Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

Si desea escuchar noche por noche vaya a
http://www.1001noches.co/

13 P1 Aventuras del Joven Kanmakán, hijo de Daul'Makan - Primera de dos partes

De la noche 138 a la noche 145





Ir a segunda parte

 13 P1 Aventuras del Joven Kanmakán, hijo de Daul'Makan - Descargar MP3

Aventuras del joven Kanmakan, hijo de Daul'makan

En efecto, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada- en cuanto al joven Kanmakán y su prima Fuerza del Destino, ¡cuán hermosos se habían hecho! La armonía de sus facciones llegó a ser más exquisita, sus perfecciones germinaron en su plenitud; y realmente, sólo se les podía comparar con dos ramas llenas de frutos, y con dos lunas esplendorosas.
Y para hablar particularmente de cada uno de ellos, hay que decir que Fuerza del Destino reunía todo lo necesario para volver loco a cualquiera, pues en su regia soledad, y aislada de todas las miradas, la blancura de su tez se había hecho sublime, su cintura se había adelgazado lo precisamente necesario, y aparecía derecha como la letra aleph; sus caderas eran absolutamente adorables en su maciza pompa, y en cuanto al sabor de su saliva, ¡oh leche, oh vinos, oh dulces! ¿Qué sois?
Y para decir algo respecto a sus labios, que eran del color de las granadas, ¡hablad vosotras, delicias de las frutas maduras! Y en cuanto a sus mejillas, ¡sus mejillas! hasta las mismas rosas habrían reconocido su superioridad. Así son verdaderas estas palabras del poeta en honor suyo:
¡Embriágate, corazón mío! ¡Bailad de júbilo en vuestras órbitas, ojos míos! ¡Hela aquí! ¡Constituye las delicias del mismo que la creó!
¡Sus párpados desafían al kohl a que los haga más oscuros! ¡Siento que sus miradas atraviesan mi corazón, como si fueran la espada del Emir de los Creyentes!
¡En cuanto a sus labios! ¡Oh jugo que brotas de las uvas maduras antes de pisarlas! ¡Jarabe que filtras bajo la prensa de las perlas!
¡Y vosotras, ¡oh palmeras que sacudís vuestros a la brisa los racimos de vuestros cabellos! he aquí su cabellera!
Así era la princesa Fuerza del Destino, hija de Nozhatú. Pero en cuanto a su primo el príncipe Kanmakán, era otra cosa. Los ejercicios y la caza, la equitación y los torneos con lanza y azagaya, el tiro al arco y las carreras de caballos, habían dado flexibilidad a su cuerpo, y habían aguerrido su alma, y se había convertido en el jinete más hermoso de los países musulmanes, y en el más valeroso entre los guerreros de las ciudades y las tribus. Y con todo eso, su tez había seguido tan fresca como la de una virgen, y, su cara era más bella a la vista que las rosas y los narcisos, como dice el poeta hablando de él:
¡Apenas circuncidado, la seda adornó amorosamente la dulzura de su barbilla, para luego con la edad sombrear sus mejillas con un terciopelo negro de tejido muy apretado!
¡Ante los ojos encantados de quienes le miraban, parecía el cervatillo que ensaya una danza tras los pasos de su madre!
¡Para las almas atentas que le seguían, sus mejillas, dispensadoras de la embriaguez, ofrecían el rojo color de una sangre tan delicada como la miel de su saliva!
¡Pero a mí, que consagro mi vida a la adoración de sus encantos, lo que me arrebata el alma es el color verde de su calzón!
Hay que saber que hacía algún tiempo que el gran chambelán, tutor de Kanmakán, a pesar de las amonestaciones de su esposa Nozhatú, y de los beneficios que debía al padre de Kanmakán, se había apoderado completamente del poder, y hasta se había hecho proclamar sucesor de Kanmakán por cierta parte del pueblo y del ejército.
En cuanto a la otra parte del pueblo y del ejército, había permanecido fiel al nombre y al descendiente de Omar Al-Nemán, y cumplía sus deberes bajo la dirección del anciano visir Dandán. Pero el visir Dandán, ante las amenazas del gran chambelán, había acabado por alejarse de Bagdad, y se había retirado a una ciudad vecina, aguardando que el Destino ayudase al huérfano a quien se quería desposeer de sus derechos.
Así es que el gran chambelán, no teniendo nada que temer, había obligado a Kanmakán y a su madre a que se encerraran en sus habitaciones, y hasta había prohibido a Fuerza del Destino que tuviese relación alguna con el hijo de Daul'makán; de suerte que la madre y el hijo vivían muy retirados, aguardando que Alah se dignara devolver sus derechos a aquel a quien correspondían.
Pero de todos modos, a pesar de la vigilancia del gran chambelán, Kanmakán podía ver en ocasiones a su prima, y hasta hablarle, pero sólo furtivamente. Y un día que no pudo verla, y que su amor le torturaba el corazón, cogió un pliego de papel y le escribió estos versos apasionados:
¡Andabas, ¡oh amada mía! entre tus esclavas, bañada en toda tu belleza! ¡Al pasar tú, las rosas se secaban de envidia en sus tallos, al compararse con tus mejillas!
¡Los lirios guiñaban el ojo ante tu blancura; las manzanillas floridas, sonreían ante la sonrisa de tus dientes!
¿Cuándo acabará mi destierro; cuándo se curará mi corazón de los dolores de las ausencias; cuándo mis labios dichosos se acercarán por fin a los de mi amada?
¿Podré saber por fin si es posible nuestra unión aunque sólo fuese por una noche, para ver si compartes las sensaciones que en mí se desbordan?
¡Concédame Alah paciencia en mis males, como el enfermo que soporta el cautiverio, pensando en la curación!
Cerrada la carta, se la entregó al eunuco, cuya primera diligencia fué ponerla en manos del gran chambelán. Así es que al leer esta declaración, el gran chambelán juró que iba a castigar al joven insolente. Pero pensó después que valía más no propalar la cosa, y hablar solamente de ella con Nozhatú. Fué, pues, en su busca, y después de haber despedido a la joven Fuerza del Destino, indicándole que bajase a respirar el aire del jardín, dijo a su esposa ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 139ª noche

