Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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5.4.1 Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad


Hace parte de:

5 Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas (de la noche 24 a la 32)
       5.1 Relato del corredor nazareno  (025 – 026)
              5.1.1 Historia del mercader manco (025 – 026)
       5.2 Relato del intendente del rey de la China (027 – 027)
       5.3 Relato del médico judío (027 – 028)
       5.4 Relato del sastre (028 – 032)
              5.4.1 Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad (028 – 030)
              5.4.2 Historia del barbero de Bagdad y sus seis hermanos (030 – 032)
                     5.4.2.1 Historia de Backbuck, primer hermano del barbero (030 -030)
                     5.4.2.2 Historia de El-Haddar, segundo hermano del barbero (030 – 031)
                     5.4.2.3 Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.4 Historia del El-Kuz, cuarto hermano del barbero (031 – 031)
                     5.4.2.5 Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero (031 – 032)
                     5.4.2.6 Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero (032 – 032)






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Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad
(Contada por el cojo y repetida por el sastre)


"Sabed, oh, todos los aquí presentes, que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fui su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, llevaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando a todos sus servidores y a toda la familia, y murió en la misericordia de Alah, a quien fué a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujeres de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear nada más.
Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. Enseguida, para librarme de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a descansar.
Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una celosía, y apareció en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana. ¡Oh, mis señores! He de deciros que al ver a esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon más que de aquella joven, y todo mi pasado horror a las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraídamente a la izquierda, y luego a la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.
Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.
Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi alrededor y empezaron a importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.
Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho y empezó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó atentamente, y pidió a mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: "Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito que me dés pormenores". Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: "Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad, y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho a esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas más que por mi mediación.
¡Anímate, pues, y ten alientos!"
Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con la hija del kadí de Bagdad.
Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: "Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar como mereces". Entonces, hijo mío, ya no dije nada, pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.
Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.
Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a mi casa a los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: "Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!" Y al oírla sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y le dije en seguida a la anciana: "Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio". Entonces ella me dijo: "Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vió triste y abatida, y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: "¡Oh, mísera! ¿Por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?" Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: "¡Oh, hija mía y señora! ¿No recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien: hoy está por morirse por culpa tuya". Y ella, con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: "¿Pero quién es ese joven de quien me hablas?" Y yo le dije: "Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver a ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya esperanza de salvación para él". A estas palabras palideció la joven, y me dijo: "¿Y todo eso por causa mía?" Yo le contesté: "¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos". Y la muchacha dijo: "Vé en seguida a su casa y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me da mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que venga a casa, y yo diré a mi gente que le abran la puerta, le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes que mi padre vuelva de la oración".
Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que la aceptase. Y la vieja me dijo: "Ahora reanima tu corazón v ponte alegre". Y yo le contesté: "En verdad que se acabó mi mal". Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.
Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la anciana me dijo: "Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te sienta".
Y yo respondí: "Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un barbero para que me afeite la cabeza y después iré a bañarme al hammam".
Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un barbero, y le dije: "Vé en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabra y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen en su mayor parte los de su profesión". Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.
Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh, mis señores!
Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su saludo de paz. Y me dijo: "¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!" Y contesté: "¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!" Y prosiguió: "He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡ah, mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afeitarte o sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: "El que se corta el pelo el día del viernes, alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades". Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: "Pero el que se sangra en viernes o hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone a perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermedades". Entonces le contesté: "¡Oh, jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar, ni aguardar mucho".
Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacia, las navajas y las tijeras; lo abrió y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: "Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la Hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan a él la paz y las mejores bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aun podría contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo callarlas".
Yo contesté: "¡Por Alah! Me ahogas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sabes más que vaticinar cosas desagradables. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos". Y el barbero replicó: ¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra,. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh, mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Alah que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido más que servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de reconocer, a pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia".
