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12 P2 Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema - segunda de dos partes

De la noche 130 a la noche 137





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Pero cuando llegó la 134ª noche

Ella dijo:
Y dichas estas palabras, se alejó; y después de haber escondido la carta entre sus cabellos, fué a buscar a su ama. Entró en su aposento, le besó la mano, y se sentó sin decir palabra. Pero pasados unos instantes, dijo: "¡Hija mía muy amada! se me ha enredado el pelo, y ya no tengo fuerzas para trenzarlo. Te ruego que mandes a una de tus esclavas que venga a peinarme".
Pero la princesa exclamó: "¡O mi buena Dudú! yo misma te peinaré, ya que lo has hecho tantas veces conmigo". Y la princesa deshizo las blancas trenzas de su nodriza, y se dispuso a peinarlas. Pero entonces cayó la carta sobre la alfombra.
Y la princesa, sorprendida, se apresuró a cogerla, pero la vieja exclamó: "¡Oh hija mía! dame ese papel. ¡Ha debido enredárseme entre el pelo en casa de ese mercader maldito! ¡Voy a devolvérselo inmediatamente!"
La princesa no le hizo caso, y se puso a leer su contenido. Después, frunciendo el ceño, exclamó: "¡Ah malvada Dudú! éste es uno de tus ardides. ¿Pero quién habrá enviado a ese desvergonzado mercader? ¿De qué tierra se atreverá a venir hasta mí? ¿Cómo podría mirar a ese hombre que no es de mi raza ni de mi sangre? ¡Ah Dudú! ¿No te había dicho que ese insolente cobraría más alientos con mi carta?"
Y la vieja dijo: "¡Es verdaderamente el Cheitán! ¡Su audacia es una audacia del infierno! Pero ¡oh hija y señora mía! escríbele por última vez, y salgo fiadora de que ha de someterse a tu voluntad. ¡Y si no, que sea sacrificado, y yo con él!" Entonces la princesa Donia cogió la pluma, y rítmicamente escribió estas palabras:
"¡Insensato que duermes confiadamente, cuando la desventura y el peligro se ciernen en el aire que respiras!
¿Ignoras que hay ríos cuya corriente no se puede remontar y que hay soledades que nunca pisará ningún pie humano?
Piensas tocar las estrellas de lo infinito, cuando todos los hombres unidos no podrían llegar a los primeros astros de la noche.
¿Te atreverías, aún en tus sueños a acariciar entre tus brazos la cintura de las huríes?
¡No te forjes ilusiones, oh ingenuo! ¡Cree y obedece a tu reina! ¡O si no, los cuervos del negro espanto graznarán la muerte sobre tu cabeza, y batiendo sus alas, más oscuras que la noche, girarán en torno de tu tumba!".
Después de doblar y sellar el papel, se lo entregó a la vieja, que a la mañana siguiente se apresuró a entregárselo al príncipe.
Y al leer aquellas palabras tan duras, Diadema comprendió que la esperanza moría en su corazón, y volviéndose hacia Aziz, le dijo: "¡Oh hermano Aziz! ¿Qué haremos ahora? ¡Me falta inspiración para escribirle una respuesta decisiva!" Y Aziz dijo: "¡Voy a tratar de hacerlo en tu lugar y en tu nombre!"
Y cogió un papel, y dispuso en él estas estrofas
"¡Señor Dios! ¡Por los Cinco Justos! ¡Socórreme en este exceso de mis pesares, y alivia mi corazón ensombrecido por las zozobras!
¡Conoces el secreto cuya llama me abrasa; conoces también la tiranía de la joven cruel que me niega su misericordia!
¡Inclino la cabeza y cierro los ojos pensando en la adversidad en que estoy sumido, sin esperanza alguna de redención!
¡Mi paciencia y mis energías se han acabado ya! ¡Las ha consumido el desencanto de un amor que me rechaza!
¡Oh implacable, la de la cabellera como la noche! ¡Cuán segura estás contra los golpes del Destino y contra los caprichos de la suerte, cuando así te gozas en torturar al desdichado que te llama!
¡Contempla a un desdichado que por tu belleza acaba de abandonar a su padre, su casa, su patria y los ojos de sus favoritas!"
Y Aziz tendió a Diadema el papel en que acababa de trazar esta composición rimada, y habiéndola recitado para apreciar la tonalidad de los versos, se declaró satisfechísimo, y dijo a Asís: "¡Es excelente tu carta! ¡Oh hermano mío!". Y la entregó a la anciana, que corrió a llevarla a la princesa.
Apenas la hubo leído la princesa, sintió estallar su ira, y exclamó: "¡Maldita Dudú de todas las calamidades! ¡Tú eres la única causante de estas humillaciones! ¡Sal pronto de aquí, si no quieres que te destrocen a latigazos mis esclavas! ¡Márchate, o te rompo los huesos con mis talones!"
Y la vieja salió corriendo, al ver que Donia se disponía efectivamente a llamar a las esclavas. Y se apresuró a ir en busca de los dos amigos, para contarles lo que había pasado.
Diadema se afectó entonces mucho, y dijo a la vieja, acariciándole la barbilla: "¡Oh buena madre! ¡Ahora se aumentan mis amarguras al ver lo que te ocurre por mi causa!"
Pero ella respondió: "Tranquilízate, ¡oh hijo mío! no desconfío, ni mucho menos, de la victoria. Porque nunca se dirá que una vez en mi vida no he podido unir a los enamorados. ¡Y esta dificultad anima mi astucia para hacerte lograr tus deseos!" Entonces Diadema preguntó: "Pero ¿cuál es la causa que impulsa a la princesa a sentir ese horror hacia todos los hombres?" Y contestó la vieja: "Es un sueño que tuvo". Diadema exclamó: "¿Un sueño? ¿Nada más que eso?"
Y prosiguió la vieja: "Sencillamente eso, y hételo aquí:
"Una noche, durmiendo la princesa Donia, vio en sueños a un pajarero que tendía las redes en el campo, y que después de haber echado granos de trigo alrededor, se quedaba en acecho esperando su suerte.
"Y en seguida, de todos los puntos del bosque acudieron las aves y se precipitaron sobre las redes. Entre aquellas aves que picoteaban los granos de trigo había dos palomas, macho y hembra. Y el macho mientras picoteaba, hacía la rueda alrededor de su hembra, sin advertir los lazos que le acechaban. Y en uno de sus movimientos, se le enredó una pata entre las mallas, que se apretaron y le hicieron prisionero: Y las aves, asustadas de sus aletazos, volaron ruidosamente.
"Entonces la hembra, abandonándolo todo, no tuvo otra preocupación que la de libertarle. Y tanto trabajó y tan bien, que desgarró la red con el pico, y acabó por libertar al palomo, antes que el pajarero tuviera tiempo para atraparlo. Y ella se remontó con él, y volaron juntos para volver luego a picotear los granos extendidos en torno de los lazos.
"El macho empezó nuevamente a dar vueltas alrededor de la hembra, que al retroceder para evitar sus incansables escarceos, se aproximó inadvertidamente a las mallas, en las cuales quedó presa a su vez. Y el macho, lejos de preocuparse por la suerte de su compañera, voló veloz con las demás aves, dejando que el pajarero se apoderase de la cautiva y que la degollara.
"Este sueño sobrecogió de tal modo a la princesa, que se despertó llorando a mares, y me llamó para referirme, toda temblorosa, su amarga visión". Y me dijo: "Todos los machos se parecen, ¡oh mi Dudú! y los hombres deben ser peores que los animales; por lo cual nada bueno puede esperar de su egoísmo la mujer. ¡Por eso juro ante Alah que evitaré con toda mi alma el horror de que se me acerquen!"
Entonces el príncipe Diadema dijo: "Pero ¡oh buena madre! ¿No le advertiste que todos los hombres no son como aquel palomo infame, y que tampoco son todas las mujeres como su fiel y desventurada compañera?"
La vieja contestó: "Nada de eso ha podido convencerla después. Vive solitaria, adorando únicamente su hermosura. Y el príncipe dijo: "¡Oh mi buena madre! te ruego de todos modos que me la dejes ver, aunque me exponga a morir. Verla aunque sólo sea una vez, y que penetre en mi alma una sola de sus miradas. ¡Oh buena señora haz eso por mí, discurriendo el medio que te dicte tu fértil sabiduría!".
Y la vieja dijo: "Sabe, ¡oh luz de mis ojos! que junto al palacio en que vive la princesa Donia hay un jardín reservado únicamente para ella. Va allí una vez al mes, acompañada de sus esclavas, y entra por una puerta secreta para evitar las miradas de los transeúntes. Precisamente dentro de una semana bajará al jardín, y entonces vendré a servirte de guía y a ponerte en presencia del ser amado. Creo que a pesar de todas sus prevenciones, sólo con que te vea la vencerá tu hermosura. Porque el amor es un don de Alah, y viene cuando a El le place".
Entonces Diadema respiró más a gusto, y dió gracias a la vieja, y la invitó, puesto que ya no podía presentarse a su señora, a aceptar la hospitalidad de su casa. Y en seguida cerró la tienda y marcharon los tres hacia la morada del príncipe.
Y por el camino, Diadema se volvió hacia Aziz, y le dijo: "¡Oh hermano Aziz! como no tendré tiempo de ir a la tienda, te la cedo completamente. ¡Y harás de ella lo que te parezca mejor!" Y contestó Aziz: "Escucho y obedezco".
Y llegaron a la casa, y refirieron al visir toda la historia, como también lo del sueño de la princesa y lo del jardín en que debían encontrarse. Y le pidieron su parecer sobre el asunto.
Entonces el visir reflexionó un buen rato, y después levantó la cabeza, y dijo: "¡Ya he encontrado la solución! ¡Vamos ahora al jardín para examinar bien el terreno!" Y dejó a la vieja en la casa, y se dirigió acompañado de Diadema y Aziz al jardín de la princesa. Cuando llegaron a él vieron sentado a la puerta al viejo guarda, a quien saludaron. El guarda les devolvió el saludo, y entonces el visir empezó por deslizar cien dinares en la mano del viejo, y le dijo: "¡Oh mi buen jeique! desearíamos refrescarnos el alma en ese hermoso jardín y tomar un bocado entre las flores y los arroyos. Somos forasteros que buscamos para nuestro regocijo los sitios agradables".
Entonces el jeique contestó: "Entrad, pues, huéspedes míos, y acomodaos mientras yo voy a comprar lo necesario para comer". Y los hizo penetrar en el jardín, y marchó al zoco, no tardando en volver con un carnero asado y pasteles. Y se sentaron en corro a la orilla de un riachuelo, y comieron a satisfacción. Entonces el visir dijo al guarda: "¡Oh jeique! ese palacio que se ve desde aquí se halla en muy mal estado. ¿Por qué no lo mandan arreglar?" Y el guarda exclamó: "¡Por Alah! Es el palacio de la princesa Donia, que lo dejaría caerse a pedazos antes de ocuparse de él. Vive demasiado retirada para atender a tales cosas".
Y el visir dijo: "¡Qué lástima, mi buen jeique! Siquiera el piso bajo deberían arreglarlo un poco, pues es lo que se ve más. Si quieres, yo pagaré todos los gastos". Y el guarda dijo: "¡Que Alah te oiga!" Y contestó el visir: "Toma entonces esos cien dinares por tu trabajo, y ve a buscar albañiles, y un pintor que sepa bien el manejo de los colores".
Y el guarda se apresuró a ir en busca de los albañiles y del pintor, a quienes el visir dió las instrucciones necesarias. Y cuando el salón del piso bajo estuvo reparado y bien blanqueado, el pintor se puso a trabajar, siguiendo las órdenes del visir. Y pintó una selva con unas redes en las cuales estaba presa una paloma que daba aletazos.
Y cuando acabó, le dijo el visir: "Pinta ahora en el otro lado la misma cosa, pero figurando un palomo que va a libertar a su compañera, y que entonces es cogido por el pajarero y muere, víctima de su abnegación".
Y el pintor ejecutó fielmente el dibujo, y después se fué, generosamente retribuido. Entonces el visir, los dos jóvenes y el guarda, se sentaron un momento para juzgar bien el efecto y la perspectiva. Y el príncipe Diadema seguía muy triste, y miraba todo aquello muy pensativo. Y después dijo a Aziz: "¡Oh hermano mío! dime algunos versos que aparten las torturas que me matan". Y Aziz dijo: Ibn-Sina, en sus escritos sobre medicina, indica lo siguiente como remedio supremo:
"¡Él mal de amores no tiene otro remedio que el canto melodioso y la copa bien servida en los jardines!"
¡He seguido las prescripciones de Ibn-Sina, y no he obtenido resultado, ay de mí! ¡Entonces corrí a otros amores, y vi que el Destino me sonreía y me otorgaba la curación!
Te equivocaste, pues, ¡Ibn-Sina! ¡La única medicina del amor, es el amor!”
Entonces Diadema dijo: "Puede que el poeta tenga razón. Pero ¡cuán difícil es ese remedio cuando se ha perdido la voluntad!”
Y después de esto se levantaron, saludaron al viejo guarda, y volvieron a la casa, donde se reunieron con la anciana nodriza.
Como había transcurrido la semana, la princesa quiso, según costumbre, dar su paseo por el jardín, y comprendió entonces la falta que hacía su anciana nodriza. Y desolada por esto, recapacitó y se dió cuenta que había obrado muy mal con aquella que le había servido de madre. Enseguida envió un esclavo al zoco, y otro esclavo a todas las casas donde pudiera estar Dudú. Y precisamente la nodriza, que acababa de repetir a Diadema las recomendaciones necesarias para el encuentro en el jardín, se dirigía sola hacia palacio.
Entonces la vió uno de los esclavos, y se le acercó para rogarle respetuosamente, en nombre de su ama, que fuese a reconciliarse con ella. Verificada la reconciliación, después de algunas dificultades de pura fórmula, la princesa la besó en las mejillas, y Dudú le besó las manos, y seguidas de las esclavas, franquearon la puerta secreta y entraron en el jardín.
Por su parte, el príncipe se atuvo por completo a las instrucciones de su protectora. Entonces el visir y Aziz le vistieron un traje magnífico, que seguramente valdría cinco mil dinares, le abrocharon un cinturón de oro afiligranado, incrustado de pedrería, con una hebilla de esmeraldas, y le pusieron un turbante de seda blanca con finos dibujos de oro y un airón de brillantes. Después invocaron sobre él las bendiciones de Alah, y habiéndole acompañado hasta el jardín, se volvieron, para dejarle penetrar solo.
El príncipe, al llegar a la puerta, encontró sentado al viejo guarda, que al verle se levantó en honor suyo, y le devolvió su zalema con respeto y cordialidad. Y como ignoraba que la princesa Donia hubiese entrado en el jardín por la puerta secreta, dijo a Diadema: "¡El jardín es tu jardín y yo soy tu esclavo!" Y abrió la puerta enseguida, rogándole que la franqueara. La cerró después, y volvió a sentarse en el lugar acostumbrado, alabando a Alah, que se miraba en tales criaturas.
Y Diadema hizo cuanto la vieja le había indicado, ocultándose en un bosquecillo por donde tenía que pasar la princesa. Esto en cuanto a él.
Pero en cuanto a la princesa Donia, he aquí lo que pasó. La vieja, mientras se paseaban, le dijo: "¡Oh señora mía! Tengo que decirte algo que contribuirá a hacerte más deliciosa la contemplación de estos hermosos árboles, estas frutas y estas flores".
Y Donia dijo: "Estoy dispuesta a escucharte, mi buena Dudú". Y la anciana dijo: "Deberías mandar que se retirasen todas estas esclavas, para que te dejen gozar libremente de esta encantadora frescura. Son realmente una molestia para ti". Donia dijo: "Tienes razón, nodriza". Y despidió con una seña a sus esclavas. Y así, sola con su nodriza, avanzó la princesa Donia hacia el bosquecillo en que estaba oculto el príncipe Diadema.
Y el príncipe, al verla, quedó tan sobrecogido de su hermosura, que se desmayó en el acto. Y Donia prosiguió su camino, y llegó a la sala en que había mandado pintar el visir la escena del pajarero. A petición de Dudú penetró en ella por primera vez en su vida, pues antes jamás había tenido la curiosidad de visitar aquel local, reservado a la servidumbre de palacio.
Al ver aquella pintura, la princesa Donia llegó al límite de la perplejidad, y dijo: "¡Mira, mi buena Dudú! ¡Es mi sueño de tiempo atrás, pero todo al revés! ¡Qué conmovida está mi alma!" Y apretándose el corazón, se sentó en la alfombra, y dijo: "¡Oh Dudú! ¿Me habré engañado? ¿El maldito Eblis se habrá reído de mi credulidad en los sueños?"
Y la nodriza dijo: "¡Pobre hija mía! mi experiencia ya te había avisado de tu error. Pero vámonos a pasear, ahora que desciende el sol y la frescura es más suave". Y salieron al jardín.
Y ya Diadema, vuelto en sí, se había puesto a pasear lentamente, según le había encargado Dudú, como si sólo atendiese a la belleza del paisaje.
Y al desembocar en una alameda, la princesa le vió, y entonces dijo: "¡Oh nodriza! ¡Mira qué hermoso es ese joven, qué alto, y qué gallardo! ¿Le conoces por casualidad?"
Y la vieja repuso: "No lo conozco, pero a juzgar por su apostura debe de ser hijo de algún rey. ¡Ah mi señora! ¡Cuán maravilloso es en efecto!"
Y Sett-Donia repuso: "¡Es extremadamente hermoso!" Y la vieja asintió: "¡Extremadamente! ¡Cuán dichosa será su amada!" Y a hurtadillas hizo señas al príncipe para que saliera del jardín y regresara a su casa.
Y el príncipe así lo hizo, mientras que la princesa le seguía con la mirada, y decía a su nodriza: "¿Adviertes, ¡oh Dudú! el cambio que se ha verificado en mí? ¿Es posible que yo pueda sufrir tal turbación al ver a un hombre? ¡Comprendo que estoy enamorada, y que ahora me toca a mí solicitar el favor de tu ayuda!"
Y la vieja dijo: "¡Confunda Alah al Tentador maldito! ¡Hete aquí, ¡oh señora! cogida en sus redes! ¡Pero realmente es muy hermoso el varón que va a liberarte de ellas!" Y Donia dijo: "¡Oh Dudú, mi buena Dudú! no tienes más remedio que traerme a ese hermoso joven. ¡No lo quiero recibir más que de tus manos, mi querida nodriza! ¡Por favor, ve a buscarle! Y he aquí para ti mil dinares y un vestido de mil dinares. ¡Y si te niegas, me moriré!"
La vieja contestó: "Vuelve entonces a palacio, y déjame obrar a mi gusto, y te prometo que realizaré esa unión tan admirable".
E inmediatamente dejó a la princesa, y salió en busca del príncipe, que la recibió lleno de alegría y empezó por darle mil dinares de oro. Y la vieja le dijo: "Ha pasado tal y cual cosa". Y le contó la emoción sufrida por Donia y todo su diálogo.
Y Diadema dijo: "Pero ¿cuándo nos uniremos?" Y la vieja respondió: "¡Mañana sin falta!" Entonces Diadema le dió otro vestido y regalos por valor de mil dinares de oro, que aceptó la vieja diciéndole: "Yo misma vendré a buscarte a la hora propicia".
Y fué corriendo en busca de la princesa Donia, que la aguardaba muy impaciente, y le preguntó: "¿Qué noticias me traes, ¡oh Dudú!?" Ella dijo: "He logrado encontrar su rastro y hablarle. Mañana te lo traeré de la mano". Entonces la princesa llegó al colmo de la felicidad, y dió a su nodriza mil dinares de oro y regalos por valor de otros mil dinares. Y aquella noche durmieron los tres con el alma llena de alegría y de dulces esperanzas.
Apenas llegó la mañana, la vieja fué a casa del príncipe, que la estaba esperando. Desató un paquete que había traído, sacó de él unas ropas de mujer, y vistió con ellas al príncipe, acabando por envolverle con el gran izar, cubriéndole la cara con un velillo tupido. Entonces dijo: "Ahora imita los movimientos de las mujeres, al andar balancea las caderas a derecha e izquierda, y camina a pasos cortos, como las jóvenes. Y sobre todo, déjame responder a mí sola a todas las preguntas de la gente, y que bajo ningún pretexto se oiga tu voz, ¡oh mercader!" Diadema contestó entonces: "Escucho y obedezco".
Salieron los dos y echaron a andar hasta la puerta del palacio, cuyo guarda era precisamente el jefe de los eunucos en persona. Y al ver a aquella desconocida, el jefe de los eunucos preguntó a la vieja: "¿Quién es esta joven que nunca he visto? Has que se acerque, para que la pueda examinar, pues las órdenes son terminantes. La he de palpar en todos sentidos, y la he de desnudar, si es preciso, porque están bajo mi responsabilidad estas esclavas nuevas. Y como a ésta no la conozco, ¡déjame que la palpe con mis manos y que la mire con mis ojos!" Pero la vieja se escandalizó, y dijo: "¿Qué dices, ¡oh jefe de los eunucos!? ¿No sabes...?
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según costumbre, no prolongó más su relato aquel día.

