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8 P1 Historia del rey Omar al - Neman y de sus dos hijos Scharkan y Daul'makan (primera de cinco partes)

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8.0 Historia del rey Omar al - Neman y de sus dos hijos Scharkan y Daul'makan (de la noche 44 a la noche 78)
       8.1 Las tres puertas de la vida (060-66)





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Historia del rey Omar Al-Neman y de sus dos hijos Scharkan y Daul'Makan


Schehrazada dijo al rey Schahriar:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en la ciudad de Bagdad, después de reinar muchos califas, y antes de que reinaran otros muchos, un rey que se llamaba Omar Al-Nemán.(1)
Era formidable en poderío; había vencido a todos los Cosroes posibles y subyugado a todos los Césares imaginables. Tan ardiente era, que el fuego abrasador no le quemaba. Nadie le podía igualar en las luchas, ni en el campo de carreras. Si se enfurecía, despedían llamas centelleantes las ventanillas de su nariz. Había conquistado todas las comarcas y extendido su dominio por todos los pueblos y ciudades. Con ayuda de Alah había sometido a todas las criaturas y había llevado sus ejércitos victoriosos hasta las tierras más apartadas. Estaban bajo su soberanía el Oriente y el Occidente. Y entre otros países, la India, el Sindh, la China, el Yemen, el Hedjaz, la Abisinia, el Sudán, la Siria la Grecia y las provincias de Diarbekr, así como todas las islas del mar y cuantos ríos ilustres hay en la tierra, como Seihún y Djihán. el Nilo y el Eufrates.
Había enviado correos a los límites más recónditos de la tierra, para ponerla al corriente de la verdad y notificarle su imperio. Y todos los correos habían regresado para anunciarle que el mundo entero le estaba sometido, y que todos los señores reconocían respetuosamente su supremacía. Y a todos había extendido los beneficios de su generosidad, y anegándolos en las olas de su magnánimo esplendor, había hecho reinar entre ellos la dulce concordia y la paz fecundadora, pues era magnánimo y de alma elevada en verdad.
Así es que desde todas partes afluían hacia su trono los regalos y los presentes, así como todos los tributos de la tierra, a lo largo y a lo ancho del mundo. Porque era justo y amado en extremo.
Ahora bien; el rey Omar Al-Nemán tenía un hijo llamado Scharkán. Y Scharkán se llamaba así porque se revelaba como un prodigio entre los prodigios de aquel tiempo, y sobrepujaba en valor a los héroes más animosos, derribados por él en los torneos. Manejaba maravillosamente la lanza, la espada y el carcaj. Por eso le quería su padre con amor sin igual, y lo designaba como sucesor suyo en el trono del reino. Y era cosa segura que, apenas llegado a la edad de hombre, aquel asombroso Scharkán, que sólo tenía veinte años, había visto, con ayuda de Alah, inclinarse todas las cabezas ante su gloria. Tal era su heroísmo y su temeridad, y tanto iluminaba con el esplendor de sus hazañas. Porque ya había tomado por asalto muchas plazas fuertes y ya había reducido muchas comarcas. Y al extender su fama por toda la superficie del universo, crecía sin cesar su poderío y su hermosa altivez.
Pero el rey Omar Al-Nemán no tenía más hijo que Scharkán. Verdad es que tenía, como lo permiten el Libro Noble y la Sunnat, (2) cuatro mujeres legítimas, pero sólo una de ellas había sido fecunda, y las otras tres habían resultado estériles. Y además de aquellas cuatro mujeres legítimas que habitaban en palacio, tenía el rey Omar trescientas sesenta concubinas, tantas como los días del año copto, y cada una de aquellas mujeres era de distinta raza. Había dado a cada una un aposento reservado e independiente, y estos aposentos estaban agrupados en doce edificios, tantos como los meses del año, construidos todos en el recinto del palacio. Y cada uno de estos edificios contenía treinta concubinas, cada cual en su habitación, de modo que había trescientos sesenta aposentos reservados. Y el rey Omar, muy equitativo, había dedicado una noche del año a cada una de sus concubinas, de modo que se acostaba una sola noche con cada concubina, a la cual no volvía a ver hasta el año siguiente. Y no dejó de proceder de este modo durante un gran espacio de tiempo y durante toda su vida. Por eso era famoso por su sabiduría admirable y por su probada virilidad.
Ahora bien; un día, con permiso del Ordenador de todas las cosas, una de las concubinas del rey Omar quedó embarazada, y su preñez fué conocida inmediatamente en todo el palacio. Llegó la noticia hasta el rey, que se alegró hasta el límite de la alegría, y exclamó muy dichoso: "¡Plegue a Alah que toda mi posteridad y toda mi descendencia se compongan sólo de hijos varones!" Después mandó incribir en un registro la fecha de la preñez, y empezó a colmar a su concubina de toda clase de consideraciones y regalos. A todo esto, Scharkán, el hijo del rey ...
En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.


