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17 P2 Historia de Feliz Bello y Feliz-Bella - segunda de dos partes

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17 Historia de Feliz Bello y Feliz-Bella (de la noche 236 a la 248)





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 Y CUANDO LLEGO LA 243ª NOCHE
Ella dijo:
... se alegraba hasta el límite de la alegría.
En estas condiciones, el viaje fué agradable y nada fatigoso, y así llegaron a Damasco.
Inmediatamente el sabio persa fué al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en el acto una gran tienda, que restauró por completo. Después mandó hacer anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes exquisitos, sus triscas finas conservadas en oro puro, sus tarros de porcelana con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas pomadas compuestas con los jugos de trescientas hierbas raras, y entre los frascos grandes, los alambiques y las retortas, colocó el astrolabio de oro.
Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete vueltas, y preparó también a Feliz-Bello, que había de ser su ayudante, despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimir, y le pasó alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas de oro. Después le dijo: "¡Oh Feliz-Bello! ¡Desde este momento tienes que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de Damasco creerían que hay entre los dos lo que tú comprendes!" Y Feliz-Bello dijo: "¡Escucho y obedezco!".
Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba a consulta, acudieron de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos para quedar estupefactos y encantados a un tiempo al oír a Feliz-Bello conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta el límite extremo el asombro de los habitantes fué el modo de adivinar las enfermedades el médico persa.
Efectivamente, el médico miraba a lo blanco de los ojos durante unos minutos al enfermo que recurría a él, y luego le presentaba una gran vasija de cristal, y le decía: "¡Mea!" Y el enfermo meaba en la vasija, y el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y después decía: “¡te pasa tal y cual cosa!” Y el enfermo exclamaba siempre: "¡Por Alah! ¡Verdad es!" Con lo cual todo el mundo levantaba los brazos, diciendo: "¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocer por la orina la enfermedad?"
No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase a los mismos oídos del califa y de su hermana El-Sett Zahia.
Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba una receta a Feliz-Bello, que se hallaba a su lado con el cálamo en la mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado rojo y adornos de pedrería, se paró a la puerta, ató la rienda del burro a la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después hizo seña al sabio para que la ayudase a bajar. El persa se levantó en seguida solícito, corrió a darle la mano, y le rogó que se sentase, al mismo tiempo que Feliz-Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un almohadón.
Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines, y preguntó al persa: "¿Eres realmente tú, ¡oh venerable jeique! el médico procedente del Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?" El contestó: "Soy el mismo, y tu esclavo".
Ella dijo: "¡Nadie es esclavo más que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes. Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad que la tiene en cama desde el día de su llegada a palacio. Y por eso Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado a traerte este frasco, para que descubras esa causa desconocida".
Oídas estas palabras, dijo el médico: "¡Oh mi señora! ¡Has de decirme el nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!" La dama respondió: "Se llama Feliz-Bella".
Entonces el médico se puso a trazar en un pedazo de papel que tenía en la mano numerosísimos cálculos, unos con tinta roja y otros con tinta verde. Después sumó los guarismos verdes y los guarismo rojos, y dijo: "¡Oh mi señora!" ¡He descubierto la enfermedad! Es una afección conocida con el nombre de "temblar de los abanicos del corazón". A tales palabras, la dama contestó: "¡Por Alah! ¡Es verdad! ¡Pues los abanicos de su corazón tiemblan tanto, que los oímos!" El médico prosiguió: "Pero antes de prescribir los remedios he de saber de qué país es ella. Y esto es muy importante, porque así averiguaré, en cuanto haga mis cálculos, el influjo de la ligereza o de la pesadez del aire en los abanicos de su corazón. Además, para juzgar el estado en que se conservan esos abanicos delicados, tengo que saber asimismo el tiempo que hace que está en Damasco y su edad exacta". La dama contestó: "Se ha criado, según parece, en Kufa, ciudad del Irak; y tiene diez y seis años, pues nació, según nos ha dicho, el año del incendio del zoco de Kufa. En cuanto a su residencia en Damasco, es cosa de pocas semanas nada más...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y CUANDO LLEGO LA 244ª NOCHE
Ella dijo:
"...pocas semanas nada más".
