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15 P2 Historia de Alí-bem-Bekar y la bella Schamsennahar - Segunda de dos partes

De la noche 152 a la 169 
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Pero cuando llegó la 160ª noche

Ella dijo:
... se despidió de Abalhassan, y se fue por su camino.
Y he aquí que a los tres días se dispuso a visitarle, pero encontró, la casa completamente vacía.
Entonces preguntó a los vecinos, y le contestaron: "Se ha ido a Bassra, pero nos ha dicho que su ausencia será corta, pues apenas cobre el dinero que le deben unos parroquianos volverá a Bagdad". Comprendió entonces que Abalhassan había acabado por ceder a sus terrores, y había creído más prudente desaparecer por si la aventura amorosa llegaba a oídos del califa. Y he aquí que al principio no supo Amín qué era lo más conveniente, hasta que al fin se dirigió hacia la casa de Ben-Bekar. Allí rogó a uno de los esclavos que le llevase a presencia de su señor, y el esclavo le hizo entrar en el salón en donde estaba Ben-Bekar tendido en unos almohadones y muy pálido.

Le deseó la paz, y Ben-Bekar le devolvió el saludo. Entonces le dijo: "¡Oh mi señor! aunque mis ojos no hayan tenido el gusto de conocerte hasta ahora, vengo en primer lugar a pedirte perdón por no haber venido antes a saber de tu salud. ¡Y después he de enterarte de una cosa que te será desagradable, pero también traigo el remedio que te lo hará olvidar todo!"
Y Ben-Bekar, trémulo de emoción, le preguntó: "¡Por Alah! ¿Qué cosas más desagradables pueden sorprenderme ahora?" Y el joven joyero dijo: "¡Sabe, oh mi señor! que he sido el confidente de tu amigo Abalhassan, y que nunca me ocultaba cuanto le ocurría. Y he aquí que hace tres días, Abalhassan, quien generalmente venía a verme todas las noches, ha desaparecido. ¡Y como sé que eres amigo suyo, vengo a preguntarte si sabes dónde está y por qué se ha marchado sin decir nada a sus amigos!"
Al oír estas palabras, el pobre Ben-Bekar llegó al límite más extremo de la palidez, de tal modo, que por poco pierde el conocimiento.
Al fin pudo decir: "¡Pues también para mí es nueva la noticia! ¡Ignoraba que se hubiera marchado Ben-Taher! ¡Pero si enviase a uno de mis esclavos a preguntar por él, acaso supiéramos la verdad!" Entonces ordenó a un esclavo: "Ve a casa de Abalhassan ben-Taher, y pregunta si está de viaje. Y en este caso que te digan adónde se marchó".
El esclavo salió en busca de noticias, y volvió al cabo de un rato, y dijo a su amo: "Los vecinos me han contado que Abalhassan se ha marchado a Bassra. En aquella calle he encontrado a una joven que también preguntaba por Abalhassan, y que me ha dicho: "¿Eres de la servidumbre del príncipe Ben-Bekar?" y al contestarle afirmativamente, me ha dicho que tenía que comunicarte una cosa, y me ha acompañado hasta aquí". Entonces Ben-Bekar exclamó: "¡Que entre en seguida!"
Y a los pocos momentos entró la joven, y Ben-Bekar conoció a la confidente de Schamsennahar. La esclava se acercó, y después de las acostumbradas zalemas, le dijo al oído algunas palabras que le iluminaron y le ensombrecieron el semblante sucesivamente.
Entonces el joven joyero creyó oportuno pronunciar algunas palabras, y dijo: "¡Oh mi señor, y tú, joven esclava! sabed que Abalhassan, antes de partir, me ha revelado cuanto sabía, y me ha expresado todo su terror al pensar que el asunto pudiese llegar a descubrirlo el califa. Pero yo, que no tengo mujer, ni hijos, ni familia, estoy dispuesto con toda el alma a reemplazarle junto a vosotros, pues me han conmovido profundamente los pormenores que me ha referido acerca de vuestros amores desgraciados.
Si aceptáis mis servicios, os juro por nuestro Santo Padre (¡sean con él la plegaria y la paz!) que os seré tan fiel como mi amigo Ben-Taher, pero más firme y constante. Y aunque no aceptarais mi ofrecimiento, no temáis que no sepa callar el secreto que se me ha confiado.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 161ª noche