Pero cuando llego la 45ª noche

Ella dijo:
A todo esto, Scharkán, el hijo del rey, se enteró del embarazo de la concubina, y experimentó una gran pena, sobre todo al pensar en que el recién llegado pudiera disputarle la sucesión al trono. Y resolvió suprimir al hijo de la concubina, en caso de que fuera varón. Esto en cuanto a Scharkán.
Por lo que se refiere a la concubina, hay que decir que era una joven griega llamada Safía.(3)
Había sido enviada como presente al rey Omar por el rey de los griegos de Kaissaria (4) con gran cantidad de regalos magníficos.
Entre todas las esclavas del palacio, era ciertamente la más hermosa por su rostro incomparable, la más esbelta de cintura y la más recia de muslos y de hombros. Además, estaba dotada de una inteligencia muy poco común y de cualidades extraordinarias. Durante las noches, que ahora pasaba el rey Omar con ella, sabía decirle palabras muy dulces, que le encantaban los sentidos y le halagaban mucho; palabras penetrantes, muy dulces y muy expresivas. Y no dejó de hacerlo así, hasta que llegó al término de su preñez. Entonces se sentó en la silla de las parturientas, y presa de dolores de parto, empezó a implorar a Alah devotamente. Y Alah la escuchó sin duda alguna y al momento.
Por su parte, el rey Omar encargó a un eunuco que fuera a anunciarle sin demora el nacimiento de la criatura y su sexo. Y por su parte, Scharkán tampoco dejó de hacer el mismo encargo a otro eunuco.
Apenas parió Safía, cuando las comadronas recogieron a la criatura y la examinaron, y habiendo visto que era una niña, se apresuraron a anunciárselo a todas las concurrentes y a los eunucos, clamando: "¡Es una niña! ¡Su rostro es más brillante que la luna!" Y el eunuco del rey corrió presuroso a referírselo a su amo. Y el eunuco de Scharkán corrió también a anunciar la noticia. Y Scharkán se alegró en extremo.
Pero apenas habían salido los eunucos, Safía dijo a las comadronas: "¡Aguardad! ¡Noto que mis entrañas contienen otra cosa!" Y empezó a exhalar nuevos lamentos y a sentir nuevos dolores de parto, y luego, con ayuda de Alah, acabó por parir un segundo hijo.
Y las comadronas se inclinaron rápidamente y examinaron a la criatura; y era un varón que se parecía a la luna llena, con una frente que deslumbraba de blancura y unas mejillas como rosas floridas.
Así se alegraron mucho las esclavas, las doncellas y todas las que estaban allí, y en cuanto parió Safía, todas las mujeres llenaron el palacio con sus gritos de alegría, gritos penetrantes que llegaban hasta la nota más aguda. Y de tal manera, que todas las demás concubinas lo oyeron y lo entendieron. Y todas adelgazaron de envidia y malestar.
En cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas hubo averiguado la noticia, dió gracias a Alah, y acudió al aposento de Safía, se acercó a ella, le cogió la cabeza con las manos y la besó en la frente. Después se inclinó hacia el recién nacido y lo besó, y en seguida todas las esclavas golpearon las panderetas, y las tañedoras de instrumentos pulsaron las cuerdas armoniosas, y las cantadoras entonaron cantos propios del caso.
Hecho esto, mandó el rey que se llamase al recién nacido Daul' makán (Luz del lugar) y a la niña Nozhatú-zamán. (Delicias del tiempo) Y todos se inclinaron para decir "Escucho y obedezco". En seguido eligió las nodrizas y las sirvientas para los dos niños, así como las esclavas y doncellas. Y por último, mandó repartir entre toda la gente de palacio, vinos, bebidas, perfumes y tantas otras cosas, que la lengua sería incapaz de enumerarlas.
Cuando los habitantes de Bagdad se enteraron del doble nacimiento, adornaron e iluminaron la ciudad e hicieron grandes demostraciones de regocijo.
Después llegaron los emires, los visires y los grandes del reino, y presentaron sus homenajes y felicitaciones al rey Omar Al-Nemán por el nacimiento de su hijo Daul'makán y de su hija Nozhatú-zamán. Y el rey les dió las gracias, y les regaló trajes de honor, y les colmó de favores y mercedes, y obsequió a todos los circunstantes con gran largueza, tanto a los notables como a la plebe. Y así siguió hasta que transcurrieron cuatro años. Y durante todo aquel tiempo no dejó pasar ni un solo día sin tener noticias de Safía y de los niños. Y no cesó de enviar a Safía gran cantidad de oro y plata, alhajas, orfebrería, vestidos, sedas y otras maravillas. Y tuvo buen cuidado de confiar la educación de los niños y su custodia a los más adictos y avisados de sus servidores. ¡Y esto fue todo!
En cuanto a Scharkán, como andaba muy lejos guerreando y combatiendo, tomando ciudades, cubriéndose de gloria en las batallas y venciendo a los héroes más valerosos, no había sabido más que el nacimiento de su hermana Nozhatú-zamán. Pero el nacimiento de su hermano Daul'makán, ocurrido después de la salida del eunuco, nadie había pensado en comunicárselo.
Un día entre los días, estando sentado en su trono el rey Omar Al-Nemán, entraron los chambelanes de palacio, besaron la tierra entre sus manos, y le dijeron: "¡Oh rey! he aquí que llegan enviados del rey Afridonios, soberano de los rumís y de Constantinia la Grande. Y solicitan ser recibidos por ti en audiencia y presentarte sus homenajes. De modo que si accedes les daremos entrada, y si no, tu negativa acallará sus réplicas". Y el rey concedió el permiso.
Cuando entraron los enviados, el rey los recibió con bondad, les mandó acercarse, les pidió noticias de su salud, y los interrogó acerca del motivo de su visita. Entonces besaron la tierra entre sus manos y dijeron:
"¡Oh rey grande y venerable, de alma elevada e infinitamente generosa! sabe que el que hacia ti nos ha enviado es el rey Afridonios, señor del país de Grecia y de Jonia y de todos los ejércitos de las comarcas cristianas, y cuya residencia es el trono de Constantinia (Constantinopla).
Nos encarga te avisemos que acaba de emprender una guerra terrible contra un tirano feroz, el rey Hardobios, dueño de Kaissaria. "La causa de esta guerra es la siguiente: un jefe de tribus árabes había encontrado, en un país recién conquistado, un tesoro de las edades remotas, del tiempo de El-Iskandar el de los Dos Cuernos.(5)
Este tesoro contenía riquezas incalculables, cuya evaluación nos sería imposible; pues, entre otras maravillas encerraba tres gemas tan gordas como huevos de avestruz, pedrerías sin tacha y sin defecto, y que rivalizan en belleza y en valor con todas las pedrerías de la tierra y del agua. Estas tres gemas preciosas están perforadas por el centro para enhebrarlas en un cordón y servir de collar. Tienen inscripciones misteriosas grabadas en caracteres jónicos, pero se sabe que llevan consigo numerosas virtudes, uno de cuyos menores efectos es preservar, a toda persona que se ponga una de ellas al cuello, de todas las enfermedades, y especialmente de calenturas e irritaciones.
Los recién nacidos son los más sensibles a estas virtudes.
"Por lo tanto, cuando el jefe árabe se dió cuenta de estos efectos maravillosos y sospechó las demás virtudes misteriosas, pensó que aquella era la mejor ocasión de granjearse la buena voluntad de nuestro rey Afridonios, y se dispuso inmediatamente a enviarle como regalo las tres gemas preciosas, así como una gran parte del tesoro.
Mandó, pues, preparar dos naves, una cargada de riquezas, con las tres gemas preciosas destinadas como regalo a nuestro rey, y otra tripulada por hombres que iban como escolta de aquel precioso tesoro, para preservarle de los ataques de ladrones o enemigos. Sin embargo, estaba seguro de que nadie se atrevería a atacarle, ni a él directamente ni a las cosas enviadas por él y destinadas a nuestro poderoso rey Afridonios, pues el camino que habían de seguir los navíos era por el mar, a cuyo extremo se encuentra Constantinia.
"Por eso, apenas estuvieron dispuestos los dos navíos, zarparon y se dieron a la vela hacia nuestro país. Pero un día que habían fondeado en una rada, no lejos de nuestra tierra, los asaltaron súbitamente unos soldados griegos de nuestro vasallo el rey Hardobios de Kaissaria, y les arrebataron cuanto allí se había acumulado en riquezas, tesoros y cosas maravillosas, y entre éstas las tres gemas preciosas. Y después mataron a todos los hombres y se apoderaron de las naves.
"Cuando tal acción llegó a conocimiento de nuestro rey, mandó inmediatamente contra el rey Hardobios un cuerpo de ejército que fue aniquilado. En seguida mandó otro, que fue aniquilado también. Entonces nuestro rey Afridonios se enfureció en extremo, y juró que se pondría personalmente al frente de todos sus ejércitos reunidos y no regresaría hasta haber destruido la ciudad de Kaissaria, asolando todo el reino de Hardobios y arruinando por completo todos los pueblos que de él dependieran.
"Y ahora, ¡oh sultán lleno de gloria! venimos a reclamar tu auxilio y a solicitar tu eficaz y poderosa alianza. Y al ayudarnos con tus fuerzas y soldados, indudablemente has de acrecentar tu gloria e ilustrarte con nuevas hazañas”.
"Y he aquí que nuestro rey nos ha cargado con pesados regalos de todas clases, como homenaje a tu generosidad, y te ruega con insistencia que le otorgues el favor de verlos con buenos ojos y aceptarlos con corazón magnánimo".
Dichas estas palabras, los enviados se callaron y se prosternaron y besaron la tierra entre las manos del rey Omar Al-Nemán.
Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Constantinia ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llego la 46ª noche

Ella dijo:

Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Contantinia:

Había cincuenta muchachas vírgenes, bellas entre las más bellas de las hijas de Grecia. Había cincuenta muchachos, los mejor formados del país de los rumís, y cada uno de aquellos maravillosos jóvenes llevaba un ancho ropón de amplias mangas, todo de seda con dibujos de oro y figuras de colores, y un cinturón de oro con cinceladuras de plata, al cual iba unida una doble falda de brocado y terciopelo, y en las orejas un arete de oro con una perla redonda y blanca que valía más de mil dinares titulados de oro. Y por su parte, las muchachas llevaban también incalculables magnificencias.

