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Historia de Dulce-Amiga

He llegado a saber, !oh rey afortunado! que el trono de Bassra fué ocupado por un sultán tributario de su soberano el califa Harún AlRaschid, que le llamaba el rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.
Amparaba a los pobres y a los necesitados, se compadecía de sus súbditos desgraciados y repartía su fortuna entre los que creían en nuestro Profeta Mohamed (¡con él sean la plegaria y la paz de Alah!)
Era, pues, verdaderamente digno de este elogio del poeta:
¡Transformó en su pluma la punta de la lanza, el corazón de los enemigos en una hoja donde escribir, y en tinta su sangre!
Tenía dos visires llamados respectivamente El-Mohín ben Sauí y El-Faldl ben-Khacán. Pero hay que saber que El-Faldl era el hombre más generoso de su tiempo, dotado de buen carácter, admirables costumbres y excelentes cualidades, que le granjearon el cariño de todos los corazones y la estimación de los hombres prudentes y sabios, quienes le consultaban y pedían su parecer en los asuntos más difíciles. Y todos los habitantes del reino, sin ninguna excepción, le deseaban larga vida y muchas prosperidades, porque hacía todo el bien posible y odiaba la injusticia.
En cuanto al otro visir, llamado El-Mohín, era muy diferente: tenía horror al bien y cultivaba el mal, hasta tal punto, que un poeta dijo:
¡Le vi! Y en seguida me dispuse a huir ante la mancilla de su aproximación, y me levanté la orla del ropón para evitar su torpe contacto! ¡Y confié mi salvación a la ligereza de mi corcel para que me llevase lejos de aquel elemento tan impuro!
De modo que a cada uno de estos dos visires, tan distintos entre sí, se les puede aplicar cada uno de estos versos de otro poeta:
¡Goza la deliciosa compañía del hombre noble, de alma noble, hijo de noble, pues siempre observarás que el hombre noble ha nacido noble y de padre noble!
¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de padre vil!
La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir ElMohín, como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohín tenía una gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de perjudicarle ante el sultán.
Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, estaba sentado en el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y este día había llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se dirigió a su visir El-Faldl, y le dijo: "Quiero que me busques una esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su belleza, tenga una admirable dulzura de carácter".
Al oír estas palabras del rey dirigidas a su visir El-Faldl Fadleddín, el visir El-Mohín, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: "¡Pero si se pudiese encontrar a esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez mil dinares de oro!" Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad, llamó inmediatamente a su tesorero, y le dijo: "Toma en seguida diez mil dinares de oro y llévalos a casa de mi visir El-Faldl". Y el tesorero se apresuró a ejecutar la orden.
El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase a las condiciones requeridas para la compra. Reunió entonces a todos los corredores que se ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y les encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo: "Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en seguida, y ya veré si conviene".
Y desde entonces no pasaba día sin que dos o tres corredores propusiesen una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y a la esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil muchachas, a cual más hermosas y capaces de infundir virilidad a mil viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas. Un día entre los días iba a montar a caballo para visitar al rey y rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor a quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y recitó en honor suyo estas dos estancias:
¡Oh tú, que das mayor realce a la gloria del reinado y restauras el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso gran visir!
¡Das nueva vida a los míseros y a los moribundos con tu generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!
Y recitados los versos, dijo el corredor al visir: "¡Oh noble ElFaldl! te anuncio que ha aparecido la esclava que tuviste la bondad de encargarme que buscara, y está a tu disposición". Y el visir dijo: "Tráela para que yo la vea". Y regresó a su palacio, adonde una hora después llegaba el corredor con la esclava.
Unicamente diré para discribirla que era de una esbeltez deliciosa, de pechos rectos y gloriosos, párpados oscuros, ojos de noche, mejillas redondas, fina barbilla adornada con un hoyuelo, caderas poderosas y sólidas, cintura de abeja y nalgas soberanas. Iba vestida de telas raras y escogidas. Pero olvidaba decirte, ¡oh rey! que su boca era una flor, su saliva jarabe, sus labios nuez moscada y su cuerpo fino y flexible como una tierna rama de sauce. Su voz, canto de la brisa, era más agradable que el céfiro que se perfuma al pasar entre las flores de los jardines. Y era digna de estos versos del poeta:
¡Su piel es más suave que la seda, su voz canta como el agua, con las ondulaciones del agua, y como ella también reposada y pura!
¡Y sus ojos! Alah dijo: “!Sed!” y fueron hechos. ¡Son la obra de un Dios! ¡ y su mirada turba a los humanos más que el vino y su fermento!
¡Pensando en ella en las horas nocturnas, mi alma se turba y mi cuerpo arde! ¡Y al pensar en su crencha, negra como la noche y en su frente de aurora, iluminadora de la mañana, me siento morir!

Y a causa de sus gracias y de su dulzura, la llamaron desde la pubertad Dulce-Amiga. (En árabe Anis Al- Dialis)
Por eso cuando la vió el visir quedó completamente maravillado, y preguntó al corredor: "¿Qué precio tiene esta esclava?" Y el otro contestó: "Su amo pide diez mil dinares, y en eso hemos quedado, porque me parece justo. Pero él jura que pierde al venderla en ese precio por una porción de cosas que yo quisiera que oyeses de sus mismos labios".
Entonces el visir dijo: "Pues que venga en seguida".
El corredor salió en busca del amo de la esclava y lo llevó ante el visir. Y el visir vió que el amo de la maravillosa joven era un persa viejísimo, aniquilado por la edad, que lo había reducido a huesos y pellejo. Como dice el poeta:
¡El Tiempo y el Destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir a la fuerza y la violencia del Tiempo?
¡Hace muchos años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañía es la enfermedad y la inmovilidad, mi amada!
Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo: "¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez rnil dinares? Has de saber que no es para mí, sino para el rey". El anciano contestó: "Siendo para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio alguno.
Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió a escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el catastro.
Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por último, ha leído todos los libros de los poetas e historiadores. Y todo ello ha contribuido a hacer más admirable su ingenio y su carácter, por eso la he llamado Dulce-Amiga".
El visir dijo: "Verdaderamente tienes razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y comprobar inmediatamente".
Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo: "Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo".
Y el visir repuso: "Di lo que quieras". Y prosiguió el anciano: Aconsejo a mi señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní a mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria a los ojos de nuestro sultán". Y el visir comprendió que el viejo persa era buen consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio a Dulce-Amiga, mandando que preparasen un aposento reservado para que descansase.
Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar gris, según dice el poeta:
¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos en sus racimos!
¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro e inexorable! ¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su cuerpo?
¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su corazón, no sería tan injusto ni tan duro para mi amor!
¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree que tengo disculpas, pues no soy ya dueño de mí, y mi cuerpo y todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión dominadora!
¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón! ¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más compasivo!
Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar a Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo: "Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y comprometerme.
Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no se haya entregado a él y de cuya flor no haya gozado. Por lo tanto, evita su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte te perderías sin remedio".
Y Dulce-Amiga dijo: "Escucho y obedezco". Y el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su camino.
Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle un baño que fuera el mejor de su vida.
Después de haberle lavado los miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente, frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron conhenné las uñas de los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas, y quemaron junto a ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris, perfumándole de este modo toda la piel.
Después la envolvieron con una sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur.
Dulce-Amiga, al ver a la mujer del visir, corrió a su encuentro y le besó la mano, y la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada! Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya"
Y Dulce-Amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, e inclinando la cabeza, respondió: "Gracias, ¡oh madre y señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso! En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no compartirlo contigo. Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen a Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso a marchar al hammam para tomar su baño.
Pero no quiso dejar sola a Dulce-Amiga, por temor y por prudencia. Llamó, pues, a dos esclavas jóvenes, y les mandó que guardasen la puerta del aposento de Dulce-Amiga, diciéndoles: "No dejéis entrar a nadie bajo ningún pretexto, porque Dulce-Amiga está desnuda y podría enfriarse". Y las dos esclavas contestaron respetuosamente: "Escuchamos Y obedecemos".
Y entonces la madre de Alí-Nur, rodeada de sus doncellas, se fué al hammam después de haber besado otra vez a Dulce-Amiga, que le deseó un baño delicioso.
Pero en aquel momento entraba en la casa el joven Alí-Nur, buscó a su madre para besarle la mano, como todos los días, y como no la encontrara en su habitación, la fué buscando por todas las demás, hasta que llegó frente a la puerta de aquella en que estaba encerrada Dulce-Amiga. Y vió a las dos esclavas que guardaban la puerta, y las dos esclavas le sonrieron, porque era muy gentil, y le adoraban en secreto. Pero asombrado al ver aquella puerta tan bien guardada, les dijo: "¿Está ahí mi madre?" Y las esclavas, intentando rechazarle, le contestaron: "¡Oh, no, amo Alí-Nur, no está ahí nuestra ama! ¡No está ahí! ¡Ha ido al hammam! ¡Está en el hammam, amo Alí-Nur!" Y les dijo: "Pues entonces, ¿qué hacéis aquí, corderas? Apartaos para que pueda descansar". Y ellas replicaron: "¡No entres, oh Alí-Nur, no entres ahí! ¡Ahí sólo está nuestra ama joven Dulce-Amiga!" Alí-Nur exclamó: "¿Qué Dulce-Amiga?" Y ellas contestaron: "La hermosa, Dulce-Amiga que tu padre y amo nuestro el visir Fadleddin ha comprado en diez mil dinares para el sultán. Acaba de salir del hammam y está desnuda, sin más ropa que la sábana del baño. ¡No entres, oh Alí-Nur, no entres! podría enfriarse, y nuestra ama nos pegaría. ¡No entres, oh Alí-Nur!"
Entretanto, Dulce-Amiga oía estas palabras desde su habitación, y pensaba: "¡Por Alah! ¿Cómo será ese joven Alí-Nur, cuyas hazañas me ha enumerado su padre el visir? ¿Cómo será ese mancebo que no ha dejado en el barrio doncella intacta ni mujer sin ataque?
¡Por Alah, que desearía verle!"
Y no pudiendo aguantarse, se puso de pie, y perfumada aún con todos los aromas del hammam, llena de frescura. con los poros abiertos a la vida, se acercó a la puerta, la entreabrió poco a poco y se puso a mirar. Y vió a Alí-Nur. Y le pareció como la luna llena. Y sólo con mirarle le sacudió la emoción y se estremeció toda su carne.
Y al mismo tiempo, Alí-Nur había tenido ocasión de mirar por la puerta. entreabierta, apreciando toda la hermosura de Dulce-Amiga.
Y arrebatado por el deseo, dió tal grito y sacudió tan fuertemente e a las dos esclavas, que llorando huyeron de entre sus manos, refugiándose en la habitación contigua, y desde allí se pusieron a mirar, pues Alí-Nur no se había tomado el trabajo de cerrar la puerta después de haber llegado junto a Dulce-Amiga. Y así vieron todo lo que ocurrió.
Y efectivamente, Alí-Nur avanzó hacia donce estaba Dulce-Amiga, que, aturdida, se había dejado caer en el diván, y le aguardaba desnuda, toda temblorosa y con los ojos muy abiertos. Y Alí-Nur, llevándose la mano al corazón, se inclinó ante Dulce-Amiga, y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! ¿Eres tú la que ha comprado mi padre en diez mil dinares de oro? ¿Te pesaron acaso en el otro platillo para contrastar bien tu verdadero valor? ¡Oh Dulce-Amiga! ¡Eres más hermosa que el oro fundido, tu cabellera más abundante que la de una leona del desierto y tus pechos más frescos y más suaves que el musgo de los arroyos!"
Ella contestó: "Alí-Nur, ante mis ojos asombrados apareces más poderoso que el león del desierto; ante mi carne que te desea, más fuerte que el leopardo, y ante mis labios que palidecen, más rasgador que el duro acero. ¡Alí-Nur, mi sultán!"
Y ebrio Alí-Nur, se precipitó sobre Dulce-Amiga. Y las dos esclavas se asombraron al ver todo esto desde fuera. Pues aquello era para ellas muy extraño, y no lo comprendían. Porque Alí-Nur, después de cambiar ruidosos besos con Dulce-Amiga, se apoderó de sus piernas y penetró en la casa de la misericordia. Y Dulce-Amiga le rodeó con sus brazos, y durante algún tiempo sólo hubo besos, contorsiones y elocuencia sin  palabras.
Entonces las dos siervas quedaron sobrecogidas de terror. Y gritando, huyeron espantadas, yendo a refugiarse en el hammam, cuando precisamente salía del baño la madre de Alí-Nur, humedecida por el sudor  que le corría por el cuerpo. Y les dijo a las esclavas: "¿Qué os pasa para chillar y correr de este modo, hijas mías?" Y ellas clamaban: "¡Oh señora, oh señora!" Y ella insistió: "¿Pero qué ocurre, desdichadas?"
Y ellas, llorando, dijeron: "Oh señora, he aquí que nuestro joven amo Alí-Nur ha empezado a darnos golpes y nos ha echado! Y luego le vimos entrar en la habitación de nuestra ama Dulce-Amiga y él gustó su lengua y  ella también. Y no sabemos qué le haría después, porque ella suspiraba mucho, y él también suspiraba encima de ella. ¡Y estamos aterradas por todo eso!
