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5 P5 Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío (Quinta parte de cinco)

Hace parte de:

5 Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas (de la noche 24 a la 32)
       5.1 Relato del corredor nazareno  (025 – 026)
              5.1.1 Historia del mercader manco (025 – 026)
       5.2 Relato del intendente del rey de la China (027 – 027)
       5.3 Relato del médico judío (027 – 028)
       5.4 Relato del sastre (028 – 032)
              5.4.1 Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad (028 – 030)
              5.4.2 Historia del barbero de Bagdad y sus seis hermanos (030 – 032)
                5.4.2.1 Historia de Backbuck, primer hermano del barbero (030 -030)
                     5.4.2.2 Historia de El-Haddar, segundo hermano del barbero (030 – 031)
                     5.4.2.3 Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.4 Historia del El-Kuz, cuarto hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.5 Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero (031 – 032)
                     5.4.2.6 Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero (032 – 032)





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Pero cuando llegó la 32ª noche

Siguió contando la historia al rey Schahriar:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió así la aventura de su quinto hermano El-Aschar:
" ... hasta que terminen por completo todas las ceremonias. Entonces mandaré a algunos de mis esclavos que cojan un bolsillo con quinientos dinares en moneda menuda, y la tiren a puñados por el salón, y repartan otro tanto entre músicos y cantoras y otro tanto, a las doncellas de mi mujer. Y luego las doncellas llevarán a mi esposa a su aposento. Y yo me haré esperar mucho. Y cuando entre en la habitación atravesaré por entre las dos filas de doncellas. Y al pasar cerca de mi esposa le pisaré el pie de un modo ostensible para demostrar mi superioridad como varón. Y pediré una copa de agua azucarada, y después de haber dado gracias a Alah, la beberé tranquilamente.
Y seguiré no haciendo caso a mi mujer, que estará en la cama dispuesta a recibirme, y a fin de humillarla y demostrarle de nuevo mi superioridad y el poco caso que hago de ella, no le dirigiré ni una vez la palabra, y así aprenderá cómo pienso conducirme en lo sucesivo, pues no de otro modo se logra que las mujeres sean dóciles, dulces y tiernas. Y en efecto, no tardará en presentarse mi suegra, que me besará la frente y las manos, y dirá: "¡Oh mi señor! dígnate mirar a mi hija, que es tu esclava y desea ardientemente que la acompañes, y le hagas la limosna de una sola palabra tuya"
Pero yo, a pesar de las súplicas de mi suegra, que no se habrá atrevido a llamarme yerno por temor de demostrar familiaridad, no le contestaré nada. Entonces me seguirá rogando, y estoy seguro de que acabará por echarse a mis pies y los besará, así como la orla de mi ropón. Y me dirá entonces: "¡Oh mi señor! ¡Te juro por Alah que mi hija es virgen! ¡Te juro por Alah que ningún hombre la vió descubierta, ni conoce el color de sus ojos! No la afrentes ni la humilles tanto. Mira cuán sumisa la tienes. Sólo aguarda una seña tuya para satisfacerte en cuanto quieras".
Y mi suegra se levantará para llenar una copa de un vino exquisito, dará la copa a su hija, que en seguida vendrá a ofrecérmela, toda temblorosa. Y yo, arrellanado en los cojines de terciopelo bordados en oro, dejaré que se me acerque, sin mirarla, y gustaré de ver de pie a la hija del gran visir delante del ex vendedor de cristalería, que pregonaba en una esquina:
¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal! ¡Ombligo de niño! ¡Cristal ¡Miel coloreada! ¡Cristal!
Y ella, al ver en mí tanta grandeza, habrá de tomarme por el hijo de algún sultán ilustre cuya gloria llene el mundo. Y entonces insistirá para que tome la copa de vino, y la acercará gentilmente a mis labios. Y furioso al ver esta familiaridad, le dirigiré una mirada terrible, le daré una gran bofetada y un puntapié en el vientre, de esta manera..."
Y mi hermano hizo ademán de dar el puntapie a su soñada esposa y se lo dió de lleno al canasto que encerraba la cristalería. Y el cesto salió rodando con su contenido. Y se hizo añicos todo lo que constituía la fortuna de aquel loco.
Ante aquel irreparable destrozo, El-Aschar empezó a darse puñetazos en la cara y a desgarrarse la ropa y a llorar. Y entonces, como era precisamente viernes e iba a empezar la plegaria, las personas que salían de sus casas vieron a mi hermano, y unos se paraban movidos de lástima, y otros siguieron su camino creyéndole loco.
Mientras estaba deplorando la pérdida de su capital y de sus intereses, he aquí que pasó por allí, camino de la mezquita, una gran señora. Un intenso perfume de almizcle se desprendía de toda ella. Iba montada en una mula enjaezada con terciopelo y brocado de oro, y la acompañaba considerable número de esclavos y sirvientes.
Al ver todo aquel cristal roto y a mi hermano llorando, preguntó la causa de tal desesperación. Y le dijeron que aquel hombre no tenía más capital que el canasto de cristalería, cuya venta le daba de comer, y que nada le quedaba después del accidente. Entonces la dama llamó a uno de los criados y le dijo: "Da a ese pobre hombre todo el dinero que lleves encima". Y el criado se despojó de una gran bolsa que llevaba sujeta al cuello con un cordón, y se la entregó a mi hermano. Y El-Aschar la cogió, la abrió, y encontró después de contarlos quinientos dinares de oro. Y estuvo a punto de morirse de emoción y de alegría, y empezó a invocar todas las gracias y bendiciones de Alah en favor de su bienhechora.
Y enriquecido en un momento, se fué a su casa para guardar aquella fortuna. Y se disponía a salir para alquilar una buena morada en que pudiese vivir a gusto, cuando oyó que llamaban a la puerta. Fué a abrir, y vió a una vieja desconocida que le dijo: "¡Oh hijo mío! sabe que casi ha transcurrido la hora de la plegaria en este santo día de viernes, y aun no he podido hacer mis abluciones. Te ruego que me permitas entrar para hacerlas, resguardada de los importunos".
Y mi hermano dijo: "Escucho y obedezco". Y abrió la puerta de par en par y la llevó a la cocina, donde la dejó sola.
A los pocos instantes fué a buscarle la vieja, y sobre el miserable pedazo de estera que servía de tapiz terminó su plegaria haciendo votos en favor de mi hermano, llenos de compunción. Y mi hermano le dió las gracias más expresivas, y sacando del cinturón dos dinares de oro se los alargó generosamente. Pero la vieja los rechazó con dignidad, y dijo:
"¡Oh hijo mío! ¡alabado sea Alah, que te hizo tan magnánimo! No me asombra que inspires simpatías a las personas apenas te vean. Y en cuanto a ese dinero que me ofreces, vuelva a tu cinturón, pues a juzgar por tu aspecto debes ser un pobre saalik, y te debe hacer más falta que a mí, que no lo necesito. Y si en realidad no te hace falta, puedes devolvérselo a la noble señora que te lo dió por habérsete roto la cristalería".
Y mi hermano dijo: "¡Cómo! Buena madre, ¿conoces a esa dama? En ese caso, te ruego que me indiques dónde la podré ver". Y la vieja contestó: "Hijo mío, esa hermosa joven sólo te ha demostrado su generosidad para expresar la inclinación que le inspiran tu juventud, tu vigor y tu gallardía. Pues su marido es impotente y nunca logrará satisfacerle, porque Alah le ha castigado con unos compañones tan fríos, que dan lástima.
Levántate, pues, guarda en tu cinturón todo el dinero para que no te lo roben en esta casa tan poco segura, y ven conmigo. Pues has de saber que sirvo a esa señora hace mucho tiempo y me confía todas sus comisiones secretas. Y en cuanto estés con ella, no te encojas para nada, pues debes hacer con ella todo aquello de que eres capaz. Y cuanto más hagas, más te querrá. Y por su parte se esforzará en proporcionarte todos los placeres y todas las alegrías, y serás dueño absoluto de su hermosura y sus tesoros".
Cuando mi hermano oyó estas palabras de la vieja, se levantó, hizo lo que le había dicho, y siguió a la anciana, que había echado a andar. Y mi hermano marchó detrás de ella hasta que llegaron ambos a un gran portal, en el que la vieja llamó a su modo. Y mi hermano se hallaba en el límite de la emoción y de la dicha.
Ante aquel llamamiento salió a abrir una esclava griega muy bonita, que les deseó la paz y sonrió a mi hermano de una manera muy insinuante. Y le introdujo en una magnífica sala, con grandes cortinajes de seda y oro fino y magníficos tapices. Y mi hermano, al verse solo, se sentó en un diván, se quitó el turbante, se lo puso en las rodillas y se secó la frente. Y apenas se hubo sentado se abrieron las cortinas y apareció una joven incomparable, como no la vieron las miradas más maravilladas de los hombres. Y mi hermano El-Aschar se puso de pie sobre sus dos pies.
La joven le sonrió con los ojos y se apresuró a cerrar la puerta, que se había quedado abierta. Y se acercó a El-Aschar, le cogió la mano, y lo llevó consigo al diván de terciopelo. Y como antes de ejercer de cabalgador quisiera hablar, la joven, con una mano en la boca, le indicó que callase, mientras que con la otra le invitaba a que no perdiese el tiempo con más dilaciones. Y en el mismo instante mi hermano hizo a la joven cuanto sabía hacer en punto a copulaciones, abrazos, besos, mordiscos, caricias, contorsiones y variaciones una, dos, tres veces, y así durante algunas horas del tiempo.