Así es que el rey Omar los aceptó muy complacido, y ordenó que se tratara a los embajadores con todas las consideraciones debidas. Y mandó reunir a los visires para saber su opinión acerca del socorro pedido por el rey Afridonios de Constantinia. Entonces, de entre los visires se levantó un anciano venerable, respetado por todos y asimismo amado por todos. Era el gran visir, llamado Dandán.

Y el gran visir, llamado Dandán, dijo:

"Cierto es, ¡oh sultán glorioso! que ese rey Afridonios, señor de Constantinia la Grande, es un cristiano, infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!), y que su pueblo es un pueblo de descreídos. Aquel contra el cual pide socorro, es también un infiel y un descreído. Así es que sus asuntos sólo a ellos les importan, y no pueden interesar ni conmover a los creyentes. Pero de todos modos, te invito a otorgar tu alianza al rey Afridonios y a enviarle un ejército, a cuya cabeza pondrás a tu hijo Sharkán, que precisamente acaba de volver de sus expediciones gloriosas. Y esta idea que te propongo es buena por dos razones: la primera, que el rey de los rumís, al enviarte sus embajadores con los regalos que aceptaste, te pide ayuda y protección; la segunda, que como no tenemos nada que temer de ese reyezuelo de Kaissaria, ayudando al rey Afridonios contra su enemigo obtendrás excelentes resultados y te considerarán como el verdadero vencedor. Y esta proeza será conocida de todos los países, y llegará hasta Occidente. Y entonces los reyes de Occidente solicitarán tu amistad y te enviarán portadores de numerosos regalos de todas clases y de presentes extraordinarios".

Cuando el sultán Omar Al-Nemán hubo oído las palabras de su gran visir Dandán, expresó un gran contento, las encontró muy dignas de aprobación, y le dió un ropón de honor, diciéndole: "¡Has nacido para ser inspirador y consejero de reyes! Por eso tu presencia es absolutamente necesaria al frente del ejército. En cuanto a mi hijo Scharkán, no mandará más que la retaguardia".

Y el rey mandó llamar en el acto a su hijo Scharkán, le dió cuenta de todo lo que había dicho a los enviados y había propuesto el gran visir Dandán, y le encargó que hiciera sus preparativos de marcha. Y también le encargó que no olvidara distribuir entre los soldados, con la largueza de siempre, las donaciones acostumbradas. Y que los eligiera uno por uno entre los mejores del ejército, formando un cuerpo de diez mil jinetes endurecidos por la guerra y las fatigas. Y Scharkán se sometió respetuosamente a las palabras de su padre Omar Al-Nemán.

Después se levantó y fué a elegir diez mil jinetes entre los mejores. Repartió a manos llenas oro y riquezas, y les dijo: "¡Ahora os doy tres días completos de reposo y libertad!" Y los diez mil arrogantes jinetes, sumisos a su voluntad, besaron la tierra entre sus manos y salieron, colmados de larguezas, a equiparse para la marcha.

Scharkán fué entonces al salón donde estaban las arcas del Tesoro y el depósito de armas y municiones, y eligió las armas más hermosas, las nieladas de oro, con inscripciones de marfil y ébano. Y así escogió cuanto anhelaron su gusto y su preferencia. Marchó después a las caballerizas, donde se veían todos los caballos más bellos de Nedjed y de Arabia, cada uno de los cuales llevaba su genealogía sujeta al cuello en un saquito con labores de seda y oro adornado con una turquesa.

Allí escogió los caballos de las razas más famosas, y para sí eligió un bayo oscuro, de piel lustrosa, ojos a flor de cara, anchos cascos, cola soberbiamente alta y orejas finas como las de las gacelas. Este caballo se lo había regalado a Omar Al-Nemán el jeique de una poderosa tribu árabe, y era de raza seglauíjedrán.(Una de las más hermosas del Norte y centro de Arabia)

Y transcurridos los tres días, se reunieron los soldados fuera de la población. Y el rey Omar Al-Nemán salió para despedirse de su hijo Scharkán y del gran visir Dandán. Y se acercó a Scharkán, que besó la tierra entre sus manos, y le hizo donación de siete arcas llenas de monedas, y le encargó que se aconsejase del sabio visir Dandán. Y Scharkán lo escuchó con respeto, y así se lo prometió a su padre. Entonces el rey se volvió hacia el visir Dandán, y le recomendó a su hijo Scharkán y a los soldados de Scharkán. Y el visir besó la tierra entre sus manos, y respondió: "Escucho y obedezco".

Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes. Después besó la mano del rey Omar Al-Nemán, y acompañado del visir Dandán, lanzó su corcel al galope. Y todos partieron entre los redobles de los tambores de guerra, al son de los pífanos y clarines. Por encima de ellos se desplegaban los estandartes y ondeaban al viento las banderas.

Servían de guías los embajadores. Siguieron marchando durante todo el día, y después todo el siguiente, y otros más, y así durante veinte días. Y sólo se detenían de noche para descansar. Y llegaron a un valle cubierto de bosques y lleno de arroyos. Y como era de noche, Scharkán dió orden de acampar e hizo saber que el reposo duraría tres días. Y se apearon los jinetes, armaron las tiendas y se dispersaron por todas partes. Y el visir Dandán mandó colocar su tienda en el centro del valle, y junto a ella las de los enviados del rey Afridonios de Constantinia.

En cuanto a Scharkán, tan pronto como se dispersaron los soldados, mandó a sus guardias que lo dejaran solo y fueran adonde estaba el visir. Y después soltó las riendas a su corcel, pues quería recorrer el valle y poner en práctica los consejos de su padre el rey Omar, el cual le había encargado que tomase todas las precauciones al acercarse al país de los rumís, fueran amigos o enemigos. Y no dejó de galopar hasta que hubo transcurrido la cuarta parte de la noche. Entonces el sueño le cayó pesadamente sobre los párpados y se vió imposibilitado de galopar. Y como tenía la costumbre de dormir encima del caballo, dejó que el caballo anduviera al paso, y así se durmió.

El caballo siguió andando hasta media noche, llegó en medio de un bosque, se detuvo, y golpeó violentamente el suelo con el casco. Y Scharkán se despertó en medio de la selva, que estaba iluminada en aquel momento por la claridad de la luna. Se alarmó al encontrarse en aquel lugar desconocido y solitario, pero dijo en alta voz las palabras que vivifican: "¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo!" E inmediatamente se reconfortó su alma. Y ya no temía a las bestias feroces del bosque.

Y la luna milagrosa plateaba el claro del bosque, tan bello, que parecía arrancado del paraíso. Y Scharkán oyó, cerca de él, una voz deliciosa. Y risas. ¡Pero qué risas! Si las hubieran oído los humanos, habrían enloquecido por el deseo de beberlas en la misma boca y morir.

En seguida Scharkán saltó del caballo y se internó entre los árboles en busca de la voz. Y anduvo hasta las orillas de un río blanco, de aguas transparentes y cantoras. Y al canto del agua contestaban la voz de los pájaros, el lamento de las gacelas y el concierto hablado de todos los animales. Y juntos formaban un canto armonioso, lleno de esplendor. Y en el suelo se extendía el bordado de flores y plantas, como dice el poeta:

¡Sólo es bella la tierra ¡oh locura mía! cuando se tiñe con sus flores! ¡Sólo es bella el agua cuando se enlaza con las flores! ¡Una al lado de las otras!