Ella dijo:
"... el secreto que se me ha confiado. Al contrario, si mis palabras han podido convenceros, no hay sacrificio al cual no esté dispuesto para seros grato, pues emplearé todos los medios que pueda para proporcionaros la satisfacción que deseáis, y hasta os ofrezco mi casa para que recibáis en ella, ¡oh mi señor! a la hermosa Schamsennahar".
Cuando el joven joyero hubo dicho estas palabras, el príncipe Alí sintió tal alegría que notó que las fuerzas le reanimaban el alma, e incorporándose besó al joyero, y le dijo: "¡Alah te ha enviado!, ¡oh Amín! ¡Por eso me confío a ti enteramente y sólo espero mi salvación de tus manos!" Volvió a repetirle las gracias, y se despidió de él llorando de alegría.
Entonces el joyero se retiró con la joven. La condujo a su casa, y le dijo que en lo sucesivo allí tendrían sus entrevistas los dos, lo mismo que la que proyectaba entre el príncipe Alí y Schamsennahar. Y la joven, después de haber aprendido el camino de la casa, no quiso diferir por más tiempo el enterar a su ama de lo ocurrido. Prometió, pues, al joyero volver al día siguiente con la contestación de Schamsennahar.
Y efectivamente, al otro día llegó a casa de Amín, y le dijo: "¡Oh Amín! mi señora ha llegado al límite de la alegría al saber lo bien dispuesto que estás en nuestro favor. ¡Y me encarga que venga en tu busca para llevarte a sus aposentos de palacio, donde quiere darte personalmente las gracias por tu espontánea generosidad, y por tu interés hacia unas personas cuyos designios nada te obligaba a proteger!"
El joyero, al oír estas palabras, en vez de demostrar prisa por satisfacer el deseo de la favorita se sintió sobrecogido de un gran temblor, se puso muy pálido, y acabó por decir a la joven: "¡Oh hermana mía! ya veo que ni Schamsennahar ni tú habéis pensado bien el paso que me pedís. Olvidáis que soy un hombre del vulgo, y que carezco de la amistad que poseía Abalhassan con los eunucos de palacio.
Yo no conozco para nada las costumbres de esas gentes. ¿Cómo he de atreverme a marchar a palacio, cuando me asombraba el oír los relatos de las visitas de Abalhassan? ¡Me falta valor para desafiar ese peligro! ¡Pero puedes decirle a tu ama que mi casa es el sitio más a propósito para las entrevistas; y que si se digna venir, podremos conversar a gusto, sin riesgo alguno!"
Pero como la joven instase para que la siguiera, y hasta le había decidido a levantarse, le sobrecogió de pronto tal temblor que se le doblaban las piernas. Y entonces la esclava tuvo que ayudarle para que se sentase de nuevo, y le dió a beber un vaso de agua fresca a fin de que se tranquilizase.
Y cuando vió que era imprudente insistir, la esclava dijo: "¡Tienes razón! Mucho mejor es, en interés de todos, decidir a Schamsennahar a que venga aquí. Voy a intentarlo, y seguramente la traeré. ¡Aguárdanos sin moverte para nada!"
Y como lo había previsto, en cuanto la confidente manifestó a la favorita la imposibilidad en que se encontraba el joyero de ir a palacio, Schamsennahar se levantó, y envolviéndose en su gran velo de seda, siguió a su esclava, olvidando la debilidad que hasta entonces la había paralizado en los almohadones. La confidente fué la primera que entró en la casa para enterarse de si su señora se expondría a que la viesen los esclavos o gente extraña, y preguntó a Amín: "¿Habrás echado fuera a los criados?"
Y él contestó: "Vivo solo aquí, con una negra vieja que me arregla la casa". Ella dijo: "¡De todos modos, hay que evitar que entre aquí ahora!" Y ella misma fué cerrando todas las puertas, y corrió después a buscar a la favorita.
Schamsennahar entró, y a su paso las salas y corredores se llenaban milagrosamente con el perfume de sus vestidos. Y sin decir palabra ni mirar en derredor, fué a sentarse en el diván, y se apoyó en los cojines que el joven joyero se apresuraba a colocar detrás de ella. Y así permaneció inmóvil, durante un buen rato, muy débil y sin poder apenas respirar. Por fin, cuando hubo descansado de aquella larga caminata, pudo levantarse el velillo y despojarse del manto. Y el joven joyero, deslumbrado, creyó que el mismo sol había entrado en su casa. Schamsennahar le miró un instante y le preguntó al oído a la esclava: "¿Este es el joven de quién me has hablado?" Y cuando la esclava le contestó afirmativamente, la favorita dirigió un expresivo saludo al joyero.
Y éste contestó: "¡Loado sea Alah! ¡Plegue a Alah guardarte y conservarte como el perfume en el oro!"
Ella le preguntó: "¿Eres casado o soltero?" El contestó: "¡Por Alah! ¡Soltero, o mi señora! Y no tengo padre, ni madre, ni pariente alguno. De modo que no tendré más ocupación que consagrarme a servirte; y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 162ª noche

