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12 P1 Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema - primera de dos partes

De la noche 130 a la noche 137





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Historia de la princesa Donia con el Príncipe Diadema

"Cuando el príncipe Diadema hubo oído esta admirable historia, y se enteró de cuán deseable y cuán interesante era la princesa Donia, y de cuán bellas cualidades poseía, así como su sapiencia en el arte del bordado, sintió dominado su corazón por un amor desbordante, y resolvió hacer todo lo posible para llegar junto a la princesa.
Y llevó con él al joven Aziz, del cual ya no quería separarse. Montó otra vez a caballo, y emprendió nuevamente el camino de la ciudad de su padre el rey Soleimán-Schah, señor de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán.
Lo primero que hizo fué poner a disposición de su amigo Aziz una hermosa casa que de nada carecía. Y cuando se cercioró de que Aziz tenía cuanto pudiera convenirle, marchó al palacio, se encerró en su habitación, negándose a recibir a nadie, y lloró amargamente. Porque las cosas que se oyen impresionan tanto como las que se ven o sienten.
Cuando su padre el rey Soleimán-Schah le vió tan pálido y tan acongojado, comprendió que Diadema tenía el alma llena de pesares y zozobras. Y le preguntó: "¿Qué tienes, ¡oh hijo mío! para cambiar así de color y estar tan afligido?"
Y el príncipe Diadema le contó que estaba enamorado de la princesa Donia, profundamente enamorado, aunque no la había visto jamás, pues para su pasión bastaba el relato de Aziz al describirle su andar gracioso, sus perfecciones, sus ojos y su maravilloso arte de bordar animales y flores.
Al recibir esta noticia, el rey Soleimán-Schah llegó al límite de la inquietud, y dijo al príncipe: "¡Hijo mío! esas Islas del Alcanfor y el Cristal son un país muy lejano del nuestro, y aunque sea tan maravillosa esa princesa Donia, advierte que en nuestra ciudad y en el palacio de tu madre encontrarás jóvenes hermosísimas y esclavas atrayentes, originarias de todas las comarcas del mundo. Llégate, pues, al aposento de las mujeres, y entre las quinientas esclavas que allí verás, más hermosas que lunas, elige las que más te agraden. Y si a pesar de todo ninguna de esas mujeres llegase a gustarte, pediré para ti como esposa a una hija entre las hijas de los reyes de los países vecinos. ¡Y te prometo que será mucho más bella y mucho más instruida que la misma princesa Donia!"
Pero el príncipe insistió: "¡Oh padre mío! sólo deseo por esposa a la princesa Donia, la que sabe dibujar y bordar gacelas tan admirablemente sobre el brocado. Mi amor no tiene remedio, y si no la consigo, huiré de mi país, de mis amigos y de mi casa, y me suicidaré por causa de ella".
Entonces su padre, viendo que era muchísimo peor contrariarle, le dijo: "En ese caso, ¡oh hijo mío! ten un poco de paciencia, y dame tiempo para que pueda enviar al rey de las Islas del Alcanfor y el Cristal una diputación que vaya a pedirle la mano de su hija, según el ceremonial que desde antiguamente se acostumbra, y que se empleó para mí cuando me casé con tu madre. Y si se negase, abriré la tierra por debajo de él, y haré que caiga sobre su cabeza todo su reino en ruinas, invadiendo y devastando sus comarcas con un ejército tan numeroso, que al desplegarse llegaría su vanguardia a las Islas del Alcanfor, cuando la retaguardia estuviera todavía detrás de las montañas de Ispahán, frontera de mi imperio".
Después de esto, el rey mandó llamar al joven mercader Aziz, amigo de Diadema, y le dijo: "¿Conoces el camino de las Islas del Alcanfor y el Cristal?" El otro contestó: "Lo conozco", y el rey dijo: "Me alegraría muchísimo que acompañases a mi gran visir, al cual envío de embajador cerca del rey de aquella comarca". Y Aziz contestó: "¡Oh rey del tiempo! ¡Escucho y obedezco!"
Entonces el rey Soleimán llamó al gran visir, y le dijo: "Arregla este asunto como te parezca mejor, pero es indispensable que vayas a las Islas del Alcanfor y el Cristal para pedir a la princesa Donia por esposa de Diadema". Y el visir respondió oyendo y obedeciendo. Y mientras tanto, el príncipe se retiró a su morada, recitando estos versos del poeta sobre los pesares de amor:
¡Interrogad a la noche! ¡Os dirá mi dolor y os cantará la elegía llena de lágrimas que modula en mi corazón la tristeza!
¡Interrogad a la noche! ¡Os dirá que soy el pastor cuyos ojos cuentan las estrellas, mientras que por sus mejillas cae el granizo del llanto!
¡Aunque mi corazón se desborde en deseos, me veo solo en el mundo, como la mujer de caderas fecundas que no halla la simiente de gloria!
Y el príncipe pasó muy pensativo toda la noche, negándose a tomar alimento y no pudiendo dormir.