Al oír estas palabras, el sabio persa dijo a Feliz-Bello, cuyo corazón se agitaba como un molino: "¡Hijo mío, prepara los remedios tal y cual, según la fórmula de Ibn-Sina artículo séptimo!".
Entonces la dama se volvió hacia el adolescente, al cual empezó a mirar con mayor atención, para decirle a los pocos momentos: "¡Por Alah! ¡La enferma se te parece mucho, y su rostro es tan hermoso y dulce como el tuyo!" Después le dijo al sabio: "Dime, ¡oh noble persa! este joven ¿es hijo o esclavo tuyo?" El otro contestó: "Es mi hijo, ¡oh respetable! y tu esclavo". Y la anciana dama, muy halagada con tanta consideración, respondió: "¡Verdaderamente, no sé qué admirar más aquí, si tu ciencia, ¡oh médico sublime!' o tu descendencia!" Y siguió conversando con el sabio, mientras Feliz-Bello acababa de arreglar los paquetitos de los remedios y los colocaba en una caja, en el cual deslizó una esquela para enterar a Feliz-Bella de su llegada a Damasco con el médico persa. Después de lo cual selló la caja y escribió en la tapadera su nombre y las señas de su casa en caracteres cúficos, ilegibles para los habitantes de Damasco, pero descifrables para Feliz-Bella, que conocía muy bien las escrituras cúficas, lo mismo que la árabe corriente. Y la dama cogió la caja, dejó diez dinares de oro en el mostrador del médico, se despidió de los dos, y salió para irse directamente a palacio y apresurarse a subir a la habitación de la enferma.
La encontró con los ojos medio cerrados y bañados en llanto, como siempre estaban. Se acercó a ella, y le dijo: "¡Ah hija mía! ¡Ojalá estos remedios te alivien tanto como he gozado al ver al que los ha hecho! ¡Es un joven tan hermoso como un ángel, y la tienda en que se encuentra es un lugar delicioso! He aquí la caja que me ha dado para ti". Entonces Feliz-Bella, por no rechazar la oferta, cogió la caja, y con una mirada indiferente examinó la tapadera, pero de pronto se le mudó el color al ver en la tapa estas palabras escritas en cúfico: "Soy Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa". Sin embargo tuvo bastante dominio de sí misma para no desmayarse ni descubrirse. Y sonriendo, preguntó a la anciana: "¿De modo, que se trata de un hermoso joven? ¿Y cómo es?" La dama contestó: "¡Es un conjunto de delicias, que me resulta imposible describirlo! ¡Tiene unos ojos! ¡Y unas cejas! ¡Ya Alah! ¡Pero lo que arrebata el alma es un lunar que tiene en la comisura izquierda de los labios, y un hoyuelo que al sonreír se le forma en la mejilla derecha!"
Cuando oyó estas palabras, Feliz-Bella ya no tuvo duda de que era aquél su dueño querido, y dijo a la anciana dama: "¡Ya que es así, ojalá sea de buen agüero ese rostro! Dame los remedios". Y los cogió, y sonriendo se los tomó de una vez. Y en aquel momento vió la esquela, que abrió y leyó. Entonces saltó de la cama, y exclamó: "¡Mi buena madre, comprendo que estoy curada! Estos remedios son milagrosos. ¡Oh qué bendito día!" Y la dama exclamó: "¡Sí, por Alah! ¡Esto es una bendición del Altísimo! Y Feliz-Bella añadió: "¡Por favor, tráeme de comer y beber, pues me siento morir de hambre, ya que hace cerca de un mes que no puedo tragar la comida!"
Entonces la anciana, después de haber mandado a los esclavos que sirviesen a Feliz-Bella fuentes cargadas de toda clase de asados, frutas y bebidas, se apresuró a visitar al califa, para anunciarle la curación de su esclava por la ciencia inaudita del médico persa. Y el califa dijo: "¡Ve pronto a llevarle mil dinares de mi parte!" Y la anciana se apresuró a ejecutar la orden, no sin haber pasado por el aposento de Feliz-Bella que le entregó otro regalo para Feliz-Bello en una caja precintada.
Cuando la dama llegó a la tienda, entregó los mil dinares al médico de parte del califa y la caja a Feliz-Bello, que la abrió y leyó su contenido. Pero entonces fué tal su emoción, que rompió en sollozos y cayó desmayado, pues Feliz-Bella en su esquela le relataba toda su aventura, y su rapto por orden del gobernador, y su envío como regalo al califa Abd El-Malek, de Damasco.