Ella dijo:
...y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Sabe, además, que pongo por completo a tu disposición, para tus entrevistas con Ben-Bekar, una casa que me pertenece, en donde nadie habita, y que está situada enfrente de esta en que vivo. ¡Voy a amueblarla enseguida, para que os reciba dignamente y no os falte nada!"
Entonces Schamsennahar le dió expresivas gracias, y le dijo:
"¡Por Alah! mi destino es muy dichoso por haber tenido la suerte de encontrar un amigo tan adicto como tú. ¡Ahora me explico lo que vale la ayuda de un amigo desinteresado, y cuán delicioso es encontrar el oasis del reposo después del desierto de la tristeza! Cree que sabré demostrarte un día que conozco el precio de la amistad. ¡Mira a mi confidente, oh Amín! ¡Es joven, dulce y expresiva; pues te aseguro que a pesar de cuanto he de sentir separarme de ella, te la regalaré para que te haga pasar noches de luz y días de frescura!"
Y Amin miró a la joven, y le pareció que era muy agradable, en efecto, y que, además de ojos perfectamente hermosos, tenia unas nalgas absolutamente maravillosas.
Schamsennahar prosiguió: "¡Tengo en ella una seguridad ilimitada! ¡No temas confiarle cuanto te diga el príncipe Alí! ¡Y quiérela, porque tiene cualidades que refrescan el corazón!"
Y Schamsennahar, dichas estas cosas al joyero, se retiró seguida de su confidente, que se despidió de su nuevo amigo con una sonrisa.
Cuando se hubieron alejado, el joyero Amín corrió a su tienda y sacó todos los jarrones, todas las copas cinceladas y todas las tazas de plata, y las llevó a la casa donde habían de verse los amantes. Después visitó a sus conocidos, y a unos les pidió prestadas alfombras, a otros almohadones de seda y a otros vajillas y bandejas. Y de esta suerte acabó por amueblar magníficamente la casa.
Después de ordenarlo todo, y cuando se hubo sentado un momento para contemplarlo, vió entrar a su amiga la joven confidente de Schamsennahar. Esta se le acercó meneando gentilmente las caderas, y le dijo después de las zalemas: "¡Oh Amín! mi ama te envía su saludo de paz, y te repite las gracias, y te dice que ya está consolada del todo. Me encarga además que avises a su amante de que el califa ha marchado del palacio y que ella podrá venir aquí esta noche. Avisa, pues, al príncipe Alí, y estoy segura de que esta noticia acabará de restablecerle y le devolverá las fuerzas y la salud".
Dichas estas palabras, la joven se sacó del seno una bolsa llena de dinares y se la alargó a Amín, diciéndole: "Mi ama te ruega que gastes todo lo que sea, sin escatimar nada". Pero Amín rechazó la bolsa, diciendo: "¿Valgo tan poco a los ojos de tu dueña, ¡oh joven esclava! que quiera recompensarme con ese oro? Dile que Amín está pagado de sobra con el oro de sus palabras y la mirada de sus ojos".
Entonces la joven se guardó la bolsa, muy satisfecha por el desinterés demostrado por Amín, y corrió a contárselo a Schamsennahar, y a avisarle que todo estaba preparado. Después la ayudó a bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse con sus mejores ropas.
Por su parte, el joyero Amín fué a avisar al príncipe Alí Ben Bekar, después de haber colocado flores frescas en los jarrones y llenado las bandejas con manjares de todas clases, pasteles, dulces y bebidas, y colocado ordenadamente junto a la pared los laúdes, guitarras y demás instrumentos.
Entró en casa del príncipe Alí, a quien encontró más animado con la esperanza que había infundido en su corazón. Y la alegría del joven fué muy grande al saber que dentro de poco iba a ver a la amada, causante de sus lágrimas y de su dicha. Y desaparecieron todas sus penas y pesares, y su rostro se iluminó en seguida, adquiriendo mayor gentileza y más simpática dulzura.
Y por su parte, Amín le ayudó a vestirse el traje más magnífico, y después, sintiéndose tan fuerte como si nunca hubiera estado a las puertas de la tumba, emprendió con el joyero el camino de la casa.
Cuando entraron en ella, Amín se apresuró a invitar al príncipe a sentarse, y le colocó detrás de la espalda unos almohadones muy blandos, y a su lado, a derecha e izquierda, unas hermosas vasijas de cristal llenas de flores, y le puso entre los dedos una rosa. Y ambos, departiendo tranquilamente, aguardaron la llegada de la favorita.
Apenas habían transcurrido unos instantes, llamaron a la puerta y Amín corrió a abrir, y volvió en el acto seguido de dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 163ª noche

Ella dijo: m
...dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra. Y era la hora del llamamiento a la oración, en los alminares, al ponerse el sol. Y cuando afuera la voz extática de los muecines invocaba las bendiciones de Alah sobre la tierra, Schamsennahar se levantó el velo ante los ojos de Ben-Bekar.
Y al verse ambos amantes, cayeron desvanecidos, y tardaron como una hora en reponerse. Cuando por fin abrieron los ojos, se miraron silenciosa y largamente, sin llegar a poder expresar de otro modo su pasión. Y cuando tuvieron bastante dominio de sí mismos para poder hablar, se dijeron palabras tan dulces, que la esclava y el joven Amín no pudieron menos de llorar en su rincón.
Pero no tardó el joyero en suponer que era hora de servir a sus huéspedes, y ayudado por la esclava se apresuró a llevarles en primer lugar los perfumes agradables, que los prepararon para probar las viandas, las frutas y las bebidas, que eran abundantes y de primera calidad. Después Amín les echó agua en las manos, y les alargó las toallas de flecos de seda. Y entonces, completamente repuestos de su emoción, pudieron empezar a disfrutar realmente de la dicha de verse reunidos. Y Schamsennahar dijo a la esclava: "¡Dame ese laúd, para que cante la pasión inmensa que grita dentro de mi alma!" Y la confidente le presentó el laúd, que Schamsennahar se puso en las rodillas, y después de haberle templado rápidamente, preludió una melodía. Y el instrumento, manejado por sus dedos, sollozaba y reía, como si hablase su alma, extasiando a todos. Y con la mirada perdida en los ojos de su amigo, Schamsennahar cantó:
¡Oh cuerpo mío de enamorada, te has hecho diáfano al esperar al muy amado! ¡Pero ya está aquí! ¡El ardor de mis mejillas, bajo las lágrimas se endulza con la brisa de su llegada!
¡Oh noche bendita al lado de mi amigo, das a mi corazón más dulzura que todas las noches de mi destino!
¡Oh noche que aguardaba! ¡Mi muy amado me enlaza con su brazo derecho y yo con el izquierdo le envuelvo alegre!
¡Le envuelvo, y con mis labios aspiro el vino de su boca, mientras sus labios me vacían por completo! ¡Así me apodero de la colmena y de toda la miel!
Cuando oyeron este canto, sintieron los tres un goce tan grande, que gritaron desde el fondo de su pecho: "¡Ya leil! ¡Ya salam! ¡Estas son las palabras deliciosas!"
Después el joyero Amín, suponiendo que su presencia ya no era necesaria, y en el colmo del placer al ver a los dos amantes uno en brazos del otro, se decidió a dejarlos solos en la casa para no exponerse a molestarlos, y se retiró discretamente. Emprendió el camino de su casa, y con el ánimo completamente tranquilo se acostó pensando en la felicidad de sus amigos y durmió hasta por la mañana.
Pero al despertarse vió delante de él a su esclava negra, con la cara trastornada por el espanto. Y cuando abría la boca para preguntarle lo que le había pasado, la negra le señaló con silencioso ademán a un vecino que estaba a la puerta aguardando que despertase.
El vecino se acercó a una señal de Amín, y después de saludarle le dijo: "¡Oh mi vecino, vengo a consolarte por la espantosa desgracia que ha caído esta noche sobre tu casa!" El joyero exclamó: "¡Por Alah! ¿De qué desgracia hablas?" Y el hombre dijo: "Puesto que no te has enterado todavía, sabe que esta noche, apenas habías vuelto a tu casa, unos ladrones cuya primera hazaña no debe de ser ésta, y que probablemente te habrían visto la víspera trasladar a tu segunda casa cosas preciosas, han aguardado que salieras para precipitarse dentro de la casa, donde no pensaban encontrar a nadie; pero vieron a unos huéspedes que había alojado allí esta noche, y probablemente los habrán matado y hecho desaparecer, pues no se ha podido dar con sus huellas. En cuanto a la casa, los ladrones la han saqueado por completo, sin dejar ni una estera ni un almohadón. ¡Y está ahora más limpia y vacía que nunca!"
Al oír esto, el joven Amín levantó los brazos lleno de amargura: "¡Qué desgracia tan grande! ¡Mis bienes y todos los objetos que me habían prestado los amigos se han perdido sin remisión, pero esto no vale nada comparado con la pérdida de mis huéspedes!"
Y enloquecido, descalzo y en camisa, corrió a su segunda casa, seguido de cerca por el vecino, que trataba de consolarle. ¡Y vió, efectivamente, que las habitaciones resonaban como cosa vacía! Entonces se desplomó llorando, prorrumpiendo en suspiros, y luego exclamó: "¿Y qué haré ahora, vecino?"
El vecino contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta como siempre.