Ella dijo:
El gran chambelán dijo a su esposa Nozhatú: "Has de saber que el joven Kanmakán ha llegado a la pubertad hace tiempo, y siente inclinación hacia tu hija Fuerza del Destino. Por consiguiente, hay que separarlos desde ahora, porque es muy peligroso acercar la leña al fuego. Así, pues, tu hija no saldrá de las habitaciones de las mujeres, ni se descubrirá la cara, porque ya no está en la edad en que las muchachas pueden salir descubiertas. ¡Y sobre todo, cuida de que no se vean, pues en cuanto haya el menor motivo, impediré para siempre a ese joven que se deje llevar de los instintos de su perversidad!"
Nozhatú, en cuanto su marido se marchó, se puso a llorar, buscó a su sobrino Kanmakán, y le enteró de todo. Después dijo: "Sabe, ¡oh sobrino mío! que sin embargo te facilitaré que puedas hablar con Fuerza del Destino, pero con una puerta por medio. ¡Por lo tanto, ten paciencia hasta que Alah se compadezca de ti!"
Pero Kanmakán sintió que toda su alma se trastornaba al oír aquella noticia. Y exclamó: "¡No viviré ni un momento más en un palacio en el cual debería ser yo el único que mandase! ¡Y tampoco sufriré por más tiempo que las piedras de esta casa presencien mis humillaciones!" Enseguida se despojó de su traje, se cubrió la cabeza con un gorro de saalik, se echó sobre los hombros un viejo manto de nómada, y sin tomarse tiempo para despedirse de su madre ni de su tía, se dirigió apresuradamente hacia las puertas de la ciudad. Y como provisiones para el camino, sólo llevaba en el saco un pan de tres días.
Apenas se abrieron las puertas de la ciudad, fué el primero que las franqueó y se alejó a muy buen paso, recitando estas estrofas a manera de despedida:
¡Ya no te temo, corazón mío; puedes latir hasta romperte dentro de mi pecho! ¡Mis ojos ya no pueden enternecerse, ni en mi alma puede tener asiento la piedad!
¡Corazón agobiado por el amor, mi voluntad, a pesar tuyo, no ha de doblegarse ni ha de aceptar más humillaciones, aunque viese que se derretía por completo mi cuerpo!
¡Perdóname! Si me apiadara de ti, corazón mío, ¿qué sería de mi energía? ¡El que se deja vencer por los ojos de fuego, no podrá quejarse de caer herido de muerte!
¡Quiero brincar libremente por la tierra sin límites, la buena tierra amplia y maternal, para salvar mi alma de todo cuanto pudiera apagar su vigor!
¡Combatiré con los héroes y con las tribus, me enriqueceré con el botín tomado a los vencidos, y poderoso con mi gloria y mi fuerza, volveré triunfal y todas las puertas se me abrirán solas!
¡Porque sábelo bien, corazón inocente: para tener los preciados cuernos del animal, hay que empezar por domar al animal o matarlo!
Mientras el joven Kanmakán huía de la ciudad, su madre, no habiéndole visto en todo el día, le buscó por todas partes sin encontrarle. Entonces se echó a llorar y esperó impaciente su regreso, muy alarmada.
Pero pasaron el primer día, el segundo, el tercero y el cuarto, y nadie tuvo noticias de Kanmakán. Entonces su madre se encerró para llorar en su aposento, y decía desde lo más profundo de su dolor: "¡Oh hijo mío! ¿Hacia dónde dirigiré mis llamamientos? ¿Hacia qué país correré a buscarte? ¿Qué pueden estas lágrimas que derramo por ti? ¿En dónde estás, hijo mío?"
Y la pobre madre no quiso beber ni comer, y su dolor fué conocido por toda la ciudad y compartido por todos los habitantes, que querían mucho al joven Kanmakán y al rey, su difunto padre. Y todos clamaban: "¿Dónde estás, ¡oh pobre Daul'makán! rey bueno y justo? ¡Se ha perdido tu hijo, y ninguno de los que colmaste de beneficios sabe encontrar su rastro! ¡Pobre descendencia de Ornar Al-Nemán! ¿Qué ha sido de ti?"
Y en cuanto a Kanmakán, he aquí que caminó durante todo el día, y no descansó hasta que cerró la noche. Al otro día y los siguientes caminó también, alimentándose de las plantas que cogía y bebiendo en los manantiales y en los arroyos. Al cabo de cuatro días llegó a un valle cubierto de bosques, por donde corrían las aguas y cantaban las aves y las palomas. Y allí se detuvo, hizo sus abluciones y después su plegaria, y habiendo cumplido de tal suerte sus deberes, como llegaba la noche se tendió bajo un árbol y se durmió. Permaneció dormido hasta medianoche. Entonces en medio del silencio del valle surgió una voz de entre las rocas y lo despertó.
Y la voz cantaba:
¡Vida del hombre! ¿Qué valdrías si no relampaguease la sonrisa en los labios de la amada, si no tuvieses el bálsamo de su rostro?
¡Oh muerte! ¡Sería deseable si mis días hubiesen de transcurrir siempre lejos de mi amiga, aquella que ni las amenazas ni el destierro me haría olvidar!
¡Oh alegría de los amigos que se reúnen en la pradera para beber los vinos exquisitos de manos del copero! ¡Oh qué alegría la suya; cómo los abrasa la pasión cuando toman la copa de manos del copero!
¡Primavera! ¡Tus flores, al abrirse al lado de la muy amada, curan en mi alma las durezas pasadas, los dolores de la suerte ciega! ¡Oh primavera, tus flores en la pradera!...
¡Y tú, amigo, que bebes el licor rojo y perfumado, mira! ¡Debajo de tu mano se extiende la tierra, alegre con sus aguas, sus colores y su fecundidad!
Después de este canto admirable, que se elevaba entre la noche, se levantó Kanmakán, y quiso descubrir entre las tinieblas el sitio de donde salía la voz; pero sólo pudo distinguir vagamente los troncos de los árboles que se recortaban sobre el río. Descendió hasta la misma orilla del río, y la voz se hizo más distinta, cantando este poema en medio de la noche:
¡Entre ella y yo hay juramento de amor! ¡Y por eso he podido dejarla en la tribu!
¡Mi tribu es la más rica en caballos veloces y en muchachas de ojos negros! ¡Es la tribu de Taim!
¡Brisa! ¡Su soplo llega hasta mí viniendo de entre los Beni-Taim! ¡Pacífica mi hígado y me embriaga!
Dime, esclavo Sabab: ¿aquella cuyo tobillo se ciñe con el cascabel sonoro, se acuerda alguna vez de mis juramentos de amor? ¿Y qué dice?
¡Ah pulpa de mi corazón, un escorpión me ha picado! ¡Ven, amiga! ¡Me curaré con el antídoto de tus labios, aspirando tu saliva y su frescura!
Cuando Kanmakán hubo oído por segunda vez este canto misterioso, quiso de nuevo ver en las tinieblas; pero como no lo pudo lograr, se subió a la cima de un peñasco, y con toda su voz, clamó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 140ª noche

