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18 P1 Historia de Grano-de-Belleza - primera de tres partes

Hace parte de

18 Historia de Grano-de-Belleza





Historia de Grano-de-Belleza - Segunda de tres partes - Descargar MP3

Pero cuando llegó la 249ª noche

Historia de Grano-de-Belleza

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en El Cairo un venerable jeique, que era el síndico de los mercaderes de la ciudad. Todo el zoco le respetaba por su honradez, por su lenguaje mesurado, por su riqueza y por el número de sus esclavos y servidores. Se llamaba Schamseddin.
Un viernes, antes de la plegaria, fué al hammam, y entró después en la barbería, donde, según las prescripciones sagradas, mandó que le cortaran los bigotes precisamente al ras del labio superior y que le afeitaran con esmero la cabeza. Tras de lo cual cogió el espejo que le brindaba el barbero y se miró, no sin haber recitado el acto de fe, para preservarse de una complacencia demasiado señalada por sus facciones. Y comprobó con tristeza infinita que los pelos blancos de su barba eran mucho más numerosos que los negros, y que se necesitaba fijar mucho la atención para distinguir los negros diseminados entre los mechones blancos. Y pensó: “Las barbas canosas son un indicio de la vejez, y la vejez es una advertencia de la muerte. ¡Pobre Schamseddin! ¡Hete ya próximo a las puertas de la tumba, y todavía no tienes sucesión! ¡Te extinguirás como si nunca hubieras existido!" Después, completamente preocupado con tan desoladores pensamientos, se dirigió a la mezquita para orar, y desde allí regresó a su casa en donde su esposa que sabía las horas acostumbradas de su llegada, se había preparado a recibirle, bañándose y perfumándose y cepillándose con mucho cuidado. Y le recibió con cara sonriente, y le dió la buena acogida, diciéndole: " ¡Que sea una noche feliz para ti!"
Pero el síndico, sin devolver el saludo a su esposa, le dijo en tono agrio: "¿De qué felicidad me hablas? ¿Puede haber felicidad para mí?" Su esposa, asombrada, le dijo: "¡El nombre de Alah sobre ti y a tu alrededor! ¿Por qué esas suposiciones nefastas? ¿Qué te falta para ser feliz? ¿Y cuál es la causa de tu pesar?" El contestó: "¡Tú sola eres tal causa! ¡Escúchame, oh mujer! ¡Piensa en la pena y amargura que experimento siempre que voy al zoco! Veo en las tiendas a los mercaderes sentados y teniendo al lado sus hijos, que crecen ante su vista, sean dos, sean cuatro. Y están aquéllos orgullosos de su posteridad. ¡Y yo sólo me veo privado de esa dicha! ¡Y a veces deseo la muerte, para librarme de esta vida desconsolada! ¡Y ruego a Alah, que llamó a mis padres a su seno, que escriba también un fin que ponga término a mis tormentos!"
A estas palabras, contestó la esposa del síndico: "No te preocupen tan aflictivos pensamientos, y ven a honrar el mantel que he puesto para ti".
Pero el mercader gritó: "¡Jamás! ¡No quiero comer ni beber, y sobre todo, no quiero aceptar desde ahora nada de tus manos! ¡Tú sola eres la causante de nuestra esterilidad! ¡Ya han pasado cuarenta años desde que nos casamos, y sin ningún provecho! ¡Y siempre me has impedido tomar otras esposas, y como eres una mujer interesada te aprovechaste de la flaqueza de mi carne en la primera noche de nuestras bodas, para hacerme jurar que no traería otra mujer a esta casa en tu presencia, y que ni siquiera me acostaría más que contigo!
Y yo te lo prometí candorosamente. Y lo peor es que he cumplido mi promesa, y que tú, al ver que eres estéril, no has tenido la generosidad de relevarme de mi juramento.
Pero ¡por Alah! Ahora te juro que prefiero cortarme el zib a dártelo en adelante; ni siquiera he de acariciarte con él pues ya veo que es tiempo perdido trabajar contigo. ¡Lo mismo sacaré hundiendo mi herramienta en el agujero de una peña que tratando de fecundar una tierra tan seca como la tuya! ¡Por Alah! ¡Han sido copulaciones perdidas todas las que tan generosamente he desperdiciado en tu abismo sin fondo!
Cuando la mujer del síndico oyó tan agresivas palabras, vió la luz convertirse ante sus ojos en tinieblas, Y con el acento más agrio que le pudo dar la ira, gritó a su esposo el síndico: "¡Ah viejo helado! ¡Perfúmate la boca para hablar conmigo! ¡El nombre de Alah sobre mí y a mí alrededor! ¡Guárdeme de toda fealdad y falsa imputación! ¿Crees que de los dos soy yo la culpable? ¡Desengáñate, infeliz viejo! ¡Échate la culpa a ti y a tus fríos compañones! ¡Por Alah! ¡Tus compañones están fríos y segregan un líquido demasiado claro y sin vigor! ¡Ve a comprar algo con que espesar y calentar su jugo! ¡Y entonces verás si mi fruta está llena de buena semilla o es estéril!"
Estas palabras de su esposa irritada quebrantaron bastante las convicciones del síndico, y con acento vacilante preguntó: "Y si es cierto, como tú afirmas, que mis compañones estén fríos y transparentes, y su jugo sea claro y falto de vigor, ¿podrías indicarme el sitio en que se vende la droga capaz de espesar lo que no está espeso?"
Su esposa le contestó: "¡Encontrarás en casa de cualquier droguero la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar a la mujer...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 251ª noche

Ella dijo:
"...la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar a la mujer!"

