekar, y sus relaciones con ellos, sin olvidar un detalle, desde el principio hasta el fin. ¡Pero no es necesario repetirla!
Cuando los ladrones hubieron oído la extraña historia, quedaron en efecto extremadamente asombrados, y exclamaron: "¡Verdaderamente es un gran honor para nuestra casa albergar en este momento a la bella Schamsennahar y al príncipe Alí ben-Bekar! Pero, ¡oh joyero! ¿De veras no te burlas de nosotros? ¿Son realmente ellos?" Y Amín exclamó: "¡Por Alah, ¡oh señores míos! ellos son, absolutamente, con sus propios ojos!" Entonces los ladrones se levantaron como un solo hombre, y abrieron la puerta consabida, e hicieron salir al príncipe Alí y Schamsennahar, disculpándose mil veces, y diciéndoles: "¡Os suplicamos que nos perdonéis lo inconveniente de nuestra conducta, pues en realidad no podíamos suponer que íbamos a capturar personas de vuestra categoría en casa del joyero!"
Después se volvieron hacia Amín y le dijeron: "¡Y a ti te devolveremos enseguida los objetos preciosos que te hemos arrebatado, y sentimos muchos no poder devolverte también los muebles, porque los hemos dispersado, haciendo que lo vendan en varios sitios y en pública subasta!"
"Y la verdad es que se apresuraron a devolverme los objetos preciosos envueltos en un paquete grande; y yo, olvidándolo todo, no dejé de darles mil gracias por su generosidad. [1]
Entonces nos dijeron a los tres: "Ahora ya no queremos teneros más aquí, como no deseéis honrarnos con vuestra presencia entre nosotros". Y enseguida se pusieron a nuestra disposición, haciéndonos prometer únicamente no delatarlos y olvidar los desagradables ratos pasados.
"Nos llevaron, pues, a la orilla del río, y todavía no pensábamos en comunicarnos nuestras inquietudes, pues el temor aún nos tenía sin aliento, y nos inclinábamos a creer que todos aquellos sucesos ocurrían en sueños. Después, con grandes señales de respeto, los diez nos ayudaron a meternos en su barca, y se pusieron todos a remar con tal vigor, que en un abrir y cerrar de ojos llegamos a la otra orilla. Pero apenas habíamos desembarcado, ¡cuál no sería nuestro terror al vernos cercado de pronto por los guardias del gobernador, y capturados inmediatamente! Los ladrones, como se habían quedado en la barca, tuvieron tiempo de ponerse fuera de alcance a fuerza de remos.
"Entonces el jefe de los guardias se nos acercó, y nos preguntó con voz amenazadora: "¿Quiénes sois y de dónde venís?"
Sobrecogidos de miedo, nos quedamos mudos, lo cual acrecentó aún más la desconfianza del jefe de los guardias, que nos dijo: "¡Me vais a contestar categóricamente, o en el acto os mando atar de pies y manos, y se os llevarán mis hombres! ¡Decidme, pues, en dónde vivís, en qué calle y en qué barrio!"
Entonces, queriendo salvar a toda costa la situación, comprendí que debía hablar, y respondí: "¡Oh señor! somos músicos, y esta mujer es cantora de oficio. Esta noche estábamos en una fiesta que reclamaba nuestro concurso en la casa de esas personas que nos han traído hasta aquí. ¡Pero no podemos deciros el nombre de esas personas, pues en nuestro oficio no solemos enterarnos de tales pormenores, y nos basta sólo con que nos paguen bien!"
Pero el jefe de los guardias me miró severamente, y me dijo: "¡No tenéis mucha traza de cantantes, y me parecéis muy aterrados e inquietos para ser personas que acaban de salir de una fiesta! Y vuestra compañera, con tan buenas alhajas, tampoco tiene trazas de almea. ¡Hola! ¡Guardias, coged a esta gente y llevadla enseguida a la cárcel!"
Al oír estas palabras Schamsennahar se decidió a intervenir personalmente, y acercándose al jefe de los guardias, le llamó aparte y le dijo al oído algunas palabras, que le hicieron tal efecto, que retrocedió unos pasos y se inclinó hasta el suelo, balbuciendo fórmulas respetuosísimas de homenaje. Y en seguida dió orden a su gente de que acercara dos embarcaciones, y ayudó a Schamsennahar a entrar en una mientras me introducía en otra con el príncipe Ben-Bekar. Después mandó a los barqueros que nos llevaran adonde les mandáramos ir.
Y enseguida cada barca siguió diferente dirección: Schamsennahar hacia su palacio, y nosotros hacia nuestro barrio.
"En cuanto a nosotros, apenas habíamos llegado a casa del príncipe, cuando le vi, sin fuerzas ya y extenuado por tan continuas emociones, desplomarse sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 165ª noche

Ella dijo:
...sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa. Porque, según me dió a entender por el camino, después de lo que había pasado, perdía toda esperanza de tener otra entrevista con su amiga Schamsennahar.
"Entonces, mientras las mujeres y los servidores se ocupaban en hacer volver al príncipe de su desmayo, su familia se figuró que yo debía de ser el causante de todas aquellas desgracias que no entendían, y quiso obligarme a darle toda clase de pormenores.
Pero yo me guardé muy bien de explicarles nada. Y les dije: "¡Buena gente, lo que le ocurre al príncipe es tan extraordinario, que él es el único que os lo puede contar!"
Y afortunadamente para mí, el príncipe recobró el conocimiento en aquel instante, y sus parientes ya no se atrevieron a insistir en el interrogatorio delante de él. Y yo, temiendo nuevas preguntas, y ya algo tranquilo respecto al estado de Ben-Bekar, cogí mi paquete y me fui a toda prisa hacia mi casa.
"Al llegar encontré a la negra que daba gritos agudísimos y desesperados y se abofeteaba, y todos los vecinos la rodeaban para consolarla de mi perdición, que se creía segura. Así es que al verme, la esclava se echó corriendo a mis pies, y quiso también someterme a un nuevo interrogatorio. Pero yo puse término a todo esto diciéndole que por lo pronto no tenía más que ganas de dormir; y me dejé caer, extenuado, en los colchones, y poniendo la cara en la almohada dormí hasta el otro día.
"Entonces la negra se me acercó y me hizo preguntas, y yo le dije: "Dame un buen tazón lleno". Me lo trajo, me lo bebí de un sorbo, y como la negra insistía, le dije: "¡Ha sucedido lo que ha sucedido! Entonces se fué. ¡Y yo me volví a dormir, y aquella vez no me desperté hasta pasados dos días y dos noches!
"Y cuando pude incorporarme, me dije: "¡La verdad es que tengo que ir a tomar un baño al hammam!" Y fui enseguida, aunque seguía muy preocupado con la situación de Ben-Bekar y Schamsennahar, de quienes nadie me había traído noticias. Fui pues, al hammam, en donde tomé mi baño, y me dirigí en seguida hacia mi tienda; y cuando sacaba la llave del bolsillo para abrir la puerta, una mano me tocó en el hombro, y una voz me dijo: "¡Ya Amín!" Entonces me volví, y conocí a mi joven amiga, la confidente de Schamsennahar.
"Pero en vez de alegrarme al verla, sentí un miedo atroz de que me vieran los vecinos en conversación con ella, pues todos sabían que era la confidente de la favorita. Me apresuré a meterme la llave en el bolsillo, y sin volver la cara eché a correr, completamente enloquecido, sin hacer caso de las voces de la joven, que corría detrás de mí, rogándome que me parara. Y así llegué hasta la puerta de una mezquita solitaria, me precipité dentro, después de haber dejado a la puerta las babuchas, me dirigí hacia el rincón más oscuro, y adopté enseguida la actitud de la oración. Entonces, más que nunca, pensé en lo grande que había sido la cordura de mi antiguo amigo Abalhassan ben Taher, que había huido de todas aquellas complicaciones, retirándose tranquilamente a Bassra. Y pensé para mis adentros: "¡Como Alah me saque sano y salvo, hago voto de no volverme a meter en semejantes trances, ni a hacer tales papeles!".
"Apenas estaba en aquel rincón oscuro cuando se me unió...
En este momento de su narración, Schehrazada, vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 166ª noche

"Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió la confidente, y ya entonces me decidí a hablar con ella, puesto que no teníamos testigos. Empezó por preguntarme: "¿Cómo estás, amigo Amín?"
Le contesté: "Perfectamente de salud. ¡Pero prefiero la muerte a esta constante inquietud en que vivimos!"
"Ella prosiguió: "¿Qué dirías si conocieras el estado en que se halla mi pobre señora?" ¡Ah! ¡Ya rabbi! ¡Me desmayo sólo con recordar el momento en que la vi regresar a palacio! ¡Yo pude llegar antes, huyendo de azotea en azotea, y tirándome al suelo desde la última casa! ¡Si la hubieras visto llegar! ¿Quién habría podido creer que aquella cara tan pálida como la de un cadáver desenterrado era la de Schamsennahar, la luminosa? Así es que al verla rompí en sollozos, echándome a sus pies y besándoselos. Ella me mandó entregar al barquero mil dinares de oro por su trabajo, y después le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada en nuestros brazos. La llevamos a la cama, y empecé a rociarle el rostro con agua de flores; le sequé los ojos, le lavé pies y manos, y la mudé de ropa. Entonces tuve la alegría de verla volver en sí, y le di enseguida un sorbete de rosa, le hice oler jazmines, y le dije: "¡Oh mi señora, por Alah sobre ti! ¿Adónde iremos a parar si seguimos así?"
Ella contestó: "¡Oh mi fiel confidente! ¡Ya no hay en la tierra nada que me invite a la vida! Pero antes de morir quiero tener noticias de mi amado. ¡Ve, pues, a buscar al joyero Amín, y llévale estas bolsas llenas de oro, y ruégale que las acepte en compensación de los daños y perjuicios que le ha causado nuestra aventura!"
"Y la confidente me alargó un paquete muy pesado que llevaba y que debía contener más de 5.000 dinares de oro, de lo cual, efectivamente, pude cerciorarme más adelante.
Después prosiguió: "¡Schamennahar me ha encargado después que te pida, como última súplica, que nos des noticias, sean buenas o malas, del príncipe Alí!"
No pude negarle lo que me pedía como un favor, y a pesar de mi firme resolución de no meterme más en aquella aventura peligrosa, dije que aquella noche en mi casa le facilitaría noticias sobre el príncipe. Y después de rogar a la joven que fuese a mi tienda para dejar el paquete, salí de la mezquita y me dirigí a casa del príncipe Alí ben Bekar.
Y allí me enteré de que todos, mujeres y servidores, me estaban aguardando hacía tres días, y no sabían cómo hacer para tranquilizar al príncipe Alí, que me reclamaba sin cesar, exhalando hondos suspiros. Y le encontré con los ojos casi apagados, y con más aspecto de muerto que de vivo. Entonces me acerqué a él con lágrimas en los ojos, y le estreché contra mi pecho...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 167ª noche

Ella dijo:
"...y le estreché contra mi pecho y le dije muchas cosas para consolarlo un poco, pero no lo pude conseguir, y me dijo: "¡Oh Amín, como sé que mi alma va a escaparse, deseo antes de morir dejarte una muestra de gratitud!" Y ordenó a sus esclavos: "¡Traed tal y cuál cosa!". Y enseguida los esclavos se apresuraron a traer toda clase de objetos preciosos, vasijas de oro y plata, alhajas de mucho valor. Y me dijo: "¡Te ruego que aceptes esto en sustitución de lo que te han robado!"
Y mandó a los esclavos que transportaran todo a mi casa. Enseguida dijo: "¡Sabe, amigo mío, que en este mundo todas las cosas tienen un fin! ¡Desdichado de quien no alcanza su fin en el amor, pues no le queda más que la muerte! ¡Y si no fuera por mi respeto a la ley del Profeta (¡sea con él la paz!), ya habría yo apresurado el momento de esa muerte, que comprendo que se aproxima! ¡Si supieras los sufrimientos que se ocultan bajo de mis costillas! ¡No creo que haya hombre que haya sufrido tantos dolores como los que llenan mi corazón!"
"Entonces le dije que la confidente me aguardaba en casa para saber noticias suyas, enviada con tal objeto por Schamsennahar. Y fui en busca de la joven para contarle la desesperación del príncipe, y que presentía su fin, y dejaría la tierra sin más pesar que el de verse separado de su amada.
"A los pocos momentos de llegar a mi casa vi entrar a la confidente llena de emoción y de trastorno, y de sus ojos brotaban abundantes lágrimas.
Y yo, cada vez más alarmado, le pregunté: "¡Por Alah! ¿Qué pasa ahora? ¿Puede haber algo peor que lo que nos ha ocurrido?"
Ella me contestó temblando: "¡Ya nos ha caído encima lo que tanto temíamos! ¡Estamos perdidos sin remedio, desde el primero hasta el último! El califa se ha enterado de todo y he aquí lo ocurrido. A consecuencia de la indiscreción de una de sus esclavas, el jefe de los eunucos entró en sospechas, y empezó a interrogar una por una a todas las doncellas de Schamsennahar. Y a pesar de sus negativas, dió con la pista y lo descubrió todo. Enteró inmediatamente al califa, que mandó llamar a la favorita, ordenando que la acompañaran, contra su costumbre, veinte eunucos de palacio. ¡De modo que todas estamos en el límite del espanto! ¡Y yo he podido zafarme un momento para avisarte del peligro que nos amenaza! ¡Ve, pues, a prevenir al príncipe que tome las precauciones necesarias!"
Y dicho esto, la joven regresó corriendo a palacio.
Entonces el mundo se ennegreció ante mis ojos, y exclamé: "¡No hay poder ni hay fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente!" ¿Qué otra cosa podía decir frente al Destino? Resolví volver a la casa del príncipe, aunque hacía pocos momentos que lo había dejado; y sin darle tiempo a pedirme ninguna explicación, le grité: "¡Oh Alí, no tienes más remedio que seguirme, o te espera la muerte más ignominiosa! ¡El califa lo sabe todo, y a estas horas habrá ordenado prenderte! ¡Alejémonos, sin perder un momento, y traspongamos las fronteras de nuestro país, fuera del alcance de quienes te buscan!"
Y enseguida, en nombre del príncipe, mandé a los esclavos que cargaran tres camellos con los objetos más valiosos y con víveres suficientes para el camino. Ayudé al príncipe a montar en otro camello, en el cual también monté yo detrás de él. Y en cuanto el príncipe se despidió de su madre nos pusimos en camino, tomando el del desierto...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta, como siempre.

Pero cuando llegó la 168ª noche

Ella dijo:
"... nos pusimos en camino, tomando el del desierto.
"Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir, ¡los destinos, bajo un cielo u otro, han de cumplirse! ¡Y efectivamente, nuestras desdichas habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos a otro mayor todavía!
"He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las palmeras, vimos surgir de pronto a nuestra izquierda, una cuadrilla de bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna, nos dejamos desarmar y despojar. ¡Los bandidos nos quitaron las bestias con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos encima, sin dejarnos más que la camisa! Hecho lo cual se alejaron, sin ocuparse más de nuestra suerte.
Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos, pues lo habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De todos modos, le pude ayudar a arrastrarse poco a poco hasta la mezquita que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe se arrojó al suelo y me dijo: "¡Aquí voy a morir, ya que Schamsennahar no debe de estar viva a estas horas!"
En la mezquita estaba rezando un hombre que, al acabar sus devociones, nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: "¡Oh jóvenes! ¿Sin duda sois forasteros y venís a pasar la noche aquí?" Le contesté: "¡Oh, jeique, somos unos forasteros a quienes los bandidos del desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que la camisa que llevamos encima!"
"Al oír estas palabras, el anciano nos manifestó mucha compasión, y nos dijo: "¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos y seré con vosotros! Salió para volver en seguida, acompañándole un muchacho que llevaba un paquete. El jeique sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y después dijo: "¡Venid a mi casa, donde estaréis mejor que en esta mezquita, pues debéis de tener hambre y sed!" ¡Y nos obligó a acompañarle a su casa, a la cual no llegó el príncipe más que para tenderle sin aliento en una alfombra! Y entonces, a lo lejos, como si viniera con la brisa que soplaba por el oasis a través de las palmeras, se dejó oír la voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de mi amigo!
¡Si el momento de la muerte le parece amargo a mi alma, no es porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de los ojos del amigo!
¡Ah! ¡Si yo hubiera sabido que el momento de la despedida estaba tan próximo, y que me vería privada para siempre de mi amigo, me habría llevado, como provisión para el camino, algo del contacto de sus ojos adorados!
"Apenas Alí ben-Bekar había empezado a oír aquel canto, levantó la cabeza y se puso a escuchar como fuera de sí. Y cuando la voz se extinguió le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
En este momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 169ª noche

Ella dijo:
"... le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
Al ver aquello, el anciano y yo rompimos a llorar, y nos pasamos así toda la noche; y le conté entre lágrimas esta triste historia. Y al llegar la mañana le confié el cadáver hasta que la familia, avisada por mí, fuera a buscarlo. Me despedí de aquel hombre tan bueno, y me dirigí rápidamente a Bagdad, aprovechando la salida de una caravana que allá se dirigía. Y en cuanto llegué, corrí a casa del príncipe, sin mudarme siquiera de ropa, y me presenté a su madre.
"Cuando la madre de ben-Bekar me vió llegar solo, sin su hijo, y observó mi tristeza, empezó a temblar, y yo le dije: "¡Oh venerable madre de Alí, Alah es el que manda, y la criatura tiene que someterse! ¡Cuando se dirige a un alma el escrito de llamada, el alma tiene que presentarse sin demora delante de su amo!"
"Al oír esto la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces al suelo, exclamó: "¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?"
Yo bajé los ojos sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse a llorar todas las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con sus lamentos.
Cuando por fin pudo oírme la madre de Alí, le conté los pormenores de la muerte, y le dije: "¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos, ¡oh madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!"
Entonces ella me preguntó: "¿Pero no ha dejado ningún encargo para que me lo transmitieras?" Yo contesté: "¡Me dijo que si moría era su mayor deseo que lo transportaran a Bagdad!" La madre del príncipe volvió a romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.