¡Gloria al que creó la tierra, las flores y las aguas, y te puso en la tierra, ¡oh locura mía! cerca de las flores y del agua!

Y Scharkán vió en la orilla opuesta, iluminada por la Iuna, la fachada de un monasterio blanco con una alta torre que rasgaba los aires. Este monasterio bañaba su planta en las aguas del río. Frente a él se extendía una pradera en la que estaban sentadas diez esclavas blancas, rodeando a una joven. Y eran como lunas. Iban vestidas con trajes amplios y ligeros. Eran vírgenes, y reunían las maravillas de que habla el poeta:

¡He aquí que la pradera reluce! ¡Porque hay en ella blancas jóvenes de carne ingenua, jóvenes ingenuas y blancas de maravilloso resplandor! ¡Y la pradera tiembla y se estremece!

¡Hermosas y sobrenaturales jóvenes! Una cintura delgada y flexible. Un andar gallardo y melodioso. Y la pradera tiembla y se estremece.

¡Tendida la cabellera, que va desbordándose sobre el cuello como el racimo sobre la cepa! ¡Rubias o morenas, racimos rubios, racimos morenos! ¡Oh graciosas cabelleras!

¡Jóvenes atrayentes y seductoras! ¡Qué encanto el de vuestros ojos! La tentación de vuestros ojos, las flechas de vuestros ojos, hablan de mi muerte!

Y la joven a la que rodeaban las diez esclavas blancas, era la luna llena. Sus cejas se arqueaban espléndidamente; su frente era como la primera claridad de la mañana; sus párpados ostentaban la curva de sus pestañas de terciopelo, y su cabellera se anillaba en las sienes con rizos deliciosos. Era tan admirable como la pinta el poeta en estos versos:

Altiva me ha mirado, ¡pero qué miradas tan deliciosas! ¡Su cintura es recta y dura! ¡Lanzas rectas y duras, encorvaos contusas ante ella!

¡Se adelanta! ¡Hela aquí! ¡Mirad sus mejillas, las flores sonrosadas de sus mejillas! ¡Conozco su dulzura y todo su frescor!

¡Mirad el rizo negro de su cabello sobre el candor de su frente! ¡Es el ala de la noche que reposa en la serenidad de la mañana!

Y era aquella cuya voz había oído Scharkán. Y decía en árabe a las esclavas que estaban con ella: "¡Por el Mesías! Sois unas desvergonzadas; lo que hicisteis es una cosa mala y horrible. Si alguna lo vuelve a hacer, la ataré con el cinturón, y le azotaré las nalgas". Después se echó a reír, y dijo: "¡Vamos a ver cuál de vosotras podrá vencerme en la lucha! ¡Las que quieran luchar que vengan antes de que se ponga la luna y aparezca la mañana!"

Y una de las jóvenes se levantó y quiso luchar con su ama, pero en seguida fué derribada al suelo; después la segunda, y la tercera, y todas las demás. Y cuando triunfó de todas las esclavas, salió súbitamente del bosque una vieja que, dirigiéndose al grupo, dijo: "¿piensas haber alcanzado un gran triunfo derribando a estas pobres muchachas que no tienen ninguna fuerza? Si verdaderamente sabes luchar, atrévete a luchar conmigo. ¡Soy vieja, pero todavía puedo ser maestra tuya! ¡Ven, pues!"

Pero la joven contuvo su furor, y dijo sonriendo a la vieja: "¡Oh respetable Madre de todas las Calamidades! ¡Por el Mesías! ¿Quieres realmente luchar conmigo, o sólo ha sido una broma?"

La vieja respondió: "¡Nada de eso! ¡Mi desafío es formal!"