Pero cuando llegó la 164ª noche

Ella dijo:
El vecino contestó: "Creo, Amín, que el mejor partido es tomar la desgracia con paciencia y aguardar la captura de los ladrones, que tarde o temprano serán habidos, pues los guardias del gobernador andan buscándolos, no sólo por este robo, sino por otras fechorías que han perpetrado hace poco tiempo. Y el pobre joyero exclamó: "¡Oh, Abalhassan Ben-Taher, prudente varón! ¡Qué buena idea tuviste al retirarte tranquilamente a Bassra! ¡Pero lo que está escrito ha de ocurrir!" Y Amín volvió a emprender tristemente el camino de su casa, en medio del gentío que había averiguado toda la historia, y se compadecía de él al verle pasar.
Y al llegar a la puerta de su casa, el joyero Amín vió en el vestíbulo a un hombre que no conocía, y le aguardaba. Y el hombre, al verle, se levantó y le deseó la paz, y Amín le devolvió el saludo.
Entonces el hombre dijo: "¡Tengo que decirte algunas palabras secretas, que sólo debemos oír los dos!" Y Amín quiso llevarle a su aposento pero el hombre le dijo: "¡Vale más que estemos completamente solos, conque vámonos a tu segunda casa!"
Y Amín, pasmado, le preguntó: "Pero ¿cómo es que no te conozco, y tú me conoces a mí, y sabes que tengo dos casas?" El desconocido se sonrió y dijo: "Ya te lo explicaré todo. ¡Y si Alah quiere, contribuiré a consolarte!" Entonces Amín salió con el desconocido, y llegó a la segunda casa, pero allí su acompañante hizo observar a Amín que los ladrones habían echado la puerta abajo, y por consiguiente, no se podía estar allí libre de indiscretos.
Después dijo: "¡Sígueme y te llevaré a un sitio que conozco!"
Entonces el hombre echó a andar, y Amín fué detrás de él, siguiéndole de una calle a otra calle, de un zoco a otro zoco, de una puerta a otra puerta, hasta el anochecer. Entonces, como hubieran llegado hasta el Tigris, el hombre desconocido dijo: "¡Indudablemente estaremos más seguros en la otra orilla!"
Y en seguida se les acercó un barquero, salido no se sabe de dónde, y antes de que Amín pudiera enterarse, estaba ya con el otro en la barca, y en unos vigorosos golpes de remo se vieron en la orilla opuesta. El desconocido ayudó a Amín a saltar a tierra, cogiéndole de la mano, lo guió a través de unas calles angostas, y el joyero, muy intranquilo, pensaba: "¡En mi vida he puesto aquí los pies! ¿Qué aventura será esta aventura?"
Llegaron ante una puerta toda de hierro, y el desconocido, sacando del cinturón una enorme llave enmohecida, la metió en la cerradura, que rechinó terriblemente, y la puerta se abrió. El desconocido entró con el joyero, y después cerró la puerta. Y se hundieron por un corredor, que había que recorrer andando a gatas; y al final del corredor encontraron una sala que estaba alumbrada por una sola lámpara colgada en el centro. Y alrededor de aquella lámpara vió Amín sentados e inmóviles a diez hombres vestidos de igual manera, y de caras tan parecidas e idénticas, que creíase ver un solo rostro repetido diez veces en espejos.
Al verlos, Amín, que estaba ya rendido por lo que había andado desde por la mañana, se sintió completamente desvanecido, y cayó al suelo. Entonces el hombre que lo había traído le roció con un poco de agua, y de tal modo lo reanimó. Después, como ya estaba puesta la mesa, los diez hombres iguales se dispusieron a comer, no sin haber invitado a Amín a compartir su cena, todos con la misma voz. Y Amín, viendo que los diez comían de los mismos platos, dijo para sí: "¡Si esto estuviera envenenado no lo comerían!"
Y a pesar de su terror, se acercó y comió hasta saciarse, como hambriento que estaba desde por la mañana.
Terminada la comida, la misma voz una y décuple le preguntó: "¿Nos conoces?"
El contestó: "¡No, por Alah!" Los diez dijeron: "Somos los ladrones que esta noche pasada hemos saqueado tu casa y raptado a tus huéspedes, al joven y a la muchacha que cantaba. ¡Pero desgraciadamente, la criada logró salvarse huyendo por la azotea!"
Entonces Amín exclamó: "¡Por Alah sobre todos vosotros! ¡Señores míos, por favor, indicadme el lugar en que se encuentran mis dos huéspedes! ¡Y confortad mi alma atormentada, hombres generosos que habéis saciado mi hambre! ¡Y Alah os deje gozar en paz de cuanto me habéis quitado! ¡Dejadme ver a mis amigos!"
Entonces los ladrones alargaron el brazo, todos al mismo tiempo hacia una puerta cerrada y dijeron: "¡No temas ya por su suerte! ¡Más seguros están con nosotros que en casa del gobernador, y tú, por supuesto, lo mismo! ¡Sabe, efectivamente, que no te hemos traído aquí más que para que nos digas la verdad acerca de estos dos jóvenes, cuyo hermoso aspecto y noble actitud nos han pasmado tanto que no nos hemos atrevido a interrogarlos apenas hemos adivinado con quién teníamos que habérnoslas!"