Después de aquellos transportes, la joven se levantó y le dijo a mi hermano: "¡Ojo de mi vida! no te muevas de aquí hasta que yo vuelva". Después salió rápidamente y desapareció.
Pero de pronto se abrió violentamente la puerta y apareció un negro horrible, gigantesco, que llevaba en la mano un alfanje desnudo. Y gritó al aterrorizado El-Aschar: "¡Oh, grandísimo miserable! ¿Cómo te atreviste a llegar hasta aquí, ¡oh tú!, producto mixto de los compañones corrompidos de todos los criminales?" Y mi hermano no supo qué contestar a lenguaje tan violento, se le paralizó la lengua, se le aflojaron los músculos y se puso muy pálido.
Entonces el negro le cogió, lo desnudó completamente y se puso a darle de plano con el alfanje más de ochenta golpes, hasta que mi hermano se cayó al suelo y el negro lo creyó cadáver. Llamó entonces con voz terrible, y acudió una negra con un plato lleno de sal. Lo puso en el suelo y empezó a llenar de sal las heridas de mi hermano, que a pesar de padecer horriblemente, no se atrevía a gritar por temor de que le remataran. Y la negra se marchó después que hubo cubierto completamente de sal todas las heridas.
Entonces el negro dió otro grito tan espantoso como el primero, y se presentó la vieja, que ayudada por el negro, después de robar todo el dinero a mi hermano, lo cogió por los pies, lo arrastró por todas las habitaciones hasta llegar al patio, donde lo lanzó al fondo de un subterráneo, en el que acostumbraba precipitar los cadáveres de todos aquellos a quienes con sus artificios había atraído a la casa para que sirviesen de cabalgadores a su joven señora.
El subterráneo en cuyo fondo habían arrojado a mi hermano El-Aschar era muy grande y oscurísimo, y en él se amontonaban los cadáveres unos sobre otros. Allí pasó El-Aschar dos días enteros, imposibilitado de moverse por las heridas y la caída. Pero Alah (¡alabado y glorificado sea!) quiso que mi hermano pudiese salir de entre tanto cadáver y arrastrarse a lo largo del subterráneo, guiado por una escasa claridad que venía de lo alto. Y pudo llegar hasta el tragaluz, de donde descendía aquella claridad, y una vez allí salir a la calle, fuera del subterráneo.
Se apresuró entonces a regresar a su casa, a la cual fui a buscarle, y le cuidé con los remedios que sé extraer de las plantas. Y al cabo de algún tiempo, curado ya completamente mi hermano, resolvió vengarse de la vieja y de sus cómplices por los tormentos que le habían causado. Se puso a buscar a la vieja, siguió sus pasos, y se enteró bien del sitio a que solía acudir diariamente para atraer a los jóvenes que habían de satisfacer a su ama y convertirse después en lo que se convertían. Y un día se disfrazó de persa, se ciñó un cinto muy abultado, escondió un alfanje bajo su holgado ropón, y fue a esperar la llegada de la vieja, que no tardó en aparecer.
En seguida se aproximó a ella, y fingiendo hablar mal nuestro idioma remedó el lenguaje bárbaro de los persas. Dijo: "¡Oh, buena madre! soy forastero y quisiera saber dónde podría pesar y reconocer unos novecientos dinares de oro que llevo en el cinturón, y que acabo de cobrar por la venta de unas mercaderías que traje de mi tierra". Y la maldita vieja de mal agüero le respondió:
"¡Oh, no podías haber llegado más a tiempo! Mi hijo, que es un joven tan hermoso como tú, ejerce el oficio de cambista, y te prestará el pesillo que buscas. Ven conmigo, y te llevaré a su casa". Y él contestó: "Pues ve delante". Y ella fué delante y él detrás, hasta que llegaron a la casa consabida. Y les abrió la misma esclava griega de agradable sonrisa, a la cual dijo la vieja en voz baja: "Esta vez le traigo a la señora músculos sólidos y un zib bien a punto".
Y la esclava cogió a El-Aschar de la mano, y le llevó a la sala de las sedas, y estuvo con él entreteniéndole algunos momentos; después avisó a su ama, que llegó e hizo con mi hermano lo mismo que la primera vez. Pero sería ocioso repetirlo.
Después se retiró, y de pronto apareció el negro terrible, con el alfanje desenvainado en la mano, y gritó a mi hermano que se levantara y lo siguiese. Y entonces mi hermano, que iba detrás del negro, sacó de pronto el alfanje de debajo del ropón, y del primer tajo le cortó la cabeza.
Al ruido de la caída acudió la negra, que sufrió la misma suerte; después la esclava griega, que al primer sablazo quedó también descabezada. Inmediatamente le tocó a la vieja, que llegó corriendo para echar mano al botín. Y al ver a mi hermano con el brazo cubierto de sangre y el acero en la mano, se cayó espantada en tierra, y El-Aschar la agarró del pelo y le dijo: "¿No me conoces, vieja zorra, podrida entre las podridas?"
Y respondió la vieja: "¡Oh, mi señor no te conozco!"
Pero mi hermano dijo: "Pues sabe, ¡oh alcahueta! que soy aquel en cuya casa fuiste a hacer las abluciones, trasero de mono viejo!". Y al decir esto, mi hermano partió en dos mitades a la vieja de un solo sablazo. Después fué a buscar a la joven que había copulado con él dos veces.
No tardó en encontrarla, ocupada en componerse y perfumarse en un aposento retirado. Y cuando la joven le vió cubierto de sangre, dió un grito de terror, y se arrojó a sus pies, rogándole que le perdonase la vida. Y mi hermano, recordando los placeres compartidos con ella, le otorgó generosamente la vida, y le preguntó: "¿Y cómo es que estás en esta casa, bajo el dominio de ese negro horrible a quien he matado con mis manos?" La joven respondió: "¡Oh, dueño mío! antes de estar encerrada en esta maldita casa, era yo propiedad de un rico mercader de la población, y esta vieja solía venir a verme y nos manifestaba mucha amistad. Un día entre los días fui a su casa y me dijo: "Me han invitado a una gran boda, pues no habrá en el mundo otra parecida. Y vengo a llevarte conmigo". Yo le contesté: "Escucho y obedezco". Me puse mis mejores ropas, cogí un bolsillo con cien dinares y salí con la vieja. Llegamos a esta casa, en la cual me introdujo con su astucia, y caí en manos de ese negro atroz, que después de arrebatarme la virginidad, me sujetó aquí a la fuerza y me utilizó para sus criminales designios, a costa de la vida de los jóvenes que la vieja le proporcionaba.
Así he pasado tres años entre las manos de esa vieja maldita". Entonces mi hermano dijo: "Pero llevando aquí tanto tiempo, debes saber si esos criminales han amontonado riquezas". Y ella contestó: "Hay tantas, que dudo mucho que tú solo pudieras llevártelas. Ven a verlo tú mismo".
Se llevó a mi hermano, y le enseñó grandes cofres llenos de monedas de todos los países y de bolsillos de todas las formas. Y mi hermano se quedó deslumbrado y atónito. Ella entonces le dijo: "No es así como podrás llevarte este oro. Ve a buscar unos mandaderos y tráelos para que carguen con él. Mientras tanto, yo prepararé los fardos".
Apresuróse El-Aschar a buscar a los mozos, y al poco tiempo volvió con diez hombres que llevaban cada uno una gran banasta vacía.
Pero al llegar a la casa vió el portal abierto de par en par. Y la joven había desaparecido con todos los cofres. Y comprendió entonces que se había burlado de él para poderse llevar las principales riquezas. Pero se consoló al ver las muchas cosas preciosas que quedaban en la casa y los valores encerrados en los armarios con todo lo cual podía considerarse rico para toda su vida. Y resolvió llevárselo al día siguiente; pero como estaba muy fatigado, se tendió en el magnífico lecho y se quedó dormido.
Al despertar al día siguiente, llegó hasta el límite del terror al verse rodeado por veinte guardias del walí, que le dijeron: "Levántate a escape y vente con nosotros". Y se lo llevaron, cerraron y sellaron las puertas, y lo pusieron entre las manos del walí, que le dijo: "He averiguado tu historia, los asesinatos que has cometido y el robo que ibas a perpetrar".
Entonces mi hermano exclamó: "¡Oh walí! Dame la señal de la seguridad, y te contaré lo ocurrido". Y el walí entonces le dió un velo, símbolo de la seguridad, y El-Aschar le contó toda la historia desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla. Después mi hermano añadió: "Ahora, ¡oh walí de ideas justas y rectas! consentiré, si quieres, en compartir contigo lo que queda en aquella casa".
Pero el walí replicó: "¿Cómo te atreves a hablar de reparto? ¡Por Alah! No tendrás nada, pues debo cogerlo todo. Y date por muy contento al conservar la vida. Además, vas a salir inmediatamente de la ciudad y no vuelvas por aquí, bajo pena del mayor castigo". Y el walí desterró a mi hermano, por temor a que el califa se enterase de la historia de aquel robo. Y mi hermano tuvo que huir muy lejos.
Pero para que se cumpliese por completo el Destino, apenas había salido de las puertas de la ciudad le asaltaron unos bandidos, y al no hallarle nada encima, le quitaron la ropa, dejándole en cueros, le apalearon y le cortaron las orejas y la nariz.
Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje a mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el resto de sus días.
¡Tal es la historia de El-Aschar!
Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh, Emir de los Creyentes! merece que la escuches antes que me decida a descansar".

Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero



"Se llama Schakalik o el Tarro hendido, ¡oh Comendador de los Creyentes! Y a este hermano mío le cortaron los labios, y no sólo los labios, sino también el zib. Pero le cortaron los labios y el zib a consecuencia de circunstancias extremadamente asombrosas.
Porque Schakalik, mi sexto hermano, era el más pobre de todos nosotros, pues era verdaderamente pobre. Y no hablo de los cien dracmas de la herencia de nuestro padre, porque Schakalik, que nunca había visto tanto dinero junto, se comió los cien dracmas en una noche, acompañado de la gentuza más deplorable del barrio izquierdo de Bagdad.
No poseía, pues, ninguna de las vanidades de este mundo, y sólo vivía de las limosnas de la gente que lo admitía en su casa por su divertida conversación y por sus chistosas ocurrencias.
Un día entre los días había salido Schakalik en busca de un poco de comida para su cuerpo extenuado por las privaciones, y vagando por las calles se encontró ante una magnífica casa, a la cual daba acceso un gran pórtico con varios peldaños. Y en estos peldaños y a la entrada había un número considerable de esclavos, sirvientes, oficiales y porteros.
Mi hermano Schakalik se aproximó a los que allí estaban y les preguntó de quién era tan maravilloso edificio. Y le contestaron: "Es propiedad de un hombre que figura entre los hijos de los reyes".
Después se acercó a los porteros, que estaban sentados en un banco en el peldaño más alto, y les pidió limosna en el nombre de Alah. Y le respondieron: "¿Pero de dónde sales para ignorar que no tienes más que presentarte a nuestro amo para que te colme en seguida de sus dones?" Entonces mi hermano entró y franqueó el gran pórtico, atravesó un patio espacioso y un jardín poblado de árboles hermosísimos y de aves cantoras.
Lo rodeaba una galería calada con pavimento de mármol, y unos toldos le daban frescura durante las horas de calor. Mi hermano siguió andando y entró en la sala principal, cubierta de azulejos de colores verde, azul y oro, con flores y hojas entrelazadas. En medio de la sala había una hermosa fuente de mármol, con un surtidor de agua fresca, que caía con dulce murmullo.
Una maravillosa estera de colores alfombraba la mitad del suelo, más alta que la otra mitad, y reclinado en unos almohadones de seda con bordados de oro se hallaba muy a gusto un hermoso jeique de larga barba blanca y de rostro iluminado por benévola sonrisa. Mi hermano se acercó, y dijo al anciano de la hermosa barba: "¡Sea la paz contigo!" Y el anciano, levantándose en seguida, contestó: "¡Y contigo la paz y la misericordia de Alah con sus bendiciones! ¿Qué deseas, ¡oh, tú!"
Y mi hermano respondió: "¡Oh, mi señor! sólo pedirte una limosna, pues estoy extenuado por el hambre y las privaciones".
Y al oír estas palabras, exclamó el viejo jeique: "¡Por Alah! ¿Es posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con paciencia!"
Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo: "¡Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!" Y el jeique repuso: "Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa". Y mi hermano dijo: "Gracias te doy, ¡oh, mi señor y dueño! Pues no podía estar más tiempo en ayunas, como no me muriese de hambre".
Entonces el viejo dió dos palmadas y ordenó a un esclavo que se presentó inmediatamente: "¡Trae en seguida un jarro y la palangana de plata para que nos lavemos las manos!"
Y dijo a mi hermano Schakalik: "¡Oh, huésped! Acércate y lávate las manos".
Y al decir esto, el jeique se levantó, y aunque el esclavo no había vuelto, hizo ademán de echarse agua en las manos con un jarro invisible y restregárselas como si tal agua cayese.
Al ver esto, no supo qué pensar mi hermano Schakalik; pero como el viejo insistía para que se acercase a su vez, supuso que era una broma y como él tenía también fama de divertido, hizo ademán de lavarse las manos lo mismo que el jeique. Entonces el anciano dijo: "¡Oh, vosotros! poned el mantel y traed la comida, que este pobre hombre está rabiando de hambre".
En seguida acudieron numerosos servidores, que empezaron a ir y venir como si pusieran el mantel y lo cubriesen de numerosos platos llenos hasta los bordes. Y Schakalik, aunque muy hambriento, pensó que los pobres deben respetar los caprichos de los ricos, y se guardó mucho de demostrar impaciencia alguna.
Entonces el jeique le dijo: "¡Oh huésped! siéntate a mi lado, y apresúrate a hacer honor a mi mesa". Y mi hermano se sentó a su lado, junto al mantel imaginario, y el viejo empezó a fingir que tocaba a los platos y que se llevaba bocados a la boca, y movía las mandíbulas y los labios como si realmente masticase algo. Y le decía a mi hermano: "¡Oh, huésped! mi casa es tu casa y mi mantel es tu mantel; no tengas cortedad y come lo que quieras, sin avergonzarte. Mira qué pan; cuán blanco y bien cocido. ¿Cómo encuentras este pan?"
Schakalik contestó: "Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi vida he probado otro que se le parezca". El anciano dijo: "¡Ya lo creo! La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos dinares de oro. Pero ¡oh huésped! Prueba de esta fuente en que ves esa admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. Cree que la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta. Come, ¡oh pobre hambriento! y dime qué te parecen su sabor y su perfume".
Y mi hermano respondió: "Esta kebeba es deliciosa para mi paladar, y su perfume me dilata el pecho. Cuanto a la manera de guisarla, he de decirte que ni en los palacios de los reyes se come otra mejor". Y hablando así, Schakalik empezó a mover las quijadas, a mascar y a tragar como si lo hiciera realmente. Y el anciano dijo: "Así me gusta ¡oh huésped! Pero no creo que merezca tantas alabanzas, porque entonces, ¿qué dirás de ese plato que está a tu izquierda, de esos maravillosos pollos asados, rellenos de alfónsigos, almendras, arroz, pasas, pimienta, canela y carne picada de carnero? ¿Qué te parece el humillo?" Mi hermano exclamó: "¡Alah, Alah! ¡Cuán delicioso es su humillo, qué sabrosos están y qué relleno tan admirable!"
Y el anciano dijo: "En verdad eres muy indulgente y muy cortés para mi cocina. Y con mis propios dedos quiero darte a probar ese plato incomparable". Y el jeique hizo ademán de preparar un pedazo tomado de un plato que estuviese sobre el mantel, y acercándoselo a los labios a Schakalik, le dijo: "Ten y prueba este bocado, ¡oh huésped! y dame tu opinión acerca de este plato de berenjenas rellenas que nadan en apetitosa salsa". Mi hermano hizo como si alargase el cuello, abriese la boca y tragara el pedazo, y dijo cerrando los ojos de gusto: "¡Por Alah! "¡Cuán exquisito y cuán en su punto! Sólo en tu casa he probado tan excelentes berenjenas. Todo está preparado con el arte de dedos expertos: la carne de cordero picada, los garbanzos, los piñones, los granos de cardamomo, la nuez moscada, el clavo, el jengibre, la pimienta y las hierbas aromáticas. Y tan bien hecho está, que se distingue el sabor de cada aroma".
El anciano dijo: "Por eso, ¡oh mi huésped! espero de tu apetito y de tu excelente educación que te comerás las cuarenta y cuatro berenjenas rellenas que hay en ese plato".
Schakalik contestó: "Fácil ha de serme el hacerlo, pues están más sabrosas que el pezón de mi nodriza y acarician mi paladar más deliciosamente que dedos de vírgenes". Y mi hermano fingió coger cada berenjena una tras otra, haciendo como si las comiese, y meneando la cabeza y dando con la lengua grandes chasquidos. Y al pensar en estos platos se le exasperaba el hambre y se habría contentado con un poco de pan seco, de habas o de maíz. Pero se guardó de decirlo.
Y el anciano repuso: "¡Oh huésped! tu lenguaje es el de un hombre bien educado, que sabe comer en compañía de los reyes y de los grandes. Come, amigo, y que te sea sano y de deliciosa digestión".
Y mi hermano dijo: "Creo que ya he comido bastante de estas cosas". Entonces el viejo volvió a palmotear y dispuso: "¡Quitad este mantel y poned el de los postres! ¡Vengan todos los dulces, la repostería y las frutas más escogidas!" Y los esclavos empezaron otra vez a ir y venir, y a mover las manos, y a levantar los brazos por encima de la cabeza, y a cambiar un mantel por otro. Y después, a una seña del viejo, se retiraron.
El anciano dijo a Schakalik: "Llegó, ¡oh huésped! el momento de endulzarnos el paladar. Empecemos por los pasteles. ¿No da gusto ver esa pasta fina, ligera, dorada y rellena de almendra, azúcar y granada, esa pasta de katayefs sublimes que hay en ese plato? ¡Por vida mía! Prueba uno o dos para convencerte. ¿Eh? ¡Cuán en su punto está el almíbar! ¡Qué bien salpicado está de canela! Se comería uno cincuenta sin hartarse, pero hay que dejar sitio para la excelente kenafa que hay en esa bandeja de bronce cincelado. Mira cuán hábil es mi repostera, y cómo ha sabido trenzar las madejas de pasta. Apresúrate a comerla antes de que se le vaya el jarabe y se desmigaje. ¡Es tan delicada! Y esa mahallabieh de agua de rosas, salpicada con alfónsigos pulverizados; y esos tazones llenos de natillas aromatizadas con agua de azahar.
¡Come, huésped, métele mano sin cortedad! ¡Así! ¡Muy bien!" Y el viejo daba ejemplo a mi hermano, y se llevaba la mano a la boca con glotonería, y fingía que tragaba como si fuese de veras, y mi hermano le imitaba admirablemente, a pesar de que el hambre le hacía la boca agua.
El anciano continuó: "¡Ahora, dulces y frutas! Y respecto a los dulces, ¡oh huésped! sólo lucharás con la dificultad de escoger. Delante de ti tienes dulces secos y otros con almíbar. Te aconsejo que te dediques a los secos, pues yo los prefiero, aunque los otros sean también muy gratos. Mira esa transparente y rutilante confitura seca de albaricoque tendida en anchas hojas. Y ese otro dulce seco de cidras con azúcar cande perfumado con ámbar. Y el otro, redondo, formando bolas sonrosadas, de pétalos de rosa y de flores de azahar. ¡Ese, sobre todo, me va a costar la vida un día! Resérvate, resérvate, que has de probar ese dulce de dátiles rellenos de clavo y almendra. Es de El Cairo, pues en Bagdad no lo saben hacer así. Por eso he encargado a un amigo de Egipto que me mande cien tarros llenos de esta delicia. Pero no comas tan aprisa, pues por más que tu apetito me honre en extremo, quiero que me des tu parecer sobre ese dulce de zanahorias con azúcar y nueces perfumado con almizcle".
Y Schakalik dijo: "¡Oh! ¡Este dulce es una cosa soñada! ¡Cómo adora sus delicias mi paladar! Pero se me figura que tiene demasiado almizcle". El anciano replicó: "¡Oh no, oh no! Yo no pienso que sea excesivo, pues no puedo prescindir de ese perfume, como tampoco del ámbar. Y mis cocineros y reposteros lo echan a chorros en todos mis pasteles y dulces. El almizcle y el ámbar son los dos sostenes de mi corazón".
Y el viejo prosiguió: "Pero no olvides estas frutas, pues supongo que habrás dejado sitio para ellas. Ahí tienes limones, plátanos, higos, dátiles frescos, manzanas, membrillos y muchas más. También hay nueces y almendras frescas y avellanas. Come, ¡oh huésped! que Alah es misericordioso".
Pero mi hermano, que a fuerza de mascar en balde ya no podía mover las mandíbulas, y cuyo estómago estaba cada vez más excitado por el incesante recuerdo de tanta cosa buena, dijo:
"¡Oh señor! He de confesar que estoy ahito, y que ni un bocado me podría entrar por la garganta". El anciano replicó: "¡Es admirable que te hayas hartado tan pronto! Pero ahora vamos a beber, que aun no hemos bebido".
Entonces el viejo palmoteó, y acudieron los esclavos con las mangas levantadas y los ropones cuidadosamente recogidos, y fingieron llevárselo todo y poner después en el mantel dos copas y frascos, alcarrazas y tarros magníficos. Y el anciano hizo como si echara vino en las copas, y cogió una copa imaginaria y se la presentó a mi hermano, que la aceptó con gratitud, y después de llevársela a la boca dijo: "¡Por Alah! ¡Qué vino tan delicioso! E hizo ademán de acariciarse placenteramente el estómago. Y el anciano fingió coger un frasco grande de vino añejo y verterlo delicadamente en la copa, que mi hermano se bebió de nuevo. Y siguieron haciendo lo mismo, hasta que mi hermano hizo como si se viera dominado por los vapores del vino, y empezó a menear la cabeza y a decir palabras atrevidas. Y pensaba: "Llegó la hora de que pague este viejo todos los suplicios que me ha hecho pasar".
Y como si estuviera completamente borracho, levantó el brazo derecho y descargó tan violento golpe en el cogote del anciano, que resonó en toda la sala. Y alzó de nuevo el brazo, y le dió el segundo golpe más recio todavía. Entonces el anciano exclamó: "¿Qué haces, ¡oh tú el más vil entre los hombres!"
Mi hermano Schakalik respondió: "¡Oh dueño mío y corona de mi cabeza! soy tu esclavo sumiso, aquel a quien has colmado de dones, acogiéndole en tu mansión y alimentándole en tu mesa con los manjares más exquisitos, como no los probaron ni los reyes. Soy aquel a quien has endulzado con las confituras, compotas y pasteles más ricos, acabando por saciar su sed con los vinos más deliciosos.
Pero bebí tanto, que he perdido el seso. ¡Disculpa, pues, a tu esclavo, que levantó la mano contra su bienhechor! ¡Disculpa, ya que tu alma es más elevada que la mía, y perdona mi locura!"
Entonces el anciano, lejos de encolerizarse, se echó a reír a carcajadas, y acabó por decir: "Mucho tiempo he estado buscando por todo el mundo, entre las personas con más fama de bromistas y divertidas, un hombre de tu ingenio, de tu carácter y de tu paciencia. Y nadie ha sabido sacar tanto partido como tú de mis chanzas y juegos. Hasta ahora has sido el único que ha sabido amoldarse a mi humor y a mis caprichos, conllevando la broma y correspondiendo con ingenio a ella. De modo que no sólo te perdono este final, sino que quiero que me acompañes a la mesa, que está realmente cubierta de manjares, dulces y frutas enumerados. Y en adelante, ya no me separaré jamás de ti".