Al oír estas palabras, el síndico pensó: "¡Por Alah! ¡Mañana mismo voy a la droguería a comprar un poco de esa mixtura para espesar los compañones!"
Y a la mañana siguiente, apenas se abrió el zoco, el síndico cogió un tazón vacío, y fué a una droguería y le dijo al droguero: "¡La paz sea contigo!" Y el droguero le devolvió la zalema y le dijo: "¡Oh mañana bendita que te trae como primer parroquiano! ¡Manda!" El síndico dijo: "¡Vengo a pedirte que me vendas una onza de la mixtura que espesa los compañones del hombre!" Y le alargó el tazón de porcelana.
Cuando oyó estas palabras, el droguero no supo qué pensar, y se dijo: "Nuestro síndico, generalmente tan formal, tiene ganas de broma; le contestaré, pues, en el mismo tono". Y le dijo: "¡Por Alah! Ayer sí que me quedaba; pero se vende tanta mixtura de ésa, que se me agotó la provisión. Ve a pedírsela a mi vecino".
Entonces el síndico fué a casa del segundo droguero, y después a casa del tercero, y luego a todas las droguerías del zoco, y todos le despedían con las mismas palabras, riéndose para sí de tan extraordinaria petición.
Cuando el síndico vió que sus gestiones no le daban resultado, volvió a su tienda, y se sentó, muy meditabundo y asqueado de la vida. Y mientras pasaba tan mal rato, vió que parábase a su puerta el jeique de los corredores, el mayor tragador de haschich, borracho, fumador de opio, modelo de los perdidos y de la canalla del zoco, el cual se llamaba Sésamo.
El corredor Sésamo respetaba mucho al síndico Schamseddin, y nunca pasaba por delante de su tienda sin saludarle, inclinándose hasta el suelo y usando las más corteses fórmulas. Y aquella mañana no dejó de tributar las acostumbradas consideraciones al buen síndico, pero no pudo dejar de corresponder a su zalema en tono de mal humor. Y Sésamo, que lo notó, le preguntó: "¿Qué gran desastre te ha ocurrido para perturbar así tu alma, ¡oh venerable síndico nuestro!?" Este contestó: "Mira, Sésamo, ven a sentarte aquí y oye mis palabras. Y verás si tengo motivo para afligirme. Considera, Sésamo, que hace cuarenta años que me casé y todavía no he tenido ni sombra de un niño. ¡Y han acabado por decirme que la culpa es sólo mía, porque, al parecer, mis compañones son transparentes y mi jugo harto claro y sin vigor!
Y me han aconsejado que busque en las droguerías la mixtura que espesa los compañones. Pero ningún droguero la tiene en su tienda. ¡Y aquí me ves desesperado, por no poder encontrar algo con que dar la consistencia necesaria al jugo más preciado de mi individuo!"
Cuando el corredor Sésamo oyó las palabras del síndico, en vez de asombrarse o reírse, como los drogueros, alargó la mano con la palma hacia arriba, y dijo: "Pon un dinar en esta mano y dame un tazón de porcelana. Tengo lo que necesitas". Y el síndico le preguntó: "¡Por Alah! ¿Es posible? ¡Oh Sésamo! ¡Sabe que si me ayudas en este trance está hecha tu fortuna! ¡Te lo juro por la vida del Profeta! ¡Y para empezar, toma dos dinares en lugar de uno!" Y le puso las dos monedas de oro en la mano y le entregó el tazón.
Entonces, Sésamo, el borracho fabuloso, se mostró en aquella ocasión bastante superior en ciencia a todos los drogueros del zoco. Efectivamente, volvió a su casa, después de haber comprado en el zoco cuanto le hacía falta, y enseguida se puso a preparar la siguiente mixtura:
Tomó dos onzas de zumo de copaiba china, una onza de extracto graso de cáñamo jónico, una de cariofilina fresca, una de cinamono rojo de Serendib, diez dracmas de cardamomo blando de Malabar, cinco de jengibre indio, cinco de pimienta blanca, cinco de pimentón de las islas, una onza de boyas estrelladas de badián de la india y media onza de tomillo de las montañas. Mezclolo todo diestramente, después de machacarlo y pasarlo por el tamiz, le echó miel pura, y así formó una pasta muy compacta, a la cual añadió cinco gramos de almizcle y una onza de huevos de pescado machacadas. Le añadió también un poco de julepe ligero de agua de rosa, y lo puso todo en el tazón de porcelana.
Apresurase entonces a llevar el tazón al síndico Schamseddin, diciéndole: "¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado fluidos...!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 252ª noche