Al ver aquello, la buena anciana dijo al médico: "¿Por qué se ha desmayado de pronto su hijo después de romper en llanto?" El médico contestó: "¿Cómo no va a ser así, ¡oh venerable! cuando la esclava Feliz-Bella, a quien he curado, es propiedad de éste al que crees mi hijo, y que no es otro que el hijo del ilustre mercader Primavera, de Kufa? ¡Y nuestra venida a Damasco no ha tenido más objeto que buscar a la joven Feliz-Bella, que había desaparecido un día arrebatada por una maldita vieja de ojos traidores! ¡Así es, ¡oh madre nuestra! que desde ahora ciframos en tu benevolencia nuestra esperanza más querida, y no dudamos de que nos ayudarás a recobrar el más sagrado de los bienes!" Después añadió: "Y en prenda de nuestro agradecimiento, he aquí, para empezar, los mil dinares del califa. ¡Tuyos son! ¡Y el porvenir te demostrará que la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y CUANDO LLEGO LA 245ª NOCHE
Ella dijo:
"... la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor!" Entonces la buena señora empezó por apresurarse a ayudar al médico para que Feliz-Bello, desmayado, recobrara el conocimiento, y después dijo: "Podéis contar con el favor de mi buena voluntad y mi abnegación". Y les dejó para ir enseguida junto a Feliz-Bella, a la cual encontró con el rostro radiante de júbilo y salud. Y se acercó a ella sonriente, y le dijo: "Hija mía, ¿por qué no has tenido desde el principio confianza en tu madre? De todos modos, ¡cuánta razón te asistía para llorar todas las lágrimas de tu alma al verte separada de tu dueño, el hermoso y dulce Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa!" Y al ver la sorpresa de la joven, se dió prisa a añadir: "Puedes contar, hija mía, con toda mi discreción y mi voluntad maternal para contigo. ¡Te juro que te reuniré con tu amado, aunque me costara la vida! ¡Tranquiliza, pues, tu alma, y deja que la anciana trabaje para tu bien, según su saber!"
Abandonó entonces a Feliz-Bella, que le besaba las manos llorando de alegría, y fué a hacer un paquete en el cual puso ropas de mujer, alhajas y todos los accesorios necesarios para un completo disfraz, y volvió a la tienda del médico, e hizo seña a Feliz-Bello para hablar aparte con él. Entonces Feliz-Bello la llevó a la trastienda, detrás de una cortina, y se enteró por ella de sus proyectos, que le parecieron perfectamente combinados, y se dejó guiar por el plan que ella le sometió.
Con lo cual la buena dama vistió a Feliz-Bello con ropas de mujer que había llevado, y le alargó los ojos con kohl, y agrandó y ennegreció el lunar de la mejilla, y después le puso brazaletes en las muñecas, y le colocó alhajas en la cabellera cubierta con un velo de Mosul, y hecho aquello echó la última ojeada a su tocado, y le pareció que estaba encantador así y mucho más hermoso que todas las mujeres juntas del palacio del sultán. Entonces le dijo: "¡Bendito sea Alah en sus obras! Ahora, hijo mío, tienes que andar como las jóvenes todavía vírgenes, yendo a pasito corto, moviendo la cadera derecha y enarcando hacia atrás la izquierda, sin dejar de dar ligeras sacudidas a tus nalgas sabiamente. ¡Haz un corto ensayo de esas maniobras antes de salir!"
Entonces Feliz-Bello se puso a ensayar en la tienda los ademanes consabidos, y lo hizo tan bien, que la buena dama exclamó: "¡Maschalah! ¡Ya pueden dejar de alabarse las mujeres! ¡Qué maravillosos movimientos de nalgas y qué meneo de riñones tan espléndido! Sin embargo, para que la cosa resulte completamente admirable, es menester que des a tu cara una expresión más lánguida, inclinando el cuello un poco más y mirando con el rabillo del ojo. ¡Así! ¡Perfectamente! Ya puedes seguirme". Y se fué con él a palacio.