Y dió orden a sus esclavos para que los sirvieran en seguida, sin escatimar nada, lo cual se ejecutó puntualmente.
Después que comieron los manjares y se endulzaron con pasteles, confituras y frutas, el anciano invitó a Schakalik a pasar con él al segundo comedor, reservado especialmente a las bebidas. Y al entrar fueron recibidos al son de armoniosos instrumentos y con canciones de las esclavas blancas, deliciosas jóvenes más hermosas que lunas. Y mientras el viejo y mi hermano bebían exquisitos vinos, no cesaron las cantoras de entonar admirables melodías. Y algunas bailaron después como pájaros de alas rápidas.
Y este día de fiesta terminó con besos y goces más positivos que soñados.
Pero el jeique tomó tal afecto a mi hermano, que fué su amigo íntimo y su compañero inseparable, demostrándole un inmenso cariño, y le obsequiaba cada día con mayor regalo. Y no dejaron de comer, beber y vivir deliciosamente durante veinte años más.
Pero tenía que cumplirse lo que había escrito el Destino. Y pasados los veinte años murió el viejo, e inmediatamente el walí mandó embargar todos sus bienes, confiscándolos en provecho propio, pues el jeique carecía de herederos, y mi hermano no era su hijo. Entonces Schakalik, obligado a escaparse por la persecución del walí, tuvo que buscar la salvación huyendo de Bagdad.
Y resolvió atravesar el desierto para dirigirse a la Meca y santificarse. Pero cierto día, la caravana a la cual se había unido fué atacada por los nómadas, salteadores de caminos, malos musulmanes que no practicaban los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!).
Y los viajeros fueron despojados y reducidos a esclavitud, y a Schakalik le tocó el más feroz de aquellos bandidos beduínos, que lo llevó a su tribu y lo hizo su esclavo. Y todos los días le pegaba una paliza y le hacía sufrir todos los suplicios, y le decía: "Debes ser muy rico en tu país, y si no me pagas un buen rescate, acabarás por morir a mis propias manos". Y mi hermano, llorando, exclamaba: "¡Por Alah! Nada poseo, ¡oh jefe de los árabes! pues desconozco el camino de la riqueza. Y ahora soy tu esclavo y estoy en tu poder; puedes hacer de mí lo que quieras".
Pero el beduíno tenía por esposa a una admirable mujer entre las mujeres, de negras cejas y ojos de noche. Y era ardiente en la copulación. Por eso, cada vez que el beduíno se alejaba de la tienda, esta criatura del desierto iba a buscar a mi hermano para ofrecerle su cuerpo. Y Schakalik, que se diferencia de todos nosotros en no ser gran cabalgador, no podía satisfacer plenamente a la ardorosa beduína, que se insinuaba y ponía en juego todos sus recursos, jugando las caderas, los pechos y el ombligo.
Pero un día que estaban a punto de besarse se precipitó en la tienda el terrible beduíno, y los sorprendió en aquella postura. Y sacó del cinturón un cuchillo tan ancho que de un solo golpe podía rebanar la cabeza de un camello, de una a otra yugular. Y agarró a mi hermano, empezó por cortarle los dos labios, metiéndoselos en la boca, y le dijo: "¡Miserable! ¿Cómo te atreviste a seducir a mi esposa?" Y empuñando el zib de mi hermano se lo cortó de un golpe y luego los compañones. En seguida, arrastrándolo por los pies, lo echó sobre un camello, lo llevó a lo alto de una montaña, lo tiró al suelo y se marchó para seguir su camino.
Como la tal montaña está situada en el camino por donde van los peregrinos, algunos de estos peregrinos, que eran de Bagdad, hallaron a Schakalik; y al reconocer al chistosísimo Tarro hendido, que tanto los había hecho reír, vinieron a avisarme, después de haberle dado de comer y beber.
Y fui en su busca, ¡oh Emir de los Creyentes! me lo eché a cuestas, lo traje a Bagdad, y luego de curarle, le he dado con qué mantenerse mientras viva.
He aquí en pocas palabras, ¡oh Príncipe de los Creyentes! la historia de mis seis hermanos, que habría podido contarte con más detenimiento. Pero he preferido no abusar de tu paciencia, probando de este modo lo poco charlatán que soy, y que además de hermano de mis hermanos podría llamarme su padre, y que el mérito de ellos desaparece al presentarme yo, apellidado el Samet.
Y el califa Montasser Billah se echó a reír a carcajadas y me dijo:
"Efectivamente, ¡oh Samet! hablas bien poco, y nadie podrá acusarte de indiscreción, ni de curiosidad, ni de malas cualidades. Pero tengo mis motivos para exigir que inmediatamente salgas de Bagdad y te vayas a otra parte. Y sobre todo, date prisa". Y así me desterró el califa, tan injustamente, sin explicarme la causa de aquel castigo.
Entonces, ¡oh mis señores! empecé a viajar por todos los climas y todos los países, hasta que supe el fallecimiento de Montaser Billah y el reinado de su sucesor el califa El-Mostasen.
Volví a Bagdad enseguida, pero me encontré con que todos mis hermanos habían muerto. Y entonces ese joven que se acaba de marchar tan descortésmente me llamó a su casa para que le afeitase la cabeza. Y contra todo lo que ha dicho puedo aseguraros, ¡oh mis señores! que le hice un grandísimo favor, y a no ser por mi ayuda, probable es que el kadí, padre de la joven, lo hubiese mandado matar. De modo que todo lo que ha dicho es una calumnia, y cuanto ha contado sobre mi supuesta curiosidad, indiscreción, charlatanería y falta de tacto es falso absolutamente, ¡oh vosotros cuantos aquí estáis!"
Tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada-, la historia en siete partes que el sastre de la China refirió al rey.
Y después añadió: "Cuando el barbero Samet hubo terminado su historia, no necesitamos oír más para convencernos de que era realmente el charlatán más extraordinario y el rapista más indiscreto de toda la tierra. Y quedamos persuadidos de que el joven cojo de Bagdad había sido la víctima de su insoportable indiscreción.
Entonces, aunque sus historias nos habían hecho pasar un buen rato, acordamos castigarle. Y nos apoderamos de él, a pesar de sus chillidos, y lo encerramos en un cuarto oscuro lleno de ratas. Y los demás seguimos comiendo, bebiendo y disfrutando hasta que llegó la hora de la plegaria. Y entonces nos retiramos, y yo fui en busca de mi esposa.
Pero al llegar a mi casa encontré a mi mujer de muy mal humor, y me dijo: "¿Te parece bien dejarme sola mientras andas de diversión con tus amigos? Si no me sacas enseguida a pasear, me presentaré al walí para entablar la demanda de divorcio".
Y como soy enemigo de disturbios conyugales, quise que hubiera paz, y a pesar del cansancio salí a pasear con mi mujer. Y anduvimos recorriendo calles y jardines hasta la puesta del sol.
Y cuando regresábamos a casa encontramos por casualidad a ese jorobeta que se hallaba a tu servicio, ¡oh rey poderoso y magnánimo!
Y el jorobado estaba borracho completamente, diciendo chistes a cuantos le rodeaban, y recitó estos versos:
¡No sé si elegir la copa transparente y coloreada o el vino sutil y purpurino!
¡Porque la copa es como el vino sutil y purpurino, y el vino es como la copa coloreada y transparente!
Y se interrumpía para embromar a los transeúntes o para danzar, golpeando la pandereta. Y yo y mi mujer supusimos que sería para nosotros un agradable comensal, y le convidamos a comer con nosotros. Y juntos comimos, y mi esposa se quedó con nosotros, pues no creía que la presencia de un jorobado fuese como la de un hombre regular, pues de no pensarlo así no habría comido delante de un extraño.
Entonces fué cuando a mi esposa se le ocurrió bromear con el jorobeta y meterle en la boca la comida que lo ahogó.
Y en seguida, ¡oh rey poderoso! cogimos el cadáver del jorobeta y lo dejamos en la casa del médico judío que está presente. Y a su vez el médico judío lo dejó en la casa del intendente, que hizo responsable al corredor copto.
Y tal es, ¡oh rey generoso! la más extraordinaria de las historias que te hayan referido. Y esta historia del barbero y sus hermanos es, con seguridad, más sorprendente que la del jorobado".
Cuando el sastre hubo acabado de hablar, el rey de la China dijo: "He de confesar que es muy interesante esa historia, y acaso más sugestiva que la del pobre jorobeta.
Pero ¿dónde está ese asombroso barbero? Quiero verle y oírle antes de adoptar mi decisión respecto a vosotros cuatro.
Después enterraremos a nuestro jorobeta. Y le erigiremos un buen sepulcro por lo mucho que me divirtió en vida, y aun después de muerto, pues me ha dado ocasión de oír la historia del joven cojo, la del barbero con sus seis hermanos y las otras tres historias".
Y dicho esto, el rey mandó a sus chambelanes que se fuesen con el sastre a buscar al barbero. Y una hora después, el sastre y los chambelanes, que habían ido a sacar al barbero del cuarto oscuro, lo trajeron al palacio y se lo presentaron al rey.
El rey examinó al barbero, y vio que era un anciano jeique lo menos de noventa años, de cara muy negra, barbas muy blancas, lo mismo que las cejas, orejas colgantes y agujereadas, narices de pasmosa longitud y aspecto lleno de presunción y altanería.
Al verlo, el rey de la China se echó a reír ruidosamente y le dijo: "¡Oh silencioso! Me han dicho que sabes contar historias admirables y llenas de maravilla.
Quisiera oírte algunas de las que sabes referir tan bien". El barbero contestó: "¡Oh rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?"
Y el rey de la China se rió mucho y replicó: "¿Y por qué me interrogas respecto a gente que te es desconocida?"
El barbero dijo: "Pregunto solamente para demostrar a mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen, como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por lo tanto, que soy digno de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:
Cuando tus ojos vean a una persona con un sobrenombre, sabe que, como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del sobrenombre.
Entonces dijo el rey: "Mucho me agrada este barbero. Voy a contarle la historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío, el intendente y el sastre". Y el rey refirió al barbero todas las historias, sin omitir una particularidad.
Pero no es necesario repetirlas.
Cuando el barbero hubo oído las historias y supo la causa de la muerte del jorobado, empezó a menear gravemente la cabeza, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Cosa extraordinaria es ésa y me sorprende grandemente! A ver, levantad el velo que cubre el cadáver, que yo lo vea". Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso la cabeza del jorobado en sus rodillas v le miró atentamente a la cara. Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer de trasero. Y exclamó: "En verdad, toda muerte tiene una causa entre las causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los hombres futuros".
Y el rey, pasmado al oír las palabras del barbero, le dijo: "¡Oh barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras". Y el barbero replicó: "¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu jorobeta tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas a ver". Y en seguida sacó de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana, Después aguardó que transcurriese una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló en varios sentidos y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta.
Y éste estornudó estrepitosamente, abrió los ojos, volvió en sí, se palpó la cara con las manos, dió un brinco, se puso de pie y exclamó: "¡La ilah ile Alah! Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Sean con él la plegaria y la salvación de Alah!"
Y todos los circunstantes quedaron estupefactos y llenos de admiración hacia el barbero. Y después, al reponerse de su emoción, el rey y todos los presentes empezaron a reír a carcajadas al ver la cara del jorobeta. Y el rey dijo: "¡Por Alah! ¡Qué aventura tan prodigiosa! ¡En mi vida he visto nada más sorprendente y extraordinario!" Y añadió: "¡Oh vosotros aquí presentes! ¿Ha visto alguno que así se muera un hombre para resucitar después? Si, gracias a Alah, no hubiese estado aquí este barbero, nuestro jeique Samet, el día de hoy habría sido el último de la vida del jorobado. Y sólo por la ciencia y el mérito de este barbero admirable y lleno de capacidad hemos podido salvar su vida". `Y todos los presentes dijeron: "Verdad es, ¡oh rey! Pues esta aventura es el prodigio de los prodigios y el milagro de los milagros".
Entonces el rey de la China, lleno de júbilo, mandó que inmediatamente se escribieran con letras de oro la historia del jorobado y del barbero, y que se conservasen en los archivos del reino. Y así se ejecutó puntualmente. En seguida regaló un magnífico traje de honor a cada uno de los acusados, al médico judío, al corredor nazareno, al intendente y al sastre, y los agregó al servicio de su persona y del palacio, y les mandó hacer las paces con el jorobeta. Y a éste le hizo maravillosos regalos, le colmó de riquezas, le nombró para altos cargos y lo eligió como compañero de mesa y bebida.
Pero aun tuvo más extraordinarias atenciones con el barbero; le hizo vestir un suntuoso traje de honor, mandó que le construyesen un astrolabio todo de oro, otros instrumentos de oro, tijeras y navajas con perlas y pedrería; le nombró barbero y peluquero de su persona y del reino, y también le tomó por compañero íntimo.
Y siguieron viviendo la vida más próspera y más dichosa, hasta que puso término a su felicidad la Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la Invencible, la Inevitable.

