Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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4.0 P3 Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihan (tercera parte de tres)





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Pero cuando llegó la 22ª noche


Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la historia al califa Harún Al-Raschid:
"El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo horrible, y no se atrevía a contestar. Entonces, muy enfurecido el visir, le increpó: "¡Respóndeme, jorobado maldito, o te atravieso con este alfanje!" Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: "¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido sin moverme de aquí en toda la noche". Al oírle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: "¿Pero, qué estás diciendo?" No soy ningún efrit, sino el padre de la novia". Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces: "Pues márchate de aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas. Además; te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos, los asnos y los efrits.
¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!" Y el visir le dijo: "¿Pero estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar". Entonces el jorobado replicó: "Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit.
Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?"
El visir, cada vez más perplejo, contestó: "¿Pero qué efrit es ese del cual hablas?" Y entonces el jorobado contó su historia, su ida al retrete para hacer sus necesidades antes de entrar en el cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata, gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato rompió a llorar.
Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los pies le sacó del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: "¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante de los búfalos!" Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit, echó a correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin atreverse a volver la cara. Y llegó al palacio, y fué a ver al sultán, y le explicó su aventura con el efrit.
En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn y le dijo: "Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclárame lo sucedido". Entonces, Sett El-Hosn le dijo: "Sabe, ¡oh padre mío! que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo seguramente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar".
A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, sacó el turbante, y le dió vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: "¡Es un turbante como el de los visires de Bassra y de Mussul!" Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró a guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado a Hassan Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente: "Yo, comerciante, de Bassra, declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassan Badreddin, hijo del visir Nureddin (a quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera nave que arribe a Bassra". Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado.
Cuando volvió en sí, se apresuró a abrir el pliego que había encontrado en el turbante, e inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó a llorar y a lamentarse, diciendo: "¡Pobre hermano mío! ¡pobre hermano mío!"
Y cuando se hubo calmado un poco exclamó: "¡Alah es Todopoderoso!" Y dijo a Sett El-Hosn: "¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel a quien te has entregado esta noche? Pues es Hassan Badreddin, mi sobrino, el hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote: "¡Alah sea loado!" Después recitó estas dos estrofas:
¡Vuelvo a encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo!
¡Y al recordar la mansión de la dicha, derramo todas las lágrimas de mis ojos!
Y pregunto, y grito, sin lograr respuesta: ¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!"
En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró relatada toda la vida de Nureddin, y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El-Hosn. Y vió que estas fechas concordaban perfectamente.
Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró a ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se asombró también de tal modo, que mandó a los escribas de palacio redactasen tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en el archivo.
En cuanto al visir Chamseddin, marchó a su casa y esperó en compañía de su hija el regreso de su sobrino Hassan Badreddin. Pero acabó por darse cuenta de que Hassan había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: "¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordinaria es esta aventura! No he conocido otra semejante ..."
Al llegar a este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta interrumpió su relato, para no cansar al sultán Schahriar, rey de las islas de la India y de la China.


Pero cuando llegó la 23ª noche


Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Raschid, prosiguió de este modo la historia que contaba al califa:
"Cuando el visir Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassan Badreddin había desaparecido, se dijo: "Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino Hassan encuentre a su regreso esta vivienda igual que la ha dejado". Y el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma: Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro", y así sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo a su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, e hizo con todo ello un paquete, que guardó con el mismo esmero.
En cuanto a Sett El-Hosn, la hija del visir, quedó preñada efectivamente la primera noche de bodas, y a los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía a su padre en todo, en lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después le cortaron el cordón umbilical, y lo confiaron a las criadas y a la nodriza. Y por su hermosura sorprendente se le llamó Agib (esto es: Maravilloso).
Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, a cumplir los siete de su edad, su abuelo, el visir Chamseddin, le mandó a la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo mucho a este maestro. Y Agib, acompañado diariamente del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba a la escuela para regresar a su casa al mediodía y al anochecer. Y así fué a la escuela durante cinco años, hasta cumplir los doce. Pero a todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar a Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: "¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre es el visir de Egipto". Al fin se reunieron los niños y fueron a quejarse al maestro contra la conducta de Agib. Y el maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse a despedirle, por ser quien era, dijo a los otros niños:
"Os voy a indicar una cosa que en cuanto se la digáis le impedirá volver a la escuela. Mañana a la hora del recreo os reuniréis todos en torno a Agib y os diréis los unos a los otros: "¡Por Alah! ¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros".
Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado a la escuela, todos los niños se reunieron a su alrededor, y uno de ellos dijo: "¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir su nombre y los de sus padres. ¡Empecemos, uno a uno!" Y les guiñó el ojo.
Entonces avanzó uno de los niños y dijo: "Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin". Y otro dijo: "Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá". Y el tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma". Cuando le tocó el turno a Agib, dijo orgullosamente: "Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto".
Pero todos los niños replicaron: "¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!" Y Agib gritó enfurecido: "¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre!" Pero los niños comenzaron a reírse y a palmotear, y le volvieron la espalda, gritando: "Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros!" Y los niños se desbandaron, riendo a carcajadas.
Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: "Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado a Sett El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado a él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como a hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe pues, que el visir Chamseddin no es más que tu abuelo, y que a tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto".
Después de oír al maestro de escuela, Agib salió corriendo a casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó a consolarle, y viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima y le dijo: "¡Hijo mío, cuéntale a tu madre la causa de tu pena!" Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: "Dime, madre, ¿quién es mi padre?" Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo: "¡Pues el visir!" Y Agib le contestó, ahogado por el llanto: "¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo". Y Agib le repitió a su madre las palabras del maestro de escuela.
Entonces, al recordar a su primo y marido, la hermosa Sett ElHosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassan Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estas estrofas:
¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!
¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la paciencia!
¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!
¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;
Que no pasa un día que mi deseo me empuje hacia él y palpite mi corazón con el dolor de su ausencia!
¡Por eso su imagen se alza frente a mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!
¡Oh! ¡ su imagen amada es siempre lo primero que se presenta a mis ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!
Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: "Hijos míos, ¿por qué lloráis así?" Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla, se acordó de todas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su sobrino Hassan Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fue muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassan Badreddin.
Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encontrar y traerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.
Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección a Damasco, y por fin llegaron sin dificultades a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el Meidán de Asba, donde armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:
¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!
¡La noche cubre amorosamente a Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!
¡El rocío en las ramas de. estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a merced de la brisa que las empuja!
¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas para la escritura!
La servidumbre del visir fué a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah (u Omníadas, dinastía de califas de Damasco) ,situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.
Agib marchó también a la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar a un camello, pues sabía la fama que tienen los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse a su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron a Agib, sin dejarle, a pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, a su paso, para contemplarle más tiempo y mejor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron a una pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta muchedumbre.
Y precisamente aquélla pastelería era la de Hassan Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó a Hassan, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassan estaba ocupado en preparar un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vió pararse a Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: "¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?" Y Hassan, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.
Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: "¡Said! Este pastelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerte, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade a su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pesquisas para encontrar a mi padre".
Pero Said, al oír a Agib, exclamó: "¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor a estas gentes que te siguen, y por eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!"
Y Hassan Badreddin se afectó muchísimo al oír al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: "¡Oh eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Por que tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres". Entonces el buen eunuco se echó a reír a carcajadas, y exclamó: "¿Es de verdad? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate a decírmelo!" En seguida Hassan le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:
¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!
¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza que los ángeles del cielo bajan a su vez para servirle!
Estos versos, eran, efectivamente, tan maravilloso y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassan, que el eunuco se conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano a Agib, entró con él en la tienda.
Entonces Hassan Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas perfumado todo deliciosamente, y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido, y exclamó: "¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!"
Agib, después de probar los primeros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: "Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos". Y Hassan Badreddin se apresuró a replicar: `Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?" Y Agib contestó: "¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca". Y Agib, al recordar su desgracia, rompió a llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.
Pero como apremiaba el tiempo, Hassan no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.
Y apenas se hubo marchado Agib, Hassan sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó a buen paso, para alcanzarles antes de que hubiesen transpuesto la puerta principal de la ciudad.
Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: "Pastelero, ¿por qué nos sigues?" Y Badreddin respondió: "Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he querido alcanzaros para que vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo".
Estas palabras indignaron profundamente al eunuco, que exclamó: "¡Parece que va a salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va a amargar! y he aquí que ahora nos seguirá a todas partes!" Entonces Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: "¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!" Y añadió después: "Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos". Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba a pocos pasos detrás de él.