Cuando llegaron a la puerta de entrada del pabellón reservado al harem, avanzó el jefe de los eunucos y dijo: "Ninguna persona extraña puede entrar sin orden especial del Emir de los Creyentes. ¡Atrás, pues, con esa joven, o si quieres, entra tú sola!" Pero la dama anciana dijo: ¿Qué has hecho de tu cordura, ¡oh corona de los guardianes!? ¡Tú, que generalmente eres la misma delicia y la urbanidad, adoptas ahora un tono que le sienta muy mal a tu aspecto exquisito! ¿No sabes, ¡oh dotado de nobles modales! que esta esclava es propiedad de Sett Zahia, hermana de nuestro amo el califa, y que Sett Zahia, en cuanto sepa tu falta de consideración respecto a su esclava preferida, no dejará de hacer que te destituyan y hasta de mandar decapitarte? ¡Y tú mismo habrás sido de esta manera el causante de tu infortunio!" Después la dama se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: "¡Ven, esclava, olvida por completo esa falta de miramiento de nuestro jefe, y sobre todo no le digas nada a tu señora! ¡Anda, vamos ya!" Y le cogió de la mano y le hizo entrar; mientras Feliz-Bello inclinaba mimosamente la cabeza a derecha e izquierda, sonriendo con los ojos al jefe de los eunucos, que meneaba la cabeza.
Ya en el patio del harem, la dama dijo a Feliz-Bello: "Hijo mío, te hemos hecho reservar una habitación en el interior del harem, y allá vas a irte en seguida tú sólo. Para dar con el aposento, entras por esta puerta, tomas la galería que encuentres delante, vuelves a la izquierda, y después a la derecha, y otra vez a la derecha; cuentas en seguida cinco puertas, y abres la sexta, que es la de la habitación que se te ha reservado, y a la cual irá a buscarte Feliz-Bella, a quien voy a avisar.
Y yo me encargaré de que salgáis los dos de palacio sin llamar la atención de guardias ni de eunucos".
Entonces Feliz-Bello entró en la galería, y en su turbación, se equivocó de camino; volvió a la derecha, y después a la izquierda por un pasillo paralelo al otro, y penetró en la sexta habitación...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y CUANDO LLEGO LA 246ª NOCHE
Ella dijo:
... en la sexta habitación
Así llegó a una sala alta, coronada por una hermosa cúpula, y cuyas paredes estaban adornadas con versículos en caracteres de oro que corrían por todas partes, enlazados en mil líneas perfectas; las paredes estaban tapizadas con seda de color de rosa; las ventanas tapizadas con finas cortinas de gasa, y el suelo cubierto con inmensas alfombras de Khorassan y Cachemira; en los taburetes aparecían colocadas copas con frutas, y encima de las alfombras se extendían fuentes cubiertas con un paño protector, que dejaba adivinar, por sus formas y sus perfumes admirables, esa famosa pastelería, delicia de las gargantas más descontentadizas, y que sólo Damasco, entre todas las ciudades de Oriente y del universo entero, sabía dotar de sus cualidades tan exquisitas.
Y Feliz-Bello estaba muy lejos de figurarse lo que le reservaban en aquella sala los poderes desconocidos.
En medio de la estancia había un trono cubierto de terciopelo; único visible; y Feliz-Bello, sin atreverse a retroceder, por temor a que le encontraran vagando por los corredores, fué a sentarse en el trono, y aguardó su destino.
Apenas llevaba allí algunos momentos, cuando llegó a sus oídos un rumor de seda repercutido por la bóveda, y vió entrar por una de las puertas laterales a una joven de aspecto regio, sin más ropa que la interior, sin velo en la cara ni pañuelo en la cabellera, y la seguía una esclava muy bella, con los pies descalzos, que llevaba flores en la cabeza y en la mano un laúd de madera de sicomoro. Y aquella dama no era otra que Sett Zahia, hermana del Emir de los Creyentes.