 
 

5 P4 Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío (Cuarta parte de cinco)

Hace parte de:

5 Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas (de la noche 24 a la 32)
       5.1 Relato del corredor nazareno  (025 – 026)
              5.1.1 Historia del mercader manco (025 – 026)
       5.2 Relato del intendente del rey de la China (027 – 027)
       5.3 Relato del médico judío (027 – 028)
       5.4 Relato del sastre (028 – 032)
              5.4.1 Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad (028 – 030)
              5.4.2 Historia del barbero de Bagdad y sus seis hermanos (030 – 032)
                5.4.2.1 Historia de Backbuck, primer hermano del barbero (030 -030)
                     5.4.2.2 Historia de El-Haddar, segundo hermano del barbero (030 – 031)
                     5.4.2.3 Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.4 Historia del El-Kuz, cuarto hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.5 Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero (031 – 032)
                     5.4.2.6 Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero (032 – 032)






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Pero cuando llegó la 30ª noche


Ella dijo:
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, les dijo: "¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo lo mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?" Entonces el barbero exclamó: "Tú eres quien ha matado a palos a mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos".
Y el kadí contestó:
"¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?" Y el barbero dijo: "Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado a palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy a obligar ahora mismo a que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente a nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo, sano y salvo, a mí y a sus parientes. Si no, me obligarás a entrar a viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, a entregárnoslo".
Al oír estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: "Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques a tu amo por donde quieras, y lo libertes". Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.
Y yo, que asistía a todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa o no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré a esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.
Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar a derecha e izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo puso a la cabeza y buscó a escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse a echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron a recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía a gritos: "¡Oh buenas gentes! ¡Gracias a Alah que he encontrado a mi amo!" Después, sin dejar de correr detrás de mí me dijo: "¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender a mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eras hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!" Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad a no ser por la muerte, me paré y le dije: "¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?"
Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí a ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.
El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver a mi casa por miedo a que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.
Pero por la gracia de Alah mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba a mis parientes el resto de mi fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí a una persona de confianza para que administrase todo aquello, encargándole que tratase bien a todos los míos, grandes y pequeños. Para perder de vista definitivamente a este barbero maldito, decidí salir de Bagdad y marcharme a cualquiera otra parte donde no corriese el riesgo de encontrarme cara a cara con mi enemigo.
Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué a este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete a que me habéis invitado.
Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ! y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, a quien Alah confunda, a él, a su familia y a toda su descendencia!"
Cuando aquel joven -prosiguió el sastre, hablando al rey de la China- acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.
En cuanto a nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorprendente, miramos al barbero, que estaba callado y con los ojos bajos, y le dijimos: "¿Es verdad lo que ha contado ese joven? Y en tal caso, ¿por qué procediste de ese modo, causándole tanta desgracia?" Entonces el barbero levantó la frente, y nos dijo: "¡Por Alah! Bien sabía yo lo que me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades. Pues a no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar gracias a Alah y dármelas a mí por no haber perdido más que una pierna en vez de perderse por completo. En cuanto a vosotros, ¡oh mis señores! Para probaros que no soy ningún charlatán, ni un indiscreto, ni en nada semejante a ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros también que soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy callado, os voy a contar mi historia, y juzgaréis". Después de estas palabras, todos nosotros -continuó el sastre- nos dispusimos a escuchar en silencio aquella historia, que juzgábamos había de ser extraordinaria.