En cuanto a Hassan, no dejó de seguirles hasta el Meidán de Hasba, donde estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole a pocos pasos detrás de ambos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo a su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido a Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió a mirar a Hassan, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos.
Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca; se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto a Hassan Badreddin, cayó al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó a reconvenirse de este modo: "¡Verdaderamente toda la culpa la tengo yo! He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir a ese hermoso muchacho, haciéndole creer que le acosaba con fines sospechosos". Y suspiró después: "¡Alah karim!" (Dios es generoso).
Luego regresó a la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno de dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Basara le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso a llorar, y para consolarse, recitó esta estrofa:
¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño! ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!
En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassan Badreddin, transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del Meidán, y continuando su viaje a Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó a Mardin, después a Mossul y luego a Diarbekir. Y llegó por último a la ciudad de Bassra.
Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró a presentarse al sultán de Bassra, que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Al oír el nombre de Nureddin exclamó el sultán: "Alah lo tenga en su gracia!" Y añadió: "Efectivamente, Nureddin fué mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassan Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto a saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, e hijos de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.
Esta noticia colmó de alegría a Chamseddin, que dijo: "¡Oh rey! ¡Quisiera ver a mi cuñada!" Y el rey lo consintió.
Chamseddin corrió a casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:
¡Oh! ¡Vuelva yo a la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!
¡Pero no es el amor a estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!
Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando a un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:
¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpago que brilla!
¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo trabaja en mí!! ¡Y nunca calma estos dolores!
¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡MI corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de este ausencia!
¡Oh! ¡Qué día. bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunirnos!
¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar otro amor!
Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar a aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassan Badreddin El Bassrauí.
Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.
Al llegar junto a la puerta, Chamseddin oyó a su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:
¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?
¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?
Entonces entró el visir Chamseddin, saludó a su cuñada con el mayor respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassan, su hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió a Agib. Después añadió: "Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija".
La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia a los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante a su cuñado el visir de Egipto, se levantó apresuradamente y se echó a los pies de Chamseddin, besándole, y recitó en honor suyo estas estrofas:
¡Por Alah! ¡Colma de beneficios a aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oírse!
¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!
El visir ordenó que buscasen en seguida a Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó a él llorando. Y Chamseddin le dijo: "¡Oh señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje a Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassan!" Y la abuela de Agib respondió: "Escucho y obedezco". Y en el mismo instante fué a disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.
Entonces el visir Chamseddin fué a despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de todo su séquito.
Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente a Damasco. Hicieron alto en la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: "Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto".
Y mientras el visir recibía a los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerles sus géneros, Agib dijo al eunuco: "Baba Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió a aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien".
Y el eunuco respondió: "Escucho y obedezco".
Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente.
Llegados a la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban a la mezquita de los Baní-Ommiah para la oración del asr.
Y precisamente en dicho momento estaba Hassan Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón: "¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras hace venir a saber de ti. ¿No me recuerdas?" Y apenas lo vió Hassan se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:
¡Pensé reconvenir a mi amante, pero en cuanto lo vi lo olvidé todo, pude dominar mi lengua ni mis ojos!
¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía pero no lo pude conseguir!
¡He aquí cómo después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mi me fue imposible leer ni una palabra!
Luego añadió: "¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez. Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte". Y Agib contestó: "¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos a pasar toda la semana en Damasco, a fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán". Entonces Badreddin exclamó: "¡Lo juro ante vosotros!" Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció en seguida una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: "Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito a nuestras pesquisas". Y Hassan se sintió muy feliz al sentarse frente a ellos. Pero no dejaba ni un instante de contemplar a Agib.
Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente que Agib, cohibido, le dijo: "¡Por Alah! ¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quisieras devorar mi cara con tus ojos". Y a sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:
¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré en palabras!
¡Oh tú, que humillas a la brillante luna, orgullosa de su belleza ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas a la mañana y a la resplandeciente aurora!
¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y unos votos que de continuo se acrecientan y embellecen!
¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!
Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados a Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassan se levantó a fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes.
No contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una a cada uno, diciendo: "Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia". Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez a Agib, que bebió y se la volvió a entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se pusiese el sol.
Y llegados a las tiendas, Agib se apresuró a besar la mano de su abuela y a su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas:
!Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado yo desde que te fuiste!
¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah, mi señor, que conoce todos los secretos puede atestiguar que lo he cumplido!
Después le dijo a Agib: "Hijo mío, ¿por dónde estuviste?" Y él contestó: "Por los zocos de Damasco". Y ella dijo: "Ya debes temer mucho apetito". Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado a su hijo Badreddin siendo él muy niño. Y ordenó al eunuco: "Puedes comer con tu amo Agib". Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: "¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No podré comer ni un bocado!" Pero fué a sentarse junto a su señor.
Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahíto de lo que estaba. Así es que haciendo un gesto de repugnancia, dijo a su abuela: "¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho. Y la abuela, despechada, exclamó: "¿Cómo te atreves a decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassan Badreddin, y eso porque yo le enseñé?" Pero Agib repuso: "¡Por Alah, abuela, que a este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas a mi madre, ni a mi abuelo"; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah... ! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su sabor delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía".
Y la abuela enfurecida al oír estas palabras, lanzó una terrible mirada al eunuco Said y le dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces su hermana, la joven Doniazada, le dijo: "¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!"
Y Schehrazada sonrió y dijo: "Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey".
Y el rey dijo para sí: "¡Por Alah! No la mataré antes de oír la continuación de su historia, pues realmente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria".
Después el rey Schahriar y Schehrazada pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que salió el sol.
Inmediatamente el rey Schahriar fue a la sala de sus justicias, y se llenó el diwán con la multitud de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó, y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día. Luego se levantó el diwán, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fué a buscar a Schehrazada, la hija del visir, y no dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.



Pero cuando llegó la 24ª noche

La joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró a levantarse del tapiz y dijo a Schehrazada:
"¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan sabroso de la historia del bello Hassan Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: "La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo..." ¿Qué le dijo?
Y Schehrazada, sonriendo a su hermana, repuso: "La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita".
Entonces el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo a Schehrazada: "Puedes hablar".
Y Schehrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo: "Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido a este niño! ¿Cómo te atreviste a hacerle entrar en tiendas de cocineros o pasteleros?" A estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró a negar, y dijo: "No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos más que pasar por delante". Pero Agib insistió tenazmente: "¡Por Alah! Hemos entrado y hemos comido muy bien". Y maliciosamente añadió: "Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces".
Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle de aquel "terrible delito del eunuco de alquitrán". Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que solía desahogarse a gritos contra la servidumbre, se apresuró a marchar con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: "¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?" Y el eunuco, aterrado, dijo: "No es cierto, no hemos entrado". Pero Agib, maliciosamente, repuso: "¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuánto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela". Entonces aumentó la ira del visir, y volvió a preguntar al eunuco, pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: "¡Said! Eres un embustero.
Has tenido la audacia de desmentir a este niño, que dice la verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas".
Entonces Said, aunque ahíto por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse a la prueba. Y se sentó frente a la terrina dispuesto a empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose a decir que la víspera había comido tanto en el pabellón con los demás esclavos, que había cogido una indigestión. Pero el visir comprendió en seguida que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: "¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!" Y como el visir ya se cansaba de pegarle, se detuvo y le dijo: "¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!" Entonces el eunuco se decidió y dijo: "Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dió allí de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable! ¡Por Alah! ¡Qué malo es!"
Entonces el visir se echó a reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo: "¡Calla, embustero! ¡A que no traes un plato como éste! Todo eso que has dicho no es más que una invención tuya. Ve, si no, a buscar una terrina de ese mismo dulce. Y si la traes, podremos comparar mi trabajo y el de ese pastelero. Mi cuñado será quien juzgue". Y el eunuco contestó: "No hay inconvenientes". Entonces la abuela le dió medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.
Y el eunuco salió marchando a la pastelería, donde dijo al pastelero: "He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plato de granada que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues si no, me apalearán de nuevo. Todavía me duelen las costillas". Entonces Hassan se echó a reír y le dijo: "No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!"
Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aun hubo de mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó a toda prisa al campamento. Entonces la abuela de Agib tomó la terrina y se apresuró a probar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo llevó a sus labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.
Y el visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresuraron a rociar con agua de rosas la cara de la abuela, que al cabo de una hora pudo volver en sí. Y dijo: "¡Por Alah! ¡El autor de este plato de granada no puede ser más que mi hijo Hassan Badreddin, y no otro alguno! ¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única que sabe prepararlo de esta manera, y sólo se lo enseñé a mi hijo Hassan!"