Entonces, la esposa del visir, aunque iba calzada con los altos zuecos de madera que se gastan para el baño, echó a correr a pesar de su avanzada edad, seguida por todas sus doncellas, y llegó a la habitación de Dulce-Amiga, precisamente cuando Alí-Nur, habiendo oído los gritos de las esclavas, había huido más que aprisa, una vez terminada la cosa.
Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó a Dulce-Amiga y le dijo: "¿Qué es lo que ha ocurrido?" Y Dulce-Amiga repitió las palabras que Alí-Nur le había enseñado: "¡Oh mi señora! Mientras estaba descansando del baño, echada en el diván, entró un joven a quien nunca he visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los ojos y en las cejas.
Y me dijo: "¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha comprado mi padre en diez mil dinares?"
Y yo le contesté: "Sí; soy Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní".
Y el joven, riéndose replicó: "¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! acaso haya tenido mi padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda para mí". Entonces, ¡oh señora! a fuer de esclava sumisa desde mi nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme en esposa del mismo califa que reina en Bagdad".
La madre de Alí-Nur contestó: "¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿qué ha hecho contigo?" Dulce-Amiga respondió: "Me rendí a su voluntad, y él se apoderó de mí y nos enlazamos". Y la mujer del visir dijo: "¿Pero te ha poseído por completo?"
Y replicó Dulce-Amiga: "Ciertamente, y hasta tres veces. ¡oh madre mía!" Al oír esto la madre de Alí-Nur, dijo: "¡Oh hija mía! ¡Cómo te ha destrozado!" Y empezó a llorar y a abofetearse, y todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: "¡Qué calamidad, qué calamidad!"
Porque en el fondo lo que aterraba a la madre de Alí-Nur y a las doncellas de la madre de Alí-Nur, era el temor que les inspiraba el padre de Alí-Nur.
En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey, pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar a su hijo Alí-Nur, al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su amor y su afecto.
Y entonces entró el visir Fadleddin y vió a todas las mujeres llorando, llenas de desolación. Y preguntó: "¡Pero qué os ocurre, hijas mías?" Y la madre dé Alí-Nur se secó los ojos y dijo: "¡Oh esposo mío! Empieza por jurarme por la vida de nuestro profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te diga, si no, moriré antes que hablar".
Juró el visir, y. su mujer le contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la virginidad de Dulce-Amiga.
Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos a sus padres, pero Fadleddin, al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó las barbas y tiró por los aires el turbante.
Entonces su esposa trató de consolarle, y le dijo: "No te aflijas de ese modo, pues los diez mil dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y vendiendo parte de mis pedrerías". Pero el visir Fadleddin exclamó: "¿Qué piensas?, ¡oh mi señora! ¿Se te figura que lamento la pérdida de ese dinero, que para nada necesito?
Lo que me aflige es la mancha que ha caído en mi honor y la probable pérdida de mi vida". Y su esposa dijo: "En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora a nuestro hijo. Y es un verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto perfecta".
El visir replicó: "¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado El-Mohín ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez.
Aquel día avanzará entre las manos del rey y le dirá. . ."
Al llegar a este momento de su narración, vió Schehrazada que iba a nacer el día, e interrumpió discretamente su relato.



Pero cuando llegó la 33ª noche


Schehrazada prosiguió:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Fadleddin dijo a su mujer: "Aquel día mi enemigo el visir Sauí se presentará entre las manos del sultán y le dirá "¡Oh rey! He aquí que el visir a quien tanto ponderas y de cuya adhesión pretendes estar seguro te sacó diez mil dinares para comprarte una esclava, y efectivamente, compró una esclava sin igual en el mundo.
Y como la encontraba maravillosa, le dijo a su hijo Alí-Nur, mozalbete corrompido: "Tómala, hijo mío; más vale que la goces tú que ese sultán viejo, que tiene no sé cuántas concubinas, cuya virginidad no puede disfrutar". Y el joven Alí-Nur, que es una especialidad en lo de robar virginidades, se apoderó de la hermosa esclava, y en un abrir y cerrar de ojos la perforó de parte a parte. Pero he aquí que sigue pasando agradablemente el tiempo con ella en el palacio de su padre, y el joven perforador, disoluto y holgazán, no sale de las habitaciones de las mujeres".
"Al oír estas palabras de mi enemigo -siguió diciendo el visir Fadleddin- el sultán, que me estima, se negará a creerlo, y dirá: "Mientes, ¡oh Mohín ben-Sauí!"
Pero Sauí le contestará: "Permíteme cercar con soldados la casa de Fadleddin, y te traeré inmediatamente la esclava, y con tus propios ojos comprobarás la cosa". Y el sultán, que es mudable, le dará permiso, y Sauí vendrá aquí con los soldados, apoderándose de Dulce-Amiga, que arrebatará de vosotras y la llevará entre las manos del sultán. Y el sultán interrogará a Dulce-Amiga, que tendrá que confesarlo todo.
Entonces mi enemigo Sauí, afirmando su triunfo, dirá "¡Oh mi señor! ¿Ves cómo soy para ti un buen consejero? Pero ¿qué le vamos a hacer? Está escrito que me has de despreciar, mientras que el traidor Fadleddin será tu preferido". Y el sultán, rectificando su opinión con respecto a mí, me castigará severamente. Y seré la irrisión de cuantos hoy me estiman, y perderé mi vida y con ella toda la casa".
Al oír esto la madre de Alí-Nur, respondió a su esposo: "Créeme; no hables a nadie de este asunto, y nadie se enterará. Confía tu suerte a la voluntad de Alah, el muy poderoso. Sólo ocurrirá lo que haya de ocurrir". Entonces el visir se sintió tranquilizado con estas palabras, calmándose su inquietud en cuanto a las consecuencias futuras, pero no por ello se aplacó su cólera contra Alí-Nur.
Por lo que se refiere al joven Alí-Nur, había salido apresuradamente del aposento de Dulce-Amiga al oír los gritos de las dos esclavas, y se pasó el día dando vueltas por aquellos alrededores. No volvió al palacio hasta que fué de noche, y se apresuró a deslizarse junto a su madre, en el departamento de las mujeres, para evitar la cólera del visir. Y su madre, a pesar de todo lo ocurrido, acabó por abrazarle y perdonarle, y lo ocultó cuidadosamente, ayudada por todas sus doncellas, que envidiaban secretamente a Dulce-Amiga por haber tenido entre sus brazos a aquel ciervo incomparable.