Ella dijo:
"¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado fluidos!" Después añadió: "Es preciso tomar esta pasta dos horas antes de la conjunción sexual. Pero los tres días anteriores hay que limitarse a comer únicamente pichones asados muy sazonados con especias, pescados machos con sus lechecillas, y por último criadillas de carnero ligeramente asadas. Y si con todo eso no llegas hasta atravesar las paredes y fecundar un peñasco pelado, consiento en afeitarme la barba y los bigotes y te permito que me escupas en la cara".
Y dichas estas palabras, entregó al síndico el tazón de porcelana y se fué.
Entonces el síndico pensó: "¡Este Sésamo, que se pasa la vida en el libertinaje, seguramente debe entender de drogas endurecedoras! ¡Voy a poner mi fe en Alah y en él!" Y volvió a su casa y se reconcilió con su esposa, a la cual, por otra parte, amaba, y ella le amaba a él, y ambos se dieron mutuas explicaciones por su arrebato pasajero, y se hicieron presente cuánta pena les había causado estar reñidos toda una noche por palabras sin importancia.
Después de lo cual, Schamseddin siguió escrupulosamente durante tres días el régimen prescripto por Sésamo, y acabó por comerse la consabida pasta, que le pareció excelente.
Entonces notó que la sangre se le calentaba en extremo, como en los tiempos de su infancia, cuando apostaba con chiquillos de su edad. Y se aproximó a su esposa y la cabalgó; y ella le correspondió; y a ambos les maravilló el resultado en cuanto a duración, repetición, calor, chorro, intensidad y consistencia.
Y aquella noche la esposa del síndico quedó indiscutiblemente fecundada, de lo cual tuvo la certeza completa cuando comprobó que se le pasaron así tres meses.
La preñez siguió su curso normal, y a los nueve meses día por día, la mujer parió con felicidad, pero con muchas dificultades, porque el niño que nació era tan grande como si tuviera un año. Y la comadrona declaró, tras las invocaciones acostumbradas, que en su vida había visto niño tan fuerte ni hermoso. Lo cual no es de asombrar si se recuerda la pasta maravillosa de Sésamo.
La comadrona recogió al niño y lo lavó invocando el nombre de Alah, de Mohammad y de Alí, y le recitó al oído el acto de fe musulmán. Le envolvió y se lo dió a la madre, que le amamantó hasta que quedó saciado y dormido. Y la comadrona pasó otros tres días junto a la madre, y no se fué hasta no estar segura de que todo iba bien y después de haberse repartido entre las vecinas las golosinas preparadas con tal motivo.
Al séptimo día echaron sal en la habitación, y entonces entró el síndico a felicitar a su esposa. Luego le preguntó: "¿En dónde está el don de Alah?" Enseguida ella le mostró el recién nacido. Y el síndico Schamseddin quedó maravillado de la hermosura de aquel niño de siete días, que parecía tener un año, y cuya cara era más brillante que la luna llena al salir. Y preguntó a su esposa: "¿Cómo le vas a llamar?" Ella contestó: "Si fuera una niña ya le habría puesto nombre. ¡Pero como es un niño, a ti te corresponde!" Y en aquel momento una de las esclavas que envolvían al niño lloró de emoción y placer al advertir en la nalga izquierda del chico una linda mancha oscura como un grano de almizcle, que resaltaba por su forma y color encima de la blancura de lo demás. Y en cada una de las dos mejillas del niño también había un bonito lunar negro y aterciopelado. Y el digno síndico, inspirado por aquel descubrimiento, exclamó: "¡Le llamaremos Alaeddin Grano-de-Belleza!"
Llamose, pues, al niño Alaeddin Grano-de-Belleza; pero como tal nombre resultaba muy largo, nunca le llamaban más que Grano-de-Belleza. Y a Grano-de-Belleza le amamantaron durante cuatro años dos nodrizas distintas y su madre; así es que llegó a ser fuerte como un leoncillo, y blanco como el jazmín, y sonrosado como las rosas. Y era tan hermoso, que todas las niñas de parientes y vecinos le querían con locura, y él aceptaba sus homenajes, pero nunca consentía que le besaran, y las arañaba cruelmente cuando se le acercaban demasiado; así es que las niñas y hasta las jóvenes se aprovechaban de su sueño para ir a cubrirle de besos impunemente y a maravillarse de su hermosura y lozanía.
Cuando el padre y la madre de Grano-de-Belleza vieron cuán admirado y mimado era su hijo, temieron al mal de ojo, y resolvieron sustraerle a tan maligno influjo. Y con tal fin, en vez de hacer como otros padres, que dejan que las moscas y la suciedad cubran la cara de sus hijos, para que parezcan menos guapos y no atraigan al mal de ojo, los padres de Grano-de-Belleza encerraron al niño en un subterráneo situado debajo de la casa y le criaron allí lejos de todas las miradas. Y Grano-de-Belleza criose de aquel modo ignorado de todos, pero rodeado de los cuidados incesantes de esclavos y eunucos. Y cuando fué mayor le dieron maestros instruidísimos, que le enseñaron el Corán, las ciencias y a escribir bien. Y llegó a ser tan sabio como hermoso y bien formado. Y sus padres resolvieron no sacarle del subterráneo hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente, se calló.