Y al oírla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia, y exclamó: "¡Alah va a permitir por fin que nos reunamos!" En seguida llamó a sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un plan, y les dijo: "Id veinte de vosotros inmediatamente a la pastelería de ese Hassan, conocido en el zoco por Hassan El-Bassrauí, y haced pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su turbante, y traédmelo aquí, pero sin hacerle daño alguno".
Luego montó a caballo, y provisto de las cartas oficiales, se fué a la casa del gobierno para ver al lugarteniente que representaba en Damasco a su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al lugarteniente-gobernador, que se inclinó al leerlas, besándolas respetuosamente y poniéndoselas sobre la cabeza con veneración. Después, volviéndose al visir, le dijo: "Estoy a tus órdenes. ¿De quién quieres apoderarte?" Y el visir le contestó: "Solamente de un pastelero del zoco". Y el gobernador dijo: "Pues es muy fácil". Y mandó a sus guardias que fuesen a prestar auxilio a los servidores del visir. Y después de despedirse del gobernador, volvió el visir a sus tiendas.
Por su parte, Hassan Badreddin vió llegar gente armada con palos, piquetas y hachas, que invadieron súbitamente la pastelería, haciéndolo pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y destruyendo, en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del espantadísimo pastelero, le ataron con la tela de su turbante, sin decir palabra. Y Hassan pensaba: "¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber sido esa maldita terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?"
Y acabaron por llevarle al campamento, a presencia del visir. Y Hassan Badreddin, muy asustado, exclamó: "¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?" Y el visir le dijo: "¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de granada?" Y Hassan repuso: "¡Oh señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual deban cortarme la cabeza?" Y el visir replicó severamente: "¿Cortarte la cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo peor te ha de pasar, como irás viendo".
Porque el visir había encargado a las dos damas que le dejasen a su gusto, pues no quería darles cuenta de sus investigaciones hasta su llegada a El Cairo.
Llamó, pues, a sus esclavos, y les dijo: "Que se me presente uno de nuestros camelleros.
Y traed un cajón grande de madera". Y los esclavos obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del atemorizado Hassan y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron cuidadosamente. En seguida lo cargaron en el camello, levantaron las tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la noche. Entonces se detuvieron para comer, y a fin de que Hassan también comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole después de nuevo. Y de este modo prosiguieron el viaje.
De cuando en cuando se detenían, y se hacía salir a Hassan para encerrarle luego de ser sometido a un interrogatorio del visir, que le preguntaba cada vez: "¿Eres tú el que preparó el dulce de granada?" Y Hassan contestaba siempre: "¡Oh mi señor! Así es, en verdad". Y el visir exclamaba: "Atad a ese hombre y encerradle en el cajón!"
Y de este modo llegaron a El Cairo. Pero antes de entrar en la ciudad, el visir hizo que sacaran a Hassan del cajón y se lo presentasen. Y entonces dispuso: "¡Que venga en seguida un carpintero!" Y el carpintero compareció, y el visir le dijo: "Toma las medidas de alto y de ancho para construir una picota que le vaya bien a este hombre. y adáptala a un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos". Y Hassan, espantado, exclamó: "¡Señor! ¿Qué vas a hacer conmigo?" Y el visir dijo: "Clavarte en la picota y llevarte por la ciudad para que todos te vean". Y Hassan repuso: "Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de este modo?" Entonces el visir Chamseddin le dijo: "¡La negligencia con que preparaste el plato de granada! Le faltaban condimento y aroma". Y al oírlo Hassan se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: "¡Por Alah! ¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este suplicio del viaje, y de que sólo me hayas dado de comer una vez al día, y piensas, por añadidura, clavarme en la picota?" Y el visir respondió: "Ciertamente, esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!"
Entonces Hassan llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al cielo se puso a reflexionar profundamente. Y el visir le dijo: "¿En qué piensas?" Y Hassan respondió: "¡Por Alah! Pienso en que hay muchos locos en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no me hubieras tratado así porque falte un poco de aroma en un plato de granada". Y el visir dijo: "He de enseñarte a que no reincidas, y no veo otro medio". Pero Hassan exclamó: "¡Pues tu manera de proceder es un crimen muchísimo mayor que el mío, y debías empezar por castigarte!" Entonces el visir contestó: "¡No te preocupes! ¡La picota es lo que más te conviene!"
Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el poste del suplicio, y de cuando en cuando dirigía miradas a Hassan, como queriéndole decir: "¡Por Alah, que has de estar muy a tu gusto!"
Pero a todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassan y nuevamente lo encerraron en el cajón. Y su tío le dijo: "¡Mañana te crucificaremos!" Después aguardó a que Hassan se hubiese dormido dentro de su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dió la orden de partir, no deteniéndose hasta llegar al palacio.
Fué entonces cuando quiso revelárselo todo a su hija y a su cuñada. Y dijo a su hija Sett El-Hosn: "¡Loado sea Alah que nos ha permitido encontrar a tu primo Hassan Badreddin! ¡Ahí lo tienes! ¡Marcha, hija mía, y sé feliz! Y procura colocar los muebles, los tapices y todo lo de la casa y de la cámara nupcial exactamente lo mismo que estaban la noche de tus bodas". Y Sett El-Hosn, casi en el límite de la emoción, dió al momento las órdenes necesarias, y sus siervas se levantaron en seguida, y pusieron manos a la obra, encendiendo los candelabros. Y el visir les dijo: "Voy a auxiliar vuestra memoria". Y abrió un armario, y sacó el papel con la lista de los muebles y de todos los objetos, con la indicación de los sitios que ocupaban. Y fué leyendo muy detenidamente esta lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan a maravilla se hizo todo, que el observador más inteligente se habría creído aún en la noche de boda de Sett El-Hosn con el jorobado.
En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassan donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncillo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el contrato del judío, volviendo a coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.
Después recomendó a Sett el-Hosn que se vistiese como la primera noche, disponiéndose a recibir a su primo y esposo Hassan Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: "¡Oh! ¡cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto , ¿Por qué no lo dices? ¿No soy yo tu esclava?
Y le recomendó también, aunque en realidad Sett El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.
Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fué al aposento donde estaba Hassan encerrado en el cajón. Lo mandó sacar mientras dormía, le desató las piernas, lo desnudó y no le dejó más que una camisa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Después se escabulló, abriendo las puertas que conducían a la cámara nupcial para que Hassan se despertase solo.
Y Hassan no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacía desconocido, dijo: "¡Por Alah! ¿estaré despierto o soñando?"
Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó a levantarse y a mirar a través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y en el acto perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía a la cámara nupcial, vió su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones. Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: "¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?" Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose a cada momento la frente, bañada en un sudor frío. Y al fin exclamó: "¡Por Alah ! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto es un sueño!" Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y cautelosamente avanzó la cabeza.
Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura, levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y dijo: "¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Ven en seguida!"
Entonces el pobre Hassan se echó a reír a carcajadas, como un tragador de haschich o un fumador de opio, y gritaba: "¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!" Y avanzó con infinitas precauciones, como si pisara serpientes, agarrando con una mano el faldón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego o como un borracho.
Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó a reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.
Nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho, y le dijo: "¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!"
Entonces Badreddin, sin levantarse y apretándose la frente con las manos, empezó a abrir y a cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir: "¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Si hace años y años que me ausenté!"
Entonces Sett El-Hosn le dijo: "¡Oh querido mío! Tranquilízate! ¡Por el nombre de Alah sobre ti y en torno de ti! ¡Tranquilízate! Hablo de esta noche que acabas de pasar en mis brazos, ¡la noche del poderoso ariete! Saliste un instante y has tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no te encuentras bien. ¡Ven, ojos míos a que te dé calor; ven, alma mía!"
Pero Badreddin siguió riendo como un loco, y dijo: "¡Puede que digas la verdad! ¡Es posible que me haya dormido en el retrete y que haya soñado!" Después añadió: "¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúrate que he soñado que era algo así como cocinero o pastelero de la ciudad de Damasco, en Siria, muy lejos de aquí, y que vivía diez años en ese oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble, al que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura..." Y el pobre Hassan, notando que el sudor le bañaba la frente, fué a enjugarla, pero entonces tentó la huella de la piedra que le había herido, y dió un salto y dijo: "¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la pedrada que me tiró aquel muchacho!" Después reflexionó un instante, y añadió: "¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo hayas dado tú hace un momento, en uno de nuestros transportes".