Además, todas estaban de acuerdo para prevenirle contra la ira del visir. De modo que Alí-Nur, durante un mes entero, fué amparado por aquellas mujeres, que por la noche le abrían la puerta de las habitaciones de su madre. Y allí se deslizaba Alí-Nur sigilosamente, y allí, con connivencia de su madre, le iba a buscar en secreto Dulce-Amiga.
Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado que de costumbre, le preguntó: "¿Hasta cuándo va a durar ese persistente enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos perdido una esclava del rey, pero ¿quieres que perdamos también a nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos a este hijo, único fruto de mis entrañas".
Conmovido el visir, preguntó: "¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?" Y la mujer respondió: "Ven a pasar esta noche con nosotros, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es admirable en todo y quiere a Alí-Nur que está enamoradísimo de ella. Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste en comprarla".
El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir, exclamó: "¿Qué intentas hacer?"
Y el visir repuso: "Lo voy a matar para castigarle". Y la madre replicó: "¿Pero no sabes que está arrepentido?"
Alí-Nur dijo: "¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta suerte?" Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en lágrimas, dijo: "¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme la tranquilidad y acaso la vida?" Y Alí-Nur respondió: "Oye ¡oh padre mío! lo que dice el poeta:
Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los delitos; ¿No sabes que los seres nobles gozan con perdonar, concediendo un indulto completo?
¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si el enemigo está entre tus manos, o te implora desde el fondo de una sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le dominas?"
Al oír estos versos, el visir soltó a su hijo, a quien tenía sujeto con las rodillas; entró en su alma la compasión y le perdonó. Entonces Alí-Nur se incorporó, besó la mano a sus padres, y quedó en una actitud sumisa. Y su padre le dijo: "¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que querías de veras a Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas a conducirte con ella como es debido, no habría vacilado en otorgártela".
Y Alí-Nur contestó: "Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto a cumplir con Dulce-Amiga como se merece".
Y el visir dijo: "En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que siempre te acompañe mi bendición; consiste en que me prometas no contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni maltratarla jamás, ni venderla". Y Alí-Nur contestó: "Juro por la vida de nuestro Profeta y por el Korán sagrado no tomar otra esposa legítima mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!"
Después de esto toda la casa se llenó de Júbilo. Alí-Nur pudo poseer libremente a Dulce-Amiga, y siguió viviendo con ella durante un año, siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah quiso que olvidase completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir Fadleddin para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se atrevió a decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.
Y he aquí que un día el visir Fadleddin fué al hammam, salió apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le obligó a meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni de noche ni de día, y fué tal su consunción. que parecía la sombra de lo que había sido.
Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó en seguida con los ojos llenos de lágrimas.
Y el visir le dijo: "¡Oh hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término; ni bien su límite, ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca a mí gustar la copa de la muerte".
Y el visir recitó estas estrofas:
¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!
¡Para los ojos del muy altísimo, no hay llanos ni cumbres! ¡todas las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño, ni gigante!
¡Y Jamás ha habido rey, imperio ni profeta que haya podido desafiar la ley de la muerte!
Después prosiguió de este modo: "¡Oh hijo mío! No me queda ahora más que encargarte una cosa: que cifres tu fuerza en Alah, no pierdas nunca de vista los fines primordiales del hombre, y sobre todo, que cuides mucho de nuestra hija y esposa tuya Dulce-Amiga".
Entonces contestó Alí-Nur: "¡Oh padre mío! ¿Cómo es posible que nos dejes? Desaparecido tú de la tierra ¿qué nos quedará? Eres famoso por tus beneficios, y los oradores sagrados citan tu nombre desde el púlpito de nuestras mezquitas el santo día del viernes para bendecirte y desearte larga vida".
Y Fadleddin dijo: "¡Oh hijo mío! sólo ruego a Alah que me reciba y no me rechace". Después pronunció en voz alta los dos actos de fe de nuestra religión: "¡Juro que no hay más Dios que Alah! ¡Juro que Mahomed es el profeta de Alah!" Y luego exhaló el último suspiro, y quedó inscripto para siempre entre los elegidos bienaventurados.
Y en seguida todo el palacio se llenó de gritos y lamentos. Llegó la noticia al sultán, y toda la ciudad de Bassra supo el fallecimiento del visir Fadleddin ben-Khacán. Y todos los habitantes lo lloraban, sin exceptuar a los niños de las escuelas. Por su parte, Alí-Nur, a pesar de su abatimiento, nada escatimó para hacer unos funerales dignos de la memoria de su padre. Y a estos funerales asistieron todos los emires y visires, incluso el malvado Ben-Sauí, que, como los demás, tuvo que ayudar a transportar el féretro. También concurrieron los altos dignatarios, los grandes del reino, y todos los habitantes de Bassra, sin excepción. Y al salir de la casa mortuoria, el jeique principal, que dirigía los funerales, recitó en honor del muerto las siguientes estancias:
¡Al hombre encargado de recoger sus despojos mortales le dijo: Obedece mis órdenes, pues sabe que en vida atendió a mis consejos!
¡Si te place, haz correr por encima de él el agua lustral; pero cuida de regar su cuerpo con las lágrimas vertidas por los ojos de la Gloria, de la Gloria que llora!
¡Aparta de él los bálsamos mortuorios y los aromas! ¡Sírvete más bien para embalsamarle de los perfumes de sus beneficios y del suave olor de sus buenas acciones!
¡Bajen del cielo los ángeles gloriosos para rendirle homenaje y llevar sus mortales despojos, dejando correr el llanto!
¡Es inútil cansar con el peso de su ataúd los hombros de los portadores, pues los hombros de todos los humanos están rendidos por el peso de sus beneficios y por la carga del bien que les echó encima cuando vivía!
Alí-Nur, después de los funerales, guardó prolongado luto y estuvo encerrado mucho en su casa, negándose a ver a nadie y a ser visto, y así permaneció entregado a su aflicción. Pero un día entre los días, estando sentado, lleno de dolor, oyó llamar a la puerta, se levantó a abrir, y vió entrar a un joven de su edad, hijo de uno de los antiguos amigos y comensales de su difunto padre.
Y este joven besó la mano a Alí-Nur, y le dijo: "¡Oh mi señor y dueño! todo humano, aunque perezca, vive en sus descendientes, y tú tienes que ser el hijo ilustre de tu padre; por lo tanto, no debes afligirte eternamente, ni olvidar las santas palabras del señor de los antiguos y modernos, nuestro profeta Mahomed (¡la plegaria y la paz de Alah sean con él!), que dijo: "Cura tu alma, y no guardes más luto a la criatura".