A estas palabras le respondí: "Eres un verdadero asesino, que te has propuesto volverme loco y matarme de impaciencia".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGO LA 29ª NOCHE

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el joven dijo al barbero: "Vas a volverme loco y a matarme de impaciencia", el barbero respondió:
"Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor!, que soy un hombre a quien todo el mundo llama el Silencioso, a causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los conozcas te voy a decir sus nombres: el mayor se llama El-Bacbuk, o sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro cuando se vacía; el segundo, El-Haddar, o el que muge repetidas veces como un camello; el tercero, Bacbac, o el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz El-Assuaní, o el Botijo irrompible de Assuan; el quinto, El-Aschá, o la Camella preñada, o el Gran Caldero; el sexto, Schakalik, o el Tarro hendido, y el séptimo, El Samet, o el Silencioso; y este silencioso es tu servidor".
Cuando oí este flujo de palabras, sentí que la impaciencia me reventaba la vejiga de la hiel, y exclamé dirigiéndome a mis criados: "¡Dadle en seguida un cuarto de dinar a este hombre y que se largue de aquí! Porque renuncio en absoluto a afeitarme". Pero el barbero, apenas oyó esta orden, dijo: "¡Oh, mi señor! ¡Qué palabras tan duras acabo de escuchar de tus labios! Porque ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor de servirte sin ninguna retribución, y he de servirte sin remedio, pues considero un deber el ponerme a tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que eres digno hijo de tu difunto padre. ¡Alah lo haya recibido en su misericordia! Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios de que me colmaba. Y era un hombre lleno de generosidad y de grandeza, y me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar, y era un día bendito como éste; y cuando llegué a su casa le encontré rodeado de muchos amigos, y a todos los dejó para venir a mi encuentro, y me dijo: "Te ruego que me sangres". Entonces saqué el astrolabio, medí la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálculos, y descubrí que la hora era nefasta, y que aquel día era muy peligrosa la operación de sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores a tu difunto padre, y tu padre se sometió dócilmente a mis palabras, y tuvo paciencia hasta que llegó la hora fausta y propicia para la operación. Entonces le hice una buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dió las gracias más expresivas, y por si no fuese bastante, me las dieron también todos los presentes. Y para remunerarme por la sangría, me dió en el acto tu difunto padre cien dinares de oro".
Yo, al oír estas palabras, le dije: "¡Ojalá no haya tenido Alah compasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir a un barbero como tú!"
Y el barbero, al oírme, se echó a reír, meneando la cabeza, y exclamó: "¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah! ¡Bendito sea el nombre de Aquel que se transforma y no se transforma! Ahora bien, ¡oh, joven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo que la enfermedad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y te hace divagar. Por esto no me asombra, pues conozco las palabras santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro, en un versículo que empieza de este modo: "Los que reprimen su ira y perdonan a los hombres culpables..." De modo que me avengo a olvidar tu sinrazón para conmigo y olvidó también tus agravios, y de todo ello te disculpo.
Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y a fe que en esto seguía el proverbio que dice: "¡El hombre que pide consejo, se resguarda". Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como este tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios.
Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo a servirte. Pero dime, ¿cómo es que tú no me aburres, y en cambio te veo fastidiado y tan furioso? Verdad es que si tengo tanta paciencia contigo, es sólo por respeto a la memoria de tu padre, a quien soy deudor de muchos beneficios". Entonces le repliqué: "¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandado llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida".

PERO CUANDO LLEGO LA 30ª NOCHE

Ella dijo:
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, les dijo: "¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo lo mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?" Entonces el barbero exclamó: "Tú eres quien ha matado a palos a mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos".
Y el kadí contestó:
"¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?" Y el barbero dijo: "Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado a palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy a obligar ahora mismo a que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente a nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo, sano y salvo, a mí y a sus parientes. Si no, me obligarás a entrar a viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, a entregárnoslo".
Al oír estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: "Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques a tu amo por donde quieras, y lo libertes". Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.
Y yo, que asistía a todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa o no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré a esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.
Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar a derecha e izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo puso a la cabeza y buscó a escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse a echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron a recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía a gritos: "¡Oh buenas gentes! ¡Gracias a Alah que he encontrado a mi amo!" Después, sin dejar de correr detrás de mí me dijo: "¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender a mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eras hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!" Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad a no ser por la muerte, me paré y le dije: "¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?"
Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí a ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.
El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver a mi casa por miedo a que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.
Pero por la gracia de Alah mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba a mis parientes el resto de mi fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí a una persona de confianza para que administrase todo aquello, encargándole que tratase bien a todos los míos, grandes y pequeños. Para perder de vista definitivamente a este barbero maldito, decidí salir de Bagdad y marcharme a cualquiera otra parte donde no corriese el riesgo de encontrarme cara a cara con mi enemigo.
Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué a este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete a que me habéis invitado.
Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ! y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, a quien Alah confunda, a él, a su familia y a toda su descendencia!"
Cuando aquel joven -prosiguió el sastre, hablando al rey de la China- acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.
Y diciendo esto, me levanté furioso, y quise echarle y alejarme de allí, a pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: "En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que tu inteligencia no es muy poderosa, y que, además, eres todavía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aun te llevaba yo a caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo a la escuela, a la cual no querías ir". Y le contesté: "¡Vamos, hermano, te conjuro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme a mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!" Y al pronunciar estas palabras, me dió tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras, y empecé a dar gritos inarticulados como un loco.
Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió a coger la navaja y a pasarla por la correa que llevaba a la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve a punto de que me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse a mi cabeza, y empezó a afeitarme por un lado, y efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: "¡Oh, joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán". Y me recitó estas estrofas:
¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!
¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!
¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!
¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!
Después me dijo: "¡Oh, mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y, sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse a mí, o a alguien que se me pareciese, el poeta que habló de este modo:
¿Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el barbero es la perla más hermosa del collar!
¡Supera en sabiduría y grandeza de alma a los más sabios y a los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!
Y replicando a tanta palabrería, le dije: "¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí o no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el cerebro". Y entonces exclamó: "Voy sospechando que tienes prisa de que acabe". Y le dije: "¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Y sí que la tengo!" Y él insistió: "Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fracaso.
Además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las bendiciones y la paz!) ha dicho: "Lo más hermoso del mundo es lo que se hace con lentitud y madurez". Pero lo que acabas de decirme excita grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga a apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti, que será una causa agradable, pues me causaría mucho sentimiento que fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas". Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas. Después, volviéndose hacia mí, me dijo: "Si tu impaciencia es sólo por asistir a la oración, puedes aguardar tranquilamente, pues sabe que en realidad aun nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco en mis cálculos". Y yo contesté: "¡Por Alah! ¡Ahórrame estos discursos, pues me tienes con el hígado hecho trizas!"
Entonces cogió la navaja, y volvió a suavizarla como lo había hecho antes, y reanudó la operación de afeitarme poco a poco, pero no podía dejar de hablar, y prosiguió: "Mucho siento tu impaciencia, y si quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación; y nunca emprendía nada sin oír mi parecer". Entonces hube de convencerme que para librarme del barbero, no me quedaba otro recurso que inventar algo para justificar mi impaciencia, pues pensé: "He aquí que se aproxima la hora de la plegaria, y si no me apresuro a marchar a casa de la joven, se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas, y entonces todo lo habré perdido". Dije, pues, al barbero: "Abrevia de una vez y déjate de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas en saberlo, te diré que tengo que ir a casa de un amigo que acaba de enviarme una invitación urgente, convidándome a un festín".
Pero cuando oyó hablar de convite y festín, el barbero dijo: "¡Que Alah te bendiga y te llene de prosperidades! Porque precisamente me haces recordar que he convidado a comer en mi casa a varios amigos, y se me ha olvidado prepararles comida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado tarde".