Pero cuando llegó la 253ª noche

Ella dijo:
... hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.
Y cierto día, un esclavo que llevaba a Grano-de-Belleza unas fuentes con manjares no se acordó de cerrar al salir la puerta del subterráneo; y Grano-de-Belleza, al ver abierta aquella puerta, en la cual nunca se fijó dado lo amplio que eran el subterráneo aquél, lleno de tapices y cortinajes, se apresuró a salir y a subir al piso en que se encontraba su madre rodeada por diversas damas aristocráticas que habían ido a visitarla.
A la razón, Grano-de-Belleza habíase convertido en un maravilloso y arrogante joven de catorce años, hermoso como un ángel, con las mejillas aterciopeladas como un fruto, y sus lunares a ambos lados de los labios, sin contar el que no se le veía.
De modo que cuando las damas vieron entrar de pronto a aquel hermoso joven, a quien no conocían, apresuráronse muy asustadas a taparse el rostro con los velos, y dijeron a la esposa de Schamseddin: "¡Por Alah! ¿No te avergüenzas de traer junto a nosotras a un extraño? ¿No sabes que el pudor es uno de los dogmas esenciales de la fe?"
Pero la madre de Grano-de-Belleza contestó: "¡Invocad el nombre de Alah, ¡oh invitadas mías! pues el que veis no es otro que mi hijo amado, fruto de mis entrañas, el hijo del síndico de los mercaderes de El Cairo, el que ha sido criado por los pechos de nodrizas generosas y en brazos de hermosas esclavas, y en hombros de vírgenes escogidas, y en el pecho de las más puras y nobles! ¡Es el ojo de su madre y el orgullo de su padre! ¡Es Grano-de-Belleza! ¡Invocad el nombre de Alah! ¡Oh mis convidadas!"
Y las esposas de los emires y de los mercaderes ricos contestaron: "¡El nombre de Alah sobre ti y a tu alrededor! Pero ¡oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Cómo es que nunca hasta hoy nos enseñaste a tu hijo?"
Entonces, la esposa de Schamseddin empezó por levantarse, y besó a su hijo en los ojos, y le despidió para que no estorbase más a las invitadas, y después les dijo: "Su padre mandó criarle en el subterráneo de nuestra casa para librarle del mal de ojo. Y ha resuelto no enseñarle hasta que le haya crecido la barba, por lo mucho que teme llamar sobre él peligros y malos influjos. Y si ha salido ahora, debe ser por culpa de algún eunuco que se habrá olvidado de cerrar la puerta".
Oídas estas palabras, las convidadas felicitaron mucho a la esposa del síndico por tener un hijo tan hermoso, y le desearon las bendiciones del Altísimo, y luego se fueron.
Entonces Grano-de-Belleza volvió junto a su madre, y al ver que los esclavos enjaezaban una mula, preguntó: "¿Para quién es esa mula?" Ella contestó: "Para ir a buscar a tu padre al zoco". El preguntó: "¿Y cuál es el oficio de mi padre?" Ella dijo: "Tu padre, ¡ojos míos! es un gran comerciante y síndico de todos los mercaderes de El Cairo y proveedor del sultán de los árabes y de todos los reyes musulmanes. Y para que te formes idea de la importancia de tu padre, sabe que los compradores no se dirigen a él más que para grandes negocios, cuyo importe pase de mil dinares; pero si el negocio es menos, aunque se trate de 999 dinares, se ocupan de ello los empleados de tu padre, sin molestarle. Y no hay mercancía ni cargamento que pueda entrar en El Cairo ni salir sin que antes se entere tu padre y le pidan parecer. Alah ha otorgado a tu padre, ¡oh hijo mío! riquezas incalculables. ¡Démosle gracias!"
Grano-de-Belleza contestó: "¡Sí! ¡Loor a Alah, que me ha hecho nacer hijo del síndico de los mercaderes! ¡Por eso ya no quiero pasar la vida encerrado lejos de todas las miradas, y desde mañana tengo que ir al zoco con mi padre!" Y la madre contestó: "¡Alah te oiga, hijo mío! ¡En cuanto vuelva tu padre se lo diré!"
Y en cuanto Schamseddin volvió, su esposa le refirió lo que acababa de ocurrir, y le dijo: "Ya es tiempo de que nuestro hijo vaya al zoco contigo". El síndico respondió: "¡Oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Ignoras que el mal de ojo es una realidad de las más amargas y lamentables y que no se pueden gastar bromas con cosas tan serias? ¿Olvidaste la suerte del hijo de nuestro vecino y la de otros muchos, víctimas del mal de ojo? ¡Te prevengo que la mitad de los muertos que están enterrados han perecido del mal de ojo!"
La mujer del síndico contestó: "¡Oh padre de Grano-de-Belleza! ¡Realmente el destino del hombre está sujeto a su cuello! ¿Cómo ha de poder librarse de él? Y la cosa escrita no puede borrarse, y el hijo seguirá el mismo camino que su padre en vida y en muerte. ¡Y lo que existe hoy ya no existirá mañana! ¡Y piensa en las consecuencias funestas de que nuestro hijo sea víctima algún día por culpa tuya! ¡Efectivamente, cuando después de una vida que te deseo larga y siempre bendita, te hayas muerto, nadie querrá reconocer a nuestro hijo por heredero legítimo de tus riquezas y propiedades, puesto que hasta hoy todo el mundo ignora su existencia! Y de tal suerte, el Tesoro del Estado se apoderará de todos tus bienes y desposeerá a tu hijo sin remedio. ¡Y por mucho que yo invoque el testimonio de los ancianos, los ancianos tendrán que decir: "Nunca nos hemos enterado de que el síndico Schamseddin tuviera ningún hijo ni hija!" Palabras tan sensatas hicieron reflexionar al síndico, que contestó al cabo de un rato: "¡Por Alah! ¡Tienes razón!, ¡oh mujer! Mañana mismo llevaré conmigo a Grano-de-Belleza, y le enseñaré a vender y comprar, y las negociaciones, y todos los elementos del oficio".
Después se volvió hacia Grano-de-Belleza, transportado de alegría por aquella noticia, y le dijo: "Ya sé que te encanta ir conmigo. ¡Pero sabe, hijo mío, que en el zoco hay que ser muy formal y tener los ojos bajos con modestia! ¡Espero, pues, que pongas en práctica las sabias lecciones de tus maestros y los buenos principios en que te has criado!"
Al día siguiente, el síndico Schamseddin, antes de llevar a su hijo al zoco, le hizo entrar en el hammam...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 254ª noche