"Y dejándola entregada a sus preparativos de marcha, regresé a mi domicilio, pensando: "¡Oh, príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!"
"Y al llegar a mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi a la confidente de Schamsennahar vestida de luto, y con cara muy triste. Quise escaparme, pero la joven me obligó a entrar en casa con ella. Y sin hablarnos rompimos a llorar uno y otro. Después le dije: "¿Ya sabrás la desgracia?" Ella respondió: "¿A cuál te refieres, Amín?" Yo le dije: "¡La muerte del príncipe Alí!" Y al verla llorar de nuevo comprendí que nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
"Después ella me preguntó: "¿Y tú conoces mi desgracia?" Yo exclamé: "¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?" Ella contestó: "Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora mía!" Y rompió a llorar, hasta que por fin me dijo: "¡Escúchame, Amín!"
"Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos a presencia del califa, éste despidió a todo el mundo, se acercó a ella, la mandó sentar junto a él, y con voz llena de bondad le dijo: "¡Oh Schamsennahar! ¡Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto indigno de ti y de mí! ¡Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo ante todo el palacio he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa, y el número de tus esclavos, y los gastos tuyos! ¡Te ruego, por lo tanto, que abandones esa aflicción que me aflige también a mí! ¡Y para distraerte, voy a llamar a las cantarinas de palacio, y disponer que traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!"
Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas. Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado al lado de Schamsennahar, que a pesar de tanta bondad se sentía cada vez más débil, mandó a las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en este canto:
¡Oh lágrimas, hacéis traición a los secretos de mi alma, no dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio! ¡He perdido al amigo amado por mi corazón!
Al oír esto, Schamsennahar, exhaló un gran suspiro, y cayó de espaldas. El califa, afectadísimo, se inclinó hacia ella rápidamente, creyéndola desmayada, ¡pero la levantó muerta!
"Entonces tiró la copa que tenía en la mano, derribó las bandejas, y mientras dábamos gritos espantosos nos mandó salir a todas ordenando que rompiéramos las guitarras y los laúdes de la fiesta. Yo fui la única a quien permitió que permaneciera en el salón. El emir se colocó a Schamsennahar en las rodillas, y así estuvo llorando toda la noche, mandándome que no dejase entrar a nadie.
"A la mañana siguiente confió el cuerpo a las plañideras y lavadoras, y mandó que se le hicieran funerales de mujer legítima, y todavía más grandiosos. Después se encerró en sus habitaciones, y desde entonces no se le ha vuelto a ver en el salón de justicia".
"Por mi parte lloré con la joven la muerte de Schamsennahar, y ambos nos pusimos de acuerdo para que Alí ben-Bekar fuera enterrado al lado de Schamsennahar. Y aguardamos el regreso de la madre, y cuando regresó, tributamos al cadáver del príncipe unos fastuosos funerales, y logramos que se le sepultara al lado de la tumba de Schamsennahar.
"Y desde entonces yo y la joven confidente, que llegó a ser mi esposa, visitamos las dos tumbas, para llorar por los amantes, de quienes habíamos sido tan amigos".
Y tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada- la historia conmovedora de Schamsennahar, favorita del califa Harún Al- Raschid.



[1] Obsérvese que desde este momento el joyero es quien hace el relato, sin transición



15 P1 Historia de Alí-bem-Bekar y la bella Schamsennahar - Primera de dos partes

De la noche 152 a la noche 169
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Historia de Alí ben Bekar y la bella Schamsennahar

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! Que había en Bagdad, durante el reinado que transcurrió del califa Harún Al-Raschid, un joven mercader muy bien formado y muy rico que se llamaba Abalhassan ben-Taher. Era seguramente el más hermoso y afable y el más ricamente vestido de todos los mercaderes del Gran Zoco. Así es que había sido elegido por el jefe de los eunucos de palacio para proveer a las favoritas de todas las cosas, telas o pedrerías que pudieran necesitar. Y tales damas se atenían ciegamente a su buen gusto y sobre todo a su discreción, muchas veces puesta a prueba en los encargos que le hacían. Nunca dejaba de servir toda clase de refrescos a los eunucos que iban a hacerle los encargos, ni olvidaba obsequiarles con un regalo adecuado al puesto que ocupaban cerca de sus dueñas.
Así es que el joven Abalhassan era adorado de todas las mujeres y de todos los esclavos del palacio, y de tal modo le apreciaban, que el mismo califa acabó por notarlo. Y apenas le vió, le apreció también por sus buenos modales y la hermosura agradable y sencilla. Le dió libre entrada en el palacio a todas horas del día o de la noche; y como el joven Abalhassan unía a sus cualidades el don del canto y la poesía, el califa, que no encontraba quien superase la hermosa voz y bella dicción de este poeta, le mandaba con frecuencia acompañarle a comer a fin de que improvisase versos de perfecto ritmo.
De suerte que la tienda de Abalhassan era la más conocida de cuantos jóvenes había en Bagdad, hijos de emires o notables, y asimismo la conocían las mujeres de nobles dignatarios y chambelanes.
Uno de los más asiduos concurrentes a la tienda era un joven que se había hecho muy amigo de Abalhassan, por lo hermoso y atrayente que era. Se llamaba Alí Ben-Bekar, y descendía de los antiguos reyes de Persia. Su apostura encantaba, sus mejillas estaban sonrosadas y frescas, las cejas perfectamente trazadas, la dentadura sonriente y el habla deliciosa.
Un día que el príncipe Alí ben-Bekar estaba sentado en la tienda al lado de su amigo Abalhassan ben-Taher y ambos conversaban y reían, vieron llegar a diez muchachas, hermosas como lunas, y escoltando a una joven montada en una mula que llevaba jaeces de brocado y estribos de oro.
Esta joven iba tapada con un izar de seda de color de rosa, sujeto a la cintura con un cinturón bordado de oro de cinco dedos de ancho, incrustado de grandes perlas y pedrería. Su rostro lo cubría un velillo transparente, ¡y sus ojos irradiaban espléndidos a través del velillo! La piel de sus manos era tan suave como la misma seda, y sus dedos cargados de diamantes, parecían así más bien formados. Su talle y sus formas podían adivinarse como maravillosos, a pesar de lo poco que de ellos se podía ver.
Cuando la comitiva llegó a la puerta de la tienda descabalgó la joven, apoyándose en los hombros de las esclavas. Entró en la tienda, deseó la paz a Abalhassan, que le devolvió el saludo con el más profundo respeto, y se apresuró a arreglar los almohadones y el diván para invitarla a sentarse. Después se retiró unos pocos pasos para esperar sus órdenes. Y la joven se puso a elegir pausadamente unas telas de fondo de oro, algunos objetos de orfebrería y varios frascos de esencia de rosas. Y como no temía que la molestasen en casa de Abalhassan, se levantó un momento el velillo de la cara, y brilló sin ningún obstáculo toda su belleza.
Apenas el joven príncipe Alí ben-Bekar vió aquel semblante tan hermoso, quedó pasmado de admiración, y una pasión inmensa se encendió en el fondo de su hígado. Después, discretamente, hizo ademán de alejarse, y entonces la hermosa joven, que se había fijado en él y también se había sentido conmovida, dijo a Abalhassan con una voz admirable: "No quiero ser causante de que se vayan tus parroquianos. ¡Invita a ese joven a quedarse!" Y sonrió admirablemente.
Al oír estas palabras, el príncipe Alí ben-Bekar llegó al límite de la alegría, y no queriendo ser menos galante, dijo a la joven: "¡Por Alah! ¡Oh señora mía! si me alejaba no era sólo por temor de ser importuno, sino porque al verte pensé en estos versos del poeta:
"¡Oh tú, que miras al sol! ¿No ves que habita en alturas que ninguna mirada humana podrá medir?
¿Piensas poder alcanzarlo sin alas o crees, ¡oh candoroso! qué va a bajar hasta ti? "
Cuando la joven oyó esta estrofa, recitada con amargo tono, quedó impresionada por el sentimiento que en ella había, y le sedujo el aspecto de su enamorado. 'Le dirigió sonriente una larga mirada, hizo una seña al mercader para que se acercase, y le preguntó a media voz: "Abalhassan, ¿quién es ese joven, y de dónde viene?"
El otro contestó: "Es el príncipe Alí ben-Bekar, descendiente de los reyes de Persia. Tan noble como hermoso. Y es mi mejor amigo".
"Verdaderamente gentil -repuso la joven-. Y no te asombre, ¡oh Abalhassan! que poco después de marcharme veas llegar a una de mis esclavas, para invitaros a los dos a venir a verme. Porque quisiera demostrarle que hay en Bagdad palacios más hermosos, mujeres más bellas y almas más expertas que en la corte de los reyes de Persia".
Y Abalhassan, que necesitaba poco para entender las cosas, se inclinó y dijo: "¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos!"
Entonces la joven se echó de nuevo el velillo a la cara y salió, dejando en pos de sí el sutil perfume de la ropa guardada entre jazmín y sándalo.
Y Alí ben-Bekar, después de salir la joven, permaneció un buen rato sin saber lo que decía, hasta el punto de que Abalhassan tuvo que advertirle que los parroquianos notaban su agitación y empezaban a extrañarla.
Y Àlí ben-Bekar respondió: "¡Oh Ben-taher! ¿Cómo no he de estar agitado, si el alma quiere escapárseme del cuerpo para unirse a esa luna que ha rendido mi corazón y lo ha hecho entregarse sin consultar a la razón?"
Después añadió: "¡Oh Ben-Taher! ¡Por favor! ¿Quién es esa joven a quien pareces conocer? ¡Apresúrate a decírmelo!"
Y Abalhassan respondió: "¡Es la favorita predilecta del Emir de los Creyentes! ¡Se llama Schamsennahar! (Sol de un Día Hermoso).
El califa la trata con consideraciones que apenas se otorgan a la misma Sett Zobeida, su legítima esposa. Tiene un palacio propio, en el que manda como dueña absoluta, sin que la vigilen los eunucos, pues el califa tiene en ella una confianza ilimitada. Y lleva razón al obrar de este modo, pues siendo la más hermosa de todas las mujeres del palacio, es la que da menos que hablar con guiños de ojos a los esclavos y eunucos".
Apenas acababa Abalhassan de dar estas explicaciones a su amigo Alí ben-Bekar, cuando entró una esclava jovencita que, aproximándose a Abalhassan, le dijo al oído: "¡Mi señora Schamsennahar os llama a ti y a tu amigo!" Y enseguida Abalhassan se levantó, hizo seña a Alí ben-Bekar, y después de cerrar la puerta de la tienda siguieron a la esclava, que los guió al palacio de Harún Al-Raschid.
Y entonces el príncipe Alí se creyó transportado a la misma morada de los genios, donde todas las cosas son tan bellas que la lengua del hombre criaría pelos antes de poder describirlas. Pero la esclava sin darles tiempo a expresar su encanto, dió unas palmadas y apareció una negra, cargada con una gran bandeja cubierta de manjares y frutas, y la colocó en un taburete. Sólo el perfume que exhalaban era ya un admirable bálsamo para la nariz y el corazón.
La esclava se puso a servirlos con extremada consideración, y cuando estuvieron ahítos, les presentó una jofaina y una vasija de oro llena de agua perfumada para que se lavasen las manos; luego les presentó un jarro maravilloso incrustado de rubíes y diamantes y lleno de agua de rosas, les echó en una y en otra mano para la barba y el rostro, y después les llevó perfume de áloe en una cazoleta de oro, y les perfumó el traje, según costumbre. Y hecho esto, abrió una puerta y les rogó que la siguieran. Y los introdujo en un salón de una arquitectura deslumbrante.
Hallábase coronado por una cúpula sostenida por ochenta columnas del mármol más transparente y más puro; las bases y capiteles estaban esculpidos con arte exquisito y adornados con aves de oro y animales de cuatro pies. Y la cúpula tenía pintados sobre fondo de oro unos dibujos coloreados y como vivientes, que representaban los mismos adornos que los de la gran alfombra que cubría la sala. En los espacios que quedaban entre las columnas, había grandes jarrones con flores, o sencillamente unas grandes ánforas, hermosas con su propia belleza y su carne de jaspe, ágata o cristal. Y aquella sala daba a un jardín, cuya entrada reproducía, con guijarros de colores, los mismos dibujos de la alfombra; de modo que la cúpula, el salón y el jardín se continuaban bajo el cielo tranquilo y azul.
Y mientras el príncipe Alí ben-Bekar y Abalhassan admiraban esta delicada combinación, vieron sentadas en corro, con los pechos turgentes, los ojos negros y las mejillas sonrosadas, diez muchachas que tenían cada una en la mano un instrumento de cuerda.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 153ª noche