Luego dijo: "Sigo contándote mi sueño. Llegué a Damasco, pero no sé cómo. Era una mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco: el gorro del jorobado. Y los habitantes no sé qué querían hacer conmigo. Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy amable. ¡Pero claro; esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un plato de granada que no tenía bastante aroma... ¿Y después... ? ¿Pero he soñado todo esto o ha sido realidad... ?"
Entonces Sett El-Hosn exclamó: "¡Querido mío, realmente has soñado cosas muy extrañas! ¡Por favor, prosigue hasta el final!"
Y Hassan Badreddin, interrumpiéndose de cuando de cuando para lanzar exclamaciones, refirió a Sett El-Hosn toda la historia, real o soñada, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: "¡Cuando pienso que por poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disipa oportunamente el sueño! ¡Por Alah! ¡Todavía sudo al acordarme del cajón!"
Y Sett El-Hosn le preguntó: "¿Y por qué te querían crucificar?" Y él contestó: "Por haber aromatizado poco el dulce de granada. ¡Oh! Me esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos del Nilo. Pero gracias a Alah, todo ha sido un sueño ... Y a fe que la pérdida de mi pastelería, destruida por completo, me dió mucha pena".
Entonces Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó en brazos de Hassan Badreddin, y estrechándole contra su pecho empezó a besarle todo. Pero él no se movía. Y de pronto dijo: "¡No, no! ¡Esto es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy? ¿dónde está la verdad?"
Y el pobre Hassan, llevado suavemente al lecho en brazos de Sett El-Hosn, se tendió extenuado y cayó en un sueño profundo, velado por su esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: "¡Es la realidad! ¡No! ¡Es un sueño!"
Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassan Badreddin, que al despertarse se encontró en brazos de Sett El-Hosn, viendo al pie del lecho a su tío el visir Chamseddin, que en seguida le deseó la paz. Y Badreddin le dijo: "¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen los brazos y has dispuesto la destrucción de mi tienda? ¡Y todo ello por estar poco aromatizado el dulce de granada!"
Entonces el visir Chamseddin, como ya no había razón para callar, le dijo:
"¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassan Badreddin, hijo de mi difunto hermano Nureddin, visir de Bassra. Y si te he hecho sufrir tales tratos ha sido para tener una nueva prueba con qué identificarte y saber que eras tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías (pues yo estaba escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante, tus calzones y tu bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones de tu padre Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de conocerte, ya que no te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh hijo mío! Todo esto se debe a una divergencia que surgió hace muchos años entre tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío".
Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: "¡Oh hijo mío! En cuanto a tu madre, la he traído de Bassra, y la vas a ver, lo mismo que a tu hijo Agib, fruto de tu primera noche de bodas con tu prima". Y el visir corrió a llamarlos.
El primero en llegar fué Agib, que esta vez se echó en brazos de su padre, y Badreddin, lleno de alegría, recitó estos versos:
¡Cuando te fuiste me puse a llorar, y las lágrimas se desbordaban de mis párpados!
¡Y juré que si Alah reunía alguna vez a los amantes, afligidos por su separación, mis labios no volverían a hablar de la pasada ausencia
¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda ¡Y mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia aquel que trajo la dicha, y recógete los faldones de tu ropón para servirle!
Apenas concluyó de recitar, cuando llegó sollozando la abuela de Agib, madre de Badreddin, y se precipitó en los brazos de su hijo, casi desmayada de júbilo. Y a la vuelta de grandes expansiones y lágrimas de alegría, se contaron mutuamente sus historias y sus penas y todos sus padecimientos.
Esta es, ¡oh rey afortunado! -dijo Schehrazada al rey Schahriar- la historia maravillosa que el visir Giafar Al-Barmakí refirió al califa Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bagdad.
Y son estas también las aventuras del visir Chamseddin, de su hermano el visir Nureddin y de Hassan Badreddin, hijo de Nureddin.
Y el califa Harún Al-Raschid dijo: "¡Por Alah, que todo esto es verdaderamente asombroso!" Y admirado hasta el límite de la admiración, sonrió agradecido a su visir Giafar, y ordenó a los escribas de palacio que escribiesen con oro y con su más bella letra esta maravillosa historia y que la conservasen cuidadosamente en el armario de los papeles para que sirviese de lección a los hijos de los hijos.

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