Entonces el joyero Amín se tranquilizó mucho, y no pensó más que en granjearse todas las simpatías de los ladrones, y les dijo: "¡Oh señores míos!, bien claro veo ahora que si la compasión y la urbanidad llegaran a desaparecer de la tierra, se encontrarían intactas en vuestra casa. ¡Y no menos claro veo asimismo que cuando se trata con personas tan de fiar y tan generosas como vosotros, el mejor medio y el más seguro para captarse su confianza es no ocultarles nada de la verdad! ¡Escuchad, pues, mi historia y la suya, pues es asombrosa hasta el último límite de todos los asombros!"
Y el joyero Amín contó a los ladrones toda la historia de Shamsennahar y Alí ben-Bekar, y sus relaciones con ellos, sin olvidar un detalle, desde el principio hasta el fin. ¡Pero no es necesario repetirla!
Cuando los ladrones hubieron oído la extraña historia, quedaron en efecto extremadamente asombrados, y exclamaron: "¡Verdaderamente es un gran honor para nuestra casa albergar en este momento a la bella Schamsennahar y al príncipe Alí ben-Bekar! Pero, ¡oh joyero! ¿De veras no te burlas de nosotros? ¿Son realmente ellos?" Y Amín exclamó: "¡Por Alah, ¡oh señores míos! ellos son, absolutamente, con sus propios ojos!" Entonces los ladrones se levantaron como un solo hombre, y abrieron la puerta consabida, e hicieron salir al príncipe Alí y Schamsennahar, disculpándose mil veces, y diciéndoles: "¡Os suplicamos que nos perdonéis lo inconveniente de nuestra conducta, pues en realidad no podíamos suponer que íbamos a capturar personas de vuestra categoría en casa del joyero!"
Después se volvieron hacia Amín y le dijeron: "¡Y a ti te devolveremos enseguida los objetos preciosos que te hemos arrebatado, y sentimos muchos no poder devolverte también los muebles, porque los hemos dispersado, haciendo que lo vendan en varios sitios y en pública subasta!"
"Y la verdad es que se apresuraron a devolverme los objetos preciosos envueltos en un paquete grande; y yo, olvidándolo todo, no dejé de darles mil gracias por su generosidad. [1]
Entonces nos dijeron a los tres: "Ahora ya no queremos teneros más aquí, como no deseéis honrarnos con vuestra presencia entre nosotros". Y enseguida se pusieron a nuestra disposición, haciéndonos prometer únicamente no delatarlos y olvidar los desagradables ratos pasados.
"Nos llevaron, pues, a la orilla del río, y todavía no pensábamos en comunicarnos nuestras inquietudes, pues el temor aún nos tenía sin aliento, y nos inclinábamos a creer que todos aquellos sucesos ocurrían en sueños. Después, con grandes señales de respeto, los diez nos ayudaron a meternos en su barca, y se pusieron todos a remar con tal vigor, que en un abrir y cerrar de ojos llegamos a la otra orilla. Pero apenas habíamos desembarcado, ¡cuál no sería nuestro terror al vernos cercado de pronto por los guardias del gobernador, y capturados inmediatamente! Los ladrones, como se habían quedado en la barca, tuvieron tiempo de ponerse fuera de alcance a fuerza de remos.
"Entonces el jefe de los guardias se nos acercó, y nos preguntó con voz amenazadora: "¿Quiénes sois y de dónde venís?"
Sobrecogidos de miedo, nos quedamos mudos, lo cual acrecentó aún más la desconfianza del jefe de los guardias, que nos dijo: "¡Me vais a contestar categóricamente, o en el acto os mando atar de pies y manos, y se os llevarán mis hombres! ¡Decidme, pues, en dónde vivís, en qué calle y en qué barrio!"
Entonces, queriendo salvar a toda costa la situación, comprendí que debía hablar, y respondí: "¡Oh señor! somos músicos, y esta mujer es cantora de oficio. Esta noche estábamos en una fiesta que reclamaba nuestro concurso en la casa de esas personas que nos han traído hasta aquí. ¡Pero no podemos deciros el nombre de esas personas, pues en nuestro oficio no solemos enterarnos de tales pormenores, y nos basta sólo con que nos paguen bien!"
Pero el jefe de los guardias me miró severamente, y me dijo: "¡No tenéis mucha traza de cantantes, y me parecéis muy aterrados e inquietos para ser personas que acaban de salir de una fiesta! Y vuestra compañera, con tan buenas alhajas, tampoco tiene trazas de almea. ¡Hola! ¡Guardias, coged a esta gente y llevadla enseguida a la cárcel!"
Al oír estas palabras Schamsennahar se decidió a intervenir personalmente, y acercándose al jefe de los guardias, le llamó aparte y le dijo al oído algunas palabras, que le hicieron tal efecto, que retrocedió unos pasos y se inclinó hasta el suelo, balbuciendo fórmulas respetuosísimas de homenaje. Y en seguida dió orden a su gente de que acercara dos embarcaciones, y ayudó a Schamsennahar a entrar en una mientras me introducía en otra con el príncipe Ben-Bekar. Después mandó a los barqueros que nos llevaran adonde les mandáramos ir.
Y enseguida cada barca siguió diferente dirección: Schamsennahar hacia su palacio, y nosotros hacia nuestro barrio.
"En cuanto a nosotros, apenas habíamos llegado a casa del príncipe, cuando le vi, sin fuerzas ya y extenuado por tan continuas emociones, desplomarse sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 165ª noche