En cuanto apareció el día, se apresuró el rey a ir en su busca, y al ver cuán desmejorado estaba, mandó apresurar los preparativos de la marcha, colmando a Aziz y al visir de ricos presentes para el rey de las Islas del Alcanfor y el Cristal, y para todos los de su séquito. Y en seguida se pusieron en camino.
Y viajaron días y noches, hasta que llegaron a la vista de las Islas del Alcanfor y el Cristal.
Entonces armaron las tiendas a orillas de un río, y el visir despachó un correo para anunciar al rey su llegada.
Y aun no había acabado el día, cuando vieron venir a los chambelanes y emires del rey, que después de las zalemas y saludos de bienvenida, los acompañaron hasta el palacio.
Y el visir y Aziz entraron en palacio, y se presentaron al rey haciéndole entrega de los regalos de su señor Soleimán, y el rey los apreció mucho, diciéndoles: "¡Los agradezco con todo el corazón de amigo, y sobre mi cabeza y mis ojos!" Y enseguida, según costumbre, se retiraron Aziz y el visir, y pasaron cinco días en palacio descansando de las fatigas del viaje.
A la mañana del quinto día, el visir se vistió su traje de honor, y se presentó ante el trono del rey, y le sometió la petición de su señor rey Soleimán, aguardando respetuosamente la respuesta.
Al oír las palabras del visir, el rey quedó muy pensativo, bajó la cabeza muy inquieto y meditabundo, y permaneció largo tiempo sin saber qué contestar al enviado del poderoso rey de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán. Pues sabía por experiencia que su hija odiaba el matrimonio, y que la petición iba a ser rechazada, como ya lo habían sido otras que le habían dirigido los principales príncipes de los reinos vecinos y de todas las tierras de los alrededores.
Por fin el rey acabó por levantar la cabeza, hizo una seña al jefe de los eunucos para que se acercase, y le dijo: "Ve a buscar a tu señora la princesa Donia, preséntale los respetos del visir y los regalos que nos trae, y repítele lo que acabas de oír de su boca". Y el eunuco besó la tierra entre las manos del rey, y desapareció.
Al cabo de una hora volvió con una nariz tan larga que le llegaba a los pies, y dijo: "¡Oh rey de los siglos y del tiempo! me he presentado ante mi ama la princesa Donia, y apenas formulé la petición, se le llenaron de ira los ojos, se incorporó, cogió una maza y corrió hacia mí para romperme la cabeza. Y me apresuré a huir a toda prisa, pero me persiguió a través de los corredores, gritando: "¡Si mi padre quiere obligarme al matrimonio, sepa que mi marido no tendrá tiempo para verme la cara, pues le mataré antes con mis propias manos, y enseguida me mataré yo!"
Al oír estas palabras del jefe de los eunucos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente aplazó el relato hasta el otro día.

Y cuando llegó la 131ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que después de estas palabras del jefe de los eunucos, el rey dijo al visir: "Acabas de oír con tus propios oídos lo que ha pasado. Transmite, pues, mis zalemas al rey Soleimán-Schah, y repítele lo ocurrido, diciéndole que a mi hija la horroriza el matrimonio. ¡Y Alah haga que llegues a tu país con toda seguridad!"
Entonces el visir y Aziz se apresuraron a regresar a la Ciudad Verde, y a repetir al rey Soleimán-Schah lo que había ocurrido.
Esta noticia encolerizó al rey, que quiso llamar a los emires y a los lugartenientes para reunir las tropas e invadir inmediatamente las comarcas de las Islas del Alcanfor y el Cristal.
Pero el visir pidió permiso para hablar, y dijo: "¡Oh soberano! no debes proceder de ese modo, pues en realidad la culpa no la tiene el padre, sino la hija, y el impedimento procede de ella sola. Y su mismo padre está tan contrariado como todos nosotros. Ya te he repetido las terribles palabras que la princesa Donia dijo al espantado jefe de los eunucos".
Cuando el rey Soleimán-Schah hubo oído al visir, acabó por darle la razón y se asustó al pensar en las amenazas de la princesa. Y se dijo: "Aunque invadiese su país y la redujese a ella a la esclavitud, de nada nos serviría, puesto que ha jurado matarse".
Entonces mandó llamar al príncipe Diadema, y muy afligido por el disgusto que iba a darle, le puso al corriente de todo. Pero el príncipe Diadema, lejos de desesperarse, dijo firmemente: "¡Oh padre mío! no creas que voy a dejar esto en tal estado. ¡Lo juro por Alah! ¡Sett-Donia será mi esposa! Llegaré hasta ella, aunque haya de arriesgar la vida". Y el rey dijo: "¿Pero de qué manera?"
Y respondió el príncipe: "Iré en calidad de mercader".
Y dijo el rey: "En ese caso lleva contigo al visir y a Aziz". Y en seguida mandó comprar mercaderías por valor de cien mil dinares, y que vaciasen en los sacos los tesoros encerrados en sus propios armarios. Y le dió cien mil dinares en oro, caballos, camellos, mulos y tiendas suntuosas forradas de seda y de colores admirables.