Pero cuando llegó la 135ª noche

Ella dijo:
"¿Qué dices, ¡oh jefe de los eunucos!? ¿No sabes que esta esclava ha sido llamada por la princesa para utilizar su arte de bordadora? ¿No sabes que es una de las bordadoras de esos admirables dibujos de la princesa?
"Pero el eunuco refunfuñó: "¡No hay bordados que valgan! ¡He de palpar a la recién venida, y examinarla por todos lados, por delante, por detrás, por arriba y por abajo!"
Al oír estas palabras, la vieja desató su furor, se plantó delante del eunuco, y dijo: "¡Y yo que te había tenido siempre por modelo de cortesía y de buenos modales! ¿Qué te ha dado de repente? ¿Quieres que te expulsen del palacio?"
Y volviéndose hacia Diadema, le gritó: "¡Hija mía, perdona a este jefe! ¡Son bromas suyas! ¡Pasa, pues, sin temor!"
Entonces Diadema franqueó la puerta moviendo las caderas y dirigiendo una sonrisa por debajo del velillo al jefe de los eunucos, que quedó asombrado ante la belleza que dejaba entrever la leve gasa. Y guiado por la vieja, atravesó un corredor, después una galería, inmediatamente otros corredores y otras galerías, y así hasta llegar a una sala que daba a un gran patio y que tenía seis puertas, cuyos amplios cortinajes estaban echados. Y la vieja dijo: "Cuenta esas puertas una tras otra, y entra por la séptima. ¡Y encontrarás, ¡oh joven mercader! lo que es superior a todas las riquezas de la tierra, la flor virgen; la carne juvenil, la dulzura que se llama Sett-Donia!"
Entonces el príncipe contó las puertas una tras otra, y entró por la séptima. Y al dejar caer de nuevo la cortina, se levantó el velillo que le tapaba la cara. La princesa, en aquel momento, estaba durmiendo sobre un magnífico diván. Y su único vestido era la transparencia de su piel de jazmín. De toda ella se desprendía como un impaciente llamamiento a las caricias desconocidas. Entonces el príncipe se desembarazó rápidamente de las ropas que le estorbaban, y brincó hacia el diván, cogiendo en brazos a la princesa dormida. Y el grito de espanto de la joven, despertada de improviso, quedó ahogado por unos labios que la devoraban. Así se verificó el primer encuentro del hermoso príncipe Diadema y la princesa Donia, en medio de los muslos que se entrelazaban y de las piernas trepidantes.
Y aquello duró del mismo modo durante todo un mes, sin que uno ni otro interrumpieran el estallido de los besos, ni el gorjeo de las risas, que bendecía el Ordenador de todas las cosas bellas. Esto en cuanto a ellos.
Pero respecto al visir y a Aziz, he aquí que estuvieron aguardando hasta la noche el regreso de Diadema. Y cuando vieron que no llegaba, empezaron a alarmarse seriamente. Y cuando apareció la mañana, sin que hubiesen tenido noticias del imprudente príncipe, ya no dudaron de su perdición y quedaron completamente desconcertados. Y en su dolor y perplejidad, no supieron qué hacer. Y Aziz dijo, con voz ahogada: "¡Las puertas del palacio ya no volverán a abrirse para nuestro amo! ¿Qué haremos ahora?" El visir dijo: "¡Aguardar aquí, sin movernos!" Y así permanecieron durante todo el mes, sin comer ni dormir, lamentando aquella desgracia irremediable. Y como al cabo de un mes seguían sin saber nada del príncipe, el visir dijo: "¡Oh hijo mío! ¡Qué situación tan difícil! Creo que lo mejor es volver a nuestra tierra y enterar al rey de esta desgracia, porque si no, nos echaría en cara el haber dejado de avisarle". Hicieron, pues, los preparativos del viaje, y partieron para la Ciudad Verde, que era la capital del rey Soleimán-Schach.
Y apenas habían llegado, se apresuraron a enterar al rey, relatándole toda la historia y el fin desdichado de la aventura. Y al terminar rompieron en sollozos.
Al oír aquella noticia tan terrible, el rey Soleimán creyó que el mundo entero se desplomaba sobre él, y cayó sin conocimiento. ¿Pero de qué servían ya las lágrimas? Así es que el rey, reprimiendo aquel dolor que lo roía el hígado y le ennegrecía el alma y toda la tierra ante su vista, juró que iba a vengar la pérdida de su hijo con una venganza sin precedentes. Y enseguida se dispuso que los pregoneros llamaran a todos los hombres capaces de esgrimir la lanza y la espada, y a todo el ejército con sus jefes. Y mandó sacar todos los ingenios de guerra, las tiendas de campaña y los elefantes, y seguido de todo su pueblo, que lo quería extraordinariamente por su justicia y su generosidad, se puso en camino hacia las Islas del Alcanfor y el Cristal.
Mientras tanto, en el palacio iluminado por la dicha, los dos amantes se adoraban cada vez más y sólo se levantaban de las alfombras para beber y cantar juntos. Esto duró por espacio de seis meses.
Pero un día en que el amor le arrebató hasta el último límite, Diadema dijo: "¡Oh adorada de mis entrañas! ¡Aún nos falta una cosa para que nuestro amor sea completo!" Ella, asombrada, repuso: "¡Oh Diadema, luz de mis ojos! ¿Qué puedes desear más? ¿No posees mis labios y mis pechos, mis muslos y toda mi carne, y mis brazos que enlazan y mi alma que te desea? Si anhelas todavía otras cosas de amor que yo no conozca, ¿por qué tardas en hablarme de ellas? ¡Verás inmediatamente si tardo en ejecutarlas!"
Diadema dijo: "¡Oh alma mía!, no se trata de eso. Déjame revelarte quién soy. Sabe, ¡oh princesa! que soy un hijo de rey y no un mercader del zoco. Y el nombre de mi padre es Soleimán, soberano de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán. ¡Y él fué quien en otro tiempo envió su visir para pedir tu mano para mí! ¿No recuerdas que entonces rechazaste esta unión y amenazaste al jefe de los eunucos que te hablaba de ella? Pues bien: realicemos hoy lo que nos negó el pasado y marchemos juntos hacia la verde Ispahán!"
La princesa Donia, al oír estas palabras, se enlazó más alegre al cuello del hermoso Diadema, y efusivamente le contestó: "Escucho y obedezco". Y ambos, aquella noche, dejaron que el sueño les venciese por primera vez, pues durante los diez meses transcurridos, el albor de la mañana los sorprendía entre abrazos, besos y otras cosas semejantes.
Y mientras dormían los dos amantes, cuando ya había salido el sol, todo el palacio estaba en movimiento, y el rey Schahramán, sentado en los almohadones de su trono y rodeado por los emires y grandes del reino, recibía al gremio de joyeros con su jefe a la cabeza. Y el jefe de los joyeros ofreció como homenaje al rey un estuche maravilloso que contenía diamantes, rubíes y esmeraldas por valor de más cien mil dinares. Y el rey Schahramán, habiendo quedado muy satisfecho del homenaje, llamó al jefe de los eunucos, y le dijo: "¡Toma, Kafur, ve a llevar esto a tu ama la princesa Sett-Donia! Y vuelve a decirme si este regalo es de su gusto".
Y enseguida el eunuco Kafur se dirigió hacia el pabellón reservado en que vivía completamente sola la princesa.
Pero al llegar, el eunuco vió tendida sobre una alfombra, guardando la puerta, a la nodriza Dudú, y las puertas del pabellón estaban todas cerradas y los cortinajes echados. Y el eunuco pensó: "¿Cómo es posible que esté durmiendo a esta hora tan avanzada, cuando no es ésa su costumbre?"
Después, como no se atrevía a presentarse ante el rey sin haber cumplido su orden, saltó por encima de la vieja, empujó la puerta, y entró en la sala. ¡Y cuál no sería su espanto al ver a Sett Donia desnuda, dormida entre los brazos del joven, con una porción de señales de una fornicación extraordinaria!
Al ver esto, el eunuco recordó los malos tratos con que le había amenazado Sett-Donia, y pensó para su alma de eunuco: "¿Así es cómo abomina el sexo masculino? ¡Ahora, si Alah quiere, me toca vengarme de la humillación!"
Y salió sigilosamente, cerró la puerta, y se presentó al rey Schahramán. Y el rey le preguntó: "¿Qué ha dicho tu ama?" Y contestó el eunuco: "He aquí la caja intacta".
Y el rey, pasmado, exclamó: "¿Es que mi hija desdeña las pedrerías como desdeña a los hombres?" Pero el negro dijo: "¡Perdona, ¡oh rey! que no te conteste delante de toda esta asamblea!" Entonces el rey mandó desalojar la sala del trono, quedándose solo con el visir, y el eunuco dijo: "¡Mi ama Donia está en tal y cual postura! Pero en realidad, ¡el joven es muy hermoso!"
Al oír estas palabras, el rey dió un salto, abrió desmesuradamente los ojos, y exclamó: "¡Eso es enorme!" Y añadió: "¿Los has visto tú, ¡oh Kafur!?” Y respondió el eunuco: "¡Con este ojo y con este otro!"
Entonces el rey dijo: "¡Es verdaderamente enorme!" Y mandó al eunuco que llevara ante el trono a los dos culpables. Y el eunuco lo cumplió inmediatamente.
Cuando los dos amantes estuvieron en presencia del rey, éste, muy sofocado, exclamó: "¡De modo que es cierto!" Y no pudo decir más, pues agarró con las dos manos la espada, y quiso arrojarse sobre Diadema. Pero Sett-Donia rodeó a su amante con sus brazos, unió sus labios a los de él, y gritó a su padre: "¡Ya que es así, mátanos a los dos!"
Entonces el rey volvió a su trono, mandó al eunuco que llevase a la princesa hasta su habitación, y después dijo a Diadema: "¿Quién eres, corruptor maldito? ¿Y quién es tu padre? ¿Y cómo te has atrevido a llegar hasta mi hija?"
Entonces Diadema contestó: "¡Sabe, ¡oh rey! que si es mi muerte lo que deseas, le seguirá la tuya, y tu reino quedará aniquilado!" Y el rey, fuera de sí, exclamó: "¿Y cómo es eso?" El otro repuso:"¡Soy hijo del rey Soleimán-Schach! ¡Y he tomado, según estaba escrito, lo que se me había negado!
¡Abre, pues, los ojos, ¡oh rey! antes de decretar mi muerte!"
Al oír estas palabras, el rey quedó perplejo, y consultó a su visir sobre lo que debía hacer. Pero el visir dijo: "No creas, ¡oh rey! las palabras de este impostor. ¡Sólo la muerte puede castigar la fechoría de semejante hijo de zorra! ¡Confúndalo y maldígalo Alah!" Entonces el rey ordenó al verdugo: "¡Córtale la cabeza!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y según su costumbre, se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 136ª noche

Ella dijo:
Entonces el rey ordenó al verdugo: "¡Córtale la cabeza!" Y ya estaba perdido el príncipe, si en el momento en que el verdugo se disponía a ejecutar la orden no hubieran anunciado al rey la llegada de dos enviados del rey Soleimán que solicitaban su venia.
Precisamente estos dos enviados precedían al rey y a todo el ejército. Y eran el visir y el joven Aziz. De modo que cuando les fué otorgada la entrada y conocieron al príncipe Diadema, hijo de su rey, les faltó poco para desmayarse de júbilo, y se echaron a sus pies y se los besaron. Y Diadema les obligó a levantarse, y les abrazó, y en pocas palabras les expuso la situación; y ellos también le enteraron de lo que había ocurrido, y anunciaron al rey Schahramán la próxima llegada del rey Soleimán y de sus fuerzas.
Cuando el rey Schahramán comprendió el peligro que había corrido al ordenar la muerte del joven Diadema, cuya identidad era ya evidente, levantó los brazos y bendijo a Alah, que había detenido la mano del verdugo. Después dijo a Diadema: "¡Hijo mío! perdona a un anciano como yo, que no sabía lo que iba a hacer. Pero la culpa la tiene mi malvado visir, al cual voy a mandar empalar ahora mismo". Entonces el príncipe Diadema le besó la mano, y le dijo: "Tú eres, ¡oh rey! como mi padre, y yo soy más bien el que debe pedirte perdón por las emociones que te he causado".
El rey dijo: "¡La culpa la tiene ese maldito eunuco, al cual voy a crucificar en un tablón podrido que no valga dos dracmas!" Entonces Diadema dijo: "¡En cuanto al eunuco, bien merece que lo castigues, pero al visir perdónalo para que otra vez no juzgue tan de ligero!"
Entonces Aziz y el visir intercedieron para alcanzar el perdón del eunuco, al cual el terror le había hecho orinarse encima. Y el rey, por consideración al visir, perdonó al eunuco.
Entonces advirtió Diadema: "¡Lo más importante es tranquilizar a la princesa Donia, que es toda mi alma!" Y el rey dijo: "Ahora mismo voy a verla". Pero antes mandó a sus visires, emires y chambelanes, que escoltaran al príncipe Diadema hasta el hammam, y le hicieron tomar un baño que le refrigerase agradablemente. Después corrió al pabellón de la princesa, y la halló a punto de clavarse en el corazón la punta de una espada cuyo puño apoyaba en el suelo. Al ver esto, sintió el rey que se le escapaba la razón, y gritó a su hija: "¡Se ha salvado tu príncipe! ¡Ten piedad de mí, hija mía!"
Al oír estas palabras, la princesa Donia, arrojó la espada, besó la mano de su padre, y entonces el rey la enteró de todo. Y ella dijo: "¡No estaré tranquila hasta que vea a mi prometido!"
Y el rey, apenas salió Diadema del hammam, se apresuró a llevarle al aposento de la princesa, que se arrojó a su cuello. Y mientras los dos amantes se besaban, el rey se alejó, después de cerrar discretamente la puerta. Y marchó a su palacio, ocupándose en dar las órdenes necesarias para la recepción del rey Soleimán, a quien se apresuró a enviar al visir y a Aziz, a fin de que le anunciasen el feliz arreglo de todas las cosas, y le envió como regalo cien caballos magníficos, cien dromedarios de carrera, cien jóvenes, cien doncellas, cien negros y cien negras.
Y entonces fué cuando el rey Schahrarrián, ya terminados estos preliminares, salió en persona al encuentro del rey Soleimán-Schah, cuidando de que le acompañase el príncipe Diadema y una numerosa comitiva. Al verlos acercarse, el rey Soleimán salió a su encuentro, y exclamó: "¡Loor a Alah, que ha hecho lograr a mi hijo sus propósitos!" Después se abrazaron afectuosamente los dos reyes, y Diadema se echó al cuello de su padre llorando de alegría, y su padre hizo lo mismo. Y enseguida mandaron llamar a los kadíes y testigos, y en el acto se escribió el contrato de matrimonio de Diadema y Sett-Donia. Y con tal motivo se obsequió largamente a los soldados y al pueblo, y durante cuarenta días y cuarenta noches se adornó e iluminó la ciudad. Y en medio de toda la alegría y de todas las fiestas, Diadema y Donia pudieron amarse a su gusto hasta el último límite del amor.
Pero Diadema se guardó muy bien de olvidar los buenos servicios de su amigo Aziz, y después de enviarle con una comitiva en busca de su madre, que le lloraba desde hacía mucho tiempo, ya no quiso separarse de él. Y al morir el rey Soleimán, heredó Diadema su reino de la ciudad Verde y las montañas de Ispahán, y nombró a Aziz gran visir, al viejo guarda, intendente general del reino, y al jeique del zoco, jefe general de todos los gremios. ¡Y todos vivieron muy felices hasta la muerte, única calamidad irremediable!".
Cuando acabó de contar esta historia de Aziz y Aziza y la de Diadema y Donia, el visir Dandán pidió al rey Daul'makán permiso para beber un vaso de jarabe de rosas. Y el rey Daul'makán exclamó: "¡Oh mi visir! ¿Hay alguien en el mundo tan digno como tú de hacer compañía a los príncipes y a los reyes? ¡Verdaderamente, esta historia me ha encantado en extremo, por lo deliciosa y por lo agradable!" Y entregó al visir el mejor ropón de honor del tesoro real.
En cuanto al sitio de Constantinia...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 137ª noche