Ella dijo: 
Y a una señal de la esclava favorita, aquellas jóvenes tocaron a un tiempo un preludio dulcísimo. Y el príncipe Alí, cuyo corazón estaba lleno del recuerdo de Schamsennahar, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Y dijo a su amigo Abalhassan: "¡Ah, hermano mío, cuán conmovida siento mi alma! ¡Estos acordes me hablan en un lenguaje que la hace llorar, sin saber a punto fijo por qué!"
Abalhassan dijo: "¡Mi joven señor, tranquiliza tu alma y presta toda tu atención a este concierto, que promete sea admirable, gracias a la hermosa Schamsennahar, que seguramente llegará pronto!"
Y, en efecto, apenas Abalhassan había pronunciado estas palabras, cuando las diez mujeres se levantaron a la vez, y unas pulsando las cuerdas, y agitando otras rítmicamente sus panderetillas, entonaron este canto:
¡Azul, nos miras con sonrisa de felicidad! ¡Y he aquí que la luna levanta sus lienzos de nube, para velarse confusa! ¡Y el sol, vencedor, huye también y no brilla!
Y el coro se detuvo aguardando la respuesta, que cantó una de las diez jóvenes:
¡He aquí nuestra luna que avanza! ¡Y viene porque el sol nos ha visitado, un sol juvenil y principesco, que ha venido a rendir tributo a Schamsennahar!
Entonces el príncipe Alí, que representaba aquel sol, miró a la parte opuesta, y vió acercarse doce negras jóvenes, que llevaban en hombros un trono de plata maciza, cubierto con un dosel de terciopelo, y en el cual estaba sentada una joven tapada con un gran velo de seda que flotaba por delante del trono. Y aquellas negras llevaban el pecho desnudo y las piernas desnudas; y una faja de seda y oro, ajustada a la cintura, hacía resaltar las opulentas nalgas de las cargadoras. Y cuando llegaron adonde estaban las cantarinas, dejaron suavemente en el suelo el trono de plata, y retrocedieron hasta debajo de los árboles.
Entonces una mano apartó el velo de seda, y brillaron unos ojos en un rostro de luna: era Schamsennahar.
Llevaba un gran manto azul en fondo de oro, constelado de perlas, diamantes y rubíes, todo ello de una calidad y un precio incalculables. Apartadas las cortinas del trono, Schamennahar se despojó completamente del velo de seda, y miró sonriendo al príncipe Alí, e inclinó levemente la cabeza. Y el príncipe Alí, suspirando, la miró, y con el lenguaje mudo de los ojos se dijeron en pocos instantes más cosas de las que hubieran podido decirse en mucho tiempo.
Schamsennahar pudo por fin separar sus miradas de los ojos de Alí ben-Bekar, para mandar a sus doncellas que cantaran.
Entonces una de ellas se apresuró a templar el laúd, y cantó:
¡Oh Destino! Cuando dos amantes, atraídos entre sí, se encuentran dignos el uno del otro y se unen en un beso, ¿quién tiene la culpa más que tú? Y la amante dice: ¡Oh corazón mío, dame otro beso! ¡Te lo volveré con el mismo calor que tenga el tuyo! ¡Y si quisieras que tuviera más calor, cuán fácil me sería complacerte!

Entonces Schamsennahar y Alí ben-Bekar suspiraron; y otra joven cantó, obedeciendo a una seña de la hermosa favorita:
¡Oh muy amado! ¡Luz que iluminas el espacio en que están las flores, como los ojos del muy amado!
¡Oh carne que filtras la bebida de mis labios, oh carne tan dulce para mis labios!
¡Oh muy amad! Cuando te encontré la Belleza me detuvo para decirme entusiasmada:
¡Helo aquí! ¡Ha sido modelado por dedos divinos! ¡Es una caricia, es como un bordado magnífico!
Al oír estos versos, el príncipe Alí ben-Bekar y la hermosa Schamsennahar se miraron largo rato, pero ya una tercera cantarina decía:
¡Las horas dichosas, ¡oh jóvenes! corren como el agua, rápidas como el agua! ¡Creedme, enamorados, no aguardéis más!
¡Aprovechad la dicha! ¡Sus promesas son fugaces! ¡Aprovechad la belleza de vuestros años y el momento que os une!
Cuando la cantarina hubo acabado su estrofa, el príncipe Alí exhaló un prolongado suspiro, y sin poder reprimir por más tiempo su emoción, rompió en sollozos. Schamsennahar, que no estaba menos conmovida, se echó a llorar también, y no pudiendo sobreponerse a su pasión, se levantó del trono y se dirigió hacia la puerta de la sala.
Inmediatamente Alí ben-Bekar corrió en la misma dirección, y al llegar detrás del cortinaje que cubría la puerta se encontró con su amada. Fué tan grande su emoción al besarse y tan intenso su delirio, que se desmayaron uno en brazos de otro; y seguramente se habrían caído al suelo si no los hubiesen sostenido las doncellas que habían seguido a cierta distancia a su ama.
Las esclavas se apresuraron a llevarlos a un diván, donde les hicieron volver en sí a fuerza de rociarlos con agua y flores y con perfumes vivificantes.
Y Schamsennahar, al volver en sí, sonrió dichosa al ver a su amigo Alí ben-Bekar; pero como no viese a Abalhassan ben-Taher, preguntó ansiosamente por él.
Y Abalhassan, por discreción, se había retirado de allí temiendo las consecuencias desagradables que pudiese tener aquella aventura si llegaba a divulgarse por el palacio. Pero en cuanto se enteró de que la favorita preguntaba por él, avanzó respetuosamente y se inclinó ante ella.
Y Schamsennahar dijo: "¡Oh Abalhassan! ¿Cómo podré agradecerte tus buenos oficios? ¡Gracias a ti he conocido lo más digno de ser amado que hay entre las criaturas, y he gozado unos instantes incomparables en que el alma se llena de felicidad! ¡Sabe, oh Ben-Taher, que Schamsennahar no será ingrata!"
Y Abalhassan se inclinó profundamente ante la favorita, pidiendo a Alah que le concediese todos los deseos que pudiera sentir su alma.
Entonces Schamsennahar se volvió hacia su amigo Alí ben-Bekar, y le dijo: "¡Oh mi señor! ya no dudo de tu cariño, aunque el mío supere a todo lo que puedas sentir hacia mí. Pero ¡ay! ¡El Destino es muy cruel al tenerme sujeta a este palacio, y no serme posible dar entera satisfacción a mi ternura!"
Alí ben-Bekar contestó: "¡Oh mi señora! ¡Tu amor ha penetrado en mí de tal suerte, que forma parte de mi alma, hasta el punto que después de mi muerte seguirá unido a ella! ¡Cuán desdichados somos al no podernos amar libremente!"
Y dicho esto, las lágrimas inundaron como una lluvia las mejillas del príncipe Alí y las de Schamsennahar. Pero Abalhassan se acercó a ellos discretamente, y les dijo: "¡Por Alah! No entiendo nada de ese llanto, ahora que estáis juntos. ¿Qué sería si estuvierais separados? ¡El momento no es para estar tristes, sino para alegraros y pasar el tiempo agradablemente!"
Y la bella Schamsennahar, al oír estas palabras de Abalhassan, cuyos consejos estimaba en mucho, se secó las lágrimas e hizo señas a una de sus esclavas, que salió en seguida, volviendo después con varias criadas que llevaban grandes bandejas de plata con toda clase de viandas de aspecto tentador. Y colocadas las bandejas en la alfombra entre Alí ben-Bekar y Schamsennahar, se alejaron las criadas y permanecieron inmóviles junto a la puerta.
Entonces Schamsennahar invitó a Abalhassan a sentarse con ellos frente a los platos de oro cincelado, donde aparecían las frutas redondas y maduras y los sabrosos pasteles. Y con sus propias manos, la favorita se puso a servirles de cada plato, y colocaba los bocados en los labios de su amigo Alí ben-Bekar.
Cuando hubieron comido, apresuráronse los criados a llevarse las fuentes de oro, y les presentaron un jarro de oro fino en una palangana de plata cincelada, y se lavaron las manos con el agua perfumada que les echaron. Después se sentaron de nuevo, y las esclavas negras les ofrecieron copas de ágata de varios colores llenas de un vino exquisito, que alegraba los ojos y ensanchaba el alma. Lo bebieron lentamente mirándose largo rato, y vacías ya las copas, Schamsennahar despidió a todas las esclavas, quedando solamente las cantarinas y tañedoras de instrumentos.
Entonces, teniendo deseos de cantar, la favorita mandó a una de las esclavas que preludiase el tono, y la esclava templó su laúd, y cantó dulcemente:
¡Alma mía, cómo te agotas! ¡Las manos del amor te agitaron en todos los sentidos, arrojando a todos los vientos tu misterio!
¡Alma mía! ¡Te guardaba delicadamente en mi pecho, y te escapas para correr hacia el que te hace sufrir!
¡Corred, lágrimas mías! ¡Os escapáis de mis párpados, para correr hacia el cruel! ¡Lágrimas mías, vosotras estáis enamoradas de mi muy amado!
Entonces Schamsennahar alargó el brazo, llenó una copa, bebió de ella, y luego se la ofreció al príncipe Alí que bebió también, poniendo los labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aproximarse la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 154ª noche