Entonces el príncipe Diadema besó las manos a su padre, se puso su ropa de viaje, fué en busca de su madre, y le besó igualmente las manos. Y su madre le dió cien mil dinares, y lloró mucho, e invocó sobre él la bendición de Alah, e hizo votos por la satisfacción de su alma y por su buen regreso entre los suyos. Y las quinientas damas de palacio, que rodeaban a la madre de Diadema, se echaron también a llorar, mirándole en silencio, con respeto y ternura.
Y el príncipe Diadema salió de la habitación de su madre, llamó a su amigo Aziz y al anciano visir, y dió la orden de marcha. Y como Aziz se echase a llorar, le preguntó el príncipe: "¿Por qué lloras, hermano Aziz?" Y éste dijo: "¡Oh hermano mío! ya sé que no puedo separarme de ti, pero ¡hace tanto tiempo que dejé a mi pobre madre! Y ahora, cuando llegue la caravana sin mí, ¿qué pensará mi madre al no verme entre los mercaderes?" El príncipe dijo: "¡Tranquilízate, hermano Aziz! Volverás a tu tierra en cuanto quiera Alah, después de habernos facilitado los medios de conseguir nuestro objeto". Y se pusieron en camino.
Y viajaron en compañía del sabio y prudente visir que, para distraerlos y para que Diadema lo sobrellevase todo con paciencia, les contaba historias admirables. Y también Aziz recitaba a Diadema inspirados poemas, e improvisaba versos llenos de encanto, hablando del amor y de los amantes. Como éstos, entre otros mil:
¡Vengo a contaros mi locura, y cómo el amor ha podido hacerme niño, rejuveneciendo mi vida!
¡Tú a quien lloro! ¡La noche aviva en mi alma tu recuerdo! ¡La mañana brota sobre mi frente, que no ha conocido el sueño! ¡Oh! ¿Cuándo vendrá el regreso después de la ausencia?
Al cabo de un mes de viaje llegaron a la capital de las Islas del Alcanfor y el Cristal, y al entrar en el gran zoco de los mercaderes, notó el príncipe Diadema que disminuían sus preocupaciones, animándose su corazón con alegres latidos. Hicieron alto por consejo de Aziz en el gran khan, y alquilaron para ellos todos los almacenes de abajo y todas las habitaciones de arriba, mientras el visir iba a buscarles una casa de la ciudad. Colocaron los fardos en los almacenes, y después de haber descansado cuatro días, fueron a visitar a los mercaderes del gran zoco de la seda.
Y por el camino dijo el visir: "Se me ocurre una cosa para que podamos alcanzar el fin deseado". Y el príncipe contestó: "Habla como gustes, pues los ancianos tienen inspiraciones, y sobre todo cuando poseen como tú la experiencia de los negocios".
Y el visir dijo: "Mi idea es que, en vez de dejar las mercaderías encerradas en el khan, donde los parroquianos no pueden verlas abramos para ti, ¡oh príncipe! una gran tienda en el zoco de la sedería. Y tú, en calidad de mercader, te sentarás a la entrada de la tienda para vender y mostrar los géneros, mientras que Aziz estará en el fondo para darte todas las telas y desenrollarlas. Y de esta suerte, como eres tan hermoso, y como Aziz no lo es menos que tú, he aquí que la tienda llegará a ser inmediatamente la más concurrida del zoco". Y Diadema contestó: "¡La idea es admirable!" Y vestido con un magnífico traje de gran mercader, entró en el zoco de la seda, seguido de Aziz, del visir y de sus servidores.
Cuando le vieron pasar los mercaderes, quedaron completamente deslumbrados por su belleza. Y todos dejaron de atender a los parroquianos en aquel momento. Los que estaban cortando telas se quedaron con las tijeras en el aire. Los que compraban abandonaron sus compras. Y todos se decían a un tiempo: "¿Será que el portero Raduán, aquel que tiene las llaves de los jardines del cielo, se habrá olvidado de cerrar las puertas, y así ha podido bajar a la tierra este joven celestial?"
Y otros exclamaban al verle: "¡Ya Alah! ¡Nos envías un ángel de entre tus ángeles para que veamos cuán hermosos son!"
Llegados al centro del zoco, preguntaron dónde estaba el gran jeique de los mercaderes, y se dirigieron hacia su tienda. Y cuando entraron en ella, se levantaron en honor suyo cuantos estaban sentados allí. Y pensaban: "¡Este venerable anciano es el padre de esos dos jóvenes tan hermosos!" El visir, después de hacer sus zalemas, preguntó: "¡Oh mercaderes! ¿Cuál de vosotros es el jefe del zoco?"
Y le contestaron: "Helo aquí". El visir miró al mercader que le señalaban, y vió que era un anciano muy alto, de barba blanca y de aspecto respetable, que se apresuró a hacerles los honores de su tienda, con un cordial saludo de bienvenida, e invitándoles a sentarse en la alfombra a su lado. Y exclamó: "¡Estoy dispuesto a todos los servicios que deseéis!".