Ella dijo:
...le hizo entrar en el hammam, y después del baño lo vistió con un traje de raso blanco, el mejor que tenía en el almacén, y le ciñó la frente con un turbante ligero de tela con rayas finas de seda dorada. Después de lo cual, ambos tomaron un bocado y bebieron un vaso de sorbete, y ya refrescados, salieron del hammam. El síndico cabalgó en la mula blanca que sujetaban los esclavos, y puso a la grupa a su hijo Grano-de-Belleza, cuya frescura de tez se había hecho todavía más notable y cuyos brillantes ojos habrían seducido a los mismos ángeles. Después, montados ambos en la mula y seguidos por los esclavos, que llevaban ropón nuevo, emprendieron el camino del zoco.
Al verles, todos los mercaderes del zoco y todos los compradores y vendedores quedaron maravillados, y se decían unos a otros: "¡Ya Alah! ¡Mirad al muchacho!" "Es como la luna en la noche décimo cuarta". Y otros decían: "¿Quién será ese niño delicioso que está detrás del síndico Schamseddin? ¡Nunca le habíamos visto!"
Mientras surgían tales exclamaciones al paso de la mula montada por el síndico y Grano-de-Belleza, acertó a pasar el corredor Sésamo por el zoco, y vió asimismo al muchacho. Y Sésamo, a fuerza de libertinaje y de excesos de opio y haschich, había acabado por perder completamente la memoria, y ni siquiera se acordaba de la curación que había logrado en otro tiempo por medio de la milagrosa mixtura a base de almizcle, copaiba y tantas cosas excelentes.
Y al ver al síndico en compañía de aquel hermoso joven, empezó a sonreírse con socarronería y a gastar bromas picantes acerca de ellos, diciendo a los mercaderes que le oían: "¡Mirad al viejo de barbas blancas! ¡Es lo mismo que el perro! ¡Blanco por fuera y verde por dentro!" E iba de un mercader a otro repitiendo a todos sus chanzas y chistes, hasta que no quedó uno en el zoco que no tuviera la certeza de que el síndico Schamseddin tenía en su tienda a un joven mameluco para su placer.
Cuando estos rumores llegaron a oídos de los notables y de los principales mercaderes, se celebró una reunión de los de más edad y más respetados entre ellos, para juzgar el caso de su síndico. Y en medio de la asamblea peroraba Sésamo y hacía grandes ademanes de indignación, y decía: "¡Ya no queremos tener en adelante a nuestra cabeza, como síndico del zoco, a esa barba viciosa que se roza en secreto con los muchachos! Y desde hoy vamos a abstenernos de ir a recitar antes de abrir las tiendas, según solíamos hacer por las mañanas, los siete versículos sagrados de la Fatiha en presencia del síndico. ¡Y no terminará el día sin que elijamos otro síndico que sea un poco menos aficionado a los muchachos que ese viejo!"
En cuanto al buen Schamseddin, cuando vió que pasaba la hora sin que los mercaderes y corredores fuesen a recitar delante de él los versículos rituales de la Fatiha, no supo a qué atribuir aquel descuido tan grave y tan contrario a la tradición. Y como viese al famoso Sésamo, que le miraba con el rabillo del ojo, le hizo seña de que se acercara para decirle dos palabras. Y Sésamo, que sólo aguardaba aquella seña, se acercó, pero lentamente y tomándose tiempo, arrastrando los pies, y no sin dirigir a derecha e izquierda sonrisas de inteligencia a los tenderos, que no le quitaban ojo, pues la curiosidad les tenía suspensos y hacíales desear la solución de aquel asunto que para ellos era muy capital.
Y Sésamo, al ver que en él convergían todas las miradas y la atención general, llegó contoneándose hasta apoyarse en el mostrador de la tienda; y Schamseddin le preguntó: "Dime, Sésamo, ¿cómo es que los mercaderes, con el jeique a la cabeza, no han venido a recitar delante de mí los versículos del primer capítulo del Corán?" Sésamo contestó: "¡Así de pronto, no lo sé! Hay rumores que corren por el zoco, rumores... ¿Cómo te lo explicaría yo...? rumores... ¡De todos modos, lo que sé muy bien es que se ha formado un partido compuesto por los principales jeiques, que ha resuelto destituirte y dar a otro el cargo de síndico!"
Al oír estas palabras, el buen Schamseddin mudó de color, y en tono mesurado y grave, preguntó: "¿Y puedes decirme siquiera en qué se fundamenta esta decisión?" Sésamo le guiñó el ojo, movió las caderas, y contestó: "¡Oh mi anciano jeique, no bromees! ¡Mejor lo sabes tú que nadie! ¡Ese hermoso joven que tienes en la tienda no estará allí para espantar las moscas! De cualquier modo, sabe que yo, a pesar de todo, he sido el único que te defendió en la asamblea, y dije que no eras aficionado a muchachos, cosa que habría sido yo el primero en saber, pues tengo relaciones amistosas con todos los que se dedican con preferencia a ese sexo ácido. Y, además, he añadido que este joven debería ser algún pariente de tu esposa o el hijo de alguno de tus amigos de Tantah, Mansurah o Bagdad, que habría venido a tu casa para negocios. Pero la asamblea entera se ha vuelto contra mí y ha votado tu destitución. ¡Alah es el más grande, oh jeique! Para consolarte te queda ese joven, por el cual, aquí para entre nosotros, te felicito. ¡Verdaderamente es muy hermoso...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 255ª noche

Ella dijo:
"...ese joven, por el cual, aquí para entre nosotros, te felicito. ¡Verdaderamente, es muy hermoso!"
Al oír estas palabras de Sésamo, el síndico Schamseddin ya no pudo reprimir su indignación y exclamó: "¡Oh, tú, el más corrompido de los libertinos! ¿No sabes que es mi hijo? ¿Dónde está tu memoria, comedor de haschich?" Pero Sésamo respondió: "¡A mí no me la das! ¿Es que va haber salido del vientre de su madre ahora y tal como está este muchacho de catorce años?" Schamseddin replicó: "Pero ¡oh Sésamo! ¿Ya no te acuerdas de que tú mismo, hace catorce años, me trajiste aquella milagrosa mixtura que espesa los compañones y concentra el jugo? ¡Por Alah! ¡Gracias a ella pude conocer la fecundidad y Alah me ha dotado de un hijo! Y tú nunca volviste a pedirme noticias de aquella curación. En cuanto a mí, por temor al mal de ojo, he criado a este niño en el subterráneo de nuestra casa, y ésta es la primera vez que sale conmigo. Pues aunque mi primera intención era que no saliera hasta que se hubiera podido coger las barbas con las manos, su madre me ha decidido a traerle conmigo para enseñarle el oficio y ponerle al corriente de los negocios en previsión del porvenir".
Después añadió: "¡En cuanto a ti, Sésamo, me alegro de encontrarte al fin y al cabo, para saldar mi deuda! ¡Toma mil dinares por el favor que me hiciste gracias a tu droga admirable!"
Cuando Sésamo oyó estas palabras, ya no dudó de la verdad, y corrió a desengañar a todos los mercaderes, que en seguida se apresuraron a acudir, primero para felicitar a su síndico, y después para disculparse del retraso en la oración de apertura, que inmediatamente recitaron entre sus manos.
Tras de lo cual Sésamo tomó la palabra en nombre de todos, y dijo: "¡Oh nuestro venerable síndico! ¡Conserve Alah para nuestro afecto el tronco y las ramas! ¡Y florezcan las ramas a su vez, y den fruto oloroso y dorado! Pero, ¡oh nuestro síndico! generalmente, hasta los mismos pobres, cuando les nace un hijo, mandan hacer dulces y los reparten entre amigos y vecinos: ¡y nosotros no nos hemos endulzado el paladar con la pasta amasada con manteca y miel, que es tan grato saborear, haciendo votos por la felicidad del recién nacido! ¿Cuándo nos darás un caldero de esa excelente assida?"
El síndico Schamseddin contestó: "¡De todo corazón, pues no deseo otra cosa! ¡No os ofreceré sólo un caldero de assida, sino un gran festín en mi casa de campo a las puertas de El Cairo, en medio de los jardines! Os invito a todos, amigos míos, a ir mañana a mi jardín, que ya conocéis. ¡Y allí, si Alah lo quiere, ganaremos el tiempo perdido!" En cuanto volvió a su casa, el buen síndico dispuso grandes preparativos para la fiesta del día siguiente, y mandó al horno, para que los asaran, carneros cebados durante seis meses con hojas verdes, y carneros enteros con manteca abundante, y bandejas innumerables de pasteles y otras cosas semejantes. Al efecto, utilizó a todas las esclavas de la casa expertas en el arte de la dulcería, y a todos los pasteleros y confiteros de la calle Zeini. Y la verdad es que el banquete, después de tanto trabajo, nada dejaba que desear.
Al día siguiente, muy temprano, Schamseddin se dirigió al jardín con su hijo Grano-de-Belleza y mandó que los esclavos pusieran dos manteles inmensos en dos sitios separados y distantes uno de otro.
Luego llamó a Grano-de-Belleza, y le dijo: "Hijo mío, he mandado poner, como ves, dos manteles diferentes; uno está reservado a los hombres y el otro para los muchachos de tu edad que vengan con sus padres. Yo recibiré a los hombres con barbas y tú te encargarás de recibir a los jóvenes imberbes".
Pero Grano-de-Belleza, sorprendido, preguntó a su padre: "¿Por qué semejante separación y dos servicios diferentes? Eso no suele hacerse más que entre hombres y mujeres. ¿Qué tienen que temer los jóvenes como yo de los hombres barbudos?" El síndico respondió: "Hijo mío, los jóvenes imberbes se encontrarán más libres solos y se divertirán entre sí mejor que encontrándose en presencia de sus padres". Y Grano-de-Belleza, que no era malicioso, se contentó con tal respuesta.
Al llegar los invitados, Schamseddin se dedicó a recibir a las personas mayores, y Grano-de-Belleza a los niños y a los jóvenes. Y se comió y bebió, y se cantó, y hubo la mayor diversión posible; y la alegría y el júbilo brillaron en todas las caras, y se quemaron en los pebeteros incienso y perfumes. Después, terminado el festín, los esclavos repartieron entre los convidados copas llenas de sorbete a la nieve. Y aquel fué para los hombres el momento de departir agradablemente, mientras los muchachos, al otro lado, se entregaban a mil amenos juegos.
Y entre los convidados había cierto mercader que era uno de los mejores parroquianos del síndico; pero también era un famoso pederasta, que no había dejado indemne de sus hazañas a ningún hermoso joven del barrio. Se llamaba Mahmud, pero no se le conocía más que por el sobrenombre de "el-Bilateral".
Cuando Mahmud-el-Bilateral oyó los gritos que daban los muchachos al otro lado...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana e interrumpió el relato autorizado por el rey Schahriar.