Ella dijo:
En cuanto al sitio de Constantinia, ya hacía cuatro años que se prolongaba sin ningún resultado decisivo. Los soldados y los jefes empezaban a sufrir mucho al verse tan lejos de sus familias y de sus amigos, y la rebelión era inminente.
De modo que el rey Daul'makán, dispuesto a tomar una resolución inmediata, llamó a los tres grandes jefes, Bahramán, Rustem y Turkash, en presencia del visir Dandán, y les dijo: "Bien sabéis lo que ocurre: os consta que la fatiga pesa sobre todos nosotros a consecuencia de este malhadado sitio. Conocéis las plagas que la Madre de todas las Calamidades ha hecho caer sobre nuestras cabezas, incluso la muerte de mi hermano, el heroico Scharkán. Reflexionad, pues, sobre lo que nos queda que hacer y contestadme como debéis contestar".
Entonces los tres jefes del ejército bajaron la cabeza, recapacitaron largamente, y dijeron después: "¡Oh rey! ¡El visir Dandán es más experto que todos nosotros, pues ha encanecido en la sabiduría!" Y el rey Daul'makán se volvió hacia el visir, y le dijo: "¡Aquí estamos todos aguardando tus palabras!"
Entonces el visir Dandán avanzó hasta el rey, y exclamó: "¡Sabe, ¡oh rey del tiempo!, que efectivamente es perjudicial que permanezcamos por ahora al pie de los muros de Constantinia! En primer lugar, tú mismo estarás deseando ver a tu hijo Kanmakán y a tu sobrina Fuerza del Destino, hija de nuestro difunto príncipe Scharkán, la cual está en Damasco, en el palacio, al cuidado de las esclavas. Y todos sufrimos, como tú, el gran dolor de vernos alejados de nuestro país y de nuestras casas.
Mi opinión es que regresemos a Bagdad, para volver aquí más adelante, y destruir entonces esta ciudad descreída, y que sólo puedan anidar en ella los cuervos y los buitres".
Y el rey dijo: "¡Verdaderamente, mi visir, has contestado de acuerdo con mi parecer!" Y enseguida mandó anunciar a todo el campamento, por medio de los pregoneros, que dentro de tres días se verificaría la partida.
Y en efecto, al tercer día se levantó el campo, y el ejército tomó el camino de Bagdad con las banderas desplegadas y haciendo sonar las trompetas. Y pasados días y noches llegó a la Ciudad de Paz, donde le recibieron con grandes transportes de alegría todos los habitantes.
En cuanto al rey Daul'makán, lo primero que hizo fué abrazar a su hijo Kanmakán, que ya tenía siete años, y lo segundo llamar a su antiguo amigo, el viejo encargado del hammam. Y cuando lo vió, se levantó del trono en honor suyo, le abrazó, le hizo sentar a su lado, y lo elogió mucho delante de todos sus emires y de todos los presentes.
Y durante todo aquel tiempo el encargado del hammam se había puesto desconocido a fuerza de reposo y de comer y beber, y había engrosado hasta el límite de la gordura. Su cuello parecía el de un elefante, su vientre el de una ballena, y su cara estaba tan reluciente como un pan recién salido del horno.
Empezó por excusarse de aceptar la invitación del rey, que le ordenaba sentarse a su lado, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡Que Alah me libre de cometer semejante abuso! ¡Ya hace mucho tiempo que pasaron los días en que me estaba permitido sentarme en tu presencia!"
Pero el rey Daul'makán le dijo: "Esos tiempos tienen que volver de nuevo para ti, ¡oh padre mío! ¡Pues fuiste quien me salvó la vida!" Y obligó al encargado a sentarse en los grandes almohadones del trono.
Entonces el rey dijo: "¡Quiero que me pidas un favor, pues estoy dispuesto a otorgarte cuanto desees, aunque fuera el compartir contigo mi reino! ¡Habla, pues, y Alah te oirá!"
Entonces el anciano dijo: "¡Quisiera pedirte una cosa que deseo desde muchos años, pero temo parecerte indiscreto!" Y el rey se apresuró a contestar: "¡Tienes que hablar sin ningún temor!"
Y el anciano dijo: "¡Tus órdenes están sobre mi cabeza! ¡He aquí lo que deseo: que me nombres presidente de los encargados de los hammanes de la Ciudad Santa, que es mi ciudad!"
Al oír estas palabras, el rey y todos los presentes se rieron en extremo; y el encargado, creyendo que su petición era exorbitante, se vió en el límite de la desolación.
Pero el rey dijo: "¡Por Alah! ¡Pídeme otra cosa!" Y el visir Dandán se acercó sigilosamente al encargado, le pellizcó en una pierna, le guiñó el ojo, como diciéndole: "¡Pide otra cosa sin ningún reparo!"
Y el anciano dijo: "¡Entonces, ¡oh rey del tiempo! desearía que me nombrases jeique principal de la corporación de basureros de la Ciudad Santa, que es mi ciudad!" Al oír estas palabras, el rey y los presentes se vieron acometidos de una risa loca, que les hizo levantar las piernas al aire.
Después el rey exclamó: "¡Vamos, hermano mío! es forzoso que me pidas algo que sea digno de ti, y que verdaderamente valga la pena". Y el anciano dijo: "¡Temo que no me la puedas otorgar!"
Y el rey contestó: "¡Nada hay imposible para Alah!" Y dijo el anciano: "¡Nómbrame, entonces, sultán de Damasco, en lugar del difunto príncipe Scharkán!" E inmediatamente mandó escribir el decreto, dándole, como nuevo rey, el nombre de Zablakán El-Mujahed.
Después ordenó al visir Dandán que acompañase al nuevo soberano con una magnífica comitiva, y que al regreso trajese a la hija del difunto príncipe Scharkán, Fuerza del Destino. Y antes de la partida, se despidió del encargado del hammam, y le recomendó que fuese bueno y fuese justo con sus súbditos. Después dijo a los presentes: "¡Cuantos me tengan afecto, manifiesten su alegría al sultán Zablakán con regalos!" Y enseguida afluyeron los presentes al nuevo rey, que fué revestido por el mismo Daul'makán con el traje regio; v cuando terminaron todos los preparativos, le dió para su guardia cinco mil jóvenes mamalik, y le entregó además un palanquín regio que era rojo y dorado. Y así fué como el encargado del hammam, convertido en sultán Zablakán El-Mujahed, y seguido de toda su guardia, del visir Dandán, de los emires Rustem, Tuskash y Bahramán, salió de Bagdad y llegó a Damasco, su reino.
Y la primera diligencia del nuevo rey fué disponer enseguida una comitiva espléndida que acompañase hasta Bagdad a la joven princesa de ocho años Fuerza del Destino, hija del difunto príncipe Scharkán. Y puso a su servicio diez doncellas y diez negros, y les entregó muchos regalos, especialmente esencia pura de rosas, dulce de albaricoque en cajas bien resguardadas contra la humedad, sin olvidar los deliciosos pastelillos, tan frágiles, que probablemente no llegarían enteros a Bagdad. Y también les dió veinte tarros llenos de dátiles cristalizados con jarabe perfumado de clavo, veinte cajas de pasteles de hojaldre, veinte cajas de dulces, encargados especialmente en las mejores dulcerías de Bagdad. Y todo se cargó en cuarenta camellos, sin contar los grandes fardos de sedas y telas de oro tejidas por los tejedores más hábiles del país de Scham, y armas preciosas, vasijas de cobre y de oro repujado, y bordados.
Terminados estos preparativos, el sultán Zablakán quiso hacer un espléndido regalo en dinero al visir, pero éste le dijo: "¡Oh rey! todavía eres nuevo en este reino, y necesitarás hacer mejor uso de ese dinero que el de dármelo". Después se puso en marcha la comitiva, y al cabo de un mes, porque Alah lo quiso, llegaron todos a Bagdad con buena salud.
Entonces el rey Daul'makán recibió con grandes transportes de alegría a la niña Fuerza del Destino, y la entregó a su madre Nozhatú y a su esposo el gran chambelán. Y le dió los mismos maestros que a Kanmakán; y ambos niños llegaron a ser inseparables, y experimentaron el uno por el otro un afecto que fue creciendo con la edad. Y tal estado de cosas duró diez años, durante los cuales el rey no perdía de vista los armamentos y preparativos para la guerra contra los descreídos rumís.
Pero a consecuencia de todas las fatigas y todas las penas de su malograda juventud, la fuerza y la salud del rey Daul'makán declinaban diariamente. Y como su estado empeoraba de una manera alarmante, mandó llamar al visir Dandán, y le dijo: "¡Oh mi visir! voy a someterte un proyecto que deseo realizar. ¡Respóndeme con toda tu rectitud!"
El visir dijo: "¿Qué hay, ¡oh rey del tiempo!?" y dijo el rey: "¡He resuelto abdicar en favor de mi hijo Kanmakán! ¡Me alegraría verlo reinar antes de mi muerte! ¿Cuál es tu opinión, ¡oh visir lleno de sabiduría!?”
El visir Dandán besó la tierra entre las manos del rey, y con voz muy conmovida dijo: "El proyecto que me sometes, ¡oh rey afortunado! y dotado de prudencia y equidad no es realizable ni oportuno por dos motivos: el primero, porque tu hijo el príncipe Kanmakán es todavía muy joven, y el segundo, porque es cosa cierta que el rey que hace reinar a su hijo en vida suya tiene desde entonces contados sus días en el libro del ángel"
Pero el rey insistió: "¡En cuanto a mi vida, comprendo verdaderamente que ha terminado; pero respecto a mi hijo Kanmakán, puesto que todavía es tan joven, nombraré tutor suyo para el reinado al gran chambelán, esposo de mi hermana Nozhatú!"
Y en seguida mandó reunir a sus emires, visires y grandes del reino, y nombró al gran chambelán tutor de su hijo Kanmakán, encargándole muy encarecidamente que lo casase con Fuerza del Destino cuando llegasen a la mayor edad. Y el gran chambelán contestó: "¡Estoy abrumado por tus beneficios, y sumido en la inmensidad de tus bondades!"
Entonces el rey se volvió hacia su hijo Kanmakán, y con los ojos arrasados en lágrimas, le dijo: "¡Oh hijo mío! sabe que después de mi muerte el gran chambelán será tu tutor y consejero, pero el visir Dandán será tu padre, ocupando mi lugar cerca de ti. Porque he aquí que adivino que me voy de este mundo perecedero hacia la morada eterna. Y quiero decirte que me queda un solo deseo en la tierra: vengarnos de aquella que fué la causante de la muerte de tu abuelo el rey Omar Al-Nemán y de tu tío el príncipe Scharkán, la malhadada y maldita vieja, Madre de todas las Calamidades".
Y el joven Kanmakán contestó: "Tranquilizad tu alma, ¡oh padre mío! pues Alah os vengará a todos por mi mediación" Entonces el rey sintió que una gran tranquilidad le refrescaba el alma, y se tendió lleno de quietud en el lecho, del cual ya no había de levantarse.
Efectivamente, al poco, tiempo, como toda criatura sometida a la mano que la creó, volvió a ser lo que había sido en el más allá insondable, y fué como si nunca hubiese sido. ¡Porque el tiempo lo siega todo y nada recuerda!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, se calló hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 138ª noche

Ella dijo:
...y fué como si nunca hubiese sido. ¡Porque el tiempo lo siega todo y nada recuerda! ¡Y aquel que quiera saber el destino de su nombre en lo futuro, aprenda a mirar el destino de quienes le precedieron en el morir!
Tal es la historia del rey Daul'makán, hijo del rey Omar Al-Nemán y hermano del príncipe Scharkán. ¡Téngalos Alah en su misericordia infinita!

12 P1 Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema - primera de dos partes

De la noche 130 a la noche 137





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Historia de la princesa Donia con el Príncipe Diadema

"Cuando el príncipe Diadema hubo oído esta admirable historia, y se enteró de cuán deseable y cuán interesante era la princesa Donia, y de cuán bellas cualidades poseía, así como su sapiencia en el arte del bordado, sintió dominado su corazón por un amor desbordante, y resolvió hacer todo lo posible para llegar junto a la princesa.
Y llevó con él al joven Aziz, del cual ya no quería separarse. Montó otra vez a caballo, y emprendió nuevamente el camino de la ciudad de su padre el rey Soleimán-Schah, señor de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán.
Lo primero que hizo fué poner a disposición de su amigo Aziz una hermosa casa que de nada carecía. Y cuando se cercioró de que Aziz tenía cuanto pudiera convenirle, marchó al palacio, se encerró en su habitación, negándose a recibir a nadie, y lloró amargamente. Porque las cosas que se oyen impresionan tanto como las que se ven o sienten.
Cuando su padre el rey Soleimán-Schah le vió tan pálido y tan acongojado, comprendió que Diadema tenía el alma llena de pesares y zozobras. Y le preguntó: "¿Qué tienes, ¡oh hijo mío! para cambiar así de color y estar tan afligido?"
Y el príncipe Diadema le contó que estaba enamorado de la princesa Donia, profundamente enamorado, aunque no la había visto jamás, pues para su pasión bastaba el relato de Aziz al describirle su andar gracioso, sus perfecciones, sus ojos y su maravilloso arte de bordar animales y flores.
Al recibir esta noticia, el rey Soleimán-Schah llegó al límite de la inquietud, y dijo al príncipe: "¡Hijo mío! esas Islas del Alcanfor y el Cristal son un país muy lejano del nuestro, y aunque sea tan maravillosa esa princesa Donia, advierte que en nuestra ciudad y en el palacio de tu madre encontrarás jóvenes hermosísimas y esclavas atrayentes, originarias de todas las comarcas del mundo. Llégate, pues, al aposento de las mujeres, y entre las quinientas esclavas que allí verás, más hermosas que lunas, elige las que más te agraden. Y si a pesar de todo ninguna de esas mujeres llegase a gustarte, pediré para ti como esposa a una hija entre las hijas de los reyes de los países vecinos. ¡Y te prometo que será mucho más bella y mucho más instruida que la misma princesa Donia!"
Pero el príncipe insistió: "¡Oh padre mío! sólo deseo por esposa a la princesa Donia, la que sabe dibujar y bordar gacelas tan admirablemente sobre el brocado. Mi amor no tiene remedio, y si no la consigo, huiré de mi país, de mis amigos y de mi casa, y me suicidaré por causa de ella".
Entonces su padre, viendo que era muchísimo peor contrariarle, le dijo: "En ese caso, ¡oh hijo mío! ten un poco de paciencia, y dame tiempo para que pueda enviar al rey de las Islas del Alcanfor y el Cristal una diputación que vaya a pedirle la mano de su hija, según el ceremonial que desde antiguamente se acostumbra, y que se empleó para mí cuando me casé con tu madre. Y si se negase, abriré la tierra por debajo de él, y haré que caiga sobre su cabeza todo su reino en ruinas, invadiendo y devastando sus comarcas con un ejército tan numeroso, que al desplegarse llegaría su vanguardia a las Islas del Alcanfor, cuando la retaguardia estuviera todavía detrás de las montañas de Ispahán, frontera de mi imperio".
Después de esto, el rey mandó llamar al joven mercader Aziz, amigo de Diadema, y le dijo: "¿Conoces el camino de las Islas del Alcanfor y el Cristal?" El otro contestó: "Lo conozco", y el rey dijo: "Me alegraría muchísimo que acompañases a mi gran visir, al cual envío de embajador cerca del rey de aquella comarca". Y Aziz contestó: "¡Oh rey del tiempo! ¡Escucho y obedezco!"
Entonces el rey Soleimán llamó al gran visir, y le dijo: "Arregla este asunto como te parezca mejor, pero es indispensable que vayas a las Islas del Alcanfor y el Cristal para pedir a la princesa Donia por esposa de Diadema". Y el visir respondió oyendo y obedeciendo. Y mientras tanto, el príncipe se retiró a su morada, recitando estos versos del poeta sobre los pesares de amor:
¡Interrogad a la noche! ¡Os dirá mi dolor y os cantará la elegía llena de lágrimas que modula en mi corazón la tristeza!
¡Interrogad a la noche! ¡Os dirá que soy el pastor cuyos ojos cuentan las estrellas, mientras que por sus mejillas cae el granizo del llanto!
¡Aunque mi corazón se desborde en deseos, me veo solo en el mundo, como la mujer de caderas fecundas que no halla la simiente de gloria!
Y el príncipe pasó muy pensativo toda la noche, negándose a tomar alimento y no pudiendo dormir.
En cuanto apareció el día, se apresuró el rey a ir en su busca, y al ver cuán desmejorado estaba, mandó apresurar los preparativos de la marcha, colmando a Aziz y al visir de ricos presentes para el rey de las Islas del Alcanfor y el Cristal, y para todos los de su séquito. Y en seguida se pusieron en camino.
Y viajaron días y noches, hasta que llegaron a la vista de las Islas del Alcanfor y el Cristal.
Entonces armaron las tiendas a orillas de un río, y el visir despachó un correo para anunciar al rey su llegada.
Y aun no había acabado el día, cuando vieron venir a los chambelanes y emires del rey, que después de las zalemas y saludos de bienvenida, los acompañaron hasta el palacio.
Y el visir y Aziz entraron en palacio, y se presentaron al rey haciéndole entrega de los regalos de su señor Soleimán, y el rey los apreció mucho, diciéndoles: "¡Los agradezco con todo el corazón de amigo, y sobre mi cabeza y mis ojos!" Y enseguida, según costumbre, se retiraron Aziz y el visir, y pasaron cinco días en palacio descansando de las fatigas del viaje.
A la mañana del quinto día, el visir se vistió su traje de honor, y se presentó ante el trono del rey, y le sometió la petición de su señor rey Soleimán, aguardando respetuosamente la respuesta.
Al oír las palabras del visir, el rey quedó muy pensativo, bajó la cabeza muy inquieto y meditabundo, y permaneció largo tiempo sin saber qué contestar al enviado del poderoso rey de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán. Pues sabía por experiencia que su hija odiaba el matrimonio, y que la petición iba a ser rechazada, como ya lo habían sido otras que le habían dirigido los principales príncipes de los reinos vecinos y de todas las tierras de los alrededores.
Por fin el rey acabó por levantar la cabeza, hizo una seña al jefe de los eunucos para que se acercase, y le dijo: "Ve a buscar a tu señora la princesa Donia, preséntale los respetos del visir y los regalos que nos trae, y repítele lo que acabas de oír de su boca". Y el eunuco besó la tierra entre las manos del rey, y desapareció.
Al cabo de una hora volvió con una nariz tan larga que le llegaba a los pies, y dijo: "¡Oh rey de los siglos y del tiempo! me he presentado ante mi ama la princesa Donia, y apenas formulé la petición, se le llenaron de ira los ojos, se incorporó, cogió una maza y corrió hacia mí para romperme la cabeza. Y me apresuré a huir a toda prisa, pero me persiguió a través de los corredores, gritando: "¡Si mi padre quiere obligarme al matrimonio, sepa que mi marido no tendrá tiempo para verme la cara, pues le mataré antes con mis propias manos, y enseguida me mataré yo!"
Al oír estas palabras del jefe de los eunucos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente aplazó el relato hasta el otro día.