Entonces el visir dijo: "¡Oh jeique el más amable de todos! Hace años que viajo con estos dos jóvenes por ciudades y comarcas para completar su instrucción, mostrándoles los diversos pueblos, para que aprendan a vender y comprar, sacando al mismo tiempo provecho de los diversos usos y costumbres. Y con este propósito venimos a establecernos en esta ciudad durante algún tiempo, pues deseo que mis hijos regocijen su vista en todas las cosas hermosas que contiene, y aprendan de los que viven en ella los buenos modales y la cortesía. Te rogamos, pues, que nos alquilen una buena tienda, bien situada, para que expongamos las mercaderías de nuestro país".
Y el jeique respondió: "Tendré mucho gusto en satisfaceros". Enseguida, volviéndose hacia los jóvenes para examinarlos mejor, sintió un pasmo sin límites, sólo con aquella ojeada, pues tanto le asombró su hermosura. Porque aquel jeique adoraba hasta la locura y sin ningún reparo los bellos ojos de los jóvenes, y su predilección se encaminaba al amor de los muchachos anteponiéndolo al de las doncellas, y prefiriendo con mucho el ácido sabor de los pequeños.
Dijo, pues, para sí: "¡Gloria y loor al que ha creado y modelado a estos dos jóvenes, formando semejante belleza de una materia sin vida!"
Y se levantó, les sirvió mejor que un esclavo a sus amos, y se puso por completo a sus órdenes, apresurándose a mostrarles las tiendas disponibles, y acabando por elegir para ellos una que estaba precisamente en el centro del zoco. Aquella tienda era la más hermosa de todas, la más clara, la más amplia, la de mejor exposición, y estaba construida con mucho arte, adornándola escaparates de madera labrada y anaquelerías de marfil, ébano y cristal. La calle estaba bien regada y barrida en su alrededor, y de noche se colocaba en su puerta el guarda del zoco. Por lo tanto, el jeique, en cuanto se ajustó el precio, entregó las llaves de la tienda al visir, y le dijo: "¡Haga Alah de esta tienda en manos de tus hijos un comercio próspero y abundante, bajo los auspicios de este día bendito!"
Entonces el visir mandó colocar en la tienda las mercaderías de valor, las hermosas telas, los brocados, todos los tesoros inestimables que habían guardado los armarios del rey Soleimán. Y terminado este trabajo, se llevó a los dos jóvenes a tomar un baño al hammam, muy próximo a la puerta del zoco, y que tenía fama por su limpieza y por sus mármoles relucientes. Entrábase en él subiendo tres peldaños, donde se colocaban ordenadamente los zuecos de madera.
Y los dos amigos, terminado el baño, no quisieron aguardar al visir, pues tenían mucha prisa por ocupar su sitio en la tienda. Salieron, pues, muy alegres, y la primera persona con quien se encontraron fué el jeique del zoco, que los aguardaba, lleno de pasión, en los peldaños del hammam. Y el baño había dado más esplendor a la belleza de los jóvenes, y más frescura a su tez, y...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 132ª noche

Ella dijo:
Y el baño había dado mayor esplendor a la belleza de los jóvenes y más frescura a su tez, y el anciano los comparó, dentro de su alma, con dos cervatillos esbeltos y gentiles. Y vió cuán sonrosadas tenían ahora las mejillas, cuánto se habían obscurecido sus ojos, y cómo se habían iluminado sus semblantes. Y al contemplarlos tan tiernos como dos ramas a las que dan color sus frutos, o cual dos lunas blancas y delicadas como la leche, pensó en estos versos del poeta:
¡Sólo con tocar su mano me estremezco, y todos mis sentidos se excitan! ¿Qué me pasaría si viese su cuerpo, donde se unen la limpieza del agua y el oro de la luz?
Corrió, pues, a su encuentro, y les dijo: "¡Oh mis hijos! ¡Ojalá os haya deleitado el baño! ¡Nunca os prive de él Alah, y os lo renueve eternamente!" Y el príncipe, con un ademán encantador y una voz muy afable, contestó: "¡Habríamos deseado compartir contigo ese placer!" Y ambos le atendieron respetuosamente, y por deferencia a su edad y a su categoría, fueron delante de él, abriéndole camino y dirigiéndole hacia la tienda.
Ahora bien, como iban delante los dos jóvenes, el jeique pudo observar cuán graciosamente caminaban, y cómo oscilaban sus caderas por debajo de la ropa, estremeciéndose al compás de los pasos. Entonces, no pudiendo reprimir sus arranques, le centellearon los ojos, resolló, sopló y recitó estas estrofas de complicado sentido:
¡No es asombroso que al contemplar las formas que encantan a nuestro corazón, las veamos estremecerse aunque sean macizas!
¡Todas las esferas del cielo vibran al girar, y todos los globos se estremecen con el movimiento!