Pero cuando llegó la 256ª noche

Ella dijo:
Cuando Mahmud-el-Bilateral oyó los gritos que daban los muchachos al otro lado, se alborotó en extremo, y pensó: "¡Seguramente hay algo bueno por allá!" Y aprovechándose del descuido general para levantarse y fingir que iba a satisfacer una necesidad urgente, se deslizó silenciosamente por entre los árboles hasta donde estaban los muchachos, y se quedó en acecho de sus movimientos graciosos y lindas caras. No tardó mucho en notar que el más hermoso indiscutiblemente entre los más hermosos era Grano-de-Belleza. Y empezó a hacer mil proyectos para poderle hablar y llevarle aparte, y pensó: "¡Ya Alah! ¡Con tal de que se separe un poco de sus compañeros!" Y el Destino satisfizo sus deseos sobradamente.
Efectivamente, en un momento dado, excitado Grano-de-Belleza por el juego y coloradas las mejillas por el movimiento, experimentó la necesidad de orinar. Y a fuer de muchacho bien educado, no quiso acurrucarse delante de todo el mundo y se fué hacia los árboles. Enseguida dijo para sí el Bilateral: "Si me acercara a él ahora, seguramente le asustaría. ¡Voy a probar de otro modo!" Y salió de detrás del árbol que le ocultaba y se presentó en el corro de los muchachos, que le conocían, y empezaron a silbarle corriendo por entre sus piernas. Y él, muy contento, les dejaba hacer aquello sonriendo, y después acabó por decirles: "¡Oídme, hijos míos! ¡Prometo daros mañana a cada uno un traje nuevo y dinero para satisfacer todos vuestros caprichos, si lográis despertar en Grano-de-Belleza la afición a los viajes y el deseo de alejarse de El Cairo!" Y los chicos le contestaron: "¡Oh Bilateral, eso es muy fácil!"
Entonces los dejó y volvió a sentarse entre los hombres barbudos.
Cuando Grano-de-Belleza acabó de orinar y volvió a su sitio, sus compañeros se guiñaron el ojo mutuamente, y el más elocuente del grupo se dirigió a Grano-de-Belleza y le dijo: "¡Durante tu ausencia hemos estado hablando de las maravillas de los viajes y de los magníficos países lejanos, y de Damasco, y Alepo, y Bagdad! Tú ¡oh Grano de-Belleza! siendo tu padre tan rico, le habrás acompañado muchas veces en sus viajes con las caravanas. ¡Cuéntanos algo de lo mucho maravilloso que hayas visto!"
Pero Grano-de-Belleza contestó: "¿Yo? Pero ¿no sabéis que me han criado en un subterráneo y que hasta ayer no he salido de él? ¿Cómo había de viajar en semejantes condiciones? ¡Y ahora, todo lo más que mi padre me permite es acompañarle desde casa hasta la tienda!"
Entonces el mismo muchacho replicó: "¡Pobre Grano-de-Belleza, te han privado de las alegrías más deliciosas y de los placeres más puros! ¡Si supieras, ¡oh amigo mío! lo maravillosamente que saben los viajes, ya no querrías pasar un momento más en casa de tu padre! Todos los poetas han cantado a porfía las delicias del viajar; oye una muestra o dos de los versos que sobre el particular nos han transmitido:
Viajar, ¿quién dirá tus maravillas? ¡Oh amigos míos, todas las cosas bellas gustan de viajar! ¡Hasta las mismas perlas salen del fondo oscuro del mar y atraviesan las inmensidades para colocarse en la diadema de los reyes y en el cuello de las princesas!
Al oír esta estrofa, Grano-de-Belleza, dijo: "¡Así será! ¡Pero el reposo en casa de uno también tiene sus encantos!" Entonces uno de los muchachos se echó a reír y dijo a sus compañeros: "¡Mirad con lo que sale Grano-de-Belleza! ¡Es como los pescados, que se mueren en cuanto los sacan del agua!" Y otro, más exagerado, dijo: "¡Es que temerá probablemente marchitar las rosas de sus mejillas!" Y un tercero añadió: "¿No veis que es como las mujeres? ¡No pueden dar un paso solas en cuanto salen a la calle!" Y otro, por último, exclamó: "¡Oh, Grano-de-Belleza! ¿No te avergüenzas de no ser hombre?"
Al oír todos aquellos apóstrofes, Grano-de-Belleza quedó tan mortificado que abandonó inmediatamente a sus invitados, y cabalgando en la mula emprendió el camino de la ciudad, y lleno de rabia el corazón y de lágrimas los ojos, llegó junto a su madre, que se asustó al verle en tal estado. Y Grano-de-Belleza le repitió las burlas de que había sido víctima por parte de sus compañeros, y le declaró que quería marcharse al momento a cualquier parte, con tal de partir. Y añadió: "¿Ves este cuchillo? ¡Pues me lo clavaré en el pecho si no me quieres dejar viajar!"
Ante aquella resolución tan inesperada, la pobre mujer no pudo hacer más que devorar sus lágrimas y consentir en aquel proyecto, por lo cual dijo a Grano-de-Belleza: "¡Hijo mío, prometo ayudarte con todas mis fuerzas! Pero como estoy segura anticipadamente de la negativa de tu padre, voy a prepararte un cargamento de mercaderías a mi costa". Y Grano-de-Belleza dijo: "¡Pero hay que hacerlo enseguida, antes de que llegue mi padre!"
Inmediatamente la esposa de Schamseddin mandó a un esclavo abrir uno de los depósitos de mercaderías reservadas, y que los embaladores hicieran los fardos suficientes para cargar diez camellos.
En cuanto al síndico Schamseddin, así que se fueron los convidados buscó en balde por el jardín a su hijo, y acabó por saber que se había anticipado en ir a su casa. Y el síndico, aterrado al pensar que le podía sobrevenir a su hijo una desgracia en el camino, puso la mula a todo galope y llegó sin aliento al patio, en donde se calmó su emoción al enterarse por el portero de la llegada sin novedad de Grano-de-Belleza. Pero fué mayor su sorpresa al ver en el patio fardos y fardos dispuestos a ser cargados y con etiquetas que indicaban en letras gordas sus diferentes destinos: Alepo, Damasco y Bagdad...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 257ª noche