Ella dijo:
... y bebió, poniendo los labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga, mientras las cuerdas de los instrumentos se estremecían amorosamente bajo los dedos de las tañedoras. Y Schamsennahar hizo otra seña a una de las cantarinas para que cantase algo. Y la esclava cantó:
¡Mis mejillas están regadas incesantemente por el licor de mis ojos!
¡Las copas en que pongo mis labios se llena con mis lágrimas, más que con el vino del copero!
¡Por Alah! ¡Oh corazón mío, bebe de este licor! ¡Te infundirá mi alma, que se escapa de mis ojos!
En este momento Schamsennahar se sintió dominada completamente por las notas conmovedoras de las canciones, y cogiendo un laúd de manos de una de las esclavas entornó los ojos, y con toda el alma cantó estas estrofas admirables:
¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh hermosura de la gacela joven! ¡Si te alejas, me muero, si te acercas me embriago! ¡Vivo ardiendo, y gozando me extingo!
¡La olorosa brisa nació del soplo de tu aliento, de tu aliento que embalsama las noches del desierto y las tibias noches bajo las palmeras admirables!
¡Oh brisa que estás enamorada de su contacto amado! ¡Tengo celos de ese beso que robas en el lunar de su barbilla y en el hoyuelo de sus mejillas! ¡Porque tu caricia es tan intensa que toda su carne se estremece!
¡Jazmines de su vientre bajo el ligerísimo vestido, jazmines de su piel suave y blanca como una piedra de luna!
¡Saliva de su boca que amo, capullo de sus labios sonrosados! ¡Ah! ¡Las mejillas húmedas y los ojos cerrados después de los abrazos de amor!
¡Oh corazón mío! ¡Te extravías en los deliciosos repliegues de una carne de pedrería! ¡Ten cuidado! ¡El amor te acecha, y sus flechas están preparadas!
Cuando Alí ben-Bekar y Abalhassân ben-Taher oyeron este canto de Schamsennahar, se sintieron transportados por el éxtasis; después se estremecieron de placer, y exclamaron: "¡Oh Alah, oh Alah!" Y rieron y lloraron al mismo tiempo. El príncipe Alí, en el límite de la emoción, cogió un laúd y se lo dió a Abalhassan, rogándole que le acompañase, pues iba a cantar. Y cerró los ojos, y con la cabeza inclinada y apoyada en la mano, cantó a media voz al estilo de su país:
¡Escucha, oh copero!
¡Es tan hermoso mi amor, que si yo fuese el amo de todas las ciudades, se las daría en seguida, por tocar una sola vez con mis labios el lunar de su mejilla ingrata!
¡Su rostro es tan bello, que hasta el lunar le sobra! ¡Porque tiene tal belleza propia, que ni las rosas ni el terciopelo de un vello juvenil le añadirían nuevo encanto!
Y lo dijo el príncipe Alí ben-Bekar con una voz admirable. Y cuando se extinguía aquel canto, la esclava favorita acudió trémula y cautelosa y dijo a Schamsennahar: "¡Oh mi señora! Massrur, Afif y otros eunucos están a la puerta y solicitan hablar contigo".
Al oír estas palabras se alarmaron el príncipe Alí, Abalhassan y todas las esclavas, y hasta temblaron por su vida. Pero Schamsennahar, la única que conservaba la calma, sonrió tranquilamente y dijo a todos: "¡No temáis! ¡Y dejadme a mí!" Después ordenó a su confidente: "¡Procura entretener a Massrur, a Afif y a los demás, diciéndoles que nos den tiempo para recibirlos con arreglo a su categoría!"
Y mandó a las esclavas que cerraran todas las puertas y corrieran cuidadosa mente las cortinas. Hecho esto, invitó al príncipe y a Abalhassan a que no se moviesen de allí y que nada temieran.
Después salió con sus esclavas por la puerta que daba al jardín, mandándola cerrar detrás de ella, y fué a sentarse en el trono que había dispuesto que pusieran bajo la sombra de los árboles. Ordenó a una de las esclavas jóvenes que le diera masaje y a las otras que se apartaran más lejos, mientras enviaba a una esclava negra para que abriese la puerta y diese entrada a Massrur y a los otros que habían llegado con él.
Entonces Massrur, Afif y veinte eunucos avanzaron desde lejos encorvados hasta la tierra, con la espada desnuda en la mano y el talle ceñido por el ancho cinturón, y saludaron a la favorita con las mayores muestras de respeto.
Y Schamsennahar dijo: "¡Oh Massrur! ¡Alah haga que seas portador de buenas nuevas!"
Y Massrur contestó: "¡Inschala! ¡Oh mi señora!" Y acercándose al trono de la favorita, prosiguió: "¡El Emir de los Creyentes te envía su saludo de paz, y te dice que desea ardientemente verte! ¡Y te hace saber que este día se le ha anunciado como lleno de alegría y bendito entre todos; y quiere acabarlo junto a ti, para que sea admirable del todo! ¡Pero antes quisiera saber si prefieres ir a su palacio o recibirle en tu casa, aquí mismo!”.
Oídas estas palabras incorporose Schamsenmahar, se prosternó y besó la tierra, en señal de que consideraba como una orden el deseo del califa, y contestó: "¡Soy la esclava sumisa y dichosa del Emir de los Creyentes! ¡Te ruego, pues, oh Massrur, que digas a nuestro amo lo feliz que soy al recibirle, y que su venida iluminará este palacio!"
Entonces el jefe de los eunucos y su séquito se apresuraron a retirarse, y Schamsennahar corrió enseguida al salón en que se hallaba su enamorado, y con lágrimas en los ojos le estrechó contra su pecho y le besó tiernamente, lo mismo que él a ella; y luego le expresó su pena por despedirse de él antes de lo que esperaba. Y ambos se echaron a llorar uno en brazos de otro. Y el príncipe Alí pudo por fin decir a su amada: "¡Oh mi señora! ¡Por favor, déjame estrecharte y sentirte junto a mí y gozar de tu contacto adorable, ya que está próximo el momento de la separación fatal! ¡Conservaré en mi carne este contacto amado y en mi alma su recuerdo! ¡Será un consuelo en la ausencia y endulzará mi tristeza!" Ella contestó: "¡Oh Àlí! ¡Por Alah! ¡A mí sola me alcanza la tristeza, pues que me quedo sola en este palacio sin más que tu recuerdo! ¡Tú tendrás los zocos para distraerte y las jóvenes de la calle! ¡Sus gracias y sus ojos alargados te harán olvidar a esta desconsolada Schamsennahar, tu enamorada! ¡El tintineo de los brazaletes de cristal de esas jóvenes disipará hasta las huellas de mi imagen ante tus ojos! ¡Oh amado mío! ¿Cómo podré resistir los estallidos de mi dolor, ni reprimir los gritos de mi garganta reemplazándolos con las canciones que me pida el Emir de los Creyentes? ¿Cómo podrá articular mi lengua las palabras armoniosas? ¿Con qué sonrisa le podré recibir, cuando eres tú sólo el que puede aliviar mi alma? ¿Qué miradas tan ansiosas no he de fijar en el sitio que ocupaste junto a-mí, ¡oh Alí!? Y sobre todo, ¿cómo podré, sin que me cueste la vida, llevar a mis labios la copa que me ofrezca el Emir de los Creyentes? ¡Estoy segura de que, al beberla, una ponzoña implacable correrá por mis venas! Y entonces ¡cuán ligera me será la muerte, oh amado mío!"
En este momento, cuando Abalhassan ben-Taher se disponía a consolarlos, apareció la esclava confidente para avisar a su ama que se acercaba el califa. Y Schamsennahar, arrasados los ojos en lágrimas, no tuvo tiempo más que para dar el último beso a su amado, y dijo a la confidente: "¡Llévalos a la galería que da al Tigris, y cuando la noche esté bien oscura, hazlos salir diestramente por la parte del río!" Y dichas estas palabras, Schamsennahar reprimió los sollozos que la ahogaban, para correr al encuentro del califa, que avanzaba por el lado opuesto.
Por su parte, la esclava guió al príncipe Alí y a Abalhassan hacia la galería consabida, y se retiró después de haber cerrado cuidadosamente la puerta. Y los dos jóvenes se hallaron en la mayor oscuridad; pero a los pocos momentos, a través de las ventanas caladas, entró una gran claridad y pudieron distinguir una comitiva formada por cien jóvenes eunucos que llevaban en las manos antorchas encendidas; y tras de estos cien eunucos seguían otros cien eunucos viejos que llevaban en la mano un alfanje desnudo; y por último, a veinte pasos de ellos avanzaba magnífico, precedido del jefe de los eunucos y rodeado por veinte esclavas jóvenes, blancas como la luna, el califa Harún AlRaschid.
El califa iba precedido por Massrur; llevaba a la derecha a Afif, segundo jefe de los eunucos, y a la izquierda al otro segundo jefe, Wassif.
¡Y era, en verdad, arrogante y hermoso por sí mismo y por todo el resplandor que hacia él proyectaban las antorchas de los esclavos y las pedrerías de las damas! Y así llegó hasta Schamsennahar, que se había prosternado a sus pies. El Emir se apresuró a ayudarla a levantarse, tendiéndole una mano, que ella se llevó a los labios.
Después, contentísimo por volverla a ver, le dijo: "¡Oh Schamsennahar, las atenciones de mi reino me impedían tiempo a descansar mi vista en tu rostro! ¡Pero Alah me ha otorgado esta noche bendita para regocijar completamente mis ojos con tus encantos!"
Después fué a sentarse en el trono de plata, mientras la favorita se sentaba frente a él, y las otras veinte mujeres formaban un círculo alrededor de ellos en asientos colocados a igual distancia unos de otros. Las tañedoras de instrumentos y las cantarinas formaron otro grupo cercano a la favorita, mientras los eunucos, jóvenes y viejos, se alejaban, según costumbre, hasta llegar junto a los árboles, teniendo siempre las antorchas encendidas, alumbrando desde lejos, a fin de que el califa pudiera deleitarse cómodamente con el fresco de la noche.
El emir hizo una seña a las cantarinas, e inmediatamente una de ellas, acompañada por las demás, entonó estas estrofas, que el califa prefería entre todas las que cantaba, por la belleza de su ritmo y la rica melodía de los finales:
¡Oh niño! ¡El rocío enamorado de la mañana humedece las flores entreabiertas, y una brisa del Edén balancea sus tallos! ¡Pero tus ojos...!
¡Tus ojos son el límpido manantial que ha de apagar largamente la sed que siente el cáliz de mis labios! ¡Y tu boca...!
¡Tu boca, oh joven amigo, es la colmena de perlas donde fluye una miel envidiada por las abejas!
Y cantadas estas maravillosas estrofas con voz apasionada, la cantarina se calló. Y Schamsennahar hizo seña a su favorita, que sabía el amor que le había inspirado el príncipe Àlí; y la esclava cantó estos versos, que se aplicaban perfectamente a los sentimientos de su señora:
¡Cuando la joven beduina encuentra en su camino a un hermoso jinete, sus mejillas se ponen tan rojas como la flor del laurel que crece en Arabia!
¡Oh joven aventurera! ¡Apaga ese fuego que enciende tus colores! ¡Preserva a tu alma de una pasión que la consumiría! ¡Sigue tranquila en tu desierto, pues el hacer sufrir de amor es don de los jinetes hermosos!
Cuando la bella Schamsennahar oyó estos versos, sintió una emoción tan viva, que se echó hacia atrás, y cayó desvanecida entre los brazos de las mujeres que habían acudido en su auxilio.
Y al verlo el príncipe Alí, que miraba la escena tras la ventana, se sintió sobrecogido de un dolor tan intenso...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 155ª noche