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 47ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la vieja, Madre de todas las Calamidades, dijo: "¡Nada de eso; mi desafío es formal!"
Entonces la joven vencedora repuso: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Si verdaderamente te quedan fuerzas para luchar, he aquí que pronto lo sabrán mis brazos". Y avanzó hacia la vieja, que se ahogaba de cólera, y todos los pelos de su horrible cuerpo se habían puesto de punta, como espinas de erizo. Y dijo la vieja: "¡Por el Mesías! ¡Que no hemos de luchar sino desnudas!" Y se despojó de todas sus ropas, se desató el pantalón, lo tiró a lo lejos, y se rodeó la cintura con un pañuelo, atándoselo sobre el ombligo. Y así aparecía en toda su horrorosa fealdad, y semejaba una serpiente con manchas blancas y negras. Después se volvió hacia la joven y le dijo: "¿Qué aguardas para desnudarte?"
Entonces la joven se quitó una tras una sus ropas, y por último su pantalón de seda inmaculada. Y de debajo de él, como moldeados en mármol, aparecieron los muslos en toda su gloria, y sobre ellos un montecillo suave y esplendoroso, como de leche y cristal, redondeado y cultivado, un vientre aromático con sonrosados hoyuelos, que exhalaba una delicadeza de almizcle, como vergel de anémonas, y un pecho con dos granadas gemelas, soberbiamente hinchadas, coronándolas deliciosos pezones.
Y súbitamente se enlazaron las dos luchadoras.
¡Todo eso fué! Scharkán se reía de la fealdad de la vieja, al mismo tiempo que admiraba las perfecciones de la joven, de miembros armoniosos. Y levantó la cabeza al cielo, y pidió fervorosamente a Alah la victoria de la joven sobre la vieja.
Y he aquí que en el primer asalto la joven luchadora se desprendió en seguida. Agarró a la vieja por el pescuezo, sujetándola con la mano izquierda, hundió la otra mano en la ranura de los muslos, la levantó a pulso y la tiró a sus pies en el suelo. Y la vieja cayó pesadamente de espaldas, retorciéndose. Y el golpe le hizo levantar las piernas al aire, quedando al descubierto, con toda su risible fealdad, los detalles peludos de su piel arrugada. Y soltó dos terribles pedos, uno de los cuales levantó una nube de polvo, y el otro subió a modo de columna de humo hacia el cielo.
¡Y desde arriba, la luna iluminaba toda esta escena!
Mientras tanto, Scharkán se reía silenciosamente hasta el límite de la risa, de tal modo, que se cayó de espaldas. Pero se levantó y dijo: "¡Realmente, esta vieja merece el nombre de Madre de todas las Calamidades! Ya veo que es una cristiana, lo mismo que la joven victoriosa, y las otras diez mujeres". Y se aproximó al lugar de la lucha, y vió a la joven luchadora que cubría con un velo de seda muy fina las desnudeces de la vieja, y le ayudaba a ponerse la ropa. Y le decía: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Dispénsame. Si he luchado contigo, ha sido porque tú lo pediste. No tengo la culpa de lo ocurrido, pues si caíste de ese modo, fué por haberte escurrido, de entre mis manos. Pero afortunadamente, no te has hecho daño ninguno".
Y la vieja, llena de confusión, se alejó rápidamente, sin contestar nada, y desapareció en el monasterio. Y sólo quedaron en la pradera las diez jóvenes rodeando a su ama.
Y Scharkán pensó: "¡Sea cual fuere el Destino, siempre es beneficioso! Estaba escrito que había de dormirme sobre el caballo, para despertarme aquí. Y esto es por mi buena suerte. Porque esa admirable luchadora de musculatura tan perfecta, así como sus diez compañeras no menos deseables, han de servir de pasto al fuego de mi deseo!"
Y montó en su caballo seglauíjedrán, y avanzó hacia aquel lugar con el alfanje desenvainado. Y el caballo corría con la rapidez del dardo lanzado por una mano poderosa. Y he aquí que Scharkán llegó a la pradera, y exclamó: "¡Sólo Alah es grande!"
Y la joven se levantó rápida, corrió hacia la orilla del río, que tenía seis brazas de ancho, y de un salto se puso al otro lado. Y desde allí gritó con voz enérgica, aunque deliciosa: "¿Quién eres para atreverte a perturbar nuestro retiro? ¿Cómo te aventuras a lanzarte sobre nosotras blandiendo la espada, cual un soldado entre los soldados? ¡Di de dónde vienes y adónde vas! Y no quieras engañarme, pues la mentira sería tu perdición. Sabe que estás en un sitio del cual no ha de serte fácil salir en bien. Me bastaría gritar para que acudiesen en seguida cuatro mil guerreros cristianos guiados por sus jefes. Di, pues, lo que deseas. Si es que te has extraviado por el bosque, te indicaremos de nuevo el camino. ¡Habla!"
Y Scharkán contestó a estas palabras de la bella luchadora: "Soy un musulmán entre los musulmanes. ¡No me he extraviado, pues acerté mi camino! Vengo en busca de botín de carne joven que refresque esta noche a la luz de la luna el fuego de mi deseo! ¡Y he aquí diez jóvenes esclavas que me convienen mucho, y a las cuales satisfaré por completo! Y si quedan contentas, me las llevaré adonde están mis amigos".
Entonces la joven dijo: "¡Insolente soldado! ¡Sabe que ese pasto de que hablas no está dispuesto para ir a parar a tus manos! ¡Además, no es ese tu propósito pues acabas de mentir!"
Y Scharkán contestó: "¡Oh mi señora! ¡Cuán feliz será aquel que pueda contentarse, por todo bien, con Alah solamente, sin sentir otro deseo!"
Ella dijo: "¡Por el Mesías! ¡Debería llamar a los guerreros para que te prendiesen! Pero soy compasiva con los extranjeros, sobre todo cuando son jóvenes y atrayentes como tú. ¿Hablas de pasto para tus deseos? ¡Pues bien! Consiento. Pero con la condición de que bajes del caballo y jures por tu fe que no te servirás de tus armas contra nosotras y consentirás en trabar conmigo singular combate. Si me vences, yo y todas estas jóvenes te perteneceremos, y hasta me podrás llevar contigo en tu caballo; pero si eres vencido, serás mi esclavo. ¡Júralo por tu fe!"
Y Scharkán pensó: "¿Esta joven ignora mi fuerza, y cuán desfavorable había de serle luchar conmigo?"
Después dijo: "Te prometo, ¡oh joven! que no tocaré mis armas y que sólo lucharé contigo del modo que tú quieras luchar. ¡Si quedase vencido, tengo bastante dinero para pagar mi rescate; pero si te venciese, tendría con tu posesión un botín digno de rey! ¡Juro, pues, obrar así por los méritos del Profeta! ¡Sean para él la plegaria y la paz de Alah!" Y la joven dijo: "Jura por Aquel que ha introducido las almas en los cuerpos y ha dado sus leyes a los humanos".
Y Scharkán prestó el juramento. Entonces la joven franqueó el río de otro salto, y volvió a la orilla, junto a aquel joven desconocido. Y sonriéndole le dijo: "He de lamentar que te marches, ¡oh mi señor! pero no debes permanecer aquí, porque se acerca la mañana, van a venir los guerreros y caerías en sus manos. Y ¿cómo podrías resistir a mis guerreros, cuando una sola de mis mujeres te vencería?" Y dicho esto, la joven luchadora quiso alejarse hacia el monasterio, sin trabar ninguna lucha.
Y Scharkán llegó al límite del asombro; pero intentó detener a la joven, y le dijo: "¡Oh dueña mía! Desdeña, si quieres, el luchar conmigo, pero ¡por favor! no te alejes así. ¡No abandones al extranjero lleno de corazón!" Y ella, sonriendo, contestó: "¿Qué quieres, joven extranjero? ¡Habla, y tu deseo quedará satisfecho!"
Y Scharkán dijo: "Después de pisar el suelo de tu país, ¡oh mi señora! y de haberme endulzado con las mieles de tu gentileza, ¿cómo alejarme sin haber gustado el manjar de tu hospitalidad? ¡Heme aquí convertido en un esclavo entre tus esclavos!" Y ella contestó, apoyando sus palabras con una sonrisa incomparable: "Verdad dices, ¡oh joven extranjero! El corazón que niega la hospitalidad, es un corazón infame. Haz, pues, el favor de aceptar la mía, y tu lugar estará sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Monta de nuevo en tu caballo, y sígueme por la orilla del río. ¡Eres mi huésped desde este momento!"
Entonces Scharkán, lleno de alegría, montó a caballo, y echó a andar junto a la joven, seguido de todas las demás, hasta llegar a un puente levadizo de madera de álamo, tendido frente a la puerta principal del monasterio, que subía y bajaba por medio de cadenas y garruchas. Entonces se apeó Scharkán. La joven llamó a una de sus doncellas, y en lengua griega le dijo: "Toma ese caballo, llévalo a las cuadras y cuida de que nada le falte".
Y Scharkán se lo agradeció a la joven: "¡Oh soberana de belleza! he aquí que llegas a ser para mí cosa sagrada, y sagrada doblemente, por tu hermosura y por tu hospitalidad. ¿Quieres volver sobre tus pasos y acompañarme a Bagdad, mi ciudad, en el país de los musulmanes, donde verás cosas maravillosas y admirables guerreros?
Entonces sabrás quién soy. ¡Ven, joven cristiana, vamos a Bagdad!" Y la hermosa repuso: "¡Por el Mesías! Te creía más sensato, ¡oh joven! ¿Intentas raptarme? Pretendes llevarme a Bagdad, donde caería en manos de ese terrible rey Omar Al-Nemán, que tiene trescientas sesenta concubinas en doce palacios, precisamente según el número de los días y los meses. Y abusaría ferozmente de mi juventud, pues serviría para satisfacer sus deseos durante una noche, y después me abandonaría. ¡Tal es la costumbre entre vosotros los musulmanes! No hables, pues, así, ni esperes convencerme. ¡Aunque fueras Scharkán en persona, el hijo del rey Omar, cuyos ejércitos invaden nuestro territorio, no te haría caso!
Sabe que en este momento diez mil jinetes de Bagdad, guiados por Scharkán y el visir Dandán, atraviesan nuestras fronteras para reunirse con el ejército del rey Afridonios de Constantinia. Y si quisiera, iría yo sola a su campamento y mataría a Scharkán y al visir Dandán, porque son nuestros enemigos. Pero ahora, ven conmigo, ¡oh joven extranjero!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 48ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven dijo a Scharkán, a quien estaba muy lejos de conocer: "Ahora ven conmigo, ¡oh joven extranjero!" Y Scharkán, al oírla, se sintió extraordinariamente mortificado por la enemistad que tenía aquella joven hacia él, el visir Dandán y todos los suyos. Y si sólo hubiese atendido a una mala inspiración, se habría dado a conocer y se habría apoderado de la joven; pero se lo impidieron los deberes de hospitalidad, y sobre todo el hechizo de aquella hermosura, y recitó esta estrofa:

¡Oh joven! ¡Aunque cometieras todos los delitos, ahí está tu belleza para borrarlos y convertirlos en una delicia más!