Cuando Sett Zahia vió aquella persona velada que habíase sentado en la sala se acercó a ella afablemente v le preguntó: ¿Quién eres, ¡oh extranjera! a quien no conozco? ¿Por qué llevas echado el velo en el harem, donde nadie puede verte?" Pero Feliz-Bello, que se había apresurado a ponerse en pie, no se atrevió a pronunciar palabra y tomó la determinación de fingirse mudo. Y Sett Zahia le preguntó: "¡Oh joven de ojos hermosos! ¿Por qué no me contestas? Si por casualidad eres alguna esclava despedida de palacio por mi hermano el Emir de los Creyentes, date prisa a decírmelo, e iré a interceder por ti, pues nunca me niega nada". Pero Feliz-Bello no se atrevió a contestar. Y Sett Zahia se figuró que aquel silencio de la joven obedecía a la presencia de la esclavita que estaba allí con los ojos muy abiertos, mirando con asombro a aquella persona velada y tan tímida. Sett Zahia le dijo entonces: "Ve, querida, y quédate detrás de la puerta para impedir que entre nadie en la sala". Y cuando salió la esclava, se acercó más a Feliz-Bello, que tuvo deseos de apretarse más el velo y le dijo: "¡Oh joven! dime ahora quién eres y tu nombre y el motivo de tu venida a esta sala, en la cual sólo entramos el Emir de los Creyentes y yo. Puedes hablarme con el corazón en la mano, pues te encuentro encantadora y tus ojos me gustan mucho. ¡Verdaderamente, te encuentro deliciosa, hija mía!" Y Sett Zahia, que gusta en extremo de las vírgenes blancas y delicadas, antes de que le contestara cogió a la joven por la cintura, atrayéndola hacia si, y le llevó la mano a los pechos para acariciárselos, mientras le desabrochaba el vestido con la otra mano. ¡Pero se quedó estupefacta al observar que el pecho de la joven era tan liso como el de un muchacho! Y primero retrocedió, pero después se acercó y le quiso levantar la falda para aclarar tal asunto.
Cuando Feliz-Bello adivinó aquella intención, juzgó más prudente hablar, y cogió la mano a Sett Zahia, y llevándosela a los labios, dijo: "¡Oh mi señora, me entrego enteramente a tu bondad y me coloco bajo tus alas pidiéndote protección!" Sett Zahia dijo: "Te la otorgo por completo. Habla". Y él dijo: "¡Oh mi señora! Yo no soy una mujer: Me llamo Feliz-Bello, y soy hijo de Primavera, de Kufa. Y si he llegado hasta aquí arriesgando mi vida, ha sido para volver a ver a mi esposa Feliz-Bella, la esclava que el gobernador de Kufa me robó para enviarla como regalo al Emir de los Creyentes. ¡Por la vida de nuestro Profeta! ¡Oh señora mía! ¡Apiádate de tu esclavo y de su esposa!" Y Feliz-Bello se echó a llorar.
Sett Zahia se apresuró a llamar a la esclava y le dijo: "¡Corre enseguida a la habitación de Feliz-Bella, y dile: Mi ama Zahia te llama!" Después se volvió...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y CUANDO LLEGO LA 247ª NOCHE
Ella dijo:
... Después se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: "Calma tu espíritu, ¡oh joven! ¡No te pasarán más que cosas felices!"
Y mientras tanto, la buena anciana había ido a buscar a Feliz-Bella y le había dicho: "Sígueme aprisa, hija mía. ¡Tu esposo querido está, en la habitación que le he reservado!" Y la guió, pálida de emoción, al aposento en donde creía encontrar a Feliz-Bello. Y su dolor fué muy grande, y no menor su terror, al no verle allí; y la vieja dijo: "¡Seguramente se habrá extraviado por los pasillos! ¡Vuelve, hija mía; a tu habitación mientras yo voy en busca suya!"
Y entonces fué cuando la esclava entró en el aposento de Feliz-Bella, a la cual encontró toda trémula y muy pálida, y le dijo: "¡Oh Feliz-Bella! ¡Mi ama Sett Zahia te llama!" Entonces Feliz-Bella ya no tuvo duda de su perdición y de la de su amado, y tambaleándose siguió a la gentil esclava que le indicaba el camino.
Pero apenas había entrado en la sala, cuando la hermana del califa se acercó a ella con la sonrisa en los labios, la cogió de la mano y la llevó junto a Feliz-Bello, que seguía con el velo puesto, diciéndoles a ambos: "¡He aquí la dicha!" Y los dos jóvenes se conocieron al momento, y cayeron desmayados uno en brazos de otro.