Ella dijo:
. . . Se sintió sobrecogido de un dolor tan intenso, que cayó también desmayado en brazos de su amigo Abalhassan ben-Taher. Entonces Abalhassan se alarmó mucho por causa del lugar en que se hallaban, y cuando buscaba un poco de agua entre aquella oscuridad para rociarle la cara a su amigo, vió abrirse una de las puertas de la galería, y apareció la esclava confidente de Schamsennahar, que dijo con voz llena de susto: "¡Voy a hacerlos salir, pues se ha armado un alboroto y me temo que haya llegado nuestro día fatal! ¡Seguidme, o démonos por muertos!"
Pero Abalhassan repuso: "¡Oh caritativa joven! Advierte el estado en que se halla mi amigo. ¡Acércate y mira!"
Cuando la esclava vió al príncipe Alí desmayado sobre la alfombra, corrió a una mesa en que se hallaban varios frascos, cogió uno que contenía agua de flores, y refrescó el rostro del joven, que no tardó en recobrar el sentido. Entonces Abalhassan lo cogió por los hombros, y la joven por los pies, y entre los dos lo transportaron fuera de la galería, hasta el pie del palacio, a la orilla del Tigris.
Lo dejaron en un banco, dió unas palmadas la joven, y enseguida apareció por el río una barca con un solo remero, que se apresuró a atracar. Y sin pronunciar palabra alguna, a una seña de la esclava cogió en brazos al príncipe Alí y lo llevó a la embarcación, donde se apresuró a saltar Abalhassan. En cuanto a la esclava, se excusó por no poder acompañarlos más lejos, y con voz muy triste les deseó la paz, regresando en seguida al palacio.
Cuando la barca llegó a la otra orilla, Alí ben-Bekar, ya completamente repuesto merced a la frescura del agua y de la brisa, pudo desembarcar, sostenido por su amigo. Pero pronto tuvo que sentarse en una piedra, porque sentía que se le iba el alma. Y Abalhassan, no sabiendo ya cómo salir del apuro, le dijo: "¡Oh amigo mío! cobra ánimos y tranquiliza tu alma, porque realmente este sitio nada tiene de seguro, y estas orillas están infestadas de bandidos y malhechores. ¡Un poco de aliento nada más, y estaremos seguros, cerca de aquí, en casa de uno de mis amigos que vive junto a esa luz que ves! “.
Después le dijo: "¡En nombre de Alah!" Y ayudó a su amigo a levantarse, y emprendió con él lentamente el camino de la casa consabida, a cuya puerta no tardó en llegar. Entonces, a pesar de lo intempestivo de la hora, llamó a aquella puerta, y enseguida alguien fué a abrir; y apenas se dio a conocer Abalhassan, fué recibido inmediatamente con gran cordialidad, lo mismo que su amigo. Y pretextó un motivo cualquiera para explicar su llegada a hora tan irregular. Y en aquella casa, donde la hospitalidad se practicó según sus más admirables preceptos, pasaron el resto de la noche, sin que se les importunara con preguntas indiscretas. Y ambos, por su parte, sufrían: Abalhassan porque no estaba acostumbrado a dormir fuera de casa y le preocupaban las inquietudes de su familia, y el príncipe Alí porque tenía delante de los ojos la imagen de Schamsennahar, pálida y desmayada de dolor en brazos de sus doncellas, a los pies del califa.
De modo que en cuanto amaneció se despidieron de su huésped y marcharon a la ciudad, y no obstante la dificultad con que andaba Alí ben-Bekar, no tardaron en llegar a la calle en que estaban sus casas. Pero como la primera a que llegaron era la de Abalhassan, éste invitó a su amigo a descansar en su casa, no queriendo dejarle solo en estado tan lamentable. Y dijo a su servidumbre que le preparara la mejor habitación y tendieran en el suelo los magníficos colchones que se conservaban bien enrollados en las alacenas para aquellos casos. Y el príncipe Alí, tan cansado como si hubiera andado días enteros, sólo tuvo fuerza para dejarse caer en los colchones, y pudo por fin dormir algunas horas.
Al despertar hizo sus abluciones, cumplió sus deberes del rezo y se vistió, dispuesto a salir; pero Abalhassan le detuvo: "¡Oh mi dueño! ¡Es preferible que pases el día y la noche en esta casa, y así podré acompañarte y distraer tus penas!" Y le obligó a quedarse. Llegada la noche, Abalhassan, después de haber pasado el día departiendo con su amigo, mandó llamar a las cantarinas más afamadas de Bagdad, pero nada pudo distraer a Alí ben-Bekar de sus tristes pensamientos; pues al contrario, las cantarinas sólo consiguieron exasperar su mal y su dolor. Y pasó una noche más mala que las otras; y por la mañana había empeorado de tal modo, que su amigo Abalhassan ya no le quiso detener más. Decidíase, pues, a acompañarle hasta su casa, después de haberle ayudado a montar en una mula que los esclavos del príncipe habían traído de la cuadra. Y cuando lo hubo entregado a su servidumbre y estuvo seguro de que por lo pronto ya no necesitaba de su presencia, se despidió de él con palabras consoladoras, prometiéndole volver lo antes posible. Después salió de casa y se dirigió al zoco, donde volvió a abrir la tienda, que había estado cerrada todo aquel tiempo.
Y apenas había acabado de arreglar la tienda y se había sentado para aguardar a los parroquianos, vió llegar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 156ª noche