Y cuando llegó la 131ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que después de estas palabras del jefe de los eunucos, el rey dijo al visir: "Acabas de oír con tus propios oídos lo que ha pasado. Transmite, pues, mis zalemas al rey Soleimán-Schah, y repítele lo ocurrido, diciéndole que a mi hija la horroriza el matrimonio. ¡Y Alah haga que llegues a tu país con toda seguridad!"
Entonces el visir y Aziz se apresuraron a regresar a la Ciudad Verde, y a repetir al rey Soleimán-Schah lo que había ocurrido.
Esta noticia encolerizó al rey, que quiso llamar a los emires y a los lugartenientes para reunir las tropas e invadir inmediatamente las comarcas de las Islas del Alcanfor y el Cristal.
Pero el visir pidió permiso para hablar, y dijo: "¡Oh soberano! no debes proceder de ese modo, pues en realidad la culpa no la tiene el padre, sino la hija, y el impedimento procede de ella sola. Y su mismo padre está tan contrariado como todos nosotros. Ya te he repetido las terribles palabras que la princesa Donia dijo al espantado jefe de los eunucos".
Cuando el rey Soleimán-Schah hubo oído al visir, acabó por darle la razón y se asustó al pensar en las amenazas de la princesa. Y se dijo: "Aunque invadiese su país y la redujese a ella a la esclavitud, de nada nos serviría, puesto que ha jurado matarse".
Entonces mandó llamar al príncipe Diadema, y muy afligido por el disgusto que iba a darle, le puso al corriente de todo. Pero el príncipe Diadema, lejos de desesperarse, dijo firmemente: "¡Oh padre mío! no creas que voy a dejar esto en tal estado. ¡Lo juro por Alah! ¡Sett-Donia será mi esposa! Llegaré hasta ella, aunque haya de arriesgar la vida". Y el rey dijo: "¿Pero de qué manera?"
Y respondió el príncipe: "Iré en calidad de mercader".
Y dijo el rey: "En ese caso lleva contigo al visir y a Aziz". Y en seguida mandó comprar mercaderías por valor de cien mil dinares, y que vaciasen en los sacos los tesoros encerrados en sus propios armarios. Y le dió cien mil dinares en oro, caballos, camellos, mulos y tiendas suntuosas forradas de seda y de colores admirables.
Entonces el príncipe Diadema besó las manos a su padre, se puso su ropa de viaje, fué en busca de su madre, y le besó igualmente las manos. Y su madre le dió cien mil dinares, y lloró mucho, e invocó sobre él la bendición de Alah, e hizo votos por la satisfacción de su alma y por su buen regreso entre los suyos. Y las quinientas damas de palacio, que rodeaban a la madre de Diadema, se echaron también a llorar, mirándole en silencio, con respeto y ternura.
Y el príncipe Diadema salió de la habitación de su madre, llamó a su amigo Aziz y al anciano visir, y dió la orden de marcha. Y como Aziz se echase a llorar, le preguntó el príncipe: "¿Por qué lloras, hermano Aziz?" Y éste dijo: "¡Oh hermano mío! ya sé que no puedo separarme de ti, pero ¡hace tanto tiempo que dejé a mi pobre madre! Y ahora, cuando llegue la caravana sin mí, ¿qué pensará mi madre al no verme entre los mercaderes?" El príncipe dijo: "¡Tranquilízate, hermano Aziz! Volverás a tu tierra en cuanto quiera Alah, después de habernos facilitado los medios de conseguir nuestro objeto". Y se pusieron en camino.
Y viajaron en compañía del sabio y prudente visir que, para distraerlos y para que Diadema lo sobrellevase todo con paciencia, les contaba historias admirables. Y también Aziz recitaba a Diadema inspirados poemas, e improvisaba versos llenos de encanto, hablando del amor y de los amantes. Como éstos, entre otros mil:
¡Vengo a contaros mi locura, y cómo el amor ha podido hacerme niño, rejuveneciendo mi vida!
¡Tú a quien lloro! ¡La noche aviva en mi alma tu recuerdo! ¡La mañana brota sobre mi frente, que no ha conocido el sueño! ¡Oh! ¿Cuándo vendrá el regreso después de la ausencia?
Al cabo de un mes de viaje llegaron a la capital de las Islas del Alcanfor y el Cristal, y al entrar en el gran zoco de los mercaderes, notó el príncipe Diadema que disminuían sus preocupaciones, animándose su corazón con alegres latidos. Hicieron alto por consejo de Aziz en el gran khan, y alquilaron para ellos todos los almacenes de abajo y todas las habitaciones de arriba, mientras el visir iba a buscarles una casa de la ciudad. Colocaron los fardos en los almacenes, y después de haber descansado cuatro días, fueron a visitar a los mercaderes del gran zoco de la seda.
Y por el camino dijo el visir: "Se me ocurre una cosa para que podamos alcanzar el fin deseado". Y el príncipe contestó: "Habla como gustes, pues los ancianos tienen inspiraciones, y sobre todo cuando poseen como tú la experiencia de los negocios".
Y el visir dijo: "Mi idea es que, en vez de dejar las mercaderías encerradas en el khan, donde los parroquianos no pueden verlas abramos para ti, ¡oh príncipe! una gran tienda en el zoco de la sedería. Y tú, en calidad de mercader, te sentarás a la entrada de la tienda para vender y mostrar los géneros, mientras que Aziz estará en el fondo para darte todas las telas y desenrollarlas. Y de esta suerte, como eres tan hermoso, y como Aziz no lo es menos que tú, he aquí que la tienda llegará a ser inmediatamente la más concurrida del zoco". Y Diadema contestó: "¡La idea es admirable!" Y vestido con un magnífico traje de gran mercader, entró en el zoco de la seda, seguido de Aziz, del visir y de sus servidores.
Cuando le vieron pasar los mercaderes, quedaron completamente deslumbrados por su belleza. Y todos dejaron de atender a los parroquianos en aquel momento. Los que estaban cortando telas se quedaron con las tijeras en el aire. Los que compraban abandonaron sus compras. Y todos se decían a un tiempo: "¿Será que el portero Raduán, aquel que tiene las llaves de los jardines del cielo, se habrá olvidado de cerrar las puertas, y así ha podido bajar a la tierra este joven celestial?"
Y otros exclamaban al verle: "¡Ya Alah! ¡Nos envías un ángel de entre tus ángeles para que veamos cuán hermosos son!"
Llegados al centro del zoco, preguntaron dónde estaba el gran jeique de los mercaderes, y se dirigieron hacia su tienda. Y cuando entraron en ella, se levantaron en honor suyo cuantos estaban sentados allí. Y pensaban: "¡Este venerable anciano es el padre de esos dos jóvenes tan hermosos!" El visir, después de hacer sus zalemas, preguntó: "¡Oh mercaderes! ¿Cuál de vosotros es el jefe del zoco?"
Y le contestaron: "Helo aquí". El visir miró al mercader que le señalaban, y vió que era un anciano muy alto, de barba blanca y de aspecto respetable, que se apresuró a hacerles los honores de su tienda, con un cordial saludo de bienvenida, e invitándoles a sentarse en la alfombra a su lado. Y exclamó: "¡Estoy dispuesto a todos los servicios que deseéis!".
Entonces el visir dijo: "¡Oh jeique el más amable de todos! Hace años que viajo con estos dos jóvenes por ciudades y comarcas para completar su instrucción, mostrándoles los diversos pueblos, para que aprendan a vender y comprar, sacando al mismo tiempo provecho de los diversos usos y costumbres. Y con este propósito venimos a establecernos en esta ciudad durante algún tiempo, pues deseo que mis hijos regocijen su vista en todas las cosas hermosas que contiene, y aprendan de los que viven en ella los buenos modales y la cortesía. Te rogamos, pues, que nos alquilen una buena tienda, bien situada, para que expongamos las mercaderías de nuestro país".
Y el jeique respondió: "Tendré mucho gusto en satisfaceros". Enseguida, volviéndose hacia los jóvenes para examinarlos mejor, sintió un pasmo sin límites, sólo con aquella ojeada, pues tanto le asombró su hermosura. Porque aquel jeique adoraba hasta la locura y sin ningún reparo los bellos ojos de los jóvenes, y su predilección se encaminaba al amor de los muchachos anteponiéndolo al de las doncellas, y prefiriendo con mucho el ácido sabor de los pequeños.
Dijo, pues, para sí: "¡Gloria y loor al que ha creado y modelado a estos dos jóvenes, formando semejante belleza de una materia sin vida!"
Y se levantó, les sirvió mejor que un esclavo a sus amos, y se puso por completo a sus órdenes, apresurándose a mostrarles las tiendas disponibles, y acabando por elegir para ellos una que estaba precisamente en el centro del zoco. Aquella tienda era la más hermosa de todas, la más clara, la más amplia, la de mejor exposición, y estaba construida con mucho arte, adornándola escaparates de madera labrada y anaquelerías de marfil, ébano y cristal. La calle estaba bien regada y barrida en su alrededor, y de noche se colocaba en su puerta el guarda del zoco. Por lo tanto, el jeique, en cuanto se ajustó el precio, entregó las llaves de la tienda al visir, y le dijo: "¡Haga Alah de esta tienda en manos de tus hijos un comercio próspero y abundante, bajo los auspicios de este día bendito!"
Entonces el visir mandó colocar en la tienda las mercaderías de valor, las hermosas telas, los brocados, todos los tesoros inestimables que habían guardado los armarios del rey Soleimán. Y terminado este trabajo, se llevó a los dos jóvenes a tomar un baño al hammam, muy próximo a la puerta del zoco, y que tenía fama por su limpieza y por sus mármoles relucientes. Entrábase en él subiendo tres peldaños, donde se colocaban ordenadamente los zuecos de madera.
Y los dos amigos, terminado el baño, no quisieron aguardar al visir, pues tenían mucha prisa por ocupar su sitio en la tienda. Salieron, pues, muy alegres, y la primera persona con quien se encontraron fué el jeique del zoco, que los aguardaba, lleno de pasión, en los peldaños del hammam. Y el baño había dado más esplendor a la belleza de los jóvenes, y más frescura a su tez, y...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 132ª noche

Ella dijo:
Y el baño había dado mayor esplendor a la belleza de los jóvenes y más frescura a su tez, y el anciano los comparó, dentro de su alma, con dos cervatillos esbeltos y gentiles. Y vió cuán sonrosadas tenían ahora las mejillas, cuánto se habían obscurecido sus ojos, y cómo se habían iluminado sus semblantes. Y al contemplarlos tan tiernos como dos ramas a las que dan color sus frutos, o cual dos lunas blancas y delicadas como la leche, pensó en estos versos del poeta:
¡Sólo con tocar su mano me estremezco, y todos mis sentidos se excitan! ¿Qué me pasaría si viese su cuerpo, donde se unen la limpieza del agua y el oro de la luz?
Corrió, pues, a su encuentro, y les dijo: "¡Oh mis hijos! ¡Ojalá os haya deleitado el baño! ¡Nunca os prive de él Alah, y os lo renueve eternamente!" Y el príncipe, con un ademán encantador y una voz muy afable, contestó: "¡Habríamos deseado compartir contigo ese placer!" Y ambos le atendieron respetuosamente, y por deferencia a su edad y a su categoría, fueron delante de él, abriéndole camino y dirigiéndole hacia la tienda.
Ahora bien, como iban delante los dos jóvenes, el jeique pudo observar cuán graciosamente caminaban, y cómo oscilaban sus caderas por debajo de la ropa, estremeciéndose al compás de los pasos. Entonces, no pudiendo reprimir sus arranques, le centellearon los ojos, resolló, sopló y recitó estas estrofas de complicado sentido:
¡No es asombroso que al contemplar las formas que encantan a nuestro corazón, las veamos estremecerse aunque sean macizas!
¡Todas las esferas del cielo vibran al girar, y todos los globos se estremecen con el movimiento!
Pero los dos jóvenes, aunque oyeron estos versos, no podían acertar su sentido ni sospechar la lujuria del jeique. ¡Al contrario! Creyeron ver en ellos una delicada alabanza hacia sus personas, y se lo agradecieron mucho, y a la fuerza quisieron llevarle con ellos al hammam, por ser aquélla la mayor muestra de amistad. Y el viejo, después de oponer por pura fórmula algunos obstáculos, aceptó, echando chispas de deseo dentro de su alma, y emprendió con ellos nuevamente el camino del hammam.
Cuando hubieron entrado, los vió el visir, que se estaba secando en una de las salas, y corrió hacia el estanque, en el cual se habían parado, e invitó al jeique a entrar en el cuarto de él. Pero el jeique dijo que no quería abusar de tanta bondad, tanto más cuanto que Diadema y Aziz le tenían sujeto cada uno por una mano, y le arrastraban hacia la sala que habían reservado para ellos. Entonces el visir no insistió más, y se volvió a su cuarto para secarse.
Diadema y Aziz, en cuanto estuvieron solos, desnudaron al venerable jeique, y ellos se desnudaron también, y empezaron por darle un enérgico masaje, mientras que el viejo les dirigía furtivas miradas.
Después juró Diadema que a él le correspondería el honor de enjabonarle, y Aziz dijo que a él le correspondería echarle agua con la jarrita de cobre. Y el anciano jeique, entre ambos, se creía transportado al paraíso.
Y no cesaron de friccionarlo, enjabonarlo y echarle agua hasta que el visir volvió junto a ellos, con gran desolación del jeique. Entonces le secaron con las grandes toallas calientes y perfumadas, le vistieron y le sentaron en la tarima, donde le ofrecieron sorbetes de almizcle y agua de rosas.
Y el jeique fingía seguir con gran interés la conversación del visir, pero en realidad toda su atención y todas sus miradas no eran más que para los dos jóvenes, que iban y venían muy solícitos por servirle. Y cuando el visir le dirigió el saludo de costumbre después del baño, el jeique contestó: "¡Qué bendición ha entrado con vosotros en nuestra ciudad! ¡Qué dicha tan grande nos ha producido vuestra llegada!" Y recitó esta estrofa:
¡Al venir ellos, han reverdecido nuestras colinas! ¡Nuestro suelo se ha estremecido y ha dado nuevas flores! Y la tierra y los habitantes de la tierra, han exclamado: "¡Dulce bienestar y dulce amistad para nuestros encantadores huéspedes!"
Y los tres le dieron gracias por sus bondades. Y el jeique replicó: "¡Que Alah os asegure a todos la vida más agradable! ¡Y que preserve del mal de ojo, ¡oh mercader ilustre! a tus hermosos hijos!" El visir dijo: "¡Y que el baño sea para ti, por gracia de Alah, un aumento de fuerza y de salud! Porque ¡oh venerable jeique! ¿No es cierto que el agua es el bien verdadero de la vida en este mundo, y el hammam una morada de delicias?" El jeique contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y cuántos poemas admirables han inspirado el hammam a los grandes poetas! ¿No recordáis alguno de ellos?"
Y Diadema se apresuró a contestar: "Sí los recuerdo; oíd éstos:
¡Vida del hammam, es maravillosa tu dulzura! ¡Oh hammam, cuán breve es tu duración! ¿Por qué no podrá pasar toda mi vida en tu seno? ¡Hammam admirable, hammam de mis sentidos!
¡Cuando se te tiene, haces odioso hasta al mismo Paraíso! ¡Si fueras el infierno, con qué dicha me precipitaría en él!"
Cuando el príncipe hubo recitado este poema, exclamó Aziz: "¡Yo también sé versos acerca del hammam!" Y el jeique dijo: "Déjanos saborearlos". Y Aziz recitó los siguientes:
¡Es una morada que robó sus bordados a las rocas floridas! ¡Su calor te haría creerte en una boca del infierno, si no experimentases enseguida sus delicias, y no vieras en su centro tantas lunas y soles!
Cuando Aziz hubo acabado esta estrofa, se sentó al lado de Diadema. Entonces el jeique, maravillado completamente, exclamó: "¡Por Alah! ¡Habéis sabido unir la elocuencia con la belleza! Dejadme ahora deciros a mi vez algunos versos exquisitos. 0 más bien, os lo voy a cantar, pues sólo el canto puede expresar las bellezas de estos ritmos".
Y el jeique apoyó la mejilla en la mano, entornó los ojos, movió la cabeza, y cantó acompasadamente:
¡Oh fuego del hammam, tu calor es nuestra vida! ¡Oh fuego del hammam, devuelves la vida a nuestros cuerpos, y aligeras nuestras almas, que se confortan gracias a ti!
¡Oh hammam! ¡Oh amigo! ¡Tibieza del aire, frescura de la pila, rumor del agua, luz de lo alto, mármoles puros, salas umbrosas, olores de incienso y de cuerpos perfumados, os adoro!
¡Ardes con una llama que nunca se extingue, y permaneces frío en la superficie, y lleno de suaves tinieblas! ¡Eres umbrío, hammam, a pesar del fuego, como mis deseos y como mi alma! ¡Oh Hammam!
Después miró a los jóvenes, dejó que su alma vagara un instante por el jardín de su belleza, e inspirándose en ella les dedicó estas dos estrofas:
¡Fuí a su morada, y desde la puerta me recibieron con afable semblante y ojos llenos de sonrisas!
¡Gusté todas las delicias de su hospitalidad, y sentí la dulzura! ¿Cómo no he de ser esclavo de sus encantos?
Al oír estos versos y la anterior canción, quedaron maravillados del arte del jeique. Le dieron las gracias, y como ya anochecía, le acompañaron hasta la puerta del hammam, y aunque insistió mucho para que fuesen a cenar a su casa, se excusaron, y se alejaron después de despedirse, mientras el jeique permanecía inmóvil mirándolos todavía.
Llegados a la casa, comieron y se acostaron con perfecta felicidad hasta el día siguiente. Entonces se levantaron, hicieron sus abluciones, cumplieron los deberes de la oración, y en cuanto se abrió el zoco, marcharon a su tienda y la abrieron por primera vez.
Ahora bien: los servidores la habían arreglado perfectamente, demostrando su buen gusto. La habían tapizado con telas de seda, colocando en el mejor lugar dos regios tapices que bien valdrían cada uno cien dinares. Y en las anaquelerías de marfil, ébano y cristal, aparecían muy bien puestas las mercaderías de valor y los tesoros inestimables. Entonces Diadema se sentó en una de las alfombras, Aziz en otra y el visir entre ambos, en el mismo centro de la tienda. Y los servidores los rodearon, dispuestos a cumplir sus órdenes.
Así es que pronto se hizo famosa aquella tienda, y los parroquianos afluyeron desde todas partes. Y todos porfiaban por recibir sus compras de manos de aquel joven llamado Diadema, cuya hermosura hacía enloquecer todas las cabezas y perder todas las razones. Y el visir, habiendo comprobado que los negocios marchaban maravillosamente, encargó de nuevo a Diadema y a Aziz una gran discreción, y volvió a su casa a descansar tranquilamente.
Y esta situación se prolongó cierto tiempo, terminado el cual, Diadema, al no ver aparecer a nadie que conociese a la princesa Donia, empezó a impacientarse y hasta a perder el sueño. Pero un día, mientras hablaba de sus penas con su amigo Aziz a la puerta de su tienda...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 133ª noche