Entonces la hermana del califa, ayudada por la esclava, les roció con agua de rosas, les hizo recobrar el conocimiento y les dejó solos. Volvió al cabo de una hora, y los encontró sentados, abrazándose estrechamente y con los ojos llenos de lágrimas de ventura y gratitud por su bondad. Entonces les dijo: "¡Ahora tenemos que festejar vuestra unión bebiendo juntos por la eterna duración de vuestra felicidad!" Y enseguida, a una seña suya, la risueña esclava llenó de vino exquisito las copas, y se las presentó. Y bebieron, y Sett Zahia les dijo: "¡Cuánto os amáis, oh hijos míos! Debéis de saber versos admirables sobre el amor y canciones muy bellas acerca de los amantes. ¡Me gustaría que cantaseis algo! ¡Tomad ese laúd y haced resonar con vuestro arte el alma de su madera melodiosa!"
Entonces Feliz-Bello y Feliz-Bella besaron las manos de la hermana del califa, y templando el laúd, cantaron alternativamente estas maravillosas estrofas:

-¡Te traigo hermosas flores bajo mi velo de Kufa, y frutas todavía empolvadas con el oro del sol!
-¡Todo el oro del Sudán está en tu piel, amada mía! ¡Los rayos del sol están en tus cabellos, y el terciopelo de Damasco, en tus ojos!
-¡Heme aquí ¡Vengo a buscarte durante la hora en que las noches tibias son propicias...! ¡El aire es leve, la noche se hace sedosa y transparente, y hacia nosotros llega el murmullo de las hojas y el agua!
-¡Aquí me tienes, oh mi gacela de las noches! Tus ojos han deslumbrado a todas las tinieblas. ¡Quiero sumergirme en tus ojos, como el ave que se embriaga sobre el mar!
-¡Acércate más y toma en mis labios sus rosas! ¡Déjame después salir lentamente de mi cáliz y acabar de desnudarme para ti desde los hombros hasta los tobillos!
-¡Oh mi muy amada!
-¡Heme aquí! El secreto de mi carne de luna tiene la forma del dátil maduro. ¡Ven...! ¡Se te aparecerá todo el mar, el mar lleno de olas en que las aves se embriagan!

Apenas habían expirado las últimas notas de aquel canto en los labios de Feliz-Bella, desfallecida de felicidad, cuando súbitamente se descorrieron las cortinas y el califa en persona entró en la sala. Al verle, se levantaron los tres apresuradamente, y besaron la tierra entre sus manos. Y el califa les sonrió a todos, y fue a sentarse en medio de ellos en la alfombra, y mandó a la esclava que trajera vino y llenara las copas. Después dijo: "¡Vamos a beber para festejar la vuelta de Feliz-Bella a la salud!" Y bebió lentamente. Dejó entonces la copa, y notando la presencia de aquella esclava, a quien no conocía, preguntó a su hermana: "¿Quién es esa joven que está ahí y cuyas facciones me parecen tan bellas bajo el velo ligero?" Sett Zahia contestó: "¡Es una compañera sin la cual no puede vivir Feliz-Bella, pues no puede comer ni beber a gusto si no la tiene cerca!"
Entonces el califa levantó el velo de la supuesta esclava y se quedó pasmado de su belleza. En efecto, Feliz-Bello todavía no tenía pelo en las mejillas, sino tan sólo un leve bozo que daba una sombra adorable a su blancura, sin contar con el lunar de almizcle que sonreía bellamente en su barbilla.
Y el califa, en extremo encantado, exclamó: "¡Por Alah! ¡Oh Zahia! ¡Desde esta noche quiero también tomar por concubina a esta nueva adolescente, y le reservaré, como a Feliz-Bella, una habitación digna de su hermosura y un tren de casa como a mi esposa legítima!'
Y Sett Zahia respondió: "¡Por cierto, oh hermano mío, que esta joven es un bocado digno de ti!" Después añadió: "Ahora precisamente recuerdo una interesante historia que he leído en un libro escrito por uno de nuestros sabios. Y el califa preguntó: "¿Y cuál es esa historia?'
Sett Zahia dijo: "Sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que hubo en la ciudad d Kufa un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 248ª NOCHE
Ella dijo:
"...un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera. Era dueño de una esclava muy hermosa, a la cual amaba, y que le amaba también, pues a ambos les habían criado juntos en la misma cuna, y se habían poseído desde los primeros tiempos de la pubertad. Y fueron dichosos años enteros, hasta que un día el tiempo se volvió contra ellos, arrebatándoles el uno al otro. Una vieja fué la que sirvió de instrumento de desgracia al destino feroz. Raptó a la esclava y se la entregó al gobernador de la ciudad, que se apresuró a enviársela como regalo al rey de aquel tiempo.