Pero los dos jóvenes, aunque oyeron estos versos, no podían acertar su sentido ni sospechar la lujuria del jeique. ¡Al contrario! Creyeron ver en ellos una delicada alabanza hacia sus personas, y se lo agradecieron mucho, y a la fuerza quisieron llevarle con ellos al hammam, por ser aquélla la mayor muestra de amistad. Y el viejo, después de oponer por pura fórmula algunos obstáculos, aceptó, echando chispas de deseo dentro de su alma, y emprendió con ellos nuevamente el camino del hammam.
Cuando hubieron entrado, los vió el visir, que se estaba secando en una de las salas, y corrió hacia el estanque, en el cual se habían parado, e invitó al jeique a entrar en el cuarto de él. Pero el jeique dijo que no quería abusar de tanta bondad, tanto más cuanto que Diadema y Aziz le tenían sujeto cada uno por una mano, y le arrastraban hacia la sala que habían reservado para ellos. Entonces el visir no insistió más, y se volvió a su cuarto para secarse.
Diadema y Aziz, en cuanto estuvieron solos, desnudaron al venerable jeique, y ellos se desnudaron también, y empezaron por darle un enérgico masaje, mientras que el viejo les dirigía furtivas miradas.
Después juró Diadema que a él le correspondería el honor de enjabonarle, y Aziz dijo que a él le correspondería echarle agua con la jarrita de cobre. Y el anciano jeique, entre ambos, se creía transportado al paraíso.
Y no cesaron de friccionarlo, enjabonarlo y echarle agua hasta que el visir volvió junto a ellos, con gran desolación del jeique. Entonces le secaron con las grandes toallas calientes y perfumadas, le vistieron y le sentaron en la tarima, donde le ofrecieron sorbetes de almizcle y agua de rosas.
Y el jeique fingía seguir con gran interés la conversación del visir, pero en realidad toda su atención y todas sus miradas no eran más que para los dos jóvenes, que iban y venían muy solícitos por servirle. Y cuando el visir le dirigió el saludo de costumbre después del baño, el jeique contestó: "¡Qué bendición ha entrado con vosotros en nuestra ciudad! ¡Qué dicha tan grande nos ha producido vuestra llegada!" Y recitó esta estrofa:
¡Al venir ellos, han reverdecido nuestras colinas! ¡Nuestro suelo se ha estremecido y ha dado nuevas flores! Y la tierra y los habitantes de la tierra, han exclamado: "¡Dulce bienestar y dulce amistad para nuestros encantadores huéspedes!"
Y los tres le dieron gracias por sus bondades. Y el jeique replicó: "¡Que Alah os asegure a todos la vida más agradable! ¡Y que preserve del mal de ojo, ¡oh mercader ilustre! a tus hermosos hijos!" El visir dijo: "¡Y que el baño sea para ti, por gracia de Alah, un aumento de fuerza y de salud! Porque ¡oh venerable jeique! ¿No es cierto que el agua es el bien verdadero de la vida en este mundo, y el hammam una morada de delicias?" El jeique contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y cuántos poemas admirables han inspirado el hammam a los grandes poetas! ¿No recordáis alguno de ellos?"
Y Diadema se apresuró a contestar: "Sí los recuerdo; oíd éstos:
¡Vida del hammam, es maravillosa tu dulzura! ¡Oh hammam, cuán breve es tu duración! ¿Por qué no podrá pasar toda mi vida en tu seno? ¡Hammam admirable, hammam de mis sentidos!
¡Cuando se te tiene, haces odioso hasta al mismo Paraíso! ¡Si fueras el infierno, con qué dicha me precipitaría en él!"
Cuando el príncipe hubo recitado este poema, exclamó Aziz: "¡Yo también sé versos acerca del hammam!" Y el jeique dijo: "Déjanos saborearlos". Y Aziz recitó los siguientes:
¡Es una morada que robó sus bordados a las rocas floridas! ¡Su calor te haría creerte en una boca del infierno, si no experimentases enseguida sus delicias, y no vieras en su centro tantas lunas y soles!
Cuando Aziz hubo acabado esta estrofa, se sentó al lado de Diadema. Entonces el jeique, maravillado completamente, exclamó: "¡Por Alah! ¡Habéis sabido unir la elocuencia con la belleza! Dejadme ahora deciros a mi vez algunos versos exquisitos. 0 más bien, os lo voy a cantar, pues sólo el canto puede expresar las bellezas de estos ritmos".
Y el jeique apoyó la mejilla en la mano, entornó los ojos, movió la cabeza, y cantó acompasadamente:
¡Oh fuego del hammam, tu calor es nuestra vida! ¡Oh fuego del hammam, devuelves la vida a nuestros cuerpos, y aligeras nuestras almas, que se confortan gracias a ti!
¡Oh hammam! ¡Oh amigo! ¡Tibieza del aire, frescura de la pila, rumor del agua, luz de lo alto, mármoles puros, salas umbrosas, olores de incienso y de cuerpos perfumados, os adoro!
¡Ardes con una llama que nunca se extingue, y permaneces frío en la superficie, y lleno de suaves tinieblas! ¡Eres umbrío, hammam, a pesar del fuego, como mis deseos y como mi alma! ¡Oh Hammam!