Ella dijo:
Un día, mientras hablaba de sus penas con su amigo Aziz a la puerta de su tienda, acertó a pasar por el zoco una anciana, que iba envuelta muy dignamente en un gran manto de raso negro. Y no tardó en llamarle la atención la tienda maravillosa, así como la belleza del joven mercader sentado en la alfombra. Y tanta fué su emoción, que se le mojaron los calzones. Después dirigió sus miradas al joven, y pensó: "¡Ese no es un hombre, sino un ángel o algún rey de un país de ensueño!" Entonces se acercó a la tienda y saludó al joven, que le devolvió el saludo, y Aziz la saludó también desde el fondo de la tienda. Por su parte, el príncipe se levantó, le sonrió con su más agradable sonrisa, la invitó a sentarse en la alfombra a su lado, y se puso a abanicarla hasta que hubo descansado.
Entonces la vieja dijo a Diadema: "¡Oh, hijo mío, que reúnes todas las perfecciones y todas las gracias! ¿Eres de este país?" Y Diadema, con su palabra gentil y atrayente, contestó: "¡Por Alah! ¡Oh mi señora! Hasta el presente no había puesto los pies en estas comarcas, a las cuales he venido sin más objeto que distraerme visitándolas. Y para ocupar parte del tiempo, vendo y compro".
La vieja dijo: "¡Bien venido sea el gracioso huésped de nuestra ciudad! ¿Y qué mercaderías de los países lejanos traes contigo? ¡Enséñame lo más hermoso, porque lo bello trae belleza!"
Diadema sonrió para darle las gracias, y dijo: "Sólo tengo cosas que pueden servirte y agradarte, pues son dignas de princesas y de personas como tú". Y la vieja dijo: "Precisamente desearía comprar una buena tela para la princesa Donia, hija de nuestro rey Schahramán".
Al oír el nombre de aquella a quien tanto amaba, ya no pudo vencer su emoción Diadema, y gritó: "¡Aziz, tráeme lo más bello y lo más rico que haya entre nuestras mercaderías!" Y Aziz abrió un armario en el cual sólo había un paquete, ¡pero qué paquete! La envoltura exterior era de terciopelo de Damasco, con flecos de borlas de oro y bordados de colores representando flores y pájaros, con un elefante borracho que bailaba en medio.
Y de aquel paquete salía un perfume que exhalaba el alma. Aziz se lo entregó a Diadema, que lo desató y sacó de él la única tela que encerraba, hecha para un vestido de alguna hurí o de alguna princesa maravillosa. Enumerar las pedrerías con que la habían enriquecido, y los bordados bajo los cuales desaparecía la trama, sólo podrían hacerlo los poetas inspirados por Alah. Lo menos que podría valer, sin la envoltura, serían cien mil dinares de oro.
Y el príncipe desenrolló lentamente la tela ante el asombro de la vieja, que no sabía qué mirar preferentemente, si la magnificencia de aquel tejido o la cara adorable y los negros ojos del joven. Y he aquí que al mirar los juveniles encantos del mercader, notaba que su vieja carne trepidaba, y que sus muslos se juntaban febriles, sintiendo gran deseo de rascarse lo que le picaba.
Y en cuanto pudo hablar, dijo a Diadema, mirándole con ojos humedecidos por la pasión: "La tela me conviene. ¿Cuánto he de darte por ella?" Y él, inclinándose, contestó: "Estoy pagado de sobra con la dicha de haberte conocido". Entonces la vieja exclamó: "¡Oh joven adorable! ¡Dichosa la mujer que pueda tenderse en tu regazo y enlazar con sus brazos tu cintura! ¿Pero en dónde están las mujeres que tú mereces? ¡Por mi parte no conozco más que una!
Dime joven cervatillo, ¿cuál es tu nombre?" Y él contestó: "Me llamo Diadema". Entonces la vieja dijo: "¡Pero si ese nombre sólo se da a los hijos de los reyes! ¿Cómo es posible que un mercader se llame Corona de los Reyes?"
Entonces Aziz, que no había hablado ni una sola palabra se apresuró a intervenir para sacar a su amigo del apuro. Y explicó a la vieja: "Es hijo único, y sus padres lo quieren tanto, que le han dado un nombre como se les da a los hijos de reyes".
Ella dijo: "¡Verdaderamente, si la Belleza hubiera de elegir un rey, escogería a Diadema! Y sabe, ¡oh Diadema! que desde este instante esta vieja es tu esclava. ¡Y Alah es fiador de mi devoción hacia tu persona! Pronto sabrás lo que voy a hacer por ti. ¡Que Alah te proteja y te guarde de la mala suerte y de los ojos malditos!" Después cogió el precioso paquete, y se fué.
Y llegó conmovida a casa de la princesa Donia, a la que había amamantado y a la cual servía de madre. Y al entrar llevaba el envoltorio debajo del brazo, muy solemnemente. Entonces Donia le preguntó: "¡Oh mi nodriza! ¿Qué otra cosa me traes? ¡Enséñamela!" La vieja dijo: "¡Oh mi amada Donia! ¡Toma y admírate!" Y desenrolló rápidamente la tela. Entonces Donia, brillándole los ojos de alegría, exclamó: "¡Oh mi buena Dudú! ¡Oh qué vestido tan admirable! ¡Esta tela no es de nuestro país!" Y la vieja dijo: "¡En verdad es muy hermosa! ¿Pero qué dirías si vieras al joven mercader que me la ha dado para ti? ¡Cuánta es su hermosura! ¡El portero Raduán se olvidó de cerrar las puertas del Edén para dejarle salir a fin de que alegre el hígado de las criaturas! ¡Oh mi señora! ¡Cuánto desearía ver a ese joven radiante dormirse en tus pechos y...!"
Pero Donia exclamó: "¡Basta! ¿Cómo te atreves a hablarme de un hombre? ¿Qué humareda obscurece tu razón? ¡Cállate, por Alah! Y dame ese vestido para examinarlo de cerca". Y cogiendo la tela, se puso a acariciarla y a plegarla sobre su cintura. Y entonces la nodriza le dijo: "¡Oh mi señora! ¡Cuán hermosa estás así! ¡Pero cuán preferible es una bella pareja a la unidad! ¡Oh gentil Diadema!" Pero la princesa exclamó: "¡Endemoniada Dudú! ¡Pérfida Dudú! ¡No me hables más de eso! Pero marcha en busca de ese mercader, y dile que si desea algo que lo pida, que mi padre se lo satisfará".
La vieja se echó a reír entonces, y dijo guiñando el ojo: "¡Un deseo! ¡Por Alah! ¿Quién no desea algo?" Y se levantó a toda prisa, y corrió a la tienda del príncipe.
Al verla llegar, sintió el príncipe que su corazón estallaba de alegría, y le cogió la mano, la hizo sentar junto a él, y le sirvió sorbetes y dulces. Entonces la vieja le dijo: "¡Vengo a anunciarte una buena nueva! Mi señora, la princesa Donia, te saluda y te dice: "Has honrado la ciudad con tu venida y la has iluminado. Y si tienes algún deseo que manifestar, exprésalo".
Al oír estas palabras, sintió el príncipe que su corazón volaba de alegría, y se dilató su pecho, y pensó para su alma: "El asunto va muy bien". Y dijo a la vieja: "Sólo tengo un anhelo: ¡que hagas llegar a manos de la princesa Donia una carta que voy a escribirle, y que me traigas la contestación!"
Y ella dijo: "Escucho y obedezco". Entonces Diadema dijo a su amigo Aziz: "¡Tráeme la escribanía de cobre, el papel y el cálamo!"
Y habiéndoselo llevado Aziz, escribió estos versos:
"Este papel te lleva ¡Oh Altísima! ¡Las mil cosas, las cosas diversas que he hallado en un corazón enfermo por el mal de aguardar!
"En el primer renglón, van las señales del fuego que me quema interiormente; en el segundo todo mi deseo y todo mi amor;
"En el tercer renglón mi vida y mi paciencia; en el cuarto, mi ardor entero; en el quinto el extremado anhelo de mis ojos, su ansia de tu alegría;
¡Y en el sexto renglón, la petición de una cita!”
Después, en la parte de abajo, puso a manera de firma lo siguiente:
"Esta carta en versos a tu belleza es de mano del esclavo de sus grandes deseos, del prisionero en la cárcel de su dolor, del enfermo por sus tormentos, del postulante de tus miradas,
"EL MERCADER DIADEMA".

Releyó la carta, le echó arenilla, la dobló, la cerró y se la entregó a la vieja, deslizándole en la mano un bolsillo con mil dinares como pago a sus buenos servicios. Y la vieja, deseándole un buen éxito, volvió enseguida junto a su señora. Y la princesa le preguntó: "¡Oh mi buena Dudú! Cuéntame qué desea ese mercader, para pedirle a mi padre que lo satisfaga".
Y la vieja dijo: "¡Oh señora! no sé ciertamente lo que pide, pues he aquí una carta cuyo contenido ignoro". Y le entregó la carta.
Cuando la princesa la hubo leído, exclamó: "¡Cuán desvergonzado es ese mercader! ¿Cómo se atreve el audaz a levantar los ojos hasta mí?" Y rabiosa, se golpeó la cara, y dijo: "¡Debería mandar que lo ahorcasen a la puerta de su tienda!"
Y la vieja, ingenuamente, preguntó: "¿Qué contiene de espantoso esa carta? ¿Es que reclama algún precio exorbitante por su tela?" Y la princesa dijo: "No se trata para nada de eso, sino únicamente de amor".
Y la vieja hizo como que se asombraba, exclamando: "¡Deberías contestar a su insolencia, amenazándole para que no persista!" Y la princesa dijo: "¡Tengo miedo de que esto contribuya a alentarlo!" Y la vieja repuso: "¡Lo que hará es que recobre la razón!"
Entonces ordenó la princesa: "Dame mi escribanía y mi pluma". Y escribió estos versos:
"¡Ciego de tus ilusiones, solicitas llegar al astro como si algún mortal hubiera podido alcanzar al astro de la noche!
Para abrirte los ojos, juro por la verdad de Aquél que te formó de un gusano de la tierra, y que creó desde el infinito la virginidad de los astros inmaculados,
¡Que si te atreves a repetir tu desvergüenza, te crucificarán en un tablón cortado del tronco de algún árbol maldito! ¡Y servirás de ejemplo a los insolentes!"
Después de haber cerrado la carta, se la entregó a la vieja. Y la vieja corrió a llevársela al príncipe, que ardía de impaciencia. El príncipe se apresuró a abrir la carta, y en cuanto la hubo leído, se sintió morir de pesar, y dijo amargamente a la vieja: "Me amenaza con la muerte, pero nada me importa la vida cuando es tan penosa. ¡Y aun arriesgándome a morir, quiero escribirle!"
Y la vieja exclamó: "¡Por tu vida, que es para mí tan preciada! ¡Sabe que quiero ayudarte con todo mi poder, y compartir contigo los peligros! ¡Escribe, pues, tu carta, y dámela!" Entonces Diadema gritó a Aziz: "¡Da a nuestra buena madre mil dinares! ¡Y confiemos en Alah Todopoderoso!"
Y escribió en un papel las siguientes estrofas:
"¡He aquí que por anhelar la noche, me amenaza Ella con el luto y la muerte, ignorando que la muerte es el reposo y que las cosas no ceden más que al señalarlo el Destino!
¡Por Alah! ¡Su mano piadosa debería dirigirse hacia aquellos que consagran su amor a las muy altas y muy puras, a las que no se atreven a mirar los ojos de los humanos!
¡Oh mis deseos! ¡Mis vanos deseos! ¡No deseéis más, y dejad que mi alma se sepulte en la pasión sin esperanza!
¡Pero tu, mujer de duro corazón, no creas que ha de dominarme la tiranía! ¡Antes que sufrir una vida sin objeto y toda doliente, dejaré que mi alma vuele con mis esperanzas!"
Y con lágrimas en los ojos, entregó la carta a la vieja, diciéndole: "Te molesto inútilmente, ¡ay de mí! ¡Comprendo de sobra que sólo me resta morir!" Y la vieja dijo: "Abandona esos tristes presentimientos, y contémplate, ¡oh hermoso joven! ¿No eres el mismo sol? ¿Y no es ella la luna? ¿Cómo dudas que yo, que me he pasado toda la vida en intrigas de amor, no sepa unir vuestras hermosuras? ¡Tranquiliza tu alma, y calma las zozobras que te desconsuelan! ¡Pronto te traeré buenas noticias!"
Y dichas estas palabras, se alejó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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11 P2 Historia de Aziz y Aziza y del hermoso príncipe Diadema - segunda de dos partes

De la noche 107 a la noche 129





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Y cuando llegó la 117ª noche

Ella dijo al rey Schahriar:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Dandán prosiguió de este modo la historia del hermoso Aziz:
Y como mi pobre prima Aziza me amaba de veras, llegó al límite del enternecimiento al verme tan apesadumbrado. Y contestó: "¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Pero ¡oh Aziz! ¡Cuánto mejor sería que yo te ayudase! pero no puedo salir, porque estando próxima a casarme tengo que permanecer en casa. Sin embargo, desde el momento que no puedo ser un lazo de unión entre ambos, te aconsejaré con mis palabras. Vuelve esta noche al mismo sitio, ¡y resiste a la tentación del sueño! Y para lograrlo evita el comer, pues el alimento entumece los sentidos y los afloja.
Cuida de no dormirte, y verás llegar a tu amada al promediar la noche. ¡Alah te tenga bajo su protección y te defienda de las perfidias!"
Deseé con toda mi alma que viniese la noche cuanto antes, y cuando me disponía a salir me detuvo Aziza un momento para decirme: "Te encargo que cuando la joven te haya concedido lo que deseas, no olvides recitarle la estrofa que te he enseñado". Y yo contesté: "Escucho y obedezco".
Y salí de la casa.
Llegué al jardín, y encontré el salón magníficamente iluminado, con las bandejas cargadas de manjares, pasteles, frutas y flores. Y apenas el perfume de las flores, y de los manjares, y de todas aquellas delicias me llegó a la nariz, no se pudo contener mi alma, y comí de todo hasta hartarme, y bebí hasta la dilatación completa de mi vientre. Me sentí muy alegre, empecé a parpadear, y queriendo vencer el sueño traté de abrirme los ojos con los dedos, pero fué en vano.
Entonces me dije: "Voy a echarme un poco, el tiempo preciso para descansar la cabeza en el almohadón, y nada más. ¡Pero no dormiré!" Y enseguida cogí un almohadón, y apoyé en él la cabeza.
Pero he aquí que me desperté al día siguiente cuando amanecía, y me vi tendido, no en la sala espléndida, sino en una miserable habitación que probablemente serviría para los palafreneros. Y sobre mi vientre tenía un hueso de pata de carnero, una pelota, huesos de dátiles y granos de algarrobas; y junto a esto, a mi lado, dos dracmas y un cuchillo. Entonces me levanté lleno de confusión, sacudí aquella basura, y enfurecido con lo que me sucedía, sólo recogí el cuchillo. Inmediatamente me dirigí a mi casa, donde encontré a la pobre Aziza, que recitaba estas estrofas:
¡Lágrimas de mis ojos! ¡Habéis destrozado mi corazón y aniquilado mi cuerpo!
¡Y mi amigo es cada vez más cruel! ¡Pero no es dulce sufrir por el amigo cuando es tan hermoso!
¡Oh amado Aziz! ¡Has llenado de pasión mi alma, y has abierto en ella abismos de dolor!
Entonces, lleno de despecho, le llamé bruscamente la atención, dirigiéndole dos o tres injurias. Pero lo soportó con paciencia, se secó los ojos, vino hacia mí, me echó los brazos al cuello, y me estrechó con toda su fuerza contra su corazón, mientras que yo trataba de rechazarla, y me dijo: "¡Oh mi pobre Aziz! ya veo que también te has dormido esta noche".
Y como no podía más, me dejé caer sobre la alfombra lleno de rabia, y tiré a lo lejos el cuchillo. Aziza cogió entonces un abanico, se sentó a mi lado, y comenzó a abanicarme, diciéndome que todo se arreglaría. Y a instancias suyas, le enumeré todo lo que había encontrado sobre mi cuerpo al despertarme.
Y le dije: "¡Por Alah! explícame qué significa todo eso". Y ella contestó: "¡Ah Aziz mío! ¿No te había encargado que para evitar el sueño resistieras a la tentación de comer?"
Pero yo le interrumpí: "Explícame el significado de esas cosas". Y ella dijo: "Sabe que la pelota representa..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y aplazó su relato discretamente.