Entonces le dije: "No te preocupe ese retraso, que lo voy a remediar en seguida. Ya que no como en mi casa por haberme convidado a un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas tenía dispuestos, pero con la condición de que termines en seguida tu negocio y acabes a escape de afeitarme la cabeza". Y el barbero contestó: "¡Ojalá Alah te colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh, mi señor! ten la bondad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas con que va a obsequiarme, tu generoso desprendimiento, para que yo las conozca". Y le dije: "Tengo a tu disposición cinco marmitas llenas de cosas excelentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada, arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Además, diez pollos asados y un carnero a la parrilla. Después, dos grandes bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, quesos, dulces y miel. Y frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles frescos y otras muchas más". Entonces me dijo: "Manda traer todo eso aquí para verlo". Y yo mandé que lo trajesen, y lo fué examinando y lo probó todo, y me dijo: "¡Grande es tu generosidad; pero faltan las bebidas!" Y yo contesté: "También las tengo". Y replicó: "Di que las traigan". Y mandé traer seis vasijas, llenas de seis clases de bebidas, y las probó una por una, y me dijo: "¡Alah te provea de todas sus gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y el benjuí, y los perfumes para quemar en la sala, y el agua de rosas y la de azahar para rociar a mis huéspedes". Entonces mandé traer un cofrecillo lleno de ámbar gris, madera de áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí, que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el tiempo se acortaba tanto como se me oprimía el corazón, dije al barbero: "Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de Mohamed (¡sean con El la oración y la paz de Alah!)"
Y el barbero dijo entonces: "¡Por Alah ! No cogeré este cofrecillo sin haberlo abierto a fin de saber su contenido". Y no hubo más remedio que llamar a un criado para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó a sacar todos los perfumes, incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez que el alma se me salía del cuerpo. Después se levantó, me dió las gracias, cogió la navaja y volvió a reanudar la operación de afeitarme la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nuevo y me dijo:
"¡Por Alah! ¡Oh, hijo de mi vida! ¡No sé a cuál de los dos alabar y bendecir hoy más extremadamente, si a ti o a tu difunto padre! Porque en realidad, el festín que voy a dar en mi casa se debe por completo a tu iniciativa generosa y a tus magnánimos donativos. Pero, ¿te lo diré? Permíteme que te haga esta confianza: Mis convidados son personas poco dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios, pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los enumere: en primer lugar, el admirable Zeitún, el que da masajes en el hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, vendedor de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y finalmente, Hakaresch, vendedor de leche cuajada.
Todos estos amigos a quienes he invitado, no son, ni con mucho, de esos charlatanes, curiosos e indiscretos, sino gente muy festiva, a cuyo lado no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase alguna, voy a bailar y cantar cada danza y cada canción.
Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún, el del hammam. ¿Qué te ha parecido? Y en cuanto a su canción, es ésta:
¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!¡La quiero apasionadamente, y ella me ama lo mismo! ¡Y me quiere tanto, que apenas me alejo un instante, la veo acudir y echarse en mi cama!
¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!
Pero, ¡oh, hijo de mi vida! -prosiguió el barbero- he aquí ahora la danza de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su alegría y cuánta es su ciencia! Y escucha la canción:
¡Mi mujer es avara, y si le hiciese caso me moriría de hambre!
¡Mi mujer es fea, y si le hiciese caso estaría siempre encerrado en mi casa!
¡Mi mujer esconde el pan en la alacena! ¡Pero si no como pan y sigue siendo tan fea que haría correr a un negro de narices aplastadas, tendré que acabar por castrarme!
Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus canciones. Y luego me dijo: "Eso es lo que saben hacer mis amigos. De modo que si quieres reírte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo y placer para todos, que vengas a mi casa, para estar en nuestra compañía y dejes a esos amigos a quienes me has dicho que tenías intención de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que te precavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna persona indiscreta, de esas aficionadas a la palabrería, o cualquier charlatán sempiterno, curioso e importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave que la primera vez".