Ella dijo:
... en letras gordas sus diferentes destinos: Alepo, Damasco y Bagdad.
Apresurose entonces a subir a las habitaciones de su esposa, que le enteró de cuanto acababa de suceder y del grave inconveniente que había en contrariar a Grano-de-Belleza. Y el síndico dijo: "De todos modos, voy a tratar de disuadirle". Y llamó a Grano-de-Belleza y le dijo: "¡Oh hijo mío! ¡Alah te ilumine y te aparte de proyecto tan funesto! ¿No sabes lo que ha dicho nuestro Profeta? (¡sean con El la oración y la paz!): "¡Dichoso el hombre que se alimenta con los frutos de su tierra y halla en su mismo país las satisfacciones de su vida!" Y dijeron los antiguos: "¡No emprendáis jamás un viaje aunque sea de una milla!" Por consiguiente, hijo mío, te pido que me digas si después de estas palabras persistes en tu resolución".
Grano-de-Belleza contestó: "Sabe, ¡oh padre mío! que no quiero desobedecerte; pero si te opones a mi viaje negándome lo necesario, me quitaré este traje, me pondré el de los pobres derviches y recorreré a pie todos los países y todas las tierras".
Cuando vió el síndico que su hijo estaba dispuesto a partir a todo trance, renunció a contrariar su proyecto, y le dijo: "Entonces, ¡oh hijo mío! he aquí cuarenta cargas más; y así, con las otras diez que te ha dado tu madre, tendrás para cargar cincuenta camellos. En ellas encontrarás las mercancías adecuadas a las necesidades de cada una de las ciudades en que entres; pues no hay que tratar de vender en Alepo, por ejemplo, los géneros que prefieren los habitantes de Damasco; sería una mala especulación. ¡Parte, pues, hijo mío! y ¡Alah te proteja y te allane el camino! Y adopta precauciones, sobre todo al atravesar por el desierto del León, un sitio que se llama el valle de los Perros, guarida de bandidos salteadores, cuyo jefe es un beduino apellidado el "Rápido" por lo súbito de sus ataques e incursiones".
Y Grano-de-Belleza contestó: "¡Los sucesos buenos o malos vienen de mano de Alah! ¡Y haga yo lo que haga, no me pasará más que lo que se me tenga deparado!"
Como no se podía replicar a tales palabras, el síndico no dijo más; pero su esposa no descansó hasta hacer mil votos, y prometer cien carneros a los santones, y poner a su hijo bajo la santa protección de El-Sayed Abd El-Kader El-Guilani, abogado de los viajeros.
Después de lo cual, al síndico, acompañado de su hijo, a quien costó gran trabajo escaparse de los brazos de su pobre madre, que vertía sobre él todas las lágrimas de su corazón, fué a buscar a la caravana dispuesta ya. Y llamó aparte al anciano mokaddem de los camelleros y muleros, el jeique Kamal, y le dijo: "¡Oh venerable mokaddem, te confío este niño, pupila de mis ojos, y lo pongo bajo el ala de Alah y bajo tu custodia! Y tú, hijo mío -dijo a Grano-de-Belleza-, mira al que ha de hacer las veces de padre en ausencia mía. ¡Obedécele y nunca hagas nada sin consultarle!" Después dió mil dinares de oro a Grano-de-Belleza, y como último encargo le dijo: "¡Te doy estos mil dinares, hijo mío, para que puedas utilizarlos y aguardar con paciencia el momento más ventajoso para la venta de tus mercaderías, pues te guardarás muy bien de venderlas cuando estén en baja; has de aprovechar la ocasión en que los paños y otros géneros estén más en alza para colocarlos en las mejores condiciones!" Después de las despedidas, la caravana se puso en marcha y no tardó en estar fuera de las puertas de El Cairo.
Y ahora vamos con Mahmud-el-Bilateral. Al enterarse de la marcha de Grano-de-Belleza, se preparó también rápidamente, y en pocas horas tuvo a mulos y camellos cargados y ensillados. Y sin perder tiempo se puso en camino y alcanzó a la caravana a pocas millas de El Cairo. Y decía para sí: "¡Ahora, en el desierto, ¡oh Mahmud! nadie irá a denunciarte ni tampoco vendrá a vigilarte nadie! ¡Y sin temor a que te molesten, podrás deleitarte con ese muchacho!"
De modo que, desde la primera etapa, el Bilateral mandó armar sus tiendas al lado de las de Grano-de-Belleza y encargó al cocinero de éste que no se tomara el trabajo de encender lumbre, puesto que él había invitado a Grano-de-Belleza a compartir la comida en su tienda.
Y efectivamente, Grano-de-Belleza fué a la tienda del Bilateral, pero acompañado por el jeique Kamal, mokaddem de los camelleros. Y aquella noche el Bilateral nada sacó en limpio. Y al día siguiente, en la segunda parada, ocurrió lo mismo, y así todos los días, hasta la llegada a Damasco, porque Grano-de-Belleza aceptaba todas las invitaciones, pero iba siempre a la tienda del Bilateral acompañado del mokaddem de los camelleros.
Pero cuando llegaron a Damasco, en donde el Bilateral tenía, lo mismo que en El Cairo, Alepo y Bagdad, casa propia para recibir a los amigos...
En este momento de su narración, Schehrazada, la hija del visir, vió aparecer la mañana, e interrumpió el relato.