Nada pudo contestar Alí-Nur, y resolvió en seguida poner término a su aflicción, por lo menos exteriormente. Se levantó, fué a la sala de reuniones y mandó que llevasen a ella todo lo necesario para recibir dignamente a los visitantes. Y desde aquel momento abrió las puertas de su casa y empezó a recibir a todos sus amigos, viejos y jóvenes. Pero tomó particular afecto a diez jóvenes, que eran hijos de los principales mercaderes de Bassra. Y pasaba el tiempo en su compañía, entre diversiones y festines.
Y a todo el mundo regalaba objetos de valor, y en cuanto le visitaba alguien, daba en seguida una fiesta en honor suyo. Pero todo lo hacía con tal prodigalidad, a pesar de las prudentes advertencias de Dulce-Amiga, que su administrador, asustado de aquel procedimiento, se le presentó un día y le dijo: "¡Oh mi señor y dueño! ¿no sabes que es perjudicial la excesiva generosidad, y que los regalos harto numerosos acaban con las riquezas? Recuerda que el que se va sin contar se empobrece. Ya lo expuso el poeta, que expresó la verdad cuando dijo:
¡Mi dinero! ¡Lo conservo cuidadosamente, y en vez de derrocharlo, lo convierto en barras fundidas; el dinero es mi espada y es también mi escudo!
¡Dárselo a mis enemigos, a mis peores enemigos, sería una locura! ¡Entre los hombres equivale obrar así a transformar la felicidad en infortunio!
¡Pues mis enemigos se apresurarán a comérselo y bebérselo alegremente, y no pensarán en dar una limosna al necesitado!
¡Por eso hago bien ocultando mi dinero al perverso que no sabe compadecer los males de sus semejantes!
¡Conservaré mi dinero! ¡Desdichado del pobre que pide una limosna, lleno de sed, como el camello apartado del abrevadero durante cinco días! ¡Su alma llegará a ser más vil que la misma alma del perro!
¡Oh! ¡Desgraciado del hombre sin dinero y sin recursos, aunque sea el más sabio de los sabios y sus méritos resplandezcan más que el sol!”
Oídos estos versos, Alí-Nur miró a su administrador, y le dijo: "Tus palabras no han de influir en mí para nada. Sabe de una vez para siempre esto que te voy a decir: Cuando hechas tus cuentas resulte que aun me quede dinero para el desayuno, procura no molestarme con la preocupación de la cena. Porque tiene razón el poeta cuando dice:
Si algún día me viese abandonado por la fortuna y rendido a la pobreza, ¿que haría yo? ¡Pués precisamente, privarme de mis placeres y no mover ni brazos ni piernas!
¡Desafío a todo el mundo a que me presente un avaro que haya merecido alabanzas por su avaricia, y también lo reto a que me enseñe un pródigo que haya muerto a causa de su prodigalidad”
Al oír estos versos, el administrador no podía hacer más que retirarse, saludando respetuosamente a su amo, para ir a ocuparse en sus asuntos.
En cuanto a Alí-Nur, ya no supo reprimir desde aquel día su generosidad, que le incitaba a dar cuanto poseía, regalándolo a sus amigos y hasta a los extraños. Bastaba que cualquier convidado exclamase: "¡Qué bonita es tal cosa!", para que inmediatamente le contestara: "Tuya es".
Si otro decía: "¡Oh mi querido señor, qué hermosa es esta finca!", inmediatamente le replicaba Alí-Nur: "Voy a mandar que la inscriban ahora mismo a tu nombre". Y mandaba traer el cálamo, el tintero de cobre y el papel, e inscribía la casa a nombre del amigo, sellando el documento con su propio sello.
Y así durante todo un año; y por la mañana daba un banquete, a todos sus amigos, y por la tarde les ofrecía otro, al son de los instrumentos, amenizándolo los mejores cantantes y las danzarinas más notables.
Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó a tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la lectura de los libros de los poetas.
Un día que Alí-Nur entró en su gabinete, le dijo: "¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:
¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida, pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!
¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la salvación del alma, pero tú derrochas locamente esas horas reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda súbitamente la desdicha!"
Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar a la puerta. Y Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué a abrir, y se encontró con el administrador al que condujo a una habitación contigua a la sala de reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se separaban de él. Y Alí-Nur preguntó a su administrador: "¿Qué ocurre para que pongas esa cara tan triste?"
Y el otro dijo: "¡Oh mi señor! ¡Ya ha llegado lo que tanto temía!" Y Alí-Nur insistió: "¿Pero qué pasa?" Y el administrador dijo: "Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital".
Y al oír estas palabras, Alí-Nur bajó la cabeza, y dijo: "¡Alah es el único fuerte, el único poderoso!"
Pero precisamente, uno de los amigos que estaba en la sala oyó esta conversación y se apresuró a comunicarla a los demás. Diciendo: "¡Oh mis señores, sabed que a Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo".
Y en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando con su gesto la exactitud de la mala nueva.
Al verle, uno de los convidados se levantó, y le dijo: "¡Oh mi señor! con tu venia me voy a retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo abandonarla, de modo que he de marchar a su lado". AlíNur se lo permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: "¡Oh mi dueño Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo a casa de mi hermano, que celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo". Y Alí-Nur se lo permitió.
Así todos los demás amigos fueron alegando pretextos para marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar a Dulce-Amiga,  y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! aun ignoras la desgracia que se me ha venido encima". Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y ella contestó: "¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú, en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:
¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela enseguida, y disfruta de ella a gusto, y que la gocen también todos tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!
¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de ella, pués la generosidad no ha de agotarla, ni tiene porqué sujetarla la avaricia!
De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte". Y Alí-Nur le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! Bien sabes que nada he escatimado a mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no puedo creer que me abandonen en la desgracia".
Pero Dulce-Amiga replicó: "Te juro por Alah que para nada te han de servir!" Y Alí-Nur dijo: "Ahora mismo voy a verlos, uno por uno; y llamaré a su puerta, y cada cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre del juego y de las diversiones".
Y efectivamente, se levantó en seguida y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos sus amigos vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó a la primera puerta, y le abrió una negra que le dijo: "¿Quién eres?"
El contestó: "Avisa a tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para decirle: "Tu servidor Alí-Nur besa tus manos, y espera una muestra de tu generosidad". Y la negra fué a avisar a su amo. Y éste contestó: "Sal en seguida y dile que no estoy en casa".
Y la negra volvió, y le dijo a Alí-Nur: "¡Oh señor, no está mi amo!"
Y Alí-Nur dijo para sí: "Este es un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos". Y fué a llamar a la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que el primero, y recibió de él la misma respuesta negativa.
Entonces Alí-Nur recitó esta estrofa:
¡Apenas llegué frente a la casa, se apresuraron a dejarla vacía, y ví huir a todos los moradores, temerosos de que pusiese a prueba su generosidad!