"Mas el hijo de Primavera, al saber la desaparición de la que amaba, no descansó hasta que la encontró en el propio palacio del rey, en medio del harem. Pero en el momento en que ambos se congratulaban de verse reunidos y derramaban lágrimas de alegría, el rey entró en la sala en que se encontraban, y les sorprendió juntos. Su furor llegó al colmo, y sin tratar de poner en claro el asunto, les mandó cortar la cabeza.
"Ahora bien -prosiguió Zahia como el sabio que escribió esta historia no da su parecer sobre el procedimiento, quisiera preguntarte, ¡oh Emir de los Creyentes! tu opinión acerca del acto del rey, y saber lo que habrías hecho en su lugar y en las mismas condiciones".
El Emir de los Creyentes, Abd El-Malek ben-Meruán, respondió sin vacilar: "Este rey debió haberse guardado de obrar con tanta precipitación, y mejor habría sido que perdonase a los dos jóvenes, por tres razones: la primera, porque ambos se querían de veras y desde mucho antes: la segunda, porque eran en aquel momento los huéspedes del rey, puesto que estaban en su palacio; y la tercera, porque un rey no debe proceder sino con prudencia y mesura. ¡Deduzco de todo esto que cometió un acto indigno de un buen rey!"
Al oír estas palabras, Sett Zahia se echó a los pies de su hermano, y exclamó: "¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡Sin saberlo, acabas de juzgarte a ti mismo en el acto que vas a realizar! ¡Te conjuro, por la sagrada memoria de nuestros antepasados y de nuestro augusto padre, el íntegro, a que seas equitativo en el caso que voy a someterte!"
Y el califa, sorprendidísimo, dijo a su hermana: "¡Puedes hablar con toda confianza! ¡Pero levántate!" Y la hermana del califa se levantó, y se volvió hacia los dos jóvenes, y les dijo: "¡Poneos de pie!" Y se pusieron de pie. Y Sett Zahia dijo a su hermano: "¡Oh Emir de los Creyentes! esta esclava tan dulce y tan bella, que está cubierta con el velo, no es sino el joven Feliz-Bello, hijo de Primavera. ¡Y Feliz-Bella es la que se crió con él, y más adelante llegó a ser su esposa! Y su raptor no es otro que el gobernador de Kufa, llamado Ben-Yussef El-Thekafi. Ha mentido al decirte en su carta que había comprado la esclava por diez mil dinares. Te pido que le castigues, y perdones a estos dos jóvenes tan disculpables.
¡Otórgame su indulto, pensando en que son tus huéspedes y les resguarda tu sombra!"
A estas palabras de su hermana, el califa respondió: "¡Cierto que sí! ¡No tengo costumbre de desdecirme!"
Después se volvió hacia Feliz-Bella y le preguntó: "¡Oh Feliz-Bella! ¿Declaras que ése es tu esposo Feliz-Bello?" Ella contestó: "¡Tú lo has dicho, oh príncipe de los Creyentes!" Y el califa dijo: "¡Os devuelvo el uno al otro!" Tras lo cual miró a Feliz-Bello, y le preguntó: "¿Puedes decirme siquiera cómo has podido penetrar aquí y enterarte de la estancia de Feliz-Bella en mi palacio?"
Feliz-Bello contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Concede a tu esclavo algunos momentos de atención, y te contará toda su historia!" Y en seguida puso al califa al corriente de toda la aventura, sin omitir ni un detalle, desde el principio hasta el fin.
El califa quedó en extremo asombrado, y quiso ver al médico de Persia que había ejercido una intervención tan prodigiosa, y le nombró médico de palacio en Damasco, y le colmó de honores y consideraciones. Después albergó a Feliz-Bello y Feliz-Bella en su alcázar durante siete días y siete noches, y dió en honor suyo grandes fiestas, y los mandó a Kufa cargados de regalos y honores. Y destituyó al gobernador y nombró en su lugar a Primavera, padre de Feliz-Bello. Y así todos vivieron en el colmo de la felicidad durante una larga y deliciosa vida.

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