Pero cuando llegó la 118ª noche

Ella dijo:
"Sabe que la pelota representa que tu corazón, a pesar de hallarte en casa de tu amada, vaga por el aire, por tu poco fervor; los huesos de dátiles quieren decir que estás desprovisto de sabor como éstos, pues la pasión, que es la pulpa del corazón, falta por completo a tus amores; los granos de algarrobo, que, es el árbol de Ayub, (El Job de la Biblia) padre de la paciencia, sirven para recordarte esa virtud, tan preciosa para los enamorados; en cuanto al hueso de pata de carnero, verdaderamente no tiene explicación".
Pero yo volví a interrumpir: "¡Oh Aziza! olvidas el cuchillo y los dos dracmas". Y Aziza, temblando, me dijo: "¡Oh Aziz! tengo miedo por tu suerte. Los dos dracmas simbolizan sus dos ojos. Y con eso quiere decirte: "¡Juro por mis dos ojos que si volvieses aquí y te durmieras, te degollaría con un cuchillo!"
¡Oh hijo de mi tío! ¡Cuánto miedo me causa todo esto, y no tengo otro consuelo que mis sollozos!"
Entonces mi corazón se compadeció de su dolor, y le dije: "¡Por mi vida sobre ti, o hija de mi tío! ¿Cómo podríamos remediar este mal? ¡Ayúdame a salir de esta desventura!"
Y ella contestó: "¡Es preciso que te conformes con mis palabras y que las obedezcas, porque si no, nada haremos"! Y yo dije: "¡Escucho y obedezco! ¡Lo juro por la cabeza de mi padre!"
Entonces Aziza, confiada en mi promesa, me abrazó, y me dijo: "Pues bien; he aquí mi plan. Tienes que dormir aquí todo el día, y de ese modo no te tentará el sueño esta noche. Y cuando despiertes, te daré de comer y beber. Y así no tendrás que temer nada". Y en efecto, Aziza me obligó a acostarme, y se puso a darme masaje, y bajo la influencia de aquel masaje tan delicioso, no tardé en dormirme; y al despertar cuando ya anochecía, la encontré sentada a mi lado, haciéndome aire con el abanico. Y adiviné que había estado llorando, pues su ropa estaba empapada de lágrimas. Entonces Aziza se apresuró a darme de comer, y ella misma me ponía los pedazos en la boca, y yo no tenía más que tragarlos, y así hizo hasta que me quedé completamente harto.
Después me dió una taza de azufaifas con agua de rosas y azúcar, un refresco excelente. Enseguida me lavó las manos, me las limpió con una servilleta perfumada con almizcle, y me roció con agua de rosas. Enseguida me trajo un magnífico ropón, me lo puso, y me dijo: "¡Si Alah quiere, esta noche será para ti la noche de tus delicias!" Y al acompañarme hasta la puerta, añadió: "Y sobre todo, no olvides mi encargo". Yo pregunté: "¿Qué encargo es ése?" Y ella dijo: "¡Oh Aziz! La estrofa que te he enseñado".
Llegué al jardín, entré en la sala, y me senté sobre las riquísimas alfombras. Y como estaba harto, miré indiferente las bandejas, y me puse a velar hasta la medianoche. Y no veía a nadie, ni oía ningún ruido. Y me pareció entonces que aquella noche era la más larga del año. Pero tuve paciencia, y aguardé un poco más. Y cuando habían transcurrido las tres cuartas partes de la noche, y empezaban a cantar los gallos, comenzó el hambre a torturarme, y poco a poco se hizo tan fuerte, que no podía resistir la tentación de la bandeja, y de pronto me puse de pie, quité el paño, comí hasta la saciedad, y bebí un vaso, y después dos, y hasta diez.
Me sentí dominado por un gran sopor, pero me defendí enérgicamente, me enderecé, y moví la cabeza en todos sentidos. Y he aquí que cuando iba a rendirme el sueño oí un rumor de risas y sedas. Y apenas había tenido tiempo de incorporarme y lavarme las manos y la boca, vi que el gran cortinaje del fondo se levantaba. Y entró ella, sonriente y rodeada de diez esclavas jóvenes, hermosas como estrellas. Y era la propia luna. Estaba vestida con una falda de raso verde, bordada de oro rojo. Y sólo para darte una idea de ella, ¡oh mi joven señor! te diré los versos del poeta:
¡Hela aquí! ¡La joven magnífica de mirada arrogante! ¡A través del vestido verde, sin botones, se tienden alegres los pechos espléndidos! ¡Su cabellera está destrenzada!
Y si deslumbrado le pregunto su nombre, me dice: ¡soy la que abrasa los corazones en un fuego inmortal!"
Y si le hablo de los tormentos de amor, me contesta:” ¡Soy la roca sorda y el azur sin eco! ¡Oh joven candoroso! ¿Se queja alguien de la sordera de la roca y de la sordera del azur?”
Y entonces le digo: "¡Oh mujer! ¡Si tu corazón es la roca, sabe que mis dedos, como en otro tiempo los de Moisés, harán brotar do roca la limpidez de un manantial!"
Cuando le recité estos versos, sonrió y me dijo: "¡Está muy bien! Pero ¿cómo has logrado vencer el sueño?" Y contesté: "¡La brisa que te ha traído ha vivificado mi alma!"
Entonces se volvió hacia sus esclavas, les guiñó el ojo, y se alejaron en seguida, dejándonos completamente solos en la sala. Y ella vino a sentarse muy cerca de mí, me alargó su pecho, y me echó los brazos al cuello muy efusivamente. Yo me precipité entonces sobre su boca, y le chupé el labio superior, y ella me chupó el inferior. La cogí después por la cintura, y ambos rodamos juntos por la alfombra. Me deslicé entonces entre la delicada abertura de sus piernas, y le desabroché toda la ropa. Y empezamos a retozar, cambiando besos y caricias, pellizcos y mordiscos, alzamientos de muslos y de piernas y brincos locos por toda la sala. De tal modo, que acabó por caer extenuada en mis brazos, muerta de deseo.
Y aquella noche fue una noche muy dulce para mi corazón, y una gran fiesta para mis sentidos, según dice el poeta:
¡Alegre fué para mí la noche, la más deliciosa entre todas las noches de mi destino! ¡La copa no dejó un instante de verse llena!
Aquella noche dije al sueño: "¡Vete, ¡oh sueño! que mis párpados no te desean!" Y dije a las piernas y a los muslos de plata: "¡Acercaos!"
Al llegar la mañana, cuando quise despedirme de mi amor, me detuvo y me dijo: "Aguarda un momento. Tengo que revelarte una cosa".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 119ª noche

Aziz continuó de este modo su historia:
Me detuvo y me dijo: "Aguarda un momento. Tengo que revelarte una cosa". Entonces, un poco sorprendido, me senté de nuevo a su lado; y ella desdobló un pañuelo, sacó de él esta tela cuadrada en que está bordada esa primera gacela que ves delante de ti, ¡oh mi joven señor! y me la entregó, diciéndome: "Guarda esto con el mayor cuidado. Lo ha bordado una joven, muy amiga mía, y que es princesa de las Islas del Alcanfor y del Cristal. Este bordado ha de ser para ti de gran importancia. ¡Y te recordará siempre a la que te ha hecho este obsequio!" Y en el límite del asombro, le di expresivamente las gracias y me despedí de ella; pero estupefacto con lo que me sucedía, olvidé recitarle la estrofa que me había enseñado Aziza.
Al llegar a casa, encontré a mi pobre prima tendida en el lecho, como que estaba enferma, pero al verme hizo un esfuerzo para levantarse, y con los ojos arrasados en lágrimas, se arrastró hasta mí, me besó en el pecho, y me apretó largo rato contra su corazón. Y me dijo: "¿Le has recitado la estrofa?"
Y yo, muy confuso, hube de contestarle: "La he olvidado por causa de esta gacela que ves aquí bordada". Y desdoblé la tela. Entonces Aziza no pudo contenerse más, y rompió en sollozos, recitando entre lágrimas estos versos:
¡Ah mi pobre corazón! ¡Te han enseñado que el cansancio acompaña a la pasión, y que la ruptura es el término de toda amistad!
Y añadió: "¡Oh mi adorado Aziz! el mayor favor que te pido es que no olvides recitarle esta estrofa". Y yo dije: "Repítemela, porque casi la he olvidado". Y la repitió, y yo la recordé muy bien entonces. Y llegada la noche, me dijo: "¡He aquí la hora! ¡Guíete Alah con su ayuda!"
Al llegar al jardín entré en la sala, y encontré a mi amante que me estaba esperando. Y en seguida me cogió, me besó, me hizo tenderme en su regazo, y después de haber comido y bebido muy bien, nos poseímos plenamente. Y es inútil detallar nuestros transportes, que duraron hasta por la mañana.
Entonces no olvidé recitarle la estrofa de Aziza:
¡Oh vosotros los enamorados! Decidme, ¡por Alah! ¿Si el amor habitara siempre en el corazón de su víctima, dónde estaría su redención...?
No podría expresarte, ¡oh mi señor! la emoción que estos versos causaron a mi amiga; tan grande fué, que su corazón, que ella decía ser tan duro, se derritió en su pecho, y lloró abundantemente, mientras improvisaba esta estrofa:
¡Honor a la rival de alma magnánima! ¡Sabe todos los secretos, y los guarda silenciosamente! ¡Sale perjudicada en el reparto, y se calla sin murmurar! ¡Conoce el admirable valor de la paciencia!
Entonces aprendí cuidadosamente esta estrofa para repetírsela a Aziza. Y cuando de vuelta a mi casa encontré a mi prima tendida sobre los colchones, y junto a ella a mi madre, me apresuré a sentarme a su lado. Y la pobre Aziza tenía en el rostro una gran palidez; y parecía desmayada. Levantó dolorosamente los ojos hacia mí, y no pudo hacer ningún movimiento.
Entonces mi madre, muy severamente, me dijo: "¿No te da vergüenza, ¡Oh Aziz!? ¿Está bien abandonar así a la prometida?" Y Aziza cogió entonces las manos de mi madre, y se las besó. Después hizo un gran esfuerzo, y acabó por preguntarme: "¡Oh hijo de mi tío! ¿Olvidaste mi encargo?" Y yo dije: "¡Tranquilízate, Aziza! Le he recitado la estrofa, y la ha conmovido hasta el límite de la emoción, de tal manera, que me ha recitado esta otra". Y le repetí los versos consabidos. Y Aziza, al oírlos, lloró en silencio, y murmuró estas palabras del poeta:
¡Quien no sabe guardar el secreto, ni practicar la paciencia, no tiene que hacer más que desear la muerte!
¡He pasado la vida entera en la renunciación! ¡Y moriré privada de las palabras del amigo! ¡Cuando muera, trasmitid mi saludo a la que fue la desgracia de mi vida!
Después añadió: "¡Oh hijo de mi tío! te ruego que cuando vuelvas a ver a tu enamorada, le repitas estas estrofas. Y séate la vida dulce y fácil, ¡oh mi amado Aziz!"
Al llegar la noche, volví al jardín, según costumbre, y encontré a mi amiga, que me estaba esperando en la sala; y nos sentamos uno al lado del otro, nos pusimos a comer y a beber, y nos solazamos de diversos modos. Después nos acostamos enseguida y permanecimos entrelazados hasta la mañana. Entonces, recordando la promesa, le recité a mi amiga las dos estrofas.
Y apenas las hubo oído, lanzó un gran grito, y retrocediendo asustada, exclamó: "¡Por Alah! ¡La persona que ha dicho esos versos, debe de haber muerto seguramente a estas horas!" Y añadió: "Deseo, por consideración a ti, que esa persona no sea pariente tuya, ni hermana, ni prima. Porque te repito que seguramente pertenece ya al mundo de los muertos".
Y yo exclamé: "¡Es mi prometida, la propia hija de mi tío!" Y ella repuso: "¿Por qué mientes de este modo? ¡Eso no puede ser verdad! ¡Si fuese tu prometida, la querrías como es debido!" Yo repetí: "¡Es mi prometida, la propia hija de mi tío!"
Y ella contestó: "¿Y por qué me lo ocultaste? ¡Por Alah! ¡Nunca le habría arrebatado su novio, si me hubiera enterado de estos lazos! ¡Qué desgracia tan grande! Pero dime: ¿ha sabido nuestros encuentros de amor?" Y contesté: "¡Los ha sabido! ¡Y ha sido ella quien me explicaba las señas que me hacías! ¡Y a no ser por ella, nunca habría podido llegar hasta ti! ¡Y gracias a sus buenos consejos y a su buena dirección, he podido lograr lo que tanto deseaba!"
Entonces exclamó: "Pues bien; ¡tú eres la causa de su muerte! ¡Plegue a Alah que no maltrate tu juventud, como tú has maltratado la de tu pobre prometida! ¡Ve pronto a ver lo que ha pasado!"
Entonces me apresuré a salir, muy alarmado con aquella mala nueva. Y al llegar a la esquina de la calleja donde está nuestra casa, oí unos gritos muy amargos de mujeres que se lamentaban. Y al preguntar a las que entraban y salían, una de ellas me dijo: "¡Han encontrado muerta a Aziza detrás de la puerta de su cuarto!"
Me precipité dentro de casa, y la primera persona que encontré fué mi madre, que exclamó: "¡Eres el causante de su muerte ante Alah! ¡El peso de su sangre pesará sobre tu cuello! ¡Ah hijo mío! ¡Qué prometido tan fatal has sido para la pobre Aziza!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 120ª noche

Ella dijo:
"¡Ah hijo mío! ¡Qué prometido tan fatal has sido para la pobre Aziza!" Y cuando iba a seguir agobiándome con sus reconvenciones, entró mi padre; y se calló delante de él.
Mi padre empezó entonces a hacer los preparativos para los funerales. Y cuando todos los amigos y los parientes estuvieron reunidos, celebramos los funerales e hicimos las ceremonias acostumbradas en los grandes entierros. Y permanecimos tres días en unas tiendas de campaña que se levantaron junto a la tumba para recitar allí el Libro Sublime.
Entonces volví a la casa, junto a mi madre, y sentía mi corazón lleno de piedad hacia la infortunada muerta. Y mi madre se me acercó, y me dijo: "¡Hijo mío! confíame qué cosas has hecho contra la pobre Aziza para hacerle estallar el corazón. Porque ¡Oh hijo mío! por más que le pregunté la causa de su enfermedad, nunca quiso revelarme nada. Y sobre todo, jamás pronunció una queja contra ti, pues hasta el último momento no hizo más que bendecirte. Conque ¡por Alah sobre ti! cuéntame lo que le hiciste a esa desventurada para hacerla morir de ese modo".
Y yo contesté; "¡No le he hecho nada absolutamente!"
Pero mi madre insistió: "Cuando Aziza estaba a punto de expirar, abrió un instante los ojos, y me dijo: "¡Oh mujer de mi tío! ¡Yo suplico al Señor que a nadie pida cuentas del precio de mi sangre, y perdone a los que han torturado mi corazón! ¡He aquí que dejo un mundo perecedero por otro inmortal!"
Y le dije: "¡Oh hija mía! no hables de la muerte. ¡Que Alah te restablezca pronto!" Pero ella sonriendo tristemente, me dijo: “¡0h mujer de mi tío! te ruego que transmitas a tu hijo Aziz mi último encargo, suplicándole que no lo olvide. Cuando vaya donde tiene costumbre de ir, que diga: "¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!"
Y añadió: "¡De esta manera le quedaré agradecida, y velaré por él después de muerta, como velé por él en vida!" Y levantó la almohada, y sacó de debajo de ella un objeto para ti, pero me hizo jurar que no te lo entregaría hasta que te viese llorar su muerte. Guardo, pues, ese objeto, y no te lo daré hasta que te vea cumplir la condición impuesta". Y dije a mi madre: "Bien podías enseñarme ese objeto". Pero mi madre se negó resueltamente, y se retiró.
Bien puedes adivinar, ¡Oh mi señor! cuánto me dominarían los placeres y cuán poco sentado tenía el juicio, cuando no quería oír la voz de mi corazón. En vez de llorar a la pobre Aziza, y llevarle luto en el alma, sólo pensaba en distraerme y divertirme. Y nada era más delicioso para mí que visitar la casa de mi amante. Así es que apenas llegó la noche, me apresuré a dirigirme a su casa; y la encontré tan impaciente como si hubiese estado sentada sobre unas parrillas.
Y apenas había entrado, corrió hacia mí, se me colgó del cuello y me pidió noticias de mi prima; y cuando le hube contado los detalles de su muerte y de los funerales, se sintió llena de compasión, y me dijo: "¿Por qué no habré sabido antes de su muerte los muchos favores que te había hecho y su abnegación admirable? ¡Cómo le habría dado las gracias y cómo la habría recompensado!"
Y yo añadí:
"Y ha recomendado a mi madre que me dijese, para que yo te las repitiese a ti, sus últimas palabras: ¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!
Cuando mi amante oyó estas palabras, exclamó: "¡Que Alah la tenga en su misericordia! ¡He aquí que te protege hasta después de muerta! ¡Pues con esas palabras te salva de lo que había maquinado contra ti, y de la emboscada en que había resuelto perderte!"
Entonces llegué al límite del asombro, y dije: "¿Qué palabras son ésas? ¿Cómo uniéndonos el cariño maquinabas mi perdición? ¿En qué emboscada pensabas hacerme caer?"
Ella contestó: "¡Oh niño ingenuo! Veo que no conoces las perfidias de que somos capaces las mujeres. Pero no he de insistir. Sabe únicamente que debes a tu prima el haberte librado de mis manos. Desisto de mis planes contra ti, pero con la condición de que no hablarás ni mirarás a otra mujer, sea joven o vieja. De lo contrario, ¡desgraciado de ti! porque ya no habrá quien pueda librarte de mis manos, pues la que te podía ayudar con sus consejos ha muerto. ¡Guárdate, pues, de olvidar esa condición! Y ahora tengo que pedirte una cosa..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre interrumpió su relato.