Ella dijo:
...y se había sentado para aguardar a los parroquianos, vió llegar a la joven esclava confidente de Schamsennahar. Esta le deseó la paz, y Abalhassam le devolvió el saludo, y notó que su aspecto era muy triste y preocupado, y que el corazón le debía de latir más de prisa que de costumbre.
Y le dijo: "¡Cuánto celebro que hayas venido! ¡Oh caritativa joven! ¡Te ruego que me enteres del estado de tu señora!"
Ella contestó: "¡Te suplico que empieces por darme noticias del príncipe Alí, al cual tuve que dejar de aquella manera!" Y Abalhassam le refirió todo lo que había visto del dolor de su amigo. Y cuando hubo acabado, la confidente se puso todavía más triste de lo que estaba, y lanzó grandes suspiros, y con voz conmovida dijo a Abalhassam: "¡Cuán grande es nuestra desdicha! ¡Sabe, ¡oh Ben-Taher! que el estado de mi pobre señora es más lamentable todavía! Pero voy a contarte lo que ocurrió desde que saliste con tu amigo, cuando mi señora cayó desmayada a los pies del califa, que, muy afligido, no supo a qué atribuir tan súbito accidente. ¡He aquí!
"Cuando os dejé bajo la custodia del barquero, volví muy inquieta junto a Schamsennahar, a la cual encontré todavía desmayada y muy pálida, cayéndole las lágrimas gota a gota por entre su cabellera suelta. El Emir de los Creyentes, en el límite de la aflicción, estaba sentado junto a ella, y a pesar de los cuidados que le prodigaba, no conseguía que recobrase el sentido. Y todas nosotras sentíamos una desolación inmensa; y a las ansiosas preguntas que el califa nos dirigía para saber la causa de aquel mal tan súbito, no contestábamos más que con lágrimas y echándonos al suelo para besar la tierra entre sus manos, pero sin revelarle el secreto. Y esta angustia inexpresable se prolongó hasta medianoche.
Entonces, a fuerza de refrescarle las sienes con agua de rosas y agua de flores y de hacerle aire con los abanicos, tuvimos por fin la alegría de verla volver de su desmayo poco a poco. Pero enseguida rompió en un torrente de lágrimas, con inmenso asombro del califa, que acabó por llorar lo mismo que ella. ¡Y todo aquello era muy triste y muy extraordinario!
"Y cuando el califa vió que podía dirigir la palabra a su favorita, le dijo: "¡Schamsennahar, luz de mis ojos, dime la causa de tu mal para que pueda consolarte! ¡Mira cómo tu estado me hace sufrir!"
Entonces Schamsennahar hizo un esfuerzo para besar los pies del califa, que no se lo permitió, pues le cogió las manos y siguió interrogándola con dulzura. Entonces ella le dijo: ¡"Oh Emir de los Creyentes! ¡El mal que padezco es pasajero! ¡Lo causan ciertas cosas que he comido durante el día y que me han sentado mal!"
Y el califa preguntó: "¿Pero qué has comido, ¡oh Schamsennahar!?" Ella dijo: "¡Dos limones ácidos, seis manzanas agrias, un gran trozo de kenafa; y además, como tenía mucho hambre, un plato de alfónsigos salados, granos de calabacín y garbanzos confitados con azúcar y recién salidos del horno!"
Entonces el califa exclamó: "¡Oh imprudente Schamsennahar! ¡Me asombras de veras! ¡No dudo que esas cosas son infinitamente apetecibles y deliciosas, pero de todos modos, debes moderarte un poco, e impedir que tu alma se precipite desconsideradamente sobre lo que le gusta!"
Y el califa, que generalmente es tan escaso de palabras y caricias para las demás mujeres, siguió hablando a su favorita con muchos miramientos, y la veló hasta la mañana. Pero al ver que su estado no mejoraba mucho, mandó llamar a todos los médicos del palacio y de la ciudad, que, como era natural, estuvieron muy lejos de adivinar la verdadera enfermedad que padecía mi ama, y cuya agravación era debida a lo cohibida que estaba en presencia del emir.
Y los tales sabios prescribieron una receta tan complicada, que a pesar de mi buena voluntad, ¡oh Ben-Taher! no puedo repetirte una palabra de ella.
"Finalmente, el califa, seguido de los médicos y de todos los demás, acabó por retirarse, y entonces pude acercarme a mi ama, y le cubrí de besos las manos, y le dije tales palabras de consuelo, asegurándole que corría de mi cuenta hacerle ver de nuevo al príncipe Alí ben-Bekar, que acabó por dejar que la cuidara. Le di a beber un vaso de agua fresca con agua de flores, que le sentó muy bien. Y olvidándose de sí misma, me mandó que corriese a tu casa para saber de su amado, cuyo gran dolor le referí minuciosamente.
Oídas estas palabras, Abalhassam ben-Taher exclamó: "¡Oh, joven! ¡ahora que ya nada me queda que decirte acerca del estado de nuestro amigo, apresúrate a volver junto a tu ama, transmítele mis saludos de paz, y dile que he experimentado mucha pena al saber lo que le ha ocurrido, y dile también que no dejo de reconocer que ha sido una prueba muy dura, pero que la exhorto a la paciencia, y sobre todo a la más estricta reserva en palabras, por temor de que las cosas acaben por llegar a oídos del califa! ¡Y mañana volverás a mi tienda; y si Alah quiere, las noticias que nos transmitiremos serán más consoladoras!"
Entonces la joven le dió expresivas gracias por sus palabras y por todas sus atenciones, y le dejó. Y Abalhassan se pasó el resto del día en la tienda, pero la cerró más temprano que de costumbre para correr a casa de su amigo Ben-Bekar.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 157ª noche

Ella dijo:
...para correr a casa de su amigo Ben-Bekar. Y llamó a la puerta, que el portero vino a abrir, y al entrar encontró a su amigo rodeado de un gran círculo de médicos de todas clases, y de parientes y amigos.
Y unos le tomaban el pulso, otros le prescribían cada cual un remedio completamente distinto, y las viejas porfiaban echando a los médicos miradas de reojo, de tal modo que el joven sentía que se le oprimía el alma de impaciencia; y sin fuerzas ya, para no ver ni oír nada, metió la cabeza debajo de las mantas, tapándose las orejas con ambas manos.
Pero en aquel momento, Abalhassan avanzó hacia su cabecera, y le dijo sonriendo: "¡La paz sea contigo!" El joven contestó: "¡Y contigo la paz y los beneficios de Alah con sus bendiciones! ¡Plegue a Alah que seas portador de noticias tan blancas como tu cara!, ¡oh amigo mío!"
Entonces Abalhassan, que no quería hablar delante de todos aquellos visitantes, se contentó con guiñar un ojo; y cuando se marchó toda la gente abrazó a su amigo y le contó todo lo que le había dicho la esclava. Y añadió: "¡Puedes estar seguro, ¡oh hermano mío! de que mi alma entera te pertenece! ¡Y no descansaré hasta haberte devuelto la tranquilidad del corazón! "
Y tanto le conmovió el proceder de su amigo, que lloró con toda su alma, y dijo: "¡Te ruego que completes tus bondades pasando conmigo esta noche, para que yo pueda conversar contigo y distraer los pensamientos que me atormentan!"
Y Abalhassan accedió a su deseo, y se quedó con él recitándole poemas de amor. Versos dedicados al amigo, y versos referentes a la muy amada. Y he aquí, entre otros mil, los versos en honor de la amada:
¡Atravesó con el acero de su mirada la visera de mi casco, y ató para siempre mi alma a la flexibilidad de su cintura!
¡Completamente blanca se aparece a mis ojos con el grano de almizcle que adorna el alcanfor de su barba!
¡Si tiembla, súbitamente asustada, el coral de sus mejillas, toma la palidez de las perlas o el mate del azúcar cande!
¡Si suspira apesarada apoyando la mano en el pecho desnudo, oh ojos míos, contad el espectáculo que veis!
¡Vemos -dicen mis ojos- un hermoso lago del cual brotan cinco cañas cuya punta está adornada con coral de rosa!
¡Oh guerrero! ¡No creas que tu alfanje bien templado, pueda guardarte de sus hermosos párpados!
¡No tiene lanza para atravesarte, pero has de temer a su cintura recta! ¡Haría de ti, en un momento, el más humilde de sus esclavos!
Y estos otros:
¡Su cuerpo es un ramo de oro; sus pechos dos copas redondas y transparentes que reposan, boca abajo! ¡Sus labios de granada están perfumados con su aliento!
Pero entonces Abalhassan, al ver a su amigo excesivamente impresionado con estos versos, dijo:"¡Oh Alí! ¡Voy a cantarte aquellas estrofas que tanto gustabas de recitar a mi lado en el zoco! ¡Ojalá deposite un bálsamo en tu herida!
Escucha, pues, amigo mío, estas palabras maravillosas del poeta:
¡El oro de la copa es admirable bajo el rubí de ese vino, oh copero!
¡Dispersa todas las penas del pasado sin pensar en el mañana, toma esa copa en que se bebe el olvido y embriágame completamente!
¡Tú solo has nacido para comprenderme! ¡Ven! ¡Te revelaré los secretos de un corazón que se oculta receloso!
¡Pero apresúrate! ¡Escánciame ese origen de alegría, ese licor de olvido! ¡Sírvemelo, niño de mejillas más suaves que el beso de las vírgenes!"
Al oír este canto, el príncipe Alí se sintió en tal estado de pesadumbre por los recuerdos que le acudían a la memoria, que se echó a llorar. Y Abalhassan no supo qué decirle para calmarle, y se pasó también toda aquella noche a su cabecera velándole, sin pegar los ojos ni un momento.
Por la mañana se decidió a marcharse, para abrir la tienda, que tanto había descuidado en aquel tiempo. Y estuvo allí hasta la noche. Pero cuando se disponía a irse y acababa de encerrar las telas, vió llegar, toda cubierta con un velo, a la joven esclava de Schamsennahar, que después de las zalemas de costumbre, le dijo: "¡Mi ama os envía a ti y a Ben-Bekar sus saludos de paz, y me encarga que venga a saber de su salud!"
El otro contestó: "¡Oh joven esclava! ¡No me preguntes por su salud, pues mi respuesta sería muy triste! ¡No duerme, ni come, ni bebe! ¡Los versos son lo único que le consuelan! ¡Si vieras lo pálido de su rostro!"
La esclava dijo: "¡Qué desgracia tan grande ha caído sobre nosotros! Mi ama también está muy enferma, y me ha entregado para él esta carta que llevo oculta en el pelo. Y me ha encargado que no vuelva sin la repuesta. ¿Quieres acompañarme a casa de tu amigo, pues yo no sé dónde vive?"
Abalhassan dijo: "¡Escucho y obedezco!" Y se apresuró a cerrar la tienda y echó a andar, marchando diez pasos delante de la confidente, que le seguía.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 158ª noche