Ella dijo:
...sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa. Porque, según me dió a entender por el camino, después de lo que había pasado, perdía toda esperanza de tener otra entrevista con su amiga Schamsennahar.
"Entonces, mientras las mujeres y los servidores se ocupaban en hacer volver al príncipe de su desmayo, su familia se figuró que yo debía de ser el causante de todas aquellas desgracias que no entendían, y quiso obligarme a darle toda clase de pormenores.
Pero yo me guardé muy bien de explicarles nada. Y les dije: "¡Buena gente, lo que le ocurre al príncipe es tan extraordinario, que él es el único que os lo puede contar!"
Y afortunadamente para mí, el príncipe recobró el conocimiento en aquel instante, y sus parientes ya no se atrevieron a insistir en el interrogatorio delante de él. Y yo, temiendo nuevas preguntas, y ya algo tranquilo respecto al estado de Ben-Bekar, cogí mi paquete y me fui a toda prisa hacia mi casa.
"Al llegar encontré a la negra que daba gritos agudísimos y desesperados y se abofeteaba, y todos los vecinos la rodeaban para consolarla de mi perdición, que se creía segura. Así es que al verme, la esclava se echó corriendo a mis pies, y quiso también someterme a un nuevo interrogatorio. Pero yo puse término a todo esto diciéndole que por lo pronto no tenía más que ganas de dormir; y me dejé caer, extenuado, en los colchones, y poniendo la cara en la almohada dormí hasta el otro día.
"Entonces la negra se me acercó y me hizo preguntas, y yo le dije: "Dame un buen tazón lleno". Me lo trajo, me lo bebí de un sorbo, y como la negra insistía, le dije: "¡Ha sucedido lo que ha sucedido! Entonces se fué. ¡Y yo me volví a dormir, y aquella vez no me desperté hasta pasados dos días y dos noches!
"Y cuando pude incorporarme, me dije: "¡La verdad es que tengo que ir a tomar un baño al hammam!" Y fui enseguida, aunque seguía muy preocupado con la situación de Ben-Bekar y Schamsennahar, de quienes nadie me había traído noticias. Fui pues, al hammam, en donde tomé mi baño, y me dirigí en seguida hacia mi tienda; y cuando sacaba la llave del bolsillo para abrir la puerta, una mano me tocó en el hombro, y una voz me dijo: "¡Ya Amín!" Entonces me volví, y conocí a mi joven amiga, la confidente de Schamsennahar.
"Pero en vez de alegrarme al verla, sentí un miedo atroz de que me vieran los vecinos en conversación con ella, pues todos sabían que era la confidente de la favorita. Me apresuré a meterme la llave en el bolsillo, y sin volver la cara eché a correr, completamente enloquecido, sin hacer caso de las voces de la joven, que corría detrás de mí, rogándome que me parara. Y así llegué hasta la puerta de una mezquita solitaria, me precipité dentro, después de haber dejado a la puerta las babuchas, me dirigí hacia el rincón más oscuro, y adopté enseguida la actitud de la oración. Entonces, más que nunca, pensé en lo grande que había sido la cordura de mi antiguo amigo Abalhassan ben Taher, que había huido de todas aquellas complicaciones, retirándose tranquilamente a Bassra. Y pensé para mis adentros: "¡Como Alah me saque sano y salvo, hago voto de no volverme a meter en semejantes trances, ni a hacer tales papeles!".
"Apenas estaba en aquel rincón oscuro cuando se me unió...
En este momento de su narración, Schehrazada, vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 166ª noche

"Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió la confidente, y ya entonces me decidí a hablar con ella, puesto que no teníamos testigos. Empezó por preguntarme: "¿Cómo estás, amigo Amín?"
Le contesté: "Perfectamente de salud. ¡Pero prefiero la muerte a esta constante inquietud en que vivimos!"
"Ella prosiguió: "¿Qué dirías si conocieras el estado en que se halla mi pobre señora?" ¡Ah! ¡Ya rabbi! ¡Me desmayo sólo con recordar el momento en que la vi regresar a palacio! ¡Yo pude llegar antes, huyendo de azotea en azotea, y tirándome al suelo desde la última casa! ¡Si la hubieras visto llegar! ¿Quién habría podido creer que aquella cara tan pálida como la de un cadáver desenterrado era la de Schamsennahar, la luminosa? Así es que al verla rompí en sollozos, echándome a sus pies y besándoselos. Ella me mandó entregar al barquero mil dinares de oro por su trabajo, y después le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada en nuestros brazos. La llevamos a la cama, y empecé a rociarle el rostro con agua de flores; le sequé los ojos, le lavé pies y manos, y la mudé de ropa. Entonces tuve la alegría de verla volver en sí, y le di enseguida un sorbete de rosa, le hice oler jazmines, y le dije: "¡Oh mi señora, por Alah sobre ti! ¿Adónde iremos a parar si seguimos así?"
Ella contestó: "¡Oh mi fiel confidente! ¡Ya no hay en la tierra nada que me invite a la vida! Pero antes de morir quiero tener noticias de mi amado. ¡Ve, pues, a buscar al joyero Amín, y llévale estas bolsas llenas de oro, y ruégale que las acepte en compensación de los daños y perjuicios que le ha causado nuestra aventura!"
"Y la confidente me alargó un paquete muy pesado que llevaba y que debía contener más de 5.000 dinares de oro, de lo cual, efectivamente, pude cerciorarme más adelante.
Después prosiguió: "¡Schamennahar me ha encargado después que te pida, como última súplica, que nos des noticias, sean buenas o malas, del príncipe Alí!"
No pude negarle lo que me pedía como un favor, y a pesar de mi firme resolución de no meterme más en aquella aventura peligrosa, dije que aquella noche en mi casa le facilitaría noticias sobre el príncipe. Y después de rogar a la joven que fuese a mi tienda para dejar el paquete, salí de la mezquita y me dirigí a casa del príncipe Alí ben Bekar.
Y allí me enteré de que todos, mujeres y servidores, me estaban aguardando hacía tres días, y no sabían cómo hacer para tranquilizar al príncipe Alí, que me reclamaba sin cesar, exhalando hondos suspiros. Y le encontré con los ojos casi apagados, y con más aspecto de muerto que de vivo. Entonces me acerqué a él con lágrimas en los ojos, y le estreché contra mi pecho...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 167ª noche