Y después dijo: "¡Por Alah! que he de visitar a todos, pues espero encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado a hacer". Pero no pudo encontrar a nadie que le recibiese, ni que le enviase un pedazo de pan.
Y entonces se consoló recitando estos versos:
¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras lo cubren los frutos!
¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar otro arbol mejor!
¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!
Y después fué a buscar a Dulce-Amiga, y le dijo: "¡Por Alah! ¡Ni siquiera uno me ha recibido!" Y ella contestó: "¡Oh dueño mío, yo te había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa, y con eso nos podremos sostener algún tiempo". Y Alí-Nur hizo lo que Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose a Alí-Nur, que lloraba lleno de desesperación, le dijo: "¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras,? ¿No estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga a quien llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta, y la haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y en cuanto a nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos".
Alí-Nur contestó: "¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé a separarme de ti, ni siquiera por una hora!" Y ella replicó: "Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:
¡No dudes en hacer aquello a que te obligue la necesidad! ¡No retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la decencia!
¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante preocupación!
Alí-Nur cogió entonces en brazos a Dulce-Amiga, le besó la cabellera. Y con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:
¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una mirada que sirva de remedio a mi alma, herida por esta separación mortal!
¡Pero si hasta esto te parece exagerado,no me lo des, y déjame entregado a mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!
Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces a Alí-Nur, que acabó por decidirle a que tomase la resolución que le acababa de proponer, pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddin ben-Khacán se viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más experto de los corredores, y le dijo: "Es necesario, ¡oh corredor! que sepas el valor de esta joya que vas a pregonar en el mercado. No vayas a equivocarte".
Y el corredor respondió: "¡Oh mi señor Alí-Nur! Soy tuyo, conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo”. Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan, y levantó el velo que cubría el rostro a Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: "¡Por Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil dinares de oro al difunto visir!". Y Alí-Nur "La misma es". Entonces dijo el corredor:
“Oh Ali-Nur! Cada criatura lleva pendiente del cuello su destino, y no se puede librar de él. Te juro que he de poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del mercado".
E inmediatariente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes, y aguardó a que llegasen, pues en aquel momento andaban dispersos, comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas, georgianas,abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de corredores y compradores, se subió a un poyo y dijo:
"¡Oh vosotros todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es dátil.
¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que presento hoy a vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única que, si hubiera equidad en apreciarla, valdría más que todas las riquezas reunidas. A vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como base de pujas, pero antes venid a ver con vuestros ojos"
Y los hizo aproximarse, les mostró a Dulce-Amiga, en seguida, por unanimidad, acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares, como base de pujas. Entonces el corredor gritó: "¡Cuatro mil dinares la perla de las esclavas blancas!" Y en seguida un mercader pujó a cuatro mil quinientos.
Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba a caballo por el zoco de las esclavas, y vió a Alí-Nur de pie al lado del corredor, y a éste pregonando un precio.
Y dijo para sí: "Ese calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de haber vendido el último de sus muebles". Pero pronto se enteró de que lo que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: "Alí-Nur debe estar vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría mi corazón si esto fuese verdad!"
Llamó entonces al pregonero, que acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos. Y el visir le dijo: "Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en seguida para que la vea".
Y el pregonero, que no podía negarse a obedecer al visir, se apresuró a llevarle a Dulce-Amiga, y le levantó el velo.
Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones de la joven, se maravilló el visir y preguntó: "¿Qué precio es el que ha alcanzado?" Y el corredor respondió: "Cuatro mil quinientos dinares a la primera puja". Y el visir dijo: "Pues bien; a ese precio me quedo con ella". Y al hablar así miró fijamente a todos los mercaderes, que no se atrevieron a pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio, temiendo la venganza del visir.
Después el visir dijo al corredor: "¿Qué haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de oro, y te doy quinientos de corretaje". El corredor no supo qué responder, y con la cabeza baja se  fué a buscar a Alí-Nur, que estaba algo más lejos, y le dijo: "¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero precio. Quiere quedarse con ella por sólo el importe de la primera puja. Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar gracias a Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y maldades. Y he aquí lo que va a hacer; te dará una letra de crédito para uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada. Y cada vez que vayas a cobrar, el agente te dirá: "Mañana pagaré", y ese mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel firmado por el visir, v el agente se apresurará a hacerlo pedazos, y de este modo perderás sin remedio el precio de la esclava".
Alí-Nur, desesperado al oír todo esto, preguntó al corredor: "¿Y qué haremos ahora?"
Y el corredor respondió: "Voy a darte un buen consejo. Me llevaré al zoco a Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de entre mis manos, le hablarás de este modo: "¡Desdichada! ¿Qué te propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco para humillarte y corregir tu mal genio?" En seguida le darás unos golpes y te la llevarás.
Y entonces todo el mundo, incluso el visir, creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu juramento". Le pareció muy bien a Alí-Nur, y dijo: "Es realmente una buena idea".
Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la mano a la esclava, y la llevó a presencia del visir El-Mohín ben-Sauí, y le dijo: "Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está allí, a pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima". Y efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de Dulce-Amiga, le dió un puñetazo, y le dijo: "¡Desdichada! ¿No sabes que no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve a casa y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta, pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en traerte al zoco".
Al oírlo, gritó el visir: "¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si aun te quedase algún mueble o cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos todos que no tienes ni un óbolo". Y al hablar así quiso apoderarse violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores miraban con simpatía a Alí-Nur, muy estimado por todos ellos, que se acordaban de los favores de su padre, su buen protector.
Entonces Alí-Nur les dijo: "Acabáis de oír las palabras insultantes de este hombre, y os tomo a todos por testigos de ello".
Por su parte, el visir dijo: "¡Oh mercaderes! por consideración a todos vosotros no mato ahora mismo a ese insolente". Pero los mercaderes se miraban unos a otros, como diciéndose con los ojos: "Ayudemos a Alí-Nur". Y añadieron en voz alta: "Este asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis".
Y Alí-Nur, que era audaz y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró a su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla en el pecho, empezó a darle puñetazos en la cabeza y en el vientre y en todas partes, le escupió en la cara y le dijo: "¡Perro, hijo de perro, mal nacido! Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de tu madre, ¡oh corrompido!" Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada, que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del visir, que había ido a caer en medio de un charco de lodo.
Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero el gentío se lo impidió, y les decía: "¿Qué vais a hacer? Vuestro amo es visir; ¿pero no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?" Y los esclavos vieron que era más prudente abstenerse.
Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se levantó cubierto de sangre y de barro, y se dirigió al palacio del sultán seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna compasión.