Y ella atravesó lentamente el puente levadizo, y se dirigió hacia el monasterio. Y Scharkán, que marchaba detrás de ella, veía bajar y subir sus nalgas suntuosas, que se movían como las olas del mar. Y lamentó que el visir Dandán no estuviese también allí para maravillarse con aquel esplendor. Y pensó en estos versos del poeta:
¡Contempla el encanto de sus caderas plateadas, y verás aparecer ante tus ojos la luna llena!
¡Mira la redondez de sus nalgas benditas, y verás dos medias lunas unidas en el cielo!
Y llegaron a un gran pórtico con arcadas de mármol transparente. Y entraron por una larga galería que corría a lo largo de diez arcadas con columnas de pórfido. Y en medio de cada arcada colgaba una lámpara de cristal de roca, esplendente como el sol. Allí esperaban a su ama las jóvenes doncellas con candelabros encendidos, que desprendían aromática fragancia. Y llevaban ceñida la frente con cintas de seda y pedrerías de todos los colores. Abrieron la marcha, conduciendo a los dos jóvenes a la sala principal. Y Scharkán vió unos magníficos cojines alineados junto a la pared, alrededor de toda la sala. Y en las puertas y ventanas pendían grandes cortinajes, con una gran corona de oro.
Todo el suelo estaba tapizado con preciosos mosaicos de alegres colores. En medio de la sala se abría el tazón de una fuente con veinticuatro surtidores de oro; y el agua caía musicalmente, con centelleos de metal y de plata. Y en el fondo de la sala había un lecho cubierto de sedas, como sólo existen en los palacios de los reyes.
Y la joven dijo a Scharkán: "Sube a esa cama, ¡oh mi señor! y déjate servir". Y Scharkán subió a la cama, muy dispuesto a dejarse servir. Y la dama salió de la sala, y dejó a Scharkán con las jóvenes esclavas, cuyas frentes estaban coronadas de pedrería.
Pero como la joven tardase en volver, preguntó Scharkán a las esclavas adónde había ido, y éstas le contestaron: "Se ha ido a dormir. Y nosotras estamos aquí para servirte, según mandes". Y Scharkán no supo qué pensar. Pero las muchachas le llevaron toda clase de manjares exquisitos, ofreciéndoselos en amplias bandejas labradas, y Scharkán comió hasta saciarse. Después le presentaron el jarro y la palangana de oro con relieves de plata, y dejó que corriera por sus manos el agua perfumada con rosas y azahar. Pero de pronto comenzó a preocuparle la suerte de sus soldados, a quienes había dejado solos. Y se reconvino por haber olvidado los consejos de su padre. Pero aumentaba su pena el no saber nada de la joven, ni del lugar en que se encontraba: Y recitó entonces estas estrofas del poeta:
Si he perdido mi fuerza y mi valor, es leve mi culpa, ¡porque me han engañado y traicionado de tantos modos!
¡Libertadme, ¡oh amigos míos! de mi dolor, de ese dolor de amar que me ha hecho perder las fuerzas y toda mi alegría!
¡He aquí que mi corazón, extraviado por el amor, se ha extraviado y derretido! ¡Se ha derretido, y no sé a quién lanzar mi grito de angustia!
Cuando Scharkán acabó de recitar estas estrofas, se durmió y no se despertó hasta por la mañana. Y vió entrar en la sala un tropel de beldades, veinte jóvenes como lunas que rodeaban a su ama. Y ésta, en medio de las otras, parecía la luna entre las estrellas. Estaba vestida con magníficas sederías adornadas con dibujos y figuras; su cintura parecía aún más fina y sus caderas más suntuosas debajo del cinturón que las tenía cautivas. Este cinturón era de oro afiligranado, con pedrería. Y con tal cintura y tales caderas, semejaba la joven una mesa de cristal diáfano en cuyo centro se plegara delicadamente una fina rama de plata. Los pechos eran más soberbios y más salientes. Sujetaba su cabellera una redecilla de perlas con toda clase de pedrería. Y rodeada de las veinte doncellas a derecha e izquierda, que le llevaban la cola de su soberbio vestido, adelantaba maravillosa, contoneándose.
Y al verla, sintió Scharkán oscurecida su razón; y se olvidó de sus soldados, y del visir, y hasta de los consejos de su padre. Y se puso de pie, imantado por aquellos encantos, y recitó estas estrofas:
¡Poderosa de caderas, inclinada y cimbreante! ¡Tus miembros son flexibles y suaves, tu garganta resbaladiza y dorada!
¡Ocultas ¡oh hermosísima! los tesoros interiores! Yo tengo ojos agudos que atraviesan todas las opacidades.
Entonces la joven se acercó a él, y le miró largamente, largamente. Después le dijo: "¡Eres Scharkán! Ya no lo dudo. ¡Oh Scharkán, hijo de Omar Al-Nemán! ¡Oh héroe magnánimo! He aquí que iluminas esta morada y la honras. Dime, ¡oh Scharkán! ¿has pasado la noche tranquilo? ¡Háblame! Y sobre todo, ¡no finjas más, deja la mentira a los maestros de la mentira, porque la ficción y la mentira no son los atributos de los reyes, ni sobre todo el más grande de los reyes!"
Cuando Scharkán oyó estas palabras, comprendió que de nada le serviría el negar, y respondió: "¡Oh tú, la muy dulce! ¡Soy Scharkán Omar Al-Nemán! ¡Soy aquel que sufre porque el Destino lo arrojó sin defensa entre tus manos! Haz de mí lo que quieran tu gusto y tu deseo, ¡oh desconocida de los ojos negros!" Entonces la joven bajó un momento los ojos hacia el suelo, como si meditase. Después, mirando a Scharkán, le dijo: "¡Apacigua tu alma y endulza tus miradas! ¿Olvidas que eres mi huésped? ¿Olvidas que ha mediado entre nosotros el pan y la sal? ¿Olvidas también que sostuvimos más de una conversación amistosa? En adelante estarás bajo mi protección y a beneficio de mi lealtad. ¡No temas, porque ¡por el Mesías! si toda la tierra se lanzara contra ti, nadie te tocaría antes de que mi alma saliera del cuerpo en defensa tuya!"
Dijo, y fué a sentarse gentilmente a su lado, y se puso a hablarle con la más dulce sonrisa. Después llamó a una de sus esclavas y le habló en lengua griega, y la esclava salió, para volver acompañada de otras que llevaban grandes bandejas con manjares de todas clases, y otras con frascos y jarrones de bebidas.
Pero Scharkán no se atrevía a probar aquellos manjares, y la joven, al observarlo, le dijo:
"Vacilas, ¡oh Scharkán! en probar mis manjares. Sospechas alguna traición. ¿Olvidas que ayer te pude matar?" Y se apresuró a alargar la mano y a tomar un poco de cada plato. Y Scharkán se avergonzó de sus sospechas, y empezó a comer, y ella con él, hasta que se saciaron. Después de haberse lavado las manos, colocaron las flores y mandaron traer bebidas, en grandes jarrones de oro, plata y cristal; y las había de todos los colores y de las mejores clases. Y la joven llenó una copa de oro, y fué la primera en beber; y después la llenó de nuevo y se la ofreció a Scharkán, que bebió, y ella le dijo: "¡Oh musulmán! ¿ves como así la vida es fácil y agradable?"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cunado llegó la 49ª noche


Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven desconocida dijo a Scharkán: "¡Oh musulmán! ¿ves como así la vida es fácil y agradable?" Después siguieron bebiendo de aquel modo hasta que la fermentación produjo su efecto y el amor prendió firmemente en el corazón de Scharkán. Entonces la joven dijo a una de sus doncellas favoritas, llamada Grano de Coral: "¡Oh Grano de Coral! ¡apresúrate a traer los instrumentos armoniosos!" Y Grano de Coral contestó: "¡Escucho y obedezco!"
Se ausentó un instante, y volvió acompañada de unas jóvenes que traían un laúd de Damasco, una cítara de Tartaria y una viola de Egipto. Y la joven cogió el laúd, lo templó sabiamente, y acompañada por las otras doncellas que se habían sentado en la alfombra, pulsó un momento las cuerdas vibrantes. Y con voz llena de delicias, más dulce que la brisa y más agradable y pura que el agua de la sierra, cantó lo siguiente:
Las víctimas de tus ojos, ¡oh mi amada! ¿sabes su número? Las flechas que disparan tus ojos y que derraman la sangre de los corazones, ¿sabes su número?
¡Pero afortunados los corazones que sufren por tus ojos! ¡Y mil veces afortunados tus esclavos de amor!
Y acabado este canto, se calló la joven. Entonces una de las muchachas que acompañaba con los instrumentos, entonó en lengua griega una canción que no comprendió Scharkán. Y su joven señora contestaba de cuando en cuando en el mismo tono. Pero ¡cuán dulce era aquel canto alternado y quejumbroso!
Y la joven dijo a Scharkán: "¡Oh musulmán entre los musulmanes! ¿has comprendido nuestra canción?" Y él respondió: "¡Verdaderamente que no la he entendido, pero su armonía me ha conmovido extraordinariamente! Y la humedad de los dientes al sonreír y la ligereza de los dedos al sonar los instrumentos me han encantado hasta lo infinito".
Ella sonrió, y dijo: "Y ahora, Scharkán, si te dijera un canto árabe, ¿qué harías?" Y él contestó: "¡Perder seguramente la razón que me queda!" Entonces la joven cambió el tono y la clavija del laúd, lo pulsó un instante, y cantó estas palabras del poeta:
El sabor de la separación es un sabor lleno de amargura. ¿Hay algún medio para sufrirlo con paciencia?
Tres cosas me han dado a elegir: el alejamiento, la separación y el abandono, tres cosas llenas de espanto.
¿Cómo elegir, cuando estoy completamente vencido por el amor de una hermosura que me ha conquistado y que me somete a tan duras pruebas?
Cuando Scharkán oyó esta canción, como había bebido considerablemente, quedó sin conocimiento, completamente ebrio. Y al volver en sí, ya no estaba allí la joven.
Y Scharkán preguntó a las esclavas.
Y las esclavas le dijeron: "Se ha ido a su habitación para dormir, pues he aquí que es de noche". Y Scharkán, aunque muy contrariado, dijo: "¡Qué Alah la tenga bajo su protección!" Pero al día siguiente, Grano de Coral, la esclava preferida, le vino a buscar en cuanto se despertó, para llevarle al aposento mismo de su señora. Y al franquear el umbral, Scharkán, fué recibido al son de los instrumentos y de los himnos de las cantoras, que de aquel modo le daban la bienvenida. Y transpuso una puerta toda de marfil, incrustada de perlas y pedrería. Y se halló en una gran sala, toda cubierta de sedería y de tapices de Khorasán.
Y estaba iluminada por altos ventanales que daban a unos jardines frondosos atravesados por arroyos. Junto a las paredes de la sala había una fila de estatuas vestidas como personas y que movían los brazos y las piernas de un modo asombroso, y en su interior tenían un mecanismo que les hacía cantar y hablar como verdaderos hijos de Adán.
Pero cuando la dueña de la casa vió a Scharkán, se levantó, se acercó a él, y le cogió de la mano. Y le hizo sentarse junto a ella, y le preguntó con interés cómo había pasado la noche, y le dirigió otras preguntas, a las cuales dió Scharkán las respuestas convenientes. Después se pusieron a conversar, y ella le preguntó: "¿Sabes las palabras de los poetas acerca de los enamorados y de los esclavos de amor?" Y él contestó: "Sí, ¡oh mi señora! sé algunas". Y ella dijo: "Quisiera oírlas".
Y él dijo: "He aquí lo que el elocuente y delicado Kuzair decía respecto a la perfectamente bella Izzat, a quien amaba:
¡Oh, no! ¡Jamás descubriré los encantos de Izzat! ¡Jamás hablaré de mi amor por Izzat! ¡Me ha obligado a tantos juramentos y a tantas promesas! ¡Ah! ¡Si se supiesen todos los encantos de Izzat!
¡Los ascetas que lloran entre el polvo y que tanto se precaven contra las penas de amor, si oyeran el gorjeo que yo conozco, acudirían a arrodillarse delante de Izzat para adorarla! ¡Ah! ¡Si supieran cuántos son los encantos de Izzat!
Y la joven exclamó: "En verdad, la elocuencia fué un don de ese admirable Kuzair, que decía:
Si ante un juez digno de ella y de su belleza se presentara Izzat compitiendo con su rival el dulce sol matutino, seguramente sería Izzat la preferida.
Y sin embargo, algunas mujeres maliciosas se han atrevido a criticar su hermosura. ¡Alah las confunda, y haga de sus mejillas una alfombra para las suelas de Izzat!
Y la joven añadió: "¡Cuán amada fué Izzat! Y tú, oh príncipe Scharkán! si recordases las palabras que el hermoso Djamil decía a la misma Izzat, ¡qué amable serías si nos las dijeses!" Y Scharkán dijo: "Realmente, de las palabras de Djamil a Izzat no recuerdo más que esta estrofa:
¡Oh la más gentil de las engañadoras! ¡Sólo deseas mi muerte; a ella se encaminan todos tus planes! ¡Y sin embargo, eres la única que deseo entre todas las jóvenes de la tribu!"
Y Scharkán añadió: "Porque sabe, ¡oh señora mía! que estoy en la misma situación que Djamil, pues deseas hacerme morir ante tus ojos". Y entonces la joven sonrió, pero no dijo nada. Y siguieron bebiendo hasta que vino la aurora. En seguida se levantó la joven, y desapareció. Y Scharkán se dispuso a pasar otra noche solo en su lecho. Pero cuando llegó la mañana, se presentaron las esclavas al son de los instrumentos armoniosos, y después de haber besado la tierra entre sus manos, le dijeron: "¡Haznos el favor de venir connosostras al cuarto de nuestra ama, que te espera!”
Entonces se levantó Scharkán, y salió con las esclavas, que tañían los instrumentos. Y llegó a una segunda sala, mucho más maravillosa que la primera, donde había estatuas y pinturas que figuraban animales, y aves, y otras muchas cosas que superarían a toda descripción. Y quedó encantado de cuanto veía, y sus labios cantaron estas estrofas:
¡Cogeré la estrella que se remonta entre los frutos de oro del Arquero de las Siete Estrellas!
Es la perla noble que anuncia las albas plateadas. La gota de oro de la constelación.
Es el ojo de água que se deshace en trenzas de plata. ¡La rosa de carne de sus mejillas! ¡Un topacio incendiado!
¡Sus ojos! ¡Dan el color a la violeta, sus ojos rodeados de kohl azul!