Historia del barbero


HISTORIAS DEL BARBERO DE BAGDAD Y DE SUS SEIS HERMANOS
(Contadas por el barbero y repetidas por el sastre)

El barbero dijo:
"Sabed, pues, ¡oh mis señores! Que yo viví en Bagdad durante el reinado del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah (El victorioso con ayuda de Alah) Y bajo su gobierno vivíamos, porque amaba a los pobres y a los humildes, y gustaba de la compañía de los sabios y poetas.
Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al gobernador-lugarteniente que trajese entre sus manos a estos diez individuos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y vi a aquellos hombres en la barca, y dije para mí: "Seguramente esos hombres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesariamente me tengo que convidar para tomar parte en el festín".
Me aproximé a la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el Silencioso, salté a la barca y me mezclé con todos ellos. Pero de pronto vi llegar a los guardias del walí, que se apoderaron de todos, les echaron a cada uno una argolla al cuello y cadenas a las manos, y acabaron por cogerme a mí también y ponerme asimismo la argolla al cuello, y las cadenas a las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os demostrará ¡oh mis señores! mi firmeza de carácter y mi poca locuacidad. Me aguanté, pues, sin protestar, y me vi llevado con los diez individuos a la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah.
Y en cuanto nos vió, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: "¡Corta inmediatamente la cabeza a esos diez malvados!" Y el verdugo nos puso en fila en el patio, a la vista del califa, y empuñando el alfanje, hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la tercera, hasta la décima. Pero cuando llegó a mí, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por lo tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viéndome todavía en pie, exclamó: "¡Oh mi portaalfanje! Te he mandado cortar la cabeza a los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?" Y el portaalfanje repuso: "¡Por la gracia de Alah sobre ti y por la tuya sobre nosotros! He cortado diez cabezas". Y el califa dijo: "Vamos a ver; cuéntalas delante de mí". Las contó, y efectivamente, resultaron diez cabezas. Y entonces el califa me miró y me dijo: "¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?"
Entonces, ¡oh señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los Creyentes, me resolví a hablar. Y dije: "¡Oh Emir de los Creyentes! Soy el jeique a quien llaman El-Samed, a causa de mi poca locuacidad. En punto a prudencia, tengo un buen acopio en mi persona, y en cuanto a la rectitud de mi juicio, la gravedad de mis palabras, lo excelente de mi razón, lo agudo de mi inteligencia y mi ninguna verbosidad, nada he de decirte, pues tales cualidades son en mí infinitas. Mi oficio es el de afeitar cabezas y barbas, escarificar piernas y pantorrillas y aplicar ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis seis hermanos están vivos.
Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo a lo largo del Tigris, cuando vi a esos diez individuos que saltaban a una barca, y me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que estaban convidados a algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos a la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di cuenta de esto al ver a tus guardias que se nos echaban encima y nos ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver con esa gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo, obligándome a ello mi excesiva firmeza de carácter y mi ninguna locuacidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos, j oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza a esos diez bandidos, y fui el único que quedó entre las manos de tu portaalfanje, y a pesar de todo, no dije tan siquiera ni una palabra. Creo, pues, que esto es una buena prueba de valor y de firmeza muy considerable. Y además, el sólo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí mismo la mayor demostración de valentía que yo sepa.
Pero no te asombre mi acción, ¡oh Emir de los Creyentes pues toda mi vida he procedido del mismo modo, queriendo favorecer a los extraños".
Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era nativo el valor y la virilidad, y amor al silencio y a la compostura, y mi odio a la indiscreción y a la impertinencia, a pesar de lo que diga ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y a quien salvé de toda clase de calamidades, el Emir dijo: "¡Oh venerable jeique. barbero espiritual e ingenio lleno de gravedad y de sabiduría!
Dime: ¿y tus seis hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción? Y yo respondí: "¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan a mí, oh Emir de los Creyentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme con esos seis locos que nada tienen de común conmigo, ni de cerca ni de lejos! Pues por su verbosidad impertinente, por su indiscreción y por su cobardía, se han buscado mil disgustos, y cada cual tiene una deformidad física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu. Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo, tuerto; el tercero, mellado; el cuarto, ciego; el quinto, no tiene narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los labios.
Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con esto mis cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase su historia, verías cuán diferente soy de todos ellos. Y como su historia es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy a contar sin más dilaciones.

Historia de Bacbuk, primer hermano del barbero


Así, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone a charlar parece oírse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.
Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi hermano Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino donde vivían un molinero y el buey del molinero.
Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas a una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mirando a los transeúntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.
Al verla mi hermano Bacbuk sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar a la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco a poco, levantaba a cada momento la cabeza para mirar a la ventana. Y a cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.
En cuanto a la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse a su costa. Y un día que estaba mi hermano más entontecido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida a la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse a su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz de Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.
Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk, cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuelta en un pañuelo de seda, y le dijo: "Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas". Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: "¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus camisas". Y efectivamente, mi hermano se puso a trabajar con tal ahínco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el propietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: "¿Qué te debo?" Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada a Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor a la linda cara de la mujer.
Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo a mi hermano Bacbuk: "He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela". Mi hermano contestó: "Escucho y obedezco". Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estrictamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.
Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pañuelo, y muy contento, fué a llevárselos él mismo al propietario de la casa.
No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba a pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase.
Y Bacbuk se negó en redondo a recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido también, y volvió en seguida junto a mi hermano y le dijo: "Para agradecer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa". Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiera entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar a la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk a la esclava blanca, y ésta le dijo: "¡No, no! ¡Esta noche no!" Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.
Además, el propietario de la casa había dicho a mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, a fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse a la copulación, se subió a casa de su señora, Bacbuk tuvo que acostarse solo. Y al amanecer aun dormía Bacbuk, cuando entró el molinero y dijo en alta voz: "Ya ha descansado bastante este buey. Voy a engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amontonando en cantidad considerable". Y se acercó entonces a mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: "¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!" Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un fuerte latigazo, exclamó: "¡Yallah!" Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe no pudo menos que mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole fuertes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.
Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida a avisar a su mujer, y ésta envió a la esclava blanca, que desató a mi hermano y le dijo muy compasivamente: "Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos". Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y estaba tan molido, que no pudo contestar palabra.
Hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: "¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulaciones desde la noche hasta la mañana". Y mi hermano Bacbuk le contestó: "¡Alah confunda a los embaucadores y a los pérfidos de tu clase, traidor a la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana". Entonces el jeique le invitó a que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: "Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuerda con la estrella de la joven". Y Bacbuk le replicó: "¡Ah, maldito! Anda a ver si puedes inventar más perfidias".
Después mi hermano se fué y volvió a meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le permitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.
Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: "Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir a la azotea para tener el gusto de contemplarte desde el tragaluz". Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz a la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: "¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho a espaldas mías. En cuanto a esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya". Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró a la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Después se puso a hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado a él, sino a otro cualquiera.
Y con la esperanza de ver a la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué a buscarle la esclava blanca, y le dijo: "Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche a un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta la mañana, te aguardará impaciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes". Y el infeliz de Bacbuk estuvo a punto de volverse loco al oír tal noticia.
Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el propietario de la casa había dicho a su mujer: "¿Cómo haríamos para que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle a casa del walí?" Y la mujer contestó: "Déjame obrar a mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él".
Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué a buscarle la esclava, y lo llevó a las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y dijo: "¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto a mí!" Y Bacbuk contestó: "¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida..."
¡Pero aun no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, le ataron le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se lo echaron a cuestas para llevarle a casa del walí. Y el walí le condenó a que le diesen doscientos azotes, y después le montaron en un camello y le pasearon por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: "¡De esta manera se castigará a todo cabalgador que asalte a la mujer del prójimo!"
Pero mientras así paseaban a mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó a dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedando cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello a tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.
Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó a reír a carcajadas, y dijo: "¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!" Y yo repuse: "En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto".
Y el califa contestó:
"¡Al contrario, barbero sobrenatural!
Apresúrate a contarme lo que ocurrió a tus hermanos, para adornar mis oídos con esas historias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores.. pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor".
Y entonces dije:

Historia de El-Haddar, segundo hermano del barbero



"Sabed, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.
Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja y le dijo en voz baja: "Escucha, ¡oh ser humano! Te voy a hacer una proposición, que puedes aceptar o rechazar, según te plazca". Y mi hermano se detuvo, y dijo: "Ya te escucho". Y la vieja prosiguió: "Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto". Y mi hermano respondió: "Puedes decir lo que quieras". Y ella le dijo: "¿Qué te parecería un hermoso palacio con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfrutar de todo eso, no necesitarás más que avenirte a una condición".
Mi hermano El-Haddar replicó a estas palabras de la vieja: "Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes a hacerme precisamente a mí esa proposición, excluyendo a otro cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?" Y la vieja contestó: "Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más".
Después se alejó precipitadamente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó a andar detrás de ella, hasta que llegaron a un palacio magnífico, en el cual entró la vieja e hizo entrar a mi hermano Haddar. Y mi hermano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquísimos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.
Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó la copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: "Que te sea sano y delicioso, y aumente tus fuerzas".
Y se aproximó a la joven, para tomar la copa vacía y ponerse a sus órdenes. Pero ella llenó inmediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso a beber. Y mientras él bebía, la joven empezó a acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por enfadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: "¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin". Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los caprichos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba papirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le seguía haciendo señas de que callase.
Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: "Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara". Y mi hermano contestó: "Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir". Y ella dijo: "Pues no podré amarte de otro modo. No hay más remedio". Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase a una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le embadurnó la cara con coloretes y polvos, y lo condujo a la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que se doblaron sobre sus posaderas.
Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes, y le dijo: "¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y sugestiva". Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: "Te conjuro por mi vida a que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes". Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató a la cintura un pañuelo de seda y se puso a bailar en medio de la sala.
Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se desternillaban de risa, y empezaron a tirarle cuanto vieron a mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de posturas, mirando a mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda.
El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió a la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.
Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: "Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra desnudarse por completo, pero no se entrega a ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas a perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la cabalgues".
Y mi hermano, al oír aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso a correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó a correr, riéndose a carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 31ª noche