Pero cuando llegó la 121ª noche

Ella dijo: "...Y ahora tengo que pedirte una cosa: que me lleves a la tumba de la pobre Aziza para escribir en la loza que la cubre algunas palabras". Y yo contesté: "¡Mañana será, si Alá quiere!" Después me acosté para pasar la noche con ella, pero a cada hora me dirigía preguntas acerca de Aziza, y exclamaba: "¡Ah! ¿Por qué no me advertiste que era la hija de tu tío?" Y yo a mi vez le dije: "Explícame el significado de estas palabras: ¡Qué dulce es la muerte y cuán preferible a la traición!" Pero no quiso decirme nada sobre esto.
Por la mañana se levantó a primera hora, cogió una gran bolsa llena de dinares, y dijo: "¡Levántate y llévame a su tumba! ¡Quiero construirle una cúpula!" Y yo dije: "¡Escucho y obedezco!" Y salimos, y ella me seguía, repartiendo dinero a los pobres por todo el camino. Y decía cada vez: "¡Esta limosna es por el descanso del alma de Aziza!" Y así llegamos a la tumba. Se echó sobre el mármol, derramó abundantes lágrimas, y después sacó de una bolsa de seda un cincel de acero y un martillo de oro. Y grabó admirablemente en el mármol estos versos:
¡Una vez me detuve ante una tumba oculta en el follaje! ¡Siete anémonas lloraban sobre ella con la cabeza inclinada!
Y dije: "¿A quién pertenecerá esta tumba?" Y la voz de la tierra me contestó: "Inclina la frente con respeto! ¡En esta paz duerme una enamorada!"
Entonces exclamé: "¡Oh tú a quien ha matado el amor! ¡Oh tú, enamorada que duermes en el silencio! Que el Señor te haga olvidar los pesares, y te coloque en la cima más alta del Paraíso!"
¡Infelices enamorados, se os abandona hasta después de muertos, pues nadie viene a limpiar el polvo de vuestras tumbas!
Yo plantaré aquí rosas y flores, y para hacerlas florecer mejor las regaré con mis lágrimas.
En seguida se levantó, echó una mirada de despedida a la tumba y volvimos a emprender el camino a su palacio. Y se mostraba muy tierna. Y me dijo repetidas veces: "¡Por Alá!, no me abandones." Y yo me apresuré a contestar "¡Escucho y obedezco!". Seguí yendo a su casa todas las noches y ella me recibía con mucho entusiasmo y con mucha expansión. Y nada escatimaba para darme gusto. Yo seguí comiendo, bebiendo, besando y copulando; vistiendo cada día los trajes más hermosos unos que otros, y las camisas más finas unas que otras, hasta que me puse muy gordo y llegué al límite de la gordura. No sentía ni penas ni preocupaciones, y hasta se me olvidó completamente el recuerdo de la pobre hija de mi tío. En tal estado, verdaderamente delicioso, pasé todo un año.
Pero he aquí que un día, a principios del año nuevo, había ido al hammam y me había puesto el traje mejor entre los mejores trajes. Y al salir del hammam me había tomado un sorbete y había aspirado voluptuosamente los finos aromas que se desprendían de mi ropón impregnado de perfumes. Me sentía más contento que de costumbre, y todo lo veía blanco a mi alrededor. El sabor de la vida era para mí verdaderamente delicioso, y me sentía en tal estado de embriaguez, que me aligeraba de mi peso, haciéndome correr como un hombre ebrio de vino. Y en tal estado me acudió el deseo de ir a derramar el alma de mi alma en el seno de mi amiga.
Me dirigía, pues, hacia su casa, cuando al atravesar una calleja llamada el Callejón de la Flauta, vi avanzar hacia mí a una vieja que llevaba en la mano un farol para alumbrar el camino, y una carta en un rollo. Me detuve, y la anciana, después de haberme deseado la paz, me dijo..."
En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y no quiso abusar de las palabras permitidas.

Pero cuando llegó la 122ª noche

Ella dijo:
Y la anciana, después de haberme deseado la paz, me dijo: "Hijo mío, ¿sabes leer?" Y yo contesté: "Sí, mi buena tía". Ella me dijo: "Entonces te ruego que cojas esta carta y me leas su contenido". Y me alargó la carta. Yo la cogí, la abrí y leí el contenido. Decía que el firmante de ella estaba bien de salud, y mandaba recuerdos y un saludo a su hermana y a sus parientes. Al oírlo levantó la vieja los brazos al cielo, e hizo votos por mi prosperidad, pues le anunciaba tan buena nueva.
Y exclamó: "¡Plegue a Alah que te alivie de todas tus penas, como has tranquilizado tú las mías!" Después cogió la carta y siguió su camino.
Entonces sentí una necesidad apremiante, y me arrimé a una pared y satisfice mi necesidad.
Me levanté después, habiéndome sacudido bien, y me arreglé la ropa, dispuesto a proseguir mi camino. Pero entonces vi venir a la vieja, que me cogió la mano, se la llevó a los labios, y me dijo:
"Dispénsame, ¡oh mi señor! pero tengo que pedirte una merced, y si me la concedes será para mí el colmo de los beneficios, y seguramente te remunerará el Retribuidor. Te ruego que me acompañes cerca de aquí, para que leas esta carta a las mujeres de mi casa, pues seguramente no querrán fiarse de mí, sobre todo mi hija, que tiene mucho afecto al firmante de esta carta, un hermano suyo que nos dejó hace diez años, y cuya primera noticia es ésta, desde que le lloramos por muerto.
¡No me niegues este favor! No tendrás que tomarte ni siquiera el trabajo de entrar, pues podrás leer esta carta desde fuera. Ya sabes las palabras del Profeta ¡sean con él la plegaria y la paz! respecto a los que ayudan a sus semejantes: "Al que saca a un musulmán de una pena de entre las penas de este mundo, se lo tiene en cuenta Alah borrándole setenta y dos penas de las penas del otro mundo".
Accedí, pues, a su petición, y le dije: "¡Anda delante de mí, para alumbrar y enseñarme el camino!" Y la vieja me precedió, y a los pocos pasos llegamos a la puerta de un palacio magnífico.
Era una puerta monumental, chapada toda de bronce y de oro rojo labrado. Me detuve, y la vieja llamó en lengua persa. Enseguida, sin que tuviese tiempo de darme cuenta, por lo rápido que fué el movimiento, se entreabrió la puerta y vi a una joven regordeta que me sonreía. Llevaba los pies descalzos sobre el mármol recién lavado, se sujetaba con las manos, por miedo de mojarlos, los pliegues de su calzón, levantándolo hasta medio muslo. Y las mangas las llevaba también levantadas hasta más arriba de los sobacos, que se veían en la sombra de los brazos blancos. Y no sabía qué admirar más, si sus muslos como columnas de mármol o sus brazos de cristal.
Sus finos tobillos estaban ceñidos con cascabeles de oro y pedrería; sus flexibles muñecas ostentaban dos pares de pesados y magníficos brazaletes; llevaba en las orejas maravillosas arracadas de perlas, al cuello triple cadena de joyas insuperables, y a la cabeza un pañuelo, de finísimo tejido, constelado de diamantes. Y debía estar entregada a algún ejercicio muy agradable, porque la camisa se le salía del calzón, cuyos cordones estaban desatados.
Su hermosura, y sobre todo sus muslos admirables, me dieron enormemente qué pensar, y recordé estas palabras del poeta:
¡Virgen deseada, para que yo adivine tus tesoros ocultos, procura levantarte la ropa hasta el nacimiento de tus muslos! ¡Oh alegría de mis sentidos! ¡Después, tiéndeme la copa fértil del placer!
Cuando la joven me vió, quedó muy sorprendida, y con su ingenuo aspecto, sus ojos muy abiertos y su voz gentil, más deliciosa que todas las que había oído en mi vida, preguntó: "¡Oh madre mía! ¿Es éste el joven que nos va a leer la carta?" Y como la anciana contestase afirmativamente, la joven me alargó la carta que acababa de entregarle su madre. Pero cuando me inclinaba hacia ella para recibir la carta, me sentí violentamente empujado hacia adentro por un cabezazo en la espalda que me acababa de asestar la vieja. Me empujó hacia el interior del vestíbulo, mientras que ella, más veloz que el relámpago, se apresuraba a entrar detrás de mí, y cerró apresuradamente la puerta de la calle. Y así me vi preso entre aquellas dos mujeres, sin saber lo que querían hacer de mí. Pero no tardé en enterarme de todo. Efectivamente...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente hasta el otro día.


Pero cuando llegó la 123ª noche

Ella dijo:
Efectivamente, cuando estaba en medio del corredor, la joven me tiró al suelo muy diestramente, dándome una zancadilla, y en seguida se tendió a lo largo encima de mí, apretándome entre sus brazos hasta ahogarme. Y yo creí que me quería matar y que así me impedía que gritase.
¡Pero no había nada de eso!
La joven, después de varios movimientos, se sentó sobre mi vientre, y empezó a frotarme furiosamente con la mano. Y tanto friccionó, y tanto tiempo, y de manera tan extraordinaria, que perdí el sentido y cerré los ojos como un idiota. Entonces la joven se puso de pie, me ayudó a levantarme, me cogió de la mano, y seguida de su madre me hizo atravesar siete corredores y siete galerías, llevándome a su aposento. Y yo la seguía como un hombre borracho, a consecuencia del efecto que me habían producido sus dedos terriblemente expertos.
Entonces me mandó sentar, y me dijo: "¡Abre los ojos!" Y yo abrí los ojos, y me vi en una sala inmensa alumbrada por cuatro grandes arcadas con cristales, y tan amplia era, que habría podido servir de palenque para justas de jinetes. Estaba toda pavimentada de mármol, y las paredes aparecían cubiertas de chapas de colores muy vivos formando dibujos finísimos. Sus muebles eran de una forma muy agradable y realzados con brocado y terciopelo, lo mismo que los divanes y cojines. En el testero había una amplia alcoba, con una gran cama toda de oro, incrustada de perlas y pedrería, verdaderamente digna de un rey como tú, príncipe Diadema.
Entonces la joven me llamó por mi nombre, con gran asombro mío, y me dijo: "¡Oh Aziz! ¿Qué prefieres, la muerte o la vida?" Y dije: "¡La vida!" Y ella repuso: "Desde el momento que es así, debes tomarme por esposa".
Yo exclamé: "¡No, por Alah! ¡Antes que casarme con una libertina de tu índole prefiero la muerte!" Y ella dijo: "¡Oh Aziz, créeme! ¡Cásate conmigo, y así te desharás de la hija de Dalila la Taimada!" Y yo pregunté: "¿Pero quién es esa hija de Dalila la Taimada? No conozco a nadie que se llame así". Entonces ella se echó a reír, y me dijo: "¿No conoces a la hija de Dalila la Taimada, y hace un año y cuatro meses que es tu amante? ¡Pobre Aziz! ¡Teme las perfidias de esa miserable, a quien confunda Alah! ¡No hay en la tierra alma más corrompida que la suya! ¡No sabes cuántas víctimas han muerto por su propia mano! ¡Cuántos crímenes ha cometido contra sus numerosos amantes! ¡Estoy asombrada de que estés aún sano y salvo, conociéndola tanto tiempo!
Al oír estas palabras llegué al límite de la estupefacción, y dije: "¡Oh señora mía! ¿Podrías explicarme cómo has conocido a esa persona, y todos esos detalles que yo ignoro?"
Ella contestó: "¡La conozco como el Destino conoce sus decisiones y las calamidades que encierra! Pero antes de explicarme, deseo saber de tus labios el relato de tu aventura con ella. Porque te repito que aun estoy asombrada de que hayas salido vivo de entre sus manos".
Entonces le conté a la joven todo lo que me había ocurrido con mi enamorada del jardín y con la pobre Aziza, hija de mi tío; y ella, al oír el nombre de Aziza, se compadeció de mi prima, hasta llorar a lágrima viva, y me dijo: "¡Alah te conceda sus beneficios, ¡oh Aziz! ¡Veo claramente que debes tu salvación de entre las manos de esa mujer a la intervención de la pobre Aziza! Ahora que estás libre de ella, guárdate bien de las asechanzas de esa miserable. Pero no puedo revelarte nada más, pues el, secreto nos ata".
Y exclamé: "Pues todo eso es lo que me ha ocurrido con Aziza, y sabe que antes de morir me encargó que diga a mi amada, a la cual llamas la hija de Dalila, estas palabras: "¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!" Apenas acabé de pronunciar estas palabras, exclamó la joven: "¡Oh Aziz! he aquí lo que te ha salvado de una perdición segura. ¡No encontrarás otra mujer como Aziza! ¡Viva o muerta, sigue velando por ti!
Pero dejemos a los muertos, que están en la paz de Alah, y atendamos a lo presente. Sabe que el deseo de que fueras mío me ha obsesionado todas las noches y todos los días, y hasta hoy no he podido echarte mano. ¡Y ya ves que he logrado mi deseo! ¡Pero eres muy joven, y no conoces los recursos de que es capaz una vieja como mi madre! Resígnate, pues, a tu destino, y déjame obrar a mí.
No tendrás más que alabanzas para tu esposa, porque quiero unirme contigo por contrato legítimo ante Alah y su Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! Y todos tus deseos se verán extremadamente satisfechos entonces: riquezas, buenos tejidos para tu ropa, turbantes inmaculados, todo lo tendrás sin gastar nada; y no te permitiré abrir el bolsillo, porque en mi casa el pan siempre está fresco y la copa siempre está llena. En cambio, sólo te pediré una cosa, ¡oh Aziz!"
Y yo dije: "¿Qué cosa?" Y contestó: "¡Que hagas conmigo lo que hace el gallo!" Y yo, más asombrado, pregunté: "¿Pero qué hace el gallo?"
Al oír mi pregunta, soltó una sonora carcajada, tan fuerte, que se cayó de trasero; y se puso a trepidar de alegría, palmoteando. Después dijo: "¿Es posible que no conozcas el oficio del gallo?" Y yo contesté: "¡No, por Alah! ¡No conozco ese oficio! ¿Cuál es?" Y ella dijo: "¡El oficio del gallo, ¡oh Aziz! es comer, beber y copular!".
Entonces, verdaderamente confuso al oírla hablar así, dije: "¡Por Alah! no sabía que hubiese tal oficio".
Y ella contestó: "Es el mejor de todos los oficios. ¡Conque ánimo! ¡Oh Aziz! ¡Cíñete el cinturón, fortalécete los riñones, y ojalá lo hagas dura y secamente, mucho tiempo!"
Y gritó a su madre: "¡Oh madre! ven enseguida".
Y vi entrar a la madre con cuatro testigos, cada uno de ellos con un candelabro encendido. Avanzaron, y después de las zalemas acostumbradas, se sentaron en corro.
Entonces la joven se echó el velo por la cara, según se acostumbra, y se envolvió en el izar (Velo grande). Y los testigos redactaron el contrato.
Y ella quiso declarar generosamente que había recibido de mí una dote de diez mil dinares por todas las cuentas atrasadas o futuras, y se reconoció mi deudora, sobre su conciencia y ante Alah, de tal cantidad.
Luego dió la acostumbrada gratificación a los testigos, que haciendo zalemas, se fueron por donde habían venido.
Y la madre se eclipsó también.
Y nos quedamos los dos solos, en la gran sala de las cuatro arcadas de cristales.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 124ª noche

En efecto, una vez que hicimos primeramente eso, me dijo: "¡Obra como quieras! ¡Soy tu esclava sumisa! ¡Anda! ¡Ven! ¡Tómalo! ¡Por mi vida sobre ti! ¡Dámelo mejor, para que con mi mano lo haga penetrar en mí, y me calme las entrañas!" Y no cesó en sus suspiros ni en sus gemidos, entre besos, transportes, movimientos y copulaciones, hasta que nuestros gritos se extendieron por toda la casa y alborotaron toda la calle. Después de lo cual nos dormimos hasta por la mañana.
Entonces, cuando me disponía a marcharme, se acercó a mí maliciosamente, y me dijo: "¿Adónde vas?" ¿Crees que la puerta de salida está abierta como la puerta de entrada? ¡Desengáñate, Aziz! ¡Y sobre todo, no me confundas con la hija de Dalila la Taimada! ¡Apresúrate a alejar ese injurioso pensamiento! ¡Recuerda que estás unido legítimamente conmigo mediante un contrato, confirmado por la Sunna!
¡Ah mi querido Aziz! ¡Si estás borracho, despabílate y vuelve a tu razón! Sabe que la puerta de esta casa no se abre más que una vez al año, y sólo por un día. ¡Levántate si no, y ve a comprobar mis palabras!"
Entonces me levanté asustado, me dirigí hacia la puerta principal, y después de haberla examinado bien, me cercioré de que estaba barrada, clavada y condenada, sin lugar a dudas. Y volví hacia la joven, y le dije que efectivamente la cosa era exacta. Ella me sonrió entonces muy feliz, y me dijo: "¡Oh mi querido Aziz! sabe que aquí tenemos en abundancia harina, grano, frutas frescas y secas, granadas desecadas, manteca, azúcar, dulces, carneros, pollos y otras cosas semejantes, en cantidad suficiente para un buen número de años. Estoy tan segura de que permanecerás aquí durante un año, como de que no ha de faltarnos nada de eso. ¡Resígnate, pues, y deja ese aspecto tan triste y esa cara tan ceñuda!"
Entonces suspiré: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah!" Y ella dijo: "¿Pero de qué te quejas, ¡oh grandísimo tonto!? ¿A qué viene el suspirar de esa manera cuando me has dado unas pruebas tan brillantes de tu suficiencia para el oficio de gallo de que hablamos ayer?" Y se echó a reír. Y yo también me eché a reír. Y entonces tuve que obedecerla y amoldarme a sus deseos.
Permanecí, pues, en aquella morada ejerciendo mi oficio de gallo; comiendo, bebiendo y haciendo el amor dura y secamente, durante un año entero de doce meses. Así es que al cabo del año la joven estaba bien fecundada, y parió un niño. Y entonces, por primera vez, oí el rumor de la puerta, cuyos goznes chirriaban. Y mi alma exhaló un hondo "¡Ya Alah!" de redención.
Abierta la puerta, vi entrar un gran número de proveedores que venían cargados de alimentos para todo el año: un cargamento de pasteles, harina, azúcar, y otras provisiones por el estilo. Y de un salto quise ganar la calle y la libertad. Pero ella me sujetó por el faldón, y me dijo: "¡Oh ingrato Aziz! aguarda siquiera a que se haga de noche, y que sea la misma hora en que entraste aquí hace un año". Y me resigné a aguardar un poco más. Pero apenas anocheció, me dirigí hacia la puerta, y la joven me acompañó hasta el umbral, no dejándome salir hasta que le hube jurado que volvería antes de que se cerrase la puerta por la mañana. Y no tenía más remedio que cumplirlo, pues le juré por la Espada del Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! y por el Libro Noble, y por el Divorcio.
Salí por fin, y me dirigí apresuradamente a casa de mis padres, pero pasando por el jardín de mi amiga, aquella a la que mi esposa llamaba la hija de Dalila la Taimada. Y con gran sorpresa, vi que el jardín estaba abierto como de costumbre, con la linterna encendida en el fondo de los bosquecillos.
Entonces me entristecí profundamente, y lleno de furor dije para mí...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 125ª noche