Después miró a los jóvenes, dejó que su alma vagara un instante por el jardín de su belleza, e inspirándose en ella les dedicó estas dos estrofas:
¡Fuí a su morada, y desde la puerta me recibieron con afable semblante y ojos llenos de sonrisas!
¡Gusté todas las delicias de su hospitalidad, y sentí la dulzura! ¿Cómo no he de ser esclavo de sus encantos?
Al oír estos versos y la anterior canción, quedaron maravillados del arte del jeique. Le dieron las gracias, y como ya anochecía, le acompañaron hasta la puerta del hammam, y aunque insistió mucho para que fuesen a cenar a su casa, se excusaron, y se alejaron después de despedirse, mientras el jeique permanecía inmóvil mirándolos todavía.
Llegados a la casa, comieron y se acostaron con perfecta felicidad hasta el día siguiente. Entonces se levantaron, hicieron sus abluciones, cumplieron los deberes de la oración, y en cuanto se abrió el zoco, marcharon a su tienda y la abrieron por primera vez.
Ahora bien: los servidores la habían arreglado perfectamente, demostrando su buen gusto. La habían tapizado con telas de seda, colocando en el mejor lugar dos regios tapices que bien valdrían cada uno cien dinares. Y en las anaquelerías de marfil, ébano y cristal, aparecían muy bien puestas las mercaderías de valor y los tesoros inestimables. Entonces Diadema se sentó en una de las alfombras, Aziz en otra y el visir entre ambos, en el mismo centro de la tienda. Y los servidores los rodearon, dispuestos a cumplir sus órdenes.
Así es que pronto se hizo famosa aquella tienda, y los parroquianos afluyeron desde todas partes. Y todos porfiaban por recibir sus compras de manos de aquel joven llamado Diadema, cuya hermosura hacía enloquecer todas las cabezas y perder todas las razones. Y el visir, habiendo comprobado que los negocios marchaban maravillosamente, encargó de nuevo a Diadema y a Aziz una gran discreción, y volvió a su casa a descansar tranquilamente.
Y esta situación se prolongó cierto tiempo, terminado el cual, Diadema, al no ver aparecer a nadie que conociese a la princesa Donia, empezó a impacientarse y hasta a perder el sueño. Pero un día, mientras hablaba de sus penas con su amigo Aziz a la puerta de su tienda...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 133ª noche

Ella dijo:
Un día, mientras hablaba de sus penas con su amigo Aziz a la puerta de su tienda, acertó a pasar por el zoco una anciana, que iba envuelta muy dignamente en un gran manto de raso negro. Y no tardó en llamarle la atención la tienda maravillosa, así como la belleza del joven mercader sentado en la alfombra. Y tanta fué su emoción, que se le mojaron los calzones. Después dirigió sus miradas al joven, y pensó: "¡Ese no es un hombre, sino un ángel o algún rey de un país de ensueño!" Entonces se acercó a la tienda y saludó al joven, que le devolvió el saludo, y Aziz la saludó también desde el fondo de la tienda. Por su parte, el príncipe se levantó, le sonrió con su más agradable sonrisa, la invitó a sentarse en la alfombra a su lado, y se puso a abanicarla hasta que hubo descansado.
Entonces la vieja dijo a Diadema: "¡Oh, hijo mío, que reúnes todas las perfecciones y todas las gracias! ¿Eres de este país?" Y Diadema, con su palabra gentil y atrayente, contestó: "¡Por Alah! ¡Oh mi señora! Hasta el presente no había puesto los pies en estas comarcas, a las cuales he venido sin más objeto que distraerme visitándolas. Y para ocupar parte del tiempo, vendo y compro".
La vieja dijo: "¡Bien venido sea el gracioso huésped de nuestra ciudad! ¿Y qué mercaderías de los países lejanos traes contigo? ¡Enséñame lo más hermoso, porque lo bello trae belleza!"
Diadema sonrió para darle las gracias, y dijo: "Sólo tengo cosas que pueden servirte y agradarte, pues son dignas de princesas y de personas como tú". Y la vieja dijo: "Precisamente desearía comprar una buena tela para la princesa Donia, hija de nuestro rey Schahramán".
Al oír el nombre de aquella a quien tanto amaba, ya no pudo vencer su emoción Diadema, y gritó: "¡Aziz, tráeme lo más bello y lo más rico que haya entre nuestras mercaderías!" Y Aziz abrió un armario en el cual sólo había un paquete, ¡pero qué paquete! La envoltura exterior era de terciopelo de Damasco, con flecos de borlas de oro y bordados de colores representando flores y pájaros, con un elefante borracho que bailaba en medio.
Y de aquel paquete salía un perfume que exhalaba el alma. Aziz se lo entregó a Diadema, que lo desató y sacó de él la única tela que encerraba, hecha para un vestido de alguna hurí o de alguna princesa maravillosa. Enumerar las pedrerías con que la habían enriquecido, y los bordados bajo los cuales desaparecía la trama, sólo podrían hacerlo los poetas inspirados por Alah. Lo menos que podría valer, sin la envoltura, serían cien mil dinares de oro.