Pero cuando llegó la 258ª noche

Ella dijo:
... a Damasco, en donde el Bilateral tenía, lo mismo que en El Cairo, Alepo y Bagdad, casa propia para recibir a los amigos, envió un esclavo a Grano-de-Belleza, que se había quedado en la tienda a la entrada de la ciudad, para invitarle, pero a él solo, a que le honrase con su presencia. Y Grano-de-Belleza contestó: "¡Espera que le pregunte, su parecer al jeique Kamal!" Pero el mokaddem de los camelleros frunció el ceño al oír la proposición, y contestó: "¡No, hijo mío, hay que rechazarla!" Y Grano-de-Belleza declinó la invitación.
La estancia en Damasco fué de corta duración, y pronto se pusieron en camino para Alepo; y a la llegada, el Bilateral volvió a invitar a Grano-de-Belleza; pero el jeique Kamal aconsejó la abstención, como en Damasco, y Grano-de-Belleza, sin saber por qué era tan severo el mokaddem, no quiso contrariarle. Y aquella vez también perdió el viaje y el trabajo el Bilateral.
Pero después de salir de Alepo, el Bilateral juró que en la primera ocasión las cosas no pasarían lo mismo. Y a la primera parada en dirección a Bagdad, mandó hacer los preparativos de un banquete sin precedentes, y fué personalmente a invitar a Grano-de-Belleza. Y aquella vez Grano-de-Belleza se vió obligado a aceptar, por no tener motivo fundado para negarse, y empezó por ir a la tienda a vestirse con traje a propósito.
Entonces fué a buscarle el jeique Kamal, y le dijo: "¡Qué imprudente eres! ¡Oh Grano-de-Belleza! ¿Por qué has aceptado la invitación de Mahmud? ¿No conoces sus intenciones? ¿No sabes el motivo de que le llamen el Bilateral? De todos modos, debiste preguntar su parecer a un anciano como yo, y del cual han dicho los poetas:
Pregunté al viejo: "¿Por qué andas encorvado?" Me contestó: "¡Perdí mi juventud en la tierra húmeda! Y me he encorvado para buscarla. ¡Y ahora la experiencia que pesa sobre mí es tan amarga, que me impide enderezar la espalda!"
Pero Grano-de-Belleza contestó: "¡Oh venerable mokaddem! ¡Estaría muy mal rechazar la invitación de nuestro amigo Mahmud, al cual no sé por qué llaman el Bilateral! Y además, ignoro lo que pueda perder con acompañarle. ¡No me comerá!" Y el mokaddem replicó con viveza: "¡Pues, sí, por Alah! ¡Te comerá! ¡Ya se ha comido a otros muchos!"
Al oír aquello, Grano-de-Belleza soltó la carcajada y se apresuró a ir a casa de Bilateral, que le aguardaba con impaciencia. Y ambos fueron a la tienda en que estaba preparado el festín.
Y en realidad, el Bilateral no había escatimado nada para recibir como merecía al maravilloso joven, y todo aparecía dispuesto para encantar las miradas y halagar los sentidos. De modo que la comida fué alegre y estuvo llena de animación; y ambos comieron con gran apetito, y bebieron en la misma copa hasta saciarse. Y cuando el vino fermentó en las cabezas y los esclavos se retiraron discretamente, el Bilateral, ebrio de vino y de pasión, se inclinó hacia Grano-de-Belleza, y cogiéndole las mejillas con las dos manos quiso besarlas. Pero Grano-de-Belleza, muy turbado, levantó instintivamente la mano, y el beso del Bilateral no encontró más que la palma del adolescente.
Entonces Mahmud le echó un brazo alrededor del cuello y con el otro le rodeó la cintura, y como Grano-de-Belleza le preguntara: "Pero ¿qué quieres hacer conmigo?" Le contestó: "Sencillamente, tratar de explicarte estos versos del poeta para ponerlos en práctica:
¡Oh mis estremecimientos cuando las miradas de sus ojos me sacuden el alma! ¡Oh delicias del primer deseo que hincha sus compañones infantiles!
Mira, ¡oh ojos míos! ¡Toma lo que puedas tomar, levanta lo que puedas levantar, coge un puñado, o dos, o tres, y hazlo entrar un palmo o más! ¡Pero sin que te haga daño! ¡Hay que obrar con prudencia!
Después de haber dicho a su modo estos versos, Mahmud se dispuso a explicárselos prácticamente. Pero el joven Grano-de-Belleza, sin darse cuenta exacta de la situación, se sentía molesto con aquellos ademanes y movimientos, y quiso marcharse. Y el Bilateral le sujetó y acabó por hacerle entender de qué se trataba.
Cuando Grano-de-Belleza se enteró bien de las intenciones del Bilateral y comprendió su petición...
En este momento de su narración, Schehrazada, vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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