Ella dijo:
Entonces me entristecí profundamente, y lleno de furor dije para mí: "Hace un año que me ausenté de estos lugares, ahora llego de improviso, y lo encuentro todo como en tiempos pasados. ¡Pues bien, Aziz! antes de ver a tu madre, que debe llorarte por muerto, conviene que sepas lo que ha sido de tu antigua enamorada. ¡Quién sabe lo que habrá ocurrido en tanto tiempo!" Y avancé apresuradamente hacia la sala de la cúpula de ébano y de marfil, y al penetrar en ella encontré a mi amiga sentada, con la cabeza baja y acodada sobre las rodillas. ¡Pero cuán desmejorada me pareció! ¡Sus ojos hallábanse bañados de lágrimas, y su rostro no podía estar más triste! Y al verme delante de ella, se sobresaltó mucho, intentó enseguida levantarse, pero la emoción la hizo caer de nuevo.
Al fin pudo hablar, y exclamó muy dichosa "Loor a Alah por tu llegada, ¡oh Aziz!”
Y yo me quedé extremadamente confuso, y bajé la cabeza ante aquella alegría inconsciente de mis infidelidades, pero no tardé en avanzar hacia mi amiga, y después de besarla, le dije: "¿Cómo has podido adivinar que vendría esta noche?" Y ella dijo: "¡Por Alah! Ignoraba tu venida. Pero hace un año que te aguardo aquí todas las noches, y lloro en esta soledad y me consumo. ¡Mira cuán desmejorada estoy por las vigilias y el insomnio! ¡Aquí te he estado aguardando desde el día que te di el ropón de seda nueva y te hice prometer que volverías! ¡Pero dime, por favor, la causa que te ha retenido tanto tiempo lejos de mí!"
Entonces, ¡oh príncipe Diadema! le conté candorosamente toda mi aventura, y mi matrimonio con la joven de hermosos muslos. Después añadí: "Y he de advertirte que no puedo pasar contigo más que esta noche, pues antes de que amanezca he de estar en casa de mi esposa, que me lo ha hecho jurar por tres cosas santas".
La joven, apenas se enteró de que me había casado, palideció intensamente y se quedó muda de indignación. Y por fin dijo: "¡Eres un miserable! ¡Soy la primera a quien conociste, y no me dedicas aunque sea toda una noche, ni tampoco se la concedes a tu madre! ¿Crees que tengo tanta paciencia como la pobre Aziza, que Alah conserve en su misericordia? ¿Crees que voy a dejarme morir de pena por tus infidelidades? ¡Ah pérfido Aziz! Ahora nadie te librará de mis manos. ¡No tengo ninguna razón para perdonarte, pues ya no me sirves para nada, porque los hombres casados me horrorizan, y sólo me deleitan los solteros! ¡Y ya que no eres mío, no quiero que pertenezcas a nadie! ¡Aguarda, pues, un poco!"
Y dichas estas palabras con un acento terrible y estallándole los ojos, me acometió el temor de lo que iba a sobrevenir. Y súbitamente, sin darme tiempo para nada, se precipitaron sobre mí diez esclavas jóvenes, más robustas que negros, y me echaron en tierra y me inmovilizaron. Entonces ella se levantó, cogió un espantoso machete, y dijo: "¡Vamos a degollarte como se degüella a los machos cabríos cuando son demasiado rijosos! ¡Y al vengarme, vengaré también a la pobre Aziza, cuyo hígado hiciste estallar de pena!
"¡Vas a morir, miserable traidor! ¡Di tu acto de fe!" Y al pronunciar estas palabras apoyaba la rodilla en mi frente, mientras que sus esclavas no me permitían ni respirar siquiera. Así es que no dudé de mi muerte, sobre todo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 126ª noche

Ella dijo:
Así es que no dudé de mi muerte, sobre todo cuando vi lo que hacían las esclavas. Dos de ellas se sentaron sobre mi vientre, otras dos me sujetaron los pies, y otras dos se me sentaron en las rodillas. Enseguida se levantó la joven, y auxiliada por otras dos esclavas, empezó a darme palos en la planta de los pies, hasta que caí desmayado de dolor. Entonces cesarían de golpearme. Después volví de mi desmayo, y dije: "¡Prefiero la muerte mil veces a estos tormentos!"
Y ella, dispuesta a complacerme, cogió otra vez el espantable machete, lo afiló en su babucha, y ordenó a las esclavas: "¡Tendedle la piel del cuello!"
En este mismo instante, Alah me hizo recordar las últimas palabras de la pobre Aziza. Y exclamé:
"¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!"
Al oír estas palabras, dió un gran grito de espanto, y clamó después: "¡Tenga Alah piedad de tu alma! ¡Oh Aziza! ¡Acabas de salvar de una muerte segura al hijo de tu tío!"
Enseguida me miró fijamente, y dijo: "En cuanto a ti, aunque debas tu salvación a esas palabras de Aziza, no te creas completamente libre, pues necesito vengarme de ti y de esa bribona desvergonzada que te ha retenido lejos de mi compañía. ¡Y he aquí que voy a emplear el único medio, el verdadero medio!" Y dirigiéndose a sus esclavas, exclamó: "¡Apretad bien, e impedidle que se mueva; amarradle los pies!" Y esto fué ejecutado enseguida.
Entonces se levantó la joven, y puso a la lumbre una sartén de cobre rojo, y echó en ella aceite y queso blando. Aguardó a que el queso se derritiera en el aceite, y luego volvió hacia mí, que seguía tendido en tierra, sujeto por las esclavas. Se inclinó y me desató el calzón, y a este contacto sentí grandes oleadas de terror y vergüenza. Adivinaba lo que iba a ocurrir. Y la joven, habiéndome dejado el vientre desnudo, me cogió los compañones, me los ató por la misma raíz con una cuerda encerada, y dió a las esclavas los dos extremos de la cuerda, ordenándoles que tirasen todo lo que pudiesen. Y ella, mientras tanto, con una navaja muy afilada, segó fieramente mi zib, de un solo golpe, causando mi infortunio. Figúrate, ¡oh príncipe Diadema! si el dolor y la desesperación no me harían desmayarme.
Todo lo que sé después de eso, es que cuando volví de mi desmayo me hallé con el vientre tan liso como el de una mujer. Y las esclavas aplicaban a mi herida el aceite hervido con el queso blando, lo cual no tardó en restañarme la sangre. Hecho esto, se me acercó la joven, me dió un vaso de jarabe para apagar mi sed, y me dijo despreciativamente:
"¡Vuelve al sitio de donde viniste! ¡Mi deseo está saciado! ¡Ya no eres nada para mí, ni puedes servir a nadie, pues me he apoderado de la única cosa que necesitaba!" Y me rechazó con el pie, y me echó de casa, diciéndome como despedida: "¡Tente por dichoso cuando aún sientes la cabeza sobre los hombros!"
Entonces me arrastré dolorosamente hasta la morada de mi joven esposa, y llegado a la puerta, que encontré abierta todavía, entré silenciosamente y fui a caer consternado sobre los almohadones del salón. Enseguida acudió mi esposa, que al verme tan pálido me examinó atentamente, haciendo que le contase mi desventura y que le mostrase mi individualidad mutilada. Pero no pude soportar el verme así, y volví a caer desvanecido.
Al volver de mi desmayo, me vi tendido en la calle, al pie de la puerta, pues mi esposa, al encontrarme como una mujer, me había expulsado de su morada.
Y en aquel miserable estado me encaminé a mi casa, y fui a echarme en brazos de mi madre, que me lloraba desde hacía muchísimo tiempo, creyéndome perdido por algún extremo de la tierra. Me recibió sollozando, y al verme en aquella extrema palidez y debilidad...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 127ª noche

Ella dijo:
Y al verme en aquella extrema palidez y debilidad, lloró más todavía. Entonces me asaltó el recuerdo de mi pobre y dulce Aziza, muerta de pena por mi culpa, y la eché de menos por primera vez, vertiendo por ella lágrimas de desesperación y arrepentimiento. Y cuando me hube calmado un momento, me dijo mi madre con los ojos llenos de llanto: "¡Oh, pobre hijo mío! las desdichas habitan nuestra casa, porque has de saber lo peor que podías saber: ¡tu padre ha muerto!" Al oírlo, se me atravesaron los sollozos en la garganta, quedé inmóvil, y caí después al suelo, y así estuve durante toda la noche.
Por la mañana me obligó a levantarme mi madre, y se sentó a mi lado. Pero yo estaba como clavado en mi sitio, mirando el rincón donde acostumbraba sentarse mi pobre Aziza, y las lágrimas me corrían silenciosas por las mejillas. Y mi madre me dijo: "¡Ah hijo mío! ya hace diez días que estoy sola en esta casa vacía y sin dueño; diez días hace que tu padre murió en la misericordia de Alah".
Y yo dije: "¡Oh madre! en estos momentos estoy dominado completamente por el recuerdo de mi pobre Aziza, y no podría consagrar mi dolor a otra memoria que la suya. ¡Pobre Aziza! ¡Tan abandonada por mí, tú que me querías de veras! ¡Perdona a este miserable que te atormentó, y que está excesivamente castigado por sus culpas y traiciones!"
Ahora bien; mi madre notaba lo profundo y verdadero de mi dolor, pero seguía callando. Por lo pronto, se apresuró a curarme las heridas y a traerme con qué recuperar las fuerzas. Después de estos cuidados, siguió prodigándome sus ternuras y velaba a mi lado, diciéndome: "¡Bendito sea Alah, ¡oh hijo mío! porque no te han sobrevenido peores calamidades, y has salvado la vida!" Y así hasta que estuve completamente restablecido, aunque seguía enfermo del alma y atormentado por los recuerdos.
Un día, después de comer, mi madre vino a sentarse a mi lado, y me dijo: "¡Oh hijo mío! creo que ha llegado la ocasión de entregarte el recuerdo que me confió la pobre Aziza antes de morir, pues me encargó que no te lo diese hasta que te condolieses por ella y hubieras abandonado definitivamente los malos lazos que te sujetaban". En seguida abrió un cofrecillo y sacó de un paquete esa tela preciosa en que está bordada la segunda gacela que tienes delante de los ojos, ¡oh príncipe Diadema! Y mira los versos que se entrelazan en las orillas:
¡Llenaste mi corazón de tu deseo para sentarte encima y triturarlo; acostumbraste mis ojos a velar, y en cambio tú dormías!
¡Ante mi vista y ante los latidos de mi corazón, tuviste sueños extraños a mi amor, cuando mi corazón y mis ojos se derretían de deseo por ti!
¡Por Alah! hermanas mías, cuando me haya muerto, escribid en el mármol de mi tumba:
"¡Oh tú que marchas por el camino de Alah! ¡He aquí la tierra en que descansa por fin una esclava de amor!"
Al leer estas estrofas, lloré abundantes lágrimas, y me golpeé las mejillas. Y al desenrollar la tela, cayó un papel, en el cual aparecían estas líneas, escritas por la propia mano de Aziza. ..
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 128ª noche

Ella dijo:
Y al desenrollar la tela, cayó un papel, en el cual aparecían estas líneas, escritas por la propia mano de Aziza:
"¡Oh mi primo muy amado!, sabe que fuiste para mí más querido y más preciado que mi propia sangre y mi vida. Así es que después de mi muerte seguiré suplicando a Alah que te haga feliz y puedas vencer a todas las que elijas. ¡Conozco las muchas desgracias que ha de acarrearte la hija de Dalila la Taimada! Sírvanle de lección, ¡y ojalá puedas alejar para siempre el amor nefasto de las mujeres infames! ¡Ojalá aprendas a librarte de ellas! ¡Bendito sea Alah, que se me lleva antes que a ti, para no obligarme al dolor de presenciar todos tus sufrimientos!
"Te ruego, por Alah, que conserves como recuerdo de mi despedida esa tela en que aparece bordada una gacela. Me ha acompañado durante tus ausencias. Me la envió la hija de un rey, la princesa de las Islas del Alcanfor y el Cristal, llamada Sett-Donia.
"Cuando te veas agobiado por las desgracias, acude en busca de la princesa Donia, en el reino de su padre, en las Islas del Alcanfor y el Cristal. Pero sabe, ¡oh Aziz! que no están destinados a ti la hermosura ni los encantos incomparables de esa princesa. No vayas a inflamarte de amor por ella, porque no ha de ser para ti más que la causa que te saque de tus aflicciones y ponga fin a las tribulaciones de tu alm


"¡Uassalam! ¡Oh Aziz!"


Al leer esta carta de Aziza, ¡oh príncipe Diadema! me conmovió más hondamente la ternura, y lloré todas las lágrimas de mis ojos. Mi madre lloró conmigo, y aquello duró hasta que cayó la noche. Permanecí un año entero sumido en esta tristeza, sin encontrar alivio.
Entonces pensé en la partida, dispuesto a buscar a la princesa Donia en las Islas del Alcanfor y el Cristal. Y mi madre me alentó mucho, diciéndome: "Ese viaje te distraerá, y hará que se alivien tus pesares. Y he aquí que va a salir de nuestra ciudad una caravana de mercaderes que se está preparando para la marcha. Únete, pues, a ella, compra mercaderías, y vete. Pasados tres años, podrás regresar con esta misma caravana. ¡Y habrás olvidado toda la amargura que pesa sobre tu corazón! Y entonces, al ver desahogado tu corazón, me consideraré feliz".
Hice, pues, lo que me había indicado mi madre, y después de comprar excelentes mercancías, me uní a la caravana, y viajé con ella por todas partes, pero sin tener ánimos para exhibir mis géneros. ¡Al contrario! Todos los días me sentaba aparte, y cogía la tela, recuerdo de Aziza, la extendía delante de mí, y la miraba durante mucho tiempo, llorando. Y así siguieron las cosas, hasta que después de un año llegamos a las fronteras en que reinaba el padre de la princesa Donia. Eran las Siete Islas del Alcanfor y el Cristal.
Ahora bien, el rey de ese país, ¡oh príncipe Diadema! se llama el rey Schahramán.
Y es, efectivamente, el padre de la princesa Donia, que sabe bordar con tanto arte esas gacelas que envía a sus amigas.
Pero al llegar a este reino, pensé: "¡Oh Aziz! ¿De qué pueden servirte, ¡oh pobre lisiado! todas las princesas y todas las jóvenes del mundo? ¿De qué han de servirte cuando te han dejado el vientre tan liso como el de una mujer?"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 129ª noche

Ella dijo:
"... ¿de qué pueden servirte, ¡oh pobre lisiado! todas las princesas y todas las jóvenes del mundo? ¿De qué han de servirte cuando te han dejado el vientre tan liso como el de una mujer?"
Pero recordando las palabras de Aziza, me decidí a emprender las investigaciones necesarias, y a recoger los datos que me pudieran servir para ver a la princesa. Todos mis trabajos resultaron baldíos; nadie me supo indicar el medio que yo buscaba, y ya empezaba a sentirme completamente desesperado, cuando un día, paseándome por los jardines que rodean la ciudad, queriendo olvidar mis pesares con el espectáculo de aquel delicioso verdor, llegué a la puerta de un espléndido jardín de árboles magníficos, con cuya sola contemplación hallaba descanso el alma dolorida. Y en la tarima de entrada estaba sentado el guarda del jardín, un venerable jeique de simpático aspecto, en cuyo rostro se adivinaba la bendición. Entonces me adelanté hacia él, y después de las zalemas acostumbradas, le dije: "¡Oh jeique! ¿De quién es este jardín?"
Y él contestó: "De Sett-Donia, la hija del rey. Puedes, ¡oh hermoso joven! entrar y pasearte un momento, y respirar el perfume de las flores y las plantas". Y yo dije: "¡Cuánto te lo agradezco! Pero ¿no podrías permitirme, ¡oh venerable jeique! que aguardase, oculto detrás de un macizo de flores, la llegada de la princesa, y así alegraría mi vista con una sola mirada que le dirigiesen mis párpados?"
El dijo: "¡Por Alah! ¡Eso no!" Entonces lancé un gran suspiro. Y el jeique me miró con ternura, me cogió de la mano, y entró conmigo en el jardín.
Así anduvimos juntos hasta un sitio encantador al que daban sombra unos hermosos árboles. Cogió frutas de las más maduras y de las más deliciosas, y me las ofreció de este modo: "¡Refréscate! Y te advierto que sólo la princesa Donia conoce su sabor" Después dijo: "¡Siéntate, que ahora vuelvo!" Y me dejó un instante para volver cargado con un cordero asado, y me convidó a comerlo con él, y cortaba para mí los pedazos más sabrosos, y me los ofrecía con la mejor voluntad. Y yo estaba confundido con tantas bondades, y no sabía cómo darle las gracias.
Ahora bien; mientras estábamos comiendo y charlando amistosamente, oímos que se abría la puerta del jardín. Y el jeique se apresuró a decirme, muy alarmado: "¡Levántate enseguida y escóndete en ese macizo! ¡Y sobre todo, no te muevas!" Y yo me apresuré a obedecerle. Apenas estaba en mi escondrijo, vi que asomaba por la puerta la cabeza de un eunuco negro. Y preguntó en alta voz: "¡Oh jeique! ¿Hay alguien por ahí? ¡Porque llega la princesa Donia!" El jeique contestó: "¡Oh mi buen eunuco! ¡No hay nadie en el jardín!" Y se apresuró a abrir las dos hojas de la puerta.
Entonces vi llegar a la princesa Donia, y creí que era la misma luna que bajaba a la tierra. Tal era su hermosura, que me quedé clavado en el sitio, aturdido, sin movimiento, muerto. La seguía con la mirada, sin poder respirar, a pesar del afán que sentía por hablarle. Y permanecí inmóvil durante todo el paseo de la princesa, lo mismo que el sediento del desierto que cae sin fuerzas a orillas del lago y no puede arrastrarse hasta la onda líquida.
Comprendí entonces, ¡oh mi señor! que ni la princesa Donia ni ninguna otra mujer correrían peligro junto a mí.
Aguardé, pues, que se alejase la princesa, me despedí del jeique, y marché en busca de los mercaderes de la caravana, diciendo para mí: "¡Oh Aziz! ¿Qué han hecho de ti, Aziz? ¡Un vientre liso que ya no puede domar a las enamoradas! ¡Vuelve junto a tu pobre madre, y allí podrás morir en paz, en la casa vacía y sin dueño! ¡Porque la vida ya no tiene ningún objeto para ti!" Y a pesar de los trabajos que había pasado para llegar a aquel reino, fue tal mi desesperación que no quise poner en práctica las palabras de Aziza, aunque me había asegurado formalmente que la princesa Donia sería la causa de mi felicidad.
Salí, pues, con la caravana, encaminándome a mi tierra. Y así he llegado a este país, que está bajo el poder de tu padre, ¡oh príncipe Diadema!
¡Y tal es mi historia!"

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