Ella dijo:
"...y le estreché contra mi pecho y le dije muchas cosas para consolarlo un poco, pero no lo pude conseguir, y me dijo: "¡Oh Amín, como sé que mi alma va a escaparse, deseo antes de morir dejarte una muestra de gratitud!" Y ordenó a sus esclavos: "¡Traed tal y cuál cosa!". Y enseguida los esclavos se apresuraron a traer toda clase de objetos preciosos, vasijas de oro y plata, alhajas de mucho valor. Y me dijo: "¡Te ruego que aceptes esto en sustitución de lo que te han robado!"
Y mandó a los esclavos que transportaran todo a mi casa. Enseguida dijo: "¡Sabe, amigo mío, que en este mundo todas las cosas tienen un fin! ¡Desdichado de quien no alcanza su fin en el amor, pues no le queda más que la muerte! ¡Y si no fuera por mi respeto a la ley del Profeta (¡sea con él la paz!), ya habría yo apresurado el momento de esa muerte, que comprendo que se aproxima! ¡Si supieras los sufrimientos que se ocultan bajo de mis costillas! ¡No creo que haya hombre que haya sufrido tantos dolores como los que llenan mi corazón!"
"Entonces le dije que la confidente me aguardaba en casa para saber noticias suyas, enviada con tal objeto por Schamsennahar. Y fui en busca de la joven para contarle la desesperación del príncipe, y que presentía su fin, y dejaría la tierra sin más pesar que el de verse separado de su amada.
"A los pocos momentos de llegar a mi casa vi entrar a la confidente llena de emoción y de trastorno, y de sus ojos brotaban abundantes lágrimas.
Y yo, cada vez más alarmado, le pregunté: "¡Por Alah! ¿Qué pasa ahora? ¿Puede haber algo peor que lo que nos ha ocurrido?"
Ella me contestó temblando: "¡Ya nos ha caído encima lo que tanto temíamos! ¡Estamos perdidos sin remedio, desde el primero hasta el último! El califa se ha enterado de todo y he aquí lo ocurrido. A consecuencia de la indiscreción de una de sus esclavas, el jefe de los eunucos entró en sospechas, y empezó a interrogar una por una a todas las doncellas de Schamsennahar. Y a pesar de sus negativas, dió con la pista y lo descubrió todo. Enteró inmediatamente al califa, que mandó llamar a la favorita, ordenando que la acompañaran, contra su costumbre, veinte eunucos de palacio. ¡De modo que todas estamos en el límite del espanto! ¡Y yo he podido zafarme un momento para avisarte del peligro que nos amenaza! ¡Ve, pues, a prevenir al príncipe que tome las precauciones necesarias!"
Y dicho esto, la joven regresó corriendo a palacio.
Entonces el mundo se ennegreció ante mis ojos, y exclamé: "¡No hay poder ni hay fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente!" ¿Qué otra cosa podía decir frente al Destino? Resolví volver a la casa del príncipe, aunque hacía pocos momentos que lo había dejado; y sin darle tiempo a pedirme ninguna explicación, le grité: "¡Oh Alí, no tienes más remedio que seguirme, o te espera la muerte más ignominiosa! ¡El califa lo sabe todo, y a estas horas habrá ordenado prenderte! ¡Alejémonos, sin perder un momento, y traspongamos las fronteras de nuestro país, fuera del alcance de quienes te buscan!"
Y enseguida, en nombre del príncipe, mandé a los esclavos que cargaran tres camellos con los objetos más valiosos y con víveres suficientes para el camino. Ayudé al príncipe a montar en otro camello, en el cual también monté yo detrás de él. Y en cuanto el príncipe se despidió de su madre nos pusimos en camino, tomando el del desierto...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta, como siempre.