En seguida Alí-Nur cogió de la mano a Dulce-Amiga y se volvió a su casa aclamado por el gentío.
El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo a la puerta y comenzó a gritar: "¡Oh rey! ¡Te implora un afligido!" Y el rey mandó que se lo presentasen, y vió que era su visir El-Mohín ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le dijo: "¿Pero quién se ha atrevido a tratarte de esa manera?"
Y el visir se echó a llorar y recitó estos versos:
¿Es posible que existiendo tú entre los vivientes me haga su victima el Tiempo? ¿Es posible que siendo tú mi intrépido defensor hagan de mí su presa los perros enfurecidos?
¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu protegido, me muera de sed bajo tu cielo?
Y después añadió: "¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten a todos los servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos semejantes infamias?" Y el rey preguntó: "¿Pero quién te ha tratado de ese modo?" Entonces el visir dijo: "Has de saber, ¡oh rey! que he salido hoy a dar una vuelta por el zoco para comprar una buena esclava que supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida. Y el corredor a quien me dirigí me contestó: "Creo que pertenece al joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacán".
Ahora bien; recordarás, ¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de oro al visir Fadleddin para comprar una hermosa esclava que reuniese todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar y comprar la tal esclava, pero como era verdaderamente maravillosa y le había gustado mucho, se la regaló a su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto su padre, se entregó a tales locuras que no tardó en vender todos sus bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo ni un óbolo para vivir, llevó al zoco a la esclava para venderla, y la entregó a un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes empezaron a pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó inmediatamente a cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante suma.
Llamé al corredor y le dije: Hijo mío, yo te daré los cuatro mil dinares. Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: "¡Sucia cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la vendería a un nazareno o a un judío, aunque me llenases de oro el velo que la cubre".
Y yo dije: Pero joven, si no la quiero para mí, pues la destino a nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro bienhechor. Y al oír estas palabras, en vez de ceder se enfureció más aún, se tiró a la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad edad ni respetar mis barbas blancas,empezó a pegarme y a insultarme de todas maneras, y acabó por ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡ oh rey bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer a mi sultán y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor de compartir su lecho".
Entonces el visir se echó a las plantas del rey, y rompió nuevamente a llorar, implorando justicia. Y al verle y oír su relato, se encolerizó de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña. Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas desenvainadas. Y el sultán les dijo: "Marchad inmediatamente a la casa del que fué mi visir El-Fadl ben-Khacán, y saqueadla y destruidla por completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadles los brazos, arrastradlos sobre el lodo y traedlos a mi presencia'".
Los cuarenta guardias contestaron: "Escuchamos y obedecemos", y se dirigieron en seguida a casa de Alí-Nur.
Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había sido mameluco del difunto Fadleddin, y se había criado con su amo Alí-Nur, a quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que presenciara la queja del visir Ben-Suaí y cómo el sultán daba sus crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para llegar a la casa de Alí-Nur, que al oír llamar precipitadamente a la puerta fué a abrir en persona, y al ver a su amigo el joven Sanjar quiso abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: "¡Oh mi querido dueño! no son a propósito estos intantes para palabras cariñosas ni para saludos, pues oye lo que dice el poeta:
¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela enseguida! ¡Vuela a lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre quienes las construyeron!
¡Oh amigo mio! ¡encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la has de encontrar!
Y Alí-Nur dijo: "!Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes a anunciarme?"
Sanjar contestó: "Sálvate, y salva a la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohín ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin misericordia.
Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado contra vosotros a cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados. Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia". Y Sanjar alargó su mano, que estaba llena de oro, a Ali-Nur, y le dijo: "¡Oh mi señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos tiempo. ¡Levántate y huye!"
Entonces Alí-Nur se apresuró a avisar a Dulce-Amiga, que se cubrió inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la ciudad, y llegaron a orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y divisaron un bajel que precisamente se disponía a desplegar las velas, acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y decía: "El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que haya olvidado algo en su casa vaya ligero a buscarlo, porque he aquí que vamos a zarpar". Y todos los viajeros contestaron: "Nada nos queda que hacer, capitán; ya estamos listos". Entonces el capitán gritó a sus hombres: "¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!" Y en aquel momento preguntó Alí-Nur: "¿Para dónde zarpas, capitán?" Y el capitán contestó: "Para Bagdad, morada de paz".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.


Pero cuando llegó la 34ª noche


Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó a Alí-Nur: "Para Bagdad, morada de paz", Alí-Nur suplicó: "Aguarda, que allá vamos". Y seguido de Dulce-Amiga, subió a bordo de la nave, que en seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada Roch, según dice el poeta:
¡Mira la nave: su aspecto seduce a quien la ve! ¡El viento quiere igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran carrera de velocidad!
¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese pr ecipitado sobre el mar, y se balancease en él!
Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando a todos los viajeros. Esto en cuanto a Alí-Nur y Dulce-Amiga.
Por lo que se refiere a los cuarenta guardias enviados por el sultán para apoderarse de Alí-Nur, llegaron a la casa de éste, la cercaron por todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y comenzaron a buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar a nadie nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon a comunicar al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó: "¡Buscadlos por todas artes y registrad si es preciso toda la ciudad!" Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: "¡Te prometo que sólo yo he de vengarte!" Y el visir le deseó larga vida y todas las felicidades.
Después el rey mandó que los pregoneros promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: "¡Si alguno de vosotros, ¡oh habitantes! encontrase a Alí-Nur, hijo del difunto visir Ben-Khacán, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!" Sin embargo, a pesar de todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.
Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo a Bagdad, y el capitán les dijo: "He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive a la sombra de sus rosales en una eterna primavera en medio de flores y jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras". Y Alí-Nur dió las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.
Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual, emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean a la ciudad. Y se detuvieron a la puerta de un jardín con una cerca muy grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía a cada lado un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban hermosas lámparas de todos colores. Contiguo a ella había un estanque lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al viento.
Entonces Alí-Nur dijo a Dulce-Amiga: "¡Por Alah! ¡Hermoso es este lugar!"
Y ella contestó: "Descansemos una hora en estos bancos". Y después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del estanque, se sentaron a tomar el aire en un banco, y respiraron deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan a gusto se encontraban allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una manta.
Ahora bien; el jardín a cuya puerta estaban dormidos se llamaba el Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio llamado de las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Raschid.
Cuando el califa sentía el cansancio de la ciudad, iba a distraerse y a olvidar sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una gran lámpara y en el centro había una inmensa araña de oro macizo, resplandeciente como el sol.
Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado de seda, terciopelo y oro, y mandaba a las cantoras que cantasen y a los músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oír al ilustre cantor Ishak, cuyos cantos e improvisaciones admiraba todo el mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas de la ciudad.
Había nombrado guarda del palacio y del jardín a un buen anciano, llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres y niños, que podían estropear o robar las flores y las frutas. Y aquella noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del jardín y vió dormidas en el banco a dos personas desconocidas, cubiertas con una misma manta. Y se indignó, y dijo: "He aquí dos audaces que han infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer cualquier castigo a todo el que se acerque a este palacio, voy a hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está reservado a los servidores del califa". Y el jeique Ibrahim cortó una rama de un árbol y se acercó a los durmientes, e iba a darles de latigazos, cuando de pronto pensó: "¡Oh Ibrahim! ¿Qué vas a hacer? Vas a golpear despiadadamente a personas que no conoces, que tal vez sean extranjeras o mendigos del camino de Alah, a quienes haya encaminado hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara".
Y el jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín. Y pensó: "¿Qué iba yo a hacer? ¿Qué ibas a hacer, ciego Ibrahim? Merecerías que te golpearan a ti, para castigarte por tu injusta cólera". Después les tapó nuevamente la cara, se sentó a sus pies, y empezó a dar masaje a los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que lo acariciaban, no tardó en despertarse, y vió a un respetable anciano. Avergonzado de que éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y cogiendo la mano del jeique Ibrahim se la llevó a los labios y luego a la frente.
Entonces el jeique le preguntó: "¿De dónde venís, hijos míos?" Y Alí-Nur dijo: "¡Oh señor, somos extranjeros!" Y se le arrasaron los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: "¡Oh hijo mío! no soy de los que olvidan  que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado.
Venid, pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis vuestras penas y respiraréis a gusto".
Entonces Alí-Nur le preguntó: "¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?" Y el jeique Ibrahim, para no intimidar a AlíNur y algo también por jactancia, dijo: "Este palacio y este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia". Entonces se levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín precedidos por Ibrahim.
Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado con uno parecido a aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos superpuestos, de un efecto grandioso y la cubrían unas parras que dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros como el ébano. Arboles frutales doblados al peso de la fruta madura sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra, dulce y amarga; había sabrosos frutales del Khorasán: ciruelos cuyos frutos tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían, mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban a las rosas con hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los colores alfombraban la tierra: la primavera reinaba en los planteles y en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales, y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro, y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.
Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las cosas a medias, les invitó a penetrar en el Palacio de las Maravillas, y abriendo la puerta les hizo entrar.
Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas. Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para descansar la vista de tanto esplendor, fueron a apoyarse en una ventana que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles bañados por la luz de la luna, empezó a pensar en sus penas pasadas, y dijo a Dulce-Amiga: "¡Oh Dulce-Amiga! ¡Este lugar lleno de encanto me recuerda tantas cosas! Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!"
El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido a buscar, y comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: "¡Oh jeique Ibrahim! ¿puedes darnos algo para beber? Juzgo muy natural beber algo después de haber comido".
Y entonces Ibrahim les llevó una vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: "¿Qué nos traes? No es esto lo que yo quiero". Ibrahim preguntó: "¿Acaso deseas vino?"
Y Alí-Nur dijo: "¡Claro que sí!"
Y el jeique Ibrahim repuso: "¡Guárdeme Alah bajo su protección! Hace trece años que me abstengo de esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah !) , maldijo a todo aquel que beba cualquiera bebida fermentada, al que la exprima y al que la venda!"
Entonces le contestó Alí-Nur: "Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras".
El otro respondió: "Dilas". Y Alí-Nur dijo: "Si te indico el medio de que me facilites lo que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el portador del vino, ¿serás culpable o maldito?"
El jeique repuso: "Creo que no". Y Alí-Nur dijo: "Pues entonces toma estos dos dinares y estos dos dracmas, monta en el burro que está a la puerta del jardín y que nos trajo hasta aquí, ve al zoco, detente a la puerta de cualquier mercader de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeúnte que halles ruégale, dándole el dinero, que entre a comprarte la bebida por el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como será el burro quien lo traiga, el transeúnte quien lo compre, y nosotros los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador.
De este modo nada tendrás que temer por haber faltado a la santa ley del Libro". El jeique, al oír a AlíNur, se echó a reír a carcajada, y dijo: "¡Por Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto ingenio y encanto". Y Alí-Nur contestó: "¡Por Alah! muy agradecidos te estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor, que te pedimos con insistencia". Entonces el jeique Ibrahim, que no había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda clase de bebidas fermentadas, dijo a Alí-Nur: "¡Oh amigo'. Toma estas llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes entrar en ellas y tomar a tu gusto lo que te plazca".
Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas, vasijas y más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse, eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga, escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y él empezaron a beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve a un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus cabellos.
Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: "¿Por qué he de apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver a estos dos admirables jóvenes que parecen dos lunas?"
E Ibrahim volvió sobre sus pasos y fué a sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le dijo: "¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con nosotros". Y el jeique Ibrahim se sentó a su lado, y Alí-Nur cogió una copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: "¡Oh jeique, toma y bebe! Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo de la copa".
Pero el jeique Ibrahim respondió: "¡Protéjame Alah! ¿No sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta? ¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes en hadj en la gloriosa Meca?" Y Alí :Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano Ibrahim viendo que por la persuasión no lo lograría, no insistió más; se bebió la copa llena, la volvió a llenar, se la bebió otra vez, y a los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó tendiéndose en el suelo, en donde fingió dormir.
Entonces Dulce-Amiga dirigió una insistente mirada al viejo Ibrahim y le dijo: "¡Oh jeique lbrahiin! ¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!" Y él contestó: ";Qué desventura! ¿Pero por qué hace eso?" Dulce-Amiga dijo: “¡Si fuera ésta la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe. y luego se emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y beba conmigo. Y así no le encuentro gusto a la bebida, pues nadie comparte mi copa, y ni siquiera tengo ganas de cantar, porqueno hay quien me escuche". Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz armoniosa, le dijo: "Realmente, así no ha de serte agradable beber".
Y Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo: "Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y de este modo merecerás mi gratitud".
Entonces el jeique Ibrahim tendió la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de nuevo e hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡nada más que ésta!" Pero él contestó: "¡Por Alah! No puedo complacerte. Bastante he bebido ya". Ella volvió a insistir muy afable, e inclinándose hacia él, le dijo: "¡Por Alah! ¡No hay más remedio!"
Y el jeique tomó la copa y se la llevó a los labios. Pero en aquel momento Alí-Nur se echó a reír y se incorporó bruscamente...
Al llegar a este punto de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de su historia

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