Y el príncipe desenrolló lentamente la tela ante el asombro de la vieja, que no sabía qué mirar preferentemente, si la magnificencia de aquel tejido o la cara adorable y los negros ojos del joven. Y he aquí que al mirar los juveniles encantos del mercader, notaba que su vieja carne trepidaba, y que sus muslos se juntaban febriles, sintiendo gran deseo de rascarse lo que le picaba.
Y en cuanto pudo hablar, dijo a Diadema, mirándole con ojos humedecidos por la pasión: "La tela me conviene. ¿Cuánto he de darte por ella?" Y él, inclinándose, contestó: "Estoy pagado de sobra con la dicha de haberte conocido". Entonces la vieja exclamó: "¡Oh joven adorable! ¡Dichosa la mujer que pueda tenderse en tu regazo y enlazar con sus brazos tu cintura! ¿Pero en dónde están las mujeres que tú mereces? ¡Por mi parte no conozco más que una!
Dime joven cervatillo, ¿cuál es tu nombre?" Y él contestó: "Me llamo Diadema". Entonces la vieja dijo: "¡Pero si ese nombre sólo se da a los hijos de los reyes! ¿Cómo es posible que un mercader se llame Corona de los Reyes?"
Entonces Aziz, que no había hablado ni una sola palabra se apresuró a intervenir para sacar a su amigo del apuro. Y explicó a la vieja: "Es hijo único, y sus padres lo quieren tanto, que le han dado un nombre como se les da a los hijos de reyes".
Ella dijo: "¡Verdaderamente, si la Belleza hubiera de elegir un rey, escogería a Diadema! Y sabe, ¡oh Diadema! que desde este instante esta vieja es tu esclava. ¡Y Alah es fiador de mi devoción hacia tu persona! Pronto sabrás lo que voy a hacer por ti. ¡Que Alah te proteja y te guarde de la mala suerte y de los ojos malditos!" Después cogió el precioso paquete, y se fué.
Y llegó conmovida a casa de la princesa Donia, a la que había amamantado y a la cual servía de madre. Y al entrar llevaba el envoltorio debajo del brazo, muy solemnemente. Entonces Donia le preguntó: "¡Oh mi nodriza! ¿Qué otra cosa me traes? ¡Enséñamela!" La vieja dijo: "¡Oh mi amada Donia! ¡Toma y admírate!" Y desenrolló rápidamente la tela. Entonces Donia, brillándole los ojos de alegría, exclamó: "¡Oh mi buena Dudú! ¡Oh qué vestido tan admirable! ¡Esta tela no es de nuestro país!" Y la vieja dijo: "¡En verdad es muy hermosa! ¿Pero qué dirías si vieras al joven mercader que me la ha dado para ti? ¡Cuánta es su hermosura! ¡El portero Raduán se olvidó de cerrar las puertas del Edén para dejarle salir a fin de que alegre el hígado de las criaturas! ¡Oh mi señora! ¡Cuánto desearía ver a ese joven radiante dormirse en tus pechos y...!"
Pero Donia exclamó: "¡Basta! ¿Cómo te atreves a hablarme de un hombre? ¿Qué humareda obscurece tu razón? ¡Cállate, por Alah! Y dame ese vestido para examinarlo de cerca". Y cogiendo la tela, se puso a acariciarla y a plegarla sobre su cintura. Y entonces la nodriza le dijo: "¡Oh mi señora! ¡Cuán hermosa estás así! ¡Pero cuán preferible es una bella pareja a la unidad! ¡Oh gentil Diadema!" Pero la princesa exclamó: "¡Endemoniada Dudú! ¡Pérfida Dudú! ¡No me hables más de eso! Pero marcha en busca de ese mercader, y dile que si desea algo que lo pida, que mi padre se lo satisfará".
La vieja se echó a reír entonces, y dijo guiñando el ojo: "¡Un deseo! ¡Por Alah! ¿Quién no desea algo?" Y se levantó a toda prisa, y corrió a la tienda del príncipe.
Al verla llegar, sintió el príncipe que su corazón estallaba de alegría, y le cogió la mano, la hizo sentar junto a él, y le sirvió sorbetes y dulces. Entonces la vieja le dijo: "¡Vengo a anunciarte una buena nueva! Mi señora, la princesa Donia, te saluda y te dice: "Has honrado la ciudad con tu venida y la has iluminado. Y si tienes algún deseo que manifestar, exprésalo".
Al oír estas palabras, sintió el príncipe que su corazón volaba de alegría, y se dilató su pecho, y pensó para su alma: "El asunto va muy bien". Y dijo a la vieja: "Sólo tengo un anhelo: ¡que hagas llegar a manos de la princesa Donia una carta que voy a escribirle, y que me traigas la contestación!"
Y ella dijo: "Escucho y obedezco". Entonces Diadema dijo a su amigo Aziz: "¡Tráeme la escribanía de cobre, el papel y el cálamo!"