Pero cuando llegó la 168ª noche

Ella dijo:
"... nos pusimos en camino, tomando el del desierto.
"Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir, ¡los destinos, bajo un cielo u otro, han de cumplirse! ¡Y efectivamente, nuestras desdichas habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos a otro mayor todavía!
"He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las palmeras, vimos surgir de pronto a nuestra izquierda, una cuadrilla de bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna, nos dejamos desarmar y despojar. ¡Los bandidos nos quitaron las bestias con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos encima, sin dejarnos más que la camisa! Hecho lo cual se alejaron, sin ocuparse más de nuestra suerte.
Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos, pues lo habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De todos modos, le pude ayudar a arrastrarse poco a poco hasta la mezquita que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe se arrojó al suelo y me dijo: "¡Aquí voy a morir, ya que Schamsennahar no debe de estar viva a estas horas!"
En la mezquita estaba rezando un hombre que, al acabar sus devociones, nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: "¡Oh jóvenes! ¿Sin duda sois forasteros y venís a pasar la noche aquí?" Le contesté: "¡Oh, jeique, somos unos forasteros a quienes los bandidos del desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que la camisa que llevamos encima!"
"Al oír estas palabras, el anciano nos manifestó mucha compasión, y nos dijo: "¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos y seré con vosotros! Salió para volver en seguida, acompañándole un muchacho que llevaba un paquete. El jeique sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y después dijo: "¡Venid a mi casa, donde estaréis mejor que en esta mezquita, pues debéis de tener hambre y sed!" ¡Y nos obligó a acompañarle a su casa, a la cual no llegó el príncipe más que para tenderle sin aliento en una alfombra! Y entonces, a lo lejos, como si viniera con la brisa que soplaba por el oasis a través de las palmeras, se dejó oír la voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de mi amigo!
¡Si el momento de la muerte le parece amargo a mi alma, no es porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de los ojos del amigo!
¡Ah! ¡Si yo hubiera sabido que el momento de la despedida estaba tan próximo, y que me vería privada para siempre de mi amigo, me habría llevado, como provisión para el camino, algo del contacto de sus ojos adorados!
"Apenas Alí ben-Bekar había empezado a oír aquel canto, levantó la cabeza y se puso a escuchar como fuera de sí. Y cuando la voz se extinguió le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
En este momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 169ª noche

Ella dijo:
"... le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
Al ver aquello, el anciano y yo rompimos a llorar, y nos pasamos así toda la noche; y le conté entre lágrimas esta triste historia. Y al llegar la mañana le confié el cadáver hasta que la familia, avisada por mí, fuera a buscarlo. Me despedí de aquel hombre tan bueno, y me dirigí rápidamente a Bagdad, aprovechando la salida de una caravana que allá se dirigía. Y en cuanto llegué, corrí a casa del príncipe, sin mudarme siquiera de ropa, y me presenté a su madre.
"Cuando la madre de ben-Bekar me vió llegar solo, sin su hijo, y observó mi tristeza, empezó a temblar, y yo le dije: "¡Oh venerable madre de Alí, Alah es el que manda, y la criatura tiene que someterse! ¡Cuando se dirige a un alma el escrito de llamada, el alma tiene que presentarse sin demora delante de su amo!"
"Al oír esto la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces al suelo, exclamó: "¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?"
Yo bajé los ojos sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse a llorar todas las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con sus lamentos.
Cuando por fin pudo oírme la madre de Alí, le conté los pormenores de la muerte, y le dije: "¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos, ¡oh madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!"
Entonces ella me preguntó: "¿Pero no ha dejado ningún encargo para que me lo transmitieras?" Yo contesté: "¡Me dijo que si moría era su mayor deseo que lo transportaran a Bagdad!" La madre del príncipe volvió a romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.

"Y dejándola entregada a sus preparativos de marcha, regresé a mi domicilio, pensando: "¡Oh, príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!"
"Y al llegar a mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi a la confidente de Schamsennahar vestida de luto, y con cara muy triste. Quise escaparme, pero la joven me obligó a entrar en casa con ella. Y sin hablarnos rompimos a llorar uno y otro. Después le dije: "¿Ya sabrás la desgracia?" Ella respondió: "¿A cuál te refieres, Amín?" Yo le dije: "¡La muerte del príncipe Alí!" Y al verla llorar de nuevo comprendí que nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
"Después ella me preguntó: "¿Y tú conoces mi desgracia?" Yo exclamé: "¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?" Ella contestó: "Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora mía!" Y rompió a llorar, hasta que por fin me dijo: "¡Escúchame, Amín!"
"Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos a presencia del califa, éste despidió a todo el mundo, se acercó a ella, la mandó sentar junto a él, y con voz llena de bondad le dijo: "¡Oh Schamsennahar! ¡Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto indigno de ti y de mí! ¡Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo ante todo el palacio he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa, y el número de tus esclavos, y los gastos tuyos! ¡Te ruego, por lo tanto, que abandones esa aflicción que me aflige también a mí! ¡Y para distraerte, voy a llamar a las cantarinas de palacio, y disponer que traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!"
Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas. Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado al lado de Schamsennahar, que a pesar de tanta bondad se sentía cada vez más débil, mandó a las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en este canto:
¡Oh lágrimas, hacéis traición a los secretos de mi alma, no dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio! ¡He perdido al amigo amado por mi corazón!
Al oír esto, Schamsennahar, exhaló un gran suspiro, y cayó de espaldas. El califa, afectadísimo, se inclinó hacia ella rápidamente, creyéndola desmayada, ¡pero la levantó muerta!
"Entonces tiró la copa que tenía en la mano, derribó las bandejas, y mientras dábamos gritos espantosos nos mandó salir a todas ordenando que rompiéramos las guitarras y los laúdes de la fiesta. Yo fui la única a quien permitió que permaneciera en el salón. El emir se colocó a Schamsennahar en las rodillas, y así estuvo llorando toda la noche, mandándome que no dejase entrar a nadie.
"A la mañana siguiente confió el cuerpo a las plañideras y lavadoras, y mandó que se le hicieran funerales de mujer legítima, y todavía más grandiosos. Después se encerró en sus habitaciones, y desde entonces no se le ha vuelto a ver en el salón de justicia".
"Por mi parte lloré con la joven la muerte de Schamsennahar, y ambos nos pusimos de acuerdo para que Alí ben-Bekar fuera enterrado al lado de Schamsennahar. Y aguardamos el regreso de la madre, y cuando regresó, tributamos al cadáver del príncipe unos fastuosos funerales, y logramos que se le sepultara al lado de la tumba de Schamsennahar.
"Y desde entonces yo y la joven confidente, que llegó a ser mi esposa, visitamos las dos tumbas, para llorar por los amantes, de quienes habíamos sido tan amigos".
Y tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada- la historia conmovedora de Schamsennahar, favorita del califa Harún Al- Raschid.



[1] Obsérvese que desde este momento el joyero es quien hace el relato, sin transición



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