Y la joven se levantó, fué a coger de la mano a Scharkán, le hizo sentarse a su lado, y le dijo: "¡Oh príncipe Scharkán! seguramente conoces el juego del ajedrez". Y él dijo: "Lo conozco; pero ¡por favor! no seas como aquella de quien se queja el poeta:
¡En vano me lamento! ¡Estoy martirizado por el amor! No puedo apagar la sed en su boca dichosa, ni respirar la vida bebiéndola en sus labios.
No es que me desprecie, ni que me falten sus atenciones, ni que olvide el ajedrez para distraerme; pero ¿acaso mi alma tiene sed de distracciones ni de juego?
Y además, ¿cómo podría luchar con ella, cuando me fascina el fuego de sus miradas, las miradas de sus ojos que penetran en mi hígado?"
Y la joven se echó a reír, pero acercó el ajedrez y empezó el juego. Y Scharkán, cada vez que le tocaba jugar, en vez de atender al juego miraba a la joven, y jugaba de cualquier modo, poniendo el caballo en lugar del elefante y el elefante en lugar del caballo.
Y ella, riendo, le dijo: "¡Por el Mesías! ¡Cuán profundo es tu juego!" Pero él contestó: "¡Esta es la primera partida! Ya sabes que no representa nada". Y prepararon el juego de nuevo. Pero ella lo venció otra vez, y la tercera, y la cuarta, y la quinta vez. Después le dijo: "¡He aquí que en todas sales vencido!"
Y él dijo: "¡Oh mi soberana, no está mal ser vencido por una adversaria como tú!"
Entonces la joven mandó poner el mantel, y comieron y se lavaron las manos; y no dejaron de beber de todas las bebidas. Y la joven cogió un arpa, y diestramente preludió una notas lentas y melodiosas. Y cantó estas estrofas:
Nadie escapa a su Destino, así esté oculto o no lo esté, así tenga el rostro sereno o amargado.
Olvídalo todo, ¡Oh amigo mío! y bebe por la belleza y por la vida.
¡Soy la hermosura, que ningún hijo de la tierra puede mirar indiferentemente!
Calló, y sólo el arpa resonó bajo los finos dedos de marfil. Y Scharkán, arrebatado, se sentía perdido en deseos infinitos. Entonces, tras un nuevo preludio, la joven cantó:
¡La amistad verdadera no puede soportar la amargura de la separación! ¡Hasta el sol palidece cuando tiene que dejar a la tierra!
Pero apenas cesó este canto, oyeron un enorme tumulto y un gran vocerío. Y vieron que avanzaba un tropel de guerreros cristianos con las espadas desnudas, y gritaban: "¡He aquí que has caído en nuestras manos! ¡He aquí, oh Scharkán, tu día de perdición!"
Y al oír Scharkán estas palabras, pensó en seguida en una traición, encaminándose sus sospechas contra la joven. Pero cuando se volvía hacia donde estaba, dispuesto a reconvenirla, la vió lanzarse afuera, muy pálida.
Y la joven llegó ante los guerreros, y les dijo: "¿Qué queréis?"
Entonces se adelantó el jefe de los guerreros, y le contestó, después de haber besado la tierra entre sus manos: "¡Oh reina llena de gloria! ¡Oh mi noble señora Abriza, la perla más noble entre las perlas de las aguas! ¿Ignoras la presencia del que está en este monasterio?"
Y la reina Abriza contestó: "¿De quién hablas?" Y él dijo: "Hablo de aquel a quien llaman maestro de héroes, el destructor de ciudades, el terrible Scharkán ibn-Omar Al-Nemán, aquel que no ha dejado una torre sin destruirla, ni una fortaleza sin derribarla. Ahora bien, ¡oh reina Abriza! el rey Hardobios, tu padre y señor nuestro, ha sabido en Kaissaria, su ciudad, por los propios labios de la anciana Madre de todas las Calamidades, que el príncipe Scharkán estaba aquí. Porque la Madre de todas las Calamidades ha dicho al rey que había visto a Scharkán en el bosque, cuando se dirigía a este monasterio. Así, pues, ¡oh reina! tu mérito es inconmensurable, por haber cogido al león en tus redes, facilitándonos la victoria sobre el ejército de los musulmanes".
Entonces, la joven reina Abriza, hija del rey Hardobios, señora de Kaissaria, miró indignadísima al jefe de los guerreros, y le dijo: "¿Cuál es tu nombre?" Y el otro contestó: "¡Tu esclavo el patricio Massura ibn-Mossora ibn-Kacherda!"
Y ella le dijo: "¿Y cómo es que has osado, ¡oh insolente Massura! entrar en este monasterio sin avisarme ni pedir permiso?" Y él dijo: "¡Oh mi soberana! Ninguno de los porteros me ha cerrado el camino, pues al contrario, todos nos han guiado hasta la puerta de tu aposento. Y ahora, según las órdenes de tu padre, esperamos que nos entregues a ese Scharkán, el guerrero más formidable entre los musulmanes". Y la reina Abriza dijo: "¿Pero qué piensas? ¿No sabes que esa Madre de todas las Calamidades es una embustera? ¡Por el Mesías! Aquí hay un hombre, pero no es el Scharkán de quien hablas, sino un extranjero que ha venido a pedirnos hospitalidad, y en seguida se la hemos otorgado generosamente. Y además, aun en el caso de que fuera Scharkán, los deberes de la hospitalidad me mandan protegerle contra todo el mundo.
¡Nunca se dirá que Abriza hizo traición al huésped, después de haber mediado entre ellos el pan y la sal!
De modo que lo que debes hacer, ¡oh patricio Massura! es marcharte en seguida cerca del rey, mi padre; besarás la tierra entre sus manos, y le dirás que la vieja Madre de todas las Calamidades ha mentido y le ha engañado".
El patricio Massura, dijo: "Reina Abriza, no puedo volver junto al rey Hardobios, tu padre, sin llevar al prisionero, como nos ha mandado". Ella llena de cólera, dijo: "¿Quién te mete en estas cosas, ¡oh guerrero!? Sólo te toca combatir cuando puedas, pues te pagan para combatir. Pero guárdate de meterte en asuntos que no te incumben. Además, si te atrevieras a atacar a Scharkán, lo pagarás con tu vida y con la vida de todos los guerreros que están contigo. ¡Y he aquí que lo voy a llamar, para que venga con su alfanje y su escudo!"
Y el patricio Massura dijo: "¡Oh qué desgracia la mía! Porque si me libro de tu cólera, caeré en la de tu padre, nuestro rey. Si se presentase ese Scharkán, lo mandaría detener inmediatamente por mis soldados, y lo llevaría prisionero entre las manos de tu padre, el rey de Kaissaria".
Y Abriza exclamó: "Hablas demasiado para ser un guerrero, ¡oh patricio Massura! ¡Y tus palabras exceden en punto a pretensión e insolencia! ¿Olvidas acaso que sois cien contra uno? Si tu patriciado no te quitó hasta el rastro del valor, combátele de hombre a hombre. Pues si eres vencido, otro ocupará tu puesto, y así sucesivamente, hasta que Scharkán caiga en nuestras manos. ¡Y así se decidirá quién de todos vosotros es el héroe!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Notas del traductor

[1] Para ser más gramatical debería escribirse: "en-Nemán". Usaré el artículo "al" en vez de "en" para no confundir al lector europeo. Véase en una gramática árabe lo que son letras lunares y letras solares.

[2] La Sunnat es la recopilación tradicional de los consejos, leyes y decisiones orales del Profeta, y de los pormenores de su vida.
[3] Límpida y pura como el agua.
[4] Acaso Cesárea de Capadocia.
[5] Los árabes llaman así a Alejandro Magno, con motivo de su caballo Bucéfalo

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