Ella dijo:

... se subió a la cima de un peñasco, y con toda su voz clamó: "¡Oh, caminante entre las tinieblas de la noche! ¡Por favor! ¡Acércate aquí! ¡Oiga yo tu historia, que debe parecerse a la mía! ¡Y nos consoláremos mutuamente!"
Después se calló.
Pasados algunos momentos, la voz que había cantado dijo: "¡Oh tú que me llamas! ¿Quién eres? ¿Hombre de la tierra o genio subterráneo? ¡Si eres genio, sigue tu camino, pero si eres hombre, aguarda la aparición de la luz, porque la noche está llena de emboscadas y traiciones!"
Oídas estas palabras, Kanmakán dijo para sí: "¡Por mi alma, el que ha hablado es un hombre cuya aventura se parece extraordinariamente a la mía!" Y permaneció allí sin moverse hasta la aparición de la mañana.
Entonces vió avanzar hacia él, a través de los árboles del bosque, un hombre vestido como los beduinos del desierto, alto y armado de un alfanje y un escudo. Se levantó y le saludó; y el beduino le devolvió el saludo, y después de las fórmulas acostumbradas, le preguntó el beduino, pasmado de su juventud: "¡Oh joven a quien no conozco! ¿Quién eres? ¿A qué tribu perteneces? ¿Cuáles son tus parientes entre los árabes? Verdaderamente, a tu edad no se acostumbra viajar solo por la noche y por estas comarcas en que sólo se ven grupos armados. Cuéntame, pues, tu historia".
Y Kanmakán dijo: "Mi abuelo era el rey Omar Al-Nemán; mi padre el rey Daul'makán, y yo soy Kanmakán, que se abrasa en amor por su prima la princesa Fuerza del Destino".
Entonces el beduino dijo: "Pero ¿cómo es que siendo rey, ¡hijo de rey! vas vestido como un saalik y viajas sin una escolta digna de tu categoría?" El otro respondió: "Porque he de crearme esa escolta yo mismo, y empiezo por rogarte que seas el primero que formes parte de ella".
Oídas estas palabras, el beduino se echó a reír y le dijo: "Hablas, muchacho, como si fueras un guerrero invencible o un héroe famoso por cien combates. ¡Y para demostrarte tu inferioridad, ahora mismo voy a apoderarme de ti para que me sirvas de esclavo! ¡Y entonces, si verdaderamente tus padres son reyes, tendrán con qué pagar tu rescate!"
Kanmakán sintió entonces que el furor le brotaba de los ojos, y dijo al beduino: "¡Por Alah! ¡Nadie pagará mi rescate más que yo mismo! ¡Guárdate, pues, beduino! ¡Tus versos me habían hecho creer que tenías otros modales!
Y Kanmakán se lanzó contra el beduino, el cual, pensando que vencerle era cosa de juego, le aguardaba sonriente. ¡Pero cuán equivocado estaba! Efectivamente, Kanmakán se había erguido, bien afirmado sobre sus piernas, más sólidas que montañas y más aplomadas que alminares. Y con sus brazos poderosos apretó contra sí al beduino, ¡hasta hacerle crujir la osamenta y vaciarle las entrañas!
Y súbitamente, lo levantó a pulso, y llevándolo de este modo corrió hacia el río. Y el beduino, espantado al ver semejante fuerza en un niño, exclamó: "¿Pero qué vas a hacer?" Kanmakán contestó: "¡Voy a precipitarte en ese río, que te llevará hasta el Tigris; el Tigris te llevará hasta el Nahr-Issa; el Nahr-Issa hasta el Eufrates, y el Eufrates hasta tu tribu, para que pueda juzgar tu valentía y tu heroísmo!" Y el beduino, en el momento en que Kanmakán lo levantaba más aún en el aire para echarlo al río, exclamó: "¡Oh joven heroico! ¡Por los ojos de tu amada Fuerza del Destino te ruego que me perdones la vida! ¡Si lo haces así, seré el más sumiso de tus esclavos!"
Entonces Kanmakán lo dejó en tierra, y le dijo: "¡Me has desarmado con ese juramento!" Y se sentaron ambos a la orilla del río. Entonces el beduino sacó de su alforja un pan de cebada, lo partió, dió la mitad a Kanmakán con un poco de sal, y su amistad se consolidó para siempre.
Enseguida Kanmakán le preguntó: "Compañero: ahora que sabes quién soy, ¿quieres decirme tu nombre y el de tus padres?" Y el beduino dijo: "Soy Sabah ben-Remah ben-Hemam, de la tribu de Taim, en el desierto de Scham. Y he aquí mi historia en pocas palabras:
"Era yo de muy corta edad cuando murió mi padre. Y fui recogido por mi tío y criado en su casa, al mismo tiempo que su hija Nejma. Y me enamoré de mi prima Nejma, y Nejma se enamoró de mí. Y cuando tuve edad para casarme, la quise por esposa; pero su padre al verme pobre y sin recursos, no consintió nuestra boda. Pero ante las amonestaciones de los principales jefes de la tribu, mi tío se allanó a prometerme a Nejma por esposa con la condición de ofrecerle una dote compuesta de cincuenta caballos, cincuenta camellos, diez esclavos, cincuenta cargas de trigo y cincuenta de cebada, y más bien más que menos. Entonces comprendí que la única manera de constituir la dote de Nejma era salir de mi tribu e irme lejos para atacar a los mercaderes y saquear las caravanas. Y tal es la causa de que anoche estuviese en el sitio donde me oíste cantar. Pero ¡oh, compañero! ¿Qué vale esa canción si se la compara con la belleza de mi prima Nejma? Porque el que ve a Nejma, aunque solo sea una vez, se siente con el alma llena de bendición para toda la vida".
Y dichas estas palabras, calló el beduino.
Entonces le dijo Kanmakán: "¡Ya sabía yo, ¡oh compañero! que tu historia debía parecerse a la mía! ¡Así es que en adelante vamos a combatir juntos y a conquistar a nuestras amantes con el fruto de nuestras hazañas!"
Y al acabar de decir estas palabras, se alzó a lo lejos una polvareda que se acercó rápidamente; y ya disipada, apareció ante ellos un jinete cuya cara estaba amarilla como la de un moribundo, y cuyo traje estaba manchado de sangre. Y el jinete exclamó: "¡Oh musulmanes! un poco de agua para lavar mi herida. ¡Sostenedme, porque voy a exhalar el alma! ¡Auxiliadme, y si muero, será para vosotros mi caballo!"
Y efectivamente, el caballo no tenía igual entre todos los caballos de las tribus, y su perfección dejaba asombrados a cuantos lo miraban, pues reunía las cualidades de un caballo del desierto. Y el beduino, que como todos los de su raza entendía de caballos, exclamó: ¡"Verdaderamente, tu caballo es uno de esos que ya no se ven en nuestro tiempo!"
Y Kanmakán dijo: "¡Oh jinete, alárgame el brazo para que te ayude a bajar!". Y cogiéndolo lo colocó suavemente en el césped, y después le preguntó: "¿Pero qué tienes y qué herida es ésa?" Y el jinete se despojó el traje y mostró la espalda, que era toda ella una herida enorme, de la cual se escapaban oleadas de sangre.
Entonces Kanmakán se inclinó junto a él, y le lavó solícitamente las heridas, cubriéndolas con hierba fresca. Después le dió de beber, y le dijo: "¿Pero quién te ha puesto así, ¡oh hermano en infortunio!?"
Y el hombre dijo: "Sabe, ¡oh tú el de la mano caritativa! que ese hermoso caballo que ahí ves es la causa de que me halle en este estado. Ese caballo era propiedad del rey Afridonios, señor de Constantinia; y su reputación había llegado a todos nosotros los árabes del desierto.
Pero un caballo de esta clase no debía permanecer en las cuadras de un rey descreído, y fui designado por los de mi tribu para apoderarme de él en medio de los guardias que lo cuidaban, velando noche y día. Partí enseguida y llegué de noche a la tienda donde guardaban el caballo. Me hice amigo de los guardias, y aproveché que me preguntaran mi opinión acerca de él, y que rogaran que lo probase, para montarlo de un brinco y hacerlo salir al galope dándole latigazos.
Pasada su sorpresa, me persiguieron los guardias a caballo, lanzándome flechas, varias de las cuales me hirieron en la espalda. Pero mi caballo seguía galopando, más rápido que las estrellas errantes, y acabó por ponerme completamente fuera del alcance de mis perseguidores.
Hace tres días que estoy montado en él; ¡pero he perdido la sangre, se han agotado para siempre mis fuerzas, y siento que la muerte me cierra los párpados! Y puesto que me has socorrido, el caballo te corresponde a ti en cuanto yo muera. Se llama El-Katul El-Majnún, y es el ejemplar más bello de la raza de El-Ajuz.
"Pero antes, ¡oh joven cuyo traje es tan pobre como noble tu cara! hazme el favor de subirme a la grupa y llevarme hasta mi tribu, para que muera en la tienda en que nací".
Al oír estas palabras, dijo Kanmakán: "¡Oh hermano del desierto! pertenezco a un linaje en que la nobleza y la bondad son una costumbre. ¡Y aunque el caballo no fuera para mí, te haría el favor que me pides!"
Se acercó enseguida al árabe para levantarlo, pero exhaló un largo suspiro, y dijo: "Aguardad por favor: temo que el alma se me desangra, y voy a decir mi acto de fe". Y cerró a medias los ojos, extendió la mano con la palma hacia el cielo, y dijo:
"¡Afirmo que no hay más Dios que Alah! ¡Y afirmo que nuestro señor Mahomed es el enviado de Alah!"
Y después de haberse preparado a la muerte, entonó este canto, que fueron sus últimas palabras:

¡He recorrido el mundo al galope de mi caballo, sembrando por el camino la sangre y la carnicería! ¡He franqueado torrentes y montañas para el robo, el homicidio y el libertinaje!
¡Muero como viví, errante a lo largo de los caminos, herido por aquellos a quienes acabo de vencer! ¡Abandono el fruto de mis trabajos a orillas de un torrente, muy lejano de mi suelo natal!
Y sabe, ¡oh extranjero que heredas el único tesoro del beduino! ¡Que mi alma se tranquilizará si supiese que mi corcel Katul ha de tener en ti un jinete digno de su belleza!
Apenas el árabe hubo acabado este canto, abrió convulsivamente la boca, exhaló un estertor profundo, y cerró los ojos para siempre. Y Kanmakán y su compañero abrieron una huesa y enterraron al muerto. Después de rezar las oraciones de costumbre, partieron juntos en busca de su destino por el camino de Alah.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y aplazó para el otro día la continuación de su relato.

Pero cuando llegó la 141ª noche

Ella dijo:
... en busca de su destino por el camino de Alah. Y Kanmakán había montado en el caballo Katul, y el beduino Sabah se había contentado con seguirle a pie, por haberle jurado amistad y sumisión, reconociéndole como amo para siempre, y habiéndolo jurado por el santo templo de la Kaaba, mansión de Alah.
Entonces empezó para ellos una vida llena de hazañas y aventuras, cacerías, viajes, luchas contra las fieras, combates con los bandoleros, noches pasadas al acecho de bestias salvajes, días dedicados a pelear contra las tribus y amontonar botín. Y a costa de muchos peligros, reunieron así una incalculable cantidad de rebaños, caballos, esclavos y tiendas.
Y Kanmakán había encargado a su compañero Sabah de la vigilancia de todo. Y cuando se sentaban ambos para descansar, se contaban mutuamente sus penas y sus esperanzas, hablando uno de su prima Fuerza del Destino y el otro de su prima Nejma. Y esta vida duró por espacio de dos años.
Y he aquí, entre otras mil, una de las hazañas del joven Kanmakán:
Un día, montado en su caballo Katul, iba a la ventura, precedido por su fiel Sabah, que abría la marcha con la espada desnuda en la mano, lanzando gritos terribles, abriendo unos ojos como cavernas, y rugiendo, aunque la soledad del desierto fuera absoluta: "¡Abrid camino! ¡A la derecha! ¡A la izquierda!" Y he aquí que habían terminado de almorzar, habiéndose comido entre los dos una gacela asada, y bebido agua de un fresco manantial que estaba próximo.
Pasado un rato, llegaron a una montaña a cuyos pies se extendía un valle cubierto de camellos, camellas, carneros, vacas y caballos; y más allá, en una tienda, estaban unos esclavos que iban armados.
Al verlos, Kanmakán dijo a Sabah: "¡Quédate ahí! Voy a apoderarme yo solo de todo el rebaño y de esos esclavos". Y dichas estas palabras, puso al galope su corcel, como el rayo súbito de una nube que revienta y se arrojó sobre ellos, entonando este himno guerrero:
¡Somos de la raza de Omar Al-Nemán, de los hombres de grandes designios, de los héroes!
¡Somos señores que herimos en el corazón a las tribus hostiles cuando brilla el día del combate!
¡Protegemos a los débiles contra los poderosos! ¡Las cabezas de los vencidos nos sirven para adornar nuestras lanzas!
¡Guardad vuestras cabezas! ¡He aquí a los héroes, los de los grandes designios, los de la raza de Omar Al-Nemán!
Los esclavos, al verle, empezaron a dar grandes gritos, pidiendo socorro, creyendo que todos los árabes del desierto los atacaban de improviso. Entonces salieron de las tiendas tres guerreros, que eran los dueños de los rebaños; saltaron sobre sus caballos, y se precipitaron al encuentro de Kanmakán, gritando: "Es el ladrón del caballo Katul! ¡Ya es nuestro! ¡Sus al ladrón!"
Oídas estas palabras, Kanmakán les gritó: "¡Efectivamente, éste es el propio Katul, pero los ladrones sois vosotros, ¡oh hijos de zorra!"
Y se bajó hacia las orejas de Katul, hablándole para darle ánimos; y Katul brincó como un ogro sobre su presa. Y para Kanmakán la victoria fué un juego, pues al primer bote hundió la punta de su lanza en el vientre del primero que se presentó, y la hizo salir por el otro lado, con un riñón en el extremo. Después hizo sufrir la misma suerte a los otros dos jinetes. Y al otro lado de sus espaldas, un riñón adornaba la lanza perforadora.
Después se volvió hacia los esclavos. Pero cuando éstos vieron la suerte sufrida por sus amos, se precipitaron de bruces al suelo, pidiendo que los dejaran con vida. Y Kanmakán les dijo "¡Id, y sin perder tiempo, llevad por delante de mí ese rebaño, y conducidlo a tal sitio, en donde están mi tienda y mis esclavos!"
Y llevando por delante animales y esclavos, emprendió su camino, alcanzándolo prontamente Sabah, que, según la orden recibida, no se había movido durante el combate.