Entonces dije: "Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será". Y él contestó: "Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir a mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás según dice el poeta:
¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa! ¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios a tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!
Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme a reír, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: "Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve a buscar a tus amigos, que a estas horas te estarán aguardando". Y el barbero repuso: "Pero, ¿por qué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que vengas a conocer a mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aun podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para siempre a tus actuales amigos".
Y yo dije: "¡Aumente Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré a un banquete que daré para ellos".
Entonces este maldito barbero me dijo: "Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía a la compañía de los míos, pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes a que lleve a mi casa estas provisiones que debo a tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarme si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que hoy no cuenten conmigo ni guarden mi regreso. Y en seguida vendré a buscarte, para ir contigo adonde quieras ir". Entonces exclamé: "¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh, ser humano! vete a buscar a tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que a esta hora precisamente esperan mi llegada". Y el barbero dijo: "¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo". Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: "Sabe, en fin, que al sitio donde voy no puedo ir más que solo". Y él dijo: "¡Entonces ya comprendo! es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma, seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta a esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas cosas. Y dicen que no tiene zib ni compañones, y por odio y por envidia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras".
Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: "¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas a acabar de una vez con esa infame manía de hablar?" Y el barbero consintió en callar un rato, y cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y a todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: "Ve a casa de tus amigos a llevarles esos manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme a esa cita". E insistí mucho, a fin de convencerle. Y entonces me dijo: "Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, a que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué para tu aventura". Yo le dije: "Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver".
Entonces el barbero me rogó que le ayudara a echarse a cuesta todo lo que le había regalado, y a ponerse encima de la cabeza las dos grandes bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vió fuera el maldito, cuando llamó a dos ganapanes, les entregó la carga, les mandó que la llevasen a su casa, y se emboscó en una calleja, acechando mi salida.
En cuanto a mí, apenas desapareció el barbero, me lavé lo más de prisa posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí la voz de los muezines, que llamaban a los creyentes a la oración aquel santo día de viernes:
¡Bismillahi'rramani'rrahim! ¡En nombre de Alah, el Clemente sin límites, el Misericordioso!
¡Loor a Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordioso! ¡Supremo soberano, Árbitro absoluto el día de la Retribución! ¡A ti adoramos, tú socorro imploramos!
¡Dirígenos por el camino recto, por el camino de aquellos a quienes colmaste de beneficios,
Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de los que se han extraviado!
Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente a la de la joven. Y cuando llegué a la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi al maldito barbero a la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en seguida. Y vi en el patio a la vieja que me guió al piso alto, donde estaba la joven.
Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle.
Era el kadí que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que además siempre se encontraría medio de ocultarme.
Pero, por mi desgracia, había dispuesto Alah que ocurriera un incidente, cuyas consecuencias no pudieron serme más fatales. Se dió coincidencia de que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso apalearla, y debía pegarle muy recio, porque la esclava empezó a dar alaridos. Y entonces uno de los negros de la casa intercedió por ella, pero, enfurecido el kadí, le dió también de palos, y el negro empezó gritar. Y se armó tal tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó a lamentarse, y se desgarró la ropa, cubrió de polvo la cabeza y pedía socorro a los transeúntes que empezaban a reunirse a su alrededor. Y llorando decía: "¡Acaban de asesinar a mi amo en la casa del kadí!" Después, siempre chillando, corrió a mi casa seguida de la multitud, y avisó a mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutuamente. Y llegaron todos, con el barbero a la cabeza. Y el barbero seguía destrozándose la ropa y gritando a voz en cuello delante de la puerta del kadí junto adonde yo estaba.
Y cuando el kadí oyó este tumulto, miró por una ventana y vió a todos aquellos energúmenos que golpeaban su puerta con los palos. Entonces, juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y preguntó: "¿Qué pasa, buena gente?" Y mis criados le dijeron: "¿Eres tú quien ha matado a nuestro amo?" Y él repuso: "¿Pero quién es vuestro amo, y qué ha hecho para que yo lo mate?"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


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