PERO CUANDO LLEGO LA 31ª NOCHE

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió su relato en esta forma:
"Mi hermano Haddar, con su zib erguido, empezó a perseguir a la joven, que, ligera, huía de él y se reía. Y las otras jóvenes y la vieja, al ver correr a aquel hombre con su rostro pintarrajeado, sin barbas, ni bigotes, ni cejas, y erguido su zib hasta no poder más, se morían de risa y palmoteaban y golpeaban el suelo con los pies.
Y la joven, después de dar dos vueltas a la sala, se metió por un pasillo muy largo, y luego cruzó dos habitaciones, una tras otra, siempre perseguida por mi hermano, completamente loco. Y ella, sin dejar de correr, reía con toda su alma, moviendo las caderas.
Pero de pronto desapareció en un recodo, y mi hermano fué a abrir una puerta por la cual creía que había salido la joven, y se encontró en medio de una calle. Y esta calle era la calle en que vivían los curtidores de Bagdad. Y todos los curtidores vieron a El-Haddar afeitado de barbas, sin bigotes, las cejas rapadas y pintado el rostro como una ramera. Y escandalizados, se pusieron a darle correazos, hasta que perdió el conocimiento. Y después le montaron en un burro, poniéndole al revés, de cara al rabo, y le hicieron dar la vuelta a todos los zocos, hasta que lo llevaron al walí, que les preguntó: "¿Quién es ese hombre?"
Y ellos contestaron: "Es un desconocido que salió súbitamente de casa del gran visir. Y lo hemos hallado en este estado". Entonces el walí mandó que le diesen cien latigazos en la planta de los pies, y lo desterró de la ciudad. Y yo ¡oh Emir de los Creyentes!, corrí en busca de mi hermano, me lo traje secretamente, y le di hospedaje. Y ahora lo sostengo a mi costa. Comprenderás, que si yo no fuera un hombre lleno de entereza y de cualidades, no habría podido soportar a semejante necio.
Pero en lo que se refiere a mi tercer hermano, ya es otra cosa, como vas a ver.

Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero



"Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.
Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: "¡Oh donador, oh generoso!", dió con el palo en la puerta. Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando, al llamar a la puerta de una casa, le decían: "¿Quién es?"
Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde adentro: "¡Alah te ampare!" Que es el modo de despedir a los mendigos.
De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen "¿Quién es?", mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acercaban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente.
Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello. Y el hombre le preguntó: "¿Qué deseas?" Y mi hermano Bacbac respondió: "Que me des una limosna, por Alah el Altísimo". El hombre volvió a preguntar: "¿Eres ciego?" Y Bacbac dijo, "Sí, mi amo, y muy pobre". Y el otro repuso: "En ese caso, dame la mano para que te guíe". Y le dió la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta. Y mi hermano, sin aliento, se decía: "Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín".
Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a preguntar: "¿Qué quieres, ciego?" Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: "Una limosna, por Alah". Y el otro replicó: "Que Alah te abra el día en otra parte". Entonces Bacbac le dijo: "¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo? A lo cual replicó el otro: "¡Oh tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contestaste cuando yo preguntaba desde dentro: "¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!" Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.
Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus compañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: "Ahora tendréis que acompañarme a casa para coger dinero con qué comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado".
Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y allí llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: "Ante todo, registremos la habitación por si hay algún extraño escondido".
Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos.
Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron a comer.
Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Y se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente. Y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: "¡Hay un extraño entre nosotros!" Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos; ciegos como estaban, y pedían auxilio a los vecinos, chillando: "¡Oh musulmanes, acudid a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!" Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac, que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: "¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán, por el emir. Y os pido que me llevéis a presencia del walí, donde se comprobará todo". Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos de walí.
Y el walí preguntó: "¿Quiénes son esos hombres?" Y el ladrón exclamó: "Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto". Y el walí dispuso: "¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!" Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.
Y el walí, enfurecido, le dijo: "¿Qué farsa es ésta, miserable embustero?" Y el ladrón contestó: "Que suspendan la paliza y lo explicaré todo". Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: "Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos a la gente para que nos dé limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, seducirlas, cabalgarlas y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, v me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán.
Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice".
Entonces el walí mandó a azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes y a pesar de los consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.
Y en seguida el walí encargó a este ciego fingido que fuese casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo demás.
En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: "¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día".
Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.
Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.
Y al oírla el califa Montasser Billah, dijo: "Que den una gratificación a este barbero, y que se vaya en seguida". Pero yo, ¡oh mis señores! contesté: "¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar nada sin referirte lo que les ocurrió a mis otros tres hermanos".
Y concedida la autorización, dije:

Historia del El-Kuz, cuarto hermano del barbero



Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz, El Assuaní, o el botijo irrompible, ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de larga cola. Y sabía a quién vender la carne buena y a quién despachar la mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus carneros; de modo que en poco tiempo llegó a ser muy rico y propietario de grandes rebaños y hermosas fincas.
Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga barba blanca, que le dió dinero y le dijo: "¡Corta carne buena!" Y mi hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo al anciano, que se fué.
Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura deslumbradora. Y se apresuró a guardarlas aparte en una caja especial, pensando: "He aquí unas monedas que me van a dar buena sombra".
Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué todos los días a casa de mi hermano, entregándole monedas de plata completamente nuevas a cambio de carne fresca y de buena calidad. Y todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de este modo, a fin de comprar unos hermosos carneros, y especialmente unos cuantos moruecos para enseñarles a luchar unos con otros, ejercicio muy gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco. Entonces empezó a darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y a lamentarse a gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeúntes, a quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera explicarse la desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y diciendo: "¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique para que le pueda arrancar las barbas y el turbante con mis propias, manos!"
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apareció el jeique. Y el jeique -atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: "¡Oh musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!" Pero el jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi hermano le dijo de modo que sólo pudiera oírle él: "¿Qué prefieres, callar o que te comprometa delante de todos? Y te advierto que tu afrenta ha de ser más terrible que la que quieres causarme".
Pero El-Kuz contestó: "¿Qué afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas a comprometer? Y el jeique dijo: "Demostraré que vendes carne humana en vez de carnero". Y mi hermano repuso: "¡Mientes, oh mil veces embustero y mil veces maldito!" Y el jeique dijo: "El embustero y el maldito es quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un carnero".
Mi hermano protestó violentamente, y dijo: "¡Perro, hijo de perro! Si pruebas semejante cosa, te entregaré mi sangre y mis bienes". Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo a voces: "¡Oh vosotros todos, amigos míos! ¿veis a este carnicero? Pues hasta hoy nos ha estado engañando a todos, infringiendo los preceptos de nuestro Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día a un hijo de Adán y nos vende su carne por carne de carnero, Y para convenceros de que digo la verdad, entrad a registrar la tienda".
Entonces surgió un clamor, y la muchedumbre se precipitó en la tienda de mi hermano El-Kuz, tomándola por asalto. Y a la vista de todos apareció colgado de un gancho el cadáver de un hombre, de sollado, preparado y destripado. Y en el tablón de las cabezas de carnero había tres cabezas humanas, desolladas, limpias, y cocidas al horno, para la venta.
Al ver esto, todos los presentes se lanzaron sobre mi hermano, gritando: "¡Impío, sacrílego, asesino!" Y la emprendieron con él a palos y latigazos. Y los más encarnizados contra él y los que más cruelmente le pegaban eran sus parroquianos más antiguos y sus mejores amigos. Y el viejo jeique le dió tan violento puñetazo en un ojo, que se lo saltó sin remedio.
Después cogieron el supuesto cadáver degollado, ataron a mi hermano El-Kuz, y todo el mundo, precedido del jeique, se presentó delante del ejecutor de la ley. Y el jeique le dijo: "¡Oh Emir! He aquí que te traemos, para que pague sus crímenes, a este hombremque desde hace mucho tiempo degüella a sus semejantes y vende su carne como si fuese de carnero.
No tienes más que dictar sentencia y dar cumplimiento a la justicia de Alah, pues he aquí a todos los testigos". Y esto fué todo lo que pasó. Porque el jeique de la blanca barba era un brujo que tenía el poder de aparentar cosas que no lo eran realmente.
En cuanto a mi hermano El-Kuz, por más que se defendió, no quiso oírle el juez, y lo sentenció a recibir quinientos palos. Y le confiscaron todos sus bienes y propiedades, no siendo poca su suerte con ser tan rico, pues de otro modo le habrían condenado a muerte sin remedio. Y además le condenaron a ser desterrado.
Así, mi hermano, con un ojo menos, con la espalda llena de golpes y medio muerto, salió de Bagdad camino adelante y sin saber adónde dirigirse, hasta que llegó a una ciudad lejana, desconocida para él, y allí se detuvo, decidido a establecerse en aquella ciudad y ejercer el oficio de remendón, que apenas si necesita otro capital que unas manos hábiles.
Fijó, pues, su puesto en un esquinazo de dos calles, y se puso a trabajar para ganarse la vida. Pero un día que estaba poniendo una pieza nueva a una babucha vieja oyó relinchos de caballos y el estrépito de una carrera de jinetes. Y preguntó el motivo de aquel tumulto, y le dijeron: "Es el rey, que sale de caza con galgos, acompañado de toda la corte".
Entonces mi hermano El-Kuz dejó un momento la aguja y el martillo y se levantó para ver cómo pasaba la comitiva regia. Y mientras estaba de pie, meditando sobre su pasado y su presente y sobre las circunstancias que le habían convertido de famoso carnicero en el último de los remendones, pasó el rey al frente de su maravilloso séquito, y dió la casualidad que la mirada del rey se fijase en el ojo hueco de mi hermano El-Kuz.
Al verlo, el rey palideció, y dijo: "¡Guárdeme Alah de las desgracias de este día maldito y de mal agüero!" Y dió vuelta inmediatamente a las bridas de su yegua y desanduvo el camino, acompañado de su séquito y de sus soldados. Pero al mismo tiempo mandó a sus siervos que se apoderaran de mi hermano y le administrasen el consabido castigo. Y los esclavos, precipitándose sobre mi hermano El-Kuz, le dieron tan tremenda paliza, que lo dejaron por muerto en medio de la calle.
Cuando se marcharon se levantó El-Kuz y se volvió penosamente a su puesto debajo del toldo que le resguardaba, y allí se echó completamente molido. Pero entonces pasó un individuo del séquito del rey que venía rezagado. Y mi hermano El-Kuz le rogó que se detuviese, le contó el trato que acababa de sufrir y le pidió que le dijera el motivo. El hombre se echó a reír a carcajadas, y le contestó: "Sabe, hermano, que nuestro rey no puede tolerar ningún tuerto, sobre todo si el tuerto lo es del ojo derecho. Porque cree que ha de traerle desgracia. Y siempre manda matar al tuerto sin remisión. Así es que me sorprende mucho que todavía estés vivo".
Mi hermano no quiso oír más. Recogió sus herramientas, y aprovechando las pocas fuerzas que le quedaban, emprendió la fuga y no se detuvo hasta salir de la ciudad. Y siguió andando hasta llegar a otra población muy lejana que no tenía rey ni tirano.
Residió mucho tiempo en aquella ciudad, cuidando de no exhibirse, pero un día salió a respirar aire puro y a darse un paseo. Y de pronto oyó detrás de él relinchar dé caballos, y recordando su última desventura, escapó lo más a prisa que pudo, buscando un rincón en que esconderse, pero no lo encontró. Y delante de él vió una puerta, y empujó la puerta y se encontró en un pasillo largo y oscuro, y allí se escondió. Pero apenas se había ocultado aparecieron dos hombres, que se apoderaron de él, le encadenaron, y dijeron: "¡Loor a Alah, que ha permitido que te atrapásemos, enemigo de Alah y de los hombres! Tres días y tres noches llevamos buscándote sin descanso. Y nos has hecho pasar amarguras de muerte". Pero mi hermano dijo: "¡Oh señores! ¿A quién os referís? ¿De qué órdenes habláis?" Y le contestaron: "¿No te ha bastado con haber reducido a la indigencia a todos tus amigos y al amo de esta casa? ¡Y aun nos querías asesinar! ¿Dónde está el cuchillo con que nos amenazabas ayer?"
Y se pusieron a registrarle, encontrándole el cuchillo con que cortaba el cuero para las suelas. Entonces lo arrojaron al suelo, y le iban a degollar, cuando mi hermano exclamó: "Escuchad, buena gente: no soy ni un ladrón ni un asesino, pero puedo contaros una historia sorprendente, y es mi propia historia. Y ellos, sin hacerle caso, le pisotearon, le golpearon y le destrozaron la ropa. Y al desgarrarle la ropa vieron en su espalda desnuda las cicatrices de los latigazos que había recibido en otro tiempo. Y exclamaron: "¡Oh miserable! He aquí unas cicatrices que prueban todos tus crímenes pasados". Y en seguida lo llevaron a presencia del walí, y mi hermano, pensando en todas sus desdichas, se decía: "¡Oh, cuán grandes serán mis pecados, cuando así los expío siendo inocente de cuanto me achacan! Pero no tengo más esperanza que en Alah el Altísimo".
Y cuando estuvo en presencia del walí, el walí lo miró airadísimo y le dijo: "Miserable desvengozado; los latigazos con que marcaron tu cuerpo son una prueba sobrada de todas tus anteriores y presentes fechorías". Y dispuso que le dieran cien palos. Y después lo subieron y ataron a un camello y le pasearon por toda la ciudad, mientras el pregonero gritaba: "He aquí el castigo de quien se mete en casa ajena con intenciones criminales".
Pero entonces supe todas estas desventuras de mi desgraciado hermano. Me dirigí en seguida en su busca, y lo encontré precisamente cuando lo bajaban desmayado del camello. Y entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! cumplí mi deber de traérmelo secretamente a Bagdad, y le he señalado una pensión para que coma y beba tranquilamente hasta el fin de sus días.Tal es la historia del desdichado El-Kuz.
En cuanto a mi quinto hermano, su aventura es aún más extraordinaria, y te probará ¡oh Príncipe de los Creyentes! que soy el más cuerdo y el más prudente de mis hermanos".

Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero



Este hermano mío, ¡oh Emir de los Creyentes! fué precisamente aquel a quien cortaron la nariz y las orejas. Le llaman El-Aschar porque ostenta un vientre voluminoso como una camella preñada, y también por su semejanza con un caldero grande. Y es muy perezoso durante el día, pero de noche desempeña cualquier comisión, procurándose dinero por toda suerte de medios ilícitos y extraños.
Al morir nuestro padre heredamos cien dracmas de plata cada uno. El-Aschar cogió los cien dracmas que le correspondían, pero no sabía en qué emplearlos. Y se decidió por último a comprar cristalería para venderla al por menor, prefiriendo este oficio a cualquier otro porque no le obligaba a moverse mucho.
Se convirtió, pues, en vendedor de cristalería, para lo cual compró un canasto grande, en el que puso sus géneros, buscó una esquina frecuentada y se instaló tranquilamente en ella, apoyada la espalda contra la pared y delante el canasto, pregonando su mercadería de esta suerte:
"¡Oh cristal! ¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal, oh cristal!"
Pero más tiempo se lo pasaba callado. Y entonces, apoyando con mayor firmeza la espalda contra la pared, empezaba a soñar despierto. Y he aquí lo que soñaba un viernes, en el momento de la oración:
"Acabo de emplear todo mi capital, o sean cien dracmas, en la compra de cristalería. Es seguro que lograré venderla en doscientos dracmas. Con estos doscientos dracmas compraré otra vez cristalería y la venderé en cuatrocientos dracmas. Y seguiré vendiendo y comprando hasta que me vea dueño de un gran capital. Entonces compraré toda clase de mercancías, drogas y perfumes, y no dejaré de vender hasta que haya hecho grandísimas ganancias.
Así podré adquirir un gran palacio y tener esclavos, y tener caballos con sillas y gualdrapas de brocado y de oro. Y comeré y beberé soberbiamente, y no habrá cantora en la ciudad a la que no invite a cantar en mi casa. Y luego me concertaré con las casamenteras más expertas de Bagdad, para que me busquen novia que sea hija de un rey o de un visir. Y no transcurrirá mucho tiempo sin que me case, ya que no con otra; con la hija del gran visir, porque es una joven hermosísima y llena de perfecciones. De modo que le señalaré una dote de mil dinares de oro. Y no es de esperar que su padre el gran visir vaya a oponerse a esta boda; pero si no la consintiese, le arrebataría a su hija y me la llevaría a mi palacio. Y compraré diez pajecillos para mi servicio particular. Y me mandaré hacer ropa regia, como la que llevan los sultanes y los emires, y encargaré al joyero más hábil que me haga una silla de montar toda de oro, con incrustaciones de perlas y pedrería. Y montado en el corcel más hermoso de los corceles, que compraré a los beduínos del desierto o mandaré traer de la tribu de Anezi, me pasearé por la ciudad precedido de numerosos esclavos y otros detrás y alrededor de mí; y de este modo llegaré al palacio del gran visir. Y el gran visir cuando me vea se levantará en honor mío, y me cederá su sitio, quedándose de pie algo más abajo que yo, y se tendrá por muy honrado con ser mi suegro. Y conmigo irán dos esclavos, cada uno con una gran bolsa. Y en cada bolsa habrá mil dinares. Una de las bolsas se la daré al gran visir como dote de su hija, y la otra se la regalaré como muestra de mi generosidad y munificencia y para que vea también cuán por encima estoy de todo lo de este mundo. Y volveré solemnemente a mi casa, y cuando mi novia me envíe a una persona con algún recado, llenaré de oro a esa persona y le regalaré telas preciosas y trajes magníficos. Y si el visir llega a mandarme algún regalo de boda, no lo aceptaré, y se lo devolveré, aunque sea un regalo de gran valor, y todo esto para demostrarle que tengo gran altura de espíritu y soy incapaz de la menor falta de delicadeza. Y señalaré después el día de mi boda y todos los pormenores, disponiendo que nada se escatime en cuanto al banquete ni respecto al número y calidad de músicos, cantoras y danzarinas. Y prepararé mi palacio tendiendo alfombras por todas partes, cubriré el suelo de flores desde la entrada hasta la sala del festín, y mandaré regar el pavimento con esencias y agua de rosas.
La noche de bodas me pondré el traje más lujoso, me sentaré en un trono colocado en un magnífico estrado, tapizado de seda con bordados de flores y pájaros. Y mientras mi mujer se pasee por el salón con todas sus preseas, más resplandeciente que la luna llena del mes de Ramadán, yo permaneceré muy serio, sin mirarla siquiera ni volver la cabeza a ningún lado, probando con todo esto la entereza de mi carácter y mi cordura.
Y cuando me presenten a mi esposa, deliciosamente perfumada y con toda la frescura de su belleza, yo no me moveré tampoco. Y seguiré impasible, hasta que todas las damas se me acerquen y digan: "¡Oh señor, corona de nuestra cabeza! aquí tienes a tu esposa, que se pone respetuosamente entre tus manos y aguarda que la favorezcas con una mirada. Y he aquí que, habiéndose fatigado al estar de pie tanto tiempo, sólo espera tus órdenes para sentarse". Y yo no diré tampoco ni una palabra, haciendo desear más mi respuesta. Y entonces todas las damas y todos los invitados se presentarán y besarán la tierra muchas veces ante mi grandeza. Y hasta entonces no consentiré en bajar la vista para dirigir una mirada a mi mujer, pero sólo una mirada, porque volveré en seguida a levantar los ojos y recobraré mi aspecto lleno de dignidad. Y las doncellas se llevarán a mi mujer, y yo me levantaré para cambiar de ropa y ponerme otra mucho más rica. Y volverán a llevarme por segunda vez a la recién casada con otros trajes y otros adornos, bajo el hacinamiento de las alhajas, el oro y la pedrería y perfumada con nuevos perfumes más gratos todavía. Y cuando me hayan rogado muchas veces, volveré a mírar a mi mujer, pero en seguida levantaré los ojos para no verla más. Y guardaré esta prodigiosa compostura hasta que terminen por completo todas las ceremonias.
Pero en este momento de su relato, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, no quiso abusar más aquella noche del permiso otorgado.

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