Y mientras caminaban de tal modo, llevando por delante esclavos y rebaño, vieron elevarse de pronto una polvareda, que al disiparse dejó aparecer a cien jinetes armados a la manera de los rumís de Constantinia.
Entonces Kanmakán dijo a Sabah: "¡Cuida de los rebaños y de los esclavos, y déjame habérmela contra esos descreídos!" Y el beduino se retiró enseguida, detrás de una colina, sin ocuparse de otra cosa que de vigilar lo que le había encargado. Y Kanmakán se lanzó él solo al encuentro de los jinetes rumís, que le rodearon enseguida por todas partes.
Entonces su jefe, avanzando hacia él, dijo: "¿Quién eres tú, ¡oh encantadora joven! que sabes regir tan diestramente un corcel de batalla, siendo tus ojos tan tiernos y tus mejillas tan lisas y floridas? ¡Acércate, que te bese los labios, y luego veremos! ¡Ven! ¡Te haré reina de todas las tierras por donde se pasean las tribus!"
Al oír estas palabras, Kanmakán sintió que una gran vergüenza se le subía a la cara, y exclamó: "¿Con quién crees que estás hablando, ¡oh perro, hijo de perra!? Si mis mejillas no tienen pelo, mi brazo, que vas a experimentar, te probará tu error, ¡oh ciego rumí que no sabes distinguir los guerreros de las muchachas!"
Entonces el jefe de los rumís se acercó a Kanmakán, y se cercioró de que en efecto, a pesar de la suavidad y blancura de su tez, y de lo aterciopelado de sus mejillas, vírgenes de vello, era, a juzgar por lo relampagueante de sus ojos, un guerrero difícil de dominar.

Y el jefe le preguntó a Kanmakán: "¿A quién pertenece ese rebaño? ¿Adónde vas tú tan lleno de insolencia y fanfarronería? ¡Ríndete a discreción, o eres muerto!" Y ordenó a uno de sus mejores jinetes que se acercase al joven y le hiciese prisionero. Pero apenas había llegado el jinete cerca de Kanmakán, cuando de un solo tajo de su alfanje le cortó en dos mitades el turbante, la cabeza y el cuerpo, así como la silla y el vientre del caballo. Después sufrieron igual suerte el segundo jinete que avanzó, y el tercero y el cuarto.
Al ver esto el jefe de los rumís ordenó a sus jinetes que se retirasen, y avanzando hacia Kanmakán, le dijo: "¡Tu juventud es muy bella, ¡oh guerrero! y tu valentía la iguala! Pues bien; yo soy Kahrudash, cuyo heroísmo es famoso en todo el país de los rumís, y te voy a otorgar la vida, precisamente por tu valor! ¡Retírate, pues, en paz, porque te perdono la muerte de mis hombres por tu belleza!" Pero Kanmakán le gritó: "¡Poco me importa que seas Kahrudash! ¡Lo que me importa es que ceses en tu palabrería y vengas a probar la punta de mi lanza! ¡Y sabe también que ya que te llamas Kahrudash, yo soy Kanmakán ben-Daul-makán ben-Omar Al-Nemán!"
Entonces el rumí dijo: "¡Oh hijo de Daul'makán! ¡He conocido en las batallas la valentía de tu padre! ¡Y tú has sabido unir la fuerza de tu padre a una elegancia perfecta! ¡Retírate, pues, llevándote todo el botín! ¡Así lo quiero!" Pero Kanmakán le gritó: "¡No es mi costumbre, ¡oh rumí! hacer volver las riendas a mi caballo! ¡Guárdate!" dijo, y acarició a su caballo Katul, que comprendió el deseo de su amo, y se precipitó, bajando las orejas y levantando la cola. Y entonces lucharon los dos guerreros, y los caballos chocaron como dos carneros que se cornean o dos toros que se despanzurran. Y varios ataques terribles fueron infructuosos. Después, súbitamente, Kahrudash con toda su fuerza dirigió la lanza contra el pecho de Kanmakán, pero éste, con una vuelta rápida de su caballo, supo evitarla a tiempo, y girando bruscamente, extendió el brazo, lanza en ristre. Y con aquel bote perforó el vientre del cristiano, haciendo que le saliera por la espalda el hierro chorreando. Y Kahrudash dejó para siempre de figurar entre el número de los guerreros descreídos.
Al ver esto, los jinetes de Kahrudash se confiaron a la rapidez de sus caballos, y desaparecieron en lontananza entre una nube de polvo que acabó por cubrirlos.
Entonces Kanmakán, limpiando su lanza, siguió su camino, haciendo seña a Sabah de que siguiera hacia adelante con el rebaño y los esclavos.
Y después de esta hazaña, Kanmakán encontró a una negra muy vieja, errante del desierto, que contaba de tribu en tribu historias y cuentos a la luz de las estrellas. Y Kanmakán, que había oído hablar de ella, le rogó que se detuviese para descansar en su tienda y le contara algo que le hiciera pasar el tiempo y le alegrase el espíritu ensanchándole el corazón. Y la vieja vagabunda contestó: "¡Con mucha amistad y con mucho respeto!" Después se sentó a su lado en la estera, y le refirió esta Historia del aficionado al haschisch:
"Sabe que la cosa más deliciosa que ha alegrado mis oídos, ¡oh mi joven señor! es esta historia que he llegado a saber de un haschash entre los haschaschín.
"Había un hombre que adoraba la carne de las vírgenes..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente

Pero cuando llegó la 142ª noche

Ella dijo:
"Había un hombre que adoraba la carne de las vírgenes y que no pensaba en otra cosa. De modo que como esa carne es de precio tan elevado, singularmente cuando es escogida y de encargo, y como no hay fortuna que pueda resistir indefinidamente unas aficiones tan costosas, el hombre consabido, que nunca se cansaba de ellas y se dejaba llevar de la intemperancia de sus deseos -porque solo el exceso es reprensible-, acabó por arruinarse completamente.
"Un día en que vestido con un traje todo destrozado y descalzo iba por el zoco mendigando el pan para alimentarse, le entró un clavo en la planta del pie, y lo hizo sangrar abundantemente. Entonces se sentó en el suelo, trató de restañar la sangre, y acabó por vendarse el pie con un pedazo de trapo. Pero como la sangre seguía corriendo, se dijo: "¡Vamos al hammam a lavarnos el pie y a sumergirlo en el agua, que le sentará admirablemente"
Y fué al hammam, y entró en la, sala común a la cual van los pobres, y que ostentaba una limpieza exquisita, reluciendo de manera encantadora. Y se acurrucó en el estanque central, y se puso a lavarse el pie.
"A su lado estaba un hombre que acababa de bañarse y. mascaba algo con los dientes. Y el herido se sintió muy excitado por la masticación del otro, y se apoderó de él un ansia ardiente de mascar también aquello. Entonces preguntó al otro: "¿Qué mascas, vecino?"
El otro contestó en voz baja, para que nadie le oyera: "¡Cállate! ¡Es haschisch! ¡Si quieres, te daré un pedazo!" El herido dijo: "¡Verdad es que quisiera probarlo, pues hace tiempo que lo deseo!" Entonces el hombre que mascaba se sacó un trozo de la boca y se lo dió al herido, diciéndole: "¡Ojalá te libre de todas tus preocupaciones!" Y nuestro hombre cogió el pedazo, y lo mascó, y se lo tragó entero. Y como no estaba acostumbrado al haschisch, en cuanto se produjo el efecto en su cerebro por la circulación de la droga, empezó por sentir una hilaridad extraordinaria, y esparció enormes carcajadas por toda la sala.
Pasado un momento, se desplomó sobre el mármol y fue presa de diversas alucinaciones, de las cuales te contaré una de las más deliciosas:
"Primeramente creyó verse desnudo del todo y bajo el dominio de un terrible amasador y dos negros vigorosos que se habían apoderado por completo de su persona, siendo como un juguete entre sus manos. Le daban vueltas y lo manipulaban en todos sentidos, clavándole en las carnes sus dedos nudosos e infinitamente expertos. Y gemía bajo el peso de sus rodillas cuando se las apoyaban en el vientre para darle masaje con toda su destreza. Después le lavaron, a fuerza de lanzarle jofainas de cobre, y le frotaron con fibras vegetales. Luego el amasador mayor quiso lavarle personalmente ciertas partes delicadas, pero como le hacía muchas cosquillas, hubo de decirle: "¡Yo mismo le haré!"
Terminado el baño, el amasador le rodeó la cabeza, los hombros y los riñones con tres paños más blancos que el jazmín, y le dijo: "¡Oh mi señor, ha llegado el momento de entrar en la habitación de tu esposa, que te aguarda!"
Pero él exclamó: "¿Qué esposa es esa? ¡Yo soy soltero! ¿Te habrá mareado el haschisch para disparatar de ese modo?" Pero el amasador dijo: "¡Basta de bromas! ¡Vamos a ver a tu esposa, que está impaciente!" Y le echó por los hombros un gran velo de seda blanca, y abrió la marcha, mientras los dos negros le sostenían por los hombros, haciéndole de cuando en cuando cosquillas en el trasero, sólo por broma. Y él se reía en extremo.
"Así llegaron a una sala medio oscura y perfumada con incienso, y en el centro había una gran bandeja con frutas, pasteles, sorbetes y jarrones llenos de flores. Y después de haberlo hecho sentar en un escabel de ébano, el amasador y los dos negros le pidieron la venia para retirarse, y desaparecieron.
"Entonces entró un muchacho, que se quedó de pie aguardando sus órdenes, y le dijo: "¡Oh rey del tiempo, soy tu esclavo!" Pero él, sin hacer caso de la gentileza del muchacho, soltó una carcajada que hizo retemblar toda la sala, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Todos éstos son aficionados al haschisch! ¡He aquí que ahora me llaman rey!" Y dijo después al muchachito: "Ven aquí, y córtame la mitad de una sandía bien colorada y bien tierna. Es lo que más me gusta. No hay nada como la sandía para refrescarme el corazón".
Y el muchacho le llevó la sandía admirablemente cortada en rajas. Entonces le dijo: "¡Márchate, que no me sirves! Ve a traerme lo que además de la sandía me gusta más, o sea carne virgen de primera". Y el muchacho desapareció.
"Y de pronto entró en la sala una muchacha muy joven, que avanzó hacia él moviendo las caderas, que apenas se dibujaban por lo muy infantiles que eran todavía. Y él, al verla, se puso a resollar con alegría, y cogió a la chiquilla en brazos, se la puso entre los muslos, y la besó con ardor. Y la hizo deslizarse debajo de él; sacó el zib y se lo puso en la mano. Y quién sabe lo qué iría a hacer, cuando bajo la sensación de un frío intensísimo despertó de su sueño.
"En este momento, y después de reflexionar que todo aquello no era más que el efecto del haschisch en el cerebro, se vió rodeado por todos los bañistas, que le miraban burlonamente, riéndose con toda su alma, y abriendo unas bocas como hornos. Y le señalaban con el dedo su zib desnudo, que se erguía en el aire hasta el límite de la erección, y parecía tan enorme como el de un borrico o el de un elefante. Y le echaban encima grandes cubos de agua fría, dirigiéndole chanzas como las que suelen darse en el hammam.
"Y el hombre se quedó muy confuso, se echó una toalla sobre las piernas, y dijo amargamente a los que se reían: "¡Oh buena gente! ¿Por qué me habéis quitado la chiquilla, cuando iba o poner las cosas en su lugar?" Y los otros al oír estas palabras, palmotearon de alegría y comenzaron a gritar: "¿No te da vergüenza decir semejantes cosas, ¡oh borracho de haschisch! después de gozar todo lo que has gozado?"
Y Kanmakán, al oír estas palabras de la negra, no pudo contenerse más y se echó a reír de tal modo, que se convulsionó de alegría. Después dijo a la negra: "¡Qué historia tan deliciosa! Apresúrate por favor a decirme la continuación, que debe de ser admirable para el oído y exquisita para el espíritu!" Y la negra dijo: "¡Verdaderamente, mi señor, la continuación es tan maravillosa que olvidarás cuanto acabas de oír; y es tan pura, tan sabrosa y tan extraña, que hasta los sordos se estremecerán de placer!" Y Kanmakán dijo: "¡Ah! ¡Prosigue entonces! ¡Estoy encantadísimo!"
Pero cuando la negra se aprestaba a narrar la continuación de su, historia, Kanmakán vió llegar delante de su tienda un correo a caballo que, habiendo echado pie a tierra, le deseó la paz. Y Kanmakán le devolvió la zalema. Entonces el correo dijo: "¡Oh señor! soy uno de los cien correos que el gran visir Dandán ha enviado en todas direcciones para encontrar el rastro del príncipe Kanmakán, que hace tres años se marchó de Bagdad. Porque el gran visir Dandán ha logrado sublevar a todo el ejército y todo el pueblo contra el usurpador del trono de Ornar Al-Nemán, y ha hecho prisionero al usurpador; y lo ha encerrado bajo tierra en el calabozo más hondo, de suerte que a estas horas el hambre, la sed y la vergüenza han debido arrancarle el alma. ¿Querrías decirme, ¡oh señor! si por acaso no te encontraste algún día con el príncipe Kanmakán, a quien corresponde el trono de su padre?"
Cuando el príncipe Kanmakán. . .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 143ª noche