Y habiéndoselo llevado Aziz, escribió estos versos:
"Este papel te lleva ¡Oh Altísima! ¡Las mil cosas, las cosas diversas que he hallado en un corazón enfermo por el mal de aguardar!
"En el primer renglón, van las señales del fuego que me quema interiormente; en el segundo todo mi deseo y todo mi amor;
"En el tercer renglón mi vida y mi paciencia; en el cuarto, mi ardor entero; en el quinto el extremado anhelo de mis ojos, su ansia de tu alegría;
¡Y en el sexto renglón, la petición de una cita!”
Después, en la parte de abajo, puso a manera de firma lo siguiente:
"Esta carta en versos a tu belleza es de mano del esclavo de sus grandes deseos, del prisionero en la cárcel de su dolor, del enfermo por sus tormentos, del postulante de tus miradas,
"EL MERCADER DIADEMA".

Releyó la carta, le echó arenilla, la dobló, la cerró y se la entregó a la vieja, deslizándole en la mano un bolsillo con mil dinares como pago a sus buenos servicios. Y la vieja, deseándole un buen éxito, volvió enseguida junto a su señora. Y la princesa le preguntó: "¡Oh mi buena Dudú! Cuéntame qué desea ese mercader, para pedirle a mi padre que lo satisfaga".
Y la vieja dijo: "¡Oh señora! no sé ciertamente lo que pide, pues he aquí una carta cuyo contenido ignoro". Y le entregó la carta.
Cuando la princesa la hubo leído, exclamó: "¡Cuán desvergonzado es ese mercader! ¿Cómo se atreve el audaz a levantar los ojos hasta mí?" Y rabiosa, se golpeó la cara, y dijo: "¡Debería mandar que lo ahorcasen a la puerta de su tienda!"
Y la vieja, ingenuamente, preguntó: "¿Qué contiene de espantoso esa carta? ¿Es que reclama algún precio exorbitante por su tela?" Y la princesa dijo: "No se trata para nada de eso, sino únicamente de amor".
Y la vieja hizo como que se asombraba, exclamando: "¡Deberías contestar a su insolencia, amenazándole para que no persista!" Y la princesa dijo: "¡Tengo miedo de que esto contribuya a alentarlo!" Y la vieja repuso: "¡Lo que hará es que recobre la razón!"
Entonces ordenó la princesa: "Dame mi escribanía y mi pluma". Y escribió estos versos:
"¡Ciego de tus ilusiones, solicitas llegar al astro como si algún mortal hubiera podido alcanzar al astro de la noche!
Para abrirte los ojos, juro por la verdad de Aquél que te formó de un gusano de la tierra, y que creó desde el infinito la virginidad de los astros inmaculados,
¡Que si te atreves a repetir tu desvergüenza, te crucificarán en un tablón cortado del tronco de algún árbol maldito! ¡Y servirás de ejemplo a los insolentes!"
Después de haber cerrado la carta, se la entregó a la vieja. Y la vieja corrió a llevársela al príncipe, que ardía de impaciencia. El príncipe se apresuró a abrir la carta, y en cuanto la hubo leído, se sintió morir de pesar, y dijo amargamente a la vieja: "Me amenaza con la muerte, pero nada me importa la vida cuando es tan penosa. ¡Y aun arriesgándome a morir, quiero escribirle!"
Y la vieja exclamó: "¡Por tu vida, que es para mí tan preciada! ¡Sabe que quiero ayudarte con todo mi poder, y compartir contigo los peligros! ¡Escribe, pues, tu carta, y dámela!" Entonces Diadema gritó a Aziz: "¡Da a nuestra buena madre mil dinares! ¡Y confiemos en Alah Todopoderoso!"
Y escribió en un papel las siguientes estrofas:
"¡He aquí que por anhelar la noche, me amenaza Ella con el luto y la muerte, ignorando que la muerte es el reposo y que las cosas no ceden más que al señalarlo el Destino!
¡Por Alah! ¡Su mano piadosa debería dirigirse hacia aquellos que consagran su amor a las muy altas y muy puras, a las que no se atreven a mirar los ojos de los humanos!
¡Oh mis deseos! ¡Mis vanos deseos! ¡No deseéis más, y dejad que mi alma se sepulte en la pasión sin esperanza!
¡Pero tu, mujer de duro corazón, no creas que ha de dominarme la tiranía! ¡Antes que sufrir una vida sin objeto y toda doliente, dejaré que mi alma vuele con mis esperanzas!"
Y con lágrimas en los ojos, entregó la carta a la vieja, diciéndole: "Te molesto inútilmente, ¡ay de mí! ¡Comprendo de sobra que sólo me resta morir!" Y la vieja dijo: "Abandona esos tristes presentimientos, y contémplate, ¡oh hermoso joven! ¿No eres el mismo sol? ¿Y no es ella la luna? ¿Cómo dudas que yo, que me he pasado toda la vida en intrigas de amor, no sepa unir vuestras hermosuras? ¡Tranquiliza tu alma, y calma las zozobras que te desconsuelan! ¡Pronto te traeré buenas noticias!"
Y dichas estas palabras, se alejó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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