Ella dijo:
...diez pasos delante de la confidente, que le seguía. Y cuando llegaron a la casa de Ben-Bekar, dijo a la joven, invitándola a sentarse en la alfombra de la entrada: "¡Aguárdame aquí unos momentos! ¡Voy a enterarme de si hay gente extraña!"
Y entró en casa de Ben-Bekar y le guiñó el ojo. Ben-Bekar entendió la seña y dijo a los que le rodeaban: "¡Con vuestro permiso! ¡Me duele el vientre!"
Y comprendiendo lo que quería decir, se retiraron después de las zalemas, dejándolo solo con Abalhassan.
Y en cuanto se fueron, Abalhassan corrió a buscar a la esclava, y la presentó a su amigo. Y éste, sólo con ver a la que le recordaba a Schamsennahar, se sintió mucho más animado, y dijo: "¡Oh deliciosa emisaria! ¡Bendita seas!"
La joven se inclinó dándole las gracias y le entregó la carta de Schamsennahar. Ben-Bekar la cogió, se la llevó a los labios y a la frente, y como estaba demasiado débil para poder leer, se la alargó a Abalhassan, que encontró en ella, escritos por la mano de la favorita, unos versos en que se narraban, en los términos más conmovedores, todas sus penas de amor. Y como Abalhassan supuso que tal lectura agravaría el estado de su amigo, se limitó a resumir la carta en algunas frases, y añadió:
"¡Voy ahora a encargarme de la respuesta, y tú la firmarás!"
Y así lo hizo. Ben-Bekar quiso que el sentido de la respuesta expresara lo siguiente: "¡Si el amor no conociese para nada el dolor, los amantes no experimentarían tanta delicia al escribirse!"
Y antes de despedirse, encargó a la esclava que contase a su señora el dolor en que le había encontrado. Después le entregó la respuesta, regándola con lágrimas, y la confidente se conmovió tanto que también se echó a llorar, y por fin se retiró deseándole la paz del corazón. Y Abalhassan salió también para acompañar a la esclava, y no la dejó hasta llegar a la tienda, en donde se despidió de la confidente, y se volvió a su casa.
Y al llegar a ella, se puso a reflexionar por primera vez acerca de la situación, y sentándose en el diván, se habló de este modo: "¡Oh Abalhassan! ¡Ya ves que la cosa empieza a ponerse muy grave! ¿Qué sucedería si el califa llegara a enterarse de este asunto? ¿Qué sucedería? ¡Realmente quiero tanto a Ben-Bekar, que estoy dispuesto a sacarme un ojo para dárselo! ¡Pero piensa, Abalhassan, que tienes familia, madre, hermanas y hermanos! ¡Cuánto infortunio puedes originarles con tu imprudencia! ¡Esto no puede durar así! ¡Mañana mismo iré a buscar a Ben-Bekar y trataré de disuadirle de un amor que puede tener consecuencias tan deplorables! ¡Y si no me hace caso, Alah me inspirará la conducta que haya de seguir!"
Y al otro día, Abalhassan, con el pecho oprimido por sus pensamientos, fué en busca de su amigo Ben-Bekar, le deseó la paz y le dijo: "¿Cómo te encuentras, Alí?"
Y él respondió: "¡Peor que nunca!" Y Abalhassan le dijo: "¡En mi vida he oído hablar de una aventura parecida a la tuya, ni conocido un enamorado más raro que tú! ¡Sabes que Schamsennahar te quiere tanto como tú a ella, y a pesar de esta seguridad, tu estado se agrava cada día! ¿Qué pasaría si tu amada no compartiera tu afecto y fuera como la mayor parte de las mujeres, que aman sobre todas las cosas el engaño y la intriga?
¡Pero sobre todo, ¡oh Alí! piensa en las desgracias que caerían sobre nuestras cabezas si de esta intriga se enterase el califa! ¡Y nada tiene de improbable que así ocurra, pues las idas y venidas de la confidente despertarán la atención de los eunucos y la curiosidad de las esclavas; y entonces sólo Alah podrá saber el límite de nuestras calamidades! ¡Créeme, Alí: con persistir en este amor sin salida, te expones a perderte a ti mismo, y además a Schamsennahar! ¡Y no hablo de mí, que en un abrir y cerrar de ojos quedaría borrado de entre los vivos, lo mismo que toda mi familia!"
Pero Ben-Bekar, dando las gracias a su amigo por el consejo, le declaró que su voluntad no le pertenecía, a pesar de todas las desdichas que pudieran sobrevenirle.
Entonces Abalhassan, viendo que todas las palabras serían baldías, se despidió de su amigo, y presa de grandes preocupaciones sobre el porvenir, emprendió el camino de su casa.
Entre los amigos que visitaban a Abalhassan figuraba un joven joyero muy amable, llamado Amín, cuya discreción había podido apreciar en muchas ocasiones. Y justamente fué a visitarle el joyero cuando Abalhassan, apoyado en unos almohadones, estaba lleno de perplejidad. Y después de las zalemas de costumbre, se sentó a su lado en el diván, y como era el único que estaba algo al corriente de aquella intriga amorosa, le preguntó: "¡Oh Abalhassan! ¿Cómo van los amores de Alí ben-Belcar y Schamsennahar?" Abalhassan contestó: "¡Oh Amín! ¡Ténganos Alah en su misericordia! ¡Temo que nada bueno me presagien!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 159ª noche

Ella dijo:
... ¡Temo que nada bueno me presagien! Y como sé que eres hombre de fiar y un buen amigo, quiero revelarte el proyecto que tengo pensado, para librar a mi familia y a mí mismo de este trance peligroso".
Y el joven joyero dijo: "¡Puedes hablar con toda confianza! ¡Oh Abalhassan! ¡Encontrarás en mí un hermano dispuesto a toda abnegación para servirte!"
Y Abalhassan dijo: "¡Tengo pensado, ¡oh Amín! cobrar lo que me deben, pagar mis deudas, vender con rebaja mis mercancías, realizar todo cuanto pueda, y marcharme muy lejos, por ejemplo a Bassra, donde aguardaré los acontecimientos! Porque ¡oh Amín! esta situación se va haciendo intolerable, y no puedo vivir desde que me asedia el temor de que me denuncien como cómplice de toda esta intriga amorosa. ¡Es muy probable que acabe por saberlo todo el califa!"
Al oír estas palabras, contestó el joven joyero: "Verdaderamente, ¡oh Abalhassan! tu resolución es muy cuerda, y la única que un hombre avisado puede concebir a poco que reflexione. ¡Alah te muestre el mejor camino para salir de este mal paso! ¡Y si mi auxilio puede decidirte a partir, heme aquí pronto a ocupar tu puesto y a servir a tu amigo Ben-Bekar con mis ojos!" Abalhassan dijo: "Pero ¿cómo te las vas a componer si no conoces a Alí ben-Bekar, ni estás en relaciones con el palacio ni con Schamsennahar?"
Amín respondió: "En cuanto al palacio, ya he tenido ocasión de vender allí alhajas, precisamente por mediación de la joven confidente de Schamsennahar. Y respecto a Alí ben-Bekar, nada me será tan fácil como conocerle e inspirarle confianza. Tranquilízate, pues, y si quieres marcharte no te preocupes de lo demás, ¡que Alah, como dueño de todas las puertas, sabe abrir cuando le place todas las entradas!" Y dichas estas palabras, el joyero Amín se despidió de Abalhassan, y se fué por su camino.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente

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