Ella dijo:
Cuando el príncipe Kanmakán hubo oído esta noticia tan inesperada, se volvió hacia su fiel Sabah, y con voz muy tranquila, le dijo: "Ya ves, ¡oh Sabah! que todo ocurre cuando llega su hora. ¡Levántate y vamos a Bagdad!"
Al oír estas palabras el correo comprendió que se encontraba en presencia de su nuevo rey, y en seguida se prosternó y besó la tierra entre sus manos, lo mismo que Sabah y la negra. Y Kanmakán dijo a la negra: "¡Vendrás también conmigo a Bagdad, donde acabarás de contarme esa historia del desierto!"
Y Sabah dijo: "¡Permitidme entonces, ¡oh rey! que vaya delante para anunciar tu llegada al visir Dandán y al pueblo de Bagdad!" Y Kanmakán se lo permitió. Después, para recompensar al correo por la buena nueva, le cedió, como regalo, todas las tiendas, todo el ganado y todos los esclavos que había conquistado en sus aventuras de tres años. Y precedido por el beduino Sabah, y seguido por la negra, montada en un camello, salió para Bagdad al galope de su caballo Katul.
Y como el príncipe Kanmakán había cuidado de que se le adelantasen una jornada su fiel Sabah, éste alborotó en pocas horas toda la ciudad de Bagdad. Y todos los habitantes y todo el ejército, con el visir Dandán y los tres jefes Rustem, Turkash y Bahramán a la cabeza, habían salido fuera de las puertas para aguardar la llegada de aquel Kanmakán a quien tanto querían y a quien habían temido no volver a ver. Y hacían votos por la prosperidad y la gloria de la raza de Omar Al-Nemán.
De modo que en cuanto apareció el príncipe Kanmakán a todo galope de su caballo Katul, los gritos de alegría surcaron el espacio, lanzados por millares de hombres y mujeres que le aclamaban por rey. Y el visir Dandán, a pesar de su avanzada edad, se apeó enseguida, y fué a dar la bienvenida y a jurar fidelidad al descendiente de tantos reyes.
Después entraron en Bagdad, mientras la negra, subida en el camello y rodeada de una muchedumbre considerable, contaba una historia de entre sus historias.
Y lo primero que hizo Kanmakán al llegar a palacio, fué abrazar al gran visir Dandán, el más fiel a la memoria de sus reyes, y luego a los jefes Rustem, Turkash y Bahramán. Y lo segundo que hizo Kanmakán fué ir a besar las manos de su madre, que sollozaba de alegría. Y la tercera cosa fué decir a su madre: "¡Oh madre mía! ¡Dime por favor cómo está mi amada prima Fuerza del Destino!"
Y su madre contestó: "¡Oh hijo mío! no puedo contestarte, porque desde que te perdí no he pensado más que en el dolor de tu ausencia". Y Kanmakán dijo: "¡Te suplico, ¡oh madre mía! que vayas a saber noticias suyas y de mi tía Nozhatú". Entonces la madre salió y fué a las habitaciones de Nozhatú y su hija Fuerza del Destino, y volvió con ellas al gran salón en que las aguardaba Kanmakán.
Y entonces fué el desbordamiento de la alegría, y se dijeron los versos más bellos, entre más de mil los siguientes:
¡Oh sonrisa de las perlas en los labios de la amada, sonrisa bebida en las perlas mismas!
¡Mejillas de los amantes! ¡Cuántos besos conocisteis, cuántas caricias sobre vuestra seda!
¡Caricias de la cabellera deshecha por la mañana, caricias de los dedos que hormiguean numerosos!
¡Y tú espada que brillas como el acero fuera de la vaina, espada sin reposo, espada de la noche...!
Y como con auxilio de Alah su felicidad llegó al límite, nada hay que decir de ella. Desde entonces las desdichas se alejaron de la morada en que vivía la descendencia de Omar Al-Nemán, y fueron a caer sobre los que habían sido enemigos suyos.
Efectivamente, el rey Kanmakán, después de pasar largos meses de dicha en brazos de la joven Fuerza del Destino, convertida en su esposa, reunió un día en presencia del gran visir Dandán, a todos sus emires y jefes de tropa y a los principales de su imperio, y les dijo: ¡La sangre de mi padre no está aún vengada, y ya han llegado los tiempos!.
He aquí que he sabido que han muerto Afridonios y Hardobios de Kaissaria, pero la vieja Madre de todas las Calamidades vive aún, y según dicen nuestros correos, ella es quien rige y gobierna los países de los rumís. Y el nuevo rey de Kaissaria se llama Rumzán, y no se le conoce padre ni madre.
"Conque ¡oh vosotros todos, guerreros míos! desde mañana reanudaremos la guerra contra los descreídos. ¡Y juro por la vida de Mahomed ¡sean con él la paz y la plegaria! que no volveré a nuestra ciudad de Bagdad hasta no haber arrancado la vida a la malhadada vieja, y vengado a todos nuestros hermanos muertos en los combates!" Y todos los presentes mostraron su conformidad. Y al día siguiente el ejército estaba en marcha para Kaissaria.
Llegados ya al pie de las murallas enemigas y dispuestos al asalto, para llevarlo todo a sangre y fuego en aquella ciudad descreída, vieron avanzar hacia la tienda del rey a un joven tan bello que no podía ser más que hijo de un rey, y detrás de él a una mujer de aspecto respetable y con el rostro destapado. En aquel momento estaban en la tienda del rey el visir Dandán y la princesa Nozhatú, tía de Kanmakán, que había querido acompañar al ejército de los creyentes como acostumbrada a las fatigas de los viajes.
Y aquel joven y aquella mujer pidieron audiencia, que les fué otorgada enseguida. Pero apenas habían entrado, cuando Nozhatú dió un gran grito y cayó desmayada, y la mujer también dió otro grito y cayó desvanecida. Y en cuanto volvieron en sí, se echaron una en brazos de otra, besándose, pues la mujer no era otra que la antigua esclava de la princesa Abriza, la fiel Grano de Coral.
Enseguida Grano de Coral se volvió hacia el rey Kanmakán, y le dijo: "¡Oh rey! ya veo que llevas al cuello una gema preciosa, blanca y redonda. Y la princesa Nozhatú lleva otra también. Recordarás que la reina Abriza tenía la tercera. Pues esa tercera hela aquí".
Y la fiel Grano de Coral, volviéndose hacia el joven que había entrado con ella, mostró, atada a su cuello, la tercera gema; y después, con los ojos brillantes de júbilo, exclamó: "¡Oh rey, y tú mi ama Nozhatú! este joven es el hijo de mi pobre señora Abriza. Y yo le he criado desde que nació. Y es él, ¡oh todos vosotros! quien a la hora actual reina en Kaissaria. Pues es Rumzán, hijo de Omar Al-Nemán. Por lo tanto, es tu hermano, ¡oh mi señora Nozhatú! y tu tío, ¡oh rey Kanmakán!"
Al oír estas palabras de Grano de Coral, el rey Kanmakán y Nozhatú se levantaron y abrazaron al joven rey Rumzán, llorando de alegría. Y el visir Dandán también abrazó al hijo de su señor el rey Omar Al-Nemán, ¡téngalo Alah en su misericordia infinita!
Después el rey Kanmakán preguntó al rey Rumzán, señor de Kaissaria: "Dime, ¡oh hermano de mi padre! ¿Eres rey de un país cristiano y vives entre los cristianos? ¿Eres también nusraní?" Pero el rey Rumzán alargó la mano, y levantando el índice, exclamó: "¡La ilah ill Alah, ua Mahomed rassul Alah! [1]
Entonces la alegría de Kanmakán, Nozhatú y el visir Dandán llegó al límite más extremo, y exclamaron: "!Loor a Alah, que escoge a los suyos y los reúne".
Después Nozhatú preguntó: "¿Pero cómo has podido guiarte por el camino recto, ¡oh hermano mío! en medio de todos esos descreídos que niegan a Alah y no conocen a su enviado?" Rumzán contestó: "¡La buena Grano de Coral fué quien me inculcó los principios sencillos y admirables de nuestra fe! Ella se había convertido en una buena musulmana, al mismo tiempo que mi madre Abriza, durante los días que estuvieron en Bagdad, en el palacio de mi padre Omar Al-Nemán.
¡Así es que Grano de Coral ha sido para mí, no sólo la que me recogió al nacer y me educó, sustituyendo en todo a mi madre, sino también quien me ha convertido en un verdadero creyente, cuyo destino está en manos de Alah, Señor de reyes!"
Oídas estas palabras, Nozhatú mandó sentar a Grano de Coral a su lado en la alfombra, y la quiso mirar desde entonces como a hermana. En cuanto a Kanmakán, dijo a su tío Rumzán: "Tío, a ti te corresponde, por derecho de primogenitura, el trono del imperio de los musulmanes. ¡Y desde este momento me considero fiel súbdito tuyo!"
Pero el rey de Kaissaria dijo: "¡Oh sobrino mío! lo que Alah ha hecho, bien hecho está. ¿Cómo me atrevería yo a perturbar el orden establecido por el Ordenador?" En este momento intervino el visir Dandán, que dijo: "¡Oh reyes! lo más acertado es que reinéis alternativamente un día cada uno, siendo reyes ambos".
Y ellos contestaron: "Tu idea es admirable, ¡oh venerable visir de nuestro padre!"
En este momento de su narración Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. 

Ir a segunda parte

Notas del traductor
  1. Acto de fe musulmán. Basta decirlo una vez para probar que es musulmán. Y nadie pensará pedir otras demostraciones. Respecto a la circuncisión, se recomienda, pero no es necesaria para hacerse musulmán.




0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Con